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Buck lo había sentido muchas veces, tantas que a veces le robaba el aire.
Al principio era apenas una pulsación inquieta, como esa presión en el pecho que antecede al sonido de la alarma en la estación. Pero últimamente era distinto: ardía. Su corazón golpeaba con una fuerza tan desesperada que, en sus momentos más absurdos, temía que alguien más pudiera escucharlo.
Buck sabía cómo se llamaba ese sentimiento.
Y también sabía que no debía existir.
Por eso no lo nombraba.
Lo único que podía hacer era presionar la palma contra su pecho, como si pudiera convencer a su corazón de entrar en razón. Recordarle que Eddie era solo su amigo. Que aquello era platónico, imposible. Que cruzar esa línea no solo lo destruiría a él, sino a todo lo que habían construido en la estación.
Era perfecto tal como estaba.
No tenía derecho a arruinarlo.
Lo sabía… pero algunas noches, al llegar a casa después de turnos de doce horas, con el cuerpo agotado y la mente en silencio, su corazón lloraba. Y él también. Porque no podía soportar la forma en que su cuerpo reaccionaba ante Eddie: la manera en que el mundo parecía ordenarse cuando lo veía sonreír, la calma que encontraba incluso en medio del caos si estaba a su lado.
—Enfermedad de la flor del amor —anunció el médico durante una revisión obligatoria del departamento.
Buck parpadeó.
—Perdón… ¿puede repetirlo?
El doctor señaló la radiografía sobre la mesa. En la sombra difusa de sus pulmones se distinguían pequeñas formas cerradas, como brotes.
—Son capullos de una flor llamada Amoris. Es extremadamente rara. Aparece cuando alguien reprime un amor tan intenso que el cuerpo… decide hacerlo florecer.
Buck soltó una risa corta, incrédula. Buscó una cámara oculta. Esperó que alguien entrara diciendo que era una broma.
Nadie lo hizo.
El médico lo observaba con una compasión que lo heló.
—Es mortal —continuó con suavidad—. Por los resultados, probablemente la ha desarrollado desde hace más de un año. Los síntomas irán en aumento: dolor torácico, falta de aire, taquicardia… y eventualmente expulsión de pétalos.
Entonces recordó.
La fiesta en casa de Bobby. El alcohol. La noticia de que Eddie estaba saliendo con Jane —perfecta, cálida, maravillosa con Christopher—. Recordó el baño, el sabor amargo, las lágrimas… y aquel rastro rosado en el lavabo que no supo interpretar.
—¿Qué… qué hago ahora? —preguntó al fin.
El doctor guardó silencio un instante.
—Ponga sus asuntos en orden.
Buck no recordaba cómo había llegado a casa esa noche. Solo que se quedó de pie frente a la puerta, sin llaves, mirando la foto del equipo colgada en la pared. Su familia.
Lloró en la oscuridad, sintiéndose ridículamente pequeño ante algo tan enorme.
A la mañana siguiente pidió el día libre.
Hizo una lista.
Testamento
Seguro de vida
Donar mis cosas
Avisar a Bobby
Pasó el día resolviendo papeles con una serenidad que no sentía. Como si organizara la muerte de otra persona.
Y entonces pensó, casi con alivio:
Eddie podrá ser feliz.
Su corazón latió… pero ya no dolió tanto.
Esa noche escribió cinco cartas. La de Eddie fue la última. Tardó más de tres horas.
Nunca parecía suficiente.
Las semanas siguientes fueron un ejercicio de despedida silenciosa. Sonreía más, hablaba menos. Observaba detalles que antes se le escapaban: la risa de Chimney, la paciencia infinita de Hen, la mirada orgullosa de Bobby.
Y a Eddie.
Siempre a Eddie.
Cuando finalmente presentó su renuncia, Bobby intentó detenerlo. No pudo. Buck no se atrevió a contarle la verdad; no iba a cargar a nadie con el peso de su muerte.
El último día en la estación lo anunció como si comentara el clima.
Las protestas fueron inmediatas.
Solo Eddie guardó silencio.
Hasta después.
—¿Por qué? —preguntó cuando quedaron solos—. Pensé que éramos… ya sabes. Nosotros.
Buck tragó saliva. Sentía las flores arañándole la garganta.
—Lo siento. Es algo que tengo que arreglar yo.
La mano de Eddie lo sujetó.
—Buck, ¿qué demonios está pasando?
Por un segundo estuvo a punto de decirlo todo.
Pero si hablaba, las flores saldrían. Y con ellas, la verdad.
Se soltó.
Y se fue.
Un mes después, Bobby reunió al equipo.
Nadie olvidaría jamás la expresión de su rostro.
—Es sobre Buck —dijo—. El hospital llamó esta mañana… Él me había puesto como contacto.
Respiró hondo.
—Buck murió.
El silencio fue absoluto. Luego el llanto de Hen lo quebró.
Bobby repartió las cartas con manos temblorosas.
Eddie se quedó solo al abrir la suya.
La letra era inconfundible.
"Hey, Eddie.
Soy un desastre escribiendo esto, pero lo intentaré.
Si estás leyendo esta carta es porque ya no estoy, y odio que sea así. No quise decir nada porque no quería que me miraras distinto… ni que te quedaras por lástima.
Dejé mi casa a nombre de Christopher. No es caridad —es que siempre fue un poco mi hogar también.
Hay algo más que debo decirte, aunque me haya pasado la vida evitándolo:
Te amé.
No como a un amigo. No como a un hermano. Te amé de esa forma que te cambia la vida… incluso cuando sabes que no debería existir.
Y no necesitas responder a esto. De hecho, espero que no lo hagas. Solo sé feliz. Ten la vida que mereces. Ríe mucho. Cuida de Chris.
Gracias por ser el lugar al que siempre quise volver.
—Buck.”
La carta cayó sobre sus rodillas.
Eddie no recordó haberse levantado ni conducir hasta el hospital. Solo que, cuando por fin lo vio, Buck parecía dormido.
Demasiado quieto para alguien que siempre había sido puro movimiento.
Se sentó junto a la cama y tomó su mano fría.
—Eres un idiota —susurró, la voz quebrándose—. Siempre resolviéndolo todo solo.
El silencio no respondió.
Eddie inclinó la frente contra sus dedos.
—Debiste decírmelo… porque yo también te amaba, Buck. Solo fui demasiado cobarde para entenderlo a tiempo.
Algo crujió suavemente.
Un pétalo pálido descansaba sobre la sábana.
Eddie lo sostuvo entre los dedos, con un cuidado reverente.
Luego besó los nudillos inmóviles.
—Donde sea que estés… espérame un poco. Pero no demasiado —sonrió entre lágrimas—. Aún tengo que vivir una vida que hubiera querido contarte.
Cuando salió del hospital, el atardecer incendiaba el cielo.
El dolor seguía ahí, inmenso, irreparable.
Pero mezclado con él había algo más: una certeza cálida, persistente.
Habían sido amor.
Aunque hubiera llegado tarde.
Aunque solo uno lo hubiera dicho en voz alta.
Y mientras el viento se llevaba el pétalo de Amoris, Eddie entendió que algunos amores no están hechos para durar…
Sino para florecer, incluso después del final.
