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A Ivan le gustaría decir que conocía todo de Till, que sus años de investigación habían dado frutos, que sus experimentos y pruebas totalmente científicas estaban justificadas con resultados tangibles, comprobables, replicables. Till era el proyecto en el que había invertido más tiempo en su vida, tanto que si no sonara desquiciado explicándolo lo pondría en su currículum para demostrar su dedicación, lo organizado que era y su capacidad para recopilar y analizar datos.
Coleccionaba sus reacciones, sus insultos y todos los tonos de rojo a los que podía llegar. Sabía que el rojo de enojo y el rojo de vergüenza eran diferentes, conocía lo que significaba cada uno al punto en el que tenía una gama mental donde podía identificar la emoción exacta que sentía Till en el momento. Mantenía un registro de sus palabras y frases favoritas del momento en una hoja de cálculo que actualizaba todos los días —su palabra más común los últimos días era “mierda” con un acento yucateco que exageraba cada día más—, incluía la frecuencia con la que las decía, el posible origen de su nueva muletilla y tenía una función que él mismo había programado para identificar si la había usado constantemente en algún otro periodo de su vida que tuviera registrado.
Se fijaba en todos sus gestos, su forma de caminar y cómo reaccionaba a ciertas cosas. Cada detalle y pequeño cambio en él estaba archivado ya sea en su mente o en alguna base de datos que había estado desarrollando a través de los años. Antes de aprender a usar herramientas digitales estaba en un archivo físico que constaba de libretas con datos escritos a mano y analizados de forma analógica, con conclusiones a tinta escritas al final de cada mes. Ivan consideraba que su trabajo era bastante sólido, pero no se atrevería a decir que lo sabía todo.
Usaba ese conocimiento para probar sus límites, para cosechar nuevas reacciones y adivinar sus pensamientos, para lograr tener su atención. Siempre tenía cien maneras de hacerlo reír en una mano, en la otra cien más para hacerlo rabiar. Por lo general usaba las primeras para ver las estrellas de sus ojos titilar, a ratos recurría a las últimas, cuando necesitaba que su mirada fuera un poco más feroz, más asfixiante. Sólo necesitaba un minuto, un segundo, un instante de su mirada y con eso era suficiente para avivar el fuego que vivía en su pecho. Siempre sabía bien cómo provocarlo, hasta dónde y qué era lo que gatillaba la tormenta de sus emociones, las palabras soeces que usaba, sus reacciones frenéticas de vergüenza y lo fácil que lloraba.
Así que fue una sorpresa cuando, de un día para el otro, todo lo que sabía sobre Till se desmoronó: toda la información que había sometido a un escrutinio científico se volvió obsoleta, su realidad se deformó hasta volverse irreconocible.
—Till, buenos días —saludó, igual que todos los días, acercándose a tocarle el cuello como acostumbraba a hacer. Decir que Till se sorprendió se quedaría corto: el salto que dio hacia atrás lo hizo parecer uno de esos gatos que salían volando del susto en los vídeos que le daban tanta risa a Mizi—. Ora, ¿qué onda?
—¡No, nada! —exclamó él, con una mano en el pecho y lágrimas de susto. Tenía el rostro de un color rojo que, para su sorpresa, no tenía categorizado en su gama. Jamás lo había visto reaccionar así a uno de sus saludos. Después de un momento, Till balbuceó su saludo—: Buenos días.
Lo que sí reconoció fue la manera en la que comenzó a jugar con la bastilla de su playera, gesto que sólo hacía cuando estaba muy, pero muy ansioso.
—¿O… kay?
En lugar de cuestionarlo, Ivan se sentó en la mesa que Till tenía apartada con sus cosas, pero no lo dejó pasar. Lo observó durante todo el almuerzo, fingiendo que no se daba cuenta de lo extraño que se estaba comportando; era difícil porque no dejaba de moverse y cada que lo miraba parecía que quería romperse el cuello con lo rápido que volteaba la cabeza hacia otro lado. El color rojo parecía perpetuo en su piel, sus pies no dejaban de moverse, tap, tap, tap, ni siquiera cuando movía la mesa por accidente y Sua lo fulminaba con la mirada.
Parecía que se ponía más nervioso cada que lo miraban para asegurarse que estuviera bien, así que intentaban ignorarlo lo mejor posible, darle su espacio.
—Till —lo llamó Sua la quinta vez que golpeó la mesa con la rodilla, su tono era gentil a pesar de parecer irritada. Él se tensó tanto que su espalda se enderezó como si su columna se hubiera convertido en una flecha—. ¿Estás bien?
—¡Sí, sí! ¡Todo bien!
—¿Seguro? —preguntó Mizi esta vez.
—¡Seguro!
Estaba mintiendo, claramente, pero Ivan sintió horror al darse cuenta de algo más importante: era la primera vez en años que no tenía idea de lo que le pasaba a Till. Estaba mucho más nervioso que en su primera presentación en vivo, mucho más inquieto que el día que esperaba los resultados de la beca para creadores que ganó hace un año y además, para su absoluto terror, se negaba a mirarlo.
Checó su reloj, eran las once treinta, casi medio día y Till no sólo no lo había mirado directamente en la media hora que llevaban de almuerzo, sino que no le había dirigido la palabra desde que lo saludó al llegar. Una alarma se encendió en su cabeza. No podía dejar que eso pasara. Si no podía tenerlo, por lo menos tenía que estar presente en su vida de alguna manera, fuera un almuerzo con amigos o en su lista de personas a las que quería darles una paliza por lo menos una vez en la vida.
Antes de que pudiera usar una de sus cien maneras de hacerlo enojar a modo de emergencia, una voz surgió a su costado.
—Hola, chiquillos —era Hyuna, quien traía su bandeja con comida en mano. Se acercó para saludar a Ivan juntando sus mejillas, él se levantó a saludarla por instinto y le dio una palmadita en el brazo. A Till lo saludó sacudiéndole el cabello y él reaccionó con un gruñido antes de volver a acomodarse el cabello—. ¿Tienen espacio?
—¡Claro! —accedieron las chicas. Se recorrieron en la banquita para dejarle espacio y la saludaron con entusiasmo, ambas se levantaron para darle un abrazo corto y un beso en la mejilla.
—Gracias, el gastro está atascadísimo, qué bueno que los encontré —suspiró ella y con una mirada culpable, dijo—: ¿Les molesta si traigo compañía?
El semblante de Mizi cambió de inmediato.
—Sólo esta vez —prometió Hyuna, juntando sus palmas en plegaria—. Te prometo que no vuelves a verlo en toda la semana.
—Flaca, si no encontramos lugar podemos ir a comer al coche —la voz de Luka los hizo mirar de nuevo al costado. Su expresión desinteresada se deformó en una de disgusto cuando encontró a Mizi en la mesa, ambos se pusieron en guardia de inmediato—. Amor, ¿es en serio?
—Luka, no seas así —aunque se reía, era obvio que Hyuna estaba tensa. Los miró a los dos rápidamente y suplicó—. Tengo mucha hambre, comemos rápido y nos vamos, ¿sí?
Notando su desesperación, ambos hicieron una tregua silenciosa.
Ivan saludó a Luka de la misma manera que a su novia y al volver a sentarse se aseguró de dejar espacio para él. Sin pensárselo mucho se pegó lo más posible a Till, tocándole la rodilla con la palma entera por pura costumbre, y no pudo evitar el susto cuando este saltó fuera de la banca, cayendo de sentón con un ruido que llamó la atención de todas las mesas alrededor.
Las voces de las chicas sonaron asustadas cuando hablaron al mismo tiempo:
—¡¿Till?!
—¡¿Estás bien?!
—¡¿Qué pasó?!
En el suelo, Till se sostenía el pecho con ambas manos, como si se le estuviera saliendo el corazón. Ivan se levantó para ayudarlo a levantarse, pero eso sólo pareció alterarlo más. Till se levantó, tomó su mochila del suelo con la cara rojísima e intentó excusarse con palabras sin sentido. Hizo un gesto con las manos y al notar que no podía darse a entender, decidió salir de ahí a zancadas, llevando los brazos alrededor de la cabeza.
La mesa quedó en shock.
—¿Ahora qué le pasa? —preguntó Luka, aprovechando para tirar el empaque de plástico de su popote en el plato de Mizi.
—Hijo de…
—Ni idea, ha estado raro desde hace rato —respondió Sua, poniendo una mano en el hombro de su novia para detenerla de saltar al otro lado de la mesa. Hyuna recogió la basura y la puso al lado de su propio plato con una mirada de advertencia para Luka. Ignorando el intercambio, Sua continuó—: ¿Tú sabes qué le pasa?
Por un momento, Ivan no comprendió que la pregunta iba dirigida a él; su atención clavada en el pasillo por el que Till desapareció. Cuando se dio cuenta de que le hablaban, parpadeó y los miró, igual de confundido. Algo en su rostro debió delatar su horror, porque todos reaccionaron con sorpresa renovada.
—¿Estás bien? —esta vez fue Hyuna la que lo cuestionó con la boca llena, pues no dejó de comer en ningún momento a pesar de la extrañeza de todo, aunque no se olvidó de taparse con la mano al hablar.
Estaba un poco perdido, extrañado diría.
Horrorizado, de hecho.
—Voy a ver qué le pasa —anunció, intentando no sonar perturbado.
Quiso salir corriendo detrás de él, atraparlo, tirársele encima, molestarlo hasta que le dijera lo que le pasaba. No se dio cuenta de lo afectado que estaba realmente hasta que sintió que lo regresaban a la banquita con un simple apretón en el codo.
—Si tú no sabes qué le pasa, nadie va a saber. Ni él, probablemente —Luka le soltó el brazo y agitó su bebida con el popote, sólo haciendo una pausa para probarla—. Déjalo en paz un rato, no se van a morir por estar separados.
Ivan podría argumentar que sí se sentía como si fuera a morir cada que pasaba días sin verlo. La última vez que viajó para un torneo estuvo a punto de renunciar a su posición en el equipo con tal de regresar pronto a casa, todo porque no tuvo tiempo de robarse una de sus sudaderas para llevársela, y así sentirlo un poquito cerca. Si no lo hizo fue porque tuvieron videollamadas todas las noches y en una de ellas Till le dijo que veía sus partidos en la transmisión en la página oficial del torneo. Bueno, en realidad le gritó por andar tan distraído en su primer partido, le dijo que nunca lo había visto jugar tan mal, ni siquiera cuando recién comenzó.
—No importa, ganamos de todas maneras —gimoteó, encantado de verlo tan enojado en la pequeña pantalla de su teléfono.
—¡¿Y qué?! ¡¿No te da vergüenza?! ¡Ve cómo jugaste! —gruñó, enseñándole la pantalla de su tablet, donde se tomó la molestia de grabar todo el partido. Buscó el minuto exacto donde perdió un pase por estar distraído y, con un acento yucateco exageradísimo, exclamó—. ¡¿Qué mierda es eso, hijo?!
Ivan tiró la cabeza hacia atrás en una carcajada.
—¡No te rías! —Till estaba que echaba fuego por la boca, lo cual hacía todo más gracioso.
Después de un momento riendo, cedió:
—Ja, ja, ja, bueno, bueno —pero no pudo evitar la enorme sonrisa en su cara—. Ya me voy a poner serio, te lo prometo.
—Más te vale, cabrón.
—Que sí, es más: voy a regresar con medalla y todo —aseguró, en parte para darse motivación, siempre cumplía las promesas que le hacía—. Hasta te la voy a regalar cuando regrese.
Eso hizo que Till se sonrojara hasta las orejas.
—Pinche tonto —le dijo sin mirarlo.
Los siguientes partidos se dio ánimos pensando en que Till lo estaría viendo desde el otro lado de la pantalla, gritándole cuando lo veía cometer un error aunque no pudiera escucharlo. Terminó llevando el trofeo y una medalla a casa, la cual le regaló tal como había prometido. Se ganó un regaño de una hora por mencionar que estuvo a punto de renunciar, pero no pudo tomárselo en serio porque Till estaba buscando un lugar donde colgar la medalla en su cuarto mientras le daba el sermón.
En lugar de contarle eso a Luka, aunque no es que no lo supiera, dijo:
—No me ha hablado en todo el día.
—Relájate.
—No, es en serio, hoy ni siquiera me ha mirado —insistió Ivan, intentando descifrar su comportamiento. Nada le venía a la mente, excepto pánico. Sin querer comenzó a pensar en voz alta—: Pensándolo bien, no estaba escuchando música ni dibujando cuando llegué, lo que significa que algo le molesta y no puede concentrarse; y no se puso sus aretes favoritos, siempre se pone sus aretes favoritos los viernes, excepto cuando se siente muy nervioso; se le agarrotan las manos y no puede ponérselos.
—Nunca deja de sorprenderme lo desquiciado que suenas cuando hablas de Till.
Mizi se giró a mirar a Luka y, con un segundo de retraso, reaccionó con una expresión exagerada de dolor:
—Ay, ya cállate por el amor de Dios, me duelen los oídos de escucharte —se quejó, tapándose las orejas. Hyuna suspiró, esa era la señal para iniciar su circo, las treguas entre esos dos nunca duraban lo suficiente—. Dios, ¿por qué me castigas así?
—Ridícula.
—Desabrido.
—¿No te sabes otro insulto?
—Pug asmático.
—Mira, mocosa…
Ivan dejó de escucharlos cuando un toque gentil en su mano llamó su atención. Sua lo miraba con esa expresión de haber adivinado lo que pensaba; a veces le daba miedo que pudiera ver a través de él tan fácil, parecía que tenía poderes psíquicos, que le leía la mente. Rogaba que no fuera así.
—Tranquilo, debe estar pensando en… algo —su tono era calmado a pesar de estar sosteniendo el brazo de Mizi para mantenerla quieta—. Ya volverá, dale tiempo.
—¿Cómo sabes?
Ella alzó los hombros.
—Un presentimiento.
El presentimiento de Sua fue correcto.
Más o menos.
Primero pasaron varios días en los que Till salía corriendo apenas lo veía, o saltaba del susto cuando lograba acercarse a él, se excusaba con algo sin sentido como que había olvidado regar a su gato —no tenía un gato, sino un perro gigante llamado Bruno y jamás olvidaba regar las plantas de su mamá cuando era su turno—, y se iba con el rostro entre las manos, sonrojado y murmurando palabras que nunca alcanzaba a entender. A veces casi se tropezaba por lo atarantado que se iba.
E Ivan se quedaba allí, sin entender nada.
Todos los días revisaba su archivo, buscaba entre los cuadernos que dedicó a sus estudios sobre Till, leía y releía sus notas escritas a mano, pero no lograba encontrar una sola ocasión en la que se haya comportado similar. Lo emocionaba ver una faceta tan nueva de él, era una oportunidad para coleccionar más de él, pero también lo angustiaba no entender nada. Solía ser un libro abierto para él, podía adivinar sus reacciones, lo que diría, lo que escogería, hasta dónde podía estirar sus límites. Lo hacía sentir con un poco de ventaja y perderla de repente lo estaba volviendo loco.
Intentó recurrir a su registro desde sus anotaciones más viejas para ver si encontraba una pista de lo que le sucedía. No había nada de malo en revisar la información de nuevo, era sólo un repaso de lo que ya sabía, se dijo.
O quizás buscaba algo de consuelo en los viejos tiempos.
Releerlo todo lo llevó a recordar los momentos que registró a través del tiempo, siempre fue metódico al hacerlo, así que tenía detalles que de otra manera no recordaría. Tenía todas las notas arrugadas que se pasaban en clases, conservaba las mini tiras cómicas que Till dibujaba cuando se aburría e intentaba distraerlo pidiéndole que escribiera los diálogos que dejaba en blanco; tenía boletos de cine, envolturas de dulces y logos que recortaba de las cosas que comían juntos. A todo le ponía la fecha y una nota sobre lo más relevante, las cosas que hicieron o de las que hablaron, los lugares a donde iban, datos para sus registros y a veces se permitía anotar sus pensamientos más subjetivos.
Mizi decía que su “archivo” era más bien el diario de un enamorado. Ivan prefería llamarlo archivo, así era un poco menos personal y se sentía un poco menos aludido.
Por alguna razón se quedó clavado en las páginas donde escribió sobre aquella vez que a Till le regalaron chocolates en San Valentín con una carta que tenía corazones pintados con acuarela, se puso tan nervioso al recibirlo que casi se cae en la fuente que había en el patio del colegio. Si no fuera por Ivan, Till habría entrado empapado a sus clases.
—¿Bueno, tú tienes calor o qué? —le dijo, sosteniéndolo con ambos brazos.
En realidad no le hacía falta, en ese entonces Till era muy ligero e Ivan tenía meses trabajando su cuerpo para dar el ancho en el campo, estaba casi seguro de poder sostener su peso muerto con un sólo brazo, pero no se iba a perder la oportunidad de abrazarlo y robarse su atención.
—Pinche tonto —Till hizo un gesto para quitarlo de encima, con las mejillas rosadas de pena.
—Sí, sí. Yo también te quiero.
—¡¿Quién dijo que te quiero?! —pero la fuerza en sus brazos desapareció y sus manos se aferraron a su uniforme cuando lo alzó y se lo llevó cargado como saco de papas hasta su salón—. ¡Bájame, Ivan!
—¡Agárrate, que te tiro!
—¡Ivan! —exclamó, en algún momento sus quejas se habían convertido en risas
Le encantaría decir que después de eso Till tuvo un momento de revelación en el que se daba cuenta de que en realidad lo amaba a él, que se besaron detrás del salón y que se saltaron la clase para recuperar todo el tiempo que habían perdido porque jamás se daba cuenta de que lo miraba con todo el amor que no podía sentir por nadie más. Pero no, en lugar de eso pasaron el resto del día en silencio. Ivan vio el brillo en el rostro de su amigo cuando leyó la carta a escondidas, y se recordó que no podía sentirse triste cuando ya sabía su destino.
—¿Me esperas tantito? —pidió Till a la salida, extendiéndole su mochila para que se la cuidara—. Ahorita vengo.
—¿A dónde vas? —Ivan no pudo evitar que la pregunta sonara a un ruego, a toda la tristeza que se había prometido no sentir cuando llegara ese día.
—Regreso rápido —prometió él, con las mejillas rojas de pena.
Así que lo esperó afuera del portón, recibiendo con una sonrisa tensa los regalos que le daban por la doble ocasión: por San Valentín y por su cumpleaños. No podía sentirse tranquilo, el pecho se le apretaba con cada minuto que pasaba, imaginándose que Till saldría tomado de la mano con una chica a la que no conocía, pero con la que tendría que fingir cortesía y alegría. Le ponía un poco peor darse cuenta de que se verían bien juntos, que era esa compañera de la que a veces le contaba Till, la que le llevaba detallitos y se acercaba a menudo a mirarlo trabajar en sus piezas en su curso de artes plásticas de los sábados.
Pronto, la entrada quedó vacía y él no podía hacer más que abrazar la mochila, que olía al almuerzo que se le tiró dentro esa misma mañana mezclado con el perfume pirata que alguna vez le regaló a su amigo. Olía horrible, como su suerte. En su cabeza construía el guion perfecto: pondría la sonrisa más feliz posible y se despediría pronto de ellos para darles su espacio.
Ya se encargaría de sus sentimientos en la soledad de su cuarto.
—Ivan —un toque en el hombro lo sorprendió, delante de él estaba Till, con sus ojitos brillantes suavizados. Le quitó la mochila y lo invitó a acompañarlo con un gesto—. Vámonos, que aquí espantan.
—¿Qué pasó con… eh? —recordaba su nombre, pero no quería decirlo. Se moriría si veía que el rostro se le iluminaba al decirlo—. ¿A dónde vamos?
—¿No dijiste que querías un helado de la plaza?
—Sí, pero podemos ir otro día —Ivan insistió, siguiéndolo de todas maneras—. ¿No vas a salir con tu novia?
Till se detuvo para mirarlo, confundido.
—Ora, ¿cuál novia?
—Fuiste con la chica de la mañana…
—Sí, me pidió hablar en privado —admitió él, con las mejillas rojas. Se miró los pies y pateó la nada—. Me dijo que le gusto y así.
—¿Y entonces?
—Nada, le dije que no.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Pues… —el sonrojo comenzó a subirle a las orejas, se extendió hasta su cuello y sin mirarlo, balbuceó—: No me gusta de esa manera.
—Pero pudieron tener una cita para conocerse, o algo.
—No me interesa tener citas.
Esa era una mentira, Ivan sabía lo mucho que Till anhelaba tener un romance adolescente, comprar flores, decorar cartitas y escribir canciones de amor. En lugar de recordarle eso, Ivan permitió que su corazón descansara, que la angustia en su estómago se disolviera y por fin pudo tragarse el sabor ácido que tenía en la garganta desde hace rato. Sintiendo que su cuerpo se relajaba por fin, no pudo evitar una sonrisa de esas que ponía tan incómodos a todos excepto a Till, chocó sus hombros en un gesto juguetón y continuaron el camino hablando del videojuego que los tenía tan enganchados.
El brillo en el rostro de Till no desapareció el resto de la tarde, quizás porque Ivan pintaba el recuerdo en una luz de esperanza, de la felicidad que le dio saberse capaz de estar a su lado un poco más. Al final del día estaba sonriendo como si no hubiera pasado nada, Till recargaba la cabeza sobre su hombro cada que se carcajeaba con uno de sus chistes malos y lo dejaba sostenerle el brazo cuando cruzaban las calles.
Eso era todo lo que Ivan necesitaba.
Quizás la desesperanza fue lo que lo hizo recordar ese día tan vívidamente, esperando que fuera pasajera como lo fue aquella vez.
Pasó una semana y media para que volviera, como Sua lo había predicho.
O algo así.
Lo vio cuando salió de su primera clase de la mañana, estaba sentado en una banca del piso de abajo, vestía esa playera tejida a rayas rojo y negro que era tan suavecita. Movía el pie y se arreglaba el mismo mechón de cabello una y otra vez, Ivan ya no estaba seguro de si parecía enojado o nervioso. Se sorprendió al ver que lo saludaba de lejos, una oleada de emoción le hizo correr escaleras abajo, ignorando al único compañero que intentaba que se pusieran de acuerdo en las partes del proyecto que harían en equipo; daba igual, de todas maneras lo terminaría haciendo todo él mismo, sus prioridades estaban muy claras.
Casi se resbala por la inercia de la carrera que dio.
Logró retomar el equilibrio, tenía buenos reflejos, pero no pudo evitar pensar que una caída quizás lograba que Till se preocupara por él y, con algo de suerte, que lo sostuviera. No le importaba avergonzarse en frente de la facultad con tal de que lo mirara.
Al final sólo se paró frente a él.
Esperó a que le dijera… algo, lo que sea. O nada. Le bastaba con tener su atención después de días de abstinencia.
—Ivan.
Escucharlo decir su nombre lo hizo estremecer.
—Dime —quizás la emoción fue demasiado obvia en su sonrisa, porque Till se tensó.
—Tie… Estás… O sea… tú… No, o sea, yo… —balbuceó, mirando a todos lados menos a él. Lo intentó de nuevo—. Yo… ¡No, o sea! ¡Agh!
Sin comprender, Ivan sonrió y ladeó la cabeza, deseando molestarlo. Quería agarrarle las mejillas sonrojadas, amasárselas, apretarlas hasta dejarlas doloridas y luego acariciarle el cabello, despeinarlo para que se enojara con él. Se imaginaba tocándole la piel, rodeándole el cuello y acercándolo hasta respirar su aliento; quería abrazarlo, besarle el rostro, morderle los labios y deshacerse en sus brazos.
En lugar de alimentar sus ideas, le dijo en tono burlón:
—¿Tú, tú, tú… qué cosa?
—¡No! ¡Yo no! ¡Bueno, sí! ¡No!
—¿Sí o no? Ja, ja, ja. Decídete, Till.
—¡No! ¡Ah, puta madre! —exclamó, tan mortificado que comenzaba a sudar—. ¡Ya, olvídalo!
—Pero, Till…
Con un grito de frustración y las manos en la cabeza, Till salió corriendo.
Ivan se quedó ahí parado, abatido, preguntándose qué debió hacer para que se quedara con él un minuto más. Toda interacción con él era valiosa, pero esos días sentía que cinco minutos no le eran suficientes, que un sorbo de su presencia sólo le provocaba más y más sed. Así no podía analizar sus reacciones, necesitaba mirarlas a detalle, probar diferentes cosas para encontrar variaciones y descubrir exactamente qué era lo que había detrás de esa vergüenza que le acaloraba el rostro de forma tan inusual.
Y más importante aún: lo extrañaba.
Le hacía falta su aroma en la ropa, el sonido de su risa y la expresión de enojo cuando lo molestaba demasiado. Quería tocarle la piel e imaginarse que se fundía en ella para estar siempre con él, extrañaba que le gritara cuando hacía trampa al jugar videojuegos juntos y esa voz casi ronca que usaba para hablarle cuando platicaban de noche con la luz apagada en su cuarto. Lo quería de vuelta, lo necesitaba cerca.
Unas semanas después, tras varios intentos fallidos de formar oraciones completas, Till se acercó una vez más. Al inicio Ivan quiso molestarlo, ya era un acto reflejo saludarlo con un tartamudeo exagerado para hacerlo enojar, pero ese día su mirada era tan intensa que se le olvidó cómo hablar por un momento. Contuvo la respiración sin querer, sorprendido por su expresión, y saltó del susto cuando la mano de Till se estampó en la pared al lado de él, haciendo un ruido que llamó la atención de todos en el pasillo.
Después de una larga pausa, Ivan parpadeó y, con genuina preocupación, dijo:
—Ja, ja, ja. ¿Andas matando moscas o qué?
Till tensó la mandíbula, apretó los párpados hasta que se le secaron las lágrimas que se formaron en sus ojos y respondió con los dientes apretados.
—Qué te importa.
—¿A ver, sí la mataste?
—Ya cállate.
—Lávate las manos, cochino.
—¡Déjame en paz!
—Okay —cedió, sin poder evitar la risita de nervios que le salió.
Till estaba muy pero muy cerca, hasta podía sentir el aroma de su champú. Hurgó su cabeza ideando algo más que decir, estaba en blanco, no podía más que mirar los ojos verdes frente a él: echaban lumbre, advirtiéndole que no siguiera molestándolo, pero también buscaban algo en su rostro. Intentó averiguar qué y sólo se sorprendió al notar que su expresión se suavizaba poco a poco. No pudo hacer más que sonreír como un tonto, justo como los adultos solían insistir que no debía sonreír: con los labios apenas levantados, mostrando el colmillo rebelde que su madre no pudo acomodar ni con años de tratamientos dentales. Mizi decía que sonreía como los cachorros cuando estaban por hacer una travesura.
Después de un momento de silencio, Till recuperó la voz.
—¿Qué… Qué vas a hacer después de clases? —preguntó, con la voz temblorosa, sin darse cuenta de lo nervioso que lo estaba poniendo a él.
Agradeció que iniciara la conversación.
—Planeaba ir a molestarte a tu casa —admitió, sintiendo el corazón a mil, su cabeza comenzó a trabajar a contrarreloj.
—¿Y no se te antoja ir a otro lado? —quizás sin darse cuenta, Till se acercó un poquito más e hizo un gesto con las cejas que le hizo revolotear el corazón.
—¿A dónde? —el frío de la pared en su espalda no evitaba el calor que comenzaba a subirle por las mejillas.
—No sé… ¿Por un café? —se alzó de hombros, tenía un brillo en los ojos que Ivan no podía descifrar.
—No tomo café —le recordó, confundido.
—Bueno, a otro lugar que se te antoje.
Ivan lo pensó un momento, o al menos lo intentó, pues no podía dejar de mirar la línea que formaban sus pestañas en sus ojos. Hacía mucho que no tenía la oportunidad de mirarlo con detalle ni de contar cada una de sus pestañas. Le encantaban especialmente cuando se pintaba ese delineado rojo que lo hacía ver tan interesante y que resaltaba las líneas de su rostro. Le hacía querer besarle la piel entera, decirle lo mucho que lo adoraba.
Se dio cuenta de lo prolongado de su silencio cuando vio que Till se mordía el labio como si quisiera arrancárselo. El pensamiento de ser él quien se lo arrancara le cruzó por la mente; sacudió la cabeza para quitárselo, podía pensar en eso cuando no lo tuviera tan cerquita. Era peligroso imaginarse cosas cuando estaban cerca, lo sabía de sobra.
—No se me ocurre nada —lo único que quería esos días era estar con él, donde sea, pero entrar a su habitación donde todo olía a Till lo mareaba de emoción—. De hecho no tengo muchas ganas de salir.
—Oh —sus hombros cayeron en decepción.
Su respuesta, como todas últimamente, fue incorrecta. Queriendo arreglar su error, Ivan se aventuró a tomarle la manga de la sudadera y ladeó la cabeza para preguntar, intentando que su voz no delatara lo derretido que se sentía ahí entre la pared y su cuerpo:
—¿Pero tú quieres ir a algún lado? —su voz fue tan suave que casi sonó como un ruego; se preguntó si sería demasiado pedirle que se pegara más a él y lo besara hasta dejarlo sin aliento—. Te acompaño.
Till se tensó de pies a cabeza, un rojo brillante le apareció en todo el rostro y se extendió hasta su cuello y orejas a una velocidad casi caricaturesca.
—¡N-no! ¡Sólo preguntaba!
—¿Seguro?
—¡Seguro! —exclamó, volviendo a llamar la atención de todos. Esta vez la presión pareció ser demasiada, porque dio varios pasos hacia atrás y balbuceó hasta que pudo decir—: ¡Ya me voy!
E Ivan no pudo hacer más que suspirar.
El corazón le pesaba cada vez más, le costaba conciliar el sueño cada noche, pensando en todas las cosas que hubiera deseado hacer con él, lo mucho que quería verlo y hablar como solían hacerlo. Se moría por preguntarle qué le pasaba, si podía hacer algo para que volvieran a ser como antes o si acaso era él quien lo incomodaba tanto.
La duda apareció en el fondo de su mente, se preguntó si había empujado demasiado sus límites; tal vez había dicho algo que lo había lastimado y no se atrevía a decirle, quizás sus sentimientos eran demasiado obvios y por eso lo evitaba. Pasó varios días dándole vueltas, escuchando esa vocecita que le recordaba que Till era sensible y él no sabía bromear sin sonar como un imbécil, que lo aguantaba porque tenía un corazón enorme, pero que un día tendría que cansarse de él.
Intentaba no pensar en la otra posibilidad.
—¿Qué voy a hacer si ya no quiere ser mi amigo?
—No digas eso, Ivan —dijo Mizi, acariciándole el hombro a modo de apoyo.
—¿Eran amigos, para empezar? —preguntó Luka a su izquierda—. ¿O te soporta porque no tiene de otra?
Desde su derecha, Mizi se asomó para mirarlo con los ojos entornados. Le hizo un gesto para darle a entender lo desatinado de su comentario, pero él se alzó de hombros, insistiendo en que era una pregunta valida. Ivan no pudo evitar sentirse golpeado por la pregunta, le gustaba pensar que sí lo eran, pero era verdad que su relación rozaba algo que no sabía cómo llamar ni explicar. En todo caso, esas últimas semanas le demostraban que nunca podía estar seguro de lo que pensaba Till.
—No, tiene razón —admitió, recargándose en el respaldo de la silla, estaba tan desanimado que no había tocado su postre favorito, el mismo que aspiraba en minutos hasta cuando se sentía mal del estómago y que Till le llevaba cada fin de semana en verano porque trabajaba en el mostrador de una repostería por temporada—. No creo que Till me considere su amigo, a lo mucho soy una pulga que se le pegó en el camino.
Ambos lo miraron por un largo momento, perplejos con su reacción.
—¿Ya viste lo que hiciste?
—¿Yo qué? Siempre ha sido así de dramático —Luka hizo un gesto con la mano, como si se estuviera sacudiendo a Mizi de encima—. Va a reaccionar así con cualquier cosa que le digas ahorita.
—Pero tampoco le digas esas cosas, imbécil.
—Lo estoy preparando para el peor escenario —se alzó de hombros y en un movimiento rápido se robó la pieza de chocolate que decoraba el pastel de Mizi, quien lo miró masticarlo con cara de hastío—. ¿Qué me ves?
—La cara de estúpido que tienes —dijo ella, jalando su plato más cerca de ella—. Ese era mi chocolate.
—¿Y para qué lo dejas ahí?
—Lo estaba guardando para el final.
—No te preocupes, ni estaba tan bueno —se lamió los bigotes sin una pizca de vergüenza y le sonrió con malicia—. Eso te pasa por lenta.
—Lenta tu cola.
Ivan suspiró, sabiendo la discusión que tendrían, era lo mismo desde que ambos fueron a trabajar al mismo campamento en Canadá. Sólo ellos y el cielo sabían qué había pasado para que se odiaran tanto, pero Ivan no tenía intención de preguntar. Si ellos querían que supiera se lo dirían en algún momento; si no, no importaba, podía imaginarse perfecto qué tipo de desacuerdo habían tenido y no quería verse en la posición de darle la razón a ninguno.
Estaba seguro de que ni uno ni el otro tenía la razón.
No le encantaba estar en medio de ellos cuando peleaban, y desde que empezaron a llevarse mal prefería evitar verlos a ambos al mismo tiempo, la realidad era que se veían más seguido de lo que los tres quisieran porque no siempre podían hablar de todo con los demás presentes y se entendían de una forma muy extraña. Después de días rumiando la misma idea se rindió, necesitaba hablarlo con alguien o explotaría. Terminó pidiéndole a ambos que se vieran, rogándoles que hicieran una tregua por unas horas.
—No peleen —les llamó la atención, sin mostrar el hastío que tenía atorado en la garganta, pero se aseguró de que la advertencia llegara a ambos—: Me prometieron que no iban a pelear.
Ambos cerraron la boca y, torciéndose la nariz, se recargaron en el respaldo de sus asientos.
—No creo que Till piense así de ti —Mizi volvió a la conversación original, acercándose para darle un apretón en la mano, un gesto que aprendió de Sua—. Al contrario, literal son amigos de la infancia. Él te quiere un montón.
—Yo quiero que me ame.
—Ridículo —se atrevió a decir Luka, como si él no hubiera llorado como Magdalena cuando corría el rumor de que Hyuna se había besado con Isaac un año antes, cuando aún no se atrevía a pedirle que fuera su novia. Ahora que estaban juntos se le había olvidado por arte de magia lo dramático que era en esos tiempos—. Ve a decirle a él, no a nosotros.
—No quiero que me odie.
—Ivan, hay mucha gente que te ama dentro y fuera de la universidad —con una voz amable pero firme, Mizi llamó su atención y lo detuvo con la mano cuando quiso interrumpirla—. También hay mucha que te odia, por una u otra razón, pero de todas las personas que te podrían odiar, Till no es una de ellas.
—Estoy de acuerdo con la mocosa.
—Ash…
—¿Pero entonces por qué me evita? —insistió Ivan—. Ni siquiera me deja acompañarlo a su casa.
—No es cierto, el otro día te preguntó que si te acompañaba a ti a tu casa y tú le dijiste "No, gracias, me puedo ir solito" —Mizi lo imitó con una voz innecesariamente chillona, rodó los ojos y se metió un trozo enorme de pastel en la boca—. Quién te entiende.
A su izquierda, Luka le dio un golpe en el brazo.
—¡Ay, oye!
—¿Le dijiste eso?
—Es que sí me podía ir solito.
—Ay, no puede ser.
Ivan parpadeó, confundido.
A Till no le gustaba caminar hasta su casa desde el campus porque tenían que pasar por una avenida con una banqueta muy angosta y había un punto en el que tenían que esperar a que estuviera despejado para poder pasar, porque los coches pasaban demasiado rápido y muy pegados. Claro que no iba a obligarlo a pasar por ahí, ni si quiera a él le gustaba, así que solía dar la vuelta entera para llegar por el otro extremo de su colonia; era un largo trayecto, no quería hacerlo caminar tanto, ni se podía quedar en casa de Till tantas veces a la semana. Tampoco se sentía cómodo con que terminaran llevándolo en el auto cuando se les iba el tiempo y se hacía muy tarde para irse solo, de cualquier manera sentía que abusaba de la amabilidad de su familia.
Después de su explicación, Luka rodó los ojos con un suspiro de hastío.
—Los dos son tan pendejos.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Olvídalo, me está empezando a doler la cabeza por tu culpa.
—Ha de ser el azúcar.
—Ok, basta.
Mizi llamó la atención de ambos dando un golpecito a la mesa.
—Tal vez deberías aceptar la próxima vez —sugirió con ese tono de finalidad que tenía cuando sabía que explicarle sólo lo haría sobrepensar más—. Sólo para ver qué pasa.
—¿Qué cosa? ¿Que me acompañe a mi casa?
—A lo que sea, sólo dile que sí. A lo mejor terminan en una cita.
—No puede ser tan fácil, Mizi…
—O sí, quién sabe —ella se alzó de hombros, como si supiera algo que él no—. Inténtalo.
—Pero…
—¡Sólo dile que sí! —gritaron ambos.
Asustado por su reacción, Ivan mostró las palmas de las manos para mostrar que se rendía. Por un instante sintió que le terminarían destrozando la garganta si decía la cosa incorrecta, así que se sometió a la amenaza.
—Ok, ok. Le voy a decir que sí.
Viendo que eso los aplacó, dejó que le dieran consejos sobre qué hacer dada la ocasión. Los dos comenzaron a sugerir ideas para sus supuestas futuras citas, las cuáles dudaba que fueran a suceder, pero igual decidió probar su idea. No tenía nada que perder.
Las instrucciones eran muy simples: dile que sí y apaga tu cerebro. Con la primera no tenía problemas, le era imposible negarse a cualquier cosa que le pidiera, aunque le gustaba molestarlo un poco en el proceso. La segunda era la más compleja: su cerebro trabajaba veinticinco horas del día, a veces veintiséis, especialmente con Till. Le gustaba saberlo todo, estar consciente del más mínimo detalle y analizarlo con tiempo para estar listo siempre, era un hábito inconsciente.
No podía apagar su cerebro, pero podía intentar otra cosa.
La siguiente vez que Till se acercó con esa expresión determinada e intensa, Ivan dejó que se acercara tanto como quería, le tomó del brazo y esperó a que propusiera algo. Su toque no lo sorprendió, pero sí le pintó las mejillas de rosa. Después de un rato mirándolo fijo, lo hizo:
—¿Tienes planes mañana?
—No sé, ¿tenemos planes? —le devolvió la pregunta, parpadeando lento como le había enseñado Mizi, impregnando su voz de miel.
Para su sorpresa, el semblante nervioso de Till se derritió y sus ojos brillaron con una emoción que por fin pudo descifrar: esperanza. Registró su reacción en su base de datos mental, tendría que analizar esa ocasión tan inusual después. Por el momento intentó replicar los consejos de su amiga y descubrió que no le costaba tanto ser coqueto.
Las manos le sudaron de inmediato, sentía que estaba arriesgando demasiado.
—Eh… Si quieres ir a algún lado…
—¿Contigo? Sí —respondió de inmediato, siguiendo el consejo de Luka: en lugar de una respuesta lógica o de buscar un significado a sus palabras, dejó que su boca hablara sin filtros. Sin querer también perdió el control de sus manos, de pronto no podía dejar de acariciarle el brazo y en un parpadeo ya tenía una mano metida en la bolsa de su chamarra—. ¿A dónde me vas a llevar?
Y Till se iluminó un poco más, su rostro se pintó de rojo y su voz se suavizó:
—Vamos a Anakt —dijo, metiendo su propia mano en la misma bolsa donde Ivan jugaba con un hilito suelto del forro. No perdió la oportunidad de enredar sus dedos—. Hace rato no vamos.
Él habría aceptado cualquier lugar mientras fuera con él, pero le encantaba ese parque en particular porque tenía jardines amplios donde podían recostarse a tomar el sol o sentarse a comer uno de esos sándwiches tan ricos que vendían cerca de la ludoteca. Hacía muchísimo que no iban, extrañaba su spot en la colina cerca del lago. En lugar de sugerir que fueran a otro lugar que le gustara más a Till o de pregúntale por qué quería ir tan de pronto, Ivan aceptó con una sonrisa.
—Sí, ya hacía falta.
—Entonces paso por ti en la mañana —dijo Till en un suspiro de voz; le dio un apretón en la cintura, donde su mano había aterrizado en algún momento, y se fue con una sonrisa en el rostro.
La mañana siguiente, Ivan se sentó en la sala de su casa a esperar.
Habría tenido tiempo suficiente para hacer todo si se levantaba a su hora usual, pero como no pudo dormir bien, terminó levantándose de madrugada para prepararse. Se tardó tanto bañándose que se le terminó enfriando el agua y salió tiritando, tuvo que pegarse a la estufa cuando se preparó un té para volver a calentar su cuerpo; intentó un nuevo peinado que Mizi le sugirió con un tutorial de YouTube, pero al final volvió a su peinado usual.
Ni siquiera era una cita, intentó recordarse.
Se puso el conjunto que eligieron la tarde anterior en una videollamada con Mizi y Luka, la cual fue una terrible idea, por cierto: ambos se la pasaron silenciando al otro y discutieron por una hora mientras él se probaba opciones; si no terminó la llamada a los cinco minutos fue porque tuvieron la decencia de pausar cada que les mostraba algo para darle sus opiniones y luego volvían a gritarse. Su parte más lógica le recordó que no era una cita, pero a su corazón no se le olvidaba que era su primera salida juntos desde que Till comenzó a portarse raro, que se había acercado a invitarlo en persona, que se iba a tomar la molestia de pasar por él, que se sentía diferente a sus salidas habituales.
Basta, se dijo, no te ilusiones.
Se dio cuenta de que no tenía nada más que hacer después de revisar su reflejo unas veinte veces, checar que llevara todo en la mochila otras quince y volver a atarse las agujetas en seis ocasiones —sólo una de esas veces notó que estaban flojas de verdad, las demás sólo fueron para calmar sus nervios—. Mizi le envió un último mensaje anoche deseándole buena suerte y en la mañana Sua le mandó una foto en la que le deseaba suerte con un pulgar arriba, Mizi estaba en el quinto sueño al lado de ella; Luka le mandó una foto donde todavía no podía abrir los ojos diciéndole que estaría pendiente, pero Ivan sabía que se quedó dormido apenas envió el mensaje. No tuvo de otra más que quedarse quieto en el silencio de su casa, con una hora de sobra en sus manos.
Intentó ignorar sus pensamientos por un rato, redirigirlos a otro lugar, aunque no muy lejano porque temía perderse y terminar ahí donde no quería llegar. Los minutos comenzaron a pasar rapidísimo, los nervios lo hacían temblar, le agarrotaban las manos; se tronó las articulaciones de los dedos una a una para intentar despertarlas un poco, sintiendo lo frías que estaban. Consideró buscar unos guantes, pero recordó que perdió su único par en esa mochila que le robaron el año pasado cuando fueron a la Feria Navideña con Till.
Recordar su rostro enrojecido por el frío le dio un escalofrío.
En lugar de pensar en su NO cita, decidió reacomodar los cojines que su mamá acababa de hacer como primeros preparativos para las fiestas de fin de año, aunque todavía no comenzaban a decorar la casa porque aún era muy pronto. Intentó adivinar qué concepto elegiría ese año y si es que tendría que aprender a hacer los moños que estaban en tendencia; rogaba que no, odiaba tocar terciopelo, prefería arrancarse la piel antes que tocarlo.
—¿Vas a salir? —preguntó su madre, que apareció atrás de él con una taza de café en la mano y un suéter sobre la pijama—. ¿Tan arreglado? ¿Vas a una cita o qué?
Y todos sus esfuerzos por no deshacerse de nervios se desmoronaron.
—… No.
—Mhm.
—Till me invitó a Anakt—dijo, intentando sonar lo más normal posible; la voz le temblaba horrible—. Sólo vamos a pasear.
—A pasear —hizo eco ella, con esa expresión de no creerle nada, como si le leyera la mente. A veces se daba cuenta de lo mucho que le recordaba a Sua y viceversa, la idea lo trastornaba más de lo que quería admitir—. Ajá.
Antes de que pudiera cuestionarlo más, una notificación sonó en su teléfono, con el tono exclusivo para los mensajes de Till. Le decía que había llegado más temprano de lo que esperaba y preguntaba si podía pasar a esperarlo. Ivan se levantó, tomó su mochila y se despidió de su madre sin atreverse a mirarla. En la puerta se encontró con un Till que contuvo la respiración en cuanto lo vio, quizás sorprendido por su salida tan precipitada. Le habría encantado preguntarle si quería pasar por un café antes de salir, seguro a Till también le hubiera gustado pasar a saludar, y lo habría invitado, si no fuera porque sabía que su madre haría algún comentario inapropiado.
—Buenos días —dijo Till, con las mejillas rojas y los ojos bien abiertos.
—Till, buenos días —el estómago se le apretó de nervios, no supo si fue buena o mala idea no haber desayunado nada.
—Perdón, se me hizo demasiado temprano…
—No te preocupes, estaba listo desde hace rato —confesó, sin poder creer que hace sólo unos días no podían ni hablar de frente—. ¿No tienes frío?
—No. ¿Tú sí?
—Está fresquito.
—¿Quieres que nos quedemos a ver una peli, mejor?
—Me prometiste ir a Anakt —renegó Ivan, sorprendido al escucharse hablar sin tropezar con sus palabras, las manos le temblaban detrás de la espalda—. Ya me hacía comiendo un sándwich de queso.
Till sonrió suavecito, estirando los labios hasta que mostró sus dientes, y le tomó una mano para meterlas juntas a la bolsa de su chamarra. Vestía ligero pero su temperatura corporal siempre era alta, nunca lo veía usando más que un suéter y una chamarra encima, a veces un abrigo abierto y rara vez una bufanda que siempre le terminaba prestando.
—¿Vamos?
—Sí.
Ivan sintió que el corazón se le saldría del pecho en cualquier momento durante el camino, así que intentó parecer tranquilo haciendo los mismos comentarios insolentes con los que siempre lo molestaba. El único problema era que Till no parecía afectado por sus palabras, y quizás era porque no podía sonar convincente por más que lo intentaba: se trababa, perdía la noción de lo que hablaba o directamente se quedaba callado cuando Till hacía ese gesto tan coqueto con las cejas.
Terminaron recostados en el pasto sobre un tapete que Till llevaba en la mochila, porque al parecer iba muy preparado ese día, hasta llevaba una cobija en caso de que el día se pusiera más frío; Ivan estaba bastante impresionado, a decir verdad. Acababan de comer un sándwich de queso y compartieron una orden de wafles con frutos rojos y chocolate, aunque la mayoría se lo comió él porque así era siempre con los postres: Till sólo comía un par de bocados para quitarse el antojo, con el tercero se empalagaba y el resto se lo comía Ivan.
El día estaba fresco, casi frío, pero eso sólo hacía más agradable el calorcito de los rayos del sol. Siempre que subían a esa colina se quedaban hasta tarde disfrutando del clima, a veces en silencio mientras Till dibujaba e Ivan escribía poemas en su cuaderno o tomaba una siesta. Otras veces hablaban hasta que se hacía tarde y sólo se levantaban cuando tenían que.
Esta vez era una de esas últimas, la rutina de siempre, excepto que todo se sentía muy diferente. No es que nunca lo hubiera hecho, de hecho siempre era así, pero de pronto sentía que Till estaba siendo demasiado atento, que su voz guardaba algo que no podía descifrar, una suavidad que nunca le dedicaba; no estaba acostumbrado a estar con él sin ser capaz de adivinar sus pensamientos, sentía que estaba hablando con una persona muy diferente y al mismo tiempo con el Till de toda la vida, del que siempre había estado enamorado.
Intentaba contarle sobre el fracaso que estaba resultando el proyecto que sus compañeros estaban haciendo y que por eso se había encargado de hacerlo todo él mismo en el último mes sin decirles nada. Cada que se atrevía a voltear para echarle un vistazo, las cejas de Till se alzaban y se le formaba una sonrisita que se le reflejaba en los ojos, Ivan terminaba atorándose al hablar y perdía el hilo de la conversación.
—Deja de hacer eso —insistió, con el corazón acelerado.
—¿Qué cosa? —preguntó Till, volviendo a hacer el mismo gesto.
—Eso —lo señaló con un dedo acusador y cometió el error de sentarse. Al mirar hacia abajo se encontró con su rostro iluminado por el mediodía y su sonrisa que le hacia los ojos chiquitos, su cabello despeinado por el viento mostraba una parte de su frente y sus mejillas besadas por el sol estaban enrojecidas de un tono cuyo significado todavía no descifraba. El corazón se le derritió, quiso agacharse a besarlo, pero sólo le picó la frente cuando hizo el gesto una vez más—. Y lo sigues haciendo.
—¿Pero qué cosa?
—Pues… eso, con las cejas.
—¿Qué con mis cejas? —preguntó, tocándose el costado de la frente. Al verlo hacer un puchero, se rio—. Ha de ser un reflejo. ¿Qué tiene?
—Me distraes.
—Uy, perdón por tener movimientos involuntarios —se quejó y sacó la lengua, lo cual no ayudó a Ivan con su problema—. Siempre hago eso, ¿por qué te molesta ahora?
—No me molesta, me distrae —lo corrigió—. Y no, no lo haces siempre.
—¿Tú cómo sabes?
—¡Lo sé y ya! —sabiendo que se estaba delatando mucho, intentó remediarlo un poco—: Soy muy buen observador.
—Ay, ajá.
—Bueno, no me creas.
—No te creas, yo sé que eres buen observador —dijo Till con un tonito casi coqueto, intentando apaciguarlo. Ivan sintió que su voz lo volvía débil, así que desvió la mirada y no pudo evitar avergonzarse al darse cuenta de que parecía que estaba haciendo berrinche, como un novio mimado. Se sorprendió al sentir un brazo rodearle la cintura, Till le habló bajito, casi ronco—. Ivan, mírame.
A Ivan le recorrió un escalofrío de pies a cabeza, y cuando sintió sus dedos acariciarle la espalda se encontró completamente derretido. En realidad era un hombre muy débil, se dio cuenta; y qué si actuaba como un novio mimado, eso era lo que quería a fin de cuentas, ¿qué había de malo en fingir que lo era por un rato? Se acomodó en el toque de su brazo y se acercó un poco más, apoyándose al lado de su cabeza para poder inclinarse hacia él sin perder el equilibrio, para verlo un poco más de cerca por primera vez en meses.
—Te estás burlando de mí.
—Claro que no.
—Mentiroso.
—Que no, te lo juro —pero su risa lo delató, el brillo en sus ojos titilaba con una emoción que no reconoció—. Ya, no te enojes, te invito un chocolate calientito.
—Mm, ok. Pero me dejas ponerle malvaviscos extra a mi chocolate —accedió, ladeando la cabeza y bajando un poco las pestañas para mirarlo a través de ellas, hace rato descubrió que era un poco más fácil convencerlo si hacía eso—; que parezca cereal.
—Ay, guácala —Till se encogió del asco—. Bueno, tú sabrás con qué te intoxicas.
—¿Y me compras una galleta?
—Está bien.
—Qué consentido me tienes hoy.
—Así te podría tener siempre —hizo una pausa, si Ivan no hubiera estado frenético por dentro se habría dado cuenta de la incertidumbre en su voz—, si tú quieres.
—No digas eso —Ivan soltó una risita nerviosa; le quitó un pedacito de pasto del cabello y aprovechó para acariciarle la oreja—. Voy a pensar que es una cita.
Till parpadeó en silencio y juntó las cejas.
Sintió que se le detuvo el corazón por un instante, él sabía perfecto cuál sería su respuesta y aun así lo dijo. Fue un descuido, un error. Se sintió muy estúpido, se suponía que tenía muy claro que no sentían lo mismo, que se había resignado desde el momento en el que se dio cuenta de sus sentimientos. Él se había prometido nunca externarlo, no tener esperanzas, pero bajó la guardia otra vez. Llenó sus pulmones intentando no entrar en pánico, nada tenía que cambiar, podía arreglarlo como lo había hecho las otras cientos de veces que había dicho algo medianamente comprometedor, sólo tenía que decirle que era una broma sin morderse la lengua o soltarse a llorar en el proceso.
Qué patético, se dijo, avergonzado.
Quiso quitarse de encima para poder esconder su expresión en caso de que algo se reflejara en ella, pero el brazo en su cintura lo mantuvo en su lugar, jadeó de sorpresa y también porque no podía respirar.
—… ¿Till?
—Pero sí es.
—¿Qué?
—Sí es una cita —anunció Till, con las mejillas pintadas de rojo—. Pensaba que… eh… ¿Es una cita, no? Pensaba que estábamos en la misma sintonía.
Ivan se congeló.
—¿Ivan?
—Oh —soltó, sintiendo que su cuerpo entero vibraba. Mizi tenía razón, pensó—. Chispas.
—¿Cómo que “chispas”?
—Es que no sé qué decir —dijo, sintiendo el cuello caliente y las mejillas cosquilleándole. Cuando notó que Till quería hablar le apretó un dedo sobre los labios—. Sólo… dame un minuto.
—¿Okay?
Ambos se miraron con los ojos bien abiertos, descompuestos, sin saber qué hacer. Ivan tenía una presión intensa en el pecho, no sabía qué sentía exactamente pero la garganta comenzaba a cerrársele con el sentimiento, con las lágrimas que se negaba a soltar. Aunque la vocecita que tanto lo odiaba en el fondo de su cabeza insistía en que no era cierto, que estaba confundiendo las cosas, su corazón saltaba con la sensación del brazo que seguía rodeándolo muy firme, como si temiera que se le fuera a escapar. Con cada latido le gritaba: ¡Te lo dije, te lo dije! Y le rogaba que lo besara, que le expresara lo mucho que lo adoraba.
—Te está saliendo humo de la cabeza de tanto pensar —observó Till.
—Te dije que me des un minuto.
—Ya pasaron como diez.
—Claro que no, qué desesperado eres —reclamó con un golpe en su hombro y le dio otro sin importarle su queja de dolor—. Nunca me dijiste que fuera una cita.
—Pensé que era obvio —una pausa, buscó algo en su rostro y lo que encontró pareció desilusionarlo—, pero ya vi que no.
Hubo otro silencio, Till lo miraba con algo de decepción que se transformó en resignación. El brazo que lo rodeaba lo soltó lento, como quien no quiere. Ivan se aguantó las ganas de protestar por la pérdida y se sorprendió al sentir la espalda tan fría sin su tacto.
—Perdón, debí ser más claro. No quería ponerte incómodo.
—No estoy incómodo —aclaró Ivan, haciéndose para atrás para dejar que se sentara también.
Abrió la boca, buscando la reacción adecuada, mas no pudo articular palabra. Quizás sin saber qué más decir, Till esperó a que hablara, con los hombros caídos y un intenso sonrojo de vergüenza.
Tras unos minutos sin encontrar palabras, terminó pidiéndole:
—Till, no me ilusiones así.
—¿Así cómo?
—Si me dices que esta es una cita voy a querer otra —admitió, sintiendo que el calor le subía a las mejillas como hormigas en la piel—. Voy a empezar a pensar cosas.
—¿Qué cosas?
—Que quieres salir conmigo, ja, ja.
En lugar de reírse, en vez de pedirle que no dijera tonterías o salir huyendo, el sonrojo de Till se volvió más profundo, sus ojos brillaron de emoción y su brazo volvió a rodearlo con timidez. Ivan no pudo hacer más que respirar tembloroso, se secó las manos sudadas en el suéter para calmarse un poco, para recordar que no estaba soñando.
—¿Entonces me aceptas otra cita?
¿Y qué más podía hacer él, además de decir que sí? No era más que alguien débil, que se derretía con la más mínima mirada del hombre que adoraba, con el que soñaba sobre besos y futuros compartidos.
—Supongo que te puedo cumplir un sueño —no pudo evitar decir con descaro, rodando los ojos como si le costara, pero su tono aliviado y sus manos trémulas lo delataron.
—Qué tonto eres.
En su voz, sin embargo, se escuchó la sonrisa con la que se acercó a besarle la mejilla.
Así que se encontró siendo llevado de la mano todos los días, se despedía de él afuera de su salón todas las mañanas y se reencontraban ahí mismo para irse juntos al terminar las clases. Almorzaban juntos, jugando con los pies debajo de una mesa en el gastro o sentados en los jardines del campus. Por las tardes siempre encontraban un plan, una cosa que hacer juntos o una película que ignorar mientras coqueteaban en el sillón de la sala.
Al principio a Till le costaba invitarlo, se ponía muy nervioso y no sabía cómo plantearle sus citas, pero con el tiempo se volvió más confiado, le sugería cosas con mayor seguridad y lo sorprendía con detallitos a menudo.
Si él creía que no le prestaba atención antes, unas cuantas citas le fueron suficientes para darse cuenta de que era todo lo contrario: todos los lugares estaban muy bien pensados, sus actividades eran todas muy interesantes y sus detalles tenían pequeñas cosas significativas. Sospechó que husmeaba en su cuaderno donde tenía escrita la lista de lugares que le gustaría visitar, después vio por casualidad el archivo en su app de notas donde anotaba todos los lugares que veía en la calle y pensaba que podrían interesarle, investigaba el menú, los horarios, las reseñas y ponía una foto como complemento, a veces la imagen tenía algo señalado y una notita; en otro archivo tenía anotadas actividades, listas de ingredientes para hacer algo juntos en casa y links de tutoriales para usar mientras lo hacían.
Ivan no podía creer que estuvieran saliendo, que la atención de Till fuera para él nada más, que no tuviera que usar sus cien formas para hacerlo reír porque era él quien siempre estaba soltando risillas tontas. Aún usaba sus cien formas de molestarlo, intentando empujarlo a su límite para probarse que era algo pasajero, que no era real; Till siempre veía a través de él, incluso cuando de verdad estaba irritado o avergonzado, lo miraba de frente y destruía sus intentos con un solo toque. Era extraño recibir todo lo que siempre quiso sin haberlo pedido, sin tener que rogar por ello, no sabía cómo reaccionar ni qué decir.
Se sentía tan fuera de su elemento.
—¿No quieres? —preguntaba Till a menudo, con ansiedad en la mirada.
Parecía que siempre esperaba que lo rechazara, como si no supiera que le era imposible decirle que no, que se le revolvía el estómago de la emoción y que el corazón se le volvía loco con cada una de sus miradas.
—Sí, sí quiero. Sólo que… —alzó los hombros, mirando cómo Till alternaba la mano con la que lo sostenía para secarse el sudor. Poco a poco podía leerlo mejor, encontraba más sentido en lo que hacía y lo que no, lo redescubría a diario. No sabía cómo conciliar la idea de que quizás él también lo quería—. Nunca sé qué decir.
—Sólo di que sí —sugirió, rogándole con la mirada. Le asombraba verlo hablar tan tranquilo a pesar de lo nervioso que estaba siempre, le aceleraba el corazón pensar que se esforzaba tanto por él nada más. Como siempre, le recordó—: Y si cambias de opinión podemos hacer otra cosa.
Cada vez que lo decía parecía que se refería a algo más, además de la cita. Así que Ivan le decía la verdad:
—No creo.
Quizás al inicio lo dudó, creyendo que todo estaba siendo demasiado fácil, pero los últimos meses comenzó a sentir que todo era un poco más real, que su cuerpo dejaba de ponerse tenso cuando Till se acercaba a susurrarle al oído, que esa mirada intensa no sólo escondía sus nervios sino también deseo, que quizás no era el único que se moría por un poco más cuando se despedían o pensaba que no era suficiente un beso cuando se quedaban solos en silencio.
A veces la vocecita que tanto lo odiaba lo hacía dudar: le recordaba que sólo estaban saliendo, que en cualquier momento Till podría cambiar de opinión, que por eso seguía sin formalizar nada: un día se daría cuenta de que era demasiado, lo difícil que era lidiar con él, la inseguridad que escondía su desvergüenza y su forma tan tosca de hablar. Y cada vez su corazón notaba la timidez en sus gestos, la sonrisa en sus ojos, la calidez en sus palabras y se daba cuenta de que le estaba dando tiempo para adaptarse, que él también estaba tomando confianza antes de dar otro paso.
Así que, angustiado por el miedo y esperando lo mejor, Ivan hacía el esfuerzo de encontrarlo en el medio.
—¿A dónde van a ir? —preguntó Mizi.
—Es un tributo a una banda —una que conocía porque a Till le gustaba mucho en la prepa, mucho de su gusto musical estaba influenciado por él, en realidad. El plan surgió porque un día le dijo que también le gustaría hacer cosas que le gustaban a él en sus citas y sus ojitos se iluminaron como si le hubiera bajado la luna, era irreal lo fácil que era complacerlo, no es como si nunca lo hubiera acompañado a un concierto—. ¿Se acuerdan del bar donde festejamos el cumple de Hyuna? Ahí.
—Uuy, ¿crees que formalicen hoy?
—Prefiero no hablar de eso —respondió de inmediato, sentía que vomitaría si se ponía a pensar en ello.
—Tu mamá te tiene prohibido tomar —mencionó bajito Sua, sentada en su cama mientras ojeaba uno de sus "diarios de enamorado".
—No tiene por qué saber —claro que se lo tenía prohibido, pero tampoco lo dejaba comer dulces porque tenía un largo historial de caries y todos sabían lo dispuesto que estaba a perder los dientes por comer tanta azúcar—. No pasa nada mientras llegue sobrio y bañado mañana.
—¿De dónde o qué?
—Me voy a quedar a dormir en casa de Till, nos queda más cerca.
—¿Quieres que pasemos a la farmacia de camino?
—No va a pasar nada, Mizi.
—Así me decías que nunca iban a tener una cita y mírate —insistió ella, alejándose para checar que el peinado estuviera bien arreglado, algo pareció no estar en su lugar, porque lo hizo agacharse para alcanzarlo de nuevo—. Más vale prevenido.
—Primero la seguridad —asintió Sua en tándem.
—Que no va a pasar nada, sus papás van a estar en su casa —renegó, era la única razón por la que su mamá aceptó dejarlo quedarse. Siempre fue muy estricta, pero desde que comenzaron a tener citas se volvió casi paranoica.
—Cuando uno quiere, halla la manera —una pausa y, como si necesitara explicar su punto, dijo—: A nosotras no nos detiene.
—Gracias por esa información, Sua. Era muy necesaria.
—Por nada.
Y mentiría si dijera que no lo había pensado, de hecho le estuvo dando vueltas todo el día, preguntándose si lo que vestiría sería apropiado y si se había tallado lo suficiente al bañarse. Se decía a sí mismo que no tenía que pasar nada, ni siquiera eran novios todavía, sólo estaban saliendo para ver si las cosas funcionaban; o al menos él lo entendía así, era difícil sacar el tema cuando ni siquiera lo habían hablado bien en un inicio.
En todo caso, lo emocionaba la posibilidad, pero también lo ponía muy nervioso.
Hasta el momento sólo habían compartido besos, la mayoría sólo piquitos tímidos al despedirse en la puerta de su casa, sabiéndose demasiado expuestos tan cerca del consultorio de su madre, quien siempre los recibía con su expresión severa y demasiadas preguntas. Los dejaba despedirse a solas, pero ambos sabían que nunca estaba demasiado lejos, así que respetaban el espacio entre ambos y pegaban sus labios de forma tan fugaz como podían.
Quizás por eso sus besos eran tan largos cuando se quedaban a solas, eran besos torpes porque ninguno tenía mucha experiencia, pero Ivan siempre tenía que volver a calibrar sus piernas durante los créditos de las películas, porque de otra manera sentía que caminaba sobre gelatina. Till siempre terminaba viéndose como si lo hubieran cocinado al vapor y tardaba un buen rato en bajarse el sonrojo, la imagen sólo le hacía un poco más difícil calmarse cada vez.
A Mizi le dio igual su opinión, se estacionó fuera de una farmacia en el camino y regresaron a su auto con un kit de emergencia aprobado por Hyuna en un mensaje. Ivan lo metió en la bolsa interior de su chamarra y rogó que Till no notara nada. Quizás no fue tan buena idea decirle que se encontraran en el bar, pero de verdad necesitaba la ayuda de ambas para decidir qué ponerse.
—Ay, dios —dijo al verlo recargado en el poste afuera del lugar.
Estaba vestido como si fuera a subir al escenario, la gente alrededor no lo perdía de vista cuando pasaban a su lado, una chica al fondo se lo estaba comiendo con la mirada. No la culpaba en lo absoluto, se veía increíble con su playera rota, el pantalón lleno de cadenas y ese delineado que le hacía la mirada tan afilada. Se asomó por la ventana suplicándole a sus amigas que lo ayudaran
—¿No quieren entrar conmigo?
Ambas soltaron una carcajada.
—Tú ponte flojito y disfruta —y con un guiño, Mizi arrancó, dejándolo al otro lado de la calle, tembloroso de nervios.
Ok, no pasa nada, se dio ánimos, sólo tienes que atravesar la calle y saludar.
Así que cruzó diez minutos después, detrás del tercer coche blanco, como se comprometió consigo mismo a hacer mientras daba vueltas frente a la vitrina de una agencia de viajes, que por cierto ofrecía el viaje a Japón más caro que había visto en su vida.
—¡Till, hola! Perdón, se me hizo un poco tarde.
—No te preocupes, llegaste bien —respondió Till con voz ronca.
Ivan respiró profundo antes de atreverse a mirarlo a la cara.
Un escalofrío le recorrió la espalda al ver sus ojos: tenía una mirada feroz, hambrienta, con una chispa que le encendió el cuerpo entero; lo estaba examinando de pies a cabeza, lamiéndose los labios como si le hubieran puesto la cena en bandeja de plata.
Después de aclararse la garganta, Till continuó:
—¿Quieres entrar? Reservé una mesa.
—Ah… Eh, uhm —balbuceó. Le habría gustado responder algo ingenioso, no estaba acostumbrado a no saber qué decir, pero últimamente se encontraba en esa situación a menudo. Al final sólo pudo asentir—: Sí, vamos.
Y se dejó llevar de la mano.
Ivan sabía muy bien lo intenso que era Till, todo sobre él lo era: el lenguaje colorido que usaba para expresarse, la ropa que modificaba con tijeras sin filo, una horrenda técnica de costura y todo tipo de pintura; la música que escribía en hojas sueltas, las letras de sus canciones, su presencia en el escenario al cantarlas. La gente lo admiraba de lejos porque les parecía demasiado, porque se la pasaba en su mundo y a primera vista lucía poco accesible, irritable y hasta grosero; jamás notaba lo mucho que las personas lo miraban, Ivan incluido.
Creía que los demás se quitaban de su camino cuando andaba por los pasillos porque lo consideraban raro, ruidoso, patético; ignoraba que la gente hablaba de él como el artista prodigio que era, que todos notaban el tipo sensible que era, que lloraba muy fácil y que se avergonzaba casi por cualquier cosa.
Otros consideraban que se ofendía fácil y que reaccionaba fuera de proporción; cuando eran niños había quien lo llamaba llorón, en la prepa alguno lo llamó perdedor, Ivan sabía que esas personas eran los mismos que no soportaban ver otro premio en sus manos. Quizás su odio era tan grande porque, de una u otra forma, Till conseguía ser una experiencia intensa, abrumadora, tan potente que estremecía, y que él no se diera cuenta era… fascinante.
En algún momento de su niñez, Ivan fue golpeado por la fuerza imparable que era Till, lo arrastró hasta que descubrió que podía dejarse llevar y respirar a través de él. Y se descubrió hechizado por esa fuerza, encantado con lo mucho que lo hacía sentir, por eso comenzó su investigación: a él le parecía muy interesante cómo podía pasar de llorar porque encontró un pajarito tirado en la calle a intentar partirle la nariz a golpes al idiota que se rio de él por caerse cuando intentó subir al pajarillo a su nido.
Intentar, porque Ivan ya podía predecir sus golpes con precisión y esquivarlos o detenerlos le era muy fácil. ¿Hacía falta mencionar que lo ayudó a subir al árbol después de su pelea? ¿O que se ensució las mangas del uniforme con su sangre al recordarle que no era buena idea subir árboles con los zapatos escolares?
Aunque sus amigos creían que lo sabía todo sobre Till porque adivinaba sus pensamientos exactos en cualquier momento del día, Ivan siempre insistía que no, que había mucho de lo que no tenía idea, mucho que aún podía intentar, experimentar, probar, registrar y analizar. Especialmente desde ese horrible periodo en el que se portaba tan raro con él antes de comenzar a salir, jamás se atrevería a decir que lo sabía todo, no cuando Till seguía moviéndole el piso en cada paso que daba.
Después de dos cervezas y una hora entera de miradas intensas, Ivan decidió que necesitaba un minuto para relajarse, así que aprovechó el intermedio para correr al baño y mojarse la cara hasta que se sintió un poco más calmado.
Antes de salir se aseguró de no haber arruinado su peinado, Mizi lo mataría si le decía que lo deshizo sólo por estar teniendo un pánico gay masivo, con lo que se tardó peinándolo. Se preparó mentalmente para volver a su mesa y sin pensarlo más, salió del baño.
—Ivan.
Sorprendido al escuchar su nombre tan cerca, giró la cabeza sólo a tiempo para ver que era Till quien, con una fuerza que no le conocía, lo empujó hasta arrinconarlo en una pared cerca de la salida de emergencia.
Tenía la fuerza necesaria para quitárselo de encima, para levantarlo sobre su hombro a pesar del músculo que había formado desde que comenzó a jugar básquet en la cancha que estaba detrás de su casa, de hecho le sería muy fácil hacer un movimiento para tumbarlo de un empujón; sin embargo, Ivan se quedó muy quieto, sintiendo que las piernas se le hacían jalea cuando una de sus manos callosas le tomó la cintura.
—¡Till, me asustaste!
—Perdón —dijo, sin sentirlo en lo absoluto. Rozó sus narices brevemente y le acarició el costado—. ¿Todo bien?
—Sí, ¿por qué?
Till alzó los hombros, se mojó los labios con la lengua e hizo ese gesto con las cejas que, después de mucha prueba y error, aprendió a interpretar: quería un beso.
—Ah. Till, qué atrevido —se burló al tiempo que sus brazos encontraban su lugar alrededor de su cuello; sintió hormigas recorrerle las mejillas, su aliento olía a cerveza y a la salsa de los boneless que pidieron como snack, llevaba ya un rato pensando en que a eso sabrían sus besos esa noche—. ¿Por qué me traes a lo oscurito? ¿Qué me vas a hacer?
—Nada.
—¿Nada? Aw, qué aburrido.
En lugar de avergonzarse, Till soltó una risita socarrona, se pasó la lengua por los dientes y con curiosidad dijo:
—¿Qué quieres que te haga?
—Ja, ja.
E Ivan sólo pudo soltar eso, un par de exhalaciones más que una risa. Sus nervios acumulados en sus pulmones, el calor recorriéndole la sangre se aceleró al sentir su rodilla hacerse espacio entre sus piernas. Por primera vez en toda su vida, probablemente, sintió que el interruptor de su cerebro hizo ¡clic!, y sus pensamientos se dispersaron en ese instante. De pronto no había nada en su mente, ni una sola idea, absoluto silencio, ninguna voz recordándole que todo podría ser falso, ningún dato registrado, ninguna situación analizada.
Sólo Till, Till, Till; su olor, su mirada fiera, su tacto caliente, y de pronto también el sabor de su boca, su lengua acariciando sus dientes y cada rincón que encontraba; el chasquido de sus labios, su respiración y el ronroneo que vibraba en su garganta cada que Ivan soltaba un sonido de sorpresa al sentir sus manos recorrerlo entero.
—Te estás ahogando, Ivan —Till se separó por un momento. Ignorando que Ivan intentó perseguirle la boca, le besó la mejilla con los labios mojados—. Respira.
—Mhm…
—Ivan.
Pero él sólo pudo quejarse con un gimoteo, le tomó el rostro y volvió besarlo, suspirando cuando volvió a tener su lengua sobre la suya. Sentía que le daba vueltas la cabeza cada que lo pegaba a su cuerpo, cuando le acariciaba la cintura y seguía su camino hasta subir por su pecho, quería que lo apretara más, que lo agarrara entero y se lo metiera dentro de la piel. Así que le rogó por más gimiendo en su boca, acariciando su cabello húmedo de sudor, pegándose a él tanto como podía sin tirarlos a ambos.
Funcionó, porque Till comenzó a ayudarlo cambiando su posición para balancear mejor su peso. Pronto descubrió que no era suficiente, que quería sentirlo más y más cerca, fundirse en él, nunca volver a separarse, pero no tuvo palabras ni forma de expresarlo cuando sus labios se despegaron y comenzó a besarle el cuello. El sólo pudo dejarse hacer, deseando que cada beso se le marcara para siempre en la piel, que le quedara la sensación de su aliento caliente por el resto de su vida.
—Till —pidió en un hilo de voz.
—¿Mm?
—Otro…
Como si hubiera dicho las palabras mágicas, él atendió a su petición, le mordió los labios y metió su lengua entre ellos, bajando las manos desde su espalda hasta su trasero en una caricia bruta, torpe, y no por eso menos caliente.
—¡Hah! —jadeó al sentir un apretón.
Entonces una voz se coló en sus oídos:
—… ¿Chicos? —una pizca de cordura volvió a su cabeza cuando abrió los ojos y vio la expresión avergonzada de la hostess—. Lo siento, no pueden estar en esta zona.
Demasiado mareado para procesar lo que decía, Ivan parpadeó una, dos, tres veces hasta que se dio cuenta de que Till estaba disculpándose con el rostro pintado de un rojo oscuro. Tenía los labios hinchados y mojados en saliva, los ojos ligeramente nublados. Lo único que le pasó por la cabeza en ese instante fue que quería volver a besarlo, estar entre sus brazos una vez más; estuvo a punto de volver a pegarse a él cuando se acercó, pero Till comenzó a jalarlo por el pasillo de regreso a los baños.
Estaba muy nervioso, murmurando algo entre dientes, o puede que se lo estuviera diciendo a él. Quién sabe, estaba mucho más concentrado en ese rasguño al rojo vivo que le hizo en el cuello en algún momento.
No supo cómo llegó, porque las piernas le temblaban y el aliento no le alcanzaba por más que intentaba respirar. Reconoció el grafiti fluorescente en las puertas del baño, le irritaban la vista, pero salía increíble en la foto que se tomó hace rato para avisarle a las chicas y a Luka que todo iba bien.
—Qué pena —escuchó decir a Till—. Debí fijarme.
Él no dijo nada, entendió la situación apenitas, estaba mucho más centrado en cómo se veía con el cabello despeinado y la ropa desarreglada. ¿En qué momento le jaló tanto el cuello de la playera para que se le estuviera cayendo por un hombro? ¿Fue él quien le desabrochó el cinturón? Poco a poco, su mente comenzó a esclarecerse y cuando se miró a sí mismo ¡clic!, recordó donde estaba, quién era y lo desesperado que se portó allí atrás colgándose de Till.
—Está bien, no te preocupes —no hallaba cara para mostrarle, así que se aclaró la garganta e intentando mantener su dignidad, dio unos pasos temblorosos hacia el baño—. Voy al baño.
—Ah, sí.
Sin esperar a que dijera más, Ivan caminó tan rápido como pudo sin que pareciera que estaba huyendo, cerró la puerta detrás de él con cuidado de no hacer ruido y se miró en el espejo: se veía tan descompuesto que tuvo que cerrar los ojos un momento para no entrar en pánico. Volvió a fajarse la playera, aprovechando para ajustar un poco su erección, de manera que no se sintiera tan incómodo, y se subió la chamarra a los hombros; intentó volver a peinarse como Mizi lo había hecho sin éxito, ya tenía el cabello esponjado, quizás por el material de la pared que provocaba estática o por el sudor, no tenía idea.
Estaba terminando de enjuagarse la cara cuando Till entró, viéndose mucho más compuesto que hace un momento, aunque seguía teniendo algo en la mirada que decidió no explorar por el momento.
—¿Estás bien?
—Sí, todo bien —aseguró, ya más calmado. No podía decir que se arrepintiera de nada, a pesar de lo mortificado que se sentía—. Increíble, de hecho. ¿Tú?
—También —contestó simple, aunque no pudo esconder una sonrisita—. Eh… En realidad venía a decirte algo hace rato.
—Ah. ¿Qué pasó?
—Mi mamá me habló, me dijo que vinieron mis tíos. Mi tía y su esposo. ¿Te acuerdas de…? —flexionó el brazo, como si mostrara un músculo que ambos sabían que no existía, aunque su brazo ya no era tan delgado como solía serlo hace unos años; y se dio un golpecito en el bíceps—. ¿Mi tío el que presume su tatú que según le hicieron en el bote?
—Ja, ja, sí, es bien gracioso —sonrió Ivan, sin perder la oportunidad de tomarle el brazo, Till se sonrojó un poco, pero no dijo nada—. Nunca he sabido si de verdad se lo hicieron en la cárcel.
—Nah, sólo lo llevaron una vez a barandillas. Se lo hizo su ex.
—Oh. ¿Pero qué con tus tíos?
—Ah, es que vinieron de visita… y se llevaron a mis papás y a Esme al pueblo, hasta al Bruno se llevaron —explicó Till, recargándose en el lavabo al lado de él. Ivan se preguntó si sería demasiado jalarlo para ponerlo entre sus piernas—. Y regresan hasta mañana.
—Oh, ya… ¿Querías ir?
Una pausa, su mirada incrédula lo hizo atar cabos.
—Ah, tus papás no van a estar en la casa —se sintió muy tonto diciendo lo en voz alta, al parecer su mente aún no terminaba de despejarse—. Uy, ya veo el problema.
—Sí… ¿Quieres que te lleve a tu casa?
Ahora que estaba más consciente, esa vocecita en su cabeza volvía a hablarle, si acaso algo apagada, para recordarle que debía ser prudente. Su madre era muy perspicaz, era difícil esconderle las cosas porque se daba cuenta de todo, mentirle siempre era una apuesta en la que tenía todas las de perder, pero él más que nadie sabía que ser sincero con ella era tan arriesgado como intentar engañarla.
—Mi mamá no tiene por qué enterarse —concluyó.
—No me gusta mentirle a tu mamá.
—A mí tampoco me gusta, créeme —ambos lo sabían bien pero a veces se veían arrinconados a hacerlo. Suspiró, no entendía por qué aún tenía que controlarlo como si fuera un adolescente rebelde a sus casi veintiún años—. De todas maneras nos queda más cerca tu casa.
Resignados a las posibles consecuencias, ambos asintieron.
—Mi mamá dijo que prefiere que lleguemos juntos a la casa, a que nos vayamos cada uno por su lado —admitió Till, e Ivan intentó tragarse la amargura de saber que su madre preferiría lo contrario con tal de proteger su imagen de familia respetable; nunca sabía cómo conciliar la diferencia entre ambas—. Me pidió que le avisemos cuando lleguemos, y que le contemos qué le dijiste a tu mamá por si le pregunta.
—Ok, gracias.
Así que volvieron juntos a ver el resto de la presentación, de pie en un espacio hasta atrás porque alguien se había apropiado de su mesa; al parecer su besuqueada fue tan larga que la banda terminó su pequeño receso sin que se diera cuenta, se sorprendió cuando Till lo guio hacia el lado contrario de la mesa al regresar, luego le explicó que si dejaban la mesa por más de diez minutos la tenían que liberar.
—No pensé tardarme tanto, sólo tomé la llamada y te iba a avisar cuando salieras del baño —le contó, con el rostro apenado—. Se me fue la onda, perdón.
—Te perdono —para probárselo, le dio un pico y acarició sus narices.
Till lo tomó como la invitación que era, lo pegó a su cuerpo y lo besó el resto del concierto. Esta vez no hubo caricias, ni besos con lengua, sino que se balancearon envueltos en los brazos del otro, sólo pausaron en ocasión para cantar los coros y se rieron juntos al mirarse las mejillas enrojecidas.
Mentiría si dijera que no se imaginó que el camino a casa sería como en las películas, que tendrían la escena cliché de besuqueo apasionado en el taxi. Resultó que estaba tan nervioso que no sabía qué decir, pero no importó porque el conductor del Didi que pidieron llevaba la música a todo volumen y conducía como si lo estuviera correteando el diablo. De hecho, a los pocos minutos del viaje dio una vuelta tan criminal que se le olvidaron los nervios y comenzó a sentir náuseas, la única cosa buena fue que Till nunca le soltó la mano, estuvo acariciándole los nudillos todo el tiempo, excepto cuando el auto se sacudía demasiado y ambos apretaban el agarre hasta que se les pasaba el susto.
Al llegar tampoco entraron dando tumbos, ni desnudándose, ni acariciándose desesperadamente, ni siquiera besándose. Lo primero que hicieron apenas llegaron fue llamar a la señora Io para avisarle que llegaron sanos y salvos, luego Ivan tuvo una larga llamada con su madre para asegurarle que no había tomado alcohol ni fumado nada. Por lo menos esa última no era una mentira, pero si hubiera llegado a casa no le habría creído igual porque se le pegó el olor a cigarro del bar; le dijo que no podía pasarle a los padres de Till porque ya estaban dormidos y le juró que iban a dormir separados.
Después de escuchar un sermón sobre respetar casas ajenas y desearle buenas noches, Ivan abandonó su teléfono en el bolsillo de su chamarra colgada en el perchero de la puerta, se subió a la cama y gateó hasta quedar sobre el pecho de Till, quien pasaba reels en su teléfono sin terminar de verlos. Parecía que lo estaba esperando, porque su brazo se acomodó alrededor de él en cuanto lo sintió cerca.
—Mmh, que rico —suspiró, subiendo para acurrucarse en su cuello. Lo acarició con la nariz y le dio un beso allí donde sintió sus latidos—. Ojalá dormir así todos los días.
—Dormimos juntos a cada rato.
—Pero no así —insistió, jugando con las cadenas en su cuello.
Desde luego que no era su primera vez acurrucándose, de niños lo hacían sin cuestionarse, se sentía natural. Comenzaron a dormir uno en cada extremo de la cama en algún punto de la pubertad, cuando todo incluyendo sus cuerpos se sentía extraño, cuando no sabían cómo lidiar con el mal humor del otro, cuando Ivan sentía que se ahogaba con sus sentimientos recién descubiertos. Volvieron a acurrucarse juntos hasta el día que se peleó con su madre y esta lo corrió de la casa sólo con lo que llevaba puesto, sin teléfono y apenas un billete en el bolsillo.
No supo qué hacer además de ir a su casa, empapado hasta los huesos porque empezó a llover a medio camino y en ese momento lo único que quería era caminar para intentar despejar su cabeza. Tal vez se veía tan miserable como se sentía cuando apareció en su puerta, a lo mejor le dio pena verlo con los ojos hinchados y la nariz roja, pero desde entonces Till no decía nada cuando se le pegaba como garrapata.
Acostarse juntos ahora que estaban saliendo —sólo para ver si funcionaban, se recordó—, mucho más después de besarse hasta sentir los labios resentidos, sin mencionar la fiereza con la que lo acarició cuando lo acorraló contra la pared, era muy, muy diferente. Peligroso. Le hacía pensar que, tal vez, si es que se esforzaba lo suficiente, si no la regaba, podría ser parte de su futuro.
Pensándolo bien, tal vez no era tan buena idea ser tan encimoso.
Con un poco de nervios, dijo:
—Si quieres me hago para allá.
—Nah.
Sin decir más, Till apretó su agarre y le dio un beso sobre el cabello mientras pasaba los vídeos sin sonido uno tras otro. Cayeron en un silencio cómodo, uno intentando calmar su corazón y el otro distrayéndose con la pantalla, de vez en cuando miraba alguno de los reels hasta el final, tocaba la pantalla dos veces y seguía, acariciándole la espalda con la punta de los dedos.
Después de un rato, sintiendo la temperatura de su cuerpo y del calentador que Till ponía sólo cuando se quedaba a dormir, Ivan comenzó a sentirse adormilado. En algún punto dejó de pensar en cosas complicadas, por su mente rondaba la idea de pararse a cambiarse o por lo menos quitarse el pantalón para dormir más cómodo, pero los párpados le pesaban cada vez más y tampoco quería separarse.
Estaba a punto de rendirse al sueño cuando la mano que lo sostenía hizo un trayecto lento desde su hombro hacia lo más bajo de su espalda, hasta topar con su cinturón. Ahí, sintió los círculos que comenzó a dibujarle con el pulgar, un apretón amable y un calor conocido lo despertó por completo. Aunque sabía que esa no era su intención, no pudo evitar revivir las caricias de hace un rato. Todavía las sentía en todo el cuerpo, por más que intentara lanzar el recuerdo al vacío de su mente, era como si el fuego mismo se le hubiese metido por debajo de la piel y no hallara cómo salir.
Así que levantó el torso, intentando recuperar algo de espacio.
—Till —lo llamó cuando este lo haló de regreso.
—¿Mmh?
Maldijo lo despistado que podía ser a veces.
—Eh, ahorita vengo. Voy a cambiarme.
—Cámbiate aquí —dijo, como si fuera lo más obvio del mundo. Porque lo era, se había cambiado ahí mismo incontables veces sin problema. ¿Cómo le explicaba que tenía una erección sólo por recordar cómo lo agarró hace un rato, sin decirle exactamente eso? Se quedó callado, sintiendo la vergüenza atacarle las mejillas—. ¿Qué traes?
—No, nada.
Quiso ser prudente, pedirle que lo soltara y excusarse con su carta más gastada ese día: insistir que le urgía ir al baño, salir corriendo e intentar aplacar su ímpetu con agua fría y muchísima fuerza de voluntad.
Entonces Till le apretó el costado, haciéndole ese gesto coqueto con las cejas. No hizo nada más, no dijo nada, sólo le dedicó una de sus miradas suaves y con eso lo deshizo como mantequilla.
Se negó a creer que no era consciente del poder que tenía sobre él porque, ¿cómo podía moldear su voluntad de esa manera si no? Le bastó una caricia y poco más para convencerlo de acomodarse sobre él. No podía negarle un beso, ni siquiera cuando su cabeza le recordaba las palabras de su madre sobre ser prudente, sobre respetar los espacios ajenos y valorar la confianza que le estaba dando.
—Till, tu mamá nos dijo que nos portemos bien —dijo sobre sus labios, sonando más afectado de lo que hubiera deseado.
—Yo me estoy portando bien, ¿tú no?
—Yo siempre me porto bien —técnicamente era verdad si nadie podía probar lo contrario—, tú eres la mala influencia.
—Bueno —se alzó de hombros—, voy a tener que hacerle honor a mi reputación.
La promesa lo hizo temblar de anticipación.
Escuchó la voz de su madre en algún lugar lejano de su mente, algo sobre un tal ajeno que debía respetar, o algo así. Era tan difícil hacerle caso con los latidos de su corazón retumbándole los oídos.
—Abre la boca —le pidió Till y con eso su razón salió volando por la ventana.
Abrió la boca con un suspiro, dejando a sus lenguas encontrarse a medio camino; tardaron un momento en coordinarse, mojándose de saliva y chocando los dientes sin querer. No le encantaba la idea de volver a desconectarse como lo hizo en el bar, no estaba acostumbrado a no ser dueño de sus acciones ni a tener la mente tan despejada, pero la experiencia no fue tan desagradable estando entre sus brazos.
Le acarició el cuello, buscando su latido y lo que se encontró fue la vibración de un ronroneo. Abrió los ojos en medio del beso para descubrir que sus cejas se arqueaban, sus párpados revoloteaban. Le atrapó la lengua entre los labios y succionó, quería ver hasta dónde lo dejaría probar, pero él sólo abrió sus ojitos para mostrarle lo oscurecidos que estaban.
—Pero cierra los ojos —reclamó.
—No quiero.
—Pinche raro.
Till le sostuvo la nuca, inclinándole la cabeza justo en el ángulo correcto para que el beso fluyera bien. La mano en su espalda siguió acariciándolo sobre la ropa, subiéndole la temperatura, como si no fuera suficiente con el calor que ya le quemaba la piel. No hacía daño desentenderse un rato, ¿o sí?
Un apretón en un lugar peligroso lo tomó desprevenido, su cuerpo lo traicionó y empujó su cadera, buscando algo de contacto.
—Ahh…
La mirada sorprendida de Till lo sacó de su trance. Se sintió mortificado sabiendo que esta vez no podía justificarse con el alcohol, ni esconderse en el ambiente oscureido del bar, estaba encima de él, con las luces descubriéndolo todo y a su merced.
En lugar de reírse de él, en vez de tirarlo a un lado, reclamarle o cualquier otra cosa, Till lo acomodó entero sobre su cuerpo y, sin darle tiempo para prepararse, metió una pierna entre las suyas. Intentó separarse, pero las manos alrededor de él lo sostenían quieto y cada que se movía terminaba frotándose sin querer. Las fuerzas lo abandonaron cuando sintió que sus manos se colaron un poco más abajo.
—¡Till! —jadeó de sorpresa—. Espérate…
—¿No quieres?
—No, o sea… Es que siento que te aplasto…
—Ivan, no jodas —se quejó Till, su voz un poco más ronca de lo normal—. Te la pasas encima de mí desde los cinco años, ¿y te preocupas por aplastarme ahorita?
—Pero…
Un suspiro, Till rodó los ojos.
No lo dejó decir más, rodó la cadera y con ambas manos lo guio para que se frotara contra él, logrando sacarle otro gemido profundo. Su cuerpo entero tembló al sentir el roce, la vista se le nubló y sus pensamientos se volvieron un zumbido indistinguible, sentir su erección sólo lo puso más caliente.
—¿Entonces no?
—N-no, sí quiero —balbuceó, comenzando a moverse tímidamente sobre él.
—Cómo te gusta hacerla de emoción —gruño Till, levantando la cabeza para darle un beso en la mejilla.
—Te encanta que la haga de emoción
No respondió, pero en su boca se formó una línea recta, era esa expresión de resignación cuando no quería darle la razón. En lugar de molestarlo más, empujó la cadera y se quejó con un gimoteo, que fue suficiente para volver a ponerlo en marcha
Continuaron frotándose, buscando un ritmo que funcionara para ambos mientras intentaban mantener sus bocas pegadas en un beso que era más saliva que nada. Después de un rato sintiendo el roce incómodo del cinturón, Ivan le pidió un momento. Se separó un poco, buscando la hebilla para sacárselo, intentó deshacer el broche una, dos, tres veces sin éxito. Tenía las manos echas gelatina, la respiración agitada, la cabeza le daba vueltas.
—Quita —gruñó Till, haciendo sus manos a un lado con gentileza, a pesar de su tono tan bruto.
—Ja, ja, ya casi podía.
—Ay, ajá.
A él le hubiera costado una eternidad quitárselo porque no era suyo, para empezar, Till lo dejó alguna vez en su casa e Ivan lo aprovechó como accesorio para el conjunto de esa noche; cuando se lo puso se tardó como diez minutos en descubrir cómo funcionaba el mecanismo y de todos modos le costaba encontrarle la maña cada que tenía que desabrocharlo. Él, por otro lado, sólo apretó la hebilla y clic, se lo sacó como si nada; luego le desabrochó el pantalón con un movimiento rápido. Ivan acató la petición silenciosa, aprovechó para recuperar el aliento al arrodillarse, intentando calmarse un poco.
Cuando miró abajo se sorprendió: parecía que no era el único agitado, pues su compañero estaba apoyado sobre sus codos, mirándolo de arriba abajo, lamiéndose los dientes como si no pudiera esperar a comérselo entero. Eso le dio un poco de confianza, metió los pulgares entre la tela del pantalón y lo bajó lento, sin perder de vista su expresión, que se oscurecía en deseo con cada centímetro de piel que le mostraba.
Oh, vaya, pensó.
Mentiría si dijera que jamás se había sentido deseado, de hecho tenía cierto historial de pretendientes a los que nunca dudó en rechazar porque le parecían aburridos. Cuando estaba en la prepa eran invitaciones muy tranquilas, al cine, a la plaza o al parque, rara vez alguien le había sugerido otra cosa y la cosa siempre terminaba ahí; una vez que entró a la universidad, la gente se volvió mucho más audaz al proponerle planes, en especial los chicos que se le acercaban en los bares: iban al grano, lo miraban sin pena, se le acercaban diferente. Casi siempre que salía había alguien mirándolo de lejos, ofreciéndole su número o sólo un rato juntos, así que no le era tan extraño.
¿Pero que Till lo deseara? Era algo que no se atrevía a imaginar ni siquiera en sus mejores sueños. En sus años de estudio logró encontrar pistas del tipo de persona que le llamaba la atención y sabía perfecto que él no encajaba ahí. Incluso si los demás insistían en que era físicamente agraciado, lo cual no entendía muy bien, no encajaba en el tipo de chicos que le llamaban la atención. A Ivan lo conocía de toda la vida, lo vio en sus peores momentos, sabía qué tanto de su confianza era fingida y la malicia que escondía en sus actos de amabilidad, lo encimoso que era, su modo tan brusco de decir las cosas.
A pesar de eso estaba ahí con él, deseándolo, admirándolo. Tal vez sólo es la calentura, razonó. No importaba si no había nada más, aceptaría lo que sea.
—Me vas a desgastar de tanto verme —soltó, muy consciente de lo descompuesto que sonaba—. ¿No quieres una foto, mejor?
—En foto no es lo mismo—dijo él, desabrochándose el pantalón rápidamente. Lo bajó hasta las rodillas para patearlo desde ahí y se impulsó para sentarse, alcanzándolo con un brazo—. Ven acá.
—Qué desesperado eres.
—Sí, sí, lo que sea —lo jaló de regreso a su lugar, robándole un beso en el proceso. Ivan aprovechó para acariciarlo por debajo de la playera—. Y luego soy yo el desesperado.
No tenía cómo refutar, así que soltó una risita y dejó que sus manos lo guiaran de nuevo. Esta vez encontraron su ritmo mucho más fácil, sus movimientos tenían mucho más motivo, Ivan se mareaba un poco más cuando sentía sus dedos encajársele profundo en la piel, cuando lo exploraba con la lengua y ronroneaba en su boca.
Cada que lo miraba parecía que su sonrojo se volvía más intenso, era como si lo estuviera cociendo al vapor a fuego lento. Adoraba ver sus ojitos apretarse cuando atinaba al ángulo correcto, su boca abrirse en una expresión silenciosa, sus labios brillosos de saliva y raspados allí donde su colmillo no dejaba de encajarse sin querer. Nunca creyó que tendría la oportunidad de observarlo así, de registrar el profundo placer en su rostro, se sentía un poco irreal.
Quiso decirle lo mucho que lo adoraba, pero se conformó con besarlo profundo, temiendo arruinar el momento. Y Till correspondió, deteniendo sus movimientos para dejarlo guiar el ritmo del beso. Le acarició la espalda entera hasta llegar a su cabello, suspiró al separarse y con una mirada llena de afecto volvió a besarlo lento, como si él también quisiera decirle algo.
Después de un momento, se separaron y se miraron fijo.
—¿Todo bien? —preguntó Till, bajito.
—Sí.
Y el siguiente beso fue mucho más intenso. Sus movimientos se volvieron más desesperados, sus caricias más fieras, sus jadeos llenaron la habitación junto con el rechinido del colchón. Ivan agradecía que estuvieran solos, porque de verdad no podía guardar silencio y parecía que Till tampoco tenía la intención de hacerlo, o quizás no se daba cuenta, parecía igual de perdido en el placer.
De pronto, sintió que el calor se le acumulaba en el vientre, que el placer se agudizaba con cada encuentro de sus pelvis. Perdió un poco el control de sus manos, así que se encontró tomándole un mechón de cabello gris y moviéndose de forma errática, frotándose a veces con su pierna, a veces con el hueso de su cadera.
—¡Ah, Till! —jadeó, jalándole el cabello para descubrirle el cuello. Comenzó a chuparlo donde sea que alcanzara, raspando su piel con los dientes, encajándole el colmillo al morderlo. No era suficiente, necesitaba abrirle la piel y meterse dentro—. Umhh… Poquito… Ah… Ma-aahh…
—¿Más?
—¡Mmhm!
Las manos en su cadera, que lo ayudaban a moverse cuando perdía el ritmo, se metieron debajo de su ropa interior y lo agarraron con las palmas bien abiertas, sólo le bastó que uno de sus dedos se metiera en la grieta de su trasero y apretara en el lugar correcto para tensarse entero. Ivan se deshizo en placer, gimiendo con voz profunda mientras se corría.
El dedo en su trasero continuó apretando, variando la presión, haciendo círculos alrededor de la zona hasta que los espasmos se detuvieron.
Se desplomó, exhausto y muy, muy satisfecho.
Till ni siquiera se quejó por su peso, sólo lo dejó estar ahí y le acarició la espalda dándole oportunidad de recuperar la respiración. Luego, con un giro de cadera, invirtió sus posiciones. Ivan no pudo hacer más que mirarlo quitarse lo que le quedaba de ropa y acomodarse entre sus piernas. Tragó para intentar encontrar su voz, pero volvió a perderla cuando le alzó la playera y comenzó a besarlo desde el ombligo hacia arriba, las cadenas colgando de su cuello le acariciaban la piel con cada movimiento.
—Dame dos minutos, ¿sí? —rogó.
Hasta entonces se dio cuenta de que él seguía duro y que estaba bombeando su miembro con la mano, usando el líquido preseminal que goteaba de él como lubricante. Tenía el cabello despeinado, pegado a la frente; tenía el delineador corrido y lo babeaba con cada uno de sus besos, se veía completamente derretido. Sorprendido por la demostración, Ivan se dejó hacer, abriendo las piernas para que pudiera inclinarse más sobre él. Till se acercó hasta besarlo en la boca, apoyándose sobre la almohada con un brazo trémulo, tenía la mirada nublada pero no lo perdía de vista.
Un momento después soltó un gemido entrecortado y hundió el rostro en su cuello, corriéndose sobre él hasta que su cuerpo se relajó con un último ronroneo.
Cuando por fin logró recuperar el aliento, se alzó hasta quedar hincado entre sus piernas, con las mejillas encendidas y una mirada igual de feroz. Escaneó el desastre que dejó sobre su vientre y, al parpadear, perdió un poco de ese ímpetu.
—¡Perdón! —exclamó, con la voz ronca pero claramente avergonzado—. Espera, deja te limpio.
—Está bien —dijo Ivan, un poco aturdido—, yo también te ensucié…
—¡No es lo mismo!
Miró alrededor, buscando los pañuelos que siempre tenía cerca de la cama y que Ivan a veces usaba para sonarse la nariz pensando en para qué los usaba él. Le gustaba imaginarse todo tipo de situaciones, pero él sabía perfecto que los usaba más para llorar que para cualquier otra cosa. Cuando los encontró en el buró se estiró para atraparlos, pegándose tanto que terminó rozando su miembro.
—Ay —Ivan se quejó bajito, sintiéndose sensible en todos lados.
—¡Perdón! ¡¿Te lastimé?! —se veía tan adorable preocupado. No pudo evitar soltar una risilla—. ¡Ivan, contéstame!
—Estoy bien, tranquilo —aseguró, de hecho se sentía mejor que nunca, estaba en las nubes. Ladeó la cabeza y le mostró el colmillo—. Pero no me molestaría si fueras un poco más rudo…
—Ay, ora. Aplácate tantito —lo regañó Till, aunque no pudo evitar la sonrisita que le iluminó el rostro. Le quitó el bóxer y comenzó a limpiarlo con cuidado, aún tenía la cara enrojecida—. ¿Quieres agua?
—Sí.
—Ok, deja termino aquí.
Pero cuando quiso levantarse, Ivan lo tomó del brazo, haciendo un pico con la boca para pedirle un beso. Sonriendo, Till se aseguró de alzarse lo suficiente para no tocar ninguna zona sensible y le dio un beso lento, cargado de un sentimiento que no supo identificar. O no quiso adivinar, más bien, en caso de equivocarse.
—Ahorita regreso —prometió con un último piquito.
Se quedó mirando los pósters promocionales de películas y bandas que él mismo ayudó a pegar en el techo, algunos se los consiguió él cuando comenzó a trabajar en el cine por temporadas y otros se los robaron de los recintos donde se presentaban. Al inicio lo hacían sólo de noche y cubriéndose la cara con un pañuelo y una gorra, luego notaron que había gente que lo hacía sin pena a la luz del día, así que comenzaron a hacerlo ellos también. Sólo una vez estuvieron a punto de atraparlos, pero valió la pena porque Mizi fue la más feliz con su póster de lona de Enjambre.
Una vez Sua le preguntó si no le daba miedo que los agarraran, que su mamá se enterara de lo que hacían, le diera la regañada de su vida y quizás lo metiera a un régimen militar o algo así. Sabía que lo decía porque se preocupaba por él, que sus miradas juzgadoras sólo reflejaban su inquietud, pero le restó importancia diciendo que pasaría lo que tuviera que pasar. No había manera de explicarle que le encantaba la intimidad que había en volverse cómplices de esos pequeños crímenes, que le llenaba de felicidad esa muestra de confianza absoluta; tampoco sabía describir lo que le hacía sentir su mirada iluminada de adrenalina cuando alguien los descubría y tenían que salir corriendo con el póster enrollado bajo el brazo, lo que pensaba con cómo lo miraba Till cuando se encontraban en algún lugar seguro y festejaban su victoria.
Se preguntó si él sentía algo similar.
La puerta se abrió, Till se asomó con el pecho aún desnudo, traía un pants flojo y la cara limpia, parecía un poco más fresco que hace un rato. Llevaba una botella enorme debajo del brazo y balanceaba un par de bowls en las manos. Ivan se sentó para ver qué era lo que traía.
—Mi mamá dejó fresas con crema, ¿quieres? —preguntó, pero ya le estaba dejando el bowl en la mano, no necesitaba ninguna afirmación para saber su respuesta—. Les puse chocolate a las tuyas.
—Qué bendición —respondió y tomó un bocado para evitar decirle lo mucho que lo amaba, en lugar de eso bajó la mirada y dijo—: Gracias.
Till asintió, se acercó y le dejó un beso en la mejilla antes de comenzar a comer de su propio plato. Comieron y bebieron de la misma botella en un silencio cómodo, sonriéndose tímidamente cuando encontraban sus miradas.
Se quitó la playera en algún punto porque se sentía incómodo con la tela húmeda pegada a la piel y no le pasó desapercibida la miradita que lo recorrió entero antes de que Till le ofreciera una sudadera. Cuando fue a lavar los platos, Ivan volvió a recostarse, con el calor de esa mirada en la piel. Tal vez era su aroma en la sudadera, pero de pronto sentía que quería un poquito más. Consideró qué tan arriesgado sería contarle del kit improvisado que traía en la chamarra.
Cuando volvió llegó contándole algo a lo que realmente no le prestó atención, sólo podía pensar en los dedos que le acariciaban el costado, en su cuello lleno de marcas que no sabrían cómo explicar después y en cómo le caían las cadenas sobre el pecho. Se veía delicioso sentado ahí al lado de él, tan relajado con el cabello hacia atrás y ese pants que le quedaba a la cadera y mostraba el vello en su vientre.
Agradeció que estuviera mirando la pantalla de su teléfono, porque si miraba un poco más abajo se daría cuenta de lo excitado que estaba desde hace rato.
—¿Ivan?
—¿Mm?
—Si ya tienes sueño, dime —le recordó, acariciándole el cabello.
—No, estoy bien —aseguró, pensando que esa era su oportunidad. No pasaba nada si le decía que no, podía hacerse cargo él solo en el baño y tal vez llorar un poco en el proceso. Sin drama, todo tranqui—. Sólo estaba pensando.
Una pausa, Till lo miró inquieto.
—¿Te preocupa tu mamá?
—¿Eh? No, eso no —sacudió la cabeza, de hecho no había pensado en ella desde hace rato. Se mordió el labio de los nervios, buscando las palabras; al final probó bajar su mano por todo su cuerpo hasta llegar a su entrepierna, se aseguró de que Till siguiera su movimiento con la mirada antes de continuar. Abrió las piernas un poco y exploró entre ellas, sintiendo el calor volver a hormiguearle las mejillas—. ¿No te gustaría intentar otra cosa?
Till siguió su mano por un momento más, tragó en seco y se sonrojó entero.
—Ah… uhm… —balbuceó, volviendo a mirarlo de frente, buscando algo en su rostro. Ivan se dio cuenta de que estaba intentando ver si lo decía en serio, así que lo ayudó haciendo un gesto para invitarlo. Su expresión se volvió más tensa—. Eh… Tal vez otro día…
—Oh… Okay.
—No, no, o sea…
—Está bien.
—No, es que no estoy preparado —explicó, desviando la mirada y frotándose el cuello—. No pensé que… Bueno, sí lo pensé, pero no creí que… ¡No importa! El caso es que no tengo nada para la ocasión…
Por un momento no supo si sólo era una excusa o si lo decía en serio, la verdad es que tener su mirada ahí abajo le fue suficiente para terminar de calentarse y no podía pensar muy bien, así que no dijo nada por un momento. Quizás no volverían a tener una oportunidad como esa, tal vez el universo había acomodado las cosas para que llegaran hasta ahí, a lo mejor Mizi de verdad veía el futuro y por eso lo llevó a la farmacia. Echó un vistazo a su chamarra, luego a Till: su cuello sonrojado, las cadenas cayéndole por el pecho, bajó hasta encontrarse con su ombligo, el vello en su vientre y oh…
—¿Pero de querer, sí quieres o no?
—Pues… sí… —dijo en una voz diminuta, cubriéndose la entrepierna al notar su mirada.
Cuando Ivan echó un vistazo a su pants se dio cuenta de que no era el único que estaba excitado, pues la tela delineaba la forma de su erección perfectamente. Se le hizo agua la boca, quizás podía cambiar de planes y ofrecerle otra cosa, pero en ese momento su mente estaba fija en tenerlo entre las piernas. Decidió usar ese recurso otro día.
—¡P-pero podemos volver a hacer lo de hace rato! Si quieres… —insistió Till, casi podía imaginarse el humo saliendo de su cabeza con lo rojo que estaba. Se preguntó si se estaría aguantando las ganas desde que le ofreció la sudadera—. ¿Ivan?
Antes de darse cuenta, ya se había levantado.
Hurgó la bolsa interior de la chamarra, dio media vuelta e ignoró cuando la escuchó caer al piso con un ruido seco. No le enorgullecía, pero en ese momento estaba tan, pero tan caliente que no le importaba parecer desesperado. Sentía que toda la noche había sido un juego previo eterno y él estaba al límite.
En silencio, le quitó el teléfono y le puso la cajita de condones y el botecito de lubricante en la mano. Esperó su reacción, parado frente a él, rezando que aceptara su propuesta, que volviera a encenderse y que hiciera de él lo que le viniera en gana.
—¿Qu-…?
—Sin presiones —aclaró.
Hizo el esfuerzo de no mirarlo para que no notara lo vergonzosamente excitado que estaba.
Lo siguiente que pasó fue que el mundo dio la vuelta en un instante, rebotó en la cama cuando cayó y ni siquiera tuvo tiempo de quejarse porque Till se encargó de robarle el aliento con el beso más hambriento que le había dado esa noche. Ronroneó de gusto al sentirlo acomodarse entre sus piernas y tembló con la caricia que fue desde sus muslos hasta llegar a su trasero, que Till apretó sin pena.
Cuando se separó para abrir el pomito de lubricante y echárselo en la mano, Ivan aprovechó para sacarse la sudadera, sonrojándose con la mirada fiera que lo recorrió entero. Till ni siquiera se tomó el tiempo de calentar el lubricante, así que jadeó de sorpresa al sentirlo, pero no lo detuvo. Ivan lo dejó hacer lo suyo mientras se encargaba de tomar la cajita de condones, como no tenía la paciencia para abrirla, decidió romperla de un jalón y arrancó un sobrecito de la tira de tres.
—¿Desde cuándo cargas esas cosas? —preguntó Till con una risita airosa.
—Desde, ahh… Mmh, desde hoy —hizo una pausa, sintiendo un agudo placer recorrerlo con el movimiento de sus dedos—. ¡Ah! A-ahí, Till… Mnh…
No tuvo que decir más, Till continúo su labor, intentando centrarse en ese punto que lo hacía temblar. Miraba sus dedos entrando y saliendo con una expresión ligeramente perdida, estaba respirando por la boca y tragaba saliva cada que Ivan tenía un pequeño espasmo. Cuando metió el tercer dedo, Ivan tiró la cabeza hacia atrás con un jadeo, esta vez no se sentía tan desconectado, pero por más que intentaba el aire no le era suficiente, sentía que respiraba vapor, la cabeza en las nubes.
—De haber sabido que estabas preparado te hubiera llevado a otro lado —admitió Till, bajito como si no quisiera que lo escuchara.
Pero Ivan tenía orejas como antenas y todo lo escuchaba.
—Ja, ja, te hubieras perdido el concierto.
—Era sólo un tributo —renegó Till, sacando los dedos por fin.
Ivan le pasó el sobrecito abierto del condón y lo miró mientras lo desenrollaba a lo largo de su pene, el olor del almizcle mezclado con el aroma del látex lo hizo temblar de anticipación. No queriendo quedarse atrás, tanteó la cama a ciegas hasta que halló una almohada y se la puso debajo de la cintura. No tenía mucha experiencia pero había hecho su tarea en casa, si de algo podía presumir es que era un muy buen estudiante, sabía perfecto la diferencia que hacía el cambio del ángulo.
—No fui yo el que se puso de intenso —le recordó, abriendo amplio las piernas cuando Till se alineó para entrar. El aire de sus pulmones salió disparado cuando sintió la punta dentro, su calor lo sofocó de forma agradable. Con un gesto, rogó—: Ahh, Till…
Él accedió, se inclinó hasta que sus cadenas reposaron en su pecho, luego empujó sus caderas hacia adelante, jadeando fuerte antes de buscarle los labios para morderlo. Esperó a que Ivan se acoplara un poco, dándole besos en la cara y poco después comenzó a moverse, guiándose por sus reacciones para ajustar su ritmo.
—Si te vieras con esos pantalones me entenderías —le dijo después de un rato, al levantarse para acomodar su posición, estaba rojo hasta el pecho, comenzaba a sudar—. Te los quería arrancar ahí mismo.
—Qué intenso, ja, ja —exhaló Ivan, encajando las uñas en el trozo de pierna que alcanzaba con la mano. Ladeó la cabeza y lo miró a través de las pestañas—. ¿A dónde me ibas a llevar? ¿A un motel? ¡Qué escándalo!
Till no respondió, lo sostuvo de la cintura y dio una estocada dura, profunda, que lo hizo curvear la espalda. Temblando de placer, intentó sincronizarse al nuevo ritmo. No pudo evitar el sonido que hizo cuando sintió que le tomaba el miembro para comenzar a masturbarlo. Aún tenía lubricante en los dedos, su mano estaba caliente, sus dedos callosos agregaban textura a su toque. Por un momento no supo qué hacer además de agarrarse de la colcha húmeda, el placer lo hacía rodar los ojos, gemir desde lo profundo de su abdomen.
Estaba tan agitado, que al inicio no entendió la pregunta que le hizo:
—¿No?
—¿Q-qué?
—¿No me hubieras acompañado? —preguntó Till de nuevo, podía escuchar la mezcla de inseguridad en su voz, pero estaba tocando justo en el punto más sensible de su pene y no podía hacer más que boquear. Después de un momento, Till lo soltó y se acercó de nuevo, aunque no lo suficiente—. ¿Entonces?
—Claro que sí, tonto —gruñó, jalándolo de las cadenas para que lo besara. Sobre sus labios murmuró—: Contigo a donde sea.
Till paró un momento, parpadeó en sorpresa y con la expresión derretida lo besó profundo. Ivan sintió que el corazón se le llenaba de cariño, se imaginó por un momento que su sentir era mutuo y que el sentimiento que lo inundaba también era suyo. ¿Sería tan malo pensar que así sería si estuvieran haciendo el amor? Siempre insistía en que ese tipo de cosas eran demasiado cursis para él, que no eran su estilo, que no era posible entre ellos...
—¿A donde sea? —preguntó Till, su voz esperanzada.
Ivan lo miró a los ojos, intentando decirle todo lo que sentía de esa manera, ya que no se atrevía a verbalizarlo. Tal vez sí era su estilo y sólo no lo sabía.
—Tú sabes que sí —murmuró, robándole un piquito.
Y con eso fue suficiente para avivar su chispa, para recordarle la urgencia con la que comenzaron a revolcarse en la cama; le separó un poco más las piernas, recuperando su ritmo, volviendo a besar ahí donde encontraba piel. Ivan le despeinaba el cabello cuando el placer era demasiado, llamaba su nombre para pedirle más y sacudía la cadera para igualar sus movimientos. Si él pudiera se metería dentro de su tórax para que lo abrazara con las costillas, se recostaría en su corazón y usaría su piel para cubrirse del frío; pero estaba feliz con el consuelo de tenerlo dentro, sus caricias fieras, el sudor en su piel, la sensación de su lengua caliente, el vapor de su respiración. Eso era mucho más de lo que él habría pedido, mucho más de lo que esperaba de él.
De pronto, una estocada bruta pero certera lo hizo ver estrellas.
—¡Aahh!
—¿Ahí?
Sin poder decir palabra, Ivan asintió rápido, llevó la mano a su miembro y se masturbó con movimientos erráticos. Sus uñas se encajaban en la piel de Till cada que este atinaba de nuevo a ese lugar. Por alguna razón sentía que los besos que le dejaba en el cuello eran más suaves que antes, a pesar de estar seguro que le dejarían marcas; pero en ese momento no tenía cabeza para pensar, lo único que le quedaba claro era que sus cuerpos estaban unidos, que estaba a punto de correrse y que estaba en la gloria.
Sabiéndose cerca, le pidió otro beso a Till, quien se lo dio con la expresión igual de perdida en placer, susurrando su nombre en su boca y enterrando sus dedos en su muslo. El ligero dolor sólo hizo que todo se sintiera más intenso, que el placer se volviera más agudo, su respiración cada vez más superficial.
—¡Ahh, mmh!
Para su sorpresa, fue Till quien se vino primero, empujando dentro de él más por la inercia de la acción que por conseguir placer. Jadeaba con la boca bien abierta, el rostro mojado en sudor y la mirada nublada, estaba completamente perdido en su orgasmo. La imagen, acompañada de un par de caricias más, fue suficiente para que él también se corriera con un gemido largo y profundo, sintiendo la tensión agarrotarle el cuerpo entero por un momento que le pareció eterno. El calor de su cuerpo culminó, lo dejó sin fuerzas, sin aire y aun así en las nubes.
Pasó un minuto antes de que recuperara la consciencia, y lo primero que sintió fueron los besos suaves en las piernas.
Conforme iba despertándose, comenzó a notar más cosas: que tenía el vientre mojado de su propio semen, que Till masajeaba sus muslos con cuidado y que las piernas le temblaban como la primera vez que corrió una maratón sólo para ver si podía llegar a la meta.
—¿Ya volviste?
—¿Eh?
—Te fuiste por un momento.
—¿A dónde? —parpadeó, aturdido.
Till soltó una risilla airosa, dándole otro beso en la rodilla, sacó la almohada de debajo de su cuerpo y lo ayudó a estirar las piernas, pues no tuvo fuerzas para moverlas él mismo. En otro momento seguro se habría sentido mucho más avergonzado, en ese instante sólo quería acurrucarse a dormir.
—¿A dónde vas? —preguntó cuando vio que salía de la cama, tenía puesto el pants flojo otra vez y podía ver los rasguños que le dejó en los brazos y en la espalda.
—Por una toalla para limpiarte.
—Yo puedo ir.
—Mm, no. No creo —para probárselo, apretó uno de sus muslos. La pierna de Ivan saltó en un espasmo y él soltó un quejido de sorpresa—. ¿Ves? Dame chance, ahorita regreso.
Antes de irse le dio un montón de besos en el rostro, prometiéndole volver pronto.
Se quedó quieto, intentando escuchar sus pasos, pero se distrajo cuando miró los dibujos pegados a la pared detrás de la cabecera. Sonrió, pensando que el cuarto de Till siempre estaba repleto de cosas, sus paredes tapizadas, papeles y materiales en el piso, instrumentos por aquí y por allá, fotografías enmarcadas, pequeñas esculturas y un largo etcétera. Si no había ropa regada por todos lados era porque Ivan lo acompañaba a lavar la ropa a menudo, un hábito que adoptaron sin querer desde la vez que lo corrieron de su casa y se la pasó pegado a él durante todo el mes que vivió ahí. Descubrieron que hacer juntos todo el proceso de escoger, separar, echar a lavar, poner a secar la ropa y después doblarla y guardarla, hacía la tarea más fácil para Till, y a Ivan lo ayudaba a despejar su mente.
El sonido de la puerta lo devolvió al presente.
—Ivan, ¿quieres agua?
—Mhm.
Mientras él tomaba de la botella, Till lo limpió entero con una toalla húmeda. Estaba calientita, se sentía a gusto, así que volvió a sentirse adormilado. Hizo caso cuando le pidió que levantara los brazos para ponerle la sudadera y también levantó la cadera cuando le puso un pants, lo cual agradeció porque el clima seguía helado y a él se le enfriaban las rodillas al dormir; después de unos minutos ya estaba debajo de las cobijas, con la luz apagada y acurrucado contra la piel de Till, quien sólo se dejó puesto el mismo pants flojo, pero se quitó las cadenas.
—Buenas noches —murmuró, acariciando la nariz en su cuello.
Él respondió, dándole un beso en la frente, pero apenas lo escuchó.
Despertaron cerca del mediodía, comieron hotcakes, uno con leche caliente, el otro con café, y se bañaron por separado, volviendo pronto a su dinámica usual. Parecía uno de esos días en los que se desvelaban intentando terminar un videojuego, viendo una serie o haciendo maratón de películas; excepto que se sentía diferente, sus caricias casuales se quedaban un poco más en su piel, sus besos se sentían más cargados, sus miradas se demoraban un poco más en despegarse de él y sus sonrisas nunca desaparecían.
Afortunadamente cayó un frente frío esa semana, así que no fue raro que usara una bufanda para cubrirse los chupetones que, contrario a los que le dejó él a Till, no se notaban tanto. De todas maneras anduvo cubierto de pies a cabeza porque el aire helado lo hacía estornudar si se exponía demasiado, pero no dejaba de avergonzarse cada que veía a Till andar sólo con una sudadera y poco más.
El muy tonto no se acordaba de taparse hasta que alguien lo señalaba y terminaba todo rojo explicando que sólo eran “piquetes de mosquito”. Después le insistía que no se preocupara porque su excusa era muy convincente e Ivan rodaba los ojos.
Lo adoraba tanto.
Desde entonces la cuestión comenzó a molestarle cada día más, pero hablarlo era tan difícil cuando temía arruinarlo todo. Cada que se quedaban en silencio juntos se daba ánimos para hacer la pregunta del millón, practicaba en su mente lo que diría y escogía sus palabras exactas. Siempre se convencía de que estaba listo hasta que Till lo miraba con sus ojitos iluminados y esa sonrisa nerviosa que ponía cuando lo observaba demasiado. Y él se rendía, decidía que podían hablarlo después, cuando estuviera listo para enfrentar cualquier resultado.
O no, también existía la opción de fingir demencia.
—¿Les puedo decir algo raro?
—¿Ya nos vas a contar cómo fue tu primera vez con Till? —le devolvió la pregunta Mizi, pidiéndole con un gesto a Hyuna que metiera las uñas en la lámpara para sellar la capa que acababa de ponerle.
—Ya les conté.
—Nos debes los detalles —dijo Hyuna.
—No hace falta, gracias —advirtió Sua, que buscaba diseños en Pinterest mientras esperaba su turno. Estaba sentada en el puff gigante rosa pastel del cuarto de Mizi, cada vez que volteaba a verla parecía que el sillón se la comía un poco más. Se preguntó cuánto tardaría en pedir ayuda para levantarse esta vez, su récord actual era de 32 minutos y 17 segundos—. Pero cuéntanos sobre tu cosa rara.
Ivan notó su intento de levantarse y la vio hundirse un poco más. Sonrió cuando encontraron sus miradas, la vergüenza en su cara se deformó en furia. Usualmente se acercaría a sacarla de un jalón, se reiría de ella un rato y aguantaba su rabia. Ese día decidió fingir que no vio nada, ya la ayudaría Mizi cuando terminara.
Eligió uno de los múltiples cojines en la cama para ponérselo detrás de la cabeza al recostarse, buscando las palabras para lo que quería decir.
Después de un momento, dijo:
—Creo que sí le gusto en serio a Till.
El momento de silencio se extendió hasta que comenzó a sentirse incómodo, sintió la mirada de las tres sobre él.
—¡O no! A lo mejor me lo estoy imaginando —soltó con la voz tan modulada como pudo lograr, tenía las mejillas encendidas.
—Ay, no puede ser —suspiró Sua.
—No sabía que la situación era taaan grave —susurró Hyuna.
—¿Le gustas a Till? ¡Wow! —dijo Mizi, ni siquiera se tomó la molestia de fingir bien su sorpresa—. ¿Qué te hizo pensar eso? ¿Las citas o los besos en público?
—Sí, ok, entiendo. Me odian —lloró Ivan, agarrando el cojín en forma de flor para abrazarlo, olía a pay de limón—. Perdón por existir.
—Y yo que no quería creerle a Luka —Hyuna se rio, dejando que continuara dibujando el diseño en sus uñas.
—No, amiga, es peor de lo que piensas —Mizi siguió su trabajo muy tranquila, estaba acostumbrada a sus cosas—. Mira: Ivan, ¿puedes contarle a Hyuna quién fue tu primer beso?
—¡Eso no cuenta!
—¡¿Tu primer beso fue con Till?! —gruñó Sua, se veía muy graciosa atorada en el puff. Agradeció que no pudiera salir sola, así no sentía que su regaño fuera tan terrible—. Dime que no fue con Till.
De la nada le pareció súper interesante el póster de Enjambre en la pared, todavía le sorprendía lo veloz que era Till cuando tenía que de salir huyendo, quizás era porque solía corretearlo a cada rato en la escuela.
—Ah, ya sabía —dijo Hyuna.
Se sentó de un jalón.
—¿Cómo sabes?
—Me contó Till —ella se alzó de hombros—. Siempre nos cuenta de ti cuando vamos a las miches.
—¿Pero qué te dijo?
—Sólo eso, le pregunté si se habían besado alguna vez y dijo que fuiste su primer beso —Hyuna lo miró con una sonrisita en los ojos, como si supiera algo que él no—. ¿Por qué dices que no cuenta?
—Pues…
No podía decirle que vivía en negación porque fue un beso borracho, porque no sabía que el tequila lo trastornaba tanto como para colgársele toda la noche y reírse como tonto con cada cosa que decía. Le daba vergüenza porque Till estaba preocupadísimo intentando hacer que tomara agua, diciéndole una y otra vez que su madre los iba a matar. Se supone que se iban a quedar en su casa viendo una serie y no que fueran a una fiesta en casa de quién sabe quién, ni siquiera recordaba cómo es que terminó así.
En lugar de hacerle caso, de preocuparse porque podría ser la última tontería que su madre toleraría en toda su vida, Ivan le tomó el rostro y estampó sus labios. Se le cayó el estómago a los pies cuando sintió su cuerpo tenso durante el beso, sus manos se negaban a tocarlo y sus labios dudaron cuando intentó profundizarlo. Lo intentó un poco más, tocando sus labios con la lengua, poniendo sus manos en su cintura para darle una pista, pero Till se quedó muy quieto. Finalmente, entendiendo lo que ya sabía, se alejó.
—Perdón, no sé qué estaba pensando.
—Ivan…
—Lo sé, perdón.
Y sintiendo el corazón destrozado, salió corriendo. Nadie tuvo que decirle lo absolutamente patético que lucía, pero las miradas de los demás lo avergonzaron mucho más. Caminó un rato en la calle, sin saber dónde estaba, hasta que se encontró en una parada de transporte público. Se sentó en la banquita a llorar en silencio, preguntándose por qué se le había ocurrido que reaccionaría diferente. Un rato más tarde escuchó pasos apresurados y Till apareció frente a él, lo abrazó y secándole las lágrimas le pidió perdón. Nunca entendió por qué, estaba demasiado mareado para entender, supuso que fue por lástima. El beso que le dio después de disculparse por un rato se sintió como un premio de consolación.
Nunca volvieron a hablar de eso, pero Ivan decidió enterrar sus sentimientos en lo más profundo de su ser. Fingió no recordar nada, aunque sabía que Till no le creía. Al final fue más fácil fingir que nada pasó.
Además de ellos, creía que sólo Mizi sabía sobre ese beso y ni siquiera le había contado toda la historia. De hecho la pintó bastante cuando lo mencionó.
Sintiendo la mirada de todas encima otra vez, dijo:
—Sólo… no cuenta —insistió. Devolvió los cojines a su lugar designado en la cama, se acomodó las mangas del suéter y se atrevió a preguntar—. ¿Por qué le preguntaste eso?
—Por curiosidad, fuimos por una michelada para calmarlo porque andaba hecho una furia —de nuevo esa sonrisilla, parecía que estaba escondiendo algo detrás de sus palabras. No le gustaba que los demás supieran más que él, mucho menos cuando se trataba de su relación con Till—. Fue esa vez que le dijiste que te gustaba este chico… ¿cómo se llama? ¿Sein?
—Nunca dije que me gustara —respondió de inmediato—. Le dije de broma que me convendría salir con él porque su familia tiene una repostería.
—Ah, sí, eso —se miró las uñas terminadas, haciéndole un gesto de aprobación a Mizi, quien aplaudió de felicidad—. Bueno, el caso es que le dijimos que no podía quejarse si no eran nada y él nos dijo que no podían ser nada.
—Claro que dijo eso —refunfuño Sua. Sus pies ya ni siquiera tocaban el suelo de lo metida que estaba dentro del puff, pero parecía que se había rendido.
Ivan suspiró, derrotado.
—Pero lo dijo porque pensaba que tú no querías.
—¿Qué? —dijeron los tres, Mizi casi tira su teléfono al intentar enfocar su trabajo para una foto.
—Misma reacción, te lo juro. Bueno, y ya que te diste cuenta—continuó, sin dejar de posar de diferentes maneras para la cámara, Mizi se encargó de tomar todos los ángulos posibles tanto en vídeo como en foto para que se notara el efecto de ojo de gato—: Isaac le sugirió que a lo mejor tú no tenías idea de que le gustas y que sería buena idea decirte. El plan era que te dijera como una persona normal, pero supongo que ustedes tienen su manera de hacer las cosas.
—Yo esperaba que se casaran un día y ya —admitió Mizi—. No esperaba tanto drama.
—Pero no antes que nosotras —advirtió Sua.
No supo qué decir, pero no tuvo oportunidad porque su teléfono sonó. No necesitaba ver la pantalla para saber quién era, se le había olvidado que estaba esperando a que Till saliera de su taller de grabado.
—Ya me voy —dijo, poniéndose la chamarra.
Ellas se despidieron deseándole suerte, Hyuna le chifló a modo de burla. Lo último que vio fue cómo Mizi sacaba a Sua del puff con un jalón firme y aprovechaba para besarle toda la cara.
El camino a la placita donde quedaron de encontrarse era corto, pero lo caminó con calma, intentando conciliar lo que sentía con lo que ahora sabía. Toda su vida creyó que sus análisis carecían de sesgo, se convenció de que no tomaba en cuenta sus sentimientos cuando escribía sus conclusiones a fin de cada mes, pero cada día descubría lo equivocado que estaba. Sabía que algo fundamental cambió entre ellos cuando sucedió ese beso, que había una variable invisible que le daba un margen de error enorme, pero jamás consideró que pudiera ser eso.
No. Sí se dio cuenta, en realidad sí lo había considerado.
Todas esas veces en las que Till se recostaba a su lado y lo miraba con lo que parecía anhelo, sus abrazos cuidadosos, los regalos hechos a mano, el tiempo que le dedicaba, sus caricias tan suaves. Lo justificaba con su larga amistad, ignoraba sus señales porque así sentía menos incertidumbre.
Entonces recordó el beso que él juraba que fue un premio de consolación, el pánico en el rostro de Till cuando lo encontró, su preocupación al verlo llorar de despecho. ¿De verdad lo besó con tanta lástima como él creía? Ahora que revivía el momento recordó que Till esperó a que se calmara antes de dárselo, que primero le dio piquitos en los cachetes, las pestañas húmedas y después lo besó largo y tendido, como lo hacía ahora cuando cruzaban miradas y le pedía un beso con ese gesto coqueto.
Se preguntó por qué lo recordaba tan diferente en la mañana al despertar abrazados en su cama. Quizás fue el pánico al notar las chorrocientas llamadas perdidas de su madre, las náuseas que no lo dejaron comer, o la resaca que le hacía sentir que le estaban prensando la cabeza.
En cualquier caso, ninguno de los dos quiso hablar de ello y la tensión entre ambos nunca desapareció.
Decidió ignorar los sentimientos de Till por tanto tiempo que ya no se daba cuenta de que lo hacía, era una decisión inconsciente. Tenía tan arraigada la idea de su rechazo, la daba por hecho y desechaba cualquier señal que le demostrara lo contrario. Había tomado el atajo que se acomodaba a sus inseguridades, mantuvo el mismo error a pesar de haberlo identificado antes y distorsionó sus resultados conscientemente. Su investigación de toda una vida estaba arruinada por un sesgo cognitivo.
—Qué pendejo soy —pensó en voz alta.
Su “investigación” no era nada más que una obsesión, una forma de justificar el no aceptar algo que se le ofreció desde el inicio. Su “archivo” un montón de diarios de enamorado como Mizi los había bautizado, su supuesto “conocimiento” un obstáculo entre ambos. Quién sabe cuánto tiempo habrán perdido danzando alrededor del otro por su tendencia a complicarlo todo.
Si hablar era difícil para ambos, disculparse era una odisea, pero supuso que tendría que hacer las dos tarde o temprano. No es que fueran orgullosos, en sí, sólo que saber que la habían cagado los llenaba a ambos de una vergüenza tan profunda que no sabían cómo lidiar con ella. Ivan prefería fingir que nada había pasado, seguía su día como si nada hubiera pasado, huía; Till se volvía una tormenta de emociones, golpeaba con sus palabras y lloraba en el acto.
Eran el peor par posible.
Cuando llegó a la placita ya tenía un guion armado, las palabras exactas, el tono perfecto para hablarlo. Decidió en qué momento de la conversación sacar el tema, cómo guiarlos hasta ahí, practicó en su cabeza una y otra vez su frase de apertura y se inventó tres planes de emergencia en caso de que todo saliera mal, sólo por si acaso.
Respiró el aire frío de la tarde, se preparó para el momento de la verdad y caminó hacia la banquita cerca de la fuente, sin dejar de mirarse los pies, tratando de no pisar ninguna de las grietas para asegurar su suerte.
Cuando alzó la vista, lo vio sentado con las piernas estiradas, traía colgado al hombro un portafolio que le cubría medio torso y movía la cabeza al ritmo de la música que escuchaba. Se detuvo un momento, sintiendo que el corazón se le aceleraba, las palabras que tanto practicó en el camino se le borraron cuando Till volteó a verlo con sus ojitos iluminados y las mejillas rosadas. Como si le hubiera dado una señal, guardó los audífonos en el bolsillo y se levantó a saludarlo, emocionado, feliz de verlo, ansioso por acercarse.
Al girarse para verlo de frente, el portafolio descubrió la explosión de color que llevaba en las manos: un ramo enorme de gerberas rojas, con los tallos envueltos en papel negro y atados con listón rojo brilloso.
Sonrió.
—¿Son para mí?
—¿Para quién más, tonto? —Till rodó los ojos, pero se acercó para darle un beso, el rojo de las flores contagiado en su rostro—. Obvio son para ti.
—¿Cuál es la ocasión?
—Sólo las vi y me acordé de ti.
—Ja, ja, qué cursi —por primera vez, se dejó disfrutar del intenso sentimiento que lo agolpaba—. Me encantan.
Se olvidó de las disculpas y los arrepentimientos. Tendría que compensar el tiempo perdido, pero por ahora había algo mucho más importante que quería decirle. Así que aceptó el ramo, lo abrazó y le susurró al oído.
Esta vez interpretó su reacción correctamente.
