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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-02-26
Updated:
2026-03-06
Words:
10,194
Chapters:
2/?
Comments:
1
Kudos:
1
Hits:
67

What if

Summary:

Todos conocemos la historia de Joel y Ellie, una travesía marcada por la pérdida, la redención y el amor que nace en medio del fin del mundo.
Pero la historia siempre depende de quién sobrevive para contarla.

¿Y si aquella noche 26 de septiembre, Texas el caos hubiese comenzado igual... pero el destino hubiera cambiado de manos?

Notes:

Fancast:

Joel Miller: Nikolaj Coster Waldau

Sarah Miller Niña: Mackena Grace.

Tommy Miller: Josh Holloway

Chapter 1: El comienzo de todo.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

26 de septiembre del 2023

Sarah no recordaba haberse dormido.

Solo recordaba estar acostada en el sofá, con el celular en la mano, esperando escuchar la camioneta de Joel entrar al garaje. Era algo que hacía desde siempre, incluso fingía dormirse para que su papá la llevara en brazos a la cama. El sonido del motor siempre significaba lo mismo.

Su padre está en casa.
Todo está bien.

Pero esa noche el sueño la venció antes.

Al despertar en su cuarto no se detuvo a pensar cómo llegó allí estaba apenas iluminado por la luz tenue de la lámpara de noche con el cargador conectado al tomacorriente. Afuera, la ciudad dormía bajo una calma extraña, pesada, como si el aire contuviera algo que aún no ocurría.

El celular vibró contra la mesa de noche.

Una vez.

Luego otra.

Sarah frunció el ceño sin abrir los ojos, tanteando hasta encontrarlo. La pantalla brilló en su rostro adormecido.

Tío Tommy llamando.

Parpadeó varias veces antes de responder.

—¿Alo...?

La voz al otro lado llegó demasiado rápido, demasiado tensa para la hora que fuera.

—Sarah, ¿está tu papá contigo?

Ella se incorporó un poco, frotándose un ojo.

—No... creo queno ha llegado. ¿Por qué?

Un ruido de fondo, como sirenas lejanas, atravesó la llamada.

—Necesito que lo llames. Que me llame de inmediat...

El sueño desapareció de golpe.

—¿Qué pasa? ¿Tío Tommy?

Silencio.

Un silencio corto, la llamada se había cortado, al ver la pantalla notó que no tenía señal, lo cual era raro.

Sarah bajó el teléfono lentamente, mirando la pantalla como si esperara que se encendiera otra vez por sí sola.

No lo hizo.

El corazón empezó a latirle más rápido.

—¿Qué está pasando?... —susurró, mirando hacia la puerta.

Se levantó.
El piso estaba frío bajo sus pies, así que se agachó a ponerse las zapatillas. Luego tomó el abrigo del respaldo de la silla. No sabía por qué lo hacía exactamente. Solo sentía que debía hacerlo.

Abrió la puerta del cuarto.

El pasillo estaba oscuro.

—¿Papá?

Nada.

Bajó las escaleras despacio, cada crujido de la madera sonando demasiado fuerte en la quietud de la casa. La televisión estaba apagada. La cocina vacía. El reloj del horno marcaba una hora que Sarah no procesó del todo.

Joel no estaba.

La sensación de inquietud se instaló en su pecho como un peso.

Sarah, notó el celular de su padre en la mesa de la cocina, lo tomó y desbloqueó. Varias notificaciones aparecieron de golpe llamadas perdidas de Tommy, mensajes sin leer, alertas de noticias.

Urgente.
Brote hospitalario.
Autoridades piden...
Joel, contesta.
Maldita sea, llámame.
Joel, es importante.

Sarah tragó saliva.

—Papi...

La casa se sentía demasiado grande.

Caminó hacia la puerta trasera casi sin pensarlo, guiada por la intuición infantil de que quizá Joel estaba afuera, revisando algo, hablando con algún vecino cualquier explicación que no fuera la que empezaba a formarse en su mente.

Abrió la puerta de vidrio.

El patio estaba envuelto en un silencio absoluto.

Ni grillos., ni autos., ni oces lejanas.

Solo la noche.

Sarah dio un paso afuera.

El aire frío le erizó la piel bajo el abrigo. Miró hacia las casas vecinas, hacia la calle, hacia la oscuridad que parecía más espesa de lo normal.

El silencio la abrumó de pronto.

Un instante en el que sintió algo difícil de nombrar.

Soledad.

—Papá...?

Un brazo la rodeó con fuerza desde atrás.

Sarah gritó.

—Shh, soy yo, cariño.

Joel.

El alivio fue inmediato y violento, como si alguien hubiera soltado un nudo dentro de su pecho. Joel la sostuvo contra él y, sin soltarla, cerró la puerta corrediza con un movimiento rápido.

Sarah lo miró, el corazón aún acelerado.

—Papá, ¿qué está pasando?

Joel no respondió.

Solo la abrazó.

Un abrazo fuerte, demasiado fuerte para ser normal. Sarah sintió su respiración agitada contra su cabello, la tensión en sus brazos, el temblor leve que intentaba ocultar.

Eso la asustó más que cualquier noticia.

—Papá...

Un ruido afuera de la casa.

Pasos apresurados.

—¡Joel! ¡Sarah!

Tommy apareció en la sala, sudoroso, con la mirada cargada de urgencia.

Joel la soltó apenas lo suficiente para mirarlo.

No necesitaron palabras largas.

Tommy señaló hacia el exterior.

Joel asintió.

Se inclinó, tomó una pequeña caja del cajón del escritorio y la abrió. Dentro, el revólver descansaba donde siempre.

Sarah sintió que el mundo se inclinaba ligeramente.

—Vamos —dijo Joel.

—¿A dónde?

Pero ya la tomaba de la mano.

La puerta principal se abrió.

El ruido detrás de ellos llegó como un rugido contenido.

El vecino, Jimmy Cooper, pero no se veía como el, Tommy ya estaba corriendo hacia la camioneta.

Joel levantó a Sarah en brazos mientras la puerta de la casa quedaba abierta, la oscuridad del interior respirando detrás de ellos.

—Papá...

—Estoy aquí —dijo Joel, luego de entrar el también al asiento del copiloto y colocarle el cinturón.

La camioneta arrancó con un chirrido de llantas.

Y mientras se alejaban, Sarah miró por la ventana trasera.

La casa.

La puerta abierta.

La figura que salía tambaleándose y corriendo hacia ellos.

Avanzaron entre calles cada vez más llenas.

El ruido de sirenas motores acelerados y voces lejanas formaba un murmullo constante que se colaba incluso con las ventanas cerradas. Tommy mantenía la vista fija al frente mientras Joel revisaba la radio una y otra vez o su celular, no había señal, no había datos, internet, no había nada para saber qué pasaba y seguía buscando algo que tuviera sentido.

Solo estática.

Y fragmentos de voces que se cortaban antes de decir algo útil.

—No paran de hablar de brotes —murmuró Tommy—. ahora solo silencio..

Joel giró la perilla sin éxito, en su mano tenía el celular de su hija, este tampoco tenía internet o señal.

—¿Qué más decían?

—Que era como... no sé, una especie de virus o algo así. Gente entrando en shock, comportamiento violento, dijeron que solo era la gente de la ciudad. Luego nada. Se apagaron.

Sarah apretó el cinturón con los dedos.

—¿Entonces estamos enfermos?

Joel se giró ligeramente hacia atrás.

—No nosotros.

La respuesta fue inmediata, firme.

—Solo la gente de la ciudad, ¿sí?

Sarah asintió lentamente, intentando creerle.

Y de pronto recordó.

—Jimmy trabaja en la ciudad ¿No? —dijo—

Joel y Tommy intercambiaron una mirada breve.

—Sí —respondió Joel—. Jimmy trabajaba allí.

La camioneta avanzó unos metros más y entonces la calle se llenó de luces rojas.

Autos detenidos.

Filas interminables.

Personas tocando bocinas, saliendo de vehículos, discutiendo en medio del pavimento.

—Maldición... —susurró Tommy—. Está colapsado.

Joel miró hacia la derecha.

—Gira.

—¿A dónde?

—Cualquier parte que no sea aquí.

Pero antes de que Tommy pudiera girar, Sarah vio el hospital.

El edificio iluminado justo a su lado.

Luces parpadeantes.

Ambulancias detenidas en la entrada.

Y gente corriendo.

No huyendo del edificio.

Huyendo unos de otros.

Sarah sintió el aire quedarse atrapado en su pecho.

Figuras moviéndose de forma errática entre los autos. Golpes contra ventanas. Personas intentando salir mientras otras se abalanzaban sobre ellas.

—Papá... —susurró, cubriéndose la boca.

Joel lo vio también.

—Tommy, gira ahora.

La camioneta se desvió bruscamente hacia una calle lateral mientras los gritos llegaban amortiguados hasta ellos.

Sarah bajó la cabeza, tapándose el rostro con las manos.

—Está bien, cariño —dijo Joel, girándose para verla—. No mires.

Pero los sonidos seguían allí.

Gritos.

Golpes.

Cristal rompiéndose.

—¿Qué está pasando? —preguntó Sarah entre lágrimas.

—Nada que tengamos que ver —respondió Joel—. Solo... mantente conmigo.

Tommy respiró hondo.

—Joel, esto no es normal. Esto es—

—Lo sé.

La camioneta se internó en una zona más residencial pero el caos no disminuía. Gente corriendo por las aceras, maletas arrastrándose, niños llorando adultos gritando nombres que nadie respondía.

Sarah levantó la mirada.

El pueblo parecía desmoronarse frente a sus ojos.

—Tengo miedo...

Joel extendió la mano hacia atrás y Sarah la tomó con fuerza.

—Lo sé. Estoy aquí.

Pero incluso esa frase sonaba distinta ahora.

Menos segura.

Más necesaria.

—¿A dónde vamos? —preguntó Tommy, la voz tensándose—. Todas las rutas están llenas.

—Sigue avanzando.

—¿Hacia dónde, Joel?

—Lejos.

La respuesta fue simple.

Insuficiente.

Real.

Sarah observaba por la ventana, las lágrimas corriendo en silencio mientras la realidad se volvía imposible de ignorar.

Gente tropezando.

Otros cayendo.

Algunos no levantándose.

La respiración de Sarah se volvió irregular.

—Papá...

—Mírame.

Sarah obedeció.

—Respira conmigo, ¿sí?

Ella asintió, intentando calmar su respiración con la de él.

Pero entonces miró por el espejo lateral.

Y lo vio.

Un punto de luz en el cielo.

Descendiendo demasiado rápido.

Demasiado grande.

El ruido llegó después.

Un rugido que vibraba en el aire.

Sarah se inclinó hacia adelante, los ojos abiertos de par en par.

—Papá..

Joel giró.

Tommy también.

El avión descendía envuelto en fuego.

Demasiado cerca.

Demasiado tarde.

—¡TOMMY!

—¡LO VEO!

El grito de Sarah salió antes de que pudiera pensarlo.

—¡PAPÁ!

La explosión iluminó la noche como un amanecer brutal.

La onda expansiva golpeó la camioneta.

Metal contra metal, idrio rompiéndose, el mundo girando.

Y luego...

Oscuridad.

El mundo regresó en fragmentos.

Primero el sonido.

Un pitido agudo dentro de sus oídos, como si alguien hubiera encendido una alarma en su cabeza y olvidado apagarla. Luego el olor a gasolina a humo, a algo quemándose demasiado cerca.

Después el dolor.

Sarah abrió los ojos lentamente.

La visión estaba invertida.

El techo del auto... no el suelo... no sabía exactamente qué miraba hasta que el peso del cinturón tiró de su cuerpo y comprendió.

La camioneta estaba boca abajo.

El aire le costó entrar a los pulmones.

—Papá...? Tío Tommy...

Su voz salió débil, temblorosa.

La sangre le corría por la sien hasta la ceja, un hilo tibio que le hacía cosquillas incómodas. Intentó moverse y el cinturón se tensó contra su pecho y su abdomen arrancándole un jadeo.

Ardía.

El lugar donde la tela la sujetaba parecía fuego vivo.

Pero podía mover brazos.

Piernas.

Respiraba.

El mundo alrededor era ruido y sombras. Gente corriendo, gritos lejanos, el crujido del metal deformándose mientras algo seguía ardiendo cerca.

Un movimiento.

Tommy.

Su rostro apareció en el marco torcido de la ventana, cubierto de polvo, sudor y sangre.

—Sarah, cariño, mírame.

Ella intentó enfocar.

—Tío Tommy...

—Estoy aquí. Voy a sacarte ¿sí?

Sarah asintió, aunque el gesto le mareó.

Tommy abrió la puerta trasera con un esfuerzo que hizo crujir el metal. Luego se inclinó dentro del vehículo alcanzando el cinturón.

—Esto va a doler un poco.

El clic del seguro liberándose fue inmediato.

El mundo volvió a girar cuando Sarah cayó sobre él, el impacto suave pero suficiente para arrancarle un gemido. Tommy la sostuvo contra su pecho y la ayudó a salir alejándola unos pasos del vehículo volcado.

Sus piernas temblaban.

—Papá... —repitió.

Tommy la sentó contra la pared de un edificio cercano.

—Quédate aquí.

Sarah observó cómo él regresaba hacia la camioneta.

Joel seguía dentro.

Inmóvil.

—Papá...

Tommy se inclinó por la puerta delantera.

—Joel, vamos despierta...

Un gruñido húmedo rompió el momento.

Sarah apenas tuvo tiempo de ver la figura antes de que el cuerpo se abalanzara sobre Tommy.

El impacto lo tiró al suelo.

—¡Tio Tommy!

El hombre o lo que fuera se movía mal. Demasiado rápido. Demasiado torpe. Sus manos golpeaban su boca abierta en un sonido que no parecía humano.

Tommy forcejeaba, intentando quitárselo de encima.

Sarah no se movió.

Su cuerpo simplemente... dejó de responder.

El ruido del mundo se volvió lejano.

Los gritos.

Los golpes.

El jadeo de Tommy.

Sarah se hizo pequeña contra la pared, las manos cubriéndole los oídos mientras cerraba los ojos con fuerza.

No podía mirar.

No podía moverse.

No podía—

Un disparo.

Luego otro.

Silencio.

Sarah abrió los ojos, Joel estaba de pie, desorientado.

Sosteniendo al infectado que acababa de empujar lejos de Tommy.

—¡Levántate! —gritó Joel.

Tommy respiraba agitadamente, mirando el cuerpo inmóvil junto a él.

Joel le extendió el revólver.

—Toma esto.

Tommy lo tomó sin dudar.

Joel giró hacia Sarah.

Ella seguía encogida contra la pared, los ojos enormes, el cuerpo temblando sin control.

—Cariño...

Se arrodilló frente a ella.

—Sarah, mírame.

Pero ella no podía dejar de oír el sonido del forcejeo en su cabeza.

—Shh... estoy aquí.

Joel la levantó en brazos.

El contacto la devolvió parcialmente al presente.

El olor de su camisa.

El ritmo de su respiración.

El latido familiar.

—Vámonos —dijo Joel.

Tommy se levantó y entonces comenzaron a correr.

Las calles eran puro caos.

Fuego reflejándose en ventanas.

Sombras moviéndose entre el humo.

Joel corría con Sarah aferrada a su cuello, mientras Tommy avanzaba unos pasos detrás, girándose constantemente para cubrirlos.

Un disparo.

Luego otro.

El sonido seco rebotando entre edificios.

—¡Por aquí! —gritó Tommy.

Doblaron una esquina.

Otra.

El ruido del mundo seguía detrás de ellos como una ola persiguiéndolos.

Sarah enterró el rostro en el hombro de Joel.

—Papá...

—Estoy aquí.

Pero no sabían a dónde ir.

No había dirección.

Solo huida.

Un callejón apareció entre dos edificios.

Joel no dudó.

Entraron.

Y por un instante breve, el ruido del mundo quedó fuera.

Solo sus respiraciones.

El eco de pasos.

Pero no era refugio.

Era una trampa en cámara lenta.

Apenas avanzaron unos pasos cuando los ruidos comenzaron a filtrarse desde arriba, golpes contra metal uñas raspando superficies, respiraciones irregulares que no pertenecían a nadie que estuviera bien.

Joel levantó la mirada.

Sombras moviéndose sobre las bardas.

Manos que se aferraban al borde.

Cuerpos que intentaban caer del otro lado.

—¡Muévanse! —ordenó Tommy.

Joel apretó a Sarah contra su pecho y corrió.

El aire sabía a humo y polvo. El eco de sus pasos rebotaba entre las paredes mientras detrás de ellos los infectados comenzaban a caer al callejón con sonidos torpes, desarticulados, pero peligrosamente rápidos.

Sarah no miraba.

Solo escuchaba.

Y eso era suficiente para que el miedo le recorriera el cuerpo entero.

La salida del callejón apareció en forma de puerta metálica medio abierta.

Un bar.

Joel la empujó con el hombro y entraron.

El interior estaba oscuro, el olor a alcohol viejo mezclado con humo reciente. Sillas caídas, mesas volcadas, un smarttv rota colgando de la pared.

—¡Por aquí! —gritó Tommy.

Pero el golpe llegó antes.

La puerta por la que habían entrado vibró con un impacto brutal.

Luego otro.

Luego varios.

Tommy se lanzó contra ella, empujándola con todo su peso mientras manos comenzaban a aparecer por el marco, dedos ensangrentados intentando abrirse paso.

—¡Joel!

La madera crujía.

—¡Corre!

Joel no se movió.

—Tommy—

—¡CORRE! —gruñó Tommy, la mandíbula apretada mientras la puerta cedía centímetros—. ¡Yo los alcanzo! Tú tienes a Sarah.

Sarah giró el rostro, los ojos llenos de lágrimas.

—Tío...

Tommy la miró por encima del hombro.

Y sonrió.

Una sonrisa breve, cansada, pero segura.

—Voy detrás de ustedes, pequeña.

La puerta tembló violentamente.

Joel dudó.

Un segundo.

El segundo más largo de su vida.

Pero la prioridad estaba en sus brazos.

Siempre lo estuvo.

Asintió.

—Nos vemos afuera.

Tommy gruñó mientras empujaba la puerta con más fuerza.

—Ya váyanse.

Joel corrió.

Sarah estiró la mano hacia Tommy mientras se alejaban.

—¡No podemos dejarlo!

—Nos alcanzará, lo prometo.

La salida trasera se abrió de golpe y la noche volvió a envolverlos.

El ruido del bar quedó atrás, reemplazado por el caos abierto del pueblo.

Joel corrió y entonces lo vio, un hombre en el suelo.

Un infectado sobre él.

El sonido húmedo de la lucha detuvo el aire en los pulmones de Sarah.

Joel no podía detenerse.

No con Sarah en brazos.

Siguió corriendo.

—Papá...

—No mires.

El sendero desembocó en una calle lateral donde una ambulancia yacía volcada, las luces aún parpadeando en silencio.

Las puertas traseras estaban abiertas.

Y de la oscuridad interior comenzaron a salir más figuras.

Demasiadas.

Joel sintió el peso del momento en cada paso, no había otra ruta, solo adelante el ruido de pasos detrás, demasiado cerca.

Sarah apretó la camisa de Joel con manos temblorosas.

—Papi...

Joel no respondió.

Solo corrió.

El mundo se redujo al sonido de su respiración, al peso de Sarah, a la distancia que necesitaba crear entre ellos y lo que venía detrás.

Las manos estaban a punto de alcanzarlo cuando, un disparo, luego otro, las figuras cayeron.

Joel se detuvo instintivamente, girando.

Un soldado avanzaba hacia ellos, el arma aún humeante, la linterna iluminando el humo que flotaba en el aire.

Por primera vez en toda la noche, Joel sintió algo parecido al alivio.

Habían encontrado ayuda.

Y Sarah, temblando entre sus brazos, ese respiro duró apenas un latido.

Joel avanzó un paso, la respiración aún descontrolada por la carrera, la adrenalina vibrándole en los músculos. La luz de la linterna del soldado se clavó en sus ojos, obligándolo a entrecerrarlos.

—¡Alto! —ordenó el hombre.

Joel se detuvo de inmediato.

Sarah seguía aferrada a su cuello, el rostro escondido contra este, el cuerpo temblando sin control.

—Estamos bien —dijo Joel—. No estamos enfermos.

El soldado no bajó el arma.

La linterna, ilumino a Sarah.

Joel sintió el miedo recorrerle la espalda como hielo.

Con suavidad, la bajó al suelo, colocándola parcialmente detrás de él. Sarah se pegó a su lado al instante, los dedos agarrando la tela de su camiseta como si soltarla fuera desaparecer.

—Papá...

—Shh... estoy aquí.

El soldado llevó la mano al comunicador.

—Tengo dos civiles... un adulto y una niña.

Estática.

Silencio.

El sonido distante de incendios y gritos seguía existiendo, pero en ese momento todo parecía contenido en ese pequeño espacio iluminado por la linterna.

—Negativo, no presentan síntomas visibles, solo están heridos. —continuó el soldado—. Repito, hay una niña.

Otra pausa.

Más larga.

Sarah levantó la vista, los ojos húmedos, sin comprender del todo pero entendiendo lo suficiente para tener miedo.

Joel la sintió temblar.

—Todo va a estar bien —susurró, aunque no sabía si lo creía.

El soldado escuchaba.

Y su postura cambió.

Un leve endurecimiento de hombros.

Una respiración más pesada.

—Señor... —dijo finalmente, la voz distinta—. Necesito que permanezcan donde están.

Joel lo entendió.

Antes de que el arma terminara de levantarse.

Giró parcialmente, envolviendo a Sarah en sus brazos.

Los disparos rompieron el silencio de la noche.

El impacto los lanzó hacia atrás.

El mundo se volvió barro, frío y ruido ahogado mientras rodaban por el suelo húmedo.

Sarah quedó tendida, el aire escapando de sus pulmones en un jadeo tembloroso. Sus manos se aferraban al fango, los ojos llenos de lágrimas mientras el sonido del disparo seguía repitiéndose dentro de su cabeza.

—Papi...?

La luz de la linterna se acercó.

El soldado avanzaba.

Sarah lo vio.

El arma aún levantada.

El corazón golpeándole tan fuerte que dolía.

—No... —susurró, la voz quebrándose—. Por favor...

Intentó moverse, pero el miedo la mantenía clavada al suelo.

La sangre manchaba su camiseta, un hilo oscuro que el soldado no pudo ignorar.

Su rostro.

Sus ojos.

La niña frente a él.

El soldado dudó.

Solo un segundo.

Pero a veces un segundo cambia todo, y en esta historia hace la diferencia.

El disparo que siguió no fue suyo.

El cuerpo del soldado se desplomó hacia adelante, la linterna rodando por el barro hasta detenerse en un ángulo torcido.

Tommy apareció detrás, el arma temblándole en la mano, la respiración rota.

Sarah no entendió lo que veía.
Tommy no entendió lo que veía al principio.

Su mente seguía atrapada en el disparo que había hecho, en el cuerpo del soldado cayendo, en la sensación metálica del arma aún en su mano. El mundo parecía moverse con retraso, como si alguien hubiera bajado la velocidad de todo excepto su corazón.

Se inclinó hacia Sarah primero.

—¿Estás bien, pequeña? ¿Te duele algo?

La niña lo miró, los ojos enormes, llenos de lágrimas que no dejaban de caer. La sangre en su camiseta parecía peor de lo que era, un roce de bala superficial que ardía pero no amenazaba su vida.

Tommy respiró aliviado por un instante.

Y entonces vio a Joel.

El alivio murió antes de nacer.

Joel estaba boca arriba en el barro, la respiración irregular, ambas manos presionando su pecho como si pudiera contener algo que ya escapaba entre sus dedos. La sangre oscura empapaba su camisa y se filtraba hacia el suelo húmedo sin detenerse.

—Joel... —susurró Tommy.

Pero Sarah ya se había movido.

Corrió.

Sus pasos torpes resbalaban en el barro, pero no se detuvo. Cayó de rodillas junto a él, las manos pequeñas temblando mientras intentaba cubrir las de su padre.

—Papá... papá mírame...

Las lágrimas le corrían sin pausa, la voz rota en cada palabra.

—No puedes... no puedes hacer esto... —sollozaba—. Dijiste que siempre estarías conmigo... lo prometiste...

Sus manos no podían contener la sangre.

Nada podía.

—Por favor... por favor no te vayas... solo esta vez cumple tu promesa...

Joel la miraba.

Y esa mirada dolía más que la herida.

Sarah intentó limpiar su rostro con dedos torpes, como si borrar la sangre fuera suficiente para arreglar todo.

—Papi... mírame...

Joel levantó la mano con esfuerzo.

No hacia ella.

Hacia Tommy.

Su hermano cayó de rodillas al otro lado, el mundo reducido a ese momento imposible.

Joel lo tomó por la camisa, los dedos aferrándose con una fuerza que no parecía venir de un cuerpo que se apagaba.

—Cuídala... —susurró.

La voz apenas existía.

—Joel...

—Prométemelo.

Tommy negó, las lágrimas nublándole la vista.

—No digas eso...

Joel apretó la tela.

—Prométemelo.

Tommy cerró los ojos.

Y asintió.

—Lo prometo.

Sarah negaba con la cabeza, incapaz de aceptar lo que sus oídos escuchaban.

—No... no... papi no...

Joel soltó a Tommy y buscó su muñeca.

El reloj.

El regalo torpe que Sarah le había dado con orgullo infantil, el cristal roto, el tiempo se había detenido.

Con manos temblorosas, lo quitó.

Y lo colocó en las de Sarah.

Ella lo miró sin comprender, los dedos cerrándose instintivamente alrededor del metal.

—Papi...?

Joel sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Cansada.

Llena de amor.

Sus labios se movieron, apenas un susurro que solo Tommy alcanzó a oír.

—Tommy...

El aire salió de su pecho.

Y no volvió.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.

Pesaba.

Rasgaba.

Sarah lo sacudió.

—Papi...?

Nada.

—Papá... despierta...

Sus sollozos rompían la quietud de la noche, pequeños, desesperados, imposibles de ignorar.

Tommy la tomó por los hombros, pero ella se resistió.

—¡No! ¡No lo dejemos! ¡Tío, por favor!

El mundo seguía ardiendo alrededor.

Gritos en la distancia.

Fuego iluminando el cielo.

Pasos que podían acercarse en cualquier momento.

Tommy la abrazó con fuerza, levantándola del suelo mientras ella pataleaba, extendía los brazos hacia el cuerpo que quedaba atrás.

—¡Tío, para! ¡No quiero dejarlo! ¡Por favor, volvamos!

Pero Tommy corría.

Porque quedarse significaba perderla también.

—¡TÍO!

Sarah lloraba, el reloj apretado contra su mano, los brazos extendidos hacia la figura inmóvil que se hacía más pequeña con cada paso.

—¡PAPÁ!

Pero Joel no respondió.

Y en esa noche, bajo un cielo iluminado por incendios y sirenas lejanas, Sarah Miller entendió algo que ningún niño debería aprender a esa edad.

Algunas despedidas no dan tiempo.

Algunas promesas no pueden cumplirse.

Y algunas pérdidas rompen algo dentro que nunca vuelve a ser igual.

Tommy corrió.

Sarah lloró.

Y detrás de ellos, en el barro de una carretera que ya no significaba nada, Joel Miller quedó en silencio.

La noche continuó.

Pero para Sarah, el mundo se había detenido allí.

Notes:

¡Hola! Pensé mucho si subir o no este fics, pero luego de mucho analizarlo decidí: "¿por qué no?" Si estoy llevando esto muy diferente a la serie o juego, pero tendrá un poco de los dos: La premisa es sencilla, pequeños cambios que hicieron que la historia como la conocemos tome un ritmo distinto.

Bien, lo más destacable será que pasarán 15 años luego del brote, no 20. Se va a originar en el 2023, es importante para la historia, Sara tiene 9 años al inicio de todo, para el salto temporal tendrá 24.

Espero les guste, si recibe el suficiente apoyo estaré subiendo la segunda parte, tengo previsto que sean 10/15 capítulo, quizás más quizás menos, pero en fin, cualquier duda los leo.