Chapter Text
Habían regresado después de la batalla final contra Cath Palug. Desde la distancia, Merlín observó cómo Arthur era recibido y abrazado por su pueblo. Sabía que su Rey necesitaba eso para aliviar, aunque fuera un poco, el dolor de su alma. Su mirada se clavó entonces en el hombre de cabello negro que le daba una palmadita a Arthur, quien parecía genuinamente feliz de verlo. Supuso que era Nanashi; durante el trayecto, el joven Rey no había dejado de hablar sobre lo que hizo mientras estuvieron separados. Era su forma de afrontar el trauma e intentar no pensar en la devastación que lo rodeaba.
Un dolor sordo se instaló en el pecho de la maga al recordar la mirada de los Siete Pecados Capitales cuando descubrieron su verdadero objetivo. Especialmente la de Meliodas. Creyó que el rencor y el asco en sus ojos la harían doblegarse, pero la alegría de ver a Arthur vivo y portando el poder del Caos fue suficiente para sentirse satisfecha. Jamás admitiría en voz alta que casi entró en una desesperación absoluta cuando lo vio ser atravesado por su propia espada.
—Mer...
Cómo había disfrutado torturando a Cusack. Ese bastardo quiso arruinar tres mil años de trabajo.
—...lin.
Se atrevió a tocar a su aprendiz. ¿Quién se creía que era?
—¡Merlín! —Parpadeó. No se había dado cuenta de que se había perdido en sus pensamientos. Miró a su izquierda, donde Arthur la observaba con preocupación. Incluso después de todo, él nunca la había mirado con odio—. ¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes. Solo pensaba en dónde podríamos llevar a la gente del pueblo para que descansen.
—Tienes razón —asentó Arthur. Merlín notó cómo sus hombros se tensaban bajo el peso de la responsabilidad.
—No debe preocuparse por eso, mi señor —intervino Nanashi—. Conseguimos un pequeño asentamiento cerca de aquí. No es la gran cosa, pero tenemos refugio y comida, que es lo importante ahora.
—Sí, tienes razón. Aunque aún hay que pensar en cómo reconstruiremos el reino... será complicado.
—Tendrá que ser lejos de aquí —sentenció Merlín—, para evitar que los residuos del miasma infecten a la población. Pero ahora, tú debes descansar. No puedes tomar decisiones tan importantes con la mente agotada.
No mentiría quería ver el poder del Caos en acción. Deseaba iniciar los experimentos y descubrir hasta dónde podía moldear la realidad. Pero sabía que este había sido un día difícil para su Rey; él necesitaba reposo o no podría rendir al máximo. Además, la batalla contra Cath lo había dejado débil y aún tenía que aprender a vivir con un solo brazo. Sería un proceso largo, pero si ella había aguantado tres mil años, podía esperar unos días más. Nunca aceptaría que la sonrisa cansada pero dulce de Arthur fue lo que la hizo ceder... jamás.
Los días pasaron. Descubrió que, por un extraño motivo, aquel pelinegro los seguía a todas partes. No dijo nada, pues ambos compartían el mismo objetivo: proteger y guiar a Arthur.
Lograron establecerse en un condado abandonado a las afueras del reino, probablemente erradicado por los demonios en sus primeros asaltos. La gente se movía a un ritmo lento y penoso, sufriendo aún la pérdida de sus seres queridos. Mientras tanto, ellos se centraron en ayudar a Arthur a adaptarse a su discapacidad. El Rey solía frustrarse; a veces intentaba mover su brazo inexistente para luego recordar, con un golpe de realidad, que ya no estaba. Merlín intentó convencerlo de crear uno nuevo mediante magia, pero él se negó rotundamente. Decía que su falta era una muestra clara de su debilidad, la misma que los llevó a perder Camelot. Ella estaba en total desacuerdo con esa perspectiva; a pesar de que Arthur se culpaba a sí mismo, jamás había mostrado frustración hacia ella, a pesar de todo lo que ella había provocado por su reino.
Solía observarlo entrenar, dando todo de sí, mientras ella planeaba métodos para usar el Caos. Probaba límites, analizando hasta qué nivel podían presionar el poder de Arthur antes de que se agotara. Cada vez lo dominaba con más facilidad.
Pero, a su vez, esto los había llevado a alejarse. Sabía que Arthur no lo hacía con intención; estaba sumido en su duelo, intentando aceptar su nueva realidad. Aun así, una pequeña punzada de dolor se acentuaba en ella cada vez que notaba la distancia. No se atrevía a recriminarle nada, pues él ya había perdonado sus acciones sin siquiera un regaño.
Soltó un suspiro, incapaz de contenerse.
—Mmm... tendría que terminar alguno de mis experimentos.
Buscó entre sus tantos grimorios algo nuevo y entretenido; necesitaba ocupar su mente. Encontró uno de los más antiguos, conservado únicamente con magia temporal. Pertenecieron a su mentor, quien se los había heredado. No los había leído en siglos, pues ya conocía casi toda la información, pero repasar nunca estaba de más. Eligió uno desgastado, señal de haber sido uno de los más consultados por el mago Gowther
Pasó la tarde repasando las páginas, afirmando conceptos y corrigiendo otros... hasta que se detuvo en una sección específica: "Homúnculos". Notó las leves anotaciones al margen; un hechizo que desafiaba la naturaleza misma, rompiendo el orden establecido.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—¿Qué le hace una mancha más al tigre? —rio suavemente. Ya había encontrado lo que buscaba. Y, tal vez, un modo de romper la soledad que la había perseguido estos últimos días.
Se quedó recluida en su laboratorio durante todo el día, analizando minuciosamente cada ingrediente de aquel hechizo prohibido. Mientras lo hacía, sujetaba con firmeza un frasco que contenía un pequeño fragmento de ceniza y piel. Con la otra mano, rozó distraídamente la cicatriz que adornaba sus labios; aquel último regalo del hombre que más la había amado en toda su existencia.
Le parecía lo más justo. No sabía cómo reaccionaría Arthur ante lo que estaba a punto de hacer, pero, ¿desde cuándo le importaban las opiniones de los demás? Lo había meditado profundamente antes de tomar la decisión definitiva: usaría parte de la esencia de Escanor para crear un homúnculo, un ser nacido íntegramente de la magia. Sabía que los restos que poseía no serían suficientes, por lo que tendría que sacrificar parte de su propia esencia para estabilizar el hechizo.
No le importó el costo. Intentó ignorar el leve calor que se instaló en su pecho al procesar la idea: aunque ese niño fuera un homúnculo, sería suyo. Su sangre... su hijo. Un ser que estaría unido a ella por la eternidad, que necesitaría de sus cuidados y de su guía. Por primera vez en siglos, sintió algo parecido a la esperanza.
Al principio, todo había ido bien tal vez demasiado bien. Aquella tarde, mientras acompañaba a Arthur a colocar piedras en memoria de los caídos en Camelot, un cambio drástico en la atmósfera sacudió sus sentidos. Merlín pudo sentirlo de inmediato el momento exacto en que la Deidad Suprema descendió al mundo terrenal.
Había planeado investigar la situación, pero antes de que pudiera dar un solo paso, un grupo de hadas y gigantes cayó sobre ellos. No eran simples escaramuzas; sus atacantes parecían poseídos por un frenesí asesino, ensañados en aniquilarlos sin importar la antigua alianza que los unía. Merlín observó cómo un brillo de profundo dolor y decepción cruzaba el rostro de su Rey antes de que este, con un movimiento implacable del Caos, acabara con todos ellos.
Apenas unas horas más tarde, Merlín descubrió la amarga verdad las hadas y los gigantes habían sido manipulados por el poder de la Deidad Suprema. Dudó en decírselo a Arthur; no por misericordia hacia las vidas de aquellos seres, sino porque sabía que, si su Rey comprendía que había asesinado a sangre fría a inocentes, terminaría por quebrarse definitivamente.
Aun así, se lo confesó. Sostuvo al joven Rey con firmeza mientras este vomitaba por el coraje y el asco que sentía de sí mismo. Con algo de torpeza, Merlín lo abrazó, intentando brindarle un consuelo que ella misma apenas comprendía cómo dar. En un movimiento rápido, Arthur se apegó a ella, ocultando su rostro en su pecho mientras sollozaba con desesperación.
Bajo cualquier otra circunstancia, Merlín habría aniquilado a quien se atreviera a tocarla de tal manera, pero su Rey era el único caso distinto en su existencia. Deslizó sus dedos por el cabello de él, susurrándole palabras reconfortantes. Pasaron así unos cuantos minutos hasta que Arthur se calmó, aunque permaneció apegado a ella, buscando refugio. Cuando finalmente se dio cuenta de su posición, se apartó un poco, con el rostro encendido por el rubor.
—Yo... yo lo siento, Merlín. Soy una molestia para ti —dijo avergonzado, aunque todavía permanecía semi-acostado sobre la maga.
—Arthur, no eres una molestia y jamás lo serás —sentenció ella con una calma inquebrantable—. Eres un poco torpe e inocente, sí, pero nunca una carga. Nada de lo que ha sucedido es tu culpa, mi Rey; no puedes controlar las acciones de las deidades, ni la maldad de otros.
Permanecieron así durante horas. Ella permitió que Arthur se desahogara, escuchando cada una de las dudas que lo habían atormentado desde que el Caos despertó en su interior.
—Gracias, Merlín. No sé qué haría sin ti —susurró él, con los ojos aún enrojecidos.
—No tienes que agradecerme. Siempre estaré aquí para ti.
Merlín guardó silencio tras sus propias palabras. Dudó por un instante; quería contarle sobre el experimento que estaba realizando en su laboratorio, sobre el ser que estaba creando con su propia esencia. Sin embargo, temió su reacción.
No hace falta —le susurró el Rey, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos y la duda que nublaba su mente.
—¿Eh? —Merlín lo miró desconcertada. Era raro que alguien lograra leerla con tanta facilidad, pero Arthur parecía tener una conexión directa con sus vacilaciones.
—Tienes esa mirada cada vez que no sabes si contarme algo o no. No necesito que me expliques nada, Merlín. Confío en ti —le sonrió con una dulzura que resultaba casi dolorosa, considerando que acababan de estar rodeados de muerte.
—Arthur... ¿cómo es que, después de todo lo que ha pasado, aún puedes confiar tanto en mí? —preguntó ella, incapaz de contener la pregunta. Sus propios pecados pesaban en su conciencia, y la mirada pura de Arthur solo hacía que el fardo fuera más difícil de cargar.
—Merlín... yo haría lo que fuera por ti. No me importa qué sea, ni el precio que deba pagar... porque... yo... —Arthur bajó la cabeza, dudando un momento. Las palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de una confesión que el joven Rey aún no se atrevía a soltar por completo
—Arthur... —Merlín suspiró profundamente, tratando de recuperar su compostura—. ¿Estás seguro de lo que vas a decir? Aún eres joven, mi Rey. Podrías encontrar a alguien mejor, alguien que no cargue con tanto peso.
—Nadie lo entendería como tú —negó él con firmeza—. Nadie es como tú, Merlín. Después de lo que sucedió con Cusack, sentí terror, pero no por mi vida... sino por dejarte sola. Temí no ser lo que esperabas, temí ser débil. Me juré que, si tenía la oportunidad, esta vez te lo diría. Incluso si me rechazas, incluso si tu corazón no me ama... con que estés a mi lado, me basta.
Arthur la miró con un amor puro e inocente, un brillo que Merlín no había visto en siglos.
—Arthur... —susurró ella, sorprendida.
Sintió su corazón latir a mil por hora, una sensación física que su mente analítica intentaba suprimir. No era la primera vez que alguien se le declaraba; vivir tres milenios atraía confesiones de todo tipo, pero nadie la había hecho sentir como Arthur. Tuvo que emplear toda su fuerza de voluntad para no sonrojarse y actuar como una adolescente.
Aun así, una punzada de duda recorrió su ser. No se sentía digna de algo tan puro como el afecto de Arthur. Ella, que lo había manipulado para alcanzar el Caos; ella, que cargaba con crímenes interminables y que rara vez veía más allá de su propia obsesión. Se sentía rota, no solo por dentro, sino por fuera: su rostro, marcado por las huellas del fuego y el sacrificio, le recordaba los crueles comentarios que había escuchado en aquella gala del pasado. ¿Cómo podía él amarlaAsí? con una voz que por primera vez flaqueaba—. ¿Aún me amas a pesar de todo lo que te he hecho pasar, Arthur? ¿A pesar de mis heridas, de mi egoísmo y de haberte usado para mis propios fines?
El joven Rey, aunque temeroso por la magnitud de sus propios sentimientos, llevó su mano al rostro de la maga. Sus dedos recorrieron con una dulzura infinita la mejilla de Merlín, sin detenerse ante las marcas.
—Merlín... tú podrías clavarme un puñal en la espalda y, aun así, para mí seguirías siendo la mujer más perfecta del mundo —declaró Arthur con una convicción que no admitía dudas—. No me importan tus cicatrices; para mí, eres hermosa. Te amo como nunca he amado a nadie en este mundo. Eres la única persona con la que quiero estar, ahora y siempre.
Se acercó lentamente, dándole el espacio para apartarse, pero ella no lo hizo. Arthur unió sus labios con los de Merlín en un beso cargado de promesas y desesperación. Tras un segundo de sorpresa, la maga cerró los ojos y, finalmente, correspondió el gesto, dejando que por un instante la lógica fuera derrotada por el sentimiento.
Arthur... —Merlín soltó un suspiro al romper el beso, recuperando un poco de su habitual máscara de serenidad—, eres demasiado romántico, mi pequeño Rey.
—Solo contigo, mi maga—susurró Arthur con una mezcla de asombro y esperanza—. ¿Me aceptas, Merlín? ¿Incluso con todo lo que soy ahora?
—¿Acaso lo dudas? —respondió ella, permitiendo que una pequeña y auténtica sonrisa suavizara su expresión—. Además, no tengo nada de qué quejarme. Pero, por ahora, guardaremos silencio, ¿sí? Quiero que ambos estemos cómodos y seguros con esta nueva realidad antes de anunciarlo formalmente.
Le dio otro beso casto, una promesa silenciosa que Arthur aceptó asintiendo con un entusiasmo casi infantil.
—Bien, volvamos —sentenció Merlín, retomando su aire de autoridad, aunque sus ojos brillaban de forma distinta—. Antes de que Nanashi decida romper algo por nuestra desaparición.
Ambos emprendieron el regreso al asentamiento. Arthur caminaba con un paso más ligero, intentando con todas sus fuerzas contener las ganas de gritar de pura alegría. A pesar de la pérdida de su brazo, de la caída de Camelot y de la incertidumbre del Caos, en ese momento se sentía invencible. Después de todo, su mayor sueño —aquel que había guardado en lo más profundo de su ser desde que era un simple aprendiz— finalmente se había cumplido
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