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-Toma -dijo una voz femenina, firme-. Cúbrete. Esa blusa ya no tiene salvación. Una lástima, era bonita.

Alicia levantó la mirada, aún con la respiración desbocada, y tomó la chaqueta de cuero que le ofrecían.

Reconoció a la chica.
La había visto antes en la escuela, siempre rodeada de otras chicas.

Adalia. Estaba casi segura.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

Alicia no soporta a los hombres.

No los ve como posibles parejas. Nunca lo hizo. Es una verdad que aceptó desde los dieciséis años, tan clara como definitiva. No entiende a sus amigas cuando hablan de ellos con brillo en los ojos, ni ese entusiasmo que parece contagioso y que a ella jamás le alcanzó.

Aún menos comprende cómo pueden competir por la atención de uno.

Lo dice con conocimiento de causa. Vio a Lilith y a Eva rebajarse hasta compartir a un mismo hombre, solo porque ninguna estuvo dispuesta a soltar a Lucifer Morningstar. Le resultó grotesco. Casi irónico. Más aún cuando Rosie, entre risas venenosas, le contó que el rubio aceptó salir con ellas solo porque la chica que realmente le gustaba lo rechazó y necesitaba demostrarse que no era la única mujer en el mundo.

Patético.

Pero si algo terminó de sellar su asco hacia el género masculino fueron Vincent y Valentino.

Detesta a Whitman. Lo detesta porque confundió amabilidad con derecho, porque creyó que una sonrisa era una invitación, porque su cabeza podrida interpretó respeto como sumisión. Y Valentino… Valentino era otra cosa. Un depredador sin pudor, igual de repugnante con hombres y mujeres, obsesionado con el sexo, con exponerlo, con convertirlo en espectáculo.

Para su desgracia, ninguno de los dos parecía dispuesto a dejarla en paz.

Por más que los rechazara, por más que los enfrentara, seguían orbitándola como moscas. Vulgares. Insistentes. Y hoy… hoy decidieron cruzar una línea.

Claro que les dio pelea.

Tal vez parecía frágil, delgada, fácil de intimidar. Pero no lo era. Su padre se había encargado de eso. Desde pequeña la metió en defensa personal para que nunca dependiera de nadie. Para que supiera protegerse. Para que no terminara como muchas otras.

Hasta que el cáncer se lo llevó.

Después de eso, quedó sola con su madre. Y cuando su madre confió de nuevo en un hombre que parecía bueno, este no tardó en mostrar su verdadero rostro. Golpes. Violencia. Muerte.

No.
Definitivamente no soportaba a los hombres.

Eso no significaba que los odiara a todos. Tenía amigos. Husk la trataba como a una hermana. Angel Dust, una vez que lo conocías, era puro algodón disfrazado de caos. Zestial siempre fue respetuoso. Ella sabía que no todos eran iguales.

Pero pareja…
Jamás.

No cuando Vincent la tenía acorralada detrás de la escuela.
No cuando Valentino estaba demasiado cerca.
No cuando el miedo le subía por la espalda como hielo.

—Vamos, Alicia, sabes que lo quieres —escuchó la voz burlona de Vox, amplificada por la risa de los otros.

—Ni en tus sueños, Vincent. Me eres repugnante —escupió, y no dudó en lanzarle un cabezazo con toda la fuerza que tenía.

—¡Carajo! —gruñó el de lentes—. Hija de…

No terminó la frase.

Un puñetazo seco lo hizo retroceder, soltándola de golpe.

—Toma —dijo una voz femenina, firme—. Cúbrete. Esa blusa ya no tiene salvación. Una lástima, era bonita.

Alicia levantó la mirada, aún con la respiración desbocada, y tomó la chaqueta de cuero que le ofrecían.

Reconoció a la chica.
La había visto antes en la escuela, siempre rodeada de otras chicas.

Adalia. Estaba casi segura.

—¿En serio? ¿Detrás de la escuela? —añadió la recién llegada, manos en la cintura, mascando chicle con aburrimiento—. Si van a hacer una estupidez así, mínimo sean más listos, cabrones.
Giró la cabeza—. ¿Tetas chicas? ¿Grabaste todo?

—Claro que sí —respondió una platinada saliendo de detrás del muro, teléfono en alto.

—Perfecto. Mándaselo a mi papá. Ya tiene pruebas para expulsar a estos imbéciles —se burló, y remató con una patada certera que hizo gemir a Valentino—. Vamos, sonrisa bonita.

Rodeó a Alicia por los hombros como si se conocieran de toda la vida.

—Te llevo a casa.

Alicia apenas pudo asentir.

—¿Lute? ¿Sera viene por ti? —preguntó Adalia mirando a otra chica.

Lute levantó el pulgar.

—Perfecto. Hasta mañana, perra.

—Hasta mañana, Adalia —respondió la platinada.

—Gracias por la ayuda —murmuró Alicia por fin, sin soltarse del agarre de la chica de ojos ámbar.

—Ni lo menciones. Cualquiera habría hecho lo mismo —respondió ella—. Creo que toda la escuela tiene algo contra esos dos idiotas.

Se detuvo frente a una moto y le tendió un casco.

—Suelo cargar dos. Por si alguien necesita un aventón.

Alicia lo tomó con manos aún temblorosas.

—Ah… sí. Gracias.

Y por primera vez en mucho tiempo, el nudo en su pecho aflojó apenas un poco.

━━━━❰・❉・❱━━━━

El semáforo bañaba la calle con luz roja, como si la ciudad misma respirara despacio antes de seguir latiendo. El motor vibraba bajo ellas, un ronroneo constante que se sentía en las piernas, en el pecho, en los pensamientos.

Alicia todavía tenía los dedos tensos alrededor de la cintura de Adalia.

—¿Te llamas Alicia, verdad? —preguntó la castaña, mirando de reojo.

—¿Ah? Sí… así me llamo.

—Hmmm. Me gusta tu nombre. Te queda —dijo con naturalidad, como si estuviera comentando el clima—. Ese programa de radio estudiantil que diriges está genial. Lo suelo escuchar. Me relaja.

La moto se detuvo por completo. Adalia giró un poco el torso, lo suficiente para mirarla por encima del hombro. Sus ojos ámbar no tenían burla. Tampoco lástima.

—Tienes una voz bastante fácil de escuchar, chica. Joder, está de puta madre.

Alicia parpadeó.

No era un halago lanzado al aire. No tenía ese tono viscoso que había aprendido a detectar. Era directo. Limpio.

—¿Lo… escuchas de verdad? —preguntó, todavía desconfiada por costumbre.

—Claro. Los martes y jueves. Siempre hablas como si el mundo pudiera arreglarse con una canción bien puesta.

El semáforo cambió a verde, pero Adalia tardó un segundo en arrancar.

—Eso es raro aquí —añadió—. Me gusta lo raro.

La moto volvió a avanzar, el viento desordenando mechones oscuros que escapaban del casco de Alicia.

Durante unos metros, el silencio no fue incómodo. Fue… nuevo.

—No sabía que me conocías —murmuró Alicia, más para sí que para ella.

—No te conozco —corrigió Adalia—. Pero te he escuchado.

Y eso sonó distinto.

La ciudad pasaba a los lados como una cinta borrosa de luces y sombras. Alicia aflojó un poco el agarre, no porque quisiera soltarse, sino porque ya no sentía que se estuviera cayendo.

—Oye —continuó Adalia, bajando apenas la velocidad—. Lo de hoy… no fue tu culpa.

Alicia tensó la mandíbula.

—Lo sé.

—Bien. Porque si vuelven a acercarse, no vas a estar sola.

No era una promesa dramática. Era un hecho dicho con la misma firmeza con la que alguien afirma que mañana saldrá el sol.

Alicia no respondió de inmediato.

Se permitió, por primera vez en mucho tiempo, no anticipar una intención oculta.

—Gracias —dijo al final, más estable.

Adalia sonrió, aunque Alicia solo pudo intuirlo por el cambio en su voz.

—Para eso están las motos y las chicas con casco extra.

Giraron en una esquina, el viento más frío ahora.

Y algo en el pecho de Alicia, ese lugar que llevaba años en guardia permanente, bajó la lanza apenas unos centímetros.

No era confianza.

Pero tampoco era miedo.

Era… curiosidad.

━━━━❰・❉・❱━━━━

La moto quedó en silencio frente a la cabaña, madera oscura, ventanas tibias, el pantano respirando cerca como un animal grande y paciente.

—¿Vives aquí? —preguntó Adalia, quitándose el casco.

—Justo aquí —Alicia se lo sacó también, el cabello cayéndole sobre los hombros—. ¿Quieres pasar? En lo que me cambio para poder darte tu chaqueta.

—¿Segura? No quiero molestar a tus padres —apagó la moto.

Alicia bajó la mirada un segundo.

—No creo que puedas molestar a los muertos.

Silencio.

—Pasa. Solo me tomará unos minutos cambiarme.

—Ay mierda… perdón, no lo sabía.

Entraron. La puerta crujió suave. Alicia encendió la luz. El interior estaba limpio, ordenado, casi demasiado quieto. Muebles de madera, una estantería con libros bien alineados, una radio antigua sobre una mesa lateral.

—No te preocupes —dijo Alicia mientras dejaba el casco—. No tenías malas intenciones. Además… no es tan malo vivir sola.

Adalia miró alrededor sin invadir, sin hacer preguntas innecesarias.

—Bueno, al menos no tienes que compartir baño. A mí me toca con mis hermanas. La peor putada que puedes imaginar. Se tardan eternidades en salir y siempre se terminan la maldita agua caliente. Juro que ellas no se bañan, se cocinan.

Alicia soltó una risa corta. Sincera. Le sorprendió el sonido saliendo de su propia boca.

—¿Cuántas son?

—Dos. Y dramáticas. Una canta como si estuviera en concierto y la otra llora porque “el vapor le daña el rímel”. Un caos.

—Suena… ruidoso.

—Lo es. Mi casa parece reality show permanente.

Alicia se apoyó un momento en la mesa, observándola.

—Aquí es demasiado silencioso a veces.

No lo dijo con pena. Lo dijo como quien describe el clima.

Adalia se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta, balanceándose apenas sobre los talones.

—Si un día quieres cambiar silencio por caos, estás invitada. Pero aviso que el baño es territorio de guerra.

Alicia sonrió de lado.

—Lo pensaré.

Un segundo más de quietud. No incómoda. Solo… nueva.

—Oye —dijo Adalia, bajando un poco la voz—. Si necesitas que me quede hasta que te sientas más tranquila… puedo hacerlo.

Alicia la miró directo esta vez.

No había lástima en sus ojos. No había esa cosa viscosa que aprendió a detectar. Solo oferta. Simple.

—Estoy bien —respondió, y esta vez era verdad—. Pero gracias.

Adalia asintió.

—Bueno. Entonces cámbiate antes de que me arrepienta y reclame mi chaqueta con intereses.

Alicia rodó los ojos con una media sonrisa.

—No sabía que eras tan usurera.

—Soy multitalento.

Y por primera vez en esa casa que solía sentirse demasiado grande, demasiado vacía… el aire no pesaba tanto.