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𝐌𝐚𝐱
—Es mejor que vayas tú primero —le dijo mi padre a mi madre.
Ella insistía en que yo entrara antes. Tal vez temía que, si veía a ambos sellados en sus cápsulas criónicas, aprovecharía para huir y retomar mi vida en vez de encerrarme en esa caja fría y transparente.
—Max necesita ver cómo es —insistió mi padre—. Ve tú primero para que él lo entienda. Después irá él y yo le acompañaré durante el proceso. Entraré el último.
—No, ve tú primero —replicó mi madre—. Yo seré la última.
El verdadero problema era que había que desnudarse por completo, y ninguno de los dos quería que yo lo viera sin ropa. A mí tampoco me entusiasmaba la idea, pero si tenía que elegir, prefería ver a mi madre; así ella no tendría que ver mi propio cuerpo.
Cuando se quitó la ropa, me sorprendió lo frágil que se veía. Las clavículas sobresalían como ramas secas, y su piel parecía tan fina como papel de arroz. El vientre —esa parte que siempre escondía bajo la ropa— colgaba flácido, acentuando su vulnerabilidad.
A los operarios del laboratorio la desnudez de mi madre no les provocó más reacción que nuestra propia presencia. La ayudaron a tumbarse en la cápsula criónica transparente. Parecía más una caja de zapatos que un ataúd; al menos los ataúdes suelen estar acolchados.
—Está helada —susurró mi madre. Su piel blanquecina se aplastaba contra el fondo de la cápsula.
—No sentirás nada —gruñó el primer operario. En su placa se leía “Liam”.
Aparte la vista cuando el otro operario, Helmut, atravesó la piel de mi madre con dos agujas intravenosas. Una, en el brazo izquierdo, se hundió en el pliegue interior del codo; la otra, en la mano derecha, se clavó sobre esa vena prominente que serpentea bajo los nudillos.
—Relájese —ordenó Liam, sin un rastro de amabilidad.
Mi madre se mordió el labio.
La bolsa conectada al catéter no contenía suero, sino un líquido espeso que se movía lentamente, como miel densa. Helmut la apretó con fuerza para que bajara más rápido. El líquido era de un azul cielo, idéntico al de las flores que Kelly me regaló en el baile del instituto.
Mi madre jadeó, un sonido ahogado que parecía doler. Liam retiró una pinza de plástico amarilla del catéter del codo, y por el tubo subió un reflujo de sangre espesa, de un rojo intenso, que se mezcló en la bolsa. Sus ojos se nublaron. El líquido azul del otro catéter brillaba con un resplandor tenue que se propagaba por las venas de su brazo.
—Hay que esperar a que llegue al corazón —dijo Liam, mirándonos.
Mi padre apretó los puños, sin apartar la vista de mi madre. Ella cerró los ojos, y de sus pestañas colgaron dos lágrimas inmóviles.
Helmut volvió a estrujar la bolsa del líquido viscoso y azul. Mi madre mordió con más fuerza, y de entre sus dientes escapó un fino hilo de sangre.
—Esto hace posible el proceso de congelación —explicó Liam en un tono casual, como si hablara de cómo la levadura hace crecer el pan—. Sin ello, se formarían cristalitos de hielo que reventarían las paredes celulares. Esta sustancia refuerza las células para que el hielo no las rompa —añadió, dirigiéndose a mi madre, Sophie—. Pero al entrar… duele que no veas.
Tumbada en la cápsula, con la piel tan pálida que parecía traslúcida, mi madre estaba inmóvil, como si cualquier movimiento pudiera quebrarla. Yo apenas respiraba.
—Quería que lo vieras —susurró mi padre, sin apartar la vista de ella. Ni siquiera pestañeaba.
—¿Por qué? —pregunté, sintiendo que algo me apretaba el pecho.
—Para que supieses cómo es antes de hacerlo tú.
—Se ve alentador —intenté bromear, pero mi voz sonó hueca. Él no sonrió. Yo tampoco.
Helmut volvió a apretar la bolsa del líquido azul. El sonido de ese plástico estrujado me hizo estremecer. Mi madre puso los ojos en blanco y, por un instante, pensé que se había ido. Sentí un calor incómodo subirme por la nuca.
—Casi hemos terminado —murmuró Liam, observando cómo la sangre de mi madre descendía cada vez más lenta por el tubo.
Yo no podía dejar de mirarla, pero al mismo tiempo deseaba apartar la vista. El silencio de la sala me retumbaba en los oídos.
Lo único que se escuchaba era la respiración pesada de Helmut, rítmica y húmeda, mientras apretaba la bolsa de plástico, y un gemido apenas audible de mi madre, como el maullido apagado de un gato moribundo.
En el catéter que salía del pliegue de su codo apareció un débil destello azul.
—Para —ordenó Liam—. Ya está repartido por todo el sistema circulatorio.
Helmut retiró las agujas y mi madre dejó escapar un suspiro entrecortado, casi un sollozo.
Mi padre me tomó del brazo y me acercó. Miré a mi madre desde arriba, y la imagen me devolvió al entierro de mi abuela, un año atrás. Recordé cómo mi madre me dijo entonces que ahora estaba en un lugar mejor… pero lo que realmente significaba era que estaba muerta.
—¿Duele mucho? —pregunté, con un nudo en la garganta.
—No es para tanto —mintió. Al menos, aún podía hablar.
—¿Puedo tocarla? —pregunté a Liam.
Se encogió de hombros. Tomé la mano izquierda de mi madre. Su piel estaba ya tan fría como el hielo, rígida. Ella no me devolvió el apretón.
—¿Podemos continuar? —preguntó Liam, sosteniendo un cuentagotas enorme.
Mi padre y yo nos apartamos apenas un paso, lo justo para que mi madre no pensara que la dejábamos sola en ese ataúd helado.
Liam le abrió los párpados; sus dedos grandes y callosos parecían trozos de madera tallados sin delicadeza. Los párpados de mi madre, finos como pétalos, se separaron, y dos gotas de un líquido amarillo cayeron en sus ojos verdes: plop, plop. Los cerró y ya no volvió a abrirlos.
Debí de tener una cara espantosa, porque Liam interrumpió su trabajo un momento para regalarme una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora.
—Es para que no se quede ciega —explicó.
—Estoy bien, no te preocupes —dijo mi madre, aunque su voz quebrada delataba que lloraba.
—Tubos —pidió Liam. Helmut le entregó tres tubos de plástico transparente.
—Mire —dijo él, agachándose para quedar a la altura de su rostro—, voy a introducirle esto por la garganta. No será agradable. Imagine que está tragando.
Ella asintió y abrió la boca. Cuando el tubo entró, su cuerpo reaccionó con una arcada violenta que le recorrió desde el estómago hasta los labios secos.
Miré a mi padre. Su expresión seguía imperturbable, como si nada de aquello le estuviera desgarrando por dentro.
Pasaron largos segundos antes de que mi madre se quedara quieta y en silencio. Aun así, seguía tragando, acomodando los músculos del cuello para dar paso a los tubos. Liam los deslizó por una abertura en la parte superior de la cápsula, junto a su cabeza.
Helmut abrió un cajón y sacó un revoltijo de cables: unos de colores vivos, otro negro y largo que acababa en una pequeña caja, y una pieza rectangular, como una mini placa solar conectada a un cable de fibra óptica. Los fue introduciendo uno por uno hasta que Liam los enchufó todos a una caja negra fijada sobre el agujero.
Fue entonces cuando comprendí que aquello no era un ataúd… sino una caja de embalaje muy elaborada.
—Despídete de ella —dijo Liam.
Levanté la vista, sorprendido por aquella voz extrañamente amable. Liam seguía de espaldas, concentrado en teclear en el ordenador; quien había hablado era Helmut. Me animó con un leve movimiento de cabeza.
Mi padre tuvo que tirar de mi brazo para acercarme a la caja. No quería, porque sabía que esa no sería la última imagen que quería guardar de mi madre… y, aun así, sería la que se quedaría grabada. Tenía una costra amarillenta cubriéndole los ojos, tubos hundidos en su garganta y un líquido azul celeste recorriendo sus venas.
Mi padre se inclinó y le dio un beso; ella, a duras penas, dibujó una sonrisa alrededor de los tubos. Yo me limité a darle una palmadita en el hombro. Su piel estaba fría, demasiado fría. Intentó decir algo, pero de su boca solo salió un burbujeo roto. Me incliné un poco más, lo suficiente para escuchar tres sílabas… o mejor dicho, tres soplidos. Le apreté el brazo. Sabía exactamente lo que intentaba decir: te quiero.
—Mami… —susurré, acariciándole la piel, tan fina como papel viejo. No la llamaba así desde que tenía siete años.
—Vale, ya está —interrumpió Liam.
Mi padre me tomó del codo y tiró de mí suavemente, pero yo di un respingo y me solté. Él no insistió: me abrazó por los hombros y me apretó contra su pecho, duro y firme, como si quisiera contener el temblor que recorría el mío. Esta vez no me resistí.
Liam y Helmut alzaron una gruesa manguera y el interior del ataúd comenzó a llenarse con un líquido salpicado de motas azules. Cuando le alcanzó la nariz, mi madre resopló.
—Inspire —ordenó Liam por encima del rugido del chorro—. Y relájese.
Una corriente de burbujas cruzó el líquido y distorsionó su rostro. Ella movió la cabeza con un último intento de resistencia… pero, segundos después, cedió. El azul la envolvió por completo. Liam cerró la llave y el agua quedó inmóvil, tan inmóvil como ella.
Colocaron la tapa y empujaron la cápsula hasta encajarla en un hueco abierto en la pared del fondo. Solo entonces reparé en que la pared estaba cubierta de pequeñas compuertas, como en un depósito de cadáveres. Cerraron la puerta, bajaron un tirador y una nube de vapor se escapó por las rendijas. El proceso había terminado.
Un instante antes, mi madre estaba allí. Al siguiente, todo lo que la hacía mi madre estaba detenido, congelado en un tiempo que duraría tres siglos. Hasta entonces, para el mundo, sería como si estuviese muerta.
—Ahora va el chico, ¿no? —preguntó Liam.
Di un paso al frente, cerrando los puños hasta que los nudillos se me pusieron blancos para ocultar el temblor de mis manos.
—No —dijo mi padre con firmeza.
Liam y Helmut ya estaban preparando otro ataúd, idéntico al de mi madre. Podía ser para cualquiera; para ellos no había diferencia, solo era parte del procedimiento.
—¿Cómo que no? —pregunté, sintiendo los nervios morderme las entrañas.
—Ahora voy yo —contestó—. Tu madre no estaría de acuerdo; ella pensaba que, si te daban a elegir, te echarías atrás… que decidirías no acompañarnos. Y quizá tuviera razón. Pero quiero darte esa oportunidad. Así que primero voy yo. Luego, si quieres marcharte, me parecerá bien. Ya hablé con tus tíos: están esperándote afuera. Se quedarán hasta las cinco. Cuando me congelen, podrás irte si lo decides. Tu madre y yo no lo sabremos hasta dentro de unos siglos, cuando nos despierten. Si prefieres seguir con tu vida, sin someterte al proceso… está bien.
—Papá…
—No quiero que lo hagas por culpa. Será más fácil decidir sin nosotros delante.
—Pero… se lo prometí. Se lo prometí a mamá.
Sentí que la voz se me rompía. Cerré los ojos con fuerza para contener las lágrimas, pero dos se escaparon, calientes, recorriendo mis mejillas.
—No pasa nada. Es una promesa demasiado grande como para obligarte a cumplirla. Esta decisión tiene que ser tuya… y solo tuya.
—¡Pero a ti no te necesitan! ¡Podrías quedarte conmigo! Ni siquiera eres importante para la misión. ¡Eres militar, por Dios! ¿De qué puede servir un especialista en estrategia en un planeta nuevo? Podrías quedarte. Podrías quedarte…
Mi padre negó despacio, con esa calma que me desesperaba.
—… conmigo —terminé, pero fue como hablarle a una pared. Su decisión ya estaba tomada.
Y, en el fondo, lo que yo decía no era del todo cierto: mi padre estaba sexto en la cadena de mando. No era el comandante en jefe, pero su puesto seguía siendo importante. Mi madre también era imprescindible: la mejor en ingeniería genética, la única capaz de diseñar cultivos que crecieran en un planeta desconocido.
Yo era el único que no servía para nada.
Se metió detrás del biombo para desvestirse. Cuando salió, Liam y Helmut le ofrecieron una toalla de manos para cubrirse durante el breve trayecto a la cámara criónica. Se la retiraron cuando se tumbó, y yo me forcé a mirarle la cara, como si apartar la vista lo hiciera todo más real. Pero esa cara… irradiaba una pena que no le había visto nunca. Una mirada cargada de despedida. Sentí que las tripas se me revolvían con más miedo y dudas que nunca.
Vi cómo le insertaban las dos agujas intravenosas. Cómo le sellaban los ojos. Traté de encerrarme en mí mismo, de aplastar el grito que me golpeaba dentro de la cabeza, de mantenerme erguido con una columna de hierro y un rostro de piedra. Pero entonces, mientras le introducían los tubos por la garganta, me apretó la mano con fuerza. Y me derrumbé. Por dentro y por fuera.
Antes de que llenaran la cápsula con el líquido azul moteado, levantó la mano y estiró el meñique. Lo enganché con el mío. Era su forma de prometerme que todo saldría bien. Y estuve a punto de creerlo.
Lloré tanto mientras la cápsula se llenaba que apenas podía distinguir su rostro, difuminado tras el agua espesa. Luego bajaron la tapa, lo empujaron al interior del depósito de cadáveres y, por las rendijas, se escapó una bocanada de vapor blanco.
—¿Puedo verlo? —pregunté.
Los dos técnicos se miraron. Liam se encogió de hombros, y Helmut abrió la pequeña puerta, extrayendo la caja transparente.
Allí estaba mi padre. El líquido traslúcido ya se había convertido en hielo, y él también. Coloqué la mano sobre el cristal, deseando que hubiera algún modo de sentir su calor a través del frío, pero la retiré al instante: ardía de lo helado que estaba. Unas luces verdes parpadearon en la cajita que Helmut había instalado.
Bajo aquella capa de hielo… ya no parecía mi padre.
—¿Qué? ¿Te animas o te vas? —dijo Liam, empujando de nuevo la cápsula de Jos, mi padre, hasta encajarla en su nicho.
Levanté la vista para mirarlo. Tenía los ojos tan llenos de lágrimas que su cara se deformaba, derritiéndose y fundiéndose en un solo ojo enorme, como un cíclope.
—Pues…
Miré hacia la salida, más allá de todo el equipo criónico, hasta el extremo opuesto de la sala. Tras esa puerta estaban mis tíos, a quienes adoraba y con quienes podría vivir feliz. Y más allá, Kelly. Lando, mis primos, Victoria y todos mis amigos. Y las montañas, las flores, el cielo. La Tierra. La vida.
Me volví de nuevo hacia las pequeñas puertas de la pared. Detrás de ellas… estaban mis padres.
Lloré mientras me desvestía. Ya empezaba a extrañar mi vida. Quería adoptar dos gatos, pero mis padres me habían dicho que tendría que dejarlo todo atrás, incluso a mi novia. Y ahora, para colmo, no me entusiasmaba la idea de que los últimos tipos que me vieran desnudo en la Tierra fueran Liam y Helmut. Intenté cubrirme con los brazos y las manos, pero me las apartaron con firmeza para introducir las agujas.
Desde dentro, era mucho peor de lo que parecía. Una oleada de frío me recorrió, quemando al mismo tiempo. Los músculos se tensaron a medida que el líquido viscoso penetraba en mis venas. Mi corazón quería golpear con fuerza, desbocado, como un amante desesperado aporreando la puerta, pero el líquido lo obligaba a lo contrario: a latir cada vez más despacio. Cada vez… más… lento… más… lento…
Helmut me abrió los párpados. ¡Plop! Una gota fría y amarilla cayó en mi ojo izquierdo, sellándolo como si fuera pegamento. ¡Plop!
Oscuridad.
Uno de los dos —quizá Liam— me dio unos golpecitos en la barbilla. Abrí la boca de forma automática. No lo suficiente, al parecer, porque los tubos chocaron contra mis incisivos. La abrí más.
Entonces se adentraron en mi garganta. No eran tan flexibles como aparentaban: sentí como si intentaran empujarme por la boca un palo de escoba untado en lubricante. Me dieron arcadas, una, dos seguidas, y un sabor metálico, mezcla de bilis y cobre, me llenó la lengua.
—¡Traga! —ordenó Liam junto a mi oído—. ¡Relájate!
Para él era fácil decirlo.
Pocos segundos después, un cosquilleo ácido me revolvió el estómago. Helmut conectó la pequeña caja negra al exterior de mi cápsula y sentí un tirón interno, como si alguien moviera los cables de mi propio cuerpo.
Un sonido arrastrado de pasos. Luego, el arrastre de una manguera.
—No entiendo cómo hay gente que firma para meterse en esto —comentó Helmut.
Silencio.
Un chirrido metálico: la llave de paso girando. El líquido helado me salpicó los muslos como un latigazo de hielo. Intenté cubrirme, pero mis brazos apenas respondían; se sentían pesados, ajenos.
—No sé —respondió Liam—. Aquí las cosas no están para tirar cohetes; desde la primera recesión todo se fue al carajo. Y después de la segunda… peor aún. ¿No se suponía que el Fondo de Recursos Externos iba a generar más empleo? Yo solo tengo este trabajo, y en cuanto estén todos congelados, se acabó.
Otro silencio. El líquido criónico ya me cubría las rodillas y se colaba en los pliegues cálidos de mi cuerpo: detrás de las rodillas, bajo los brazos… y allí.
—Por lo que ofrecen, no vale la pena renunciar a tu vida —dijo Helmut.
Liam soltó un bufido.
—Pero es que ofrecen el sueldo de toda una vida en un solo cheque.
—Eso no sirve de nada en una nave que no tocará tierra hasta dentro de trescientos un años.
El corazón me dio un vuelco.
¿Trescientos… uno?
No. No podía ser. Eran trescientos años justos, no trescientos uno.
—Ese dinero podría sacar de apuros a una familia —insistió Liam—. Podría marcar la diferencia.
—¿Qué diferencia? —preguntó Helmut.
—La diferencia entre sobrevivir y no sobrevivir. Esto ya no es como antes: diga lo que diga el presidente, la ley de financiación no va a arreglar la deuda.
¿De qué demonios se quejan? ¿A quién le importa la deuda nacional y los puestos de trabajo? ¡Que vuelvan a hablar de ese año de más!
—Hay tiempo para pensárselo —continuó Liam—. Para sopesar todas las alternativas. ¿Y a qué viene el retraso del lanzamiento?
El líquido criónico me alcanzó los oídos. Levanté la cabeza, intentando mantenerlos fuera.
¿Retraso? ¿Qué retraso?
Quise preguntar, pero los tubos me llenaban la boca, empujaban mi lengua y ahogaban cualquier palabra.
—No tengo ni idea —contestó Helmut—. Creo que es algo del combustible y la respuesta de las sondas espaciales. Lo que no entiendo es por qué nos apuran con el plazo de la congelación.
El líquido subía deprisa. Giré la cabeza para salvar el oído derecho.
—¿Y eso a quién le importa? —dijo Liam—. A ellos, no. Van a pasarse todo el tiempo durmiendo. Dicen que la nave tardará trescientos años en llegar. ¿Qué importa un año más?
Intenté incorporarme, pero mis músculos estaban entumecidos, perezosos. Aun así, me revolví. Traté de articular un sonido, lo que fuera, pero el líquido ya me lamía la cara.
—Relájate —me dijo Helmut.
Negué con la cabeza. ¡No lo entendían! ¡Un año era muchísimo! Un año más con Kelly. Un año más de vida. Yo había aceptado estar congelado trescientos años, no trescientos uno.
Unas manos firmes, casi delicadas, me empujaron hacia abajo. Contuve el aire, luché por incorporarme. Quería mi año de vuelta.
Mi último año.
Un año más.
—¡Traga! —la voz de Helmut llegaba amortiguada, deformada, como si hablara desde el fondo de un lago.
Intenté girar la cabeza, pero al tensar el cuello, mis pulmones se rebelaron. El líquido —frío, cortante, helado— me inundó la nariz, la garganta, el pecho. Una puñalada líquida.
Supe que ya no había vuelta atrás cuando la tapa se cerró sobre mi ataúd de Blancanieves.
Oscuridad. Un eco hueco.
Mientras alguien empujaba la base de la cápsula para encajarla en el depósito de cadáveres, imaginé a Kelly al otro lado de la puertecita, esperándome. Me veía despertando con su beso, robándole un año más a este destino que me arrancaba de todo.
Clic-clic. El engranaje encajó. Segundos, solo segundos antes de que empezara la congelación.
Después… mi vida se reduciría a un suspiro de vapor blanco escapando por las rendijas.
Pensé: al menos estaré dormido. Trescientos un años de olvido. De no sentir. De no pensar.
Eso… estaría bien. No podría ser tan terrible.
¡Zap! El frío me atrapó de golpe, voraz, absoluto.
No había líquido ya, no había aire. Solo hielo.
Yo era hielo.
Y, sin embargo… seguía consciente.
Eso no tenía sentido. El cerebro congelado no piensa, no recuerda, no siente. Yo debería estar sumergido en la nada.
Recordé historias de gente que, bajo anestesia, sentía cada corte de bisturí sin poder moverse ni gritar.
Dios… recé para no ser uno de ellos.
No podría soportar trescientos un años así. No. No y no.
Quizá esto fuera un sueño. Quizá mi vida entera hubiera sido el sueño de una siesta. Tal vez estuviera atrapado en ese limbo donde aún no despegamos. Tal vez todo esto sea solo la antesala, un año suspendido antes del viaje.
O… tal vez de verdad me queden trescientos un años por delante.
Y quizá… quizá aún no me haya dormido del todo.
Solo sé una cosa: quiero que me devuelvan ese maldito año.
