Chapter Text
Viajando por el cielo azul, cielo azul
Esperando el Armagedón, vos y yo
Contando los que morirán que conocemos
Tu pelo rubio flota en el viento del huracán
El calor era insoportable. Los 37°C que marcaba el tablero de la camioneta parecían una broma de mal gusto, eran una atenuación casi insolente de la realidad. Los diciembres en Buenos Aires, con el pasar de los años, eran cada vez más imposiblemente abrasadores pero ese viernes al mediodía el asfalto parecía derretirse bajo sus pies. El aire acondicionado de la camioneta estaba apagado, Santiago se había olvidado de llenar el tanque el día más caluroso del año y las filas en las estaciones de servicio camino a Ezeiza eran eternas.
—La puta que te parió, Santiago —se quejó Manuel. Su camisa blanca de algodón se encontraba empapada de sudor y se pegaba a su espalda baja.
—No, de nada hermano, no hace falta que me agradezcas —el sarcasmo colmaba la voz del castaño— No me costaba nada dejar todas mis responsabilidades de lado y comerme 3 horas manejando para un viaje que perfectamente podías hacer en uber.
No era verdad. Ningún auto tomaba su viaje en ninguna app y los taxis en la ciudad eran cada vez más escasos. El morocho resopló por lo bajo y apoyó su brazo sobre la ventanilla, sintiendo el viento caliente en los dedos.
—Cambiá un poco la cara de orto, a la noche te vas a estar cagando de frío— buscó su mirada por el retrovisor y continuó— no como el resto de nosotros los giles laburantes, que nos tenemos que quedar a cagarnos de calor.
—Vos no venís porque no querés — respondió con desgano el mayor. Tantos años y su amigo todavía no se cansaba de hacer el mismo papel lastimoso que lejos se encontraba de la realidad.
—Te agradezco, pero no tengo ganas de pasar navidad con vos encerrados en un hotel pagado con viáticos— A Manuel tampoco lo volvía loco la idea, pero tenía muchas expectativas por el viaje y no iba a dejar que la mala onda de Santiago o el clima le arruinen el humor.
—Algunos tenemos que laburar de verdad, no todos tenemos la suerte de ir a sentarnos a un programa…cuánto…¿dos horas? ¿cuatro veces por semana? —preguntó con una sonrisa maliciosa, esperando una reacción.
—Mirá Manuel, no me hagas hablar —respondió exasperado Baietti. Manuel soltó una carcajada.
Santiago no solo era su amigo más cercano, con los años se había convertido en lo más cercano a un hermano que Manuel había tenido, si no que también era su socio. Para sorpresa de nadie, los laureles del streaming no habían sido eternos. Tanto Santiago como él habían estado preparados para el día que apagaron la cámara del set up por última vez, no por eso había sido menos difícil dar el último adiós a sus espectadores. Manuel Merlo había nacido con un instinto que poca gente tenía, un olfato innato para las oportunidades y un termómetro interno para saber cuándo atacar, y cuándo retirarse.
No fueron los únicos en despedirse, pero sí fueron de los pocos afortunados en poder hacerlo antes de que el contador de visitas se convirtiera en una sentencia. En algún momento de su vida, Manuel había vivido para streamear en lugar de streamear para vivir. No concebía una existencia fuera de un set up, con una cifra debajo de su rostro la cual consideraba una materialización de su valor como persona.
Para sorpresa de todos, la televisión no murió y las estrellas fugaces de Internet no dudaron en tratar de obtener un lugar en el medio del que tanto habían renegado. A Santiago su carisma lo había instalado sin problemas en programas deportivos, era casi natural, su conocimiento en el tema era mayor que el de muchos panelistas famosos y se había hecho un lugar en el medio al ser vinculado, a veces erróneamente y otras no, con famosas codiciadas.
A Manuel le costó un poco más encontrar su lugar, no quería hacerse desde abajo, estaba acostumbrado a estar en el foco de la cámara. Al inicio, consideró la radio, no era tan diferente a hablar por horas frente a la computadora pero optó por la labor de productor. Sentía que de alguna manera tanto años frente y detrás de la cámara, siendo el artífice del éxito que tuvo con sus amigos, le habían dado la experiencia necesaria para entender qué quería la gente o cómo venderselo.
El éxito no lo sorprendió, jamás en su vida se había propuesto una meta profesional la cual no haya podido alcanzar. Sin embargo, los primeros años era imposible no sentir una decepción y retroceso al comprarlos con sus días dorados de streaming, era difícil considerarse exitoso al ver a otros levantando premios a su nombre, hasta que los ceros se empezaron a acumular en sus cuentas, y ese fue el sedante necesario para sosegar su ego herido.
Tras una racha de proyectos bien recibidos y todavía mejor vendidos, llegó la oferta de establecer su propia productora, si bien le pertenecía en partes iguales a las empresas accionistas, era suya en todo lo que importaba. Menos en declaraciones de impuestos.
Santiago había sido la primera y única persona en la que pensó como socio igualitario. Eran amigos hace casi una década, todo lo que habían conseguido lo habían logrado trabajando juntos, y más importante, Baietti no lo iba a cagar. Manuel sabía demasiadas cosas de Santiago, le podía arruinar la vida en un abrir y cerrar de ojos, pero sabía que nunca iba a tener que recurrir a eso.
Era un riesgo grande, los ahorros de toda la vida de Manuel y la futura herencia de Santiago se podían ver gravemente afectadas si este siguiente paso en sus carreras laborales no salía como ellos proyectaban. Pero Manuel siempre caía bien parado, no tardaron en asociarse con el canal que tradicionalmente todos los argentinos sintonizaban durante el almuerzo y la cena, con el que Manuel había colaborado desde chico.
Las propuestas para conducir alguno de los tantos programas de los que había sido artífice eran barajadas pero descartadas. Para alguien que anhelaba más que nada que los reflectores se volvieran a posar sobre su rostro, se encontraba reacio a aceptar una propuesta que no considerase innegablemente perfecta. Con el tiempo, por supuesto, llegó.
Dos años atrás, la posibilidad de ser host de un talk show había tocado a la puerta de su oficina. Pensó en agradecer y negarse, era un formato demasiado quemado y que no generaba los números que supo hacer hace 20 años o más. Pero la nota que uno de los directivos del canal había adjuntado a la propuesta picó su interés. La suma dispuesta a invertir en la realización del programa era exorbitante, proponía algo más que un programa de entrevistas e invitados, prometía un programa longevo que lo podía convertir en una de las grandes figuras del canal. Manuel aceptó.
El programa salió al aire por primera vez a finales de marzo del corriente año y Manuel entendió lo cierta que era la famosa frase…No firmes nada con…
Las promesas del canal no habían sido cumplidas, pero el programa había tenido un recibimiento cálido por parte del público, el rating había sido una sorpresa muy buena que trajo consigo las tan esperadas inversiones por parte de auspiciantes. Claro que esto no significaba una diferencia grande para el presupuesto del programa, del cual Merlo, a su pesar, solo era el conductor.
Se sentía pleno y realizado de todas formas, entendió que extrañaba, más que a nada, el cariño de la gente. Y ver su cara en una pantalla.
Para dar un cierre a un año tan fructífero, Manuel propuso filmar un especial de navidad en Nueva York y los directivos dieron el visto bueno. Merlo pensó que podía funcionar, la mayoría de los televidentes disfrutaba el encanto festivo de la navidad anglosajona, lejana a la calurosa vorágine del diciembre argentino. El canal había apostado al especial y lo había mostrado con una generosa suma. Manuel necesitaba un éxito, era su oportunidad para sumarse a la mesa directiva del canal.
Lo que lo trae de regreso a su actualidad, cagándose de calor en la camioneta de Santiago, a quién le había pedido que lo trajera a Ezeiza después de media hora tratando de conseguir uber. No entendía cómo el cielo podía estar nublado y al mismo tiempo hacer tanto calor.
Manuel tenía todos sus documentos personales y el pasaje en su bolsa de mano, tenía el celular con batería en el bolsillo del pantalón y estaba en tiempo. Estaba llegando bastante temprano, en realidad; durante el viaje había recibido una notificación de un retraso en el vuelo por condiciones climáticas. Esperaba que la demora no fuese demasiada, el itinerario ya se encontraba rigurosamente definido y el día siguiente tenía una reunión a primera hora de la mañana.
El movimiento de la camioneta estacionándose, o el intento de Baietti por estacionar, lo arrancó de su rumiación.
—Bueno querido, ya está pago por la app —dijo su amigo con una sonrisa, Manuel dejó salir una carcajada corta.
—¿No me vas a acompañar adentro? —preguntó el más grande con falsa indignación.
—¿Un beso de despedida querés también? —respondió Santiago, que no tenía planes de bajar de la camioneta.
—Dejá, no quiero que Sele se ponga celosa —dijo riéndose y desabrochando el cinturón de seguridad.
Santiago lo ayudó a bajar la valija del baúl y se despidió con un abrazo. Mientras se dirigía a las puertas de ingreso, sintió una brisa inusualmente helada en su pelo. Miró el cielo encapotado, parecía que iba a llover.
Había realizado el check-in online con anticipación por lo que se dirigió a despachar el equipaje, el Aeropuerto Internacional de Ezeiza se encontraba colmado de gente, todos compartían el malhumor causado por el clima y el repentino retraso de varios vuelos con destinos situados en el hemisferio Norte.
Mientras esperaba su turno en la fila, buscó su celular en el bolsillo del pantalón, al desbloquearlo no pudo evitar sonreír viendo la imagen que ocupaba su fondo de pantalla. Mía. La nena más hermosa y buena del mundo, todo el amor que habitaba en lo más profundo de su corazón y alma, hecho una pequeña personita. Mía había nacido una calurosa mañana de verano hace 5 años y había cambiado por completo su vida entera.
No importaba cuantas veces viera la foto, Mía en su último cumpleaños, vestida de la princesa de una peli nueva de Disney que había visto tantas veces que hasta Manuel la sabía de memoria. Tenía la misma sonrisa que él, su pecho se estrujaba cada vez que notaba el parecido entre los dos. Lu, la mamá de Mía, su ex mujer, siempre se quejaba de que no había sacado nada de ella. Manuel decía que había heredado de ella lo más importante, su carácter.
Buscó el contacto de Lucía y le escribió un mensaje rápido “Ya estoy en el aeropuerto, te aviso cuando esté por embarcar”. La fila no avanzaba y todo el mundo se quejaba cada vez más fuerte. Su celular volvió a sonar, esperó ver un mensaje de Lu, capaz le había mandado una foto de Mía volviendo de la colonia de vacaciones.
No era un mensaje de Lucía, ni de nadie más, era un correo de la aerolínea cancelando el vuelo por una alerta del servicio meteorológico nacional, explicando el protocolo de reprogramación del mismo. Levantó la vista, tratando de verificar si se trataba de un error, todas las pantallas mostraban el mismo mensaje. Alerta naranja, se recomendaba a los pasajeros retirarse de las premisas y seguir las instrucciones del reembolso o reprogramación de sus respectivos vuelos.
─La puta madre ─Manuel lo pensó pero alguien más lo había dicho. Extrañamente, la voz le resultaba conocida, la persona de atrás seguía puteando por lo bajo y el morocho estaba seguro de que había escuchado esa voz antes pero no sabía a quién podía pertenecer. Era como una melodía de una canción cuyo nombre tenía en la punta de la lengua, pero no podía recordar.
Por alguna razón, todos los afectados seguían en la fila, los que se encontraban adelante pedían explicaciones y la rubia impoluta del mostrador tenía una sonrisa tirante en el rostro, asentía con la cabeza mientras explicaba que era un evento de fuerza mayor, la ruta del vuelo pasaba por el ojo de una tormenta en el sur de Brasil, era una medida preventiva necesaria.
Las pantallas suspendidas del techo mostraban el noticiero del canal en el que Manuel trabajaba, conocía a los presentadores, el detrás de cámara, a los chicos de sonido y luz, muchas veces había estado en la cabina de control. Ahora no veía nada de eso, ni las caras de sus colegas, ni los detalles del graph, toda la pantalla estaba siendo ocupada por imágenes de la costa, de lo que parecía ser Brasil, siendo azotada por ráfagas de viento que doblaban palmeras y movían autos estacionados.
La mayoría de las personas a su alrededor también se encontraban absortos, incapaces de quitar la vista de las pantallas. Escuchó al tipo de atrás volver a hablar, la sensación de frustración de no poder ponerle un nombre a la voz era cada vez mayor, con disimulo dio media vuelta. La fila empezaba a romperse y la gente a dispersarse, de todas maneras debía girarse para dirigirse a la salida.
Fue muy rápido, el momento en que se dio cuenta que era él. El pelo seguía siendo el mismo rubio oscuro y fino, ahora peinado prolijamente hacia un costado, la nariz chiquita y recta. Lo único que podía delatar el paso del tiempo a simple vista era la sombra de una barba recientemente afeitada que enmarca sus labios delicados. Sus ojos miraban hacia abajo, estaba mirando la pantalla de su celular mientras sus dedos tipeaban con velocidad.
─¿Moski? ─la palabra, que se sentía extranjera en su lengua después de tantos años, abandonó sus labios antes de poder pensarlo dos veces.
La reacción no fue instantánea, vio como los dedos del rubio se congelaron sobre la pantalla, Manuel estaba a punto de volver a repetirlo cuando vio como el nombrado levantaba lentamente la mirada. Sí, era él. Cuando sus ojos por fin se encontraron Manuel sintió que se quedaba sin aire.
─Manuel ─no era una pregunta, el morocho pensó que capaz su nombre también se enredaba en la lengua del otro después de tanto tiempo. No pensaba que iba a volver a escuchar esa voz diciendo su nombre, no creyó que un día lo iba a volver a ver. No pudo contener la sonrisa que se abrió paso por su rostro aún si solo obtenía como respuesta una mirada cautelosa.
─¿Qué hacés acá? ¿Cómo estás? ─no estaba muy seguro de lo que estaba diciendo, las palabras salían de su boca antes de que su cerebro las pudiese procesar. No podía contener la emoción que brotaba de su pecho. Hace muchos años había perdido la esperanza de poder volver a verlo, tuvo que suprimir el impulso de acercarse y tocarlo para asegurarse de que fuese real.
Moski se había ido un día de invierno al mediodía, había tocado a la puerta de su habitación y una vez adentro puso patas para arriba su mundo con una simple oración. Se iba una semana de viaje a Dubai, de todos los destinos en el mundo, por alguna razón que escapaba a su conocimiento. La semana pasó y no volvió. A Manuel nunca le habían roto el corazón, pero pensó que se debía sentir de esa forma.
No discutieron, ni cuando le dijo que se iba una semana, ni cuando le avisó que se iba a quedar a vivir ahí, simplemente hubo silencio, tan extenso que dolía, tan grande que sentía que cruzaba todo el océano que los separaba.
Con el pasar de los días la tristeza había mutado en algo oscuro y feo, que quemaba en el centro de su pecho. Había tratado de enterrar el dolor bajo capas y capas de bronca, de enojo, de odio. Pero no lo podía odiar, mucho menos cuándo se ponía a pensar seriamente en por qué lo había dejado.
Moski no le contestaba los mensajes ni las llamadas, él había tratado de darle espacio. Espacio para que se diese cuenta de que ninguna pelea que hayan tenido podía ser tan seria, que nada justificaba escaparse al otro lado del mundo con un desconocido que había llenado su cabeza de promesas vacías. Que lo que sea que buscaba no lo iba a encontrar ahí, rodeado de gente interesada que no lo iba a cuidar, que no lo iba a querer, no como él lo quería. Manuel tampoco quería que le respondiese las llamadas, no confiaba en lo que podía a salir de su boca, de todas formas siguió intentando.
Un día de primavera, tres semanas después de irse, lo atendió y lo tomó desprevenido. No sabía qué decirle. “Por favor, andate de ahí” fue lo que se escuchó decir. Su amigo le dijo que había comprado un pasaje para irse al día siguiente y el morocho se sorprendió del poder que podían llegar a tener un par de palabras. “Me voy mañana, vuelvo a Madrid” le había dicho, la monotonía e indiferencia en su voz eran dolorosas pero el alivio era más grande.
Moski nunca volvió, había prometido ir a buscar sus cosas pero los meses pasaron y el contrato del departamento venció. “Tírenlas” le había escrito un día de enero a Santiago por mensaje cuando el castaño preguntó qué hacer con sus pertenencias. Se había ido con unas cuantas prendas en la valija, las zapatillas que llevaba puestas ese día y el celular que le había regalado Manuel en el bolsillo, nada más. Toda su ropa seguía en el ropero, sus perfumes estaban vacíos, se los había regalado a Santiago.
Manuel puso todo en una caja, no las podía tirar, pensó en donar la ropa que él mismo había comprado. Mientras vaciaba el cuarto encontró, al fondo del placard, el vinilo que le había regalado para su cumpleaños. La habitación estaba llena de regalos de Manuel y ahora los tenía que tirar.
El vinilo tenía el plástico que lo recubría intacto, Moski nunca lo había abierto y menos escuchado. Decía siempre que tenía que comprar un tocadiscos pero que se olvidaba. Manuel había pensando en comprarle uno pero también se había olvidado, los últimos meses antes de que se fuera habían estado distantes, tenían sus mentes puestas en cosas diferentes, frecuentaban lugares diferentes con personas diferentes. Hace mucho habían dejado de ser solo ellos dos. Manuel pensaba que capaz tendría que haberle comprado el tocadiscos.
Había reproducido las últimas semanas antes de su partida obsesivamente en su mente, pensando que tal vez si descubría qué había hecho mal, capaz, el rubio podía cambiar de parecer y volver a su lado. Pero Manuel no podía asumir ninguna culpa, y aunque lo hiciese, Lautaro no iba a volver.
Una noche de verano, con una chica cuyo nombre no iba a recordar en unos meses al lado suyo, aceptó que su amigo no iba volver y que seguramente ya ni siquiera era su amigo. Sintió como los ojos se le humedecían aún si los apretaba con fuerza. Se dio cuenta que iba a tener que aprender a estar frente a la cámara sin él, a no escuchar su voz aguda cantando en el baño, a no tener con quién hacerle la contra a Santiago, con quién pelear por cosas insignificantes, con quien ver series que no le interesaban mucho pero que terminaban con el rubio buscando su calor.
Iba a tener que aprender a vivir sin él, como había hecho por 23 años de su vida. Pensó que hubiera sido mejor no haberlo conocido nunca, no se podía extrañar algo que nunca había sido suyo. Lo más cruel que le había hecho Lautaro era eso, haberle enseñado que era capaz de amar tanto a alguien que deseaba poder borrarlo de su memoria.
Pensó que podía consolarse con el amor de la gente, con el apoyo de sus amigos, con el calor de mujeres y con el resentimiento público que recibía el rubio, al que la gente que quería a Manuel llamaba traidor. Pero solo el tiempo pudo hacer que ese vacío en su pecho, que tenía una forma demasiado conocida y que solo lo visitaba en sueños, dejara de arder.
Pensó que, efectivamente, había podido olvidarlo porque verlo enfrente suyo se sentía como otra primera vez. Sus cejas estaban levemente fruncidas, y sus ojos parpadearon erráticamente durante unos instantes antes de responder.
—Como el orto, me cancelaron el vuelo.
Una risa corta escapó de su pecho, la situación se sentía surreal. Notó que estaba rascando sus brazos cubiertos por la tela fina cuando el rubio bajó su mirada hasta sus manos, detuvo la acción al instante y cruzó sus brazos tratando de evocar una calma que no poseía. Ladeó su cabeza en la dirección de una de las pantallas.
—Estamos todos en la misma —agregó con otra risa nerviosa. Una vez pasado el shock inicial, Manuel podía atestiguar un poco más el paso de los años, pequeñas líneas al costado de los ojos y su boca. El rubio parecía haberse compadecido de él y lentamente le devolvió la sonrisa, pero no podía sostenerle la mirada.
Manuel pensó en qué más decir, en preguntarle si tenían el mismo destino, si había vuelto a vivir en el país, consideró rápidamente cientos de preguntas pero no pudo hacer ninguna porque el rubio se ocupó de llenar el silencio antes.
—Casi no me doy cuenta que me hablaste a mí —le dijo bajito— hace un montón nadie me dice así.
Así. Moski, no Lautaro. Manuel lo había llamado por su nombre propio tan pocas veces que las podía contar con los dedos de sus manos. Recordaba la bronca líquida corriendo a través de sus venas cuando escuchó ese nombre salir de la boca de ese tipo que apenas lo conocía, por lo menos en esa primavera, hace diez años.
—¿Ya no te paran en la calle para pedirte fotos? —no pudo detenerse de preguntar con un poco de diversión. Moski, Lautaro, dejó escapar una pequeña risa nasal y al escucharla, la nostalgia hizo estragos dentro de su pecho.
—No, por suerte hace bastante que no —contestó con una sonrisa ladeada.
—Capaz porque no te reconocen, estás hecho mierda —Mintió. Lautaro seguía igual de lindo que la última vez que lo vio.
—Andá a cagar, forro— le contestó riéndose. La incomodidad parecía desvanecerse pero todavía quedaban silencios por llenar.
—¿Hace mucho estás acá? —trató de sonar casual, no quería que su curiosidad por el paradero del otro fuese tan obvia.
—Vengo seguido por trabajo —respondió vagamente, girando el celular en su mano— mi mamá y mi hermana se volvieron a Rosario, de paso vengo a verlas.
Manuel asintió lentamente, se dio cuenta que estaba siendo poseído por una curiosidad nada cortés, se encontraba casi desesperado por saber más, sobre su trabajo, sobre su familia, sobre su estadía en el país pero el rubio no parecía querer ahondar en el tema.
El frenesí de sus pensamientos impacientes fueron interrumpidos por la voz proveniente de los altavoces, anunciando una nueva serie de vuelos cancelados, las pantallas seguían brillando con un mensaje que rozaba lo catastrófico y el pánico finalmente empezó a bullir entre los presentes.
Una vez terminados los anuncios, silencio y una falsa sensación de calma parecieron envolver todo el aeropuerto. Duró apenas unos segundos, en un abrir y cerrar de ojos estaban siendo rodeados por una multitud de personas que trataban de llegar a las puertas principales.
Casi como una segunda naturaleza rodeó el cuerpo del más bajo con su brazo izquierdo, guiándolo instintivamente a una de las entradas menos aglomeradas. Sintió al rubio tensarse bajo su toque, pero no opuso resistencia alguna y se dejó dirigir.
—¿Viniste con alguien o te trajeron? —preguntó alzando la voz. El rubio parecía abrumado con la situación y Manuel pensó que algunas cosas no cambiaban.
—Vine en taxi —respondió Lautaro, sus ojos marrones brillaban con preocupación, moviéndose frenéticamente entre las posibles salidas— dudo conseguir uno ahora.
—Bancame un segundo —fue lo que le dijo mientras tanteaba sus bolsillos en busca de su celular. Marcó el número de Santiago en tiempo récord y escuchó la voz del castaño cuando cruzaron la puerta de entrada.
—¿Dónde estás? —preguntó sin rodeos cuando fue atendido.
Cargando nafta, ¿qué pasó?. Apenas podía oír la voz de Santiago bajo el bullicio a su alrededor.
—Necesito que me vengas a buscar —antes de que el castaño pudiera empezar a quejarse, continuó— .Me cancelaron el vuelo, parece que se viene un temporal. Hay un mar de gente acá fuera, voy a estar hasta mañana esperando un taxi. Haceme el favor, vení.
El castaño refunfuñó porque quejarse es gratis y le dijo que lo esperará, que todavía tenía unos cuantos autos adelante en la estación de servicio. Manuel le agradeció y le aseguró que se lo iba a recompensar, capaz este año le daba el gusto de darle vacaciones en enero.
—¿Conseguiste en qué volver? —preguntó Lautaro, casi con timidez. ¿Habrá reconocido la voz de Santiago a través del celular?
—Sí, ahora en un rato viene —respondió Manuel con rapidez, había omitido conscientemente mencionar a Santiago, pero no entendía bien por qué—Te llevo a dónde te estés quedando, no te hagas drama por conseguir un auto.
Los ojos de Lautaro se ensancharon por un instante antes de desviar la mirada. Miró fijamente la pantalla de su celular antes de volver a encontrarse con sus ojos verdes.
—Hice el check-out en el hotel hace un rato, estoy esperando que me contesten para ver si queda algo disponible —Llevó una de sus manos a su cabello, tratando de peinarlo aunque se encontraba perfecto— .Estoy buscando en otros lugares igual.
Manuel asintió, le respondió en un murmullo que se quede tranquilo, algo iba a poder encontrar. Una corriente helada de viento envolvió sus cuerpos, el cielo estaba colmado por nubes grises, el pelo rubio corto de Moski se veía más claro de lo que recordaba. Las finas hebras se mecían lánguidamente por la brisa, era casi hipnótico.
Su celular volvió a sonar, contestó sin mirar, supuso que era Santiago. “Manu, ¿ya estás en el avión?” La voz de Lucía lo tomó por sorpresa, se percató de que Lautaro lo miraba expectante y desvió la mirada.
—Hola, Lu. No viajo al final, me cancelaron el vuelo— miró de reojo a Moski, que se encontraba mirando la pantalla de su celular, tratando de darle privacidad. Lucía le preguntó si necesitaba que lo vaya a buscar del aeropuerto, que ya habían vuelto de la colonia de vacaciones y estaban por almorzar —. No, no. Está por llover, prefiero que se queden en casa con Mía. Ya conseguí como volver, quedate tranquila.
Le aseguró que estaba todo bien, que las iba a llamar cuando esté de nuevo en el departamento, antes de despedirse y colgar. Vio que Santiago le había mandado un mensaje durante la llamada, ya se encontraba en camino.
—¿Tu novia? —fue lo que preguntó Lautaro, lo miraba desde abajo, sus ojos grandes y marrones atentos e ilegibles.
—Mi ex —dijo Manuel con una sonrisa de costado— la mamá de mi nena—agregó, lo sentía necesario.
La cara de Lautaro se tiñó de sorpresa que no puedo disimular. Manuel se dio cuenta que en todos estos años el rubio jamás hizo por buscarlo en alguna de sus redes sociales, si lo hubiera hecho la noticia no sería una novedad.
—Sos papá —fue lo que le dijo, no era una pregunta. Manuel asintió y aprovechó que tenía el celular en la mano para mostrarle su fondo de pantalla.
—Se llama Mía, cumplió cinco hace poco— entró a la galería para buscar más fotos, Mía con su uniforme del jardín, jugando en los jueguitos del patio, con el perrito que le había regalado para su cumple, en la playa cuando se fueron de vacaciones en julio— Es un angelito, nunca se porta mal, hace todas las tareas solita. No salió a mí— dijo riéndose, no podía evitar ser un papá baboso.
—Es igualita a vos —le dijo el rubio con una pequeña sonrisa— es hermosa, Manu— agregó, buscando sus ojos. El pecho de Manuel se llenó de orgullo y se contrajo de manera dolorosa cuando Moski tomó su celular entre sus manos para seguir viendo las fotos. Ahí fue cuando lo notó, en el dedo anular de su mano izquierda brillaba una delgada alianza de oro.
—¿Vos? —preguntó sin pensar.
—¿Yo qué? —respondió el rubio con otra pregunta, devolviendo el celular.
—¿También sos papá? —preguntó despacio. Por su mente pasaban pequeños niños rubios, con ojos grandes color avellana.
Lautaro lo miró con las cejas arrugadas y con una sonrisa triste negó con la cabeza.
—Todavía no —dijo dejando salir una risa pero el morocho sabía que era sin gracia— pero me gustaría —agregó, pero no hacía falta. Manuel lo conocía.
—¿Te llevás bien con la mamá, entonces? —Trató de cambiar el tema. Manuel asintió y dejó escapar un sonidito afirmativo.
—Lu es una genia, es una madraza, separarnos fue una decisión de los dos, nuestra prioridad siempre fue Mía —le explicó.
—¿Hace mucho se divorciaron? —le preguntó con tanta inocencia que no pudo contener la risa.
—Nunca me casé —le respondió con una carcajada. Lautaro enarcó las cejas y entrecerró los ojos.
—Qué villero que sos— le dijo divertido, y Manuel soltó una risa todavía más fuerte.
—¿Y vos? —le preguntó, recobrando el aliento.
—No estoy divorciado, si es lo que preguntás —respondió más serio.
—¿Casado, entonces? —preguntó sin despegar la mirada de la alianza en su mano. Lautaro asintió pero no agregó nada más, después de tantos años parecía seguir sin querer hablar de su vida personal.
Afortunadamente, su celular volvió a sonar, acabando con el silencio incómodo. Era Santiago, le pidió que lo esperara cerca de los estacionamientos, tan alejado de las terminales como sea posible para evitar el embotellamiento de autos.
—Vamos a tener que caminar un toque —le dijo y guardó su celular. Con un movimiento de su cabeza le indicó hacía donde ir, antes de hacer alguna boludez como depositar su mano en su espalda baja para mostrarle el camino, de nuevo.
Caminaron en silencio hasta llegar al final del estacionamiento, Lautaro revisaba constantemente su celular mientras Manuel compartía la dirección en tiempo real a Santiago.
—Qué loco — dijo Lautaro bajito, casi para sí mismo hasta que notó la mirada de Manuel sobre él— encontrarnos acá.
Manuel pensó que, de hecho, era extraño no haberse cruzado con él antes. Si Lautaro viajaba con la frecuencia que le había comentado. Pero el rubio continuó.
—Acá también fue donde nos vimos por primera vez, ¿te acordás? —El morocho se quedó sin palabras, ¿cómo se iba a olvidar?— .Bueno, acá no, pero adentro.
—En la terminal de arribos —le respondió un poco atontado— te esperé como 3 horas esa noche, no llegabas más.
—¿Sabés que pensé cuando llegué? —preguntó divertido. Manuel no tenía idea.
—Que yo parecía un boludo —afirmó el morocho, se acordaba que fueron las primeras palabras que salieron de la boca de Lautaro. El rubió se rió y la sonrisa llegaba hasta sus ojos.
—También, pero eso te lo dije —con los ojos marrones clavados en el piso, continuó— .Lo que no te dije es que tenía miedo de no caerte bien— dijo bajito— porque no tenía plata para comprarme un pasaje de vuelta.
Con razón esperaste tanto para irte, lo pensó pero no lo dijo. Simplemente se rió y volvieron a sumirse en un silencio que lo dejaba intranquilo. Hablar con Lautaro siempre se había sentido natural, solo una mirada bastaba para entenderse, no hacía falta terminar oraciones. Manuel pensó que quizás ese había sido su error, tendrían que haber hablado más. Porque diez años después sentía que las palabras no eran suficientes y no tenía idea de qué podía estar pasando por la cabeza del otro.
Pudo ver a Santiago estacionado a unos metros y pensó que era un buen momento para mencionar a su antiguo compañero de departamento.
—Allá en la esquina está Santi —dijo el morocho, inclinando su cabeza en dirección a la camioneta estacionada.
—Santi…¿Bauleti? —preguntó el rubio despacio. Manuel asintió y pudo ver como el menor dejaba escapar un suspiro—Bueno, falta Balza y estamos todos —dijo con una risa nerviosa.
El morocho soltó una risa corta y le comentó que Agustín vivía hace varios años en el exterior, produciendo realities. Lo cual no sorprendió al rubio, dado que conocía de primera mano la habilidad especial de Balzano para crear personalidades.
Manuel pudo sentir como Lautaro inhalaba profundamente cuando abrió la puerta de la camioneta, sintió el aire acondicionado acariciando su rostro y la voz de Santiago quejándose de cosas que no se molestó en escuchar.
—Mirá a quién me encontré —dijo con diversión, tratando de ocultar su propio nerviosismo.
Santiago arrugó el entrecejo, sin poder entender. Manuel se hizo a un lado, dejándole un huequito al rubio, que tímidamente se acercó a saludar. El morocho pudo ver el instante en el que el rubio entró en el campo de visión de su amigo reflejado en su rostro. Se preguntó si su cara de asombro había sigo igual de graciosa que la de Santiago.
—¿Moski? —preguntó el castaño, parpadeando erráticamente por unos instantes antes de dirigir su mirada a Merlo, queriendo confirmar que no estaba alucinando. El morocho dejó escapar una risa corta, perpleja.
—Hola, Santi —dijo despacio.
Para sorpresa de Manuel, el viaje había contado con todo menos con silencios incómodos. El reducido espacio entre ellos se había llenado rápidamente con la excesiva y descarada curiosidad de Santiago, que no tenía tapujos para hacer las preguntas que Manuel no tenía el valor de articular. Merlo nunca había agradecido tanto lo congénitamente chusma que era su mejor amigo.
Se enteró que el rubio residía en Nueva York hace unos tres años con su flamante esposa, Alma, una arquitecta española con la que había coincidido en un proyecto laboral años atrás. Tras la insistencia de Baietti, Lautaro buscó fotos de la ceremonia en su celular.
Alma era preciosa, una rubia esbelta, con piernas largas y un rostro angelical. Como todas las chicas que alguna vez les había presentado Lautaro. Se habían casado en la primavera del hemisferio norte, el altar estaba rodeado de flores y el velo translúcido de organza abrazaba la figura de la novia como un halo de luz. Lautaro tenía una sonrisa gigante en su rostro y un smoking negro.
Las primeras gotas de lluvia golpearon con fuerza el parabrisas cuando Santiago contaba con lujo de detalles el día que Manuel vomitó su baño al enterarse que iba a ser papá y las risas dentro de la camioneta cesaron cuando una fuerte ráfaga de viento envolvió el vehículo con ferocidad, haciendo vibrar ligeramente los vidrios de las ventanas.
Baietti encendió las luces bajas de la camioneta y el desempañador, no hizo falta reducir mucho la velocidad, ese veintidós de diciembre la ruta se encontraba bastante colmada. Manuel notó como el castaño bajó sutilmente el volumen de la música desde los controles laterales del volante, al cuál estaba agarrando mucho más fuerte que horas atrás. Manuel sabía que Santiago prefería ser copiloto a conductor y más aún cuando llovía.
Miró a Moski por el espejo retrovisor, todavía se sentía absurdo tenerlo a centímetros de distancia. El rubio tenía un celular en su mano derecha y otro sobre su rodilla izquierda, ambas pantallas estaban iluminadas y no paraban de recibir notificaciones.
—¿Pudiste encontrar algo? —inquirió el morocho y esperó no sonar insistente.
Lautaro juntó sus cejas, tratando de procesar la pregunta y negó con la cabeza. Bloqueó los celulares y se dejó caer contra el respaldo del asiento.
—Nada. No tienen lugar o directamente no me contestan —llevó sus manos a sus cabello para acomodarlo sin necesidad— .Avisé en el laburo que no llegaba hoy y ya están lloviendo los mails.
—¿En qué estás laburando, Moska? —preguntó Santiago con demasiada familiaridad. El rubio sonrió y volvió a pasarse su mano por el flequillo, Manuel ahora podía notar que estaba partido a la mitad, en lugar de la raya al costado que había preferido años atrás.
—En una empresa de publicidad y turismo, se podría decir…—tenía clavada la mirada en el techo, parecía estar buscando las palabras correctas— es medio que un quilombo—dijo con una risa corta— ,trabajamos más que nada vendiendo viajes y estadías.
—Qué bueno hermano, ¿Y qué hacés ahí? ¿marketing, logística, asesorás…
—Soy el dueño —murmuró y pudo ver como los ojos de sus antiguos compañeros buscaban los suyo en el retrovisor—bah, accionista mayoritario junto con un amigo, bueno mi socio —continuó balbuceando con un poco de timidez— .Empezó como un startup hace unos años y creció bastante.
Baietti dejó escapar un silbido largo que le sacó otra risa.
—Nah Moska, es tremendo lo tuyo, te felicito hermano— dijo buscando la mirada de Merlo— ¿No estás tomando gente? Estoy harto de que me negreen por dos pesos acá.
—Santiago, dejá de boludear y mirá adelante —dijo serio Manuel y arrancó otra risa del rubio.
—Encima de villero seguís mercenario —le dijo el rubio divertido mientras se acomodaba a la orilla del asiento, acortando la distancia.
—No le creas nada a este tarado, sigue igual de mentiroso que siempre —resopló y se giró a mirar al rubio.
—Mmmh, el mentiroso siempre fue otro si no me acuerdo mal —dijo con una sonrisa, tan brillante que Manuel casi olvida de qué lo estaba acusando.
—Mentiroso, villero y mercenario… —dijo despacio con tristeza fingida— y yo que te estaba por ofrecer mi departamento hasta que encontrés algo.
Lautaro paró de reír abruptamente y lo miró con los ojos muy abiertos. Qué lindo tono de marrón eran, Manuel ya casi no se acordaba.
—No, no te quiero molestar —balbuceó rápido— ya que me traigan con Santi hasta Capital es un montón, chicos.
Manuel arrugó el ceño, no entendía cuál era el problema pero Santiago se adelantó.
—Pero, ¿qué problema va a haber, Moski? venís al depto de Manu o a mi casa un rato —dijo el castaño restándole importancia.
Lautaro no parecía convencido, tenía los labios fruncidos y seguía scrolleando sin parar la pantalla de uno de sus celulares.
—Tan cerca de las fiestas y con este temporal va a estar complicado, pero algo vas a encontrar —Manuel quiso tranquilizarlo un poco, sabía que la cabeza del rubio daba muchas vueltas en pocos segundos— ,podés venir a mi casa y buscás tranquilo algo.
Aunque el morocho le ofreció una sonrisa sincera, el menor no se veía convencido. Abrió la boca para reiterar que no quería molestar cuando el celular de Santiago comenzó a sonar. Baietti contestó la llamada desde los controles del volante y rogó que no fuera nada comprometedor, el bluetooth estaba conectado al estereo.
Una voz femenina saludó, sin saber que estaba en altavoz, Merlo contuvo una risa y le indicó a Lautaro que no hiciera ningún ruido. La chica que ignoraba por completo la situación, se encontraba muy indignada con el clima arruinando sus planes para esa tarde y no dudó en hacérselo saber a Santiago con lujo de detalles.
“No sabés la bronca que tengo Santi, tres semanas estuve preparando todo para el evento, lo van a cancelar y ni siquiera me voy a poder quedar con la ropa…” Santiago cerró los ojos y trató de calmarla, prometiéndole que iba a tratar de hablar con alguien de la producción.
A Manuel le dio un poco de pena la tristeza en la voz de la nueva novia de Santiago, era jovencita y recién empezaba en el medio, las veces que Merlo había cruzado palabras con ella le pareció una chica muy agradable, por más que hablara un poco como boluda. Vio la cara de Lautaro por el retrovisor, con una ceja levantada y una mueca en sus labios, pensó que no compartía la misma empatía por su predicamento.
“¿Venís a buscarme del canal, no? terminamos antes por la lluvia”
—En media ahora estoy allá amor, voy manejando, en un rato te llamo —y tirando un pequeño beso al parlante cortó la llamada.
—Cómo te tienen, eh —le dijo el morocho divertido
—Dios, no empecés —suplicó Baietti.
En el resto del viaje Lautaro se encargó de cobrarse las interminables preguntas de Santiago sobre su vida amorosa y personal. El castaño le comentó de sus conquistas más escandalosas, las que llegaban a la tapa de revistas y las que jamás habían trascendido. Le habló de Selene, su actual novia, una notera de espectáculos con la que compartía canal y no habían tardado en terminar compartiendo también las sábanas.
Para su propia sorpresa los encuentros casuales se habían convertido en algo cotidiano y por primera vez en muchos años había dejado de sentir la necesidad de concurrir a locales bailables de jueves a domingo. Manuel se burló, diciendo que era hora de que sentara cabeza de una vez. Santiago le contestó que no todos tienen la mala suerte de que se les pinche un forro, con lo que se ganó un golpe corto y seco en la nuca.
Santiago se encargó de informarle a Lautaro el infierno que era seguir trabajando con Manuel, que los años lo habían convertido en un tirano peligrosamente poderoso. Manuel le dijo que no lo notaba muy arrepentido cada vez que llegaban las cenas de fin de año del canal.
Cuando la camioneta se paró frente al edificio de Manuel, el morocho inhaló profundo antes de girarse a ver al menor.
—¿Venís? —preguntó con demasiada ilusión en su voz. El rubio asintió y bajaron del vehículo, Manuel sacó las valijas del baúl de la SUV mientras Santiago los saludaba por la ventana, negado a bajar a mojarse.
—La dejo a Sele en casa y vuelvo, prepará una picada o algo —dijo mirando a Merlo— nos tenemos que poner al día.
Manuel puso los ojos en blanco mientras trataba de resguardarse de la lluvia con el bolso de mano, Lautaro saludó a Santiago antes de correr hasta la entrada.
El viaje en ascensor había sido algo silencioso, por decirlo de alguna manera. Las trivialidades y bromas de Santiago que los habían envuelto en una burbuja de falsa familiaridad y cercanía se habían desvanecido una vez que el resto del mundo quedó afuera de las cuatro paredes que ahora los aprisionaban.
El departamento de Manuel era un loft inmenso y luminoso, tenía una vista increíble al puerto y Lautaro estaba seguro de que no tenía un cuarto de invitados. Gritaba departamento de soltero.
—Ponete cómodo, ahora traigo unas toallas— dijo dejando el equipaje junto a la puerta.
Lautaro dejó sus cosas junto a las de Manuel y puso su rompevientos empapado sobre la valija. Examinó con más detenimiento el departamento, la luz era cálida, las puertas del balcón eran de vidrio, la cocina estaba integrada a un pequeño desayunador y separada del living por puertas corredizas. Las repisas y muebles estaban llenos de fotos de la nena de Manuel, sonriendo con ojos brillantes en cada una de las fotos.
—No es mucho, pero es lo que hay —dijo el morocho con falsa modestia al regresar cambiado, le alcanzó una toalla azul muy suave y una muda de ropa seca, a pesar de que el rubio tuviese una valija llena de ropa. Lautaro pensó que seguramente tenía a alguien que lo ayudara con la limpieza, el departamento estaba impecable.
—No te creés ni vos, deben salir una fortuna las expensas —le contestó el rubio indignado. El morocho se rió y pasó una toalla por su cabello húmedo.
—Pero vos ahora estás acostumbrado a los lujos del primer mundo —le dijo con una sonrisa— ,ni quiero saber que debes opinar de mi departamento de villero.
—Yo diría que es de gatero más que otra cosa —respondió el rubio sin pensar y vio como el rostro del mayor se contorsionaba entre la risa y la indignación— .No lo quise decir así, es muy lindo, super amplio…
—Moski no aclarés… —le respondió divertido. Manuel pensó que ni las palabras más ofensivas del rubio podían llegar a desilusionarlo ese día.
—¿Vivís solo? —preguntó Lautaro mientras examinaba el piso de parquet que parecía haber captado todo su interés.
—Sí —la respuesta del morocho había sido tan automática y rápida que ni siquiera se dio cuenta que había dicho una mentira.
—¿Mía vive con tu ex? —preguntó buscando su mirada.
—Sí —asintió con la cabeza y continuó— antes de separarnos vivíamos en una casa en Santa Bárbara, ellas se quedaron allá y bueno yo me volví para acá que era donde vivía antes de que nazca Mía. Es más práctico por el laburo. Voy casi todos los días a verla igual, a veces Lucía tiene algún viaje y voy a quedarme con ella al barrio.
—¿No la traes acá? —indagó el rubio.
—Casi nunca, se aburre acá, en la casa tiene sus juguetes, el patio para jugar con su perrito, la pileta —enumeró mientras secaba su cabello— acá la verdad ni siquiera a mí me gusta estar mucho. Tenés razón.
—¿En qué? —preguntó confundido.
—En que este departamento es muy de gatero —dijo con una sonrisa canchera— quiero mudarme a otro lado, a un lugar más…familiar.
—El primer paso sería dejar de llenarlo de min— el sonido de su celular interrumpió el comentario mordaz del menor. El nombre en la pantalla lo trajo de vuelta a la realidad, Mica, su novia. Antes de atender le hizo saber a Lautaro donde estaba el baño para que pudiese cambiarse más cómodo.
Atendió mientras veía al rubio desaparecer tras la puerta del baño y se preparó mentalmente para los reclamos que sabía que estaban por venir.
“¿Amor, ya embarcaste?” la voz de su novia tan dulce como demandante. Inhaló despacio antes de contestar.
—Hola, vida —susurró mirando a la puerta del baño— .Te estaba por hablar, estoy en casa. Me cancelaron el vuelo por una tormenta, no estoy seguro cuand— no pudo continuar porque su novia lo interrumpió.
“¿Me estás cargando Manuel? ya organicé todo para pasar Nochebuena allá. Con vos.” Manuel respiró con calma, tratando de evocar paciencia con la que desafortunadamente no había nacido. Inhaló profundo para evitar responder cosas de las que se iba a arrepentir.
Cosas como que nadie estaba más molesto que él por el cambio de planes, que estaba más preocupado por su compromisos laborales que por los planes navideños de su novia. Pero Manuel no quería ser cruel, no con ella.
Micaela era una modelo e influencer argentina que había conocido en un viaje a Ibiza, se movía en esferas digitales, pero aun teniendo un número exorbitante de seguidores, Manuel nunca se la había cruzado en eventos de medios argentinos. Era preciosa, de pelo castaño oscuro y ojos claros, como todas las chicas con las que el morocho había compartido tiempo, pero el verdadero atractivo era su personalidad.
Manuel había insistido varias semanas hasta que Micaela finalmente le aceptó una invitación a cenar. Incluso cuando se encontraban ya en el postre ella aún parecía desinteresada, como si estuviera haciéndole un favor al morocho al compartir su presencia. Y nada le gustaba más a Merlo que un buen desafío.
No pasó demasiado tiempo para que su frío exterior se derritiera por completo ante los encantos del morocho, como era de esperar. Algo que pondría feliz a cualquier otro hombre solo desalentaba a Manuel, que disfrutaba perseguir pero no sostener.
Se llevó una sorpresa al ver que la modelo, por más enamorada que pudiese estar, no perdió su carácter mordaz y caprichoso. Lo volvía loco y lo conocía demasiado bien, podía ser dulce y amorosa, pero nunca se entregaba del todo, nunca por completo. Justo como le gustaba a él.
No vivían estrictamente juntos, cuando ella se encontraba en Argentina paraba siempre en su departamento, a veces por días, a veces por semanas, incluso por meses. Eran exclusivos, o por lo menos eso habían pactado, pero ambos conocían demasiado el medio que transitaban y los por menores que podían surgir.
En el último año habían pasado más tiempo juntos que separados, Manuel había encontrado cada vez menos lugar en su ropero para su propia ropa y el baño ahora contaba con maquillaje y skincare que no le pertenecía. Merlo pensó que capaz era hora de volver a apostar por una relación, estaba más cerca de sus cuarentas que de sus veintes.
Cuando la modelo le comentó que iba a estar la segunda quincena de diciembre en México, trabajando en una campaña editorial, no dudó en invitarla a pasar Nochebuena juntos en Nueva York. Pensó que era la fecha perfecta para proponerle vivir juntos. ¿Qué más podía hacer solo en Navidad al otro lado del mundo en un hotel pagado por viáticos?
—Te prometo que voy a hacer lo posible para estar ahí el veinticuatro, de verdad —dijo con voz suplicante, trató de ocultar el fastidio que sentía en ese momento. Pareció ser lo suficientemente convincente porque Micaela bajó algunas decenas de decibeles en su voz.
—Vení en el primer vuelo que consigas, llego mañana y no quiero estar sola— contestó resignada. Manuel le aseguró que iba a hacer todo lo que esté a su alcance para ir lo antes posible, se despidió con un beso y cortó antes de que pudiese escuchar otro reclamo.
Dejó caer el celular en el sillón y se refregó el rostro con sus manos. Estaba sintiendo los comienzos de una migraña y todavía ni siquiera había hablado con producción sobre las reuniones por reprogramar y la posible cancelación de los equipos subcontratados para el especial. Se dirigió con desgano a la cocina y puso en marcha la cafetera mientras revisaba su bandeja de correo en el ipad.
Escuchó pasos silenciosos y levantó la mirada de la pantalla para encontrarse con Lautaro, que tiene puesto unos joggings negros que colgaban sueltos de sus caderas y una remera azul demasiado larga de Manuel, pequeñas gotas de agua se deslizaban todavía por su pelo levemente despeinado. Manuel respiró profundo y le preguntó si quería café. El rubio asintió con la cabeza y tomó asiento a su lado en una de las banquetas del desayunador.
—¿Hablabas con la mamá de Mia? —preguntó con la mirada fija en la pantalla de su celular.
—No —responde Manuel despacio. Por alguna razón considera mentir, pero no lo hace— era Mica, mi novia.
Manuel trata de entender su mirada pero seguía igual de indescifrable, sus ojos no reflejaban nada pero el silencio es ensordecedor. Una pequeña interjección de sorpresa escapó de los labios del rubio antes de regresar su vista a la pantalla y fue la única indicación que Merlo obtuvo sobre lo que podía estar pensando.
Afuera las ráfagas de viento golpeaban cada vez más fuerte contra las ventanas del balcón y la lluvía se convirtió en un diluvio. Manuel estaba sirviendo el café en dos tazas cuando las luces empezaron a titilar. Ambos giraron sus cabezas al techo como si mirar fijamente los focos fuera de ayuda.
—Tenés grupo electrógeno, me imagino —le dijo Lautaro, con un poco de esperanza en su voz. Manuel frunció los labios y negó con la cabeza.
—Voy a buscar velas —respondió. Pero estaba casi seguro que no tenía.
Buscó en todas las alacenas de la cocina, en los muebles, las repisas y la biblioteca del living, pero fue en vano. Mientras buscaba en los cajones de la bajo mesada del antebaño pudo escuchar a Lautaro hablando por teléfono en inglés y aunque Manuel nunca aprendió a hablar el idioma con fluidez pudo entender que era una llamada de trabajo. ¿Era raro que todavía no lo haya escuchado hablar con su esposa?
Manuel no sabía qué pensar sobre el estado civil actual de su antiguo amigo. Sabía que el sueño del rubio siempre había sido poder enamorarse y formar una familia, pero aunque trataba no podía estar del todo contento.
No eran sentimientos desconocidos, estaba familiarizado con la molestia y amargura en su pecho que tantas veces había sentido cuando alguien ajeno había tratado de obtener un poco de la atención de Lautaro.
Antes de que Moski se fuera nunca había tomado en cuenta esas reacciones, no se consideraba una persona celosa o envidiosa, simplemente pensaba que era un poco posesivo con sus amigos.
Pero la improvisada partida de Lautaro al otro lado del mundo solo lo había llenado de incertidumbre. Durante meses se había atormentado, haciéndose preguntas a sí mismo a las que no tenía respuestas y la opinión pública había resultado todavía más perjudicial para su propia psiquis. Empezó a cuestionar cada aspecto de su amistad con Moski de maneras en las que no se había permitido antes.
Pasó noches en vela ponderando los límites del amor, de la amistad, pensando si es posible que el corazón distinguiera entre géneros y etiquetas. Los videos desbordados de cariño desdibujado parecían nunca terminar, eran un torrente eterno de memorias que sostenía en su mano cada noche cuando scrolleaba por redes antes de dormir.
Tenía miedo de que esos usuarios desconocidos estuviesen en lo correcto, que tuvieran razón y Lautaro haya decidido marcharse por un corazón roto. Era lo único que Manuel nunca iba a poder solucionar, porque nunca iba a poder corresponder ese sentimiento que incluso él no entendía. El rubio se encargó de darle paz a su mente decidiendo no volver a verlo nunca más, por lo menos así Manuel pudo enterrar todo el dolor y dudas en lo más profundo de su pecho, sin miedo a lo que podrían llegar a contestar.
Pasó los siguientes años de su vida sin cuestionar sus elecciones ni preferencias. La exposición en el mundo de la farándula lo había llevado a conocer a personas diferentes en círculos en los que no se había movido antes. Encontró en ese nuevo mundo una intensidad que se amoldaba muy bien a sus necesidades. Era joven, fachero, más o menos famoso y no quería pasar por esta vida como un espectador más.
Había expresado una infinidad de veces que quería experimentar todo lo que estuviese a su alcance, y un par de veces esas experiencias habían tomado la forma de uno que otro chico discreto, en la oscuridad de algún antro, o en la privacidad de su hogar, casualmente algunos centímetros más bajo que él, siempre de cabello claro y ojos expectantes.
Después de dar vuelta la mitad de su departamento, recordó el armario del cuarto de invitados que utilizaba como oficina, encontró una caja llena de cosas que no se atrevía a tirar. Había ropa vieja, utilería de videos viejos para YouTube, cámaras que no servían y fotos viejas. Encontró una foto de él, Lautaro y Santiago, estaban posando con su place de YouTube. La guardó en el bolsillo del pantalón y siguió buscando velas, en vano.
Regresó al living, victorioso, con unas velas aromáticas que Mica había dejado en el baño. Pensó que iban a cumplir su trabajo en caso de que fuera necesario. Lautaro estaba en el sillón mirando absorto la pantalla de la televisión. La programación habitual del noticiero había sido cambiada por una cobertura de los destrozos que iba dejando el temporal. Se podía ver en pantalla las diferentes zonas del país que estaban siendo afectadas por un huracán que había tocado tierra en el sur de Brasil.
Manuel podía escuchar la voz en off de un experto invitado al programa, explicaba cómo el calentamiento de aguas de temperaturas históricamente bajas habían incrementado exponencialmente la formación de este tipo de fenómenos. Las imágenes eran devastadoras, las ráfagas de viento y lluvía embestían y destrozaban todo a su paso.
Posó su mirada en las puertas del balcón, era imposible tratar de adivinar la hora, una oscuridad feroz había engullido por completo el exterior que solo era interrumpida por afilados relámpagos que fragmentaban con destellos de anticipación el firmamento.
—¿Qué tan forro sería pedir delivery? —pensó en voz alta.
—Nadie te va a tomar el pedido —dijo el rubio con resignación, levantándose del sillón y dirigiéndose a la cocina— .A ver qué tenés, estoy cagado de hambre.
Lautaro abrió la heladera como si estuviera en su casa y le sacó una sonrisa a Manuel.
—¿Seguís viviendo a delivery? —preguntó el rubio con tono acusatorio mientras examinaba qué había adentro.
—Pensé que me iba a ir una semana de viaje —Se defendió el morocho, pero sí. Seguía viviendo a delivery y viandas la mayoría del tiempo.
Lautaro improvisó una picada rápida con algunas cosas que Manuel tiene en la heladera, las dejó sobre la isla junto a unas cervezas que sacó de los estantes de abajo, mientras Manuel busca tablas para servir.
—¿Querés birra o vino? —le preguntó el morocho mientras se agachaba a sacar un Merlot que pensó que podía ir bien con la tabla de quesos— ¿o querés que le diga a Santiago que traiga otra cosa? —agregó, aunque dudaba que con esa lluvia el castaño hiciera dos cuadras en auto.
—Ponelo a enfriar para después —respondió el rubio, mientras buscaba entre los cajones del bajomesada un destapador para las cervezas.
—¿Seguís igual de alcohólico vos? —preguntó con diversión antes de abrir con la boca las dos botellas de Corona. Lautaro puso los ojos en blanco y agarró la botella que le ofreció Manuel.
—¿Y desde cuando tomás vino vos? —contraatacó el rubio, su fascinación por hacer la contra seguía intacta.
—Después de los treinta uno ya está obligado —dijo encogiéndose de hombros, casi con resignación.
Manuel se llevó una aceituna a la boca mientras veían como Lautaro le daba un trago largo a la cerveza, todavía se sentía surreal tenerlo frente suyo, en su cocina, con el pelo húmedo y con su ropa envolviendo su cuerpo más pequeño. Lautaro no lo miraba, tenía los ojos fijos en la cerveza que tenía en la mano.
—Este te va encantar —le dijo despacio, acercándose un poco.
—¿Qué? —los ojos de Lautaro se abrieron de par en par y buscaron los suyos.
—El vino —le respondió Manuel con una sonrisa chiquita— ,lo traje de Mendoza.
—Ah —dejó salir el rubio en un suspiro.
—Es rico, medio dulce —le susurró viendo hacía abajo, como el rubio se removía en su lugar bajo su mirada, siguió— .¿Los de allá son medio chotos, no?
—Sí, no hay punto de comparación —dijo desviando la mirada de nuevo al piso.
Manuel quería presionarlo, preguntarle por qué no lo podía mirar, si era culpa, si era vergüenza, si en estos años él también se había quedado noches despierto pensando en todas esas madrugadas compartidas, hablando boludeces hasta quedarse dormidos. Pero las luces volvieron a titilar, así que fue a buscar las velas al living, por las dudas.
Cuando volvió, Lautaro estaba sentado en una de las banquetas de la isla, comiendo fiambre mientras miraba su celular. Manuel se sentó frente suyo, y cuando se apoyó en la banqueta pudo sentir cómo el papel en su bolsillo se arrugaba. Se olvidaba que había guardado la foto ahí. La sacó en un movimiento suave y la puso sobre la isla.
—Mirá lo que encontré —dijo tratando de llamar la atención del rubio. Lautaro frunció las cejas hasta que se dio cuenta de qué era, dejó despacio su celular en la mesa y la tomó entre las manos.
—¿Te acordás? —le preguntó el morocho en un susurro.
—Obvio, cómo no me voy a acordar —la expresión del rubio es triste mientras toca en silencio sus rostros en la foto— parecíamos unas criaturas.
Manuel finalmente tomó valor y le preguntó.
—¿Por qué te fuiste? —Lautaro por fin lo miró a los ojos y Manuel pudo ver reflejados en esos orbes marrones miles de emociones contenidas, cansancio y algo que parecía bronca.
—Todavía estoy muy sobrio para tener esta conversación —sentenció el rubio, y le devolvió la foto. Manuel la vuelve a guardar en el bolsillo y siente una presión incómoda en el pecho. Manuel quiere exigirle respuestas, decirle que no es justo, que lo dejó, que lo traicionó, que debería ser él quien esté triste.
Manuel cerró las manos en puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos, tratando de encontrar las palabras adecuadas, tratando de no sonar demasiado cruel, pero Lautaro volvió a hablar.
—¿Tenés más cosas…nuestras…de esa época? —su voz temblaba un poco en los bordes pero su mirada estaba firme.
Manuel se paró despacio y le susurró —Vení.
Manuel se dirigió al living con los pasos de Lautaro sonando detrás de él, en el track debajo del smart tv gigantesco, al lado de libros que no había leído, tenía un par de vinilos que nunca había escuchado. Pasó rápidamente entre un par hasta encontrar el que buscaba. Lo tomó con cuidado, el plástico que lo cubría tenía un poco de polvo. Le pasó la palma por encima y después se limpió en el pantalón.
Lautaro no tuvo que mirar la portada para saber qué era. El vinilo de Cacho Castaña, casi se ríe al verlo. Lo tomó en sus manos, sintiendo el plástico desgastado que lo recubria.
—Me daba mucha pena tirarlo —le dice Manuel con un hilo de voz— era tu regalo. Abrílo.
Lautaro rompe el plástico con cuidado, sus ojos siguiendo las acciones de sus manos. Toca con cuidado la tapa, sintiendo los relieves del material. Sus ojos buscan los de Manuel y ambos pueden notar la tristeza nublando la mirada del otro.
—¿Lo querés escuchar? —le pregunta el mayor. Hace unos años Manuel había comprado un tocadiscos exclusivamente para ese vinilo pero nunca lo había escuchado, lo había dejado llenarse de polvo de la misma forma que lo hizo Lautaro.
—¿Tenés donde? —le preguntó sorprendido el rubio. Manuel sonrió levantando las cejas.
—No pongas esa cara de sorpresa, me ofende —le dijo divertido, tomando el disco despacio de entre sus manos, lo sacó con cuidado y lo colocó en el tocadiscos. Esperó haberlo puesto bien y que funcionara, nunca lo había usado pero no quería quedar como un boludo ahora.
El disco comienza a dar vueltas y la música empieza a llenar suavemente el departamento. Acordes familiares de una canción que Manuel no conoce los envuelven. Se quedaron inmóviles escuchando por unos segundos, el disco saltaba en algunas partes y la música se distorsionaba, Manuel se puteó internamente pensando que seguro lo había puesto mal.
El toque en su brazo lo tomó desprevenido, casi con timidez, Lautaro presionaba sus dedos en el antebrazo tatuado. Manuel bajó su vista hasta la mano, pálida y chiquita y después subió la mirada para encontrarse con ojos húmedos.
—Es lo más lindo que alguna vez me regalaron —susurró el rubio, casi con miedo a escuchar su propia voz. Manuel quiere preguntarle si es lo más lindo por qué lo dejó tirado, pero Lautaro siguió hablando.
—Perdoname —su voz casi inaudible, como si estuviera confesando algo malo—. Perdoname por irme.
Manuel estaba a punto de contestar cuando se cortó la luz.
Ya ves a mí y a Buenos Aires,
nos falta siempre el aire
cuando no está tu voz
