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Mal Aprendido

Summary:

No son pareja, nunca lo han sido. Empezaron como algo físico, intenso y casi accidental, cuando los dos se traían ganas y querían evaporizar el estrés acumulado.

Max es de hábitos, siempre lo ha sido, no se queda después, normalmente se va y Sergio sí siente más, pero jamás lo admitiría menos como un necio, soberbio hijo de puta como Max.

Max tampoco habla, pero actúa diferente solo con él, Sergio lo sabe.

Se ven cuando quieren, desaparecen semanas, regresan como si nada—Se celan, pelean, se mandan a la mierda pero no tienen derecho a hacer nada de eso. Nunca pero nunca duermen juntos… solo a veces cuando la intensidad de sentimientos sobrepasa la cordura.

Y definitivamente Max nunca le cocina después de una cogida, pero al parecer ahora sí.

Or. Vi en TikTok una shirtless pic hecha con IA de Max cocinando huevitos y nació esto ayúdenme

Notes:

Otra en español vamossss

For once escribí algo desde el pov de Checo como el enamorado y Max neutral y fuck boy oh yeahhh

espero lo disfruten

La foto inspo la vi de esta cuenta:) @imalecardenas_

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

 


El vapor todavía salía del baño cuando Sergio abrió la puerta, con la toalla colgándole baja en la cadera, el cabello húmedo pegado a la frente y la piel todavía sensible y caliente, podría ser el agua hirviendo que usó o la cogida que le acaban de meter, su piel vibraba; como si el agua no hubiera logrado borrar del todo lo que acababa de pasar en la cama o como si no hubiera terminado de entender lo que Max le acababa de hacer.

Le dolían las piernas. Le ardía el pecho. Y tenía la boca seca—Todavía podía saborear el aftertaste de la corrida de Max que le había echado en la cara y boca aunque Sergio se hubiera lavado los dientes y usado enjuague bucal.

Y aun así, si Max lo miraba otra vez así, desde arriba, el pecho ardiente y rojo, levantándose con dificultad rápida, el bicep todavía tenso de que se la jaló en frente de la cara de Sergio, Sergio abajo en sus rodillas adoloridas, volvía.

Siempre volvía.

No pensaba encontrarlo.

Nunca lo encontraba.

Max siempre era el que lo encontraba.

Esa era la regla no escrita y dicha entre ellos, solo un mutuo entendimiento: se veían, se rompían, se chingaban como si no hubiera un mañana y se sacaban todo lo que traían atorado —las ganas, los celos, la frustración, el enojo acumulado de semanas sin verse y todas las emociones peligrosas no admitidas— y luego cada quien desaparecía. A veces Sergio se iba primero. A veces Max. A veces ni se daban cuenta a qué hora el otro ya no estaba o cuantas semanas habían pasado de no verse.

Solo siempre, inevitablemente, se encontraban, con las mismas putas ganas como si fuera la primera vez.

Así funcionaban.

Así llevaban meses.

Un hábito cochino, adictivo, casi animal.

Sergio salió del cuarto en toalla. No pensaba en nada en particular o eso se quería convencer. Solo quería bajar por algo de comer. Max siempre lo dejaba hambriento antes de coger y después de, las 2 por distintas razones y necesidades. Ahora no quería verga, no realmente, quería un platillo caliente y grasoso. Sergio solo pensó tantito mientras caminaba para la cocina en el silencio que normalmente sigue después, en la ropa tirada en el suelo, en las sabanas hechas mierdas y manchadas, en Max ya vestido, en la puerta cerrándose sin despedida. Sergio nunca lo iba a despedir, sería incomodo y haría todo más real.

Pero no fue eso lo que encontró.

Por eso cuando levantó la mirada y lo vio en la cocina… algo se le movió feo en el pecho.

La cocina estaba encendida con una luz cálida, amarilla, casi doméstica. El tipo de luz que no pertenecía a ese departamento o ese momento.

Y Max estaba ahí.

De espaldas, sin camiseta, en unos shorts bajos grises, colgándole de la cadera que le pertenecían a Sergio porque le quedaban demasiado justos y cortos a Max. El cuerpo lo tenía todavía marcado, todavía húmedo, sudado en la espalda, el mismo sudor que Sergio le gusta lamer de su hombro cuando Max se la está metiendo en misionario, Max tiene el cuello rojo, rasguñado, el cabello desordenado como si no hubiera terminado de salir del momento anterior, como si ni siquiera hubiera pasado tiempo entre la cama y esto.

Max estaba cocinando.

Y eso no tenía sentido.

Sergio se quedó quieto en la entrada, sin hacer ruido. Solo mirándolo, sin saber si reírse o salir corriendo.

Porque esto no era parte de lo que hacían—esto no estaba en el plan sin palabras a seguir. Max no hacía esto. 

Max era el tipo de hombre que se acomodaba el reloj después de coger, que revisaba el celular y que decía “I’ll call you” sin intención de hacerlo hasta cuando quisiera, que desaparecía días, semanas, y luego volvía como si nada, como si no le hubiera dejado la cabeza y cuerpo hechos mierda a Sergio la última vez.

Max sostenía un sartén con una mano, la otra moviendo una espátula con torpeza, como si no supiera exactamente lo que hacía. El sonido del aceite era suave, constante. Dos huevos estrellados abriéndose lentamente, la clara burbujeando en los bordes. Había tocino ya hecho en un plato, un poco más negro que cafe. El olor era pesado, mezclándose con ese otro olor más pesado, más intimo que todavía flotaba en el departamento. No olía mal, el estómago de Sergio lo confirmó cuando se retorció.

Y entonces Max giró un poco la cabeza, sintiendo su presencia y lo vio de vuelta. No sonrió. No dijo nada de inmediato. Solo lo miró de arriba abajo con esos ojos azules que se vuelven obscuros cuando Sergio se le desviste lentamente en su regazo, lo miró despacio, deteniéndose en la toalla floja en sus caderas marcadas y rojas por las manos de Max, en el pecho aún húmedo, en la forma en que Sergio estaba parado como si no supiera si acercarse o no.

—You said you were craving eggs —dijo, como si fuera lo más normal del mundo, en esa voz ronca que le hace de todo a Sergio como correrse más rápido.

Lo dijo como si no fuera él. Max.

Sergio frunció un poco el ceño. Caminó unos pasos, lento, todavía tratando de entender qué estaba viendo y se paró justo a lado de Max, mirando hacía arriba, a los ojos de Max.

—You’re cooking?

La pregunta salió más suave de lo que esperaba. Seguramente puso esa carita de cachorro confundido que tanto le mamaba a Max porque una leve sonrisa amenazó con mover los firmes labios grueso del más alto.

Luego Max se encogió apenas de hombros, volteando el huevo con dificultad y rompiendo la yema.

—Don’t get used to it.

Sergio soltó una pequeña risa por la nariz, todavía extrañado, pero no respondió. Se acercó más. Lo suficiente para sentir el calor del sartén, lo suficiente para ver cómo el músculo del brazo de Max se tensaba cada vez que movía la espátula de la misma manera que se le hacía cuando se jalaba la verga. Sergio miró sus manos, grandes, firmes, venosas. Las mismas que le metieron los dedos hasta el fondo mientras lo besaba y Sergio gimoteaba, las mismas que hace rato lo tenían desechado contra el colchón, agarrado y con la cara enterrada en la almohada como si no quisiera soltarlo nunca. Se acercó aún más. Lo suficiente para notar que Max olía igual que hace unos minutos—Sexo, sudor, algo metálico, algo suyo. Olía al mismo Sergio también.

A Sergio casi se le para si no hubiera estado tan cansado y tan drenado. 

Sergio a veces sentía la necesidad como un perro de dejar marcado a Max con su olor, con su saliva, con sus mordidas, con sus palabras, con su corrida y si pudiera—Dios lo perdone, mierda—con su orina.

Se quedó a su lado. Muy cerca, viendo como Max cocinaba como un bruto, recorrió la ancha espalda que tanto le gustaba rasguñar con la mirada, le miró las marcas recién hechas, el sudor secándose. La forma en que respiraba todavía un poco pesado.

Y algo en eso… lo prendió inevitablemente.

Pero no como siempre.

No era solo calentura y deseo.

Era… otra cosa. Más sucia. Más incorrecta. Más peligrosa pero a la vez inocente.

Porque verlo así—tranquilo, concentrado, haciendo algo doméstico, algo que implicaba quedarse y hacer otra cosa que no fuera comerse—le revolvía el estómago peor que cualquier cosa que hubiera pasado en la cama.

Lo quería más por eso. A Max, sí.

Y eso estaba de la verga.

Porque Max no se movió, no se tensó, no se alejó, no se incomodó con la presencia y mirada de Sergio tan cerca. Solo siguió cocinando como si tenerlo ahí, pegado, fuera… normal. Como si fueran… Sergio ni lo quería decir o pensar, pero como si hicieran esto todo el tiempo, como si convivieran así después de tocarse de las formas más cochinas e indebidas, como si fuese normal cocinar un snack para reponer energías y luego ver una película después o bañarse juntos. Así es, todo como si fuera normal.

Y no lo era.

Tragó saliva.

—You don’t do this —murmuró, hablando en alto, demasiado distraído.

Max apagó el fuego y dejó el sartén a un lado. Giró apenas el cuerpo hacia él mientras el sonido del aceite muriéndose llenó el silencio por un segundo.

—Do what.

Sergio levantó la mirada. Lo sostuvo.

Quizo decir ‘Stay’. Casi se le sale pero hubiera sido muy incómodo encarar la verdad y realidad. Así que solo dijo:

—This, pendejo.

Hubo silencio, pesado. Como si Max supiera que realmente quería decir Sergio; siempre lo sabía el hijo de puta.

Y ahí estaba.

El maldito punto donde todo se tensaba.

Porque no tenían derecho a eso.

No eran nada.

Nunca lo habían sido.

Lo eran todo a la vez.

Siempre lo habían sido.

Y aun así se comportaban como si hubiera algo… escondido, podrido, creciendo entre ellos.

Ese momento.

Donde algo podía cambiar.

O romperse.

Max no respondió de inmediato. Solo lo miró. Directo. Como siempre lo hacía cuando algo se acercaba demasiado a ser verdad. Luego, dio un paso hacia él. Invadió su espacio como siempre hacía, sin pedir permiso, respiro sobre la carita húmeda de Sergio y le llevó una mano a la cadera, justo donde la toalla apenas se sostenía y sus púbicos recortados se asomaban, lo dedos de Max estaban calientes y firmes. No con urgencia. No con violencia. Solo… ahí.

No lo jaló.

No lo besó.

No le sonrió de esa manera descarada que más tenía.

Solo lo tocó.

Y eso fue peor.

Porque Sergio sintió algo raro en el pecho. Algo que no venía del sexo. Algo que no sabía nombrar. Porque Sergio sintió cómo se le cerraba la garganta. Cómo el cuerpo reaccionaba igual que siempre, traicionándolo, acercándose apenas como imán, buscando más contacto aunque sabía que no debía—Así que Sergio hizo lo único que sabía hacer cuando estaba con Max: complacer y ponerse caliente con casi nada, volverse hipersexual, usar su propio cuerpo como arma y desbaratar a Max.

Sergio le miró los labios gordos que le encantaban cuando se estiraban al rededor de su verga o cuando le comían el culo como un manjar como el caviar, rompió la poca distancia que les quedaba y le dio un besito en la boca para después lamerle una sola vez como gatito. Max lo miraba pero Sergio cerró sus ojos y llevó sus manos al pecho desnudo de Max y se inclinó en el mientras besaba la quijada cuadrada y fuerte, cuando estaba lamiendo y mordisqueando el lado del cuello de Max y llevando una de sus manos abajo, rozando el abdomen firme pero suave a la vez, solo para parar en el frente de sus shorts que Max traía puesto y apretar su verga flácida mediante la delgada tela; Max se apartó un poco y sostuvo la muñeca de Sergio para hablar.

—Eat first —dijo bajito, rozando un beso perezoso en el cachete de Sergio —Dessert after.

Bromeo tantito, sonriendo en los labios de Checo. Otra vez, como si eso fuera normal.

Como si después de todo lo que hacían, sin compromisos y explicaciones, lo lógico fuera quedarse a cenar y actuar como una parejita asquerosa y… normal.  Sergio soltó una risa corta, sin humor, bajando la mirada un segundo, sintiendo la mirada pesada de Max.

Porque ahí estaba el problema—Que podían cogerse hasta dejar de respirar, hasta que Sergio se quedará sin voz y no pudiera sentarse bien por un día completo, podían tener la mejor cogida y correrse 20 veces y morderse y pegarse de la desesperación de tanto sentimiento y emoción que les brindaba el estar juntos y ser tan compatibles y opuestos a la vez por gustarles tanto el sexo juntos de una manera bíblica. Podían gritarse, insultarse, sobajarse, podían desaparecer semanas, meses, podían regresar y hacer como si nada.

Pero esto…

Estas mierdas era lo que lo desarmaba.

Vete a la mierda Max Emilian.

Lo confundía tanto a veces ese güero de mierdo, buenote, grandote y bien cachondote.

Esto era lo que Sergio no sabía cómo manejar.

Esto era lo que hacía que, por un segundo estúpido, pensara cosas que no debía pensar o imaginar—En el como quedarse. En el como bajar la guardia. En el como dejarse fluir. En el como aceptar la realidad que ninguna quería aceptar. En el como querer que Max no se fuera. Como imaginarlo en esa cocina otra vez… sin tener que fingir que no significaba nada.

Simplemente en el como…querer.

Y eso petrificaba a Sergio pero a su vez lo jalaba más hacía Max.

 


 

La barra de la cocina era demasiado pequeña para lo que estaba pasando. Sergio decidió sentarse en ella casi por inercia. Se sentó en uno de los bancos altos, con la toalla ya cambiada por unos shorts sueltos, los 2 sin camisa con una comodidad que no debería de existir, el cabello todavía húmedo le cae sobre la frente. Delante de él, Max dejó el plato con un golpe suave frente a él sin ceremonia, como si no quisiera hacer ruido, pero tampoco supiera cómo ser delicado. El huevo estaba apenas formado, una yema demasiado hecha y la otra rota, la clara medio cruda en una esquina y quemada en otra, el tocino definitivamente estaba más carbonizado que suave.

Nada del platillo era sofisticado, nada realmente bueno, pero estaba caliente—Y hecho por él, Max.

Eso era lo que le pesaba a Sergio.

—Eat —dijo, simplemente.

Sergio bajó la mirada al plato, a los huevos… hechos mierda. Le dieron ganas de reírse, pero no lo hizo. No ahí. No con Max mirándolo así.

Porque lo estaba mirando.

Como siempre.

Esa mirada azul que parecía tranquila pero nunca lo era. Que no hacía ruido pero lo invadía igual, que lo recorría lento, sin prisa, como si lo estuviera desnudando otra vez aunque ya no quedara nada por quitar. A Sergio le colmaba la paciencia esa mirada tan penetrante pero era solo porque se enojaba cuanto mucho le afectaba y gustaba.

Sergio tomó el tenedor, jugando un poco con la comida.

—You’re a terrible cook —murmuró, sin levantar la vista.

Max soltó una exhalación leve por la nariz, casi una risa. —Eat it anyway.

Y Sergio lo hizo, pincho el huevo y la yema no corrió como debería, se quedó ahí espesa, casi seca.

Probó un bocado y siguió comiendo.

No porque supieran bien.

Porque no sabían, seguramente Max había olvidado ponerles sal.

Pero había algo en este gesto que lo tenía jodido.

Max empezó a comer de su propio plato también.

Y fue ahí donde empezó lo raro.

Porque habían comido juntos antes, sí. En restaurantes, en bares, en aeropuertos, en hoteles donde nadie los conocía, incluso en la habitación del hotel; pero siempre antes. Siempre como parte del ritual. Siempre con una intención clara. Siempre sabiendo como iba a terminar la noche. Siempre era algo ligero, un postre, un frape, todo compartido porque había algo sensual en la manera que Max le dejaba siempre tomar el primer bocado de la cuchara compartida para después tomar su propia bocado y chupar la saliva que Sergio había dejado en el metal. Como esa vez que pidieron fresas con chocolate liquidó en una suite de hotel y Sergio terminó poniéndole chocolate a Max en la verga y estómago para chupar todo como si fuese la fresa. Siempre comer era antes, un pre—Nunca después. Nunca así. Nunca en silencio. Nunca con el cuerpo todavía recordando lo que había pasado hace minutos, adolorido y complacido.

Alexa sonaba bajito en la esquina, una playlist en español que Sergio puso más para tapar el silencio que por ganas reales de escucharla. Quería suavizar el aire con música, pero no lo lograba del todo.

—Alexa, pon mi playlist relax en Spotify —había dicho, sin mirarlo.

Y ahora ahí estaban.

Comiendo frente a frente como si fueran… algo.

Y no lo eran.

El tenedor chocó suave contra el plato. Sergio masticaba lento, más consciente de Max que de la comida. Sentía su presencia como una presión constante, como si el aire entre ellos estuviera más denso. Porque sabía que Max lo seguía mirando, a Max le encantaba mirarlo y ponerlo nervioso, lo miraba no de forma obvia, no como cuando estaba encima de él, metiéndosela y besándolo y forzaba a Sergio a verlo con ojos llorosos. Esa mirada azul siempre estaba ahí, pesada, fija, como si no necesitara moverse para hacerle algo.

Sergio mantuvo la mirada en el plato, incómodo.  Y tomó otro bocado. Quería agarrarse los huevos y decirle “¿Qué me ves pendejo?” pero no se atrevió. Sabía que Max solo sonreiría y se lo comería con la mirada y Sergio caería débil ante eso.

El silencio entre ellos no era tranquilo. Era denso. Como si cualquier palabra mal puesta fuera a romper algo que ninguno quería nombrar. Max comía despacio, sin prisa, como si esto fuera normal. 

Pero Sergio lo conocía.

Sabía como podia ser con otros. Lo había visto miles de veces—Frío, cortante, indiferente. Incluso a veces agresivo, nunca paciente. Siempre con una soberbia silenciosa porque el Holandés hijo de puta sabía perfecta y exactamente quien era… nunca así como estaba ahorita. 

Max no era esa persona que todos conocían; con Sergio no.

Con él bajaba la guardia. Con él se reía de verdad. Con él era más torpe y divertido. Con él mostraba esa obscuridad delirante en sus ojos causada por el anhelo y emoción cuando deseaba a Checo. Checo. Para Max era Checo y solo Checo, a veces Baby cuando están muy metidos en la cogida.  Con él hacía cosas que no hacía con nadie más y cada vez eran más esas cosas, Sergio lo sabía. 

Y era eso justo lo que lo volvía loco.

Porque sin darse mucha cuenta poco a poco iban escalando las cosas y cambiando sin que ellos lo notaran, naturalmente.

Le dió miedo. Le dieron ganas de pararse o de reírse. Le dieron ganas de mandar a la chingada a Max. O de meterse debajo de la barra, entre las piernas largas y gruesas que tanto le encantaban montar, y enterrar su cara entre ellas y mamársela hasta dejar a Max seco.

Todo solo por el gesto estúpido de haberle hecho de comer, puta mierda madre. 

La imagen le cruzó la cabeza tan clara que tuvo que apretar la mandíbula. 

Sergio levantó la mirada sin querer.

Error.

Max ya lo estaba viendo, claro. Lo estaba cazando.

Directo.

Sergio sostuvo la mirada un segundo de más.

Y ahí se fue todo al carajo.

Porque esa forma de verlo… esa puta forma de verlo… le hacía cosas. Le revolvía el estómago. Le calentaba la piel. Le aceleraba el corazón. Le hacía pensar cosas estúpidas. Como bajar de ese banco. Como meterse entre sus piernas. Como agradecerle por unos huevos mal hechos con la boca en lugar de palabras o con una montada de verga sucia y sin coordinación, de esas que a Max le gustaba ver a Sergio hacer.

Y eso lo emputaba.

Porque él, Sergio, era el que siempre tenía el control. El que se mantenía firme. El que no se dejaba arrastrar tan fácil.

Pero con Max… no.

Con Max se le olvidaba todo.

—What? —Max preguntó, aunque ya sabía que.

—Nothing — Sergio negó con la cabeza, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

Pero su pierna ya se estaba moviendo insistente debajo de la barra, inquieta. Su cuerpo no sabía quedarse quieto cerca de Max, nunca había sabido. 

—What? — Max repitió e insistió, con un tono burlesco. Como si supiera exactamente lo que le estaba provocando en Sergio, y claro que lo sabía.

Le enojó a Sergio. Bajó la mirada otra vez, clavando el tenedor con más fuerza de la necesaria.

—Stop looking at me like that —dijo, bajo.

—Like what. —Ese mismo tono sonó en Max Emilian Verstappen. 

—You know. —Sergio le reviró los ojos.

Max no respondió de inmediato. Solo inclinó un poco la cabeza, como si lo estuviera estudiando.

—You’re the one staring.

Sergio soltó una risa corta, seca. —Yeah, right.

Hubo silencio otra vez. Pesado. Era como dos idiotas inmaduros que no sabían cómo comportarse en un escenario diferente al que estaban acostumbrados, era un poco gracioso la verdad.

La canción cambió. Otra igual de lenta. Igual de inútil para lo que estaba pasando ahí.

Sergio ya ni tenía hambre. Empujó el plato apenas. Max también había dejado el suyo a la mitad. Max soltó el tenedor. Eso fue todo, un sonido mínimo pero suficiente, Sergio volvió a levantar la mirada justo cuando Max ya se estaba levantando. No dijo nada, no preguntó nada. Sin aviso, solo rodeó la barra, lento, con esa forma suya de moverse que no pedía permiso. 

Sergio ni siquiera pudo reaccionar a tiempo, bueno, honestamente, no quiso ni reaccionar, solo sucumbió. Sintió una mano en la nuca, caliente y firme, Sergio apenas tuvo tiempo de mirarlo antes de que lo tomara de la cadera y lo jalara hacia él, sacándolo del banco con facilidad, como si no pesara nada. Y lo beso con una insistencia y desesperación, pura lengua y saliva, que dejo a Sergio sin aire.

—Max— intentó decir, pero ya era tarde. Cualquiera decisión cuerda estaba echada a la mierda.

Los platos quedaron a la mitad como la conversación que nunca tuvieron. 

Max no lo soltó ni lo dejó de besar, lo agarró más fuerte y lo llevó hasta la sala, hacía el sofa, como si ya supiera donde y como iba a terminar esto, como siempre lo hacía. Como si el cuerpo fuera la única forma que tenían de hablar. Sergio soltó una risita cuando sintió el sofá golpearle la parte de atrás de las rodillas. Max lo giró bruscamente, sus labios se separaron con un sonido húmedo y ruidoso. Lo empujó contra el respaldo del sofá de la sala el pecho contra el cuero caro, a unos pasos de ahí. El movimiento fue limpio, seguro, sin duda.

—Max…

Pero no fue un reclamo.

Era una advertencia.

O redención.

—Don’t start —murmuró Max, bajo, casi contra su oído, sus manos en el frente de su short, tocándole.

Pero él había empezado.

Siempre empezaba.

Max lo empujó suave pero firme, Max siempre encontraba el perfecto balance. Hizo a Sergio inclinarse, guiándolo con las manos, colocándolo donde quería, marcando su imposición y dominancia posesiva como siempre lo hacía y como Sergio nunca luchaba contra ella. Le encantaba y aceptaba. La anhelaba. Los dedos de Max le recorrieron la cintura marcada y mordida, le recorrieron sus costillas, su espalda, sus pezones, sin prisa pero sin duda. 

La respiración de Sergio ya estaba cambiando, respiró más fuerte, el cuerpo reaccionando antes que la cabeza. Se apoyó con las manos en el respaldo, quedando de rodillas contra el, el pecho subiendo y bajando.

Max se pegó detrás.

Sus manos bajaron otra vez directo a sus caderas, firmes, conocidas. La forma en que lo tocaba no era nueva, pero nunca se sentía igual. Siempre era como la primera vez. Siempre igual de intenso. Igual de inevitable. Cada vez más ardiente y con más significado. Lentamente Max agarró la orilla del short y los comenzó a bajar por las piernas bronceadas de Sergio, lo hizo levantar una rodilla y luego la otra para tirar ese pedazo de tela sin cuidado detrás de Max.

—You were thinking about it —dijo Max, con la voz más grave ahora, sus grandes manos posándose en las 2 nalgas desnudas, acariciando.

Sergio cerró los ojos un segundo cuando un pulgar juguetón se escabulló entre sus nalgas y jugo con los pliegues de su hoyo. —Shut up.

Pero no se movió, claro que no. Nunca lo haría.

Max lo acercó más hacia él, el cuerpo alineándose otra vez, la respiración caliente contra su nuca. Bajó la cabeza, la boca recorriendo su piel, lenta, deliberada, sin prisa esta vez. Como si quisiera saborearlo. Su presencia lo cubría por completo y podía sentir la erección de Max cubierta por el short contra su espalda baja, pesada y caliente. Su presencia no era brusca, era deliberada y lenta, como si quisiera sentir cada reacción de Sergio. 

Se besaron otra vez, Sergio volteó su cabeza y Max lo encontró, fue un poco sucio pero flojo, Sergio llevo las manos atrás para sin ver agarrar el short que cubría a Max y lo empezó a bajar con un poco de dificultad por la posición mientras el beso se volvía cada vez más desesperado, Max sonrió tantito y terminó de bajar su short hasta las rodillas, liberando su verga y rebotando en en la espalda baja de Sergio. Max lo beso con más intención, mordiendo sus labios mientras empezaba a rozar de arriba a abajo su erección entre las nalgas de Sergio.

Sergio cerro los ojos cuando lo sintió, curveó más su espalda naturalmente, el peso, el calor y la forma en que Max se acercaba le cortaba el aliento, como se acomodaba, desesperado ante Sergio, como se comenzaba a perder en él como si eso fuera lo único que necesitaba para volver a centrarse. 

Y ahí estaba otra vez.

Ese patrón. 

Ese puto ciclo.

No hablaban.

No aclaraban nada.

No resolvían nada. 

Solo se encontraban así.

Era la única forma cuerda y exitosa que sabían como comunicarse.

Max respirando contra su piel, marcándole con dientes posesivos. Sergio dejándose hacer. Los dos sabiendo que esto no arreglaba nada. 

Pero tampoco podían parar.

—You drive me fucking insane— murmuró Max contra él, honesto y crudo, más para sí mismo que para Sergio. 

Sergio sintió una exhalación temblorosa cuando sintió a Max comenzar a descender con besos en su espalda hasta llegar a su culo, como le gustaba comérselo antes de chingarselo. Sergio se agarró más fuerte del respaldo cuando sintió la nariz respirarle entre las nalgas que Max le abrió con dos manos grandes.

You drive me fucking insane.

Sí.

Lo sabía.

Y eso era exactamente el problema.

Max soltó una lamida amplia y húmeda en su hoyo y Sergio se quebró otra vez.

No con palabras.

Con el cuerpo.

Porque no importaba cuánto intentara mantener la postura, cuánto se repitiera que esto no significaba nada… al final siempre terminaba así.

Entregado.

A él.

Como si no hubiera aprendido nada.

Como si nunca fuera a aprender.

Y Max lo sabía.

Y por eso no lo soltaba y siempre volvía.

 


 

El sillón era demasiado chico para dos cuerpos como los de ellos, pero igual se acomodaban. Siempre encontraban la forma en cualquier superficie.

Sergio estaba medio encima de Max, una pierna enredada entre las suyas, el pecho pegado al suyo, la cabeza descansando en ese brazo fuerte que Max le había metido debajo como si fuera lo más natural del mundo cuando vio que Sergio estaba incómodo y no lograba acomodarse bien. El otro brazo de Max estaba suelto sobre su espalda, moviéndose sin pensar, dibujando líneas distraídas con las yemas de los dedos, subiendo y bajando lento, acariciando la constelación de pecas, como si todavía siguiera en ese ritmo que habían tenido que no terminaba de irse.

Max se lo había cogido ahí contra el sillón, después de comerle el culo, claro. Lo había sometido contra este, una mano ruda en la nuca, hundiéndole la cara contra el respaldo acolchonado mientras la otra mano le sostenía el brazo de Sergio por detrás de su propia espalda, dolía un poco pero le encantaba a Sergio, sometiéndole aún más mientras se la metía como a Sergio le gusta. Sergio normalmente es callado en el sexo pero con Max salen sus peores demonios y estaba muy extasiado como para importarle lo penoso que sonaban sus gemidos y suspiros y pequeños “Sí, sí, sí”.

Max le había dado más duro de lo normal, todavía Sergio seguía sensible de su ronda anterior en el cuarto antes de comer, pero otra vez, no le importaba. Eso silenciaba los pensamientos y emociones que no quería encarar.

A Max le encantaba como Sergio le habla en Español cuando está muy caliente como para pensar en otro idioma que no sea el suyo. Así que el:

Metémela 

Había resonando en los oídos de Max cuando este se estaba dedeando Sergio. Max sabía ya un poco Español, todas las palabras equivocadas y que no debería de saber. 

Sergio se había corrido tan fuerte, manchado el sillón, y casi sin tocarse cuando Max la enterró dentro de él repentina y salvajemente, el dolor y sobreestimulación mezclándose. Y Max se había salido para correrse en la parte baja de su espalda, Sergio sintió el liquido espeso y caliente escurriéndose entre sus nalgas. Max siempre se salía antes de venirse, él bien sabía que a Sergio no le gustaba que lo hiciera adentro.

Pero todo era con razón—Sergio cree que si llegase a dejar a Max correrse dentro de él no habría vuelto atrás y caería un conjuro sobre él del cual no se podría zafar. Parecía algo muy intimo y despersonalizador que Sergio no quería correr el riesgo aunque a veces se masturbaba pensando en Max corriéndose dentro de él.  

Sergio suspiró, pensando mucho.

No hablaban.

No hacía falta.

Max tenía los ojos medio cerrados, no completamente dormido, pero sí ido, en ese punto donde baja la guardia sin darse cuenta. La cara relajada, su cabello rubio hecho un desastre, la boca apenas entreabierta, respirando más lento. Y Sergio lo miraba.

Lo miraba de cerca.

Demasiado cerca.

Eran tan guapo.

Le recorría la cara como si no se la supiera de memoria, como si cada vez encontrara algo nuevo. La nariz grande, recta, que siempre le hacía burla —“pinche narizota de europeo”— pero que le mamaba. La quijada marcada, dura, que se tensaba cuando Max se enojaba o Sergio hacía algo para sacarlo de sus casillas y que ahora estaba suelta, tranquila. La sombra de la barba empezándole a salir otra vez, dispareja, no perfecta.

Siempre le decía que le crecía fea.

Siempre se burlaba.

Pero claro… le encantaba.

Le encantaba cómo raspaba.

Le encantaba sentirla en la piel, en el cuello, en el pecho, en lugares donde no debería estar pensando ahorita. Le daban ganas de volver a empezar todo una vez más nomás de acordarse, de cómo se siente cuando Max se mete entre sus piernas y esa barba le rozaba donde más lo hacía perder la cabeza.

Max abrió apenas los ojos cuando sintió la mirada.

—What —murmuró, con la voz ronca, medio dormida.

Sergio negó con la cabeza, acercándose apenas más, rozándole la boca con la suya. Aprovechando que están en ese delirio borracho post-sexo para ser un poco meloso. Sergio nunca ha sido meloso, muchos le han dicho que es seco, pero sí Max le sigue sacando cosas de él que no sabía que existía.

Nada. —Solo respondió eso

Y se besaron, lento y flojo.

De esos besos que no buscan nada, que solo pasan. Boca contra boca, húmedo, con lengua sin prisa, sin hambre, sin urgencia, un poco descoordinado. Max respondió y cerró los ojos, solo inclinando la cara lo justo, dejando que Sergio lo besara como quisiera, Sergio llevó una mano traviesa al grueso cuello y disfrutó como su mano solo cubría su garganta, apretó tantito como cuando Max le gusta que haga cuando Sergio le monta la verga casi violentamente y ahorca a Max a la vez, dejando un momento pequeño y libre de sumisión ante el que siempre es sumiso, Checo. Se acomodó mejor, acercándolo más con el brazo, apretándolo contra su pecho.

Sergio se dejó.

Siempre se dejaba así.

Porque este era el único momento donde todo se sentía… fácil.

Después de coger, después de sacarse todo, se metían en esa burbuja donde no había reclamos, ni preguntas, ni ese ruido constante que traían cuando estaban vestidos y conscientes y sobrios.

Aquí no eran nada.

Pero eran todo a la vez.

Y por eso mismo se siente correcto.

Max siguió acariciándole la espalda, lento, subiendo los dedos por la columna, bajando otra vez, metiéndose por debajo de la tela de la frazada que Sergio se había puesto encima porque le había dado frío después de que el calor del momento había pasado, Max jugueteó con los vellitos recortados en su pubis, tocó como si no pensara en eso, en sexo o algo puerco, pero Sergio sabía que sí. Siempre sabía.

Le encantaba que eran unos cochinos los dos juntos.

Cerró los ojos un segundo. Pensó en hace rato. En cómo se había levantado de la cama para meterse a bañar, todavía sintiendo todo, queriéndose quitar de encima lo que Max le había dejado para no pensar mucho en eso y despojarse de esos sentimientos complicados que le deja cada encuentro con Mac… convencido de que cuando saliera ya no iba a estar. Porque así funcionaba. Porque así siempre era.

Y luego salir…

Y verlo en la cocina.

El cabrón cocinando.

Como si fuera alguien que se quedaba.

Sergio apretó un poco más el cuerpo contra el suyo, sin darse cuenta.

Max no dijo nada. Solo lo acomodó mejor, le pasó la mano por el cabello húmedo, apartándoselo de la frente, su pulgar rozó sus pecados en su nariz, Sergio siempre lo encontraba viéndole las pecas, tocándoselas o besándoselas y siguió con ese gesto automático, tranquilo, con una suavidad que no le veía con nadie más.

Porque lo había visto.

Había visto a Max con otros.

En restaurantes, en juntas, con gente, con mujeres, con amigos. Sabía cómo era. Seco. Cortante. A veces indiferente, a veces con ese egocentrismo callado que traía siempre encima. Cuando se encabronaba, se ponía pesado, agresivo, de esos que no necesitas que levanten la voz para saber que ya valió verga.

Pero con él… no. Con Sergio no.

Con él era otra cosa.

Más intenso, sí. Más duro también. Pero había algo debajo. Algo que no decía, que no iba a decir nunca… pero que estaba ahí, en cómo lo tocaba, en cómo se quedaba un poquito más, en cómo no lo trataba como trataba a los demás.

Y Sergio lo sabía.

Y eso era lo que más lo jodía.

Porque no sabía qué hacer con eso.

Se quedaron así un rato más. No supo cuánto. El tiempo en ese sillón siempre se volvía raro, como si no existiera igual. Solo el peso de Max, su respiración, el calor de su cuerpo, sus besos y caricias.

Per no pasó mucho, luego empezó.

Esa inquietud.

Esa sensación de que algo no estaba bien, de que esto no debía sentirse tan cómodo. De que le estaba gustando demasiado estar ahí, pegado, como si fuera normal, como si fueran… otra cosa que ni se atrevía a nombrar.

Y no lo eran.

No quería que lo fueran.

Porque Max lo frustraba, a veces Sergio no lo soportaba, lo sacaba de quicio, chocaban, se decían cosas, se lastimaban, se dejaban de ver—Y regresaban como pendejos a lo mismo.

Y aún así aquí estaba.

Adicto.

 

Enganchado.

Enamo—no.

A ese cabrón.

A ese Holandés que no sabía querer bien pero que lo tenía completamente agarrado.

Los pensamientos se le deshicieron cuando sintió un beso corto en la cabeza y unas palmadas en la espalda, reemplazando las relajantes caricias de los dedos largos.

Max comenzó a moverse despacio, saliendo de debajo de él con cuidado, como si no quisiera despertarlo del todo, aunque sabía que no estaba dormido. Tal vez no quería despertar la atmósfera incómoda que estaba por venir. Sergio se acomodó apenas, estirándose, los ojos cerrados, sintiendo el espacio que dejaba, actuó casual y se desparramó en el sillón boca abajo, bostezando, ignorando claramente el nudo dentro de su pecho.

—Is it okay if I take a quick shower before I go?

La voz de Max ya era otra vez la de siempre. Más despierta. Más… él.

Sergio abrió los ojos y lo vio.

De pie y orgullosamente desnudo. La piel marcada, las mordidas visibles, el cuerpo todavía con rastros de todo lo que acababan de hacer. Se veía… desordenado. Real. Humano. Todavía la imagen de Max como se mostraba ante Checo no al mundo. Max se mostraba honesto.

Y jodidamente suyo.

Sergio sonrió apenas, cansado.

—Estás en tu casa —dijo en español, perezoso, como si fuera cualquier cosa.

Pero no lo era.

Max bufó, rodando los ojos apenas, y antes de irse le soltó una nalgada que sonó en toda la sala.

Luego desapareció hacia el cuarto.

Sergio se quedó ahí, solo y mirando el techo.

Sintiendo todavía el peso de él, el calor, la forma en que su cuerpo no terminaba de soltarse, como si Max siguiera ahí, como si no se hubiera ido todavía, como si su cuerpo supiera mejor lo que realmente quiere y su mente testaruda no escucha.

Y pensó que eso era lo peor de todo.

Que lo que tenían funcionaba precisamente porque no era nada. Por eso habían empezado todo, no strings attached, una vez dijeron muy pedos en un bar en España. Habían empezado algo seguido después del primer desliz porque verdaderamente tenían una conexión tan carnal y se tenían ganas que casi los hacía explotar, se pusieron de excusa el uno al otro para siempre tener alguien con quien contar cuando estuvieran muy calientes, o muy estresados, o muy cansados, o muy felices, o muy emocionados, se usaban para todo, siempre era sucio y rápido, pero cada vez se volvía más suave y lento. Pero siempre terminaba en lo mismo.

Yéndose.   

Porque no había promesas.

Porque no había nombre.

Porque podían romperse y volver como si nada.

Pero momentos como este, silenciosos, suaves y peligrosamente cómodos… eran los que lo traicionaban a Sergio. Que lo llenaban en un balde de agua fría de realidad.

Estos eran los momentos que le hacían querer algo que no podía tener o debería querer. Porque los dos habían sido muy claros desde el principio y Sergio no iba a perder, menos Max.

Estos momentos eran los que le recordaban que, en el fondo, lo que más le dolía…no era lo que Max le hacía.

Era todo lo que no le iba a dar.

Porque Max se ha convertido en su mal aprendido.

Notes:

comentarios siempre son bienvenidos sí