Chapter Text
Sus amigos tenían un dicho muy acertado en el grupo.
«No importa qué tan mal la estés pasando hoy, Zanka está teniendo un día peor».
Quiso ofenderse —porque quien tuvo la osadía de señalarlo fue Rudo, de entre todos—, pero le indignó más que tuviera razón.
Desde que tiene suficiente edad y uso de consciencia, no ha habido día en el que cualquiera que sea la deidad que rige el universo no se burle de ella. Pequeños detalles, supone. Los traumas los acumula como cartas doradas de su juego online favorito.
Hoy, por supuesto, no es la excepción.
Esa mañana, cuando Zanka despertó, no se le pasó por la cabeza que el edificio en donde trabajaba sufriría un ataque accidental por algún tipo de experimento inexplicable con un misil. No le pregunten, ella tampoco sabe muy bien qué carajos sucedió. En un momento estaba considerando beberse toda la jarra de café aguado de la sala de descansos y luego… bueno.
Lo peor es, tal vez, que de entre todos los empleados de la planta y sus derredores, solo ella quedó atrapada en un peligroso desnivel cerca del gran puente.
Zanka estornudó cuando su mente dejó de girar. Tenía el cabello hecho un verdadero nido de pájaros debido al polvo y escombros menores, sus medias veladas totalmente rotas y el blazer húmedo de sudor frío y un poco de sangre. Nada grave, en realidad, porque sabía lo que estaba sucediendo y lo estaba asimilando bastante bien.
La gente del otro lado..., no tanto. Podía oírlos gritar con exaltación y ondear sus manos como si Zanka no gozara de una vista bastante buena, muchas gracias. Estaba decidiendo ignorarlos por su propio bien mental, y no porque le parecía una causa inútil desperdiciar el funcionamiento de sus cuerdas vocales en comunicarse con los tarados irresponsables y exagerados de sus compañeros de trabajo y otros.
Hacía frío. Zanka se quitó los tacones, notificando que sufrió, para sorpresa de nadie, la desafortunada suerte de que se le desprendieran las suelas, y frotó sus dedos juntos. Estaba expuesta y, a la vez, peligrosamente cerca de caer. Ojalá pudiera decir que tenía un cuerpo atleta escondido bajo el informe insípido de oficinista que se le obligaba a portar en la empresa, pero Zanka dejó de frecuentar el gimnasio hace muchísimo tiempo; y sus habilidades bastante decentes en el jiu-jitsu también habían sido descuidadas. De todas formas, no es como si lanzar patadas perfectas e inmovilizar personas le sirva de mucho en esta situación.
Quiere decirle a sus padres y a sus hermanos: «Ja. ¿Lo ven? Un desperdicio de tiempo». Pero algo le dice que encontrarían la forma de llevar el sartén por el mango, sin importar qué. No es como si Zanka alguna vez sintiera la necesidad de agarrar el teléfono, desbloquear minuciosamente los contactos de sus familiares y molestarse en llamarlos.
(Tampoco cree que ellos vayan a contestar, pero eso no viene a cuento).
Zanka mira de reojo a las personas que pudieron escapar ilesos del derrumbe del edificio. Sabe que no hubo víctimas graves porque la policía se está tomando su dulce tiempo en organizarse con el equipo de bomberos, de los cuales Zanka solo ha visto el gran camión y ya.
Ha pasado aproximadamente una hora.
¿Qué estaban esperando? ¿Que Zanka decida que es suficiente espera y se tire al vacío? De hecho, eso sería gracioso. De una forma bizarra. Zanka no puede evitar esbozar una sonrisa y resoplar por la nariz. Seguramente aparecería en todos los medios de comunicación posibles, con títulos ridículos y sensacionalistas. Si sus amigos la conocen bien, entonces también se tomarían fotos en su lápida y subirían en sus perfiles alguna estupidez digna de su ofensa en el Más Allá.
De cualquier forma, Zanka no tiene hambre. Se comió dos sándwiches de queso chédar al mediodía, una taza de café con azúcar insuficiente para contrarrestar su amargor y luego una barra de chocolate con maní durante el descanso de la tarde.
Ahora es una damisela en apuros que no va a recibir a su supuesto príncipe azul porque todos son unos inútiles y Zanka debería, aparentemente, encontrar la manera de regresar por su propia cuenta.
Bueno, ellos no dijeron eso. Pero Zanka prefiere asumirlo debido al hecho de que tampoco le han dicho nada. Y si sabe que, al menos, su patética existencia fue notificada, es por las bocotas de sus compañeros. ¿Debería estar agradecida? La respuesta probablemente es sí, pero Zanka les guarda cierto asco por el simple hecho de que son unos ineptos descerebrados la mayor parte del tiempo.
Las nubes truenan, la brisa sopla fría y el cielo se torna lentamente en una oscuridad que presagia una tormenta. ¡Genial! No sólo se derrumba su lugar de trabajo y queda atrapada en quién sabe dónde, sino que el clima se suma a la campaña de «¡Molestemos a Zanka Nijiku hasta que muera!».
Zanka no se atreve a moverse mucho, tampoco. No tiene idea de cómo es la estabilidad del lugar en el que quedó, pero teniendo en cuenta que no hay posibilidad de escalar ni de no caer por la borda, bien podría estar sujeta a un hilo de entre los escombros.
Ni siquiera sabe dónde quedó su celular. El reloj inteligente en su muñeca se rompió y no llevaba el par de audífonos inalámbricos que a veces utilizaba para opacar el ruido exterior. Estaba sola, con frío, queriendo irse a casa y dormirse por el resto de la eternidad, pero no es como si pudiera hacerlo con solo un chasquido de dedos.
Zanka está mirando las nubes volviéndose casi negras cuando los gritos empiezan a dejar de escucharse. Curiosa por ver el motivo de este milagro, se da cuenta que hay todo un equipo de personas movilizándose hacia ella. No puede ver bien debido a la altura y la lejanía en la que se encuentra, pero haciendo una inferencia rápida a partir de lo que ve, se podría decir que están colocando cosas en el piso mientras avanzan. Algunos tienen arneses, pero es difícil distinguir con la poca iluminación que lentamente se va perdiendo.
Zanka mira hacia delante.
La empresa donde trabaja solo ocupaba dos pisos del altísimo edificio. El décimo y el undécimo. Su trabajo no era demasiado difícil, ni llamativo, y mucho menos reconocido. Solo otra empresa editorial en la que se centraban en corregir libros académicos, aunque con más frecuencia se veían solicitudes para revisiones de textos bioquímicos y físicos.
Zanka solo era la responsable de la producción y el diseño. Es decir, se quedaba la mayor parte del tiempo luchando contra tablas de excel, gráficos sacados del ano de los escritores y estadísticas excesivamente largas que le tomaba toda una tarde terminar. Claramente, algunas herramientas estaban diseñadas para facilitarle el trabajo, pero Zanka tenía una predilección inconsciente por hacerse la vida difícil por razones inexplicables.
Asimismo, la ubicación de la empresa no era la más ideal. Dejada a su suerte por los arquitectos al lado de un canal y rodeada de otros edificios más grandes, se podría decir que apenas ocupaba la cuarta parte dentro del sector. Su mayor error fue haber quedado tan cerca del canal, a pesar de que ofrecía grandes vistas.
Bueno, ahora claramente es un desperdicio y solo está sirviendo para que Zanka tirite y maldiga al arquitecto, sus elecciones de vida y todo lo que la haya llevado a este punto exacto.
El silencio también se siente incómodo. Las voces frenéticas de sus compañeros eran un consuelo al que no quería darle nombre porque así no escuchaba los atolondrados e innecesarios pensamientos que se le pasaban cada vez que miraba hacia abajo.
¿Se le puede culpar? De todos modos, la vida no ha sido más que una mierda estos últimos años. Cuenta con amigos, un trabajo estable y una cuenta bancaria que parece ser lo único bueno proveniente de su tonta familia. Pero no ha tenido mucho éxito consiguiendo planificar su futuro. Vive el día a día al límite. Y si no se apresura en solidificar un plan, una estrategia de vida hasta que esté vieja y arrugada, a lo mejor quede renegada en un asilo de poca monta donde la dejan pudrirse en su demencia senil.
Sí, no necesita que nadie le diga lo poco entusiasta que suena eso.
El sonido de algo moviéndose lentamente la saca de sus pensamientos. No puede ver nada, y las pequeñas personas allá se encuentran quietas y calladas. Solo la brisa, el sonido de algo arrastrándose y... ¿cadenas? Oh, ¿es un rescatista? Lograron apresurarse, después de todo.
El corazón le comienza a latir rápido cuanto más escucha los sonidos acercarse. Ahora hay un crujido y voces suaves que vienen con interferencia. Parece provenir de una radio. Zanka no se aventura a moverse ni a respirar más fuerte, pero la ansiedad le hace apretar los dedos contra sus rodillas.
Lo cierto es que no quiere morir así. Si alguna vez planificó con excesivo detalle cómo quitarse la vida y si alguna vez lo intentó, ahora esa valentía se ha ido por el caño y solo han quedado cenizas frías bajo sus pies. Aunque no le preocupa demasiado partir finalmente de este mundo en el sentido del daño que puede sufrir, con solo pensar en lo desolados que estarán sus amigos se le quita la ilusión.
Lo ocultarán en público y se reirán de su mala racha y sus expresiones de niña rica porque saben que a Zanka nunca le ha molestado y es una broma interna, pero cuando lleguen a casa se sentarán en el sofá incómodo que todos tienen porque no pueden comprar cosas buenas por su vida y derramarán lágrimas mientras se preguntan qué pudieron hacer mejor para que las cosas no terminaran como lo hicieron.
No es como si un ataque sorpresa sea culpa de ellos, pero sabe que son estúpidos y llegarán a dichas conclusiones.
Los sonidos se vuelven más claros. Zanka mira a su derredor, pero todavía no-
—Hey.
La voz es baja pero clara. Proviene de algún lugar a su derecha, de donde vienen también los sonidos de antes.
Zanka parpadea unas cuantas veces, con la punta de los dedos helada, y espera.
—¿Hola? —pregunta la voz—. Estoy segura de que me estás oyendo.
La radio cruje y una voz más se hace presente.
—No seas brusca con la chica, Wonger.
El apellido le da un escalofrío injustificado a Zanka, quien se queda todavía más quieta.
—¡Apenas la saludé! —rechista en voz baja la primera voz.
—Solo me aseguro que no hagas mal esto. Momoa no está en condiciones y eras la última opción...
—Oye, ya nos está escuchando, ¿sabes? Es muy grosero de tu parte...
—Cambio y fuera.
—Uf. —La primera voz suelta lo que parece una risita. De alguna manera, Zanka nota que el sonido no es tan alto como para perturbar los escombros a su alrededor—. Hola, ¿me estás escuchando? Apostaría a que sí.
Zanka frunce ligeramente las cejas. ¿Qué clase de profesional le acaban de mandar? Le hace sentir que las posibilidades de caer e irse a la mierda son más altas que las de vivir. En realidad, eso también sería un poco risible. Quizá si tienes un humor negro y rancio como el suyo, al menos.
Un rescatista muere tratando de rescatar a una civil.
No se da cuenta que ha dejado escapar una risa baja hasta que escucha otra en respuesta.
—Es gracioso, ¿verdad? Estoy segura que debes estar pensando qué diablos sucede con tu rescatista de confianza. Bueno, déjame... —La interrumpen algunos pequeños sonidos más cercanos. Zanka ahora está mirando su lado derecho con curiosidad—. La verdad es que yo no suelo hacer esto.
—Qué consuelo —expresa Zanka con sarcasmo.
Se oye una risita nuevamente.
—Sí. Oye, no se me da bien. Al menos sé las preguntas protocolarias. ¿Estás bien ahí? Quiero decir, físicamente.
Zanka baja la mirada a su rodilla izquierda, donde un raspón al rojo vivo todavía le escuece cuando mueve la pierna.
—En la espalda tengo un rasguño —informa Zanka—. Solo siento un poco la humedad y no me duele mucho, así que no debe ser profundo.
—Excelente. Sí. Anotado.
Zanka ve en esos momentos unas botas negras aparecer. Van bajando lentamente, tomándose su tiempo mientras palpa los escombros que le rodean con cuidado. Tiene algo en las manos, una especie de vara no muy larga. ¿Un cilindro?
Para cuando aparece todo el cuerpo de su rescatista, con un arnés dejando en claro que está bien asegurada desde el otro lado, Zanka siente que podría estar definitivamente en mejores manos.
Jabber Wonger.
Claro. Por supuesto que sí.
Es por eso que el apellido le sonaba antes. No podía ser otra persona que su antigua rival académica, la que siempre rebasaba sus notas con solo sonreír y de vez en cuando mirar sus libros de textos. La misma por la que tuvo su inminente despertar lésbico y la cual dejó de ver porque escogieron diferentes carreras. O algo así…
Menuda mierda.
No puede ver su mirada, pero juraría que tiene una expresión exagerada de sorpresa.
—¿Eh? ¿Señorita Mala Actitud?
—Jabber.
—¡Qué coincidencia! —chilla en voz baja ella. Zanka le da puntos por mantener el control de su voz—. Esto sí que no me lo esperaba. Tu voz ha cambiado, ¿eh?
Zanka quisiera tener las habilidades sociales suficientes y decentes como para decir que la saludará, sin darle importancia a los viejos tiempos, para no volver incómoda la situación. Pero Zanka es, a palabras puntuales de Riyo —una de sus mejores amigas—, una bola de estrés, ansiedad e incomodidad andante. Dado que no tenía planeado encontrarse con su antigua rival en un lugar como este, es seguro decir que no tiene idea de cómo actuar.
Así que la ignora.
Lo solo enaltece el regocijo de Jabber.
—Oh, no me equivoqué al decir que sigues teniendo esa mala actitud. ¡Alégrate, mujer, ya vine yo!
«Mejor mierda», piensa, con la cara arrugada como uva pasa. Termina por ignorar a la mujer. Apenas puede verle el rostro a Jabber con el casco y las gafas protectoras, pero se le revuelven las tripas al saber que la está mirando en este estado.
Sí, Zanka debería haberse esforzado más por buscar novia. Si tuviera una hermosa mujer esperándola en casa, no estaría sintiendo que sus mejillas se sonrojan porque su primer crush la está mirando.
Especialmente en esta situación.
—¿De verdad estás bien, Zan-Zan? —cuestiona la bombera ante su silencio—. No tendrás una conmoción cerebral, ¿o sí?
—No —refuta, apartando la mirada por un momento. Luego, menos aletargada y recogiendo las piezas de su dignidad, la vuelve a mirar para preguntar—: ¿Cómo lograste bajar hasta aquí?
Ella sonríe. O quizá no ha dejado de sonreír nunca. Zanka solo siente que empeora la diversión de Jabber.
—Claramente tengo mis métodos.
Bien. Zanka podría estar perdiendo IQ rápidamente porque el arnés solo apretuja el uniforme de este desperdicio de existencia, dejándole ver más muslos, culo y cintura de lo que quisiera.
Jabber dice algo por el intercomunicador. Probablemente asegurando que todo va bien y que no hay riesgos latentes por ahora.
Es todavía mucho menos creíble asociar esta faceta llena de seriedad y una pizca de profesionalidad con el desorden andante que era Jabber Wonger en el instituto. Aunque si puede ser más específica, debería decir que, en ese entonces, no había nadie capaz de controlar los daños que hacía su aburrimiento.
Incluida Zanka.
—Es hora de amarrarte a mí, dulzura.
Zanka siente que una vena estalla en su frente —y, en el fondo, cómo su estómago da dos volteretas sin su permiso—.
—Qué caraj-
—¡Ah-ah! No puedes hablar tan fuerte. Aunque instalamos puntales hidráulicos arriba y estamos pendientes de que no se mueva nada, cualquier interferencia nos haría caer. Así que calladita te ves más bonita.
Zanka la insulta veinte veces en su mente, por si acaso. A juzgar por la sonrisa socarrona que le dirige Jabber, no ha hecho un muy buen trabajo guardándoselo para sí misma.
Ponerse de pie es mucho más complicado de lo que esperaba. No tiene exactamente las piernas entumecidas, pero debió haberse golpeado más duro de lo que pensaba, porque le duelen muchísimo cuando logra incorporarse.
—Eso es —anima con voz injustamente seductora Jabber—. No hagas movimientos bruscos o nos vamos a la mierda, corazón.
La noche se siente más cerca. Zanka intuye que deben ser aproximadamente las seis. Eso le da una ventaja: no se le ve el rojo que seguramente hay en sus mejillas en ese mismo momento.
—¿Podrías ser más profesional? —se le escapa.
Raso error.
Jabber infla las mejillas, resollando.
Zanka ve escarlata. ¡Esta desgraciada, riéndose incluso en esta situación! La hace hervir de vergüenza, ira y odio.
—¡Apresúrate! —le recrimina.
—Ya voy, ya voy —calma Jabber, con la voz más chillona que antes. Hace una pausa, desenrosca algunas cosas de su cinturón y luego la mira—. Voy a necesitar que me hagas un favor.
—Qué.
—Vas a caminar muy despacio hacia mí. Puedes movilizarte bien, ¿cierto?
Zanka mira sus pies descalzos, el raspón en su rodilla y siente el dolor sordo en su espalda, pero asiente.
—Bien. Vas a venir lentamente.
Zanka lo hace. Es un poco vergonzoso que, cuando está lo suficientemente cerca, estira los brazos y Jabber la atrapa de inmediato. La bombera ha puesto el cilindro —porque tiene cara de que lo es— en el piso y este tiene un foquito encendido.
Jabber desenreda algunas cuerdas con agilidad.
Cuando Zanka la mira, imposiblemente cerca, tiene el descaro y la audacia de sonreír de lado.
—Hey.
Tampoco es justo que eso le haga sentir la garganta seca.
—Haz tu trabajo.
—Lo estoy haciendo —resalta Jabber con una risita—. Pareces bastante miserable.
Eso hace que el tic bajo su ojo se active.
—Intenta estar una hora a punto de morir y sin saber si realmente llegará o no un rescate.
—Te garantizo que la tardanza fue más por los protocolos y los preparativos —asegura Jabber. Comienza por fin a atar a Zanka, lo cual es increíblemente vergonzoso porque tiene que pasar las cuerdas por casi todo su cuerpo. Jabber ignora su rigidez, o quizá la disfruta; es difícil saberlo—. Te sorprenderás cuando salgas.
—No me importa —masculla. La voz que antes escuchó se manifiesta nuevamente por el intercomunicador y Jabber empieza a notificar la situación—. Solo sácame de aquí —dice en un tono inaudible.
Jabber terminó de hablar con su... ¿compañera? ¿Jefa? Zanka no tenía ni idea. Y la apretó contra su cuerpo.
De acuerdo, eso no debe ser necesario, ¿verdad?
Zanka la mira con los ojos entrecerrados y Jabber vuelve a mostrarle todos los dientes en una sonrisa.
—No me mires así, princesa. Voy a necesitar que te agarres muy bien a mí mientras subimos.
Cierto. Zanka pasa saliva, sigue las molestas instrucciones de Jabber para rodear con sus brazos y piernas a la mujer —por una vez, la pequeña diferencia de altura que tienen les beneficia— y... Bueno, decir que se siente como un mono trepado sobre Jabber es quedarse corto.
Con las manos fuertemente apretadas tras la nuca de Jabber, la cara ridículamente caliente y la sonrisa de ella a escasos centímetros de su rostro, Zanka se pregunta por qué no pudo simplemente caer por la borda y buscar su camino en el canal de agua abajo. Eso la salvaría de esta irrisoria situación.
Comienzan a subir. Zanka quiere preguntar cómo funciona todo este proceso de cuerdas, aparatos cilíndricos raros y los intercomunicadores, pero la verdad es que está haciendo un esfuerzo sobrehumano para no mirar hacia abajo y caer repentinamente desmayada por el vértigo. Algo le dice que Jabber podría con ella incluso inconsciente —por su profesión, probablemente está entrenada para rescatar a personas que pesen más de 80kg, ¿cierto? ¿Cuántos músculos debe...? Zanka se detiene justo ahí, sin querer ahondar en esos pensamientos—, pero tampoco es como si quisiera poner a prueba sus teorías. Los muslos que trabajan bajo ella se sienten firmes como rocas y estables como estructura egipcia. Y ni siquiera hablará de los bíceps que ocasionalmente mira por el rabillo del ojo que, aunque no estén ahora mismo visibles, es muy fácil de imaginar con la fuerza con la que se están moviendo.
De verdad, Zanka necesita salir más. Tocar más pasto. Probablemente tener más sexo.
No puede estar pensando de nuevo en Jabber de esta forma con solo verla por menos de una hora. Eso es patético.
Logran subir con éxito. La plataforma arriba de donde estaban es menos inestable, aunque Zanka no se da cuenta de eso en ese momento, porque sus ojos siguen la cuerda del arnés de ambas hasta un... ¿trípode? Pero uno muy grande.
El intercomunicador de Jabber en ese momento rompe el silencio.
—Silencio en la estructura. La brisa ha movido algo.
Jabber se queda inmóvil, con Zanka todavía pegada como el mono que en su mente es, y se quedan esperando. Intercambian miradas, lo que solo hace que los nervios de Zanka se dupliquen al reconocer los rasgos faciales de la mujer y termina apartando la cara como niña de preescolar que se avergüenza frente a la profesora bonita.
No puede evitar pensar que Jabber sigue siendo tan irritante atractiva como siempre. Aunque quizá los años le estén dando mucho más créditos de los que se merece esta bastarda.
Después de aproximadamente tres minutos, Jabber recibe la orden de avanzar. La ayuda a desenroscarse y a gatear junto a ella, indicándole el camino hacia un sistema de poleas más adelante, en donde las alzarán a ambas al lugar más seguro de lo que queda del edificio.
—Estarás bien.
—Cállate —rechista Zanka, con las orejas coloradas—. Se te da pésimo consolar a la gente.
Jabber se ríe.
—Oye, no me encargo de esta parte a menudo. Deberías darme gracias porque no te he molestado hasta ahora.
Zanka la mira de reojo, con disgusto, y arranca otra risita de la mujer que, para su eterna desgracia, la observa con un brillo nuevo en la mirada. Sentir esos ojos rosados, aunque poco visibles, recorrerla desde la cara hasta más abajo de la espalda no le hace ningún bien.
—Te ves más guapa, Zanka.
—¡Jódete!
Jabber se atraganta con la risa y hace lo posible por no dejarla salir en todo su esplendor.
¡Qué atrevimiento! Zanka se siente abochornada, pegajosa, cansada, adolorida y con ganas de cometer un homicidio en medio de un rescate. ¡Todo en uno solo!
Llegan al sistema de poleas sin más reparos. Zanka se endereza con la ayuda —irritante— de Jabber y luego es subida en lo que termina de procesar que, en efecto, la acaban de rescatar de una muerte casi segura.
Los bomberos que la reciben son todos muy amables con ella, lo que solo empeora su sentimiento de culpa al haberlos juzgado. Todo lo que instalaron y lo que esperaron no fue exactamente porque quisieran que Zanka tomara la —mala— decisión de tirarse finalmente al canal, sino para asegurar su pequeña e insignificante vida de mierda. Ahora entiende porqué muchas personas tienden a decir que lo más cercano a un héroe son los bomberos y los médicos.
La conducen fuera del peligro. No sabe dónde queda Jabber y, por lo que a ella respecta, bien podría desaparecer eternamente de su vida y ella estaría feliz. Incluso cuando su decepción al ser tratada médicamente se vea presente porque no puede ubicar a la mujer.
Le limpian la herida de la rodilla, algunas de las manos y la espalda. Queda en su sostén deportivo, pero no es tan vergonzoso porque no es un asunto bastante importante a estas alturas.
Hasta que escucha un silbido cerca.
—¡Señorita Mala Actitud, no pensé que escondieras todos esos atributos!
—De verdad... —suspira Zanka, cerrando los ojos con fuerza.
A su lado, la médico, una mujer estoica de cabello rubio y largo, bufa y termina de decirle con voz calmada lo que necesita hacer estos días para evitar el dolor de espalda. Para cuando se retira, Jabber está frente a Zanka, sin todo el uniforme-
«¡Qué descarada!»
—Tú —señala Zanka, con los molares apretados— eres un maldito peligro.
—Te rescaté, ¿no? —Se cruza de brazos, lo cual debería considerarse un pecado porque se le abultan un poco esos bíceps que tan amablemente Zanka no había querido imaginar antes. Los tatuajes no ayudan de ninguna manera y trata con todas sus fuerzas en mirar los ojos de Jabber—. Además, estaba cumpliendo mi trabajo. Y querías ser rescatada.
Zanka no le responde, concentrada en NO mirar fijamente ningún verdadero atributo de la mujer frente a ella. Aunque eso es desgraciadamente difícil, teniendo en cuenta que le asalta los sentidos como cuando era una adolescente hormonal y solo quería pelear con Jabber. Y quizá resolver los asuntos bajo las sábanas, ahora que lo piensa.
Reparando lentamente a Jabber, nota que tiene sus locs mucho más largas y gruesas que antes, aunque ahora las lleva recogidas en una trenza baja que le roza las caderas. Debe ser para poder colocarse el casco.
—Entonces —expresa Jabber, ladeando la cabeza lo suficiente para entrar en el campo de visión de Zanka—, ¿no me vas a decir nada además de «Gracias por salvarme la vida, señorita bombera»?
—No te diré absolutamente nada.
Jabber hace un puchero.
—¡Y yo que pensaba que los años te habían quitado lo cobarde!
En ese momento, Zanka se olvida que hace apenas unas horas estaba a punto de caer de un edificio y se pone de pie. Maldice la diferencia de estatura con su alma, pero agarra la parte superior de la ridícula camisa apretada de Jabber y la sacude ligeramente. Debe fingir que la resistencia de Jabber no alimenta los gusanos traicioneros en sus tripas.
—¿Quién fue realmente la cobarde? —reprocha—. ¿Yo, que te dije que podíamos dejar de jalarnos las coletas como niñas estúpidas y hablar como personas civilizadas; o tú, que preferiste mandarme a la mierda porque te dan miedo los sentimientos?
—Eh —canturrea Jabber, con los pómulos sonrojados. Ella ha descruzado sus brazos y la mira de esa forma indescifrable que hace emerger una rabia distinta en Zanka—. Que vivas acelerada no es mi culpa. Para cuando miré de nuevo, ya te habías ido con el rabo entre las patas.
—¿¡Qué se supone que debía hacer!? ¿Quedarme esperando toda mi vida por una ignorante que no paraba de hablar de idioteces?
—Zanka...
Zanka la suelta, con la ira picante en la lengua y los ojos repentinamente calientes.
—Jódete —la insulta, solo porque sí, probablemente en nombre de su yo de diecisiete—. La cobarde aquí es otra.
Jabber parece lista para decir algo pero, en ese instante, el sonido de alguien gritando el nombre de Zanka las distrae. Zanka mira hacia la voz, y no puede evitar relajarse cuando nota las siluetas preocupadas de Enjin, Riyo y Rudo abriéndose paso hacia ella.
Mira de reojo a Jabber. La Jabber Wonger que le hizo sentir que tenía un problema muy serio en el estómago y en la cabeza por la forma en la que le gustó tanto, y decide que bien pudo haber sido un poco injusta en este momento.
Por Dios, están a la mitad de sus veinte ya.
Zanka gruñe, Jabber la mira con una expresión cerrada.
—Solo... —Zanka ondea una mano al aire, exasperada consigo misma—. Esta vez no huyas, idiota.
A Jabber no le da tiempo a terminar. El grupo de amigos de Zanka la envuelven en un abrazo muy importante, preguntando todo tipo de cosas en tono preocupado y ansioso.
Se encarga de tranquilizarlos y, mientras Enjin le coloca su abrigo sobre los hombros y Riyo la mira como si quisiera meterla en una caja y cuidarla ella misma, Zanka siente un toque en su muñeca inesperado. Cuando voltea, ve la espalda ancha de Jabber alejándose, con las manos en los bolsillos.
Zanka siente un peso extra en el bolsillo de su falda. Mete la mano y se topa con algo. ¿Una... roca? Con algo escrito.
—¿Qué es eso, Zanka? —pregunta el chismoso de Rudo.
Zanka se aleja del chico, con las mejillas arreboladas cuando comprende lo que dice. La vuelve a guardar en su bolsillo y espeluca el cabello blanquecino de Rudo para desahogar un poco la energía que repentinamente le hace querer saltar, sin importarle los chillidos en respuesta.
«Llámame cuando estés libre. Tu chica Jabber Wonger estará aquí esta vez.
PD.: Ojalá te gusten los besos con piercings, preciosa.»
Si Zanka sonríe bobaliconamente, solo quedará entre los idiotas entrometidos de sus amigos y ella.
Al final, tener tan mala suerte no está tan mal.
