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—Guerrero, por favor, danos fuerzas; Madre, apiádate de nosotros; Padre, castiga a estos impíos llegados de más allá de los mares para…
Un guardia real golpeó a Alden justo la boca, con tanta fuerza que lo hizo callar. Al fin, pensó Pate mientras lo veía escupir dientes y sangre. Incluso Lim y Peregrin parecían aliviados.
Durante los tres meses que había pasado combatiendo junto a los Hijos del Guerrero, las estridentes invocaciones de su hermano de causa al Padre y a la Madre lo despertaban cada mañana y le impedían dormirse todas las noches. La verdad era que, desde que se había unido a ellos, Pate había descubierto lo mucho que le disgustaba estar rodeado de otra gente a todas horas: odiaba oír cantar a sus hermanos con aquellas voces desafinadas y la forma ridícula en que en esos momentos algunos fingían estar poseídos por el espíritu hacendoso del Herrero o la inocencia pura de la doncella; le asqueaba el olor de sus compañeros, a los que nunca había oído decir que iban a lavarse desde que los conocía; pero, por sobre todas las cosas, odiaba la voz chillona de Alden.
Como hijo de algún noble de poca monta, el muy imbécil parecía empeñado en que todo el mundo supiera que él sí que se había leído La Estrella de Siete Puntas, y sabía qué rezos había que decir a cada hora y exactamente con qué entonación. Pate no sabía leer, ni tenía talento alguno —ni muchas ganas, todo hay que decirlo —para aprenderse tonterías de memoria, así que Alden iba detrás de él todo el día intentando convertirlo en el piadoso hijo de la Madre que él sabía que podía ser —esas eran sus propias palabras.
Ahora, aunque fuese por un instante fugaz, por lo menos había silencio. Dentro de la tienda de campaña, mucho más espaciosa que la que él compartía con sus doce hermanos hediondos, solo se escuchaba el crepitar del fuego y el ocasional chirrido de las armaduras blancas cuando uno de los guardias se movía. Afuera había ruido claro: pasos apresurados, órdenes gritadas, martillos que se clavaban contra el hierro… Sin embargo, tal vez porque se notaba que esta tienda tenía unas cuantas capas de tela para aislarla del agitado exterior, todo parecía venir como de lejos.
Si cerraba los ojos, era como estar de vuelta en su habitación de Desembarco del Rey. Puede que fuera un hueco sin ventanas donde no cabía sin agachar la cabeza, pero por lo menos él se ocupaba de mantenerla limpia y sus vecinos eran sorprendentemente silenciosos. Pate ya estaba empezando a extrañar sus tardes con la pobre Rosie en aquel cálido escondrijo cuando la puerta de la tienda se abrió.
No le molestó tanto saber que iba a morir como ver su paz interrumpida por los gritos de rabia del rey:
—Cada vez los mandan más imbéciles —dijo mientras agarraba a Lim por la camisa y lo obligaba a ponerse de pie.
Identificó a Maegor enseguida, porque era tan grande como lo había imaginado y su rabia tan palpable y venenosa como se la habían descrito los pocos observadores sobrevivientes. Tenía los hombros anchos como el muro de un castillo, y era más alto que cualquier hombre que Pate hubiera visto antes. Llevaba el cabello cortado casi al rape, pero todavía se podía distinguir el color plateado de los jinetes de dragón. No parecía muy satisfecho de que cuatro idiotas se hubieran colado en su campamento para matarle.
Dos jóvenes —uno de ellos le resultaba vagamente familiar —y una mujer entraron detrás de él. Los ojos violetas y el color antinatural del pelo, dorado en uno y más parecido a la plata en otro, delataban a los primeros como miembros de la familia real. En aquel momento, ambos tenían más cara de mierda que el propio Pate, pero ella se veía fresca y alegre como una recién casada.
—¿Quién os ha enviado? —le gritó el rey a Lim mientras le rodeaba el cuello con una sola mano. El mudito, tan ágil en el combate por lo pequeño y delgado que era, parecía un muñeco de trapo en las manos de un niño gigante.
—Os dije que lo intentarían, el fuego nunca se equivoca —comentó la mujer mientras se paraba detrás de Maegor. Debía ser la bruja loca de la que todos hablaban. Pate no entendía cómo una voz tan dulce podía provocar la sensación de ser acariciado por una serpiente.
—Son Hijos del Guerrero, Majestad —aportó uno de los guardias, el mismo que se había sentado encima de Pate mientras esperaba refuerzos.
—Quiero oírlo de su boca —lo cortó el interpelado. Iba a serle complicado, una de las pocas cosas que Pate apreciaba de Lim era su silencio. Tal vez era por eso por lo que Dogget los había seleccionado a ellos: un mudo que no pueda delatarnos, un fanático que no quiera, y un tonto bonachón que piense que estaría mal hacerlo. Y Pate, claro, aunque no tenía muy claro cuál había sido el razonamiento para escogerle a él.
Maegor, por supuesto, no tenía idea de estas cosas. Atravesó la tienda en solo un par de pasos, apartó una mesa de una patada —Pate se sorprendió lamentando la forma en que aquella jarra de buen vino caía al suelo —y obligó a Lim a arrodillarse para acercar su cara a la hoguera.
—¿Quién os envía? —repitió.
Lim solo pudo soltar un largo balbuceo incoherente. Del tipo que, incluso en circunstancias más normales, hacía que a Pate se le crisparan los nervios de frustración.
—¿Quién os envía? —volvió a la carga el rey.
—No tiene lengua —habló por primera vez el más joven de sus acompañantes, como si a él también le molestara tanto ruido inútil. Tenía el mismo pelo plateado de Maegor, pero lo llevaba largo hasta más abajo de los hombros, pulcro y bien peinado como una doncella.
De todas maneras, el rey pegó la cara de Lim a las llamas por solo un momento, lo suficiente para que el olor de la carne quemada y los chillidos ridículos del mudito inundaran la estancia.
—¿Qué sería de mí sin las brillantes observaciones de mi amado sobrino? —se burló Maegor por encima de los gemidos de su víctima, que se retorcía sin ningún recato en el suelo —Debimos haber hecho de ti un maestre de la Ciudadela.
El rey agarró entonces a Peregrin, que movía los labios como si rezara. No era tan menudo como el pobre Lim, pero de todas maneras no le costó mucho trabajo arrastrarlo hacia el fuego.
—¿Quién os envía?
—Nos mandan los Siete para acabar con la Abominación —se las arregló para hablar Alden, y su premio fue un puñetazo en el estómago que lo dejó sin aire. Mejor así, si voy a morir que no sea en medio de uno de sus discursos, se dijo Pate.
—Nos manda el Perro Rojo. Y aunque hayamos fallado, alguien tendrá éxito pronto —soltó Peregrin de pronto. Conque la fe es contagiosa, vaya con esta gente.
Sorprendentemente, sus palabras no parecieron alterar demasiado a Maegor, que lo soltó casi con delicadeza.
—En verdad sois imbéciles dirigidos por ciegos —señaló con una sonrisa que casi era compasiva —Pero habéis llegado demasiado lejos, y eso hay que castigarlo. ¿Qué piensa de esto el príncipe Viserys?
Maegor se dirigía ahora al muchacho del pelo dorado, y a Pate le pareció que este juntaba todas sus energías antes de levantar la vista del suelo y contestar:
—Supongo que habría que condenarlos a muerte por atentar contra la vida del rey.
Lim empezó a chillar más alto, Peregrin suspiró como si le pareciera una sorpresa, y Alden comenzó una plegaria al Guerrero que de nuevo fue silenciada a patadas. Pate también intentó rezar para sus adentros, pero se dio cuenta de que en verdad no conocía ninguna plegaria.
El chico pelilargo abrió mucho los ojos y miró a su hermano con una mueca extraña. Pate lo reconoció entonces, porque era la misma mezcla de sorpresa y fastidio que había puesto un par de semanas antes cuando, justo después de derribarlo del caballo, él casi había logrado atravesar con su lanza uno de sus ojos de abominación valyria. Cómo se han virado las tornas, hijo de perra, se lamentó.
La bruja se pegó más al rey y acarició su brazo como una madre que arrulla a su hijo. Era pálida como la luz que refleja una hoja recién pulida, y su sonrisa parecía igual de cortante.
—¿No dicen aquí en Poniente que el hombre que pronuncia la sentencia es el que debe cumplirla? —preguntó, su cara era un dechado de inocencia.
Pate jamás había oído una frase así, y se sorprendió cuando Maegor le dio la razón.
—No has tenido la oportunidad de combatir en estos días, ¿no es cierto, Viserys? Pues esta es tu oportunidad de cumplir con el juramento que me hiciste.
Viserys agarró el arma que le tendía el rey. En sus manos, la larga hoja parecía pesar tanto como una montaña. Era fina y reluciente, con la empuñadora de plata decorada por rubíes. Pate nunca había visto acero valyrio, pero se imaginó que debía lucir así. Al menos me cortarán la cabeza con una espada bonita, casi le dieron ganas de reír.
—Colgarlos en público sería mucho mejor para mandar un mensaje a sus enemigos, Majestad —comentó el sobrino, como si hubiera sugerido ir a beberse unas copas a la taberna.
—¿Cuál mensaje? ¿Que mi ejército está lleno de incompetentes que no son capaces de detener a cuatro campesinos suicidas hasta que se aparecen en mi puta tienda? Puedes continuar, Viserys.
El chico se acercó a Peregrin con torpeza. Agarraba la espada con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Peregrin respiró profundo un par de veces, y no se movió de lugar. El cabrón había pasado toda su vida oliendo a cloaca, pero al menos moriría como un valiente.
Viserys levantó demasiado la espada, y el golpe final llegó hasta la tráquea de Peregrin con muy poca fuerza. La hoja se quedó atorada a un lado de su cuello, mientras su portador temblaba de pies a cabeza y la sangre de su compañero se derramaba en todas direcciones. Lim empezó a chillar con más fuerza, y Alden a maldecir a todos con unas palabras que no debían estar en La Estrella de Siete Puntas. La cosa tardó un tiempo.
Pate se limitó a cerrar los ojos con fuerza. Si se concentraba lo suficiente, podía volver a sentir el tacto casi cómodo del colchón de paja que había dejado en su hueco del Lecho de Pulgas.
—Ya basta —oyó decir al muchacho del pelo plateado antes de que un aguijón encendido le atravesara la garganta.
Al menos ahora tendría un poco de silencio.
