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A Jabber Wonger siempre le habían dicho que conseguir a alguien capaz de seguirle la corriente en todo sería prácticamente imposible.
Cuando conoció a su novia, se llevaron de maravilla. Que Zanka Nijiku lo niegue y le diga que la odia de forma genuina no cuenta.
De todos modos, Jabber confirmó que estaban hechas la una para la otra con la forma en la que Zanka siempre la sorprendía.
Como hoy.
Zanka había regresado después de haber estado dos meses en una operación internacional y, lo que hizo apenas la vio, fue cargarla y meterla en el auto. De camino a casa, cuando Jabber le preguntó qué sucedía, Zanka le dijo que solo quería meter la cara entre sus tetas.
Y no mintió. Solo fue quitarse la ropa, entrar a su habitación y…
Jabber colocó una mano sobre la cabeza de Zanka.
—Hoy pareces bastante interesada en mis tetas, Zan-Zan.
Sacándose el pezón derecho de su boca con un sonido que resonó en toda la habitación, Zanka alza la vista hacia ella con una de esas sonrisas que solo pueden provenir de una confianza desmesurada. Sus manos estaban apretando los muslos carnosos de Jabber, amasándolos cual gato.
Jabber no puede fingir que esa actitud no le hace querer gemir con todo el libertinaje del mundo.
—Quiero predicarles mi amor —sentencia, bajando su boca nuevamente hacia el pezón abandonado. Jabber se muerde los labios cuando la sensación de esa cálida boca sobre su sensible pezón regresa—. Últimamente lo he estado pensando.
Con el cuerpo cada vez más tembloroso a medida que la sensibilidad en su pecho aumenta, Jabber hace el esfuerzo de prestar atención a lo que Zanka dice.
—¿Has pensado más en mis tetas que en mi vagina?
—Es un 50/50. —Zanka utiliza su otra mano para pasar el dedo sobre la areola de su seno izquierdo, erizado los vellos a su alrededor cada vez que se detiene y presiona el pulgar hacia abajo—. Hoy quiero estar aquí.
—No te lo voy a impedir, nena. ¡Ah!
Las manos de Zanka abandonaron sus muslos en pos de una mejor tarea: sus dedos apretaron el seno izquierdo con suficiente fuerza como para que Jabber lo sintiera hasta en las uñas de los pies, y el seno derecho fue succionado con tal fuerza que, por un momento, se preguntó qué estaba tratando exactamente de sacarle Zanka.
Su estómago dio un vuelco, y toda su vagina estaba caliente, picosa y adolorida por el deseo y el capricho de querer la atención de Zanka.
—Zanka...
Su novia estaba muy concentrada en todo. Jabber sabía que tenía los senos sensibles desde siempre, pero nunca pensó que lo suficiente como para hacerla sentir tan... mojada.
O tal vez era la visión de Zanka chupando y masajeando sus tetas con propiedad, de esa forma que deja en claro que le pertenecen y jamás habrá nadie capaz de superarla.
Zanka se saca el pezón de la boca y alza la cabeza para mirarla. Tiene los labios rojos y húmedos. Jabber jadea cuando la otra mano de Zanka llega como reemplazo a su boca, y la humedad residual junto con la crudeza en la que se encuentra su pezón hacen que Jabber arquee la espalda. Las sensaciones se juntan en un cóctel de corrientazos y estremecimientos que le hacen cerrar los ojos.
¿Qué carajos...?
El aliento de Zanka en su cara le hace abrir los ojos, y apenas tiene tiempo para procesar que su novia quiere comerle también la boca mientras le estruja los pezones.
Siempre se han besado como si quisieran comerse la boca de forma literal. A Zanka nunca se le dio bien mantener los besos suaves o lentos y Jabber nunca ha sido de las que se quejan por la rudeza. A Noerde la traumaron hace unos meses, cuando las vio en el club intentando morderse la lengua.
Jabber gime, abriendo la boca y con la espalda nuevamente despegándose de la cama cuando los dedos de Zanka se sincronizan y pellizcan la punta de sus pezones. Su boca es asaltada por los dientes agresivos y la lengua exigente de Zanka, apenas dejándole espacio para respirar.
Se siente especialmente bien. Tan, tan bien que necesita con desesperación que su novia le arranque las bragas y le meta dos dedos de inmediato.
Zanka, en su infinito sadismo hoy, no la deja. Después de morderle ambos labios y sacarle sangre, de empujar su lengua lo más posible y hacer un desastre de saliva, Zanka comienza a mordisquear y lamer su mejilla.
—Zanka... ¿No me vas a tocar? Mmm, qué bien se siente que me... sí, que me beses ahí pero...
Zanka muerde su cuello al mismo tiempo que sus manos amasan sus dos senos. No entiende cómo las sensaciones siguen siendo tan potentes si hace aproximadamente unos cinco minutos habían estado normales. Zanka de repente se puso entre sus piernas, bajó la cabeza y comenzó a besar y dejar pequeñas succiones en sus senos.
Ahora se siente diferente. Sigue sintiendo un placer inmenso, y aunque no es semejante a los dedos ágiles y largos de Zanka jugando con su vagina, debe admitir que se le parece.
Los mordiscos pasan a besos húmedos, alternados entre suspiros en la concha de su oreja.
—Zanka...
—Te estoy tocando —señala Zanka, bajando lentamente desde su cuello sensible hasta su pecho nuevamente. Esta vez, quita la mano de su seno izquierdo y habla sobre él. El pico de su pezón está erguido, y cuando Zanka sopla sobre él, Jabber siente cómo su vagina se aprieta en respuesta. Se queja en voz alta, para deleite de Zanka—. Te voy a tocar tanto aquí, que me lo agradecerás.
Jabber quiere preguntarle a qué diablos se refiere, pero su mente sigue atascada en una neblina de diferentes sensaciones que la tienen aturdida. La boca de Zanka se siente excesivamente caliente, las succiones hacen que Jabber suba sus propias manos para sostener la cabeza de Zanka. Quiere empujarla más abajo, y sabe que si lo hace podrían pasar dos cosas:
Que Zanka la torture con este jodido juego previo por más tiempo.
O que Zanka la regañe y la prive de conseguir algo.
En su opción, que Zanka se enfurruñe es peor, porque la ley del hielo no es muy divertida.
Zanka suelta su pezón y amasa sus senos al mismo tiempo, sonriendo tras su flequillo.
—Te ves alterada, cariño —dice ella y, como si su boca no pudiera separarse de los senos de Jabber, baja para dejar pequeños mordiscos en la piel.
Jabber gimotea en respuesta.
Aprieta la cabeza de Zanka, con sus uñas haciéndole un poco de daño en el cuero cabelludo, y lo único que recibe en respuesta es un gruñido extasiado por parte de Zanka.
—Estoy bien —miente, y la risa ronca y baja de Zanka no debería funcionar como otro incentivo para mojarse. ¡Está súper húmeda ya! Jabber respira hondo para calmarse y Zanka tararea, ahora en su cuello, como si le gustara algo tan mundano—. Date prisa y cógeme.
Zanka no se molesta en contestarle. Está entre sus piernas, pero se las arregla para no tocar su entrepierna de ninguna manera. Y no sirve mucho que la mujer tenga una resistencia inhumana en piernas y brazos debido a todo ese entrenamiento militar.
Zanka usa sus pulgares para levantar sus pezones, su boca para chuparle la lengua y luego cambia el ritmo por algo todavía más sucio. Jabber nota, no sin sorpresa, que el calor en su entrepierna se siente sospechosamente más con cada sensación nueva.
Usa sus manos para intentar apartar a Zanka y decirle que quiere algo más para poder encaminarse adecuadamente al orgasmo, pero Zanka se separa con un chasquido viscoso de su boca y baja nuevamente hacia su pecho.
—¡Zanka, ¿qué...?! ¡Mierda!
Zanka succiona, masajea, pellizca. Jabber rueda los ojos ante las sensaciones que solo van en incremento. ¿Por qué se siente tan bien? Sus caderas intentan corcovear, pero una de las manos de Zanka baja para agarrar su cintura y aplastar la piel enrollada ahí como advertencia.
Siente su clítoris palpitar, o más como llorar por atención, y ella misma no está mejor.
En un momento, Zanka sube la velocidad de todo, y Jabber solo puede arquearse, quejarse y preguntarse qué diablos le sucede. Y al siguiente, su clítoris emite pulsaciones fuertes y...
¿Se está corriendo?
Oh, por Satán, Jabber se está corriendo.
Un gemido estrangulado sale de su garganta cuando el subidón le pica en todos lados. Jabber no puede evitar pensar que se siente como si le abrieran la piel con las uñas, no por el dolor, sino por la exposición.
Zanka deja de manipular su cuerpo cuando Jabber se queja entre murmullos. La pegajosidad de su entrepierna se enfría lentamente, haciéndole cada vez más consciente de lo que acaba de pasar.
—Qué carajos, Zanka —murmura, con la voz destrozada. ¿En qué momento hizo tanto ruido? Observa cómo Zanka la mira con esa sonrisa ladeada y satisfecha y deja escapar un resoplido involuntario—. Me acabas... ¿Me acabas de hacer correr jugando solo con mis tetas?
Zanka se recuesta encima de su cuerpo, lo cual es verdaderamente injusto porque Jabber puede sentir la humedad de las bragas de su novia presionar su pierna. Zanka acomoda sus brazos al lado de ella, acunando su rostro y mirándola con demasiada satisfacción.
No sabe qué la hace comenzar a dejar escapar risas muy sinceras e incrédulas, pero apenas comienza, no puede parar. Zanka solo la mira, ufana por el resultado de sus acciones, y Jabber no puede evitar pellizarle las mejillas. Zanka rueda los ojos, pero no la aparta.
Cuando su risa ha disminuido un poco, baja la vista hasta sus senos. Son un verdadero desastre, seguramente no habrá ropa en este mundo soportable para la sensibilidad que tendrá esta semana. Pero ¿a quién le importa? A Jabber no, especialmente cuando Zanka la mira con tanta adoración posesiva.
—¿Cómo supiste que podías hacer eso?
Zanka parpadea para mirarla a los ojos. El lunar bajo su labio inferior se ve tentador, como siempre, y Jabber recorre con su uña un camino desde ahí hasta el que tiene su mejilla.
—Solo leí un poco. A juzgar por tu expresión, puedo decir que te gustó.
—¿Leíste sobre cómo hacer correr a una mujer con solo chuparle las tetas?
—Sí —afirma ella, bajando la cabeza para que Jabber continúe acariciando su cabeza con sus largas uñas—. Sabía que funcionaría contigo.
—Me tienes analizada.
—De pies a cabeza.
—Posesiva.
—Como tú —suspira Zanka, dándole un beso en el estómado. Sus manos ahora se entretienen con los pequeños rollos de grasa que Jabber ha ido desarrollando este último año debido al cambio de dieta—. Dame un momento y podemos continuar.
—Claro que sí, preciosa —accede con emoción Jabber—. Esos dedos tuyos no se salvan de mí.
—Mm. —Zanka mueve la cabeza, cual gato, buscando más caricias en la cabeza. Restriega su nariz en la piel. Jabber descubrió hace poco que a Zanka le gusta mucho toda esa grasa que ha adquirido, su adoración por morderla en los muslos, los bíceps y la barriga ha ido solo en incremento. Por otro lado, lo que sale de su boca es pura inmundicia—. Mi boca también tiene turno apartado, especialmente mi lengua.
Jabber se ríe y Zanka se queja de que se está moviendo mucho y que así no puede continuar con su trabajo de prodigar besos y mordiscos en su barriga y sus muslos. Al final, terminan saliendo de esa cama por la noche, cuando Zanka asegura que necesitan comerse un buffet entero.
Jabber sospecha que, entre su apetito de militar y las ganas irremediables de consentirla, Zanka busca hacerle más rollos en las caderas. Pensándolo bien, si se le recompensa con sorpresas como las de ese día, podría estar más que dispuesta...
