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Mantenerse a flote

Summary:

A veces, el éxito tiene un precio. Una secuela de De las cenizas.

Notes:

Seguimos con el universo de Jamie!! Siempre le estaré más que agradecida a WrackWonder por permitirme traducir esta increíble saga.

Esta historia pertenece a wrackwonder.

Esta historia no es de mi propiedad, yo solo me dedico a traducirla, y cuento con el permiso de su autora.

Espero que os guste tanto como me gusta a mi!!

Chapter Text

No estaba sola.

Maya salió del sueño a trompicones, intentando desesperadamente encajar las piezas. Se había acostado sola, eso lo tenía claro. Pero acababa de rodar hacia un cuerpo muy familiar, lo que significaba que…

Significaba que Carina estaba con ella. Maya sonrió, somnolienta, y rodeó la cintura de Carina con el brazo, acurrucándose contra ella mientras se permitía inhalar su aroma.

Solo cuando su mano entró en contacto con el abdomen de Carina se dio cuenta de que algo no encajaba, porque si bien Carina tenía algunos camiones de seda, ninguna llevaba botones. Ni cinturón. Y Maya podía notar el contorno del sujetador de Carina.

Entornó los ojos, intentando adaptarse a la oscuridad, pero incluso la tenue luz del despertador junto a la cama de Carina bastó para que Maya viera que Carina estaba durmiendo encima de las mantas, completamente vestida.

El reloj marcaba las 3:30, y por un momento Maya se planteó dejar que Carina durmiera. La vida había sido un caos desde la publicación de su estudio de investigación junto a Meredith Grey. Carina no paraba de tener videollamadas por Zoom, organizando nuevos ensayos clínicos, hablando ante públicos internacionales, revisando resultados. Su mujer se había convertido en una celebridad menos dentro del mundo médico de la noche a la mañana, y aunque Maya se sentía increíblemente orgullosa, también echaba muchísimo de menos a Carina.

Apartó las sábanas y se incorporó, encendiendo la luz del baño y dejando la puerta entreabierta para no tropezar con el colchón mientras rodeaba la cama hasta el lado de Carina.

Empezó por los calcetines, que tiró al suelo. Luego le tocó el turno del pantalón, primero el cinturón, y después bajó la cremallera, intentando hacer el menor ruido posible, aunque el sonido hizo que Carina se removiera y se llevara la mano a la cara con un quejido.

“Perdón” Susurró Maya, bajándole los pantalones por las largas piernas.

La camisa fue más complicada. Maya desabrochó uno a uno los botones, pero necesitó la ayuda de Carina para quitársela del todo, lo que provocó nuevos quejidos. Los ruidos cesaron cuando Maya le desabrochó el sujetador por la espalda. Carina pareció darse cuenta de que estaba desnuda salvo por unas braguitas de encaje muy finas y su colgante de San Floriano, y ya fuera por el aire fresco de la habitación o por las manos cálidas de Maya, de pronto se giró de espaldas, olvidándose de todas sus protestas.

Ciao” dijo, y Maya se preguntó cómo podía su esposa pasar de gruñona adorable a sirena seductora en menos de treinta segundos.

“Hey. ¿Cuándo has venido a la cama?” Preguntó Maya, sentándose junto a las piernas de Carina y acariciando su rótula con el pulgar.

Carina se estiró y bostezó.

“¿Hace una hora, quizá? En El Cairo es mediodía.”

“¿El Cairo?” Maya alzó las cejas, asombrada por el hecho de que la mujer que tenía al lado fuera ahora una superestrella internacional. No es que le sorprendiera, pero Carina solía estar siempre tan presente, tan conectada a tierra, y era Maya la que tenía un trabajo con horarios raros.

“Sí, quieren que Meredith y yo asistamos a una conferencia allí el año que viene. ¿Crees que a Jamie le gustaría montar en camello?”

Maya sonrió, intentando imaginárselo.

“¿La verdad? Va a querer quedárselo para siempre y traerlo a casa.”

“Y Hayden intentará comérselo.”

“Dios… la cantidad de arena que acabará en su boca…”

“Vale” Carina se echó a reír. “Quizás no El Cairo.”

Maya también rio, sintiendo cómo se le llenaba el pecho de calidez al pensar en sus hijos, profundamente dormidos al final del pasillo. Era 24 de diciembre y los DeLuca-Bishop tenían oficialmente tres días libres. La casa estaba decorada hasta el último rincón, y aunque una parte de Maya se estremecía por dentro al ver cómo la Navidad parecía haber vomitado por todos lados, ver la evidente emoción de Jamie y Hayden era contagioso.

También estaba el detalle de que Carina había colgado muérdago estratégicamente en casi todas las puertas, lo que había dado luego a momentos muy agradables una vez que los niños se acostaban por la noche.

“¿Te acordarás de mí cuando estés viajando por el mundo?” Preguntó Maya, medio en broma, aunque la perspectiva de que Carina estuviera fuera más a menudo le provocaba cierta inquietud.

Incluso en la oscuridad de la habitación, Maya pudo ver cómo se suavizaba la expresión de Carina.

“¿Maya?” Carina extendió una mano, esperando que Maya la tomara.

“¿Hmm?”

Dammi un bacio.”

Maya se humedeció los labios y se inclinó sobre el cuerpo de Carina, acercándose a su cara, hasta que sintió la mano de Carina sobre su pecho, deteniéndola.

“Ahí no” Dijo Carina, deslizando los dedos hasta el pelo de Maya, donde tiró suavemente antes de aplanar la palma y empujarla con claridad, dejando poco margen para la duda sobre dónde quería ese beso.

“¿La famosa Dra. DeLuca se cree que puede darme órdenes?” Susurró Maya, con voz baja, incluso mientras descendía por el cuerpo de Carina, deteniéndose solo para rozar con la nariz el espacio entre sus pechos, donde el medallón de plata estaba cálido contra los labios de Maya.

“Sí. Puedo.”

“Me gusta cuando te pones mandona.”

“Y a mí me gusta cuando me follas. No me hagas esperar.”

¿Insultando en inglés? Carina DeLuca no jugaba limpio. Nunca. Insultar en italiano sonaba romántico. Hacerlo en inglés sonaba sucio. Y a Maya le gustaba lo sucio. Mucho.

Gruñó, acomodándose entre las piernas abiertas de Carina y levantándolas por encima de sus hombros. Habría sido tan fácil complacerla en ese momento, pero Maya decidió ponerse un poco traviesa también. Apoyó la barbilla sobre el pubis de Carina, alzando la vista hacia ella, disfrutando de la tensión que crecía entre las dos.

“¿Estabas pensando en esto durante esa llamada tan importante?” Preguntó Maya, lamiéndose los labios de nuevo. Carina estaba tan cálida bajo su cuerpo, olía tan bien, que Maya tuvo que contenerse con todas sus fuerzas para no arrancarle las braguitas y saborearla. Pero era terca, y quería provocarla.

“Maya…”

“¿Qué crees que dirían? Si supieran todas las cosas sucias que te pasan por la cabeza…”

Carina le dio un golpecito suave en las costillas con el lateral del pie.

“Deja de hablar” Dijo. “Necesito tu boca para otras cosas.

“Qué exigente, Dra. DeLuca. ¿Estabas mojada mientras hablabas con El Cairo?”

Las caderas de Carina se movieron apenas, lo justo para hacerle saber a Maya que sus palabras estaban surtiendo efecto. Apartó a un lado la fina tela del tanga de Carina, pero aún no la tocó.

“Eres tan perfecta.” Susurró Maya. “¿Lo sabes? ¿Sabes lo perfecta que eres?”

Antes de que Carina pudiera responder, Maya depositó un beso suavísimo sobre su clítoris, sonriendo al oír el jadeo que escapó de la garganta de Carina. Deslizó la lengua en círculos, lamiendo de un lado a otro, esperando oír…

Maya, per favore, bambina, non vedo l’ora, per favore…”

Maya descendió, cerrando los labios alrededor del clítoris de Carina y lamiéndolo con intensidad, mientras usaba las manos para sujetar sus caderas, que se agitaban salvajemente sobre la cama. Escuchaba los jadeos cada vez más agudos desde arriba, pero cerró los ojos y se dejó llevar por la sensación de tener a Carina tan caliente contra su boca y su barbilla. Bajó el rostro, lamiendo en su interior, codiciosa por el sabor de su mujer, hambrienta de ella.

Una codicia insaciable.

Incluso cuando las manos de Carina tiraban de su pelo. Incluso cuando sus piernas temblaban, con los talones clavándose en el culo de Maya, ella quería más. Recorrió el cuerpo de Carina con los dedos, subiendo entre sus pechos hasta poder rodearle el cuello y apretar.

Sabía que Carina estaba sonriendo. No necesitaba mirar, lo sabía, y el sonido entrecortado, jadeante, medio estrangulado con el que Carina pronunciaba su nombre impulsó aún más a Maya. Se empapó en Carina, frotándose contra ella, mojándose las mejillas, la barbilla, la punta de la nariz. Todo era suave y cálido, y Carina se sentía como seda, y Maya quería quedarse allí para siempre.

Carina se corrió con un grito ahogado, las piernas tan tensas que atraparon a Maya en su sitio, aunque a ella no le importó lo más mínimo. Pudo sentir cómo se contraían los músculos alrededor de su lengua, pudo sentir el orgasmo de Carina, y solo el suave apretón de los dedos de su esposa alrededor de su muñeca detuvo sus movimientos. Aunque Carina claramente ya había terminado, Maya siguió lamiendo, limpiándola, antes de colocar un último beso sobre su clítoris.

Ese beso que había pedido.

Al incorporarse sobre los codos, Maya se dio cuenta de que estaba jadeando, tan centrada en dar placer a Carina que casi se había olvidado de respirar. Trepó por el cuerpo de su esposa, rozando con los dientes ese vientre terso, los pezones duros, y finalmente esa boca deseosa, esos labios. Maya la besó como si no lo hubiera hecho en días, como si no supiera cuando volvería a besarla.

Se dejó caer sobre Carina, sin apenas fuerzas, contenta con observar cómo su mujer volvía poco a poco en sí, los labios brillantes por sus besos.

“Estoy tan orgullosa de ti” dijo Maya, trazando con la yema del dedo la cadena de plata que Carina llevaba al cuello.

Carina deslizó la mano por debajo de la camiseta de Maya, y aunque aún respiraba con dificultad, su voz sonaba clara.

“¿Tal vez podríais venir conmigo a alguna de las conferencias? ¿Tú y los bambini?”

Hubo un tiempo en el que la idea de tomarse unas vacaciones era inconcebible. Su reacción instintiva seguía siendo decir que no. Pero tenía tantas vacaciones acumuladas desde sus años previos a ser capitán, y la idea de mostrarles el mundo a Jamie y Hayden era más que tentadora.

“Vale, pero nada de solo playas.” Dijo Maya, sonriendo al ver cómo Carina ponía los ojos en blanco.

“No pienso trepar árboles, ni montañas, ni saltar desde sitios altos, Maya.”

“¿No?” Con lo bien que te queda un arnés…”

Carina frunció el ceño, pero Maya pudo ver que se estaba conteniendo la risa. Se quedaron en silencio, el cansancio de la hora por fin alcanzándolas, pero incluso después de que Carina se pusiera un camisón y volviera a meterse en la cama, siguieron entrelazadas, aliviadas de estar, por fin, en el mismo lugar.

“De verdad que estoy orgullosa de ti.” Dijo Maya en la oscuridad, suspirando al sentir los dedos de Carina cosquilleándole el esternón.

Quería que Carina lo supiera. Quería que lo sintiera. Porque incluso mientras el mundo empezaba a descubrir su brillantez, la única persona que debería haber sido la primera en felicitarla no había llamado en absoluto. El silencio de Vincenzo empañaba cada reconocimiento, cada momento de triunfo.

Después de años diciéndole a Carina que no era lo bastante buena, que su trabajo no tenía valor, ahora era la comunión médica internacional quien le demostraba lo contrario. Aunque, en opinión de Maya, esa misma comunidad había sido idiota por tardar tanto en descubrir lo que ella supo desde la noche en que conoció a Carina, hacía ya tantos años.

Maya entendía que no podía sustituir a Vincenzo. Su orgullo no compensaba la falta de orgullo de él. Pero tal vez era un comienzo. Tal vez hacía que doliera un poco menos.

Carina se pegó a su espalda, con la mano una vez más bajo la camiseta de Maya. Le rodeó el pecho, sus labios rozando el hombro de Maya mientras la aspiraba suavemente.

“Gracias, bambina, ti amo tanto” Susurró, apretándola con más fuerza, como si tuviera miedo de que Maya se fuera.

Fue lo último que Maya escuchó antes de volver a quedarse dormida.

***

Durante la mayor parte de su vida adulta, Maya había considerado la Estación 19 como su hogar.

Al acercarse en coche al edificio, revivieron en ella viejas emociones, sentimientos que no había experimentado desde que se unió a la Estación 77. Su nueva estación funcionaba como una máquina bien engrasada. Sus bomberos eran competentes, inteligentes y, sobre todo, leales. Las posibles relaciones románticas entre ellos se mantenían en privado o no ocurrían en absoluto. Con la excepción de su teniente, que salía con Travis, en la Estación 77 la vida profesional y la personal estaban separadas.

Aunque no les molestaba cuando una parte de la vida personal de Maya se colaba en la estación, sobre todo cuando esas visitas solían incluir lasaña casera o el correteo de unos piececitos por el garaje.

Maya seguía viendo a sus antiguos compañeros, sobre todo en intervenciones en las que trabajaban juntos. Como madre de dos, ya casi no iba al bar de Joe, y tampoco es que el turno A se hubiera caracterizado nunca por mantenerse en contacto. Jack se ponía en contacto de vez en cuando. Vic también, aunque Maya sospechaba que esos mensajes breves tenían más que ver con Jamie y Hayden que con ella misma, lo cual le parecía bien. Cuanta más gente quisiera a sus bebés, mejor. Ben era el más presente, pero eso se debía sobre todo a que Carina trabajaba para su mujer, y Miranda Bailey tenía un interés especial por todos sus médicos y por todos sus hijos.

Maya se aseguró rápidamente de que las dos barras dobles en su cuello estuvieran bien colocadas y salió del coche, sintiendo una extraña sensación de déjà vu al recorrer el camino familiar hacia la puerta principal. Una vez al mes se celebraba una reunión de capitanes, y una vez al mes, una estación diferente del Batallón hacía de anfitriona. La Estación 77 había acogido la reunión dos meses antes. Ahora le tocaba el turno a la Estación 19.

También era día de clínica, lo que significaba que, además de los numerosos capitanes del SFD que rondaban por allí, también había miembros del público entrando y saliendo del garaje, aunque el cartel junto a la puerta hizo que Maya sonriera, porque no era un día cualquiera, era un día de clínica especial, organizado y supervisado por su esposa.

Habían ampliado su clínica mensual, llevando a cabo una clínica para mujeres cada segundo martes del mes. A pesar de su consulta cada vez más grande y de las responsabilidades que conllevaba su estudio, Carina asistía a todas y cada una de ellas, prestando atención médica a personas que la necesitaban desesperadamente. Maya no había visto el coche de Carina en el aparcamiento, pero sabía que el Porsche probablemente estaría en algún rincón apartado, a salvo de abolladuras o arañazos.

Todo se veía igual. La foto de Dean le devolvía la mirada, un recordatorio sobrio de que el trabajo tenía un precio. No es que Maya pudiera olvidarlo.

Como aún le quedaban unos minutos antes de que empezara la reunión, Maya pensó en ir a buscar a Carina. Apenas se habían visto por la mañana, ambas ocupadas preparando a los niños para la guardería y organizando sus propias necesidades para el día.

Cuando Andy salió de su despacho, Maya se detuvo y saludó con un gesto algo torpe.

“Hey” dijo, señalando hacia el garaje. “Solo iba a…”

“¿Puedo hablar contigo un segundo?” Andy empujó la puerta de su oficina, abriéndola para que Maya pasara.

No se lo esperaba. Maya alzó las cejas, pero la siguió, aún más sorprendida cuando Andy cerró la puerta tras ellas.

“¿Te he hablado Carina de las cartas?” Andy rodeó el escritorio y le entregó a Maya un sobre muy manoseado. Estaba cubierto de sellos y claramente había pasado por muchas manos.

Maya abrió la carta del interior y frunció el ceño.

Asesina

Las palabras estaban en rojo intenso, sobre imágenes que supuestamente eran fetos.

“Me habló de una hace unos meses, pero supongo que esta es nueva.” Dijo Maya, doblando la carta y devolviéndosela a Andy.

“Es la cuarta. Todas son iguales. Carina dice que eso ni siquiera es un feto humano, pero… intenté hablar con ella y le restó importancia. Normalmente no haría esto a sus espaldas, es solo que…”

Maya asintió, agradeciendo la franqueza de Andy.

“Gracias, Andy” Suspiró Maya. “Y yo que pensaba que la que tenía un trabajo peligroso era yo…”

“¿Necesito recordarte que tu mujer se metió en un edificio en llamas hace unos años?”

Maya tenía un recordatorio cada día. Uno precioso. Perfecto. Antes de que pudiera responder a la pregunta de Andy, alguien llamó a la puerta y el nuevo jefe de bomberos del SFD asomó la cabeza.

John Grady era todo lo que el SFD adoraba en un bombero. Blanco. Hombre. Heterosexual. Cristiano.

Pero parecía mantenerse al margen de la política interna de las estaciones y dejaba que los capitanes y los jefes de batallón tomaran las riendas. Con su bigote y su espeso pelo blanco, también tenía el aspecto perfecto para el cargo. Jamie solo lo había visto una vez, pero lo señaló enseguida diciendo que era Papá Noel y preguntando por qué no llevaba barba.

“¿Listas, capitán Herrera? ¿Capitán Bishop?” Preguntó, haciendo un gesto con el pulgar por encima del hombro.

El vestíbulo estaba lleno en otros capitanes, y todos comenzaron a subir las escaleras, el sonido del garaje desvaneciéndose cuanto más se acercaban a la cocina. Maya caminaba al lado de Grady, escuchando con atención sus últimos planes para recaudar fondos, cuando él se detuvo tan bruscamente que casi se lo llevó por delante.

Todo el grupo se detuvo en seco.

La segunda planta de la Estación 19 estaba vacía, salvo por un niño pequeño que estaba de pie frente al salón. Solo llevaba un pañal y, con un biberón en la mano, parecía un marinero borracho, tambaleándose torpemente sobre sus piernecitas mientras miraba al grupo de bomberos.

Maya se frotó el puente de la nariz y negó con la cabeza.

“Eh… ¿de quién es ese bebé?” Preguntó Grady, extendiendo la mano hacia el pequeño, que al ver a Maya soltó una risita.

Ella gimió, llevándose la mano a la frente.

“Mío” dijo con un suspiro largo.

Grady le lanzó una mirada desconcertada, pero Maya ya había cambiado el foco. Con ambas manos en las caderas, volvió a negar con la cabeza, incapaz de evitar que la risa se le colara en la voz.

“Hayden Andrea DeLuca-Bishop, ¿se puede saber qué estás haciendo?” Preguntó, plenamente consciente de que algunos de los bomberos más importantes del SFD la estaban observando.

Adiós a la separación entre su vida personal y la profesional.

Hayden se acercó tambaleándose, lo bastante como para que Maya lo atrapara entre sus brazos y lo levantara hasta su pecho. Le apartó los rizos castaños de la frente y luego se giró, intentando mantener la compostura profesional mientras sostenía a un bebé medio desnudo que se estaba bebiendo su biberón como si fuera una Budweiser.

Desde el salón llegó un nuevo alboroto, y entonces Vic irrumpió por la puerta, con un bodi en la mano.

“¡Lo siento!” Soltó de golpe, yendo directa hacia Maya. “Corre muchísimo más de lo que parece, lo cual debería haber sabido porque es Bishop, obviamente, pero Jamie estaba disgustada y…”

“¿Jamie está disgustada?” Maya se olvidó al instante del grupo que tenía detrás y echó a andar hacia el salón. Solo se detuvo para indicar con un gesto que se uniría a ellos en un momento, antes de ir en busca de su hija.

Se suponía que los niños estaban en la guardería del hospital. Ella misma había preparado la comida de Jamie esa misma mañana. Pero, a juzgar por el bebé que llevaba en brazos y la niña acurrucada en uno de los sillones de cuero del salón, los planes habían cambiado.

Maya le pasó a Hayden a Vic y luego se agachó frente a Jamie, fijándose en su ceño fruncido y enfadado, y en cómo se abrazaba las rodillas contra el pecho.

“Hola, pequeña T-Rex” dijo Maya, alisándole el pelo con la mano.

Jamie resopló. Maya intentó cogerle la mano, pero la niña no se dejó.

“Vale, usemos las palabras, Jamie.”

El enfado de Jamie era curioso de lo mono que resultaba, pero Maya no podía perderse la reunión. Tampoco podía dejar a su hija triste. Empezaba a latirle una jaqueca en las sienes.

“Quiero a mamma” Dijo Jamie.

Mamma está abajo trabajando, pero en cuanto termine os llevará a casa.”

“¡No, no lo hará!”

Vic carraspeó y luego hizo un gesto a Maya para que se acercara.

“Carina ha tenido que coger una llamada” Explicó. “Al parecer hay una gripe rondando por la guardería y han cerrado por hoy. Estaban ya saliendo por la puerta cuando a Carina le ha tocado quedarse, y Jamie ha estado… así desde entonces.”

Maya volvió al lado de Jamie y se sentó en el suelo.

“¿Puedes contarme por qué estás enfadada?” Preguntó, intentando que no se le notara la impaciencia en la voz. Iba tarde y tenía que irse, pero a una niña de cuatro años poco le importaban la política del departamento o los horarios.

“Necesito a mi lupo y mamma dijo que nos íbamos a casa y ahora no, y mi lupo está en casa y lo quiero.”

Vale. Emergencia de peluche.

Hayden aprovechó ese momento para trepar hasta el regazo de Maya, y ella estuvo a punto de echarse a reír por la situación. La Maya Bishop de años atrás se habría horrorizado.

“Jamie, mamma os llevará a casa en cuanto pueda y entonces podrás estar con tu lupo  y tomar un tentempié” Dijo Maya, deseando con todas sus fuerzas que su hija se animara, que volviera a ser la niña alegre de siempre.

“¿Mi lupo puede tomar un tentempié también?” Preguntó Jamie, alzando por fin la cabeza.

“¡Por supuesto! Puede…”

¡Scusa! ¡Scusa!” Carina irrumpió en la sala, sin aliento, con el uniforme rosa que dejaba claro que había pasado la mayor parte de la mañana en el Grey-Sloan antes de asistir a la clínica de la Estación 19.

Jamie se bajó del sofá de un salto y se abrazó a la pierna de Carina.

“¡Mamma, lupo quiere pretzels!” Anunció, lo que hizo que Carina lanzara a Maya una mirada de desconcierto.

Maya se puso de pie y dejó a Hayden en el suelo.

“Vale, bebés, sed buenos con mamma. Y tú, mamma” Añadió, esforzándose por mantener un tono serio. “Lupo quiere pretzels.”

Tardaron aún un segundo en dar besos y abrazos de despedida, pero Maya por fin pudo salir corriendo hacia el despacho donde la reunión de capitanes ya estaba en marcha.

Abrió la puerta con el mayor sigilo posible, y frunció el gesto cuando Grady interrumpió su discurso a la mitad.

“Nos alegra que pueda unirse a nosotros, capitán Bishop” dijo, aunque su tono no indicaba enfado. Maya asintió, apoyándose contra la pared, esperando que dejara pasar el momento.

“Como iba diciendo” Continuó. “El jefe de Batallón Hamilton se jubila, lo que deja una vacante. Queremos que el próximo jefe de batallón salga de esta misma sala, lo que significa que todos vosotros estáis invitados y habilitados para presentaros. Por favor, entregar la documentación antes de dentro de dos semanas. Revisaremos vuestros expedientes, habrá inspeccione y un examen, pero estoy convencido de que nuestro próximo jefe de batallón está entre nosotros en este mismo instante.”

Maya echó un vistazo alrededor, y se cruzó la mirada con Andy. Intercambiaron un leve gesto de cabeza, y la pequeña curva en los labios de Andy le dijo a Maya que sabía exactamente en qué estaba pensando.

Jefa de batallón antes de los cuarenta…