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La reunión en la fábrica Brossard de la Reina dirigida por Gabriel, director de la misma, parecía no tener fin, continuaba y continuaba, mientras que Andrés, su primo y hermano de Marta, seguía dando ideas para tener todo listo con la visita no tan sorpresa del señor Antoine Brossard, director de la compañía francesa, cuando entrara por la puerta principal de la fábrica y Gabriel, sin razón aparente pero sólo para tener la última palabra y no perder la autoridad que tenía, seguía refutando.
Era una mañana agitada y nerviosa, todo gracias a un robo que claramente no se tenía previsto y ahora tendrían que cargar con las consecuencias. Sobre todo porque la noticia había generado prensa, y la culpable de que el Sr. Brossard se enterase en Francia antes de poder sincerarse con él.
Gabriel, siendo Gabriel y esa gran capacidad exacta de elegir el momento oportuno–o inoportuno–que a veces lo caracterizaba y después de las menciones que se hicieron con respecto a la tienda y la misma recibiendo el valor que merece, preguntó algo que ya muchos en esa mesa sabían la respuesta–o eso pensaban.
“Por cierto. ¿Dónde está Marta?"
Hubo respuesta inmediata por una sola persona, estaba ocupada, se había dicho. Andres y Digna–quien también se encontraba en esa misma reunión–sabían con exactitud que Marta estaría rumbo a Madrid para comenzar su viaje rumbo a Fina, por lo que, no dijeron nada luego de que Cloe, quien respondió, aclaró el motivo de la ausencia de Marta. No se imaginaban cuál era el peso de sus palabras porque ella era la única que realmente sabía que Marta apenas había concretado su reserva a un hotel que la llevase luego al aeropuerto, el gran amor de su vida, ya la estaba esperando a tan sólo metros de distancia de ella.
Y, vaya–pero qué mujer resultó ser la señorita Serafina Valero, cómo no iba a estar Marta ocupada.
Entre besos y caricias, en esa mañana tan cálida y radiante, en compañía de los rayos del sol que se reflejan a través de la ventana y el sonido alrededor de la finca, ahora viva otra vez, parte testigo de su gran historia de amor, Marta y Fina no podían estar más felices entre los brazos de la otra.
“Oye… ¿y tú no deberías estar trabajando?” Fina comentó con una sonrisa tan risueña que Marta no pudo no besarla.
“Hazme el amor, otra vez.” Fue la única respuesta ajetreada y ronca de Marta, quien no paraba de mirar con amor a esa morena, ahora de cabello corto y ojos, si cabe, más preciosos de los que recordaba. “Hazme el amor, Serafina Valero. Una y otra, y otra vez. Necesito sentir todo de ti. Siento que ahora más que nunca podré saciarme de ti.”
“Dios, Marta. Cuando lo dices así–” Fina no continuó su oración, para qué, si lo único que tenía en mente era cumplir felizmente con las palabras de su mujer. Ella estaba igual de afectada que Marta, amanecer en sus brazos, verla dormir junto a ella, no se lo creía pero disfrutaría cada momento como una primera vez, como si ella no conocía a la perfección el recorrido desde sus labios, a su cuello, al valle de sus senos, a esos lunares dispersos por su cuerpo, a su ombligo, a sus caderas, a ese vello púbico poblado, a sus preciosas piernas, y el viaje de regreso. A sus brazos, a su espalda, a su espalda baja, a sus glúteos redondos y apetecibles, tan dignos de morder y azotar.
Fina besaba a Marta con ganas, con firmeza, con naturalidad, con todo el amor que sentía en cada parte de su ser, y la besaba otra vez por si quedaba algo en duda.
Besar a Marta era regresar una vez más a casa, porque con ella, Fina tenía todo. No sabía cómo había logrado seguir sin ella, pero lo que la impulsaba era saber que al otro lado del mundo, se encontraba ella, que podría existir una pequeña ranura, en ese terrible acontecimiento, que la hiciera regresar junto a Marta, con su mujer, donde jamás se hubiese separado a decisión propia, no cuando tenían una vida y todas las vidas juntas por delante, llena de planes pero sobre todo de mucho amor y entrega.
“Necesito tu boca, tu lengua, necesito que me rasguñes, que me marques toda, Serafina.”
Marta sólo pedía, y pedía. Todo lo que echó en falta el tiempo que estuvieron forzosamente distanciadas. Estaba desesperada por volver a sentir a su mujer como la noche anterior, gritar su nombre como tantas veces intentó en su ausencia que sólo terminaban chocando contra paredes tristes y vacías, esto lo que sentía, esa intensidad, lo había logrado sólo con una sola mujer, por mucho que intentó engañarse para ser medianamente feliz, ningún otro cuerpo podrá igualarse jamás.
Marta agarraba el cabello corto de Fina, lo jalaba en cada toque que hacía la boca de la morena contra su cuerpo.
Nadie la follaba como Fina.
Porque nadie la veía como ella, con esa misma pasión que le devolvía cuando sus miradas se cruzaban en ese enredo de cuerpos, de lenguas, de dientes chocando contra sí por el frenesí.
“Estoy aquí, mi amor. Estoy aquí y, no me iré de tu lado.”
Fina le repetía. Una y otra vez.
Fina la follaba con dos, tres dedos.
Fina la follaba con su lengua.
Fina la besaba.
Fina la rasguñaba, la mordía.
Fina la sostenía.
Fina la amaba, la atesoraba, la hacía volver de aquel abismo que se abrió en su pecho que se la había tragado sin piedad.
Sobre todo, Fina la amaba. Ni el mar ni la distancia que las separó lograron que olvidara lo que siente por Marta, incluso le ratificó que Marta es y será siempre su hogar.
Su amor.
Su vida.
Su vida entera.
