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Mío para romper

Summary:

Quizá por eso Ruben insistió tanto, durante tanto tiempo, en hacer que Niall supiera la verdad de sí mismo: que no era un puto beta como el resto de los imbéciles de aquel pueblo de mierda. No, que era su hermano de otra amante y que, por lo tanto, era igual de especial que él. Que estaba bajo su protección. Que todo lo de Ruben era de él y que todo lo de Niall era suyo. Que Niall era suyo, sobre todo.

O, Ruben Pallister está seguro de que su nuevo hermano es un omega y hará todo lo posible para sacárselo de adentro.

Notes:

Huh. Mi último fic aquí fue un incesto desquiciado que me salvó la vida, por lo que es casi kármico el estar volviendo con una pareja de pseudo-hermanos y sus asuntos psicosexuales. Por supuesto, desde que le vi la carita a Jamie Bell de venado frente a un trailer, me dije, tengo que poseerlo carnalmente. Niall Kennedy es un personaje taaan omeguizable y esto es precisamente el impulso creador. Quiero hacerlo mi omega. Quiero morderlo, quiero preñarlo y encerrarlo descalzo y sin acceso al exterior.
Estaba pensando en escribirlo todo de un sentón y publicarlo, pero preferí usar la vieja confiable de sacar un par de capítulos, según vayan saliendo, porque me parece que tengo varias cosas qué explorar sobre Ruben volviendo a Niall en su omega... Estoy sospechando unos tres o cuatro capítulos. Así que suscríbanse y veamos a dónde nos lleva este hermoso recorrido moral y muy católico <3

Chapter Text

Olía a galletitas hecho polvo, a hojas amargas manchando sus dedos, al dulzor irritante de la madera vieja, mojada luego de la lluvia.

Así que no era su culpa. En todo caso, como todas las cosas que le habían pasado en la vida a Niall Kennedy, era la suya propia.

Ya era un adulto y se lo había echado en cara al largarse a Glasgow, así que quien tenía que hacerse cargo de sus cosas era él mismo. Ruben solamente tenía un papel que cumplir. Uno solo. El que había tenido que cumplir desde que nació y ya. ¿Por qué Niall tenía qué pedir una explicación de todo?

El problema es que su olor le provocaba estornudos. Le picaba la nariz. Le daba dolor de dientes. Desde el primer día en que empezaron a vivir juntos, cuando pasaba frente a él, con la cabeza gacha y una sonrisita de complacencia en la cara, como para demostrarle lo inofensivo que era. Ruben tenía ganas de tomarlo de la nuca y limpiarse la frente llena de sudor en esa mopa de cabello chocolate. Como si fuera una pelota, quería agarrarlo entre las manos y aplastarlo hasta que todo lo adentro se le derramara por fuera. Era una ansiedad desquiciante. Niall y las putas ganas que provocaba de romperlo a pedazos. Él y su cara de leche cuajada, siempre pálida en la mañana. Los lunares, como pasas en una galleta. La sonrisa de ruibarbo. Las piernas de regaliz.

¿Qué mierda le estaba pasando en la cabeza?

Había algo con Niall y las palabras que tenían que ver con postres. Había algo que lo hacía pensar en un cubo de azúcar deshaciéndose en su lengua, haciéndolo hacer muecas por tanto dulzor. Quizá porque su nuevo hermano lucía idéntico al jodido Bambi. Un venadito de ojos grandes y patas flacas y temblorosas. Quizá porque parecía salido de uno de esos libros de niños, como Hansel y Gretel, metidos en la casa de la bruja puta, a punto de ser devorados.

Por eso Ruben nunca se había creído la historia de Maura sobre que el hijo de Lori era beta: los betas no lucían así como él. Los betas no olían como él.

Había algo de omega en Niall. Ruben estaba convencido. Así como nacían pelirrojos de padres de negros o niños de ojos azules topacio en familias de ojos marrones. Siempre había la posibilidad de que de padres betas saliera un omega. Algún porcentaje, algún ancestro perdido, enviando sus genes hacia aquel muchacho. Tal vez un cuarto de Niall era omega; una pierna o algo parecido. Los ojos, quizá los putos ojos de cordero encandilado. Quizá ahí era donde se concentraba esa condición.

Pero Maura estaba segura. Vi el carnet del muchacho. Es tan beta como cualquier hijo de vecino. Beta más beta es igual a beta. Déjalo en paz, no tienes que restregarle que es más común que la hierba. Pero júntate con él, Ruben. Es bueno en la escuela. Claro, pobre. Algo tenía qué tener. Y quizá a él le salga algo bien de juntarse con un alfa. Dios sabe lo que ese muchacho necesita una imagen masculina positiva en su vida.

Se lo dijo así, sin echarse a reír, así que Ruben tuvo que reírse por ella. 

Su madre, que tenía pocas cosas para presumir, solía presumir con enardecimiento que su cachorro, su único y precioso niño, era un alfa de la cepa más fina. 99.99% como en los infomerciales. Solía contarle a cualquier que quisiera escuchar que el doctor que lo trajo al mundo se lo dijo con una sonrisa: Su hijo es alfa. Nunca me equivoco. Se lo puede ver clarito en las pelotas. Y Ruben se imaginaba a sí mismo, pequeño y rosado, como un jamón, colgado de una vitrina de carnicería, siendo codiciado por esos asquerosos adultos de la sala de parto.

Por supuesto, el doctor no se había equivocado. Pero él y su madre no lo confirmaron si no hasta 13 años después. 

¿Qué jodidos le había servido el vaticinio de ese puto doctor cachondo? El saber que era alfa no le había servido de nada cuando era un renacuajo sin fuerza. Ni contra sus vecinos chismosos negando con la cabeza mientras Maura llegaba de noche a la casa, ni contra los imbéciles que solían molestarlo en la secundaria, de camino a las clases de box. Y luego de su primer celo, las cosas habían ido de mal en peor.

¿Alfa de pura cepa? Hasta la fecha, solamente le había servido en una cosa. En una sola miserable cosa, que le recordaba lo infeliz que había sido…

O bueno: hasta que volvió a ver a Niall y con olerlo supo que no era un beta como otros. 

Se acordaba de él de niño, claro. Siempre había lucido igual. Pequeño y pálido y quejica. Pero de niño no recordaba su olor ni nada. Cuando Ruben le preguntó que si él también iba a ser alfa, Niall torció la cabeza, como un perrito, y dijo que su mamá le había dicho que un chico normal no aspiraba a nada salvo a ser beta. Era la norma. Solo a los pervertidos les gustaba soñar ser alfa u omega. Sobre todo a los hombres, a esos que se pelaban la verga a chaquetas de imaginarse que preñaban a un muchacho. Ruben nunca había conocido a un chico de su edad que no quisiera ser alfa y se le hizo raro y la mirada limpia de Niall lo hartó y recordó haberse salido a la calle con sus amigos de la colonia, mientras Niall se quedaba en la sala, escuchando la conversación aburrida y tonta de sus madres.

Sin embargo, luego del reencuentro, no podía haber otra explicación.

Y Ruben no era doctor ni nada, pero era alfa. Cuando entró al cuarto de Niall por primera vez, sintió el aire impregnado de un olor raro, dulzón y polvoso que lo hizo ir instintivamente hacia el clóset del chico y averiguar de dónde venía ese aroma. Sacó una camisa mal lavada, con los puños y el cuello todavía amarillos y hundió la nariz ahí y, sí, ahí estaba, el olor apenas perceptible pero inconfundible de las feromonas de un omega.

Lo irritaba en sobremanera. Le daba náuseas, le revolvía el estómago. ¿Acaso era una puta broma? ¿Beta? ¿Este muchacho de 45 kilos y cintura de bailarina exótica? Las tiendas de renta de video estaban llenas de películas con portadas de omegas así como él. Deseando la verga de mi alfa XXX. Omega caliente abre el culo en el parque. Tres noches de pasión caliente con un omega puto. Y en cada portada, Niall desnudo, torcido, pezones rosas, boca abierta, ojos en blanco, lleno de semen.

Mierda

Así que Bambi se despertaba en la mañana y no se levantaba de la cama sino hasta que Ruben abría los ojos. Bambi le sonreía y se levantaba, apestando a galletas digestivas y se metía al baño. Regresaba con el uniforme puesto y se colocaba los zapatos. Luego, después de otra estúpida sonrisa, bajaba a desayunar.

Ruben sospechaba que Maura lo estaba convenciendo de que hablara con él para regresar a la escuela y Niall, que siempre hacía lo que le pedían, entraba a su habitación compartida temblando de miedo y devanándose los sesos para averiguar qué decirle. Y Ruben, fingiendo no hacerle caso, se entretenía imaginando qué reacción tendría si le preguntara si sabía que su mamá le comía la concha a la suya.

“Oye… ¿y si tienes el uniforme para la escuela? ¿Quieres que lo eche a lavar?”. 

Era un intento igual de tonto que él.

“Deja de romperme las pelotas, Bambi”, respondió él de inmediato, acostado en su cama mientras leía una revista de luchas. 

“Sip. No me hagas caso”, suspiró Niall, dándose la vuelta para salir de su habitación y quedarse, incómodo y callado, en la sala, entre Maura y Lori, hasta que fuera la hora de dormir.

Las cosas entre ellos dos no mejoraron sino hasta que Ruben, sin esperar mucho de la escuela, descubrió que, entre todas las cosas que pudieron haberlo recibido, Niall era el eslabón más débil de todo el puto salón. ¡Cristo del puto huerto! ¿Por qué no le sorprendía que Niall era acosado por todo mundo?

El matón (un alfa rubio con cara de siempre estar oliendo mierda) intentó hacerse el chulo y frente a él, grandísimo hijo de puta, frente a Ruben Pallister hizo el amago de romperle la cara a Niall.

Ruben perdió noción de todo.

Aventó a Niall, sacó la navaja que lo había metido en problemas en la correccional y le dejó un bonito regalo al cabrón en el culo y en la cara. 

Luego, cuando regresó al salón y los ojos claros de Niall lo miraron con terror y, por si fuera poco, con algo parecido al alivio, Ruben se dio cuenta de que había nacido solamente para eso. Para reconocer a Niall y para ser reconocido por él.

Fue un flashazo raro, una verdad que no parecía estar sostenida por nada salvo una corazonada. Quizá por eso Ruben insistió tanto, durante tanto tiempo, en hacer que Niall supiera la verdad de sí mismo: que no era un puto beta como el resto de los imbéciles de aquel pueblo de mierda. No, que era su hermano de otra amante y que, por lo tanto, era igual de especial que él. Que estaba bajo su protección. Que todo lo de Ruben era de él y que todo lo de Niall era suyo. Que Niall era suyo, sobre todo. Que no se le olvidara. Que era suyo para hacer y deshacer. Para armar y desarmar. Porque lo vio en sus ojos. Porque Ruben nunca se equivocaba, como un doctor en un quirófano, como un carnicero frente a un venado recién cazado: Niall era un omega.



*

“Quítate la pijama, Bambers”.

Niall se quedó paralizado, con una pierna sobre el colchón de su cama y la otra todavía en el suelo. Piernas de pollo. Flacas y blancas. Ruben podía oler el aroma a jabón Camay y de galleta remojada. 

“¿Qué dices?”, preguntó el chico, sus ojos grandes, grandísimos, del tamaño de un plato. 

“Que te quites la pijama”, repitió él, consciente de que no estaba resolviendo su pregunta. Entre Niall más ponía cara de miedo a Ruben más le daban ganas de atormentarlo. No era su culpa. “Toda. Bueno. Si quieres dejarte puesta la trusa… pero te lo digo de una vez, yo no quiero ver calzones cagados dentro de mi cama”.

Ruben había pasado días y noches enteras pensando en cómo ayudar a Niall.

Por como lo viera, los entrenamientos de box que tenían los dos regresando de clases no eran suficientes. Los brazos de ramita de Niall ni siquiera aguantaban cargar el peso de los guantes de Ruben. Para que pudiera defenderse de alguien faltaba bastante. Lo que Ruben pudiera enseñarle no le iba a servir para su último semestre de preparatoria, así que debía tomar medidas un poco más drásticas. 

Lo decidió dos días antes, mientras se fumaba un cigarro y pensando que había agarrado un cigarro echado a perder, se dio cuenta de que el dorso de la mano, con la que le había limpiado el sudor de la ceja a Niall, le seguía oliendo a hierba dulce, a hierbabuena con caramelo.

Con el cejo fruncido, intentó limpiarse aquel aroma a puto de la piel, sintiéndose extrañamente contrariado, como si Niall hubiera cometido una injusticia contra él. ¿Quién era ese maldito mocoso para pegarle sus feromonas de omega en negación? 

Luego, sumando uno más uno, llegó a la conclusión de que si Niall, con su identificación de beta, podía pegarle su aroma a Ruben, entonces Ruben podía hacerle lo mismo.

Era matar dos pájaros de un tiro: tapaba las feromonas de dulce de Niall y lo disfrazaba con las suyas de alfa, para que ninguna persona, dominante o recesiva, se acercara a Niall con intención de acosarlo. ¿No era lo que había querido Maura también? ¿Una figura masculina positiva o esa mierda que había dicho?

Así que al día siguiente fue al centro del pueblo, echó un par de monedas al teléfono público y le marcó a Justyna, una de las pocas mujeres omega que conocía. Había sido la ex novia de su antiguo entrenador de box. Cuando él se presentó como alfa, Justyna lo emparejó con Jan, un chico recién llegado a Escocia, que apenas hablaba inglés y entre los dos le enseñaron sobre el arte de follarse a un omega. 

Quería preguntarle todo lo que sabía sobre feromonas. 

Del otro lado de la línea, Justyna y su voz de puta le hicieron cosquillas en el oído. Reuby, bebé. ¿Estás intentando conquistar a una chica? Pillo. Déjame decírtelo todo…

Una vez que hueles feromonas por primera vez no las olvidas. Justyna olía a miel caliente y Jan, si lo recordaba bien, olía a manzanas silvestres, ácidas y verdes. El asunto de las feromonas funcionaba como señal de conquista. Alfa y omega se arrojaban las feromonas antes de tirarse los besos a la cara, antes de meterse las manos entre las piernas. Dejar tus feromonas libres era una llamada al apareamiento, era un juego previo, era exhibirse frente al mundo, pidiendo a gritos una verga o un coño. 

Quizá por eso le había molestado que Niall anduviera oliendo por todos lados como a lluvia fresca y a vainilla, porque él sabía que solo las omegas que eran putas no controlaban su aroma, pero porque era la manera en la que atraían a sus clientes. 

Justyna lo llamaba “lluvia de azúcar”. Si quieres que tu novia nunca te deje tienes que llenarla de azúcar, Reuby. ¿Todavía prefieres a las chicas, verdad? Pues así, como si fuera un turroncito, como un panquecito antes del horno. Te pegas a ella, de la nuca a los pies y la bañas toda. Le echas tus feromonas como si la fueras a empanizar. Mmm. Piel contra piel. Funciona mejor si la muchachita es beta, porque ni se dan cuenta de que las estás dejando marcadas. ¡Ay, qué romántico! Como quisiera ser una chiquilla de nuevo…

Así que luego de eso, para Ruben quedó claro. Por eso, cuando Niall entró a la habitación, decidió no darle más vueltas al asunto.

“¿De-dentro de tu c-c-cama?”, tartamudeó Niall tan confundido que ni siquiera sabía qué hacer con su cuerpo, que le temblaba todo. “¿Por qué estaría dentro de tu cama?”. 

“¡Porque te voy a ayudar! Así que deja de revolotear como un gallina sin cabeza y quítate la ropa. Mira: me la quité toda yo también”.

Con la mano, alzó la cobija que le cubría levemente el cuerpo y ante la mirada atónita de Niall, Ruben le mostró su cuerpo desnudo. Niall torció la cabeza hacia un lado, soltando un patético gritito de terror. Mch. Qué pesado podía ser a veces.

“¿Qué pasa, Bambers? ¿Qué nunca has visto a otro hombre desnudo? ¿Acaso soy tan feo?”. 

Ruben no se consideraba feo. Luego de años de entrenamiento, le parecía que se veía en buenísima forma. Brazos definidos, piernas fuertes, un torso duro y, como coronado por la Virgen, portando una verga de alfa de tamaño envidiable. Ninguna de sus novias se habían quedado de aquello.

Niall, por su parte, no parecía dar pie con bola. “No, no… es que, bueno sí, nunca había visto, quiero decir, sí sé cómo es un, eh, pero a lo que voy es que, uhm”.

Con un gesto de desesperación, Ruben se levantó de la cama y tomó a Niall de la muñeca. El chico saltó, como si el contacto con su palma le hubiera quemado la piel. Dios. Qué ganas daban de romperle toda la cara. Realmente no podía culpar a sus cabrones por hacerlo. Niall se lo gana a pulso.

“¿Pero qué?”. 

Niall tragó saliva, sin mirarlo a los ojos todavía. Ruben lo agarró del mentón con la otra mano y le corrigió la cara. Si quería que su hermano lo ayudara, si quería que dejaran de usarlo como saco de boxeo, tenía que comportarse con modales. Ruben volvió a preguntar. “¿Pero qué, Bambi?”

“Yo no creo, eh, uhm, yo no creo que seas feo…”, contestó Niall, sus ojos llenándose de lágrimas de inmediato. Sus mejillas, apretadas entre su pulgar y su índice, se inflaron ligeramente, haciéndolo ver todavía más patético, como un ratón de campo en la garra de un águila, rogando por no ser picoteado. 

“¿Así que soy guapo? ¿Así específicamente en pelotas?”. 

Niall asintió y su cabello en forma de tazón se movió junto con su cabeza. 

“Dilo con palabras, Niall”. 

“Sí, sí, no, espera. Quiero decir, siempre”. 

Siempre soy guapo.”

“Sí.”

“¿Estás jugando conmigo, Bambers?”

Niall tragó saliva y Ruben vio como sus ojos iban de su cara a su cuello y de ahí a su pecho y más abajo… pero por la posición en la que Ruben lo tenía, Niall no podía mirar más abajo… y por alguna razón, la mirada curiosa de Niall le provocó escalofríos. 

Con un empujón, soltó a Niall y lo giró para que encarara la puerta. Siempre tenía que hacer todo más difícil de lo que era. “Cierra la puerta con seguro, apaga la luz y quítate la puta ropa ya. Luego vienes y te metes a la cama conmigo. No hagas esto más raro”.

“Okey, okey”, asintió Niall, quien caminó como un robotcito hacia la puerta para girar el seguro y apagar la luz de la habitación. 

El cuarto quedó sumido en una oscuridad rara. La luz amarillenta que entraba por la ventana era suficiente para ver todo al interior, pero también para que las formas comenzaran a difuminarse, a perder solidez. Ruben se acostó sobre su cama, sin dejar de ver la espalda delgada de Niall, que se bajó rápidamente el pantalón de su pijama, doblarlo y dejarlo sobre su propia cama. 

Hizo lo mismo con su camiseta y se detuvo un segundo cuando llegó a sus trusas blancas. Ruben lo vio titubear con los dedos metidos dentro de la pretina de su ropa interior, como debatiéndose si hacerlo o no. Así que, para apurarlo, fingió bostezar ruidosamente. “Carajo, ¿quieres dormirte al amanecer o por qué te estás tardando tanto?”. 

Niall se bajó las trusas, las dobló y las dejó en la cama. Ruben apenas tuvo tiempo para apreciar la palidez de su trasero cuando Niall se dio la vuelta y, cubriéndose los genitales con las manos, dio un par de pasos apurados hacia la cama de Ruben. 

Como si fuera poco más que una corriente de aire frío, Niall se metió dentro de la cobija áspera de Ruben y se acostó, dándole la espalda de inmediato. Ruben se hizo un poco hacia atrás, para darle oportunidad de que se acomodara. 

Temblando, como si dentro de la cama de Ruben estuvieran a menos 15 grados, Niall se encogió sobre sí mismo, tan cerca de la orilla, que la mitad de las piernas se salían del colchón. Aquella era tan gracioso que Ruben tuvo que aguantarse las ganas de soltar una risotada. 

“Bueno, buenas noches”. 

“¿Eso es todo?”, preguntó Ruben, quien dejó caer la cabeza sobre su almohada, mientras se masajeaba la cara para no reírse. 

“¿Cómo que si es todo? Tú dijiste… tú dijiste dormir… así que estoy, estoy intentando dormir”.

“Sí, claro. Dormir. A eso van dos chicos a la cama, Bambi. ¿Por qué pensabas que íbamos a hacer otra cosa?”, susurró él, luego de girar la cabeza y hablar directamente sobre la mopa de cabello chocolate. Desde esa posición, Ruben podía oler perfectamente a Niall… ¿Cuál era la razón por la que olía a magdalenas con leche? Era un puto misterio.

Niall lo volteó a ver con susto. Negó con la cabeza un par de veces. “¡No! Claro que no. ¡Pensé que íbamos a dormir!... además, además, ¿no somos hermanos? Así que, uh, buenas noches, Ruben.”

El chico se volvió a acomodar en la cama, alejándose un centímetro de Ruben. Se quedaron en silencio un minuto. 

“¿Entonces por qué estamos desnudos, Bambers? ¿Es eso normal entre hermanos?”, dijo él, de repente, apenas aguantándose la risa.

Con un suspiro que parecía más bien un jadeo de desesperación, Niall hizo el amago de pararse de la cama, pero Ruben, más rápido que él, lo apresó con las manos y lo acercó, de golpe, hacia su pecho.

La piel de Niall estaba prácticamente congelada. Su espalda era como un cubo de hielo, al igual que sus brazos. Sin embargo, a pesar de su temperatura de ultratumba, era increíblemente suave, como la piel de un gato egipcio. Ruben entrelazó una pierna entre las de Niall, clavándolo al colchón. El único espacio que quedaba entre los dos era el obvio: el espacio entre la verga de Ruben y las pequeñas nalgas de niño de Niall. 

“Shhh, shhh. ¿A dónde vas? Cálmate, hermanito. Es que solamente quiero que analices las cosas antes de hacer lo que los demás te digan.”

“Ruben… por favor. Solamente quiero dormir. Tú duerme en tu cama y yo en la mía”, rogó Niall, removiéndose ligeramente entre los brazos de Ruben. Estaba haciendo un pésimo trabajo en zafarse de él si eso era lo que quería. También tenía que enseñarle a escapar de un bruto que quisiera atraparlo por detrás. 

“Me temo que no puedo dejarte ir, Bambers. Niall… literalmente estoy haciendo esto por tu bien”, contestó Ruben haciendo un puchero con la boca. Qué fácil era molestar a su pequeño hermanito. 

“¿Hacer esto es por mi bien?”, preguntó Niall incrédulo. “¿En qué, en qué mundo es esto algo bueno?”.

Ah”. Ruben sonrió y, al mismo tiempo, apretó a Niall entre sus brazos. Su barbilla chocaba con la coronilla del muchacho. Solo fue cuestión de bajar la cara ligeramente para oler, directamente, la fuente de aquel aroma a dulce y a hojas pisadas. Mmmm. Sí. Era inconfundible. “En el mundo al que pertenecemos tú y yo, esto es perfectamente normal. Confía en mí. Me informé con expertos en la materia. Esta es la única manera.”

Eres un omega y yo soy un alfa. Así es como va la cosa…

“Ruben, por favor, solamente… Ruben, espera, Ruben, ah, Ruben, me estás apretando demasiado fuerte, ¡Rub—mmm!”.

Una mano se disparó de debajo de las cobijas y tapó la boca de Niall, quién había comenzado a alzar la voz. 

“Shhh. ¿Quieres que venga Lori y te encuentre en pelotas en la cama con tu hermanito? ¿Qué va a decir de nosotros? Cállate, bebé. Déjame, déjame hacer esto. ¿Cómo era...?”. 

Con la mano libre, Ruben apretó la cintura delgada de Niall y lo pegó sin consideración a su torso. El quejido que Niall soltó fue por la sensación inequívoca de su verga sobre la suavidad de sus nalgas, pero Ruben estaba demasiado concentrado en coordinar aquella operación: atrapar a su venadito, mantenerlo callado y, luego, poco a poco, liberar sus propias feromonas.

Así que agachó la cabeza y hundió la cara en la curva del cuello de Niall donde más se concentraba ese molesto olor y cerró los ojos. 

“Ahh, así. Justo así”, suspiró él, dejándose ir. Lluvia de azúcar. Empanizar un panecito… “Es como mear luego de un largo viaje en carro. Se siente tan bien…”

Era un sentimiento parecido al de vaciar su vejiga, era verdad, pero el vacío que sentía venía más bien de algún lugar dentro de su pecho, o entre los omoplatos. Era como dejar de cargar una mochila llena de piedras de río, una que ni siquiera se había dado cuenta que cargaba. Después de todo, no era como que pudiera liberar sus feromonas todo el tiempo. Siempre tenía que esperar a que las chicas dejaran que les metiera la mano dentro de las tanguitas para que Ruben pudiera desahogarse. Además del sexo, el poder liberar feromonas era uno de los placeres indiscutibles de estar con alguien. Pero ya no había podido hacerlo, menos luego de la mudanza y de todo el caos que había causado el imbécil de su…

Antes de que su mente llegara a esa esquina oscurecida, Ruben se detuvo. Abrió los ojos, sorprendiéndose de lo iluminada que estaba la habitación. Sus ojos, acostumbrados ya a la oscuridad, buscaron de inmediato el rostro de Niall, que se había quedado completamente quieto. 

Asustado, le quitó la mano de encima de la boca, que le había quedado mojada de saliva y la condensación de su respiración. Con cuidado, le giró la cabeza hacia atrás. “Bambi, ¿estás bien?”. 

Sin saber si había sido por haberle restringido la respiración o si las feromonas habían hecho algo, Ruben observó el rostro descompuesto de Niall: sus ojos y sus mejillas enrojecidas, la boca abierta, jadeando por aire, como una trucha rosada fuera del agua. Se veía fuera de sí mismo, como si estuviera a punto de perder el conocimiento. Joder. ¿Acaso lo había llevado demasiado lejos?

“¿Por qué demonios hiciste eso?”, preguntó Niall, con un hilo de voz, comenzando a sollozar, a punto de echarse a llorar, y aún así Ruben no sabía a qué se refería. ¿Al aire o las feromonas? Si era un beta, tenía que ser por no haber podido respirar. Pero si era un omega, era por las feromonas. Quién sabe. Ruben no era un puto doctor como para decir qué diablos estaba pasando dentro de la cabeza de su bonito Bambi y de las lágrimas que comenzaban a rodarle por las mejillas de crema chantilly.

Un poco arrepentido, Ruben se quitó la cobija de encima y rodeó a Niall con ella.

“Shhh. Ven, perdón. Se me pasó la mano. Respira”, dijo Ruben, sin otra idea más que consolarlo antes de que hiciera más ruido y Lori o Maura sospecharan algo peor. “Respira, respira. Acuéstate. Ya, ya. Shh. ¿Ves? Ya pasó. Respira por la nariz. Ajá. Acuéstate aquí. En mi brazo. Shhh, ya vámonos a dormir, ¿sí? Cierra los ojos”. 

Antes de quedarse dormido, Ruben recordó al caniche del vecino. 

Era un perro sucio y ansioso que ladraba cada vez que alguien pasaba por el frente de la casa de su amo y cuyos gimoteos provocaron que descubrieran que Ruben se había escapado de la casa de nuevo. Se acordó de cómo, en un intentó de callarlo preventivamente, lo tomó del cuello y le apretó el hocico en el puño hasta que el perro, quizá cansado de ladrar, se quedó callado. Sin embargo, cuando lo volvió a dejar en el césped, el caniche se dejó caer, como un bulto de harina, sin ninguna fuerza en las patas siempre mugrosas. Ruben se quedó un rato quieto, muerto de miedo. No, ¿qué carajo? ¿Había matado al perro? Ni siquiera lo había tomado con fuerza, ni siquiera había pasado tanto tiempo. Sudoroso, tan asustado que pensó que se iba a desmayar, Ruben regresó a su casa y se metió a las cobijas de su cama, sin siquiera pensar en el miedo que le daba regresar. A la mañana siguiente, despertó con fiebre y dolor de huesos. Maura lo llevó a la clínica donde le dijeron que no había más que hacer, que regresaran a casa, que estaba pasando por su primer celo. Y Ruben le rogó a su mamá que no fuera a trabajar, pero cuando le dijo que no podía, y cerró la puerta de la casa, dejando a dos personas dentro, Ruben se dio cuenta de que era más fácil matar a un animal de lo que había pensado. Que solamente, a veces, había que cerrar los ojos e ignorar las señales.

No podía equivocarse con Niall, pensó Ruben, abrazando al chico que poco a poco atemperaba su respiración y se dejaba llevar por el sueño. Tenía que ir lento, lento, con cuidado, poco a poco, volverlo natural, como cuando te acostumbras al olor de una casa, a tal punto que, un día, dejas de reconocerla como extraña y se vuelve tuya, tu único refugio.