Chapter Text
Todo era un caos y parecía que el final se iba a asomar, nuestra derrota era inminente y pronto sucumbiríamos al fin de los tiempos.
Mi cuerpo estaba hecho polvo, no podía mover ni una sola extremidad. Pero verlo ahí de pie luchando con todo lo que su cuerpo respondía, era la fuerza mental que tenía que darme. Para levantarme, ayudarlo y estar a su lado. Salvar el mundo como él desea, como yo se lo juré una vez.
El recuerdo vino a mí, golpeando mi mente sin permiso aun en la tensa situación que estábamos.
Caminaba por la fiesta luego de hablar unas palabras con la diosa Artemisa, que encantada (un poco rígida a mi gusto) me recibiría para entrenarme personalmente.
Lo buscaba a él para darle las noticias, pero no tuve que ir demasiado lejos cuando lo encontré bailando lo más cómodo con la rubia hija de Atenea. Ambos sonriendo, ella preciosa con su vestido blanco griego. Y él con su toga
—Debería haberlo hecho cenizas desde el primer momento que se atrevió a mirarte —escupió con sorna una voz a mi lado.
Volteando a mí lado estaba de pie observando al igual que yo el panorama frente a nosotros. Su mirada azul brillaba bajo esos rizos dorados, el rostro demostraba lo joven que se mantenia a pesar de los tiempos y la toga dorada mostraba al descubierto parte de su físico.
Sin dudas era hermoso bajó la vista de todos.
—Olvidalo, te odiaría por el resto de mi vida y no quieres eso —sonreí dándole un empujón con mi hombro.
Él río y no pude haber escuchado risa más cálida y acogedora que esa, no resistí a observarlo. Con añoranza y mucho aprecio.
Dejo una caricia cálida en mi mejilla para luego quitar de mi rostro aquel mechón grisáceo que resaltaba como prueba el haber sostenido el cielo en mi hombros.
—Tienes razón, no lo soportaría. ¿Qué te parecería disfrutar de una cálida caminata con tu padre? —señaló con la cabeza tras nosotros las enormes puertas.
Con una sonrisa asentí dejando la copa de ambrosía en una mesa y juntos caminamos alejándonos de la alegre fiesta que se estaba dando a nuestras espaldas.
En nuestra caminata llegamos a un hermoso jardín lleno de flores y fuentes de agua, los faroles con fuego de los dioses alumbraba dándole un aire mágico.
—Te gusta, ¿no es así? —soltó una vez tomamos asiento en el borde de una de las fuentes.
El reflejo de nosotros en el agua se observaba brillantes dracma arrojado en busca de cumplir deseos. La luna junto a las estrellas brillaban en el cielo y el viento soplaba cálido como en verano.
—Eso no importa, no puede corresponderme y no estoy precisamente en su lista de gustos —cada palabra eran como gotas de ácido que llegaban justo a mi corazón.
Me tomó por las mejillas dejando caricias y una sonrisa apareció en su boca.
—¿Pero quién no te correspondería? Eres el niño mas bello que pudo haber pisado la tierra, mírame hijo —nuestros ojos se encontraron, su mirada dulce y seria chocaba contra la desilusión de los míos— Eres muy hermoso solecito, él tendría que ser un completo tonto si no te correspondería.—
No pude evitar quitar sus manos para agachar la mirada, sintiendo mi corazón estrujarse escupo en un suspiro cansado.
—Déjalo padre por favor, no tiene relevancia —susurré, sintiendo como la garganta se cerraba.
Tomo mis manos entre las suyas, demostrando lo grandes que eran y transmitían un calor cálido.
—Tiene toda la importancia del mundo, estar enamorado por primera vez es la experiencia más única e irrepetible de la vida humana. Y tienes la oportunidad…—
Me levanto de un salto de la fuente sintiendo como mi pecho no podía sentirse cómodo, era como un agujero negro. Un vacío horrible que tragaba todo dentro de mi.
—No, ¡No quiero! ¡No quiero tener esa estúpida oportunidad de amar! ¡Odio esto! ¡Maldita sea la hora que me fije en él! ¡Lo odio! Odió…que cada vez que sienta que tengo la oportunidad de que él me ame algo lo estropee —expulse con rabia.
Se acercó mientras yo seguía diciendo cuánto odiaba todo esto, me rodeó con sus brazos fuertemente y comencé a golpearlo para quitarlo. Le gritaba cuánto lo odiaba, a él, los dioses, por haber caído en el campamento.
Entre golpes, manotazos no pude evitar romper en llanto sintiendo como mi alma pedía por un poco de paz, sus brazos me apretaban con fuerza mientras me decían que todo iba a estar bien.
Me oculté en su pecho abrazándolo con toda la fuerza que podía, temiendo que se escapara de mi y se fuera.
—No quiero morir padre, tengo miedo. —murmuré entre sollozos.
Sentí como si quisiera protegerme con su cuerpo de todo el mal que nos rodeaba, quería que me fundiera con él para protegerme de este dolor.
—Tengo miedo, no quiero morir —pedí revelando lo que por tanto tiempo había ocultado.
Me separó por unos segundos y limpiando mis lágrimas, me dejo ver que él también estaría a punto de llorar.
—Está bien, está bien tener miedo. Porque si es cierto que morirás, tal vez cuando mueras no puedas volver a tener la vida que tienes ahora —sus manos quitaron mi cabello que caía entre mis ojos— pero mi amor después de haber encontrado todo esto que es tuyo ¿Vas a privarte de todo este amor que tenemos para darte?—
Entre lágrimas lo observé, ahí de pié. A mi padre aquél por el que había siempre preguntado y buscado, aquel que resultó ser el dios Apolo. Recordé también a papá Alexander él que me crió y me amó desde el momento que me tuvo en sus brazos. Descubrí a mis hermanos, aquellos que amo con todo mi ser. A mis amigos.
Y me encontré a Mack, aquél amigo que pudo mostrarme lo que es amar profundamente a la otra persona.
Salté a los brazos de mi padre rodeándolo por el cuello, él me abrazó por la cintura con fuerza.
—No quiero morir sólo, ¿podrías estar a mi lado cuando pase? —pedí dolorosamente, observando la luna brillante entre mis lágrimas.
Colocó una de sus manos en mi cabello y dejó un beso en el costado de este, lo sentí temblar bajo nuestro abrazo al igual que a mi.
—Te lo prometo solecito, estaré en todo momento a tu lado mi querido Will —Afirmó
entre mi cabello.
Pude haber hecho una broma en este momento, de que no dejará mocos en mi cabello o que tuviera cuidado con mi cabello ya que mis rizos se romperían.
Pero oír su voz quebrada afirmando que estaría para mi ese día. Fue suficiente para que esa noche solo se tratara de abrazarnos en busca de consuelo.
La luna colgaba en el cielo como fría e indiferente, bañando el campo de batalla con una luz plateada que hacía que la sangre pareciera negra. El aire estaba cargado de gritos, del choque metálico de espadas y el fuerte olor metálico a sangre y miedo.
Caí de rodillas, mi cuerpo se derrumbó contra el suelo frío y húmedo. Cada centímetro de mi ser ardía. Mis costillas parecían fracturadas, el hombro izquierdo crujía horriblemente con cada respiración, y un corte profundo en el muslo derecho me palpitaba con un dolor tan intenso que me robaba el aliento. La tierra bajo mi mejilla estaba empapada, no sabía si sería de mi propia sangre o de la de otros.
Pero nada de eso importaba.
Porque entonces lo escuché.
Un grito de dolor que no era como los demás. No era el rugido furioso de un guerrero cayendo en batalla. Era un grito crudo, desgarrado.
—Mack… —susurré con mi voz rota, apenas un hilo de sonido que se perdió entre el caos.
Gire mi cabeza hacia un lado y lo vi, estiré el brazo hacia él, temblando, como si pudiera acortar los metros que nos separaban. Pero era inútil.
Estaba demasiado lejos.
Leonard —o lo que quedaba de él— se alzaba como una cascarón lleno de oscuridad y de ira. Su armadura estaba rota, el rostro desfigurado por cicatrices antiguas.
Con una patada brutal derribó a Mack, quien ya apenas podía sostenerse. El impacto fue seco. Mack rodó por el suelo, escupiendo sangre, pero Leonard no le dio respiro. Se lanzó sobre él como una bestia, descargando una lluvia de puñetazos que resonaban con un sonido húmedo y horrible contra la cara y el torso.
—Ya es hora de que entiendas Celebrini, que no eres un héroe. Y que tu muerte será el precio que pagues por creértelo —bramó con rabia Leonard.
Y entonces, con una lentitud sádica que me heló la sangre, Leonard levantó su espada con ambas manos, la hoja brillando bajo la luna.
—No… —gemí, intentando arrastrarme.
La espada cayó.
El sonido del hueso rompiéndose fue lo peor que había escuchado en toda mi vida. Un crujido seco, como una rama gruesa partiéndose en dos bajo. La clavícula de Mack se fracturó bajo el acero, y su alarido de dolor atravesó como un cuchillo directamente en mi alma. Fue un sonido que me desgarró por dentro más que cualquier herida en mi cuerpo. Se arqueó en el suelo, su mano temblorosa intentando inútilmente presionar la herida mientras la sangre brotaba caliente y oscura una vez que Leonard arrancó la espada de su cuerpo. Sus ojos verdes, esos ojos que siempre habían brillado con esa mezcla de desafío y ternura, ahora estaban vidriosos por el dolor.
No podía quedarme allí tirado, llorando en silencio mientras el hombre que amaba era destrozado frente a mí.
Estábamos sentados en la colina que dominaba el campamento. El atardecer pintaba el cielo de tonos dorados y rosados, y el viento suave movía la hierba alta de la pradera. Mack estaba a mi lado, su hombro rozando el mío. Olía a tierra, sudor limpio y a ese aroma particular suyo a pino que siempre me hacía sentir en casa.
—No quiero que me protejas, Will —su voz baja y seria me habló mientras observaba el horizonte—. Te quiero conmigo a mi lado, vivo.
Sonreí, aunque el pecho me dolía de solo imaginar un mundo sin él.
—Te protegeré… y me mantendré vivo a tu lado. ¿Qué te parece ese trato? —bromeé, aunque ambos sabíamos que había una promesa real debajo de la ligereza.
Su risa había llenado el aire, cálida, genuina, el sonido más hermoso que había escuchado en mucho tiempo. Luego giró el rostro hacia mí y esos ojos verdes me miraron con un brillo intenso que me quitó el aliento.
—Hecho —susurró— Haré lo mismo.
Perdóname.
Las lágrimas me quemaban los ojos mientras me obligaba a levantarme. El dolor de mis heridas desapareció bajo una ola de adrenalina pura. Mis piernas temblaban, pero me sostuvieron. Con la mano temblorosa, agarré el collar que colgaba de mi cuello y tiré con fuerza. La cadena se rompió. El dije del sol dorado, con sus piedras preciosas y ese diamante azul profundo en el centro. Lo apreté contra mi pecho una última vez, sintiendo su peso, su significado. Todo lo que representaba.
“Es hora de terminar esto.”
Toqué el diamante por última vez. Brilló suavemente y en un instante el peso familiar del arco se materializó en mis manos, el carcaj lleno de flechas apareció en mi espalda.
Saqué una flecha con dedos ensangrentados. La tensé, el asta vibró contra mis dedos.
Apunté directamente al punto débil que Mack había descubierto meses atrás tras semanas de observación peligrosa y arriesgada: el hombro de Leonard, el lugar donde la maldición de Aquiles lo hacía vulnerable. El único lugar donde podía morir.
En mi mente pasaron como un torbellino todos los recuerdos.
El rostro cansado pero amoroso de mi papa Alexander, los mimos y risa estridente de mi padre Apolo. La mirada severa pero protectora de tía Artemisa. Mis hermanos corriendo por los campos del campamento. Las noches de risas con amigos alrededor del fuego. Y, sobre todo, Mack.
Macklin Celebrini.
Sus sonrisas ladeadas. La forma en que me llamaba “Will o Smitty” con esa voz ronca que solo usaba conmigo.
La flecha voló.
Al mismo tiempo, Leonard, al comprender que la muerte iba hacia él y no podría detenerla, rugió con furia animal y lanzó su espada con toda su fuerza en mi dirección.
Oí el silbido del acero cortando el aire.
Luego, el impacto.
La espada me atravesó justo bajo las costillas. La sensación que sentí fue como un frío terrible, como si me hubieran clavado un témpano de hielo. Después llegó el fuego. Un dolor ardiente que se extendió por todo mi torso como lava líquida. No sentí cómo el acero rasgó mis músculos, órganos. Tal vez se lo debía a la adrenalina. Sin embargo supe que estaba todo mal cuando al bajar la mirada la sangre caliente comenzó a brotar inmediatamente, empapando mi ropa.
Mi flecha, dio en el blanco.
Se clavó con precisión quirúrgica en el hombro de Leonard.
Leonard y yo nos miramos a través del campo de batalla. Sus ojos se abrieron con incredulidad, luego con rabia impotente, y finalmente con el vacío de la muerte. Sus rodillas cedieron. Cayó pesadamente sin volver a levantarse.
También sentí cómo mis fuerzas me abandonaban.
El mundo comenzó a volverse borroso en los bordes. Mis piernas temblaron violentamente. Con las manos empapadas en mi propia sangre, intenté arrancar la espada de mi abdomen, pero apenas logré moverla unos centímetros, el dolor era indescriptible.
Me caí de rodillas otra vez.
—¡Will! —era un alarido, su rostro apareció a los segundos. Ese rostro del cual me había enamorado profundamente.
Y si ustedes me preguntarán cómo fue que él me enamoró, les diría que él jamás hizo algo genuinamente grande. Fueron sus ojos verdes que me dejaban ver una hermosa pradera a través de ellos, su cabello castaño que se ondeaba con el viento, su risa que parecía música cada vez que llegaba a mis oídos. Era solo él siendo el mismo cuando estaba triste, frustrado, enojado y feliz.
Ahora que sabía que esta sería la última oportunidad de observarlo, quería grabar cada pedacito de él. Para llevármelo marcado en mi alma.
—¿¡Qué hiciste Will!? ¡Ayuda! ¡AYUDA POR FAVOR! —gritaba preso del pánico sujetandome como podía en sus brazos.
Yo solo lo miraba, grabando ese color verde en mi corazón, su cabello, el aroma a madera y bosque que desprendía.
Tomé mi collar que aún estaba en mi mano y se la coloqué en la suya, él lo observó sorprendido. Pero rápidamente volteó a verme.
—No Will esto...no —trato de hablar entre lágrimas que caían por sus rostro .
—Quedatelo, es un regalo por todo lo que me diste —mi voz salía como un susurró. Pero la sonrisa no se borró en ningún momento.
Ruido apareció tras nosotros y pronto el deje de unas pisadas me mostró el cabello rubio rebelde por el viento y su propia pelea, sus ojos azules me observaron con amor y cariño, padre. Y junto a él se reunió una pelirroja de ojos color plata, tía.
—Dile a mi padre Alexander que lo amó mucho ¿Si? —pedí entre esfuerzo a mi padre— que me perdoné...por esta vez no llegar a casa. —sonreí tristemente.
—Tranquilo se lo diré —afirmó Apolo acariciando mi mejilla— Estoy completamente orgulloso de ti William Charles Patrick Smith, tenerte como hijo fue el mejor acto de amor que pudo regalarme la vida.—
—Te quiero padre, te quiero muchísimo —sollozando le conteste. Sintiendo un beso en mi frente.
Luego volteé hacia mi tía Artemisa que me miraba con todo el amor del mundo.
—Gracias por enseñarme todo, te quiero mucho tía —sentí como una de sus manos dejaba una caricia en mi cabello.
—No, gracias a ti por darme la oportunidad de ser parte de tu vida, siéntete orgulloso de ti cazador. Tú salvaste el mundo —aclamo.
Por último volteé a mirar a Mack él cual mostraba las lágrimas caer por sus mejillas, las cuales no dude en quitar suavemente con mi mano.
—Te amó Macklin Celebrini, pero no como un simple amigo. Estoy enamorado de ti desde el momento que nuestras miradas chocaron, pero pude saberlo en las vacaciones de verano cuando nos metimos esa vez al mar y jugamos bajo el agua… en ese momento supe que mi corazón era completamente tuyo —tragué el nudo que impedía hablar— Lamento habértelo dicho ahora, pero no quería perder tu amistad en caso de que no me correspondieras.—
—Will...no —Mack volteó a ver con desesperación a mi padre— sálvalo por favor.—
Más mi padre solo me observaba a mi con amor, tal vez él también apreciaba por última vez mi rostro.
—Es hora…—susurre vagamente sintiendo como mi cuerpo comenzaba a sentirse cansado al igual que mis ojos.
—¡Will no, no por favor! ¡Quédate conmigo! ¡También te amo! ¡Te amo más que como un amigo! No me dejes…por favor Smitty —gritaba implorándome.
—Descansa solecito, ve con Colin —murmuró mi padre—
—Los amó —eso fue lo último que pude decir.
Así fue como dejé que mi cuerpo sucumbiera al cansancio, fue como acostarse a dormir. Nada pesaba y dolía en mi cuerpo, y por mi mente ningún pensamiento pasó.
Solo fue el silenció.
En cuanto los ojos azules del hijo del sol perdieron brillo y se fueron cerrando para nunca más abrirse. A todos los presentes se les rompió el corazón al ver que el dulce chico cálido, había fallecido.
Mack aún sujetando el cuerpo lo abrazó más fuerte ocultandolo, su rostro se escondió en el del muchacho y no podía evitar suplicar con su voz rota y ahogada en sollozos que despertará.
—Por favor...por favor Will quedate conmigo —suplicaba el hijo de Ares.
Apolo que observaba el cuerpo inerte de su hijo en los brazos del chico, no podía pararse del suelo. Y tampoco pudo evitar la presencia de su hija Grace quien llegaba corriendo, con una sonrisa que se fue apagando al ver la escena frente a ella.
—Will, no —susurró la chica caminando rápido hacia un destrozado Mack.
Los brazos fuertes de su padre la rodearon por la espalda impidiéndole que se acerque más a esa trágica imagen.
—Grace no...se fue hija, se ha ido. —susurraba Apolo tragando su tristeza.
—¡No! ¡Quítame las manos de encima carajo! ¡Will!...¡Suéltame padre! ¡Will, despierta! —gritaba, tratando de liberarse bruscamente de los brazos de su padre.
Más cayó rendida entre el dolor, padre e hija cayendo al suelo con el corazón y el alma rota. Ambos lloraban sobre el otro aferrándose mutuamente mientras observaban dolorosamente a su hijo y hermano en los brazos del chico que aun se negaba a soltarlo.
Grace observó el anillo dorado en el índice derecho de la mano de su hermano, aquél que compartían.
—Estaremos juntos sin importar a donde iremos Gracie —habló el rubio uniendo su índice con el anillo, con la otra mano de su hermana que también tenía el anillo.
—Sin importar a donde iremos, estaremos juntos. —Sonrió la muchacha, rodeando rápidamente en un abrazo a su hermano.
—¿Por qué? —lloraba en los brazos de su padre.
Entre el dolor de una pérdida y el alivio de salvar al mundo, nada iba a volver a ser lo mismo.
No para aquellos corazones que lo perdieron todo.
