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La esposa que quiero.

Summary:

Inspirado en el K-drama "La esposa que quiero",
Colin Bridgerton recibe la posibilidad de volver al día en que conoció a Penelope Featherington. Creyendo que ella fue su mayor error, decide pasar de largo… y despierta en la vida que siempre pensó querer: casado con Marina, exitoso y libre.

Pero entonces Penelope vuelve a aparecer.

Y esta vez, no lo conoce.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Todo lo que estaba mal.

Chapter Text

Colin Bridgerton tenía treinta y cinco años cuando empezó a convencerse de que su vida era una carga.

Desde fuera, cualquiera habría dicho que lo tenía todo: una casa hermosa en Londres, dos hijos sanos, un apellido importante y una esposa que lo había amado desde que era una adolescente.

 

Penélope Featherington tenía treinta y cuatro años. Lo conocí desde que ella tenía quince y él dieciséis. Se habían casado cuando ella tenía veinticuatro y él veinticinco.

Casi diez años de matrimonio.

Y aún así, esa noche, Colin la miró como si ella fuera el problema.

No lo dijo en voz alta.

No hacía falta.

 

Penélope lo supo cuando él llegó tarde otra vez. Lo supo cuando no preguntó por la presentación escolar de su hijo. Lo supo cuando olvidó que su hija lo había esperado para leer un cuento. Lo supo cuando dejó las llaves sobre la mesa y murmuró que estaba cansado, como si su cansancio fuera más importante que todo lo demás.

 

—Tomás preguntó por ti —dijo Penélope desde la cocina.

Colin se quitó la chaqueta sin mirarla.

 

—Tuve mucho trabajo.

 

—Siempre tienes mucho trabajo.

 

Él cerró los ojos con fastidio.

.

—Penélope, por favor. No empieces.

Ella soltó una risa pequeña, triste.

 

—Eso es lo único que sabes decirme últimamente.

 

Colin la miró entonces.

 

Penélope estaba cansada. No solo por esa noche, sino por años de cargar con la casa, los niños, los horarios, las tareas, los cumpleaños, las disculpas y los silencios de él.

 

—No eres solo un esposo ausente, Colin —dijo ella—. También eres un padre ausente.

La frase lo golpeó.

 

Pero no de la forma correcta.

 

No lo hizo pedir perdón. No lo hizo acercarse a ella. No lo hizo preguntarse cuánto llevaba fallándoles a sus hijos.

 

Lo enfureció.

 

Porque Colin sabía que era verdad.

 

Y odiaba que Penélope siempre pareciera tener la verdad en las manos, lista para mostrársela justo cuando él menos quería verla.

 

—Trabajo para ustedes —respondió con frialdad.

 

—Nuestros hijos no necesitan solo dinero. Necesitan un padre.

Colin apretó la mandíbula.

 

—Haga lo que haga, nunca es suficiente para ti.

Penélope se quedó muy tranquila.

 

—No, Colin. El problema es que hace mucho tiempo que dejaste de intentarlo.

 

El silencio que vino después fue peor que cualquier grito.

 

Colin la miró, y por un segundo no vio a la mujer que había amado. Vio responsabilidades. Vio reprocha. Vio cuentas, horarios, tareas escolares, cenas frías, niños decepcionados, discusiones repetidas y una casa que parecía necesitar siempre algo más de él.

Y entonces, como tantas veces en sus peores momentos, pensó en Marina.

 

Marina Thompson.

 

Pensó en la idea de ella.

 

En la chica, hermosa y tranquila podría haber representado una vida distinta. Una vida sin mochilas escolares olvidadas, sin cuentos prometidos, sin listas pegadas al refrigerador, sin una esposa que lo mirara como si él fuera una decepción más.

 

Con Marina, se dijo, ¿Tal vez todo habría sido diferente?

Tal vez habría tenido una casa silenciosa, ordenada, fácil.

 

Tal vez habría tenido una esposa que no le exigiera tanto. Una mujer que no conociera todas sus fallas. Una vida más simple, más limpia, menos llena de heridas acumuladas.

 

Tal vez, si no hubiera conocido a Penélope, nunca se habría convertido en ese hombre cansado, resentido y miserable.

 

El pensamiento fue cruel.

 

También fue injusto.

 

Pero Colin estaba demasiado cegado por su propia frustración para verlo.

 

Penélope tomó su abrigo del respaldo de una silla.

 

—Voy a dormir donde Eloise.

 

Colin levantó la vista.

 

—No puedes irte así.

 

—Sí puedo.

 

—Penélope…

 

Ella se detuvo en la puerta. Tenía los ojos brillantes, pero no lloró.

 

—Te conocí cuando tenía quince años. Estaba sola, asustada, perdida en una calle que no conocía… y tú me ayudaste. Durante mucho tiempo pensé que ese chico era la mejor persona del mundo.

 

Colin no respondió.

 

Recordaba ese día.

 

Una tarde de lluvia. Penélope con el uniforme mojado, los cuadernos tirados en la acera y unos chicos riéndose mientras se alejaban. Él se había detenido, la había ayudado a recoger sus cosas, le había prestado su chaqueta y la había acompañado hasta una cafetería para que pudiera llamar a su madre.

 

Así empezó todo.

 

Por una buena acción.

 

Penélope lo miró con una tristeza que le resultó insoportable.

 

—Yo amé a ese Colin —susurró—. Pero no sé dónde quedó.

Y se fue.

 

La puerta se cerró suavemente.

 

Colin se quedó solo en la cocina, rodeado de las cosas que Penélope había dejado listas para el día siguiente: la mochila de su hija, una autorización escolar, una lista pegada al refrigerador, el inhalador de su hijo sobre la mesa.

 

No sabía qué debía hacer con la mitad de esas cosas.

 

No sabía qué colación prefería Agatha.

 

No sabía a qué hora entraba Thomas.

 

No sabía dónde Penélope guardaba los uniformes limpios.

 

Y eso, en lugar de hacerlo sentirse arrepentido, lo hizo sentirse atrapado.

 

Como si toda su vida se hubiera convertido en una jaula construida con promesas, responsabilidades y errores acumulados.

 

Salió de la casa sin paraguas.

 

La lluvia le empapó el cabello mientras caminaba sin rumbo por la ciudad. Las calles estaban casi vacías y Colin avanzó con las manos en los bolsillos, lleno de rabia, culpa y una idea horrible que empezó a crecer dentro de él.

 

Si nunca la hubiera conocido…

 

Se detuvo.

 

La idea no desapareció.

 

Al contrario.

 

Se volvió más clara.

 

Si nunca hubiera ayudado a Penélope ese día, mi vida sería distinta.

 

Quizás habría terminado con Marina.

 

Quizás estaría casado con ella.

 

Quizás despertaría cada mañana en una cama impecable, junto a una mujer que no lo mirara con decepción. Quizás tendría reuniones, viajes, cenas elegantes y una vida adulta sin ese peso constante sobre el pecho.

 

No habría matrimonio roto.

 

No habría hijos decepcionados.

 

No habría una esposa grabándole en silencio todo lo que había dejado de ser.

No habría esa carga.

 

Colin siguió caminando hasta que vio a un hombre mayor intentando levantar una caja caída en medio de la acera. La lluvia había mojado el cartón, y varios objetos antiguos se habían desparramado por el suelo: llaves oxidadas, cadenas, pequeños relojes, brújulas, monedas viejas.

El hombre parecía débil. Casi se resbaló al agacharse.

 

Colin dudó.

 

Luego suspiró y se acercó.

 

—Déjeme ayudar.

 

Se inclinó y reconoció los objetos uno por uno. El anciano lo observó con una calma extraña, como si no se sorprendiera de verlo allí.

—Gracias, señor Bridgerton.

 

Colin se quedó inmóvil.

 

—¿Cómo sabe mi nombre?

 

El hombre no respondió de inmediato. Guardó los objetos en la caja con cuidado y luego sacó un reloj de bolsillo de plata oscura. Era pequeño, antiguo, con una grieta fina cruzando la tapa.

 

—Tome esto.

 

Colin frunció el fruncido.

 

—No necesito recompensa.

 

—No es una recompensa. Es un agradecimiento.

 

—¿Qué es?

 

El anciano sostenía el reloj entre ambos.

 

—Un objeto para volver.

 

Colin soltó una risa seca y burlesca.

 

—¿Volver adónde?

 

—Al momento que, en este instante, su corazón considera su mayor arrepentimiento.

 

Colin quería burlarse. Quiso decir que aquello era absurdo. Pero los ojos del hombre eran demasiado serios.

 

—¿Mi mayor arrepentimiento? —repitió.

 

Y entonces pensó en ella.

 

Penélope.

 

No en la Penélope de esa noche, rota y cansada. Pensó en la niña de quince años bajo la lluvia. En sus cuadernos mojados. En sus ojos asustados. En el instante exacto en que él decidió detenerse a ayudarla.

 

Ese fue el comienzo.

 

El primer hilo.

 

La primera decisión.

 

Y Colin, mezquino y herido, pensó:

 

Ojalá hubiera seguido caminando.

 

El reloj se enfrió entre sus dedos.

 

El anciano lo miró con tristeza.

 

—Tenga cuidado con lo que desea, señor Bridgerton. A veces el arrepentimiento no muestra la verdad. Solo muestra la parte más egoísta del dolor.

Colin no alcanzó a un respondedor.

 

La aguja del reloj comenzó a moverse hacia atrás.

 

La calle desapareció.

 

La lluvia desapareció.

 

El anciano desapareció.

 

Cuando abrió los ojos, ya no tenía treinta y cinco años.

 

Tenía dieciséis.

 

Estaba de pie bajo la lluvia, con una mochila escolar colgada al hombro y el uniforme húmedo pegado al cuerpo.

 

Frente a él, una chica de quince años intentaba recoger sus cuadernos de la acera.

 

Tenía el cabello rojo pegado a las mejillas, la mochila abierta a sus pies y los ojos llenos de vergüenza mientras unos chicos se alejaban riéndose.

Penélope.

 

Colin dejó de respirar.

 

El mundo le estaba dando exactamente lo que había pedido.

 

Ella levantó la mirada, sin reconocerlo.

 

—Perdón —murmuró, apartándose como si temiera estorbar—. Ya los recojo.

 

En la otra vida, Colin fue detenido.

 

En la otra vida, le había prestado su chaqueta.

 

En la otra vida, la había acompañado hasta una cafetería.

 

En la otra vida, Penelope Featherington había entrado en su vida para nunca salir del todo.

Pero esta vez Colin no se movió.

 

La miró apenas un segundo más.

 

Luego presionó los dedos alrededor del reloj escondido en su bolsillo y siguió caminando.

 

Escuchó, detrás de él, el sonido de Penélope intentando juntar sus cuadernos mojados.

 

No volvió la vista atrás.

 

Llego de vuelta a su casa de juventud, asombrado por ver a sus hermanos y a su madre más jóvenes de lo que recordaba.

 

Decidió que mañana resolvería todo lo que estaba pasando y sin mas subió a su habitación y se sumió en un sueño profundo.

 

Sin darse cuenta, mientras el dormía su mundo tal como lo conocía estaba a punto de cambiar.

 

Cuando despertó de nuevo, estaba en una cama enorme, cubierta por sábanas claras y suaves. La habitación olía a perfume caro, a flores frescas ya una vida que no reconocía, pero que de inmediato le pareció perfecta.

 

Por un momento, Colin no se movió.

 

Luego giró la cabeza.

 

Marina Thompson dormía a su lado.

 

Su cabello oscuro caía sobre la almohada. En su mano izquierda brillaba un anillo de matrimonio.

 

Colin sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

 

No por miedo.

 

Sino por alivio.

 

Se incorporó lentamente y miró la habitación. Era elegante, ordenada, impecable. No había juguetes en el suelo. No había mochilas escolares. No había listas pegadas en ninguna parte. No había tazas olvidadas, ni dibujos infantiles, ni pequeñas pruebas de una vida familiar que exigía demasiado de él.

 

Todo estaba en silencio.

 

Todo estaba limpio.

 

Todo era fácil.

 

Sobre la cómoda había una fotografía marcada.

 

Él y Marina, vestidos de boda, sonriendo frente a una iglesia blanca.

 

Colin se levantó despacio y tomó el marco entre sus manos.

 

Ahí estaba.

 

La vida que había imaginado durante la pelea.

 

La vida que creyó merecer.

 

La vida que, según él, habría tenido si nunca se hubiera detenido por Penelope Featherington aquella tarde de lluvia.

 

Marina se movió en la cama y abrió los ojos.

 

—Colin —murmuró con voz somnolienta—. ¿Ya te despertaste?

 

Él se giró hacia ella.

 

Marina lo miró como si fuera lo más normal del mundo que estuvieran allí, juntos, casados.

 

Como si esa siempre hubiera sido su vida.

 

Colin dejó la fotografía sobre la cómoda y sorprendente.

 

Una sonrisa lenta. Casi incrédula.

 

—Sí —respondió.

 

Marina se incorporó apenas, elegante incluso recién despierta.

 

—Tienes una reunión con Anthony esta mañana. No llegues tarde.

 

Colin ascendió, todavía mirando alrededor.

 

No había rastro de Penelope.

 

No había rastro de los niños.

 

No había rastro de la vida que acababa de abandonar.

 

Y en vez de sentir horror, Colin sintió una paz mezquina, egoísta, luminosa.

 

Lo había conseguido.

 

Había vuelto al comienzo.

 

Había pasado de largo.

 

Había evitado el error que, según él, le había arruinado la vida.

 

Marina extendiendo una mano hacia él.

 

—Ven aquí.

 

Colin volvió a la cama y tomó su mano.

 

El reloj de bolsillo descansaba sobre la mesita de noche, inmóvil, silencioso, como si hubiera cumplido su parte del trato.

 

Colin lo miró apenas un segundo.

 

Luego volvió la vista hacia Marina.

 

Por primera vez en años, creyó que había ganado.

 

Creyó que esa era la vida que siempre debía tener.

 

Creyó que era feliz.