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No era coincidencia que Joseph hubiera viajado a Japón poco antes de su cumpleaños. Él odiaba Japón, o al menos eso era lo que solía afirmar. A Joseph le gustaban muchas cosas japonesas y había encontrado cierto potencial en ese país que no podía ignorar. También quería celebrar su cumpleaños con su familia.
Conocer a Tomoko y enamorarse de ella era algo que definitivamente no estaba en sus planes. Sus sentimientos por Suzie no habían cambiado y eso era lo peor de todo.
Él no había tenido segundas intenciones cuando le ofreció un trabajo como secretaria. Su secretaria se había incapacitado temporalmente y él necesitaba de alguien que tuviera un nivel avanzado de inglés y de japonés.
Ambos se conocieron en una parada de autobús. Estaba lloviendo y los dos necesitaban un sitio donde pudieran protegerse.
—¿Falta mucho para que pase un autobús? —preguntó Joseph y no hizo ningún intento por disimular el enojo que sentía.
Tomoko lo había mirado con enojo. Ella no hizo ningún intento por disimular su molestia y señaló el cartel con el horario de buses. Joseph supo que no podía quejarse, pues el bus no tenía ni un minuto de retraso.
Ambos permanecieron callados durante un par de minutos.
—Parece que falta mucho para que pase un autobús. ¿Sabes de alguna cafetería cerca? No soy de Tokio y no conozco el lugar.
—Tampoco soy de Tokio, pero me mudé cuando empecé la universidad así que conozco un poco la zona y sé de una buena cafetería.
—Entonces llévame y te invito a un café.
Tomoko lo observó con algo de desconfianza, pero terminó por acceder. Joseph no sabía si era por el frío o si era algo más. En su momento no le dió importancia y pensar en ello era algo que le generaba sentimientos complicados.
—¿Solo vas a pedir eso?
Tomoko se había mostrado confundida. Ella había pedido uno de los cafés más baratos por lo que no creía que hubiera algún problema.
—Pide con confianza. El dinero no es ningún problema.
Tomoko no solo hizo lo que Joseph le había pedido. Ella le sugirió varios postres y en pocos minutos la mesa estaba llena de toda clase de bocadillos.
—¿Qué estudias?
—Educación primaria con énfasis en inglés —respondió Tomoko después de morder un dorayaki.
Joseph se había reído al escuchar esas palabras. No lo hacía por malicia ni por crueldad. Era por nostalgia, esas palabras le traían recuerdos de un pasado distante, de tiempos que no quería ni podía olvidar. A su lado, Tomoko estaba sonriendo.
—Mi abuela también era maestra.
Joseph había sonreído al pensar en la mujer que lo había criado. Erina lo había cuidado desde que era un bebé y le había enseñado todo lo que sabía. Pensar en ella le generaba una sensación agridulce. Ella había muerto de forma pacífica, rodeada de sus seres queridos, pero aún así, dolía pensar en su ausencia.
La conversación terminó poco después con la llegada del autobús. En aquel entonces Joseph sabía que quería pasar más tiempo con Tomoko, pero en aquel entonces no entendía la totalidad de sus sentimientos ni las consecuencias que tendría esa decisión. Solo podía pensar en que él necesitaba ayuda y que Tomoko estaba buscando un trabajo.
—Tu inglés es muy bueno.
—Gracias —comentó Tomoko —. Aprendí mucho viendo películas y jugando videojuegos.
Ambos perdieron la noción del tiempo. Estuvieron charlando de películas, videojuegos, de la universidad y de la vida en general. Aquella conversación sólo terminó cuando cerró la cafetería y ambos descubrieron que faltaban pocos minutos para que saliera el último autobús.
—Esta es mi tarjeta —le dijo Joseph cuando vio que Tomoko estaba por dejar el vehículo —. Yo necesito una secretaria y creo que a ti te serviría un trabajo. Descuida, entiendo que tus estudios sean lo más importante.
Tomoko empezó a trabajar para él al día siguiente. Ambos comenzaron a pasar tiempo juntos y descubrieron que, pese a las muchas diferencias que tenían, también tenían mucho en común y que disfrutaban de la compañía del otro.
Joseph no se había olvidado de las promesas que había dicho el día en que se casaron, pero aún así tomó un desvío y no dijo nada cuando ella frotó su cuerpo contra el suyo. Ambos habían acordado verse en ese tren y ambos habían consentido lo que pasó. Joseph se dijo que no contaba como infidelidad porque ambos tenían ropa y era normal que sus cuerpos se rozaran en un lugar tan concurrido.
En el fondo sabía que solo se estaba engañando y aprovechándose de lo que él consideraba como un vacío legal. Sin embargo eso no era suficiente y Joseph era incapaz de detenerse.
Las cosas escalaron. Lo que empezó con caricias furtivas se convirtió en gestos más atrevidos y besos en la oscuridad. Ambos comenzaron a verse a escondidas y finalmente pasó lo que Joseph tanto quiso evitar.
Fue durante el cumpleaños de Joseph.
Ese día solo habían trabajado en la mañana. Joseph pidió que cerraran la oficina temprano en la mañana. Ambos se habían quedado a solas.
—Mi familia me espera —le había dicho, pero aún así terminaron besándose en el escritorio.
Las prendas de ambos terminaron esparcidas por el suelo y sus cuerpos unidos por el deseo. Ese día ambos sucumbieron ante el deseo y comieron el fruto prohibido.
—Eres muy joven —le dijo —. Y yo hace años prometí que solo amaría a una mujer.
Tomoko lo observó con tristeza y Joseph se odiaba por ser la causa de su sufrimiento.
—Lo siento.
Tomoko no dijo nada y Joseph se fue. Aquella fue la despedida más difícil.
Joseph regresó con su familia y regresó a Estados Unidos. Él abandonó el Hamon y Tomoko renunció a su trabajo. Ella nunca le dijo de su embarazo y Joseph pretendió que nada había pasado.
Sin embargo, un día Joseph supo de la existencia de Josuke y no pudo pretender que nada había pasado. Él no quería pretender que no había pasado nada pese a que sus sentimientos no habían cambiado.
Josuke era su prioridad y eso era algo en lo que Joseph no podía dejar de pensar. Tampoco podía ignorar lo que pasaba con Jotaro.
Su nieto no era una persona especialmente expresiva. Joseph lo sabía, pero nunca había visto en ello un problema. Él sabía que el viaje a Egipto lo había marcado y también era consciente de su tendencia a alejarse. Jotaro era su nieto y era por ello que sabía que él estaba pasando por problemas.
—Deberías volver a Estados Unidos —le dijo Joseph.
Jotaro lo observó fijamente y Joseph tuvo la certeza de que él creía que estaba senil. Joseph sabía que él tenía problemas, pero estaba seguro de que ese no era el caso.
—Entiendo que quieras cuidar de Josuke y que estés preocupado por lo del usuario de stand, pero esa no es tu responsabilidad. Jolyne y tu esposa te necesitan.
Joseph notó como la mirada de Jotaro cambió en el momento en que mencionó a su familia. Joseph percibió algo de culpa y eso lo horrorizó.
Él recordó cuando había conocido a Tomoko años atrás. Su juventud y su belleza lo habían cautivado, pero fue su personalidad lo que lo había enamorado. Ella era como una manzana, dulce y tentadora, un fruto prohibido que jamás debió probar.
—¿Es Tomoko?
—¿Qué?
Jotaro genuinamente parecía confundido. Joseph se dijo que su alivio no era porque tuviera sentimientos por Tomoko, sino porque le aterraba que su nieto decidiera traicionar su matrimonio.
—Tus ojos, tienes la mirada de alguien que se siente culpable.
—¿Por qué pensaste en Tomoko? ¿Acaso te preocupa que ella piense en alguien más?
Joseph suspiró con pesar. Una parte de él pensaba que Jotaro tenía razón, pero también podía ver algo más y eso era lo que le preocupaba.
—Tu actitud defensiva me preocupa. ¿Acaso me ocultas algo, Jotaro?
—Yo no soy como tú, jamás engañaría a la mujer a la que le prometí lealtad?
Una parte de Joseph pensaba que se merecía esas palabras, otra parte creía que Jotaro solo quería desviar la atención y eso era lo que más le preocupaba. Últimamente sentía que su nieto se estaba alejando y eso le hacía pensar que había cometido un error al llevarlo a Egipto, que él debió encargarse por sí solo de salvar la vida de Holly.
El sonido de un llanto llamó la atención de Joseph. Shizuka estaba llorando y él sabía que no convenía dejarla mucho tiempo sola.
Josuke visitaba el hotel con frecuencia. A Joseph le hacía feliz poder pasar tiempo con su hijo y había aprendido a querer a Shizuka. La idea de renunciar a ella cada vez era más dolorosa, pero también una idea más lejana.
—¿Hay algo que te preocupe?
Josuke desvió la mirada. Joseph no sabía si la incomodidad era por el hecho de que no confiaba en él o si había algo más que le preocupaba.
—Josuke…
—No pasa nada —le dijo Josuke y Joseph pudo notar cierta molestia en su voz. Su rostro cambió en pocos segundos, probablemente porque había visto algo en el rostro de su padre —. No pasa nada —repitió y su voz era más suave.
Joseph quería creerle, pero no podía.
—Estaré esperando si algún día quieres hablar.
Jotaro llegó en ese momento y Joseph no pudo ignorar el intercambio de miradas. Pero rápidamente descartó la idea y asumió que era su mente senil inventando cosas.
“Josuke es el tío de Jotaro y un adolescente, es imposible”, se dijo Joseph.
Ver a Josuke jugar con la bebé invisible y a Jotaro trabajar en su tesis le hizo reírse mentalmente y pensar que estaba imaginando cosas.
—Los padres de Shigechi siguen buscándolo —comentó Josuke.
Joseph tomó asiento a su lado.
—Encontraremos a Kira, es una promesa.
