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Las piernas le temblaban de la anticipación. Su mente estaba completamente nublada y solo podía concentrarse en la increíblemente placentera sensación de los labios húmedos de Aldo recorriendo la piel de su cuello, cerca de sus clavículas.
Foolish, Ishan y Senpai podían decirle lo que quisieran. Que era una traidora al Norte, que sus principios eran falsos, y que era una débil cobarde. Pero todas esas palabras no le podrían importar menos, no cuando por fin tenía al mayor demostrándole que el amor que ella creía que aún existía entre los dos nunca había desaparecido.
Los besos de Aldo subieron de su cuello hasta sus rosados labios de nuevo, besándola con toda la pasión que había estado guardando para ella durante todo el tiempo que estuvieron peleando.
Ahora que miraba hacia atrás en el tiempo, no puede creer lo estúpida que fue. Invalidó los sentimientos de Aldo por muchísimo tiempo, tratando de hacerle cambiar de opinión y obligándolo a volver a su puesto de Generalísimo sin importarle lo que él quería.
Aunque no pueden culparla del todo. Tina tenía una buena causa, además de ser movida completamente por el sentimiento de nostalgia que los recuerdos de aquellos días como la mano derecha del mayor le brindaban.
Pero el hecho de pensar que su estúpida y terca posición la había privado de probar de nuevo los deliciosos labios del Generalísimo, le hacía hervir la sangre del enojo.
Y lo único que tuvo que hacer fue pedirle disculpas al moreno.
La noche anterior había soñado con un momento casi igual al que estaba viviendo ahora mismo. En su sueño, los dos estaban en su habitación. Aldo la tomaba de la cintura para besarla. Le decía al oído todas las cosas hermosas que alguna vez le dijo, mientras su rodilla se metía entre sus piernas y comenzaba a restregarse descaradamente con su parte mas sensible.
Se despertó justo antes de la mejor parte. Con un sentimiento de impotencia en el pecho, y las bragas totalmente humedecidas.
Y aunque le de pena admitirlo, ese sueño fue el desencadenante para mandar todo a la mierda y dirigirse al castillo de Aldo, para darle un fin de una vez por todas a esa ridícula rivalidad que se había formado entre los dos. Claro que antes debió tomarse un tiempo en la ducha para saciar un poco las ganas que aquel frustrante sueño le había dejado.
Llegó al castillo con el corazón retumbandole en el pecho. Sabía que todo podía salir mal. Estaba SEGURA de que todo saldría mal. Probablemente el mayor no aceptaría hablar con ella y la mataría por millonésima vez.
Obviamente él se dio cuenta cuando Tina llegó, así que bajó de su sala del trono para ver que problema le traería la castaña esta vez.
"¿Ahora que quieres, Tina?" El tono de desprecio que usó no hacía mas que romperle cada vez más el corazón.
"I-I just... wanted to apologize, Aldo. For everything" le explicó todo. Con las manos temblando y el corazón en la garganta. Le explicó que nunca fue su intención hacerlo sentir solo como un arma para el Norte, y lo que nunca quiso fue que la relación tan unida que tenían terminara en lo que hasta ese momento había terminado. Le habló desde el fondo del alma, con lagrimas recorriendole las mejillas. Le pidió disculpas por todo lo malo que le hizo pasar, y por hacerlo sentir solo.
Le rogó de rodillas por su perdón.
"I can't go on like this with you anymore. I'm so tired, and I miss you more than you can imagine, Aldo. Please forgive me. P-please..."
Esperaba cualquier reacción del mayor. Esperaba que la ignorara, como ya muchas veces lo había hecho. Esperaba que le dijera lo mucho que la odiaba, y lo patética que era. Esperaba que empuñara su espada y de un solo movimiento la dejara desangrandose en el suelo. Esperaba lo peor.
Pero lo que no esperaba era ver como los ojos de Aldo brillaban, acumulando algo parecido a lágrimas. No esperaba que el moreno se inclinara en el piso hacia ella, ni mucho menos que la tomara de las mejillas para limpiar sus lágrimas con sus pulgares.
"¿Estás consiente de que pudiste haber hecho esto desde un principio?"
Y lo que menos esperaba en ese momento era que Aldo la besara.
Ahora, minutos después de aquel dulce primer beso después de meses de distancia, Tina seguía sin poder creer que el mismo hombre que apenas unos días antes la había hecho sentir como una débil e insignificante basura estuviera nuevamente entre sus brazos.
La sensación de las frías manos contrarias colándose bajo su blusa la sacó de sus pensamientos, devolviéndola al presente, mientras Aldo seguía besando su cuello con desesperación.
Ni siquiera recordaba como es que habían pasado de estar arrodillados en el frio suelo del castillo, con lagrimas en los ojos y sus frentes unidad dulcemente, a estar con su espalda pegada en una de las columnas, mientras Aldo pasaba sus manos por todo su cuerpo.
El mayor comenzó a levantar poco a poco la blusa de la castaña entre besos, dejando la piel de su espalda baja expuesta. El contacto frío con lo pared rugosa le sacó un escalofrio. No quería que el momento que tanto esperó fuera opacado por el aura tan helada y solitaria del castillo del moreno.
Se separó solo un poco de sus labios, ignorando el leve quejido de Aldo que intentaba buscar su boca de nuevo.
—Mghm... A-aldo... wait. Can we go to my room at the mansion? Please... — le pidió con la voz entrecortada por la agitación.
El moreno la observó por un par de segundos, con la mirada pesada y llena de deseo. No hizo preguntas ni puso ninguna objeción por el riesgo de ir hacia allá. Simplemente metió la mano en su bolsillo y sacó su warpstone.
La tomó de la cintura, pegándola a su cuerpo, y en un abrir y cerrar de ojos, el brillo de la piedra los transportó, dejando atrás el frío castillo para aparecer justo dentro de la mansión, en la waystone del cuarto de Tina.
Sin perder ni un segundo, subieron rápidamente las escaleras directo hacia la cama. Aldo se sentó en la orilla, tomando a la menor de la cintura para que quedara sentada sobre sus piernas y así continuar rápidamente con los besos desesperados.
Las manos de Aldo bajaron de su cintura hacia sus muslos, apretándola contra él para no dejar ni un centímetro de distancia entre los dos. Tina sentía el calor del cuerpo del moreno traspasando la ropa, una sensación completamente diferente al frío que habían dejado atrás en el castillo.
Entre los besos, que se volvían cada vez más profundos, Aldo bajó el ritmo solo un poco para buscar su oído. Su respiración caliente le rozó la oreja, haciéndola temblar por completo.
—No tienes idea de la falta que me hacías, Tina... —le susurró con la voz ronca, una confesión que ella jamás pensó volver a escuchar del ex general.
El tono suave y la cercanía hicieron que a Tina se le encogiera el corazón, pero el momento tierno duró poco cuando las manos de Aldo subieron rápidamente de nuevo por debajo de la blusa de Tina. Sin separar sus labios de los de ella y con un movimiento decidido, enganchó sus dedos en el borde de la tela. Tina, captando la acción al instante, levantó ligeramente los brazos, y en un segundo la blusa fue fue arrojada a algun lugar de la habitación, dejándo a la menor solo en su sostén.
Sentir el aire de la habitación en su piel expuesta solo hizo que Tina quisiera pegarse más a él y sentir su calor. Dejó los labios del moreno y bajó directamente a su cuello, recorriendo su piel con besos húmedos que hicieron que Aldo soltara un gemido bajo.
Aprovechando que seguía sentada sobre él, Tina comenzó a mover sus caderas lentamente en su regazo, frotándose de forma descarada. Aldo reaccionó casi al instante. Sus manos se clavaron con fuerza en la cintura de la castaña, apretándola para intentar detener el movimiento que lo estaba volviendo loco. Su respiración se volvió completamente acelerada y se aferró a su cuerpo, dejando que ella siguiera dándole besos por todo el cuello con desesperación.
Tina continuó repartiendo besos húmedos por todo su cuello, disfrutando de los sonidos bajos que Aldo soltaba. Mientras tanto, bajó sus manos hasta el borde de la camiseta del moreno y comenzó a subirla con desesperación. Aldo colaboró levantando los brazos para deshacerse de la prenda rápido, y Tina la arrojó a un lado sin importarle dónde caía.
Tener el torso de Aldo completamente descubierto y sentir su calor tan cerca la estaba llevando al limite. Dejó su cuello y comenzó a bajar sus besos por su pecho, recorriendo cada centímetro de su piel, sintiendo cómo el corazón del moreno retumbaba con fuerza contra sus labios.
Con un movimiento fluido, Tina se deslizó con cuidado hacia abajo, bajándose de su regazo hasta quedar de rodillas en el suelo, justo enfrente de él. Aldo la miró desde la orilla de la cama con los ojos completamente oscuros en deseo, la respiración acelerada y el pecho subiendo y bajando de golpe.
Sin perder un solo segundo, el moreno llevó las manos a su cinturón. Con los dedos temblando un poco por la prisa, se desabrochó los pantalones y los empujó hacia abajo, dejándolos a la mitad de sus grandes muslos.
Tina tragó saliva, sintiendo que el corazón le daba un vuelco en el pecho. Estaba en la misma posición en la que minutos atrás le había rogado de rodillas por su perdón en el frío castillo, pero ahora la situación era completamente diferente. Ya no había lágrimas de tristeza ni miwdo a ser rechazada, solo quedaba el deseo puro que se había acumulado despuésde tanto tiempo sin tenerlo cerca.
Aldo estiró una de sus manos y la metió entre los cabellos castaños de Tina, acariciando su cabeza con firmeza pero con una suavidad que la hizo temblar.
—Tina... —pronunció él con la voz completamente ronca, casi en un ruego.
La castaña lo observó desde abajo, con las mejillas totalmente enrojecidas y la boca salivando. Se acercó despacio hacia el bulto bajo la ropa interior del mayor, y con el dedo índice comenzó a delinear la erección por sobre la tela.
El pequeño espasmo del miembro bajo su toque no hizo mas que emocionarla. Estaba tan feliz de que Aldo también esperara ese momento tanto como ella.
Sin demorarse más, tomó el elástico de los boxers del moreno y los bajó sólo lo suficiente para liberar el pene del moreno.
—So big... —suspiró mientras llevaba su mano, temblorosa por la excitación, hacia la erección de Aldo. Sus dedos se cerraron alrededor de la piel caliente, dando un ligero apretón que logró sacar un gemido de los labios contrarios.
—Mghm... Si... —soltó el moreno, echando la cabeza un poco hacia atrás mientras sus dedos se aferraban con fuerza a las sábanas de la cama.
Tina comenzó a mover su mano de arriba a abajo, envolviendo la longitud del miembro con un agarre firme. Pudo sentir cómo la piel se tensaba aún más bajo su toque y cómo una pequeña gota de líquido preseminal comenzaba a asomarse en la punta. Al ver lo mucho que lo estaba disfrutando, la castaña aceleró un poco el ritmo de las caricias, sin apartar la mirada de la reacción de Aldo.
El ex general apretó los dientes, soltando respiraciones cortas y calientes. No aguantó mucho tiempo el ritmo constante antes de estirar la mano y buscar de nuevo la nuca de Tina, guiándola suavemente hacia abajo para indicarle lo que quería.
Tina entendió el gesto al instante. Se inclinó un poco más hacia él y abrió los labios, acercándose a la punta para darle un suave lametón que hizo que el cuerpo de Aldo diera un brinco. Sin esperar más, comenzó a introducir el miembro en su boca poco a poco, acomodando sus labios alrededor de la cabeza caliente mientras seguía ayudándose con la mano en la base.
—Mierda, Tina... —gruñó Aldo con la voz rota, perdiendo por completo el control.
La sensación de la boca húmeda y cálida de la castaña lo estaba volviendo loco. Comenzó a mover la pelvis de manera casi inconsciente, marcando un ritmo suave pero constante hacia el fondo de su garganta, mientras Tina cerraba los ojos, concentrada por completo en la textura y el sabor del hombre que tanto había extrañado.
Aldo bajó una de sus manos desde la nuca de la castaña hasta su rostro. Con una suavidad que contrastaba por completo con la dureza de sus movimientos, acomodó la palma en su mejilla, obligándola a levantar la mirada un poco hacia él. Tina abrió los ojos, conectando con la mirada pesada y oscurecida del moreno, mientras sentía cómo el pulgar de Aldo se deslizaba con delicadeza por la comisura de sus labios, limpiando el pequeño hilo de saliva que se le escurría por la barbilla debido a la intensidad del momento.
Sin romper ese contacto visual tan intenso, la mano de Aldo bajó con rapidez por el cuello de Tina, recorriendo su clavícula hasta llegar a su espalda. Con una agilidad increíble, como si se tratara de pura memoria muscular, sus dedos encontraron el broche del sostén y lo soltaron en un solo movimiento limpio.
La prenda cayó al suelo de la habitación, dejando los pequeños y preciosos pechos de Tina completamente descubiertos ante los ojos del mayor. Aldo la observó por un instante que pareció eterno en el tiempo. Para él, ella era perfecta, y verla así, entregada por completo y de rodillas frente a él, le hacía correr la sangre de puro deseo.
Aldo no pudo resistirse más. La tomó con firmeza de las axilas y, con un movimiento rápido, la levantó del suelo para sentarla de nuevo en su regazo, haciendo que el miembro de él quedara atrapado justo entre los muslos de ella. Tina soltó un jadeo ante el repentino cambio, pero de inmediato se inclinó hacia adelante, buscando la boca del moreno para reanudar los besos desesperados.
Mientras sus lenguas se entrelazaban con muchísima más fuerza, las manos de Aldo subieron directo hacia los pechos de la castaña. Envolvió la suave piel con sus palmas calientes, dándoles ligeros apretones que hicieron que Tina arqueara la espalda, soltando gemidos ahogados directamente en la boca de él. Con los pulgares, Aldo comenzó a restregar de forma constante los pezones de la menor, que ya se encontraban completamente duros por la excitación y el ambiente caluroso de la habitación.
El roce constante y la cercanía de sus cuerpos la estaban llevando al límite. Tina comenzó a moverse instintivamente, frotando su intimidad, aún cubierta por la tela de sus shorts, contra el miembro caliente de Aldo. El moreno soltó un fuerte quejido contra sus labios, enterrando sus dedos en los costados de Tina con tanta fuerza que estaba seguro de que le dejaría marcas, pero a ella no le podía importar menos.
Aldo interrumpió el beso por un segundo, bajando la cabeza directo hacia el pecho de la castaña. Abrió los labios y atrapó uno de sus pezones, dándole un fuerte lengüetazo antes de comenzar a succionarlo con desesperación, mientras su otra mano seguía apretando el pecho contrario. Tina echó la cabeza hacia atrás, aferrándose con las uñas a los hombros descubiertos de Aldo, soltando un gemido agudo que resonó con fuerza en las paredes de su cuarto.
—Aldo... a-agh... please... —suplicó ella entrecortadamente, sintiendo una corriente eléctrica recorrerle todo el cuerpo cada vez que la boca del moreno tiraba de su piel.
El mayor subió la mirada de nuevo, con los labios húmedos y la respiración tan agitada que parecía que le faltaba el aire. No dijo una sola palabra, simplemente la tomó con fuerza de la cintura y la empujó despacio hacia atrás sobre el colchón, subiéndose encima de ella por fin y acomodándose en medio de sus piernas abiertas, listo para terminar con la tortura de la espera.
Tina sentía el pecho subiendo y bajando con fuerza, con los ojos fijos en el moreno mientras él la miraba desde arriba con esa intensidad que la volvía loca.
Sin perder un segundo, Aldo volvió a buscar sus labios en un beso profundo y dominante, pero esta vez él movió una de sus rodillas sobre el colchón. La acomodó con firmeza justo en medio de las piernas de la castaña, empujándola hacia arriba para ejercer una presión directa sobre la tela de su short caqui.
Aldo comenzó a restregarse descaradamente contra su zona más sensible, exactamente igual a como Tina lo había vivido en su sueño de la noche anterior.
Un gemido agudo se le escapó a la menor directo en la boca de Aldo, arqueando la espalda por la intensidad del contacto. La sensación real superaba por mil veces a la de su fantasía, el calor de la rodilla del moreno presionando a través de la tela la estaba haciendo perder por completo el hilo de sus pensamientos. Aldo continuaba el movimiento de manera constante, usando el peso de su cuerpo para aumentar la fricción mientras sus manos bajaban a los muslos de Tina, manteniéndola fija en su lugar.
—Aldo... mghm...—gemía ella entre los besos, completamente indefensa ante el estímulo que la estaba llevando al límite.
El ex general soltó un gruñido bajo, disfrutando de cómo Tina se estremecía bajo su toque.
Sabiendo que ya no podían aguantar más así, interrumpió el beso y bajó una de sus manos directo hacia el botón y la cremallera del short caqui de la castaña.
Con movimientos rápidos y decididos, desabrochó la prenda y comenzó a deslizarla hacia abajo por sus piernas, arrojándola fuera de la cama pero dejándole las bragas puestas.
Tina se quedó respirando de forma entrecortada, con el rostro completamente encendido. Aldo bajó de su posición y comenzó a repartir besos húmedos por todo su abdomen, haciéndola temblar con cada toque. Fue bajando poco a poco, dejando un camino de besos calientes por la parte interna de sus muslos, obligándola a abrirse un poco más para él.
Cuando el moreno subió la mirada, sus ojos se fijaron directamente en la entrepierna de la castaña. Notó de inmediato lo húmedas que estaban sus bragas lila, observando una mancha de tela bastante más oscura justo en el centro, completamente empapada.
Aldo soltó una sonrisa de lado, con una mirada cargada de pura sensualidad que hizo que a Tina se le parara el corazón.
—Mírate nada más... Estás empapada, Tina —le susurró con la voz ronca, pasando uno de sus dedos rozando el borde de la mancha-. Te morías de ganas de que te tocara así, ¿verdad?
Sin esperar respuesta, Aldo acomodó la palma de su mano directamente sobre la zona, comenzando a acariciarla con firmeza por encima de la tela húmeda.
Tina soltó un gemido agudo y estiró las manos con desesperación, apretando con fuerza las cobijas de la cama bajo ella para intentar soportar la increíble descarga de placer que esa presión directa le provocaba.
El mayor la observó por un par de segundos, disfrutando de cómo se retorcía por su toque. Decidido a no retrasar más las cosas, se incorporó un momento en la orilla. Con un movimiento rápido, se quitó los lentes y los dejó sobre el buró junto a la cama, sin apartar la vista de ella.
Volvió a posicionarse entre sus piernas y, tomándola de las caderas, enganchó sus dedos en el elástico de las bragas de Tina para bajárselas y quitárselas por completo, dejándola totalmente expuesta.
Aldo se relamió los labios de la pura anticipación al verla. Se inclinó un poco más y, usando sus pulgares, separó con delicadeza los labios del coño de Tina. En cuanto lo hizo, pudo notar perfectamente cómo su interior se contraía de forma espasmódica y se mojaba muchísimo más, brillando por la intensa excitación que la castaña ya no podía contener.
Sin hacerla esperar ni un segundo más, el moreno bajó por completo la cabeza y pegó su boca directamente contra su intimidad. El primer contacto de su lengua cálida y húmeda dándole un largo lametón desde abajo hacia arriba hizo que Tina diera un brinco violento sobre el colchón.
—¡Ah! ¡A-Aldo! —un gemido agudo y completamente descontrolado se le escapó de la garganta, mientras sus manos buscaban desesperadas las sábanas para aferrarse a algo.
Aldo no se detuvo. Con una mano firme en uno de sus muslos para mantenerla abierta y la otra subiendo de nuevo hacia su abdomen, comenzó a lamerla con un ritmo constante y decidido. Su lengua recorría cada pliegue, concentrándose especialmente en su clítoris, sabiendo perfectamente lo mucho que la hacía temblar cada vez que succionaba suavemente esa zona.
Tina sentía la cabeza completamente nublada, incapaz de pensar en nada que no fuera la increíble destreza de la boca de Aldo entre sus piernas. El sonido húmedo de los lametones inundaba el cuarto, mezclándose con sus respiraciones agitadas y los gemidos constantes que ella ya ni intentaba callar. Comenzó a mover la pelvis de manera instintiva hacia adelante, buscando más de ese contacto que la estaba consumiendo por completo y que superaba por mil cualquier fantasía que hubiera tenido.
Aldo no tenía ninguna prisa, quería tomarse todo el tiempo del mundo para adorarla. Mientras su lengua seguía trabajando con un ritmo firme y constante en su clítoris, bajó su mano derecha y la acomodó en la entrada de su intimidad. Con lentitud, deslizó su dedo índice en su interior, que lo recibió completamente empapado y caliente.
Tina soltó un jadeo bajo, abriendo más las piernas de forma inconsciente. Aldo esperó a que se adaptara al estímulo por unos segundos antes de comenzar a mover el dedo de adentro hacia afuera, y casi de inmediato introdujo un segundo dedo, expandiéndola despacio y logrando que el interior de la castaña se contrajera con fuerza alrededor de ellos.
Para terminar de llevarla al límite, el moreno estiró su mano izquierda hacia arriba, alcanzando uno de los pechos descubiertos de Tina para comenzar a acariciarlo con la palma caliente, apretándolo y restregando su pulgar contra el pezón erecto.
La estimulación triple fue demasiado para Tina. Completamente desesperada por la sobrecarga de placer, estiró los brazos hacia abajo y tomó a Aldo por el cabello, enredando sus dedos entre los mechones oscuros con fuerza. Comenzó a empujar la cabeza del moreno firmemente contra su entrepierna, moviendo la cadera sin control en un intento desesperado por conseguir más de esa increíble tortura.
Aldo continuó con el mismo ritmo brutal, aumentando la velocidad de sus dedos dentro de ella mientras sus labios succionaban su clítoris sin darle un solo segundo de piedad. Los gemidos de Tina se volvieron más agudos y seguidos, sintiendo cómo una presión insoportable comenzaba a acumularse rápidamente en su vientre bajo, indicándole que estaba a nada de llegar al límite.
—Oh ¡yes!...A-Aldo... wait... e-espera, I'm gonna... —le advirtió con la voz completamente rota y entrecortada, jalándole el cabello en un reflejo de pura desesperación.
Pero el mayor no se detuvo en lo absoluto. Al contrario, continuó lamiéndola y hundiéndole los dedos con muchísima más fuerza, curvandolos dentro para tocar su punto g, obligándola a cruzar la línea.
El orgasmo de Tina llegó de golpe con una intensidad violenta que la hizo arquear la espalda por completo sobre el colchón. Su interior se contrajo de forma masiva y un fuerte squirt salió expulsado con fuerza, empapando los dedos del moreno. Aldo no apartó la cara ni un solo milímetro, se quedó justo ahí, recibiendo todo el flujo directamente contra su boca y sus labios, tragándose el calor de su orgasmo mientras Tina se apretaba contra las cobijas, temblando de pies a cabeza mientras las lágrimas del puro placer acumulado le resbalaban por las mejillas.
Aldo se quedó en esa posición por unos largos segundos, disfrutando de los últimos espasmos del cuerpo de Tina y saboreando por completo el rastro de su orgasmo. Cuando finalmente levantó la cabeza, tenía los labios húmedos, la barbilla brillando por el flujo de la menor y la respiración tan pesada que el pecho le subía y bajaba de golpe.
Tina seguía con los ojos cerrados, con el pecho moviéndose con violencia y un brazo cubriéndose el rostro, completamente exhausta y flotando en la desconexión que le había dejado su liberación.
El moreno se incorporó despacio sobre sus rodillas, arrastrándose hacia arriba sobre el colchón para quedar directamente sobre el cuerpo de la castaña. Con una de sus manos, le apartó con suavidad el brazo de la cara y le acomodó unos mechones de cabello castaño detrás de la oreja, obligándola a abrir los ojos.
Tina lo miró con las pupilas completamente dilatadas, todavía temblando un poco.
Aldo extendió la mano hacia su propio pantalón, que seguía trabado solo un poco bajo sus gluteos, y terminó de quitárselo por completo junto con sus bóxers, arrojándolos lejos de la cama. Al quedar totalmente desnudo sobre ella, el roce directo de su miembro caliente contra la piel del muslo de Tina hizo que la castaña soltara un suspiro ahogado, volviendo a conectarse con la realidad de golpe.
—Ahora es mi turno, Tina... —le susurró con una voz tan grabe que casi pareció un gruñido, con los ojos fijos en los de ella.
Sin esperar más, Aldo la tomó con firmeza de los muslos y le abrió las piernas por completo, acomodándose en medio de ellas. Guió la punta de su erección, que ya goteaba de la pura anticipación, directamente hacia la entrada de la intimidad de Tina, que seguía completamente empapada y lubricada por su reciente orgasmo.
El moreno se sostuvo con ambos brazos a los lados de la cabeza de la castaña y, con un empuje lento pero firme, se introdujo en ella de un solo movimiento, hundiéndose hasta la base.
—¡Ah! —Tina soltó un gemido agudo, arqueando la espalda de inmediato cuando sintió la tremenda longitud de Aldo llenándola por completo y de golpe. Su interior, que todavía estaba sensible y latiendo por el clímax anterior, se contrajo con fuerza alrededor del miembro, atrapándolo en un agarre extremadamente estrecho.
Aldo cerró los ojos y apretó los dientes, soltando un fuerte quejido mientras contenía el aliento. Se quedó completamente inmóvil por unos instantes, hundiéndose lo más profundo que podía en ella, permitiendo que sus cuerpos se adaptaran al calor del otro.
—Mierda, Tina... estás tan jodidamente caliente —gruñó él, volviendo a mirarla desde arriba con una mezcla de posesividad y urgencia que la hizo estremecer.
Tina no pudo responder con palabras, simplemente subió sus piernas y las enredó firmemente alrededor de la cintura de Aldo, tirando de él hacia abajo con sus talones en sus gluteos en una invitación desesperada. El mayor entendió la señal al instante. Agarrándose con fuerza de las sábanas, comenzó a dar las primeras embestidas.
El ritmo empezó profundo y pausado, pero con cada empuje el sonido húmedo de la fricción inundaba la habitación, borrando por completo los meses de distancia, los secretos y la tensión de antes. Tina echaba la cabeza hacia atrás en la almohada, soltando gemidos constantes y rotos con cada estocada, perdiéndose por completo en el ritmo brutal que Aldo estaba imponiendo.
El ritmo constante ya los tenía a ambos con la piel brillante por el sudor y la respiración completamente rota. Aldo, buscando profundizar aún más el contacto, detuvo las embestidas por un segundo, obligando a Tina a soltar un quejido de protesta por la pérdida del roce. Sin romper la unión, el moreno deslizó sus manos por debajo de los muslos de la castaña y, con un movimiento firme y cargado de fuerza, levantó sus piernas para acomodarlas directamente sobre sus hombros.
El nuevo ángulo hizo que el miembro de Aldo entrara con muchísima más profundidad, alcanzando el fondo de su cuello uterino de un solo golpe.
—Oh, fuck! Aldo, please... —exclamó Tina con la voz completamente rota, abriendo los ojos de golpe mientras sus manos buscaban desesperadamente los biceps descubiertos del moreno para no perder la cordura.
El ex general apretó los dientes, soltando un gruñido ronco al sentir cómo el interior de Tina se cerraba de forma masiva alrededor de él debido a la nueva posición. La estrechez era casi insoportable, pero el placer lo estaba empujando al límite.
—Te tengo... —le aseguró él con la voz entrecortada, sujetándola firmemente de las caderas para mantenerla fija antes de reanudar el movimiento.
Aldo comenzó a embestir de nuevo, pero esta vez con golpes mucho más duros, rápidos y certeros. Con las piernas sobre sus hombros, Tina estaba completamente abierta e indefensa ante cada estocada profunda que la hacía levantarse levemente del colchón con cada impacto. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando se volvió constante y rítmico, llenando las paredes de la habitación.
—Ah! Ah! Faster... Aldo, please, do it faster... —le suplicó ella entre gemidos agudos, echando la cabeza hacia atrás en la almohada, completamente rebasada por la intensidad del ángulo. Sus dedos se clavaban con fuerza en la espalda del mayor, dejándole marcas rojas que a él no le podían importar menos en ese momento.
—Mierda, Tina... me estás apretando demasiado —gruñó Aldo, acelerando el ritmo justo como ella se lo pedía, perdiendo el poco control que le quedaba.
—I-i missed y-you so much... ¡oh god! yes, right there... —gimió la castaña, sintiendo cómo la fricción volvía a encender esa chispa de calor en su vientre bajo, acumulando una tensión igual a la de minutos atrás.
Aldo subió la mirada, observando el rostro completamente encendido de Tina, sus labios entreabiertos de los que no paraban de salir jadeos y la forma en que sus pequeños pechos subían y bajaban con violencia. Verla tan entregada, gimiendo su nombre y pidiéndole más en ese tono desgarrador, fue el detonante final. El moreno soltó las caderas de Tina y apoyó ambas palmas sobre el colchón a los lados de su cabeza, aumentando la velocidad de las estocadas hasta volverlo un vaivén salvaje y desesperado.
—¡A-aldo!... I'm close, I-i'm gonna... agh, Oh my god, ¡stop!, wait... —balbuceó ella en un ruego ahogado, sintiendo que el borde del orgasmo estaba a solo una embestida de distancia.
—No voy a parar, Tina... —le respondió él cerca del oído, con la respiración caliente quemándole la piel—. Te vas a venir conmigo. Mírame.
Tina abrió los ojos a duras penas, encontrándose con la mirada fija, posesiva y cargada de deseo del moreno. No pudo aguantar más. El segundo orgasmo de la castaña la golpeó con una fuerza abrumadora, su interior comenzó a contraerse en oleadas violentas y espasmódicas que succionaron el miembro de Aldo con una fuerza casi brutal.
—¡Aldo! ¡Ah, fuck!, I'm... ¡mghm! —el grito de Tina se ahogó en su propia garganta mientras se tensaba por completo sobre la cama.
Sentir el clímax de la menor apretándolo de esa manera terminó por arrastrar a Aldo al límite. El moreno dio tres embestidas más, increíblemente profundas y pesadas, antes de soltar un gemido ronco y desgarrado directamente contra el cuello de Tina. Se vino con fuerza dentro de ella, descargando todo su calor en lo más profundo de su interior en varias pulsaciones largas que lo dejaron completamente sin aire.
Aldo dejó caer las piernas de Tina de sus hombros con suavidad y se derrumbó hacia adelante, apoyando su peso sobre sus antebrazos para no aplastarla, pero hundiéndose en su pecho. Ambos se quedaron inmóviles, unidos, escuchando únicamente los latidos desbocados de sus corazones y las respiraciones ruidosas que tardarían un buen rato en volver a la normalidad.
Aldo se dejó deslizar suavemente hacia un lado, saliendo de su interior con un suspiro pesado. Se recostó de costado sobre el colchón y tiró del cuerpo de Tina para pegarla a su pecho, abrazándola con firmeza. El moreno escondió la cara justo en el espacio entre el hombro y el cuello de la castaña, respirando su aroma profundamente, como si quisiera asegurarse de que realmente estaba ahí.
Tina le correspondió el abrazo de inmediato. Enredó sus brazos alrededor de él y comenzó a acariciar dulcemente el cabello oscuro de Aldo, disfrutando de la sensación de los dedos de él recorriéndole la espalda con suavidad. Sus piernas, aún húmedas y cansadas, se entrelazaron sobre las sábanas de una manera tierna que se sentía completamente ajena a la rivalidad que se supone que tenían.
—Te extrañé muchísimo, Tina... No tienes una idea —susurró Aldo contra su piel, con la voz apagada por el cansancio.
Al escucharlo, Tina no pudo evitar que una punzada de tristeza le encogiera el pecho. Se quedó mirando al techo en silencio, sintiendo un nudo en la garganta. Pensó en los meses anteriores. Si tan solo se hubiera puesto en el lugar de Aldo por un segundo... Si tan solo lo hubiera escuchado y hubiera tratado de entenderlo, por más que le costara aceptar sus razones, no habrían pasado por todo lo malo. Se habrían ahorrado todas las peleas en la mansión, las palabras hirientes que se gritaron y todo el daño que se terminaron haciendo mutuamente.
Tragando saliva para alejar la culpa, Tina bajó la cabeza y le besó el cabello dulcemente, pegándose más a él.
—I missed you too, Aldo. So, so much... —le contestó con total sinceridad, dejando que el calor del momento borrara el sabor amargo de los recuerdos.
Se quedaron así unos minutos, compartiendo caricias lentas y un par de besitos suaves que terminaron por relajar el ambiente.
Poco a poco, la respiración de Aldo se normalizó. El moreno se levantó un poco de su posición, arrastrándose hacia atrás hasta quedar con la espalda recargada en el respaldo de la cama. Miró a Tina hacia abajo y una pequeña sonrisa, mitad divertida y mitad arrogante, apareció en sus labios.
—¿Estás dispuesta a tener otro round o ya te cansaste, Generalísima? —le preguntó con tono pícaro.
Tina soltó una risita suave, negando con la cabeza ante la inagotable energía del mayor.
—Of course I am —respondió con decisión.
Sin dudarlo, la castaña se movió sobre las sábanas y se subió de nuevo a su regazo, quedando a horcajadas sobre él. Con un movimiento seguro, bajó una de sus manos para tomar el miembro del mayor, que ya reaccionaba a su cercanía, y le dio un par de caricias lentas para estimularlo. Cuando estuvo listo, Tina se alineó y comenzó a bajar despacio, introduciéndolo lentamente en su interior hasta llenarse por completo de nuevo.
Aldo soltó un gruñido de satisfacción, apoyando sus manos en la cintura de la castaña mientras ella comenzaba a moverse sobre él, marcando un ritmo pausado y seguro que los envolvía de nuevo en su propio mundo, lejos de todo lo demás.
