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Bajo la luna llena que filtraba su luz plateada entre las hojas de los árboles, el parque estaba sumido en un silencio profundo, roto solo por el susurro del viento nocturno. Ambos estábamos sentados en una de las bancas de madera, disfrutando de la soledad y el frescor de la noche, ella sentada sobre mis piernas, dándome la espalda. Mis manos, tocaban su cintura a través de la fina tela de su vestido. Podía sentir el calor de su cuerpo irradiándose hacia mí. Lentamente, mis palmas ascendieron, deslizándose por sus costados hasta encontrarse con la curva suave de sus pechos bajo la tela. Ella emitió un suspiro ahogado, una exhalación que se mezcló con la brisa.
Comencé a masajearlos con movimientos circulares y firmes, sintiendo cómo respondían a mi tacto, cómo los pezones se endurecían y se tensaban incluso a través de la tela. Con dedos pacientes, me concentré en cada uno, retorciéndolos y estirándolos suavemente, jugando con la presión hasta encontrar el punto que hacía arquear su espalda y que un gemido ronco escapara de sus labios. Ella se recostó más contra mi pecho, su cabeza cayendo sobre mi hombro, su melena apenas sujeta, tocando mi cuello.
Con delicadeza, deslicé mis manos bajo su vestido, y subi por su suave cuerpo, encontrando la piel caliente y sedosa de su abdomen. Subí hasta sus senos desnudos. Ahora, sin barreras, podía sentir cada detalle, la textura aterciopelada de sus pezones erectos, el peso perfecto de sus pechos en mis manos. Me incliné hacia un lado, torciendo mi cuerpo lo suficiente para poder llevar mis labios a uno de esos pezones oscuros y turgentes. Lo succioné con suavidad al principio, luego con más fuerza, mientras mi lengua trazaba círculos a su alrededor. Ella gimió, y sus manos se aferraron a mi cabeza, guiandome. Con la otra mano, continué acariciando y retorciendo el pezón opuesto, sincronizando el ritmo de mis dedos con el de mi boca.
Su respiración se había vuelto agitada y superficial. Con la mano que había estado en su pecho, descendí, trazando un camino por la planicie de su vientre hasta encontrar el borde de su ropa interior. La desapareci sin ceremonias, encontrando el calor húmedo de su sexo. Ella se estremeció gratamente cuando mis dedos exploraron sus pliegues, ya empapados de deseo. Introduje un dedo, luego dos, sintiendo cómo su interior se contraía a su alrededor con una urgencia que me dejó sin aliento.
Ella comenzó a moverse, a retorcerse sobre mi regazo, empujando sus caderas contra mi mano mientras su espalda se frotaba contra mi pecho. Retorcía el pezón que aún sostenía entre los dedos de mi otra mano, mientras mi boca se comia el otro pezon, al mismo ritmo que los dedos de mi otra mano la penetraban, creando una cadencia sensual y profunda. Sus gemidos ya no eran contenidos; eran quejidos bajos y guturales que salían al aire de la noche, una confesión íntima para ambos.
Su climax llegó de repente, con una serie de espasmos violentos que sacudieron todo su cuerpo. Gritó, ahogando el sonido en mi hombro, mientras su interior pulsaba alrededor de mis dedos. Pero no terminó ahí. Con cada caricia, con cada movimiento de mis dedos dentro de ella, una nueva ola de placer parecía desatarse. Tuvo un segundo orgasmo, luego un tercero, cada uno más intenso que el anterior, hasta que su cuerpo quedó sin fuerzas, tembloroso y cubierto de un fino brillo de sudor a la luz lunar.
Finalmente, se desplomó contra mí, completamente agotada, su respiración aún entrecortada. La sostuve en silencio, mis brazos rodeándola mientras observábamos las sombras danzar en el parque vacío. Me miró por un instante, sus ojos brillando, luego nos levantamos, caminamos entre los árboles, y nos desvanecimos hacia nuestro lugar, dejando la banca, con el eco de sus gemidos y el perfume a sexo flotando en el aire fresco de la madrugada.
