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Ewron no tenía un destino fijo. Desde hace tiempo que no había tenido uno, y dado el concepto egoísta por el que se aferraba a vivir, esto no debió ser la sorpresa que fue para él.
Sin embargo, todavía era capaz de sentir, y su corazón se afligió con la carencia de vida en la isla. Lo que una vez fue un centenar de edificios resplandeciendo con sus luces, y gente moviéndose entre el ajetreo, bailando, y riendo, se convirtió en un horizonte lúgubre.
¿Acaso nadie comprendía el romanticismo intrínseco de haber derramado sangre directamente sobre el suelo que uno juró proteger? ¿No tenían pensado mantener vivo el lugar para cuando reviviera y, por consiguiente, regresara Juan? El hombre parecía haber muerto y haberse llevado consigo la alegría de la ciudad.
Ash hubiera estado de acuerdo con Ewron. Si no estuviera secuestrado, claro.
Como sea, las turbulencias emocionales de Ash habían ocasionado problemas antes de su desaparición, fingiendo desinterés para no arruinar su fachada frágil de Líder Supremo pero siendo demasiado obvio en su afecto como para poder ignorarlo. Es más, no podría ignorarlo aunque quisiera con Ash deambulando con su brazalete, jugueteando con las cuencas entre sus dedos mientras suspiraba al ver una puta piña.
Una. Piña.
Y, contraria a la creencia popular, Ewron no era un idiota. Podría comportarse como uno, pero el hombre no era ciego– Podía sumar dos más dos. Sabía el tipo de lazo que hubo entre Ash y Juan.
Okay, quizás no a fondo, porque se perdió algunos capítulos por aquí y por allá, pero estaba seguro de haber percibido algo en aquel balcón cuando los dos se reunieron y Juan había sido masacrado por la Federación.
Lo cual era curioso en retrospectiva. Tal vez fue ahí cuando Ewron también comenzó a sentir apego y preocuparse por alguien más allá de sí mismo y su pequeño círculo amistoso.
Eso en verdad había sido una sorpresa para él. Descubrir que la muerte de Juan le enfureció tanto como para tomar venganza contra el grupo que lo asesinó– No, a diferencia del destrozado Líder Supremo, él no lo negaría, su muerte cambió toda la dirección de su vida.
Había sido el protagonista de crímenes, planes siniestros, y mentiras que se salieron de control, pero jamás le avergonzó. Incluso se regodeaba de aquello. No obstante, la muerte de Juan había dejado secuelas en sus cavilaciones que no se extinguirían hasta completar su cometido.
Cometido del que, no tenía ni puta idea de cómo poner en marcha.
Era difícil crear un plan de venganza cuando las únicas personas con quienes podía hablar eran Foolish o Graf, los cuales tampoco permanecían gran tiempo despiertos o al alcance de una llamada telefónica.
Estos días habían sido hartamente desoladores, y el vagar la noche entre las calles del distrito comercial solo aumentó la melancolía. A este punto hasta aceptaría una reunión con Roier, aun si era uno de los principales involucrados con el asesinato.
De hecho, no le vendría mal encontrárselo.
Había imaginado su encuentro con el príncipe de mil maneras distintas. Quizás una pelea de ingenio en un lugar recóndito, quizás en un enfrentamiento orquestado por Dark Cucurucho, o quizás en medio de una batalla caótica entre distintas facciones.
‘Pensé que éramos amigos,” diría el verdadero Roier, lleno de asombro, y angustia.
‘Yo también,’ Confesaría Ewron en su momento, probablemente al asesinarlo por la espalda o alguna mierda por el estilo. Los detalles eran un tanto vagos, pero estaba seguro que algo bueno vendría de ello, algo digno de un espectáculo y una tarjeta de TCG resplandeciendo en el mostrador de Jeremy.
O al menos esa era la idea.
Al final, no sucedió ningún encuentro predestinado que pudiera ser romantizado. Ewron se lo topó frente a las ventanas del Oxxoier, el delgado vidrio separándolos mientras Roier lo saludaba felizmente desde adentro y Ewron se quedaba como un idiota observándolo embobado.
“¿Ewron?” Su alegría fue extrañamente anticlimática dada la carga dramática de todo lo que había pasado, “Ewron, ja pierdolę.” Le llamó, ladeando la cabeza, y con una familiaridad al pronunciar su nombre que a Ewron le resultó doloroso aun si iba ligado a un insulto, “¿Dónde está todo el puto mundo? ¿Por qué no hay nadie?”
Verlo no se sintió… bien.
En el mejor de los casos, la sensación fue agridulce. Cuando una gran parte de su semana había sido desperdiciada en planes improductivos de venganza, el ser recibido con tanta emoción lo confundió más.
¿Qué se suponía que era este tipo de comportamiento? ¿Fanservice? ¿Aegyo? Roier nunca se había mostrado tan alegre con él.
“No lo sé, quizás porque Juan está muerto.” Carraspeó, reacomodando su postura para completar el acto. Honestamente, él tampoco era alguien que siguiera los guiones al pie de la letra, pero supuso que el no verse después de tanto tiempo ameritaba la seriedad.
Funcionó, aun si intentó ocultarlo dándole la espalda y regresó a colocar los artículos en la estantería como si no le importara.
Esa fue su señal para entrar; con un ‘beep’ que anunció su llegada, Ewron se encontró bajo las luces duras de la tienda de conveniencia. Tenía más pasillos y mercancía, pero se seguía sintiendo como un espacio liminal. Jamás le ganaría a la arquitectura acogedora del Żabka.
“Ah, sí, fui a su funeral, qué feo todo.” Respondió, su sonrisa reemplazada por una mueca neutral. Sin embargo, lo había esperado para continuar su conversación, lo cual le decía que Roier estaba de buen humor para soportar algo de antagonismo.
“¿Fuiste al funeral de Juan?” Bufó, una mano en su cadera, “¿No crees que es irrespetuoso? ¿Foolish te dejó entrar así como así?”
Sonó como una acusación, pero sintió que Roier merecía el tono.
Frunció el ceño, congelándose un segundo antes de girarse a encararlo, “¿Por qué irrespetuoso, pendejo?”
“No sé, ¿Ustedes mataron a Juan, no?”
Roier resopló.
Ewron apenas había divagado sus primeras quejas hacia él, y eso pareció ser suficiente como para sacarle un agudo, “Yo no hice nada, what the fuck.”
Tal vez no estaba tan de buen humor entonces.
“¿Cómo que no hiciste nada?” Replicó, consciente que su voz subió una octava para igualar la de Roier, aun si esto lo hacía ver un tanto a la defensiva, “Literalmente ayudaste a Aldo a matar a Juan.”
Roier se encogió de hombros, tomando una de las botellas de la repisa y girándola para mostrar la etiqueta, “Aldo le dio una oportunidad y Juan simplemente no quiso aceptar,” Alzó la vista. La expresión denotaba disgusto, pero sus ojos conservaron un destello de diversión. A pesar de la situación que le gritaba peligro en letras enormes fosforescentes, Ewron sintió que aquello lo hacía ver más gentil detrás de ese velo de fastidio, “¿Y tú por qué me andas pidiendo explicaciones? ¿Por qué vergas estás aquí para empezar?”
“Porque tú estabas ahí,” Mantuvo su tono equilibrado, orgulloso de no armar un escándalo aun si sus manos se cerraron en puños, “Y porque me importa Juan, cosa que a ustedes al parecer no.”
“Oh, ¿Quieres hacer roleplay? ¿Quieres jugar a que soy el malo?” Soltó una risa hueca y desagradable, y Ewron no tenía ni la más puta idea de que Roier era capaz de hacer un sonido así, “Okay, pendejo, asterisco ‘lo agarra del cuello contra la pared’,” La mala excusa de advertencia que le dio con su chiste fue inservible, fue demasiado rápido. Tomó a Ewron por el cuello de la camisa, estrellándolo contra la pared más cercana y arrastrándolo hasta la altura de sus ojos, “¿Esto es lo que querías?”
No estuvo en condiciones de resistirse, ni siquiera creía querer hacerlo en realidad. En cualquier caso, había estado en peores situaciones, muchísimo más dolorosas y patéticas como para no saber que decir si pretendía sobrevivir esto.
“Oh, yeah, harder please.” Graznó tratando de imitar un gemido sensual que terminó sonando como un animal muriendo. No que importara, porque la mano que lo sostenía tembló, casi imperceptible, pero lo había hecho.
“Qué verga.” Roier rio, un sonido alegre que lo hizo aparentar ser inofensivo. Ewron odió como aquello hizo eco en sus oídos, pero no se dejó engañar. Con un vistazo rápido cualquier idiota podía notar como su mano libre seguía jugueteando con el mango de su espada, listo para degollarlo. No tenía nada de inofensivo, “Tú, tú,” La risa ganó, su mano se abrió dejándolo ir, e incluso fue tan amable como para retroceder y darle espacio, “Estás mal de la cabeza, cabrón, en serio.”
Tal vez lo estaba.
Ewron se acercó, cortando la distancia que le habían regalado.
Era raro, todo esto. La única sensación de paz que había encontrado después de la mierda de semana que había tenido fue ahí, junto con Roier. De algún modo parecían encajar juntos a la perfección– De un modo extraño y jodido, y muy seguramente poco sano.
“Yo soy él que está mal de la cabeza, ajá, claro.”
“Oh, my god, fucking Ewron.” Era gracioso como lo cotidiano lo podía llevar a un límite caricaturesco; de su presunta seriedad pasó a tirarse del cabello y a agudizar su voz en un grito, “¡Okay, ya entendí, ya entendí!” Con un suspiró, dejó caer sus manos y salió de la tienda, solo parando cuando no escuchó pasos detrás suyo, “Ven.”
Ewron lo siguió. Después de todo, era un tonto.
“¿A dónde vamos?”
“Na’más aquí, al culo del Oxxoier.”
Sin duda, llegaron a la parte trasera de la tienda. La dura iluminación del Oxxoier había desaparecido, sustituida por el frío resplandor de una única luz que colgaba en una de las esquinas, parpadeando y muy apenas brillando encima de las bolsas de basura en la oscuridad de la noche.
A decir verdad, la escena daba aire de película de terror, pero no por nada le habían apodado ‘Cucaracha’. Si bien era cierto que debió de pensárselo dos veces antes en seguirlo, había algo que desarmó a Ewron.
Puede que haya sido el atuendo ridículo de spider-man que vestía y las bromas que escupía. O quizás el por fin conversar con alguien que no fuera Graf o Multi.
Roier se agachó en cuclillas y Ewron hizo lo mismo.
“Okay, ¿Ahora qué?”
El príncipe – o pseudo-principe, Ewron no estaba seguro ya – se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio. El otro hombre no se movió, se limitó a observarlo con una expresión cautelosa mientras sacaba una pequeña jaula y la colocaba en la tierra.
“¡Te presento a Jose!” En el instante en que abrió la puertecita de la jaula y le dejó salir, música tradicional mexicana se hizo presente por cortesía de la cucaracha que agitaba sus maracas al ritmo de la canción. El sombrero de charro era un extra, supuso, “Lo tengo conmigo por si me siento triste.”
Aquello se sintió como una revelación importante, pero la mezquindad de Ewron siguió ganando.
“That’s crazy, Roier,” Lo ignoró, apreciando el show al ser lo único que había en su itinerario. Era eso o ponerse a leer los carteles de los camarógrafos que vagaban por la isla, “Yo también tengo una.”
Sus cejas se arrugaron en el centro, “Pero este es José.”
“La mía es ‘Le Cucaracha’.”
Una risa, “Es buena, es buena.”
La voz se fue apagando hasta que la música inundo el ambiente, la noche sospechosamente callada a excepción de esta, dejándolos impregnarse de aquel ritmo enérgico. No hubo interrupciones de zombis o esqueletos que los molestaran, ni la presencia de bichos voladores o esas mariposas que aparecían inoportunamente.
Los dos parecían haber sido abandonados por el resto del mundo.
Hubo una sensación indefinida e inquietante contra el pecho de Ewron. La cercanía, el silencio que ninguno estaba acostumbrado a dejar sobrevivir, la intimidad de la oscuridad. Era alarmante sentir que formó una conexión genuina – por lejana que fuera – con uno de los compañeros de trabajo o guardia o lo que fuera de Multi.
“Pokaż dupa, pokaż dupa…” Murmuró más para sí mismo que para Roier, con la cabeza ligeramente inclinada, esperando que pudiera llenar el silencio con otra cosa que no fuera la música en ciclo digna de un video titulado ‘Low Cortisol’.
“¿Qué–?” Preguntó, las palabras desconocidas causándole risa, “¿Qué significa eso?”
“Es como, ‘muestra el culo’,” Sus ojos se entrecerraron de la sonrisa, “Es algo que dices en los conciertos.”
Durante un movimiento intenso de las maracas, la mirada de Roier se desvió de los instrumentos hacia el hombre que tenía frente.
“¿Te sientes mejor?”
Ewron estaba tan absorto en el baile de la cucaracha que casi pasó por alto el susurro de Roier.
“¿Hm?”
“Te…” Carraspeó, subiendo el volumen de su voz, “¿Te sientes mejor? Después de, ¿De ver a José?”
Roier estaba siendo amable con él de una manera que Ewron jamás habría esperado. Sus malos hábitos le susurraron que podría aprovecharse de él, y de cierto modo lo sintió imposible. Ese hombre inmaduro con tendencia a desaparecer por semanas era la mente más interesante con la que Ewron había interactuado en mucho tiempo– Por supuesto, no era el más brillante, no, pero podía reconocer a un mentiroso obstinado cuando veía uno.
Discernir cuales eran las mentiras de las verdades, ah, ahí estaba el verdadero problema.
“Sí, sí, sí,” Su corazón se comportó raro, golpeteando inesperadamente contra su caja torácica como un tambor, “Pero no puedo dejar de pensar en Juan, ¿Sabes?” Dijo, porque entre las risas y las bromas, Ewron siempre fue un tonto empedernido que debía arrojar comentarios desganados, y porque no podía soportar ver a Roeir con esa sonrisa adolorida que brotaba involuntariamente cada que permanecía ensimismado por demasiado tiempo, “Nunca le hizo daño a nadie.”
Como si percibiera el peso de aquel comentario, la mirada de Roier se apartó de José y se encontró con la de Ewron. Esta vez no hubo una ceja alzada, una sed de arremeter violentamente contra él, ni algún desafío cínico; solo una breve mirada compartida con la penumbra, un destello de entendimiento mutuo entre la música ruidosa, los carteles de vagabundos, y las bolsas de basura apiladas una sobre la otra cuyo olor abrumaban sus fosas nasales.
El acuerdo tácito y sencillo que había regido en su relación se disolvió.
“¿Tú no harías lo mismo?”
“Qué.” Preguntó, sorpresa coloreando la palabra.
“Si, yo qué sé, Ash te lo pidiera,” Una risa aguda fue arrancada de la garganta de Roier, quizás recordando algo distante. Fue un sonido áspero y quebradizo, “¿Tú no le ayudarías?”
En lo profundo de su mente, Ewron siempre había estado consciente de la ironía de sus semejanzas, pero fue desgarrador enterarse que incluso en esto compartían similitudes.
Ambos eran el filo de la espada de alguien– Cortando al instante si se les ordenaba.
Mas o menos. Hasta cierto punto, tan siquiera.
Podría alardear todo lo que quisiera sobre como él no obedecía a nadie, que nadie estaba arriba de él porque en realidad era todo un gran plan para obtener más poder, pero era innegable las conexiones y el cariño que había llegado a establecer con algunas personas.
Si Ash le pidiera matar a Roier, bueno, Ewron no tendría razones de más para no tomar el consejo, justo como Roier lo asesinaría sin chistar si Aldo así lo deseara.
Había una camaradería en saber que ambos eran el mismo tipo de idiota. Si Roier sentía lo mismo, dudaba que lo fuera a confesar.
“Supongo.” Escogió contestar en vez de una mentira completa, y después, porque seguía siendo mezquino y era molesto concederle la razón, desvió la plática, “Sabes, Juan nunca fue a su cita con Ewronka.”
“¿Cómo?”
“Sí, sí, Juan tenía una cita con Ewronka,” Sonrió, la memoria de Juan emocionándose por una absurdidad como su alter-ego todavía presente, “Le gustaba muchísimo.”
Una pausa, luego un ligero reacomodó en dónde Roier buscó sus ojos.
El silencio se prolongó, tenso e incómodo.
“¿En serio?”
“Yep.” Podía sentir todavía su mirada sobre él, pero Ewron se mantuvo entretenido en la cucaracha. “Aunque yo también le hubiera aceptado la cita a Juan.”
“Okay,” Su voz estaba cuidadosamente impasible, “Solo pa’que sepas, yo prefiero a Melissa.”
La tontería lo hizo voltear.
Ewron siempre había encontrado al otro hombre desesperante, pero también con una belleza particularmente sin igual – Joder, había una razón por la que decidió comprar su pintura al precioso excesivo de Juan – pero eran momentos como estos en los que Ewron realmente podía notarlo, en dónde ambos estaban tan cercas como para que su cabello le hiciera cosquillas, en dónde podía sentir cada respiración que inhalaba y sus labios ligeramente abiertos, casi invitando a uno a entrar.
“¿No Melissa es tu prima?”
“Pues sí, pero puedo admitir que es una mujer muy linda.”
Roier era quién era lindo.
Podría ser incluso hermoso, pero con todo lo que ha pasado en la isla, no tenía ganas de darle el beneficio de escucharlo.
“Quizás tú deberías ir en una cita con Ewronka para que veas de cercas que tan hermosa es.”
Un coqueteo sin esfuerzo ni significado, privado de siquiera buscar información.
“No, tú estás pero si bien pendejo,” Sonrió de lado, exagerando su incomodidad y guardando casualmente el bicho de vuelta a su jaula, “Como se nota que ya andas bien, eh.”
Parpadeó, “¿De verdad estás preocupado por mí?”
“Man, lo dices como si nunca me hubiera preocupado por ti antes,” Las palabras fueron tan fuera de lugar como la risa. Frases adecuadas para un Roier con menos cicatrices, o al menos dirigidas a otro que no fuera Ewron, “¿Ves? Ni te acuerdas, pero yo fui a buscarte el día del juicio que tuvimos y te metieron a la cárcel.”
Haya sido el brazo de Roier que se coló hasta su hombro amigablemente, o la melancolía del desamparo, un “¿Por qué?” Se escapó de su boca.
“Pues, ¿Por qué no? Eras mi cliente y somos amigos, ¿No?”
Eso fue suficiente.
El agotamiento le cobró factura, y sus ojos se suavizaron para igualar la vulnerabilidad que se le había mostrado.
“Gracias, Roier.”
Ewron le robó un beso porque podía.
Bueno, en realidad fue una especie de broma. Algo de lo que ambos pudieran reírse después al igual que aquel primer beso que compartieron frente a Ishan.
No obstante, la sorpresa en el rostro de Roier fue genuina, sus rasgos afilados se suavizaron bajo la tenue luz, y Ewron se arrepintió al instante. Se hubiera alejado también si la oportunidad se hubiera presentado, pero Roier correspondió el beso.
Lamentablemente, eso no lo mejoró.
Ewron había chocado más con sus dientes que con otra cosa, y el ángulo siguió siendo bastante incomodo. En cada roce pudo sentirlo; no hubo un fuego ni una respuesta hambrienta, solo un nudo frío fuertemente enroscado en el interior de Roier del cual estaba seguro que aun si hubieran llegado a segunda base, ni todas las caricias y manoseo lo hubieran logrado derretir.
Ewron podía prácticamente saborear la soledad– era una concesión. Se mentiría a si mismo si dijera que esperaba algo dulce. No, sus sentimientos no eran tan puros para añorar un beso lleno de amor o anhelo construido con el paso de los días, pero Ewron no quería sentir tristeza en los labios de quién besaba.
Y eso, a falta de una descripción más creativa, provocaba que su pito se marchitara cual delicada flor.
No necesitó mucha fuerza para distanciarse, con un simple empujón de su hombro, Roier tambaleó hacia atrás, solo unos centímetros de la boca de Ewron.
“Okay,” Dijo poco impresionado, y había algo que no estaba allí en su primer beso, algo que le hizo fruncir el ceño al ver a Roier rodar sus ojos y el color tan ligeramente rosa que tiñó la punta de sus orejas, “Eso estuvo de la verga,” No por falta de habilidad mía, hubiera argumentado Ewron por horas, “Si vas a robar un beso tan siquiera hazlo bien, kurwa pendejo.”
“Roier eres–”
Su frustración terminó siendo tragada por un beso, y Ewron quedó desconcertado. No tanto por el beso robado – es decir, si él fuera Roier, tampoco podría resistirse a sus encantos – sino porque si en el beso anterior no hubo ni un ápice de sentimentalismo, este fue todo lo contrario.
Los labios de Roier se movieron con lentitud, entreabriéndose para dar paso a una exploración minuciosa, profunda. Todavía podía saborear el desconsuelo previo, pero ahora el principie le incitaba a ahuyentarlo con la nueva intimidad descubierta.
Así que Ewron cerró sus ojos y regresó el beso, porque él no iba a ser quién quedar como el mal besador de los dos. Incluso logró ser un poco sexy, provocando a Roier al rozar brevemente su lengua contra sus labios.
Cosa que no pensó que funcionaría tan bien. Roier lo jaló de la muñeca, llevando su otra mano a su rostro para enmarcarlo, sus pulgares rozando los arcos de sus pómulos, siendo intenso en vez de brusco como inicialmente creyó Ewron que sería.
Y okay, sí, debía admitir que el segundo beso fue mejor. Hacia tiempo que no había sido besado hasta quedarse sin aire, y se dejó derretir ante lo cuidadoso que fue Roier. No era su estilo, pero lo dejaría liderar y tomar el mando ya que además de aparentemente gustarle, Roier se miraba más cómodo. Ewron no quería asustarlo metiéndole la lengua de repente o subir el tono de las caricias cuando el otro no estaba preparado.
Por lo que lo mantuvo inocente, rodeando sus hombros con los brazos con la misma suavidad que se le había otorgado, solo para estabilizarse y no caer. El zumbido agradable de Roier le declaró que el movimiento fue el correcto, y se dejó llevar por aquella calidez.
Las situaciones hipotéticas que giraban en el carrusel de su mente se apagaron una por una, posibles ‘tal vez’ y diferentes primeros encuentros quedaron ahogados ante la cruda realidad– ambos estaban destinados a irse a la mierda, y ninguno de los dos hubiera elegido otro camino. Eran básicamente la misma persona pero diferente tipografía.
¿Así que qué más daba si disfrutaban un último momento juntos?
Un ‘beso de despedida’, para los románticos.
La falta de aire marcó el fin; ambos se separaron, sus frentes una contra la otra, esperando a recuperar el aliento. Ewron tuvo que morder su propio labio inferior para contener un sonido vergonzoso, una risa inoportuna, o palabras que no sentía.
“Así es como se hace.” Aclaró su garganta, siendo el primero en alejarse por completo y levantarse. Fijó sus ojos a los de Ewron, la altura agregando un sentimiento condescendiente, como si le retara.
“Yeah, yeah, yeah.” Tragó saliva con dificultad mientras intentó devolverle la mirada, respondiendo demasiado rápido, casi tropezándose al querer levantarse igual de rápido, “Lo pondré en práctica la siguiente vez que me bese con alguien al lado de un basurero.”
El rostro de Roier se retorció en una sonrisa rara, “Deberías. Nadie se merece esa cagada que llamas beso.”
Lo había dicho en broma, pero curiosamente ambos sintieron una ligera punzada en el pecho con la ofensa.
“Cagadas,” Resopló indignado, “Por si no sabías, he tenido excelentes reseñas de mi desempeño.”
Roier se reclinó contra la pared de brazos cruzados, su chaqueta se ensuciaría, pero no pareció importarle, “¿Apoco sí, mi uber-eats?”
El sobrenombre fue lo suficiente ridículo para provocarle una risita, “Nos vemos, Roier.” La frase se le escapó. No pretendía despedirse de una manera tan intrascendente, pero su cuerpo ya había dado media vuelta para buscar la Waystone más cercana.
Más tarde lo llamaría una retirada táctica para salvar apariencias, pero la realidad era que iba a correr como un animal herido, sin saber el por qué pero queriendo esconderse en cualquier caso.
“Ey, ¿Ewron?”
“¿Hm?” Se detuvo, sin girarse.
“Deberías tener cuidado con la gente a tu alrededor, yo que tú me mantendría ocupado con el Żabka.” Dijo con una gravedad inusual.
El aludido aguantó una risa. ¿Qué no era inusual hoy en Roier?
“Sí, sí, eso tenía pensado hacer.” Mintió, recordando que la Warpstone tenía otra utilidad que solo decoración en su cinturón, “Ya tengo suficiente con todo lo que ha pasado últimamente.”
Considerando todo, teletransportarse fuera de un callejón oscuro tras santo beso tan caótico fue sorpresiva y emocionalmente fácil. En cuestión de segundos llegó a la Cueva Polaca. No había nada – ni nadie – que lo ligara todavía a ese lugar, pero era difícil matar los malos hábitos. Ya se acostumbraría a ir a Prawdziwa Polska-2 o a su Casino.
Al menos los alrededores seguían siendo tan tranquilos como una vez lo fueron. La nostalgia no era algo que por lo regular le afectara como para perder horas de sueño, pero solo por esa noche, Ewron se sentó en la orilla del muelle, justo a un lado de todos los ornamentos chillonamente morados de aquella cita entre Juan y Graf.
Una carcajada brotó de lo más profundo del estómago de Ewron, recordando la advertencia de Roier, su zapato salpicando agua al rozar la punta contra el rio debido al movimiento.
Había una razón por la que ese tipo de frases ominosas solían ser clichés en las películas o libros, y si bien era cierto que su instinto le decía que la próxima vez que viera a Roier sería como enemigos, Ewron no tenía planeado morir. No necesitaba de consejos, y estaría orgulloso de apuntar hacia él una espada o artilugio mágico al igual que estaba seguro que Roier sería indiferente si tuviera que extinguir la vida de sus ojos con sus propias manos.
Esa eran la clase de personas que eran.
Y quién sabe, quizás el tiempo le daría la razón. Ya fuera la radiación, sus tratos con Dark Cucurucho, o las malas elecciones de su vida regresando a morderle el culo, solo sería cuestión de tiempo que la muerte que llevaba persiguiéndolo desde prácticamente el inicio de su vida en esta puta isla finalmente lo atrapara. Las cucarachas – polacas o no – tenían también sus límites.
A lo mejor, con suficiente suerte, hasta se podría eventualmente reencontrar con Juan o Roier en lo que sea que hubiera más allá de la vida eterna en la isla.
