Chapter Text
La luz de la tarde se filtraba de manera oblicua a través de los altos ventanales de Mayfair, proyectando largas sombras doradas sobre la alfombra de la habitación de Eloise Bridgerton. Era el único rincón en todo Londres donde sentía que el aire no estaba viciado por las expectativas de la sociedad. Sin embargo, el orden no era precisamente el soberano de aquel espacio.
Sobre su escritorio de caoba se amontonaban panfletos políticos, tratados de sociología a medio leer y correspondencia que mantenía en estricto secreto. En ese momento, Eloise se encontraba sentada con las piernas encogidas sobre el tapizado de una de sus sillas, con el flequillo ligeramente alborotado y una mancha de tinta negra adornando la yema de su dedo índice. Estaba absorta. Había caído en sus manos un artículo detallado sobre los avances en los derechos de propiedad de las mujeres y las reformas educativas que se discutían vagamente en los círculos más progresistas del continente. Sus ojos grises, agudos e intimidantes, devoraban cada línea con una intensidad que cualquiera de sus pretendientes habría encontrado alarmante.
Para Eloise, el conocimiento no era un adorno; era una vía de escape, la única expansión real a la que podía aspirar en un mundo que insistía en reducirla a un plano de simetría y modales. A sus veintidós años, se encontraba en lo que la sociedad consideraba, con flagrante condescendencia, su cuarta temporada. Cuatro años de lo mismo. Cuatro años viendo a sus hermanos Anthony, Benedict, Colin y Daphne encontrar sus respectivos matrimonios, asentarse en felicidades perfectamente empaquetadas y dejarla a ella como el recordatorio viviente de que el tiempo corría. Pero Eloise no quería el tipo de felicidad que se compraba con un anillo y se pagaba con la sumisión. Ella quería libertad. Una libertad que, a pesar del inmenso amor y la protección de su respetable y unida familia, le seguía pareciendo un concepto abstracto y lejano.
El crujido de la puerta al abrirse rompió el hilo de sus pensamientos. Eloise no necesitó levantar la vista para saber quién entraba; el sutil aroma a jacintos y el andar grácil pero decidido delataban a su madre.
—Eloise, querida —anunció Violet Bridgerton, cruzando el umbral con una sonrisa que destilaba una mezcla de ternura maternal y una determinación inquebrantable—. El carruaje estará listo en dos horas. Debes empezar a prepararte.
Eloise suspiró, dejando que el panfleto descansara sobre sus rodillas. Entornó los ojos grises, fijándolos en el techo por un breve segundo en un gesto que se había vuelto casi mecánico en ella.
—Mamá, apenas es la primera noche. ¿No podríamos fingir que he contraído una indisposición leve? Una tos social, tal vez. Lady Abernathy es una mujer serena; estoy segura de que apreciaría la calma de mi ausencia.
—Lady Abernathy apreciará ver a los Bridgerton en plena forma para abrir la temporada —replicó Violet, acercándose al escritorio para retirar con suavidad una taza de té ya fría—. Es el primer baile, hija. Además, el vestido que mandamos a confeccionar te sienta de maravilla. Resalta tu porte.
Eloise miró de reojo el maniquí en la esquina, donde colgaba una prenda de seda en un tono azul pálido que, si bien era elegante, le resultaba una armadura opresiva. En otra época, habría iniciado una disputa teológica sobre la inutilidad de los bailes de debutantes, habría caminado de un lado a otro enumerando las razones por las cuales el mercado matrimonial era una farsa. Pero hoy... hoy estaba cansada. La perspectiva de discutir con su madre, a quien amaba profundamente a pesar de sus diferencias doctrinarias, le parecía un gasto de energía innecesario.
—Está bien —cedió Eloise, enderezándose y bajando las piernas de la silla—. Iré. Pero no prometo sonreír a los caballeros que confunden la conversación con el monólogo de sus propios logros ecuestres.
Violet sonrió, aliviada por la falta de resistencia, y le dio un suave toque en la mejilla antes de salir.
—Con que no les digas que sus mentes son tan estrechas como los salones que habitan, me conformo, mi amor.
Dos horas más tarde, el carruaje de los Bridgerton se detuvo ante la imponente residencia. El sonido de los cascos de los caballos sobre el pavimento y el murmullo de la multitud que se agolpaba a las puertas eran la obertura de una sinfonía que Eloise conocía demasiado bien.
Al entrar al salón de baile, la opulencia la golpeó con la fuerza de un carruaje en movimiento. El brillo de las arañas de cristal, el olor a perfume costoso entremezclado con el sudor contenido de cientos de personas y el tintineo constante de las copas de champán creaban una atmósfera sofocante. A pesar de todo, los Bridgerton seguían siendo el epicentro de las miradas; la respetabilidad de la familia y los exitosos matrimonios de sus hermanos mayores hacían que cualquier movimiento de la matriarca o de sus hijas solteras fuera escudriñado al milímetro.
Eloise se colocó cerca de una de las columnas, adoptando una postura erguida, con sus manos entrelazadas al frente. Su cabello castaño oscuro estaba perfectamente recogido, dejando que enmarcara su rostro de piel blanca. Su mirada recorría el lugar con un escepticismo que mantenía a raya a los más tímidos, pero, desafortunadamente, no a todos.
No tardó ni quince minutos en ser abordada. El primero fue Lord Basilio, un joven cuyo mayor orgullo parecía ser el grosor de sus patillas y el linaje de sus sabuesos de caza.
—Señorita Bridgerton —dijo el hombre, reajustando su pañuelo de cuello con una autosuficiencia insufrible—. Es un deleite ver que la temporada no ha mermado su... particular presencia. Estaba comentando con Lord Amberley que la cría de este año en mis tierras promete ser excepcional. Los caninos tienen una estructura ósea impecable. ¿No le parece fascinante la genética canina?
Eloise lo miró fijamente, sin parpadear.
—Mucho más fascinante me parecería si los perros tuvieran la capacidad de elegir a sus dueños, Milord. Imagino que la selección natural habría tomado un rumbo muy distinto en su caso.
Lord Basilio parpadeó, confundido por el tono gélido y la sutil ironía, antes de balbucear una excusa y retirarse hacia la mesa de ponche.
No pasó mucho tiempo antes de que ocupara su lugar el vizconde de un condado menor, un hombre entrado en años que consideraba que el intelecto de una mujer debía limitarse a la contabilidad del hogar y la supervisión del personal de cocina. El caballero intentó adoctrinarla sobre "el debido temperamento de una dama de sociedad", sugiriendo de manera velada que una mujer de veintidós años ya debería mostrarse más agradecida por cualquier atención que recibiera.
Cada palabra de aquellos hombres era como un grano de arena que se acumulaba en un reloj de frustración. Eloise sentía que las paredes del salón se cerraban sobre ella. La música de la orquesta, que para otros era una melodía romántica, para ella no era más que ruido ensordecor que ahogaba cualquier atisbo de pensamiento propio. Miró a su alrededor; su madre conversaba animadamente con Lady Danbury a unos metros de distancia, y sus hermanos estaban dispersos por el salón. Nadie notaría su ausencia por unos minutos. Necesitaba aire. Necesitaba expandir los pulmones con algo que no fuera el polvo de los vestidos y las falsas risas de la ton.
Aprovechando el tumulto que se formó cuando la orquesta anunció una nueva danza, Eloise se deslizó con la agilidad de una sombra entre la multitud. Evitó las miradas y se dirigió hacia las grandes puertas de vidrio que daban acceso a los jardines de la residencia.
Al cruzar el umbral, el aire fresco de la noche londinense la recibió como un bálsamo. El contraste fue inmediato: el ruido del salón se amortiguó detrás del grueso vidrio y la oscuridad del jardín, salpicada apenas por unas pocas linternas de papel.
La grava crujía bajo sus delicados zapatos de seda, un sonido rítmico que, lejos de distraerla, parecía marcar el compás de sus pensamientos más profundos. Se internó más y más en los dominios exteriores de la residencia, un territorio que la anfitriona había diseñado con el mismo carácter imponente que distinguían los salones: setos altos, arbustos densos que desafiaban la simetría con árboles cuyas copas se entrelazaban tapando la luz de las estrellas.
Para Eloise, aquel laberinto verde no era un logro de la jardinería, sino una bendición de anonimato. A medida que la música del vals se convertía en un eco lejano, su mente regresaba a las páginas del tratado que había dejado abandonado en su escritorio. Pensaba en la ridícula contradicción que significaba su propia existencia. Se suponía que los Bridgerton eran el ideal, una dinastía de matrimonios perfectos nacidos del afecto. Sus hermanos habían encontrado su lugar en el mundo; sus nombres estaban escritos en los registros eclesiásticos junto a los de sus cónyuges, cerrando sus respectivas historias con un broche de oro que la sociedad aplaudía. ¿Pero dónde encajaba ella? ¿Por qué la única opción que se le ofrecía para "expandirse" era encogerse primero para caber en la vida de un hombre?
—Es una farsa —murmuró para sí misma, acelerando el paso sin mirar realmente hacia dónde la conducían sus pies—. Un desfile de vanidades donde el intelecto se penaliza y la sumisión se premia con diamantes.
Estaba tan sumida en su propio monólogo interno, tan indignada con los Lords Basilios del mundo y con la sutil pero constante presión de la mirada de su madre, que el entorno físico simplemente se desvaneció de su periferia. No notó cómo el sendero principal de grava bien cuidada cedía el paso a un camino secundario, mucho más estrecho y descuidado, donde los jardineros parecían haber librado una batalla perdida contra la naturaleza silvestre.
Un tramo del pasaje estaba completamente tomado por una vegetación rastrera que avanzaba como tentáculos oscuros sobre la piedra. Con la mirada fija en la nada y la mente a mil kilómetros de distancia, no vio la gruesa rama retorcida que se cruzaba en su camino.
El impacto fue seco. Su pie izquierdo se enganchó sin remedio en la enredadera y, antes de que pudiera meter las manos para amortiguar el golpe, la gravedad reclamó su tributo. Eloise cayó de rodillas sobre la tierra húmeda, mientras el bajo de su costoso vestido azul pálido se rasgaba ligeramente con un crujido sordo.
El dolor en las rodillas fue inmediato, pero la humillación personal —incluso sin testigos— fue mucho mayor. Se quedó un momento estática, apoyando las palmas de las manos en el suelo, sintiendo la tierra colarse bajo sus uñas limpias. Un gemido de pura frustración escapó de sus labios, mientras fulminaba con la mirada la planta culpable, que descansaba inocente en la penumbra.
—¡Maldito sea este helecho rastrero! —exclamó con voz firme, liberando toda la rabia contenida de la noche contra el primer objeto inanimado que encontró—. Deberían arrancarlo de raíz.
—En realidad, no es un helecho —dijo una voz grave.
Eloise dio un respingo, ahogando un gritito en su garganta. Su cuerpo se tensó de inmediato y sus ojos grises se abrieron con sorpresa mientras buscaba el origen de aquella intrusión en la oscuridad.
A solo unos metros de ella, oculto hasta ese momento por la densa copa de un sauce llorón y la profunda sombra de un muro de piedra, una silueta se recortó contra la tenue claridad del fondo. Era un hombre. Un hombre notablemente alto, de hombros anchos y una presencia robusta que no encajaba con el tipo de caballeros escuálidos y engominados que poblaban el salón de baile. Llevaba una chaqueta que parecía quedarle ligeramente ajustada en la espalda, denotando una complexión atlética que debía más al trabajo físico que a la esgrima de salón.
El desconocido dio un paso al frente, saliendo de la negrura más densa, aunque la falta de linternas en esa sección del jardín mantenía su rostro sumido en un velo de sombras. Eloise solo pudo adivinar la línea fuerte de su mandíbula y unos ojos que, a pesar de la penumbra, parecían captar la escasa luz del cielo.
—¿Disculpe? —articuló, enderezándose por completo, intentando recuperar cada gramo de la dignidad que acababa de perder en el suelo.
—Digo que no es un helecho —repitió el hombre. Su voz era profunda, un barítono sereno pero que poseía un matiz de firmeza, el tono de alguien acostumbrado a que sus palabras tuvieran peso—. Es una Hedera helix, comúnmente conocida como hiedra común. Los helechos pertenecen a la clase Polypodiopsida, no poseen flores ni semillas y jamás crecerían con esa estructura leñosa y trepadora en un suelo tan compactado. La hiedra, en cambio, utiliza raíces adventicias para aferrarse a cualquier superficie. Incluyendo, por lo que veo, los zapatos de las damas que caminan sin mirar.
El hombre dio otro paso hacia ella y, con una parsimonia que a Eloise le pareció casi exasperante, extendió una mano. Era una mano grande, de dedos largos pero firmes, con palmas que, incluso en la oscuridad, no lucían la suavidad aristocrática habitual; se adivinaban callosidades en la base de los dedos, la marca inconfundible de alguien que no temía usar las manos para algo más que sostener una copa de champán.
Eloise se quedó mirando la mano extendida. Su primer impulso, dictado por el orgullo herido y su innata desconfianza hacia los hombres de la ton, fue rechazarla y declarar que podía levantarse sola —lo cual ya había hecho a medias—. Sin embargo, la agudeza de la corrección la había dejado descolocada. No era común que un caballero la corrigiera con términos científicos en lugar de ofrecerle un cumplido vacío o una disculpa condescendiente por el estado del jardín.
Sintiendo el calor de la vergüenza subir por su cuello, pero negándose a parecer una cobarde, Eloise dio un paso al frente y aceptó la ayuda. Su pequeña mano desapareció casi por completo en el agarre del desconocido. La firmeza de su toque la sorprendió; no fue el agarre flojo de un dandy, sino un sostén sólido que la estabilizó al instante mientras ella terminaba de acomodar el dobladillo de su falda.
—Agradezco la lección de ciencias, caballero —dijo Eloise, retirando su mano con rapidez en cuanto recuperó el equilibrio, cruzando los brazos sobre el pecho en una actitud defensiva—. Aunque debo decir que, cuando una se encuentra en el suelo debido a la negligencia de la flora, la clasificación taxonómica de la culpable es lo último que pasa por la mente.
Se percató de que, debido a la posición de las copas de los árboles, la sombra caía directamente sobre los ojos de él, impidiéndole ver el color o la expresión exacta de su mirada, aunque sentía el peso de su atención fija en ella. Él, por su parte, solo podía ver el contorno del flequillo de Eloise y el brillo desafiante de sus ojos grises, que rehusaban mostrar debilidad.
—Mis disculpas —respondió él, y Eloise pudo jurar que detectó un ligero matiz de diversión en su voz, aunque fue rápidamente reprimido por un tono más formal—. No pretendía resultar impertinente. Es solo que... tengo cierta debilidad por la precisión. Las plantas suelen ser incomprendidas, y me pareció injusto culpar a un helecho por los crímenes de una hiedra.
—La hiedra ahoga lo que toca para poder subir —replicó Eloise con rapidez, conectando el dato botánico con su propio estado de ánimo—. Me parece una metáfora bastante adecuada para la sociedad de esta noche. Quizás por eso la maldije.
El hombre pareció congelarse por un breve segundo, asimilando la respuesta. No esperaba que una dama en un baile de gala respondiera con una analogía tan sombría —y extrañamente acertada— sobre la sociedad. El, que había pasado los últimos meses lidiando con los papeles de la herencia de Romney Hall, el dolor por la muerte de su hermano George en Waterloo, y el peso de haber tenido que asegurar un refugio digno para Marina Thompson lejos del escrutinio público, no encontraba ningún placer en Londres. Había viajado a la capital únicamente porque la Real Sociedad Botánica celebraba sus encuentros de temporada, un oasis de intelecto entre tanto ruido. El resto del mundo asumía que buscaba una esposa para el título de baronet que ahora cargaba a regañadientes a sus veinticuatro años, pero la realidad era que solo quería regresar a Cambridge o a sus invernaderos.
—Una perspectiva interesante —admitió él, moviéndose ligeramente, lo que provocó que la luz de una linterna lejana rozara el borde de su cabello rubio oscuro, revelando un destello miel antes de que volviera a la sombra—. Aunque la hiedra también protege los muros viejos del desgaste del viento. Todo depende de lo que uno considere valioso.
Eloise entornó los ojos, intentando descifrar las facciones del hombre a través de la penumbra. El juego de luces y sombras los mantenía a ambos en un anonimato perfecto, un velo que, paradójicamente, eliminaba las barreras de la etiqueta social. Ninguno de los dos sabía el nombre del otro, ni a qué familia pertenecía, y en ese rincón descuidado del jardín eso parecía no importar en absoluto.
—Sospecho —dijo Eloise, dando un pequeño paso hacia el lado, buscando un ángulo donde la luz la ayudara, aunque fue en vano— que usted no es un gran aficionado a los valses que se tocan ahí dentro. Parece tan fuera de lugar como... bueno, como un helecho en la hiedra.
—Podría decir lo mismo de usted, señorita —contestó, inclinando levemente la cabeza, fascinado por la agudeza de la dama de la que solo alcanzaba a ver una silueta elegante y decidida—. Las damas que disfrutan de los salones no suelen buscar la oscuridad para caminar sin rumbo. Ni para comparar a la sociedad con parásitos vegetales.
—No soy una simple dama —soltó Eloise, y la declaración sonó no como un alarde, sino como una verdad absoluta y un tanto amarga.
—Eso ya lo he notado —respondió él de inmediato, y esta vez la gravedad de su tono hizo que el corazón de Eloise diera un vuelco imperceptible—. Y créame, en un lugar como este, eso es una alta rareza.
Dio un paso imperceptible hacia ella, rompiendo la distancia de cortesía que la etiqueta dictaba, pero manteniendo el respeto que su propia naturaleza reservada le imponía. Su robusta silueta pareció bloquear la poca brisa que se colaba por el sendero, ofreciendo a Eloise un resguardo inesperado.
—Dígame —habló, quebrando el silencio con esa voz profunda y pausada que parecía asentar el terreno—, además de su orgullo y de la seda de su vestido... ¿se ha lastimado en la caída?
Eloise, que seguía con los brazos cruzados sobre el pecho y la barbilla en alto, arqueó una ceja en la penumbra. La pregunta la tomó por sorpresa; los caballeros de la sociedad solían disculparse profusamente por el estado del suelo o hacían comentarios jocosos, pero pocos inquirían por su bienestar físico con esa sobriedad directa, exenta de galantería barata.
—¿Por qué lo pregunta? —replicó ella, con su habitual rapidez mental—. ¿Acaso además de la clasificación de las plantas también posee conocimientos de medicina, caballero? ¿Debo esperar un diagnóstico sobre la alineación de mis huesos basándose en la taxonomía de la hiedra?
Una risa baja, ronca y genuina escapó del pecho de ese desconocido. El sonido fue tan imprevisto como reconfortante en medio de la rigidez de la noche. Era una risa que no buscaba la aprobación de nadie; nacía de un verdadero deleite ante la audacia de la dama.
—No, no poseo un título en medicina, aunque he leído suficiente anatomía en Cambridge como para no escandalizarme ante una herida —respondió, y Eloise pudo adivinar la inclinación de su cabeza en la oscuridad—. Lo pregunto por pura y genuina preocupación. El golpe contra el suelo fue notablemente sonoro, señorita. Si la hiedra no se hubiera cruzado en su camino, habría jurado que un saco de correspondencia había caído desde el muro.
Las mejillas de Eloise se tiñeron instantáneamente de un carmín encendido que, por fortuna, la noche ocultó. Toda la altivez que había mantenido para ocultar su torpeza se desmoronó en un segundo. ¿Así que el impacto había sido tan ruidoso? La sola idea de que este hombre alto y de porte imponente la hubiera estado observando mientras volaba por los aires y aterrizaba de bruces contra la tierra la llenó de una mortificación insoportable.
Por primera vez desde que había cruzado las puertas del jardín, bajó el rostro. La intimidante mirada de sus ojos se clavó en la grava del suelo, incapaz de sostener la dirección de la silueta de él. El flequillo castaño cayó sobre sus cejas, ocultando su expresión mientras lidiaba con la mezcla de vergüenza y frustración.
—No —murmuró con voz queda, casi un susurro en comparación con sus intervenciones anteriores—. No me he lastimado. Solo... fue el susto. Y la indignación.
El observó el cambio de actitud de la dama. La fiereza que lo había dejado tan intrigado dio paso a una vulnerabilidad que le pareció extrañamente conmovedora. No era la delicadeza afectada de las debutantes que buscaban desmayarse para llamar la atención; era el apuro real de una mujer que odiaba verse vulnerable ante un extraño.
—¿Me permitiría mostrarme sus manos? —pidió, suavizando el tono de su voz—. Al caer, apoyó las palmas en la tierra. Podría tener astillas o pequeñas piedras clavadas, y la infección no entiende de rangos sociales.
Ella dudó. Sus manos estaban ocultas tras su espalda ahora, pero ante la insistencia respetuosa del caballero, levantó la cabeza de golpe para mirarlo, dispuesta a asegurar que estaba perfectamente bien.
Fue en ese preciso instante cuando la fortuna —o la meticulosa organización del servicio de Lady Abernathy— decidió intervenir.
En el extremo del sendero, un sirviente que realizaba la ronda nocturna encendió con una larga vara una de las grandes linternas de gas que colgaban de los arcos de piedra. La luz, un destello blanco y brillante, barrió la oscuridad del pasaje con la fuerza de un relámpago doméstico, disipando las sombras que los habían protegido y bañándolos por completo en una claridad diáfana.
Eloise parpadeó ante el repentino fulgor, y cuando sus ojos grises se ajustaron a la luz, su respiración se detuvo por completo en su garganta.
El hombre que tenía enfrente no se parecía en nada a los caballeros de los salones de Mayfair. Era, sin lugar a dudas, extraordinariamente atractivo, pero de una manera que evocaba la fuerza de la tierra más que el refinamiento de la corte. Su cabello, de un rubio oscuro y espeso, estaba ligeramente revuelto por la brisa, y unos ojos de un azul profundo y limpio la miraban con una fijeza que la desarmó. Su rostro poseía líneas fuertes, una mandíbula decidida que denotaba un carácter firme, pero la expresión de sus labios era suave, desprovista de la soberbia que Eloise tanto detestaba. El contraste entre su porte robusto y atlético —propio de quien pasaba horas supervisando sus propiedades y trabajando al aire libre— y la chispa de inteligencia científica que brillaba en su mirada la dejó muda. Sentía que se encontraba ante una especie completamente diferente.
El caballero, por su parte, se quedó petrificado. Al encenderse la luz, la silueta borrosa y la voz afilada se materializaron en una de las damas más singulares que jamás hubiera visto. Era hermosa, su piel era de una blancura impecable, casi de porcelana, lo que hacía resaltar aún más el castaño oscuro de su cabello y el marco perfecto de su flequillo. Pero lo que realmente detuvo su corazón fueron sus ojos. Eran grises, del color de las tormentas que azotaban los campos en invierno, pero con una claridad y una agudeza que revelaban una mente brillante y despierta. Él, que había pasado la vida catalogando bellezas en los libros de botánica y observando la simetría de la naturaleza, pensó internamente que jamás en su existencia, ni en los salones más refinados de Cambridge ni en los prados más verdes del campo, había observado unos ojos más bonitos que los que tenía delante en ese instante. Había una chispa en su rostro que lo cautivó de inmediato.
Ninguno de los dos pronunció una palabra sobre lo que acababa de descubrir en las facciones del otro. El pensamiento se quedó guardado en el rincón más seguro de sus mentes, protegido por el decoro.
Roto el hechizo del primer impacto visual, recordó la petición que había hecho. Con una caballerosidad impecable, desprovista de cualquier osadía, dio medio paso al frente y extendió sus manos con las palmas hacia arriba, esperando.
Eloise, todavía un tanto aturdida por la revelación de sus facciones, extendió las suyas de manera casi inconsciente. Cuando sus palmas, ligeramente enrojecidas y con restos de tierra oscura, descansaron sobre las manos grandes y cálidas de quien tenía enfrente, un estremecimiento sutil pero innegable recorrió la columna de ambos.
Sostuvo sus manos con una delicadeza extrema, como si estuviera manipulando el espécimen más valioso y frágil de su colección. Con el pulgar, retiró con suavidad un pequeño trozo de grava que se había adherido a la base del índice, cuidando de no lastimarla. La cercanía le permitió oler el sutil perfume de ella, que no era la densa rosa que usaban todas las damas, sino algo más fresco, como el papel nuevo y la lluvia.
—No hay cortes profundos —dictaminó, levantando la mirada azul para conectarla con la gris de ella, manteniendo su voz en un tono profesional que intentaba ocultar el latido acelerado de su pecho—. Sin embargo, la piel está raspada. Sugiero que, en cuanto regrese a sus aposentos, se aplique una pomada de caléndula o de árnica. Reducirá la inflamación y evitará que la molestia le impida escribir o lo que sea que haga con esa agudeza suya, Señorita...
Eloise sintió que el calor de sus manos se extendía por todo su cuerpo. Por una vez en su vida, no encontró ninguna réplica sarcástica, ninguna frase ingeniosa para alejarlo. La forma en que él la trataba, con una mezcla de respeto intelectual y cuidado físico, era algo que no había experimentado jamás.
—Yo... le agradezco el consejo, caballero —alcanzó a decir, sintiendo que sus nombres eran el siguiente paso lógico en este encuentro fortuito—. Mi nombre es...
—¡Eloise!
Una voz estentórea y perfectamente conocida resonó desde el sendero principal, rompiendo la intimidad del rincón como un cañonazo. Los pasos apresurados sobre la grava delataban la urgencia de quien buscaba.
—¡Eloise! ¿Dónde te has metido? Mamá está empezando a interrogar a los camareros y sabes perfectamente lo que ocurre cuando entra en pánico —la voz de Benedict Bridgerton se escuchaba cada vez más cerca, a solo unos setos de distancia.
Eloise abrió los ojos con pánico. Si su hermano Benedict la encontraba en una sección apartada del jardín, a oscuras —o casi a oscuras—, de la mano de un caballero al que ni siquiera se le había presentado formalmente, el escándalo dentro de la familia sería monumental, por no hablar de las inevitables deducciones de su madre.
Con un movimiento rápido y asustado, Eloise retiró sus manos de su agarre, sintiendo de inmediato el frío de la noche en las palmas. Miró en dirección a la voz de su hermano y luego regresó la vista al caballero, cuyos ojos azules mostraban una mezcla de decepción y comprensión.
—Debo irme —dijo ella apresuradamente, dando un paso hacia atrás, el dobladillo de su vestido azul pálido ondeando con el movimiento—. Mi hermano me está buscando.
—Señorita, espere, no me ha dicho... —comenzó, dando un paso al frente, deseando con todas sus fuerzas retenerla aunque fuera un segundo más para grabar su nombre en su memoria.
—Gracias por la lección de botánica... y por sus manos —interrumpió Eloise con una sonrisa nerviosa, la primera sonrisa franca que daba en toda la noche—. Y por defender al helecho.
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y corrió con ligereza hacia el sendero principal, sorteando los arbustos con una agilidad que lo dejó impresionado. Desapareció tras el recodo del muro justo un segundo antes de que la figura de Benedict Bridgerton apareciera por el lado contrario, mirando a su alrededor con el ceño fruncido.
Se quedó solo bajo la luz de la linterna de gas. Miró sus propias palmas, que aún conservaban el rastro del calor de las manos de aquella dama misteriosa de ojos grises y flequillo perfecto. El jardín, que hasta hacía unos momentos le había parecido un lugar tedioso y lleno de gente superflua, se había transformado, en el espacio de unos minutos, en el escenario del descubrimiento más fascinante de su vida. Un descubrimiento del que ni siquiera sabía el nombre completo, pero que ya no podría olvidar.
