Chapter Text
Gon no estaba a la moda.
Esa no era una novedad para nadie. Todos sus amigos lo sabían, incluso él mismo lo sabía. Su estilo de vestir era pésimo .
Se rehusaba a vestirse de otro color que no fuera verde. No tenía, ni le interesaba, tener variedad de ropa; Camisetas, jeans, botas, era lo único que había en su armario. Uno o dos de cada cosa, máximo tres. Y eso era todo. Nada de accesorios. Nada de personalidad. " La ropa es ropa ", decía él, no debería de tener ninguna ciencia, con tal de que le ayudara a no ir desnudo por la calle y, de preferencia, fuera cómoda para luchar, le bastaba.
Killua, por otro lado, era lo opuesto a él.
Su amistad siempre se había tratado de opuestos. Killua Zoldyck compensaba cada aspecto que Gon carecía y juntos se equilibraban mutuamente como si fueran encarnaciones del Yin y Yang.
Killua no solo tenía un buen sentido de la moda, él modelaba todo lo que vestía como si hubiera nacido para el glamour y las pasarelas, aún con su mala postura y su particular forma de caminar, siempre había habido algo en él que imitaba al arte. La delicadeza con la que se movía. Las formas angulosas que formaban su rostro y su cuerpo. Reflejaba todo eso en sus atuendos extravagantes, en el exceso de accesorios, en las combinaciones de patrones y de colores.
Cuando una prenda no le terminaba de convencer, agarraba una tijera y empezaba a cortar. Si era necesario, lo mandaba con un costurero. Si era urgente, lo terminaba de confeccionar el mismo. Gon siempre había admirado su creatividad, Killua lograba que cualquier cosa se viera bien.
Aunque Killua no siempre tuvo tiempo y ánimos para confeccionar y modificar prendas, gran parte del tiempo él prefería comprarlas. Ir de compras a depositar dinero en prendas de diseñador era uno de sus pasatiempos favoritos; bolsos caros, zapatos, accesorios de plata.
Constantemente arrastraba a Gon a sus travesías. En vez de ir al gimnasio oa comer, pasaban horas explorando tiendas. Gon adoraba ver a Killua contento, pero también tenía límites. Estar cinco horas caminando en un centro comercial, cargando una docena de bolsas mientras veía a Killua probarse un vigésimo sexto pantalón que, en definitiva, no le hacía falta; Ese, era su límite.
Y no lo malinterpreten, no es que no le gustara ver a Killua probarse ropa. En definitiva, esa era la mejor parte. Verlo probarse pantalones ajustados no estaba nada mal pero, ¿¡ Por qué se demoraba tanto!?
Situaciones así se habían vuelto tan habituales como sus vuelos, sus idas en ferry y tren, sus mañanas de senderismo y sus tardes de entrenamiento. Empezó a formar parte de la rutina que habían construido estos dos años que viajaban juntos luego de su reencuentro.
Tras su reencuentro —a los tres años de separación, a sus diecisiete años— , volvieron a sus viejos hábitos: embarcarse hacia los confines del vasto mundo conocido. Ahora, sin buscar a ningún padre ausente ni nada en particular.
Viajaban por el mero disfrute de pasar tiempo juntos.
Gon y Killua se habían adaptado bien a las complejas cuestiones de la vida adulta. Más responsabilidades, más riesgos. Sin embargo, juntos no era tan difícil sobrellevarlo y explorar el nuevo mundo de posibilidades.
Obtenga una licencia de manejo, poder tomar alcohol, poder fumar, poder hacerse perforaciones y asistir a clubes nocturnos. Entre tantas cosas. Fue Killua quien empezó a querer experimentar. Llevándolo hacia un extremo: Killua empezó a obsesionarse con la idea de tener un cambio de look.
Y así, en muy poco tiempo, ocurrieron muchas cosas: un corte de pelo nuevo, mechas, una renovación completa de su armario y piercings. Sí, piercings .
Gon no era nadie para hablar. De nuevo, él no sabía nada de moda. En su mochila solo llevaba dos pantalones y tres camisetas viejas, así que no entendía la necesidad de cambio. Killua siempre había sido guapo. Y, al crecer, su atractivo se había multiplicado: sus rasgos maduraron, crecieron varias pulgadas y su voz se agravó. Se convirtió en un joven tan apuesto que la gente en la calle se giraba para mirarlo, las chicas se le acercaban para pedirle el número y las ancianas admiraban su belleza. ¿Acaso era posible elevar ese nivel de atractivo? Sorprendentemente, sí.
Empezó como tantas otras cosas entre ellos, de forma simple, natural, inocente; y escaló a convertirse en una avalancha de sucesos.
Todo comenzó cuando Killua se cortó el pelo.
Acompañó a Killua en el proceso. Por alguna razón, él insistió en hacerlo por su cuenta. Específicamente, en el baño de un cuarto de hotel, con la ayuda de unas tijeras que compraron en una papelería.
Durante esos tres años, Killua se había dejado crecer el pelo, convirtiéndolo en un lienzo en blanco —tanto literal como figurativamente— , para realizar su obra maestra. Se basó en varios artistas y modelos, que Gon no conoció para nada, y algunos tutoriales que vio en internet.
Capas por todos lados, recortó su flequillo, inspirándose en un vídeo de YouTube y en varios modelos que, en definitiva, Gon no conoció. Durante esos tres años se había dejado crecer el pelo, así que era un lienzo perfecto para realizar su obra maestra; su característica melena blanca, dividida en varias capas de distinto largo, cayendo en ondas suaves sobre sus hombros, con picos elevándose en la cima de su cabeza y en sus puntas. Jovial, atractivo, puntiagudo. Capturaba todo lo que era Killua. Se ajustaba a sus rasgos afilados y realzaba su belleza delicada.
—Deberías ser peluquero, Killua —Al verlo, Gon silbó.
Gon estaba sentado sobre la tapa del inodoro, junto al lavamanos donde Killua estaba dejando caer sus mechones recién cortados, guiado por el modesto espejo pegado a la pared. Killua dejó la tijera a un lado y tomó un cepillo para peinarse el flequillo.
—¿Tú dices? ¿Seguro que no me veo ridículo?
Killua desvió la mirada para encontrarse con la de Gon. Su cabello seguía húmedo, haciendo ver cómo un gato mojado; mechones delgados caían enmarcando su rostro, y Gon se distrajo por un momento con lo lindo que se veía.
—No, no. Está perfecto, te ves genial.
Una sonrisa orgullosa se dibujó en los labios de Killua, volvió a mirarse en el espejo y con sus manos intentó darle un poco de volumen a su cabello, enredando mechones alrededor de su dedo índice para proporcionarles una forma ondulada. Gon miró el movimiento maestro de sus dedos con detenimiento, sin poder apartar la mirada.
Sonriendo así, Killua se ve…
—Bueno, tengo un don innato para lucir increíble. ¿No crees? —Killua le guiñó un ojo.
El pensamiento de Gon se vio interrumpido por Killua, que, en realidad, expresó lo que él sentía. Gon asintiendo varias veces, sin poder estar más de acuerdo.
Una semana después del corte de cabello, volvió al mismo baño, está vez para teñirle el pelo a Killua. Con la ayuda de otro tutorial de internet. Un tinte barato que compraron en una farmacia. Un par de guantes de látex. Y mucha precaución, Gon ayudó a que Killua consiguiera esas mechas negras que tanto quería. Al tener el pelo completamente blanco, fue un proceso bastante sencillo; Después de enjuagarse el pelo, secarlo y peinarlo, Killua irradiaba felicidad.
—Nunca pensé que diría esto, pero el negro te queda increíble —Gon lo halagó, alzando un pulgar. Y Killua se sonrojó.
—Bueno, estaba pensando en probar otros colores… —Killua titubeó—, pero si me queda tan bien como dices… tal vez no sea necesario —enroscó detrás de su oreja un mechón de cabello, conteniendo una sonrisa tímida.
Después de los primeros cambios, vinieron otros. La curiosidad de Killua no se disipó fácilmente. A final de mes, Killua potenciar su cambio de look con una modificación corporal.
Killua tardó en decidirse entre un tatuaje o un piercing en la ceja. Para Gon, ambos sonaban drásticos, aunque por un lado, un piercing siempre podría quitarse —a pesar de los riesgos físicos que suponía— , al contrario de un tatuaje, que era para siempre. Averiguaron de sitios donde ofrecían dichos servicios y encontraron un pequeño local que ofrecían un 2x1 en perforaciones. Al final, Killua optó por tomar el consejo de Gon.
Gon lo acompañó al estudio, un local de cuatro paredes decoradas con pósters, una lámpara de lava e inciensos con olor a jazmín. Killua fue atendido por una muchacha con túneles en las orejas y el pelo teñido de rosa fosforescente.
Ella fue realmente amable y ágil en su trabajo, en menos de quince minutos, las orejas y ceja de Killua fueron perforadas.
Tardarían en sanar algunas semanas y tendrían que tener una rutina de cuidado exigente para evitar infecciones. Y, aún así, Killua estaba relajado. Len quedó bien. Se veía más guapo qué nunca y Gon no sabía por qué un par de zarcillos negros y una barra metálica atravesando la ceja de su mejor amigo le parecían tan atractivos.
Pero ese solo había sido el comienzo.
Aproximadamente tres meses después, volvieron a otro sitio de modificaciones corporales. En la ciudad de Baehza, Killua decidió cuál otro piercing agregaría a su colección de perforaciones.
Gon se mantuvo sentado en una esquina del amplio estudio, intentando contemplar los cuadros en las paredes o los tatuajes en ambos brazos del muchacho que estaba atendiendo a Killua, pero era imposible, sus ojos seguían volviendo a eso. La aguja. Si a Killua le dolió ser perforado, no lo demostró. Pero de tan solo pensarlo Gon sintió escalofríos.
El resultado fue impactante e increíble; una joya que atravesaba la mitad del músculo de la lengua de Killua. Sí, la lengua. Al terminar, Killua vio con un espejo de mano e hizo muecas desde distintos ángulos, apreciando el resultado. Y Gon quedó hipnotizado. Nunca pensé que...
Nunca pensé que Killua podría verse tan sexy.
Gon sacudió la cabeza para deshacerse de aquel pensamiento intrusivo. ¿Qué rayos?, se dijo a sí mismo.
—¿Qué opinas? Te queda como si estuviera hecho a la medida —El perforador no tardo en adularlo, admirando su trabajo con una sonrisa orgullosa—. No a todos les queda tan bien desde el primer momento.
Killua rodó los ojos y se reclinó en su asiento.
—Está bien, me gusta. Es justo lo que quería.
—¿No te duele mucho al hablar? —el perforador alzó una ceja.
—Nah —Killua se encogió de hombros, y se giró de inmediato para ver a Gon—. ¿Qué hay de ti? ¿Qué opinas?
Gon no pensaba decir nada, pero los ojos azules de Killua capturaron a los suyos; el lápiz negro y el rímel profundizaba el color de su mirada de una forma que le arrebató el aire a Gon.
-¿Oh?
— ¿Qué piensas? —repitió Killua y en un gesto entre juguetón y vulgar, volvió a sacar la lengua para exhibirla ante Gon. Él, ante cualquier pronóstico, se sonrojó hasta las orejas—. ¿Me queda tan bien como él dice?
—Sí, bueno, claro que sí —Gon titubeó. Apenas estaba vestido con una camiseta sin mangas y unos pantalones cortos, pero empezó a sentir muchísimo calor, y una gota de sudor se formó en su sien—. Todo te queda bien, ese es tu don, eh, sí… luces muy bien, Killua.
Killua le sonó, suave, y abandonó el espejo en la mesita de al lado. No dijo nada, pero Gon supo que su cumplido había sido gratamente recibido.
Salieron del estudio y se dirigieron al bar más cercano a jugar billar y tomar cerveza. Y aunque Killua detestaba el alcohol, pues sabe mal y no le hace ningún tipo de efecto, estaba eufórico. Y cada vez que se reía a carcajadas por las bromas de Gon, la pequeña argolla brillaba bajo las cálidas luces del bar.
Salieron del estudio y se dirigieron al bar más cercano para jugar al billar y tomar cervezas. Aunque Killua detestaba el alcohol por su terrible sabor y por su incapacidad para emborracharse, estaba eufórico. Y cada vez que se reía a carcajadas con las bromas de Gon, la pequeña argolla brillaba bajo las cálidas luces del bar.
Ese fue el inicio oficial del descenso a la locura de Gon.
Poco a poco, los piercings de Killua empezaron a ocupar espacio en su mente en forma de ideas y pensamientos extraños que desconcertaron y, en realidad, asustaron a Gon. Eran unos simples accesorios, ¿entonces por qué…? ¿ Por qué Gon no podía dejar de pensar en lo bien que Killua se veía con ellos?
No es que fuera una sorpresa para él que Killua fuera atractivo. ¡Killua siempre había sido lindo! Pero ahora era diferente.
Cada vez que Killua le hablaba, Gon se distraía con la alegría que adornaba su lengua, el equilibrio que se producía cuando pronunciaba cada sílaba. Y era adictivo. No podía prestarle atención porque su mente se desviaba en otras cosas, ¿ Cómo se sentiría si…? Espera, eso está raro. ¿Qué?
Se distraía viendo los aretes que le colgaban de las orejas, la forma en que la barra metálica en su ceja se movía con cada expresión que hacía, entre tantas cosas. Y no entendía porqué. Este cambio de look en Killua no debería afectarle para nada, pero había hecho que la convivencia entre ellos se hiciera difícil y Gon nunca habría imaginado que eso fuera posible. ¿Qué significaba todo esto? ¡A él no le gustaba Killua de esa forma!
—¿Estás bien? —Killua llegó a cuestionarlo.
Ocurrió mientras estaban tomando helado. Killua sostenía una paleta en su mano y Gon una tina de helado de vainilla en la suya. Estaban sentados en una mesa, a las afueras de la heladería.
—¿A qué te refieres? —Se estremeció de golpe, le cayó helado sobre la camiseta—. ¡Uy!
—Te vi distraído, pensé que tenías algo que decirme —Killua arqueó una ceja, con un destello de diversión en sus iris azules.
Pero Gon negó con la cabeza rotundamente, tal vez más brusco de lo que debería. No, no tenía nada que decirle a Killua. Todo estaba bien. Todo estaba normal.
Era la tercera vez esta semana que Killua le preguntaba si tenía " algo que decirle ", con esa mirada entre esperanzada y cautelosa. Y la respuesta de Gon había sido la misma en las tres oportunidades: no. En serio, no había nada que valiera la pena mencionar.
Bueno, sí. Le estaba mirando la lengua. ¡Pero no le iba a confesar eso! Sería vergonzoso hasta para él.
—Nada en particular —Gon se rascó la nuca.
Killua se encogió de hombros y siguió lamiendo su paleta, su lengua realizaba movimientos suaves, deslizándose desde la base de la paleta hasta la punta. Sus labios envolvieron la punta del helado y absorbieron. Parecía una broma de mal gusto, no porque fuese desagradable, sino porque Gon no sabía cómo disimular lo mucho que le afectaba: su pierna temblaba debajo de la mesa y la piel en sus mejillas ardía.
— ¿Tú no tienes nada que decirme? —Gon forzó una sonrisa.
Killua mantuvo su mirada por un momento, y luego, sin ningún motivo, le clavó un mordisco a la paleta. Frunció el ceño mientras se tragaba la mitad del helado del golpe, como si nada, y Gon se estremeció de miedo.
—Más o menos. —Killua se relamió los labios— ¿Quieres oír un chisme que me contó Alluka? En su clase encontraron al profesor de Historia teniendo una aventura con el Decano.
—Soy todo oídos —Gon contuvo un suspiro de alivio.
Escenarios así se volvieron recurrentes. Gon miraba fijamente a Killua o permanecía en silencio durante mucho tiempo, Killua le preguntaba, y él lo negaba todo. El contexto cambiaba; las excusas de Gon, la forma en que Killua lo cuestionaba. Pero todo se debía a una sola cosa: Killua lo estaba volviendo loco.
Aunque siempre le había parecido atractivo, nunca antes había pensado en él de esa forma. ¿Se estaba enamorando de Killua?
¡Eso no tenía sentido! Unos piercings no deben detonar en él sentimientos tan abrumadores. Si en realidad le gustara Killua, debería ser desde hace mucho antes.
Killua siempre había estado ahí para él. Era comprensivo, gracioso, inteligente y protector. Desde que eran niños, Killua lo había ayudado a conseguir todos sus objetivos. Sin él, nunca habría encontrado a su padre ni habría sobrevivido a la pelea con Pitou. Era su compañero de aventuras, pero también su mejor amigo y su compañero de vida.
O al menos eso es lo que Gon quería. Imaginaba a Killua estando a su lado para siempre, viajando, entrenando, trabajando y divirtiéndose juntos.
Con él, cualquier amenaza era pequeña, cualquier obstáculo era insignificante. Killua tenía la capacidad de impulsarlo, de hacerlo sentir invencible. No es que Gon fuera el más fuerte, el más inteligente o el más capacitado; Pero con Killua, se sintió así. Y en cambio, Gon también quería estar ahí para él, quería impulsarlo y apoyarlo siempre. Para eso estaban los amigos.
Una vida sin Killua no tendría sentido, nadie jamás podría compararse con él. Necesitó perderlo para así mismo, en ese entonces era muy inmaduro, seguía siendo un niño. Pero ahora, había aprendido la lección: No solo quería a Killua, lo amaba.
Pero, ¿de esa forma…? Gon no se lo había cuestionado antes. Teniendo casi veinte años, había tenido pocos intereses románticos. Claro, tenía experiencia teniendo citas. Pero nunca había tenido un noviazgo. Y no consideraba haberse enamorado alguna vez. Había tenido citas con mujeres, sabía cómo ser caballeroso con ellas, las había hecho buenos pasar momentos, pero nada de eso lo había hecho sentir mariposas en el estómago. Todas esas citas habían sido meh , en realidad.
En comparación, cualquier día con Killua era mil veces más emocionante e intenso que cualquiera de las citas que había tenido.
Y, aún con todo eso, Gon no sabía qué pensar.
Durante los siguientes meses, se concentró en pasar desapercibido y no hacerle caso a esos pensamientos extraños que lo atormentaban, así como tampoco hablar del tema con Killua.
Si hablaba del tema con él, corría el riesgo de arruinar la confianza que habían reconstruido estos años con tanto esmero. No quería incomodar a Killua de ninguna manera. Lo más sensato era actuar normal e ignorar cualquier deseo no correspondido.
Miró a Killua maquillarse cada mañana, peinarse y secarse el cabello, aplicó bálsamo labial y usar prendas llamativas que se ajustaban a su cuerpo como si estuvieran hechas a la medida. Sin reaccionar. Sin actuar raro. Aunque, en el fondo, su corazón se aceleró en cada ocasión.
Y tal vez era mala suerte, o tal vez Gon se hizo más consciente de sí mismo y de Killua, pero no solo fue su aspecto físico el que cambió. También sus actitudes.
—¡Ataque sorpresa! —No era bueno para su salud mental que Killua insistiera en tener combates "amistosos" de la nada. Se le lanzaba encima o lo atacaba por atrás hasta que los dos terminaban rodando por el suelo.
—¡Joder, Killua!
Killua siempre había sido juguetón, pero estos últimos meses Gon no se había sentido con ánimos para seguirle el juego. No porque no le gustara, sino porque corría el riesgo de que le gustara demasiado. Tener a Killua encima suyo, sintiendo sus manos recorrer su cuerpo y provocándole cosquillas en sus partes blandas, era muy peligroso. Más aún cuando Killua le sonreía y le guiñaba el ojo de esa forma que lo dejaba sin aliento.
—¿Me dejarías ganarte tan fácil? Ni siquiera estás poniendo resistencia, Gon, qué aburrido.
—En serio, Killua, no estoy de ánimos para jugar contigo…
El mínimo roce entre sus cuerpos y a Gon le urgía ir al baño. No había forma de disimularlo.
Unos meses después del piercing en la lengua, Killua se mantuvo en silencio con respecto a sus planos malévolos. Gon pareció que, tal vez, ya estaba satisfecho con su cambio de look.
Pero Killua era impredecible y nuevamente Gon se había equivocado.
Cuando apenas se había acostumbrado al pecaminoso piercing en su lengua ya las atractivas perforaciones en sus orejas, Gon se encontró cara a cara con otro.
Alquilaron un penthouse en York New. Faltaban un par de días para que comenzara la semana de subastas en el centro de la ciudad y Gon y Killua habían planeado asistir. No es que tuvieran nada en mente. Pero la última vez, hace casi diez años, no lo habían disfrutado. Además, era el mejor momento para encontrar trabajos bien pagados.
El fin de semana había pasado sin pena ni gloria, habían pedido un delivery de hamburguesas para cenar mientras veían la televisión y ya.
Gon estaba acostado en su cama individual, con los brazos detrás de la nuca, viendo una película en uno de los pocos canales que no era un canal porno. Killua estaba en la ducha. Cuando salió, las bisagras de la puerta rechinaron y Gon giró su cabeza hacia el sonido instintivamente, captando con la mirada a su mejor amigo.
Su torso estaba en exhibición y lo único que lo cubría era la toalla que tenía enrollada alrededor de la cintura. El agua escurría de su cabello y gotas diminutas se posaban sobre sus hombros y pecho. Sus músculos cincelados, su figura delgada, el brillo espectral que emanaba de su piel pálida, todo eso distrajo a Gon. Pero no lo suficiente para no darse cuenta de eso.
Killua se paseó por la habitación mientras se estiraba como un gato perezoso.
Gon se quedó en shock al percatarse. No había sido su intención verlo, pero fue inevitable. En medio del pecho de Killua había…
—¿Qué carajos…?
La palabrota llamó la atención de Killua. Gon no acostumbraba decir groserias, pero no hubo otra forma de expresar su conmoción, intentó retractarse pero Killua ya le había devuelto la mirada, con los ojos bien abiertos. Ambos se miraron por varios segundos. Y Gon tuvo un cortocircuito. ¡ Killua tenía piercings en los pezones!
Dos barras diminutas atravesaban las protuberancias rosas del pecho de Killua, de forma horizontal, con un dije con forma de corazón en cada uno. Resaltaban en su piel pálida. Evidentemente resaltaban.
A Gon se le cortó la respiración. Lo primero que pensó fue en lo caliente que se veían. Los miró fijamente, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua, de seguro viéndose como un imbécil.
—¿Qué ocurre? —Killua se mostró divertido—, ¿Es por estos? Me los hice el mes pasado, aún se están curando.
Killua se acercó varios pasos a la cama de Gon. Gon quiso echarse para atrás, sintió un cosquilleo en su nuca y un extraño nudo en su estómago.
—Wow… eh, bueno, no lo sabía —Gon se rascó la nuca—. Te quedan bien —dijo, pero no sonó seguro.
¡Estaba seguro! Pero no sabía si estaba bien decirlo en voz alta. Se le ocurrirían muchas cosas qué decir, pero ninguna era apropiada. No quería ser un bicho raro. Había logrado sobrevivir hasta ahora, sin hacer evidente su atracción, pero si Killua se acercaba a él estando semidesnudo, húmedo, exhibiendo un par de argollas en sus pezones rosados… Gon podría cometer una locura.
Apartó la mirada de golpe, tratando de mantener la calma. Un calor poco familiar se coló en sus mejillas. No solía sonrojarse, tampoco ponerse nervioso. Pero Killua provocaba efectos únicos en él.
—¿Qué? ¿No te gustan? —Killua cuestionó, chasqueando la lengua—. No pensé que sería tan fácil de asquear, Gon.
Su tono de voz era más serio de lo que debería. Gon se mordió la lengua. No, no le daban asco, al contrario… el pensamiento quedó inconcluso, pero era obvio. Siempre había sido un imbécil imprudente que no pensaba en los límites o deseos de Killua, y no iba a volver a repetir ese error, no sobrepasaría sus límites diciendo algo extraño y arruinándolo todo en el proceso. No se suponía que se sintiera así con su mejor amigo.
—No es eso. Nada en Killua podría producirme asco.
—Mmmh, ¿entonces? —Killua arqueó una ceja.
—Bueno es que, se ve… —Gon tomó una pausa— doloroso.
-Oh.
—No sé, se ven raros, es todo. —Gon balbuceó lo primero que se le ocurrió, desesperado por formular una oración coherente. Disimular no era lo suyo. Y su impulsividad no ayudaba.
—O sea, no te gustan.
—Bueno, depende… quiero decir, jamás me pondría unos así en los míos —Gon señaló su pecho, soltando una risa quejumbrosa—. Pero están… están bien, supongo, sí.
—Claro… yo pensé, no sé, que podrían ser sexys —Killua se encogió de hombros, con el ceño fruncido.
—Bueno, tal vez, para alguien con gustos… exóticos. —Gon tosió.
Gon era el de los gustos exóticos. Killua se veía jodidamente sexy, Gon no podría quitarse esa imagen de la cabeza por las próximas semanas, la idea de poder sentirlos en su boca… ¡No! Esperan, eso es degenerado. Estaba a punto de echar humo por las orejas.
La sonrisa de Killua se marchó y Gon supo que se había equivocado.
Sí, se veía sexy, pero Killua no necesitaba saberlo. ¿Qué importaba lo que dijera Gon? ¿ ¡Por qué le hacía esa clase de preguntas!? Se sintió como una prueba…
Killua detuvo sus movimientos y retrocedió. Gon lo siguió por el rabillo del ojo. El espacio entre ellos se hizo denso. Pensó que Killua iba a molestarlo otro rato o algo así, pero simplemente huyó.
—Iré a secarme el pelo —murmuró.
Se subió la toalla hasta cubrirse el pecho, antes de encerrarse en el baño y cerrar la puerta con un portazo. Dejó a Gon nervioso, con la boca abierta, y algo no dicho en la punta de la lengua.
—Pero…
Después de ese descubrimiento, seguido por esa extraña interacción, algo en el ambiente cambió. Era raro de describir. Pero fue notorio. Gon se percató de inmediato.
Killua dejó de hablar de sus piercings en las conversaciones y también dejó de hacer chistes al respecto. Tampoco volvió a mencionar el tema de sus pezones. Gon no sabía si alegrarse o preocuparse: por un lado, evitar el tema era una buena forma de sobrellevar sus sentimientos encontrados, que seguían siendo muy intensos, pero el silencio de Killua era extraño.
No es que no hablaran, seguían hablando todos los días, riendo y charlando durante horas. Pero ciertos temas de conversación que se habían vuelto habituales murieron.
A Killua le encantaba hablar de sus piercings. Al igual que de las mechas de su pelo. O sobre moda, en general. Siempre tuve algo que decir. Y Gon siempre estaba dispuesto a escucharlo, aunque no entendiera nada de lo que Killua le comentaba.
Pero tras ese suceso, Killua fingó demencia absoluta, de repente, ya no hubo más planos sobre modificaciones corporales. O al menos, no hay aviones donde Gon estuviera involucrado.
¿Tan horrible había sido su equivocación? Dijo una idiotez, claro, ¡ Pero fue tan mala !? No lo entiendo.
¿Qué quería Killua que yo dijera?, ¿acaso esperaba una reacción diferente de mí? , Gon pensaba. Pero le daba miedo preguntarle a Killua. Pero no sabía cómo seguir subsistiendo entre tanta tensión. Pocas veces entre Killua y él había existido tanto suspenso, como si un muro se hubiera alzado entre ellos.
Cuando iban a restaurantes a comer, o a cafeterías a desayunar, Gon seguía perdiéndose en la belleza de Killua. La forma en que su boca se movía al hablar, como pequeños hoyuelos se marcaban en sus mejillas al sonreír, los mechones de su flequillo que siempre intentaba acomodar sin éxito, las nuevas joyas que usaba en sus perforaciones. Killua seguía distrayéndolo. Pero en vez de cuestionarlo, Killua apartaba la mirada, fruncía el ceño y guardaba silencio.
Por mucho, era más incómodo que cuando trataban de sacar información: " ¿Qué pasa? ¿Tengo algo en la cara?", prefería sus preguntas, incluso cuando a veces eran un tanto invasivas. " Toma una foto, te va a durar más".
Gon hizo un esfuerzo para arreglar las cosas.
—Me gustan tus nuevos zarcillos —Gon le halagó, mientras merendaban en un café de gatos.
Una decena de felinos regordetes y peludos los rodeaban, dentro del local lo único que se oía eran sus ocasionales maullidos y el zumbido provenientes de la enorme máquina de expreso detrás del mostrador. En el aire se olían los granos de café recién molidos y la canela espolvoreada sobre los postres de hojaldre.
Era un ambiente acogedor. Estaban sentados en una mesa apartada al fondo.
—Uh, gracias —Él bajo la mirada, concentrándose en sus panqueques cubiertos de chocolate y crema batida. Gon no pudo evitar arrugar la cara ante tanta azúcar.
—Hablo en serio, son muy lindos —Gon insistió, buscando una reacción propia de Killua. ¿Estaba evadiendo el contacto visual? ¿Por qué Killua no quería mirarlo? A Gon le costaba entender—, me gusta… eh… bueno, la forma.
—Sí, son redondos —Killua dijo con obviedad.
—También me gusta el brillo que tienen.
Killua le dedicó una mirada inquisitiva, de arriba a abajo, con una ceja arqueada y la boca tensa en una mueca que rozó el asco. Gon forzó una sonrisa.
—Bueno, si tú dices… —Killua siguió con su plato de panqueques, enterrando el tenedor en uno de sus panqueques con más fuerza de la necesaria.
Interacciones así de extrañas y tensas se incorporan a la rutina que antes había sido pacífica. Las conversaciones matutinas, esas que mantenían mientras desayunaban o al despertarse, y que empezaban con un " Buenos días " y acababan con una broma, se vieron perturbadas por miradas gélidas y saludos forzados. Sus demás conversaciones también se vieron afectadas. No era algo recurrente, sino esporádico, pero con la frecuencia adecuada para resultar molesto.
Si Gon creía que se estaba volviendo loco, que se había vuelto loco, ahora estaba cerca de tocar fondo. Tirarse de un puente nunca antes había sonado tan bien.
Quería arreglar las cosas con Killua. Aunque no sabía qué había arruinado, no comprendía por qué su imprudencia había logrado incomodar tanto a su mejor amigo. Expresar un supuesto desagrado hacia sus piercings le había ofendido, de acuerdo, ¿ Pero por qué? Gon seguía sin entender qué debía hacer para corregir su error.
No quería incomodar a Killua con la verdad; su fuerte atracción, su deseo, toda esta frustración sexual que venía cargando.
Pero tampoco quería incomodarlo, pues parecía que así era, con la mentira; fingir indiferencia, incluso rechazo, para disimular sus verdaderos deseos.
Estaba entre la espada y la pared. ¿Cómo podía llegar al punto medio?
La verdad, es que Gon solo quería que Killua fuera feliz, solo quería a su mejor amigo. No pedía nada más. Ya no le importaba si tenía que sufrir por el resto de su vida con estos sentimientos no correspondidos, no le interesaba tener que reprimir sus impulsos y regular sus miradas más incriminatorias. Aprendería a sobrevivir a la belleza de Killua. Haría lo que fuera. ¡No quería seguir así!
La tensión se expandió durante semana y media, hasta que Gon ya no pudo soportarlo.
Seguían en York New. Las subastas ya habían finalizado. En menos de siete días se irían de la ciudad, poco se acabaría el contrato del arriendo. Mientras tanto, se pasaban sus días trabajando, entrenando, o subsistiendo dentro de la espesa nube de tensión entre ambos.
Era casi medianoche. La tele estaba apagada, las luces estaban apagadas, la luz de la luna se filtraba por la entrada del balcón, apenas iluminando el cuarto que compartían Gon y Killua. En teoría, dormían. Cada uno en su cama individual, dándose las espaldas mutuamente.
Pero era mentira. Gon no había podido conciliar el sueño, había estado tratando de darle sentido a todos sus pensamientos. Estás semanas habían sido complicadas. A él no le gustaba carcomerse la cabeza reflexionando, pero aquí estaba. Killua tampoco dormía. Gon podía oír su respiración pausada, contenida, muy diferente al ritmo suave que mantenía al dormir profundamente.
Reuniendo fuerza de voluntad, Gon se sentó en su cama. Buscó con los ojos la silueta de Killua, envuelta en las sábanas de su cama, y se aclaró la garganta antes de hablar.
—Oye, Killua.
Con la espalda encorvada, Gon presionó el borde de su edredón entre sus puños.
—Killua.
—¿Qué pasa, Gon?
—¿Podemos hablar?
—Ya estás hablando —espetó él.
—Si, bueno, de un tema en particular —Gon insistió.
—Bueno, habla.
Gon se relamió los labios. Sus ojos oscilaron entre la figura de Killua y el techo de la habitación. Gon no tenía claro lo que quería decirle, y no se debía a la espesa oscuridad dentro de la habitación, se debía a sus propias inseguridades. Sus nudillos se pusieron blancos por la fuerza con la que apretaba el edredón.
—Es que… te he notado incómodo —Gon intentó distinguir algo en el lenguaje corporal de Killua, pero siendo una sombra en medio de la penumbra, apenas distinguió su silueta—. Sé que todo es por esa conversación que tuvimos de tus piercings en los pezones, ¿De acuerdo? No soy tan estúpido, me di cuenta. Pero no lo entiendo.
Los resorts de la otra cama chirriaron, Killua se eliminó. Gon guardo silencio. Y Killua de repente se dio vuelta, sin levantarse, le dirigió una mirada a Gon. Pero no supo descifrar lo que los ojos azules trataron de decirle.
—No sé por qué estás tan molesto… pero me arrepiento, quería disculparme. No me gusta que estemos así.
—No te preocupes por eso, Gon, no es tu culpa —Killua habló en voz baja—, es mía. Dijiste algo y… bueno, me lo tomé a pecho. Pero no deberías sentirte mal. He estado un poco estresado… yo debería disculparme, no es justo que me esté desquitando contigo.
—Oh —Gon abrió la boca— ¿de verdad…?
La duda se hizo presente en el silencio que prosiguió, tan denso como la misma oscuridad. Una semilla de duda germinó en Gon al oír el tono vacilante de Killua.
—Bueno, sí. Supongo que sí.
Gon no podía fiarse. Lo conocía, faltaba algo. Una pieza vital de información se le estaba siendo privada. Killua solo estaba tratando de desviar el tema usando pretextos estúpidos, puede que estuviera estresado, sí, pero podría ser por el mismísimo Gon. No es justo que se esté desquitando, no, pero tal vez quería hacerlo. Y Gon necesitaba saber por qué.
—No te creo —le dijo.
—¿Disculpa?
—Que no te creo —Gon se enderezó, se giró para arrastrarse hasta el borde de la cama, sentándose—. No me dices que estás algo. Me lo estás ocultando.
—¿De qué carajos hablas?
—Hay algo que te estás guardando, en realidad, tú esperabas que yo dijera algo. ¿No es así? ? ¿Es eso? —Gon lo cuestionó.
—¿Estás demente? ¿Por qué crees que yo esperaría algo de ti?
Gon frunció el ceño. Las palabras se hundieron como un puñal en su pecho, pero ignoró el dolor y mantuvo la calma.
—Porque siempre lo haces… —Gon dijo, sin entender las implicaciones de sus propias palabras.
Killua siempre esperó que dijera algo. ¿Killua siempre esperó que dijera algo? Gon guardó silencio y reflexionó por un momento. Desde hacía meses, cada vez que Killua probaba un nuevo atiendo, se retocaba las mechas en el pelo, se cortaba el flequillo o se hacía un piercing, siempre miraba a Gon. Siempre buscaba algo. Una respuesta, una broma, un cumplido.
—¿Siempre hago qué?
Killua sonó tajante. Y Gon recordó cada ocasión en que Killua le preguntó si se veía bien, o si le parecía mejor otra opción. ¿ Era una interacción normal entre amigos? ¿O en realidad Killua buscaba validación suya?
—Siempre… —Gon dudó y Killua se movieron en la oscuridad.
Killua se reincorporó en la cama, con los hombros tensos y su postura casi a la defensiva, como un gato a punto de pelear. ¿Y si en realidad Killua sí quería su aprobación? ¿¡Por eso se enojó cuando Gon fingio que no le gustaron sus piercings en los pezones!? ¡Pero sí le gustaron!
Entonces…
—Siempre estás buscando una reacción mía —Gon dijo con más firmeza.
Por la oscuridad no pudo distinguir los matices de su expresión, pero la amargura se hizo notar en su profundo ceño fruncido y en sus dientes apretados. Este era el momento donde Killua le insultaría, donde le gritaría que era un idiota egocéntrico, y puede que no se equivocara, pero Gon estaba decidido a llegar al fondo del asunto.
—¡Qué rayos pasan contigo!? ¡E-eso no es verdad…! —Killua agitó sus manos en el aire al hablar—. ¿Crees que…? ¿Crees que espero que me halagues? ¿ Que me deseas? eso es ridículo.
Te deseo más que nada , Gon tenía la boca seca. Miró el piso, miró el techo, miró a Killua de nuevo. Una sensación paralizante se extiende por sus extremidades, afectando la motricidad de sus manos, que se cierran en puños. Te deseo más que nada, repitió, asustado por las consecuencias de decirlo en voz alta.
Te deseo. Me deseas. ¿Me deseas?
Era la única explicación. De no ser así ¿por qué Killua se había decepcionado tanto en aquella ocasión? ¿Entonces, por qué siempre se aseguraba de que Gon no tendría nada que decirle? ¿Por qué sus ojos brillaban con esperanza por un segundo, para al otro apagarse? ¿Por qué se le acercaba para luego evadirlo con recelo?
Fue como si, en medio de la oscuridad de la habitación, se hubiera revelado ante sus ojos una verdad prohibida. Abrió los ojos. No se había detenido a pensar en las implicaciones de eso, en lo que Killua demostraba con su actitud coqueta y juguetona, lo que ocultaba detrás de su máscara de cinismo: una necesidad por validación.
No había pensado en ello, al igual que ignoraba la naturaleza de sus propios sentimientos. ¡Había ignorado las señales de Killua!
Killua no buscaba la aprobación de nadie más, solo la de Gon.
Cada vez que alguien le lanzaba piropos, elogiaba su estilo, su cabello, su ropa, su maquillaje; cada rechazo que seguía a esos encuentros, cada expresión indiferente que mostraba Killua. Como si no le importara. Claro, cuando Palm, Ikalgo y Alluka lo felicitaron por su cambio de look, él les devolvió la sonrisa. Pero no fue nada significativo. No en comparación con cómo se comportaba con Gon.
Curioso, atento, insistente, tímido, vulgar. Todo en uno solo. En distintos contextos, por diferentes razones y en de diversas formas, pero con un mismo objetivo.
" ¿Qué tal me queda este chaleco?", "¿Seguro que no me veo ridículo?", "¿Me queda tan bien como él dice?", "pensé que tenías algo que decirme", "¿Qué ocurre? ¿Te distraigo?". Tantas ocasiones en las que Gon siempre había fingido demencia. ¿Y cuál había sido el punto? No fueron nada más que pruebas.
—¿Y si así fuera?
— ¿Qué cosa? —Killua gruñó.
—¿Y si te deseo? —Gon lo confrontó, tan directo como siempre, tratando de mantener su voz lo más firme posible.
Como siempre, él perdió la habla, anonadado ante el descaro de Gon. Deseó haber podido ver su expresión, pero sabía que no sería nada nuevo; mejillas sonrojadas, ojos salidos de sus órbitas, boquiabierto, con esa tensión en el rostro como si estuviera a punto de salir corriendo. Gon lo sabía. Conocía a Killua.
—Porque… bueno, te deseo —Gon se tragó su miedo.
El verbo " desear " no podía expresar con la suficiente precisión todo lo que Killua evocaba en él, pero se acercaba lo suficiente.
—No es que siempre lo haya sabido, pero ahora me doy cuenta. Y la verdad… es que no sé como disimularlo. Me vuelves loco, Killua.
Gon suspiro. No pudo ver la expresión de Killua, quien se resguardó en la oscuridad. Y los ojos de Gon eran buenos. Pero, al igual que antes, no lo suficientemente buenos para verlo.
—Ese día dije que tus piercings eran raros, pero fue para no levantar sospechas. Porque me tientan mucho. Son sexys y yo… ¡Uf, perdóname! ¡ Esto es extraño ! ¡No quiero que pienses que soy un pervertido!
Gon sacudió la cabeza, sintiéndose agotado y frustrado a partes iguales. ¡No es que Killua solo fuera sexy! Lo era, pero no era lo único. Le gustaba Killua porque Killua era Killua: el hombre más fuerte, inteligente, gracioso y cautivador que había conocido nunca.
¿Por qué era tan complicado ponerlo en palabras? ¿Desde cuándo hablar era complicado para él? ¡ Era Gon Freecss!
—¡Es que me gustas mucho! ¡Y no puedo fingir que no! ¡Ya no quiero fingir!, pensé que era lo mejor, como el idiota que soy, pero ahora sé que era la peor opción. ¡Sientes lo mismo que yo! —Gon exclamó, con la sangre fluyendo por sus venas a una velocidad arrolladora, burbujeando de emoción—. ¿No es así…? porque… tú… ¿soy un idiota?
Sentado en el borde de la cama, se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, para enterrar sus dedos entre su cabellera áspera e inhalar una bocanada de aire. No se había sentido así de estúpido en mucho tiempo.
No quería ser un imbécil egoísta, no quería imponerle a Killua sus deseos y perversiones. ¡No quería ser un pervertido!
—Bueno, negarlo sería mentir.
La voz de Killua lo espantó. Gon se enderezó de golpe, con la piel erizada.
—¿¡Eh!?
—Quiero decir, eres un idiota —la silueta de Killua se movió en la oscuridad, se alejó de su cama—, pero no eres un idiota específicamente por esto… me refiero a, n-no te equivocas.
Gon parpadeó varias veces, enfocó su vista en Killua, y solo en Killua, quien se acercó varios pasos hasta cruzar la habitación. La oscuridad alrededor de su rostro se apaciguó, revelando cejas tensas, labios temblorosos y un bonito sonrojo que le subía hasta las orejas. Jugaba con sus dedos, tenía los hombros tensos. Y se veía lindo.
—En realidad… —Killua se aclaró la garganta—, no lo hice todo por atención pero, sí… sí me gustaban tus reacciones, me gustan. Y bueno, sí, puede ser, a veces me esforcé más de la cuenta para que me miraras.
Gon abrió y cerró la boca, parpadeó, miró a los lados y casi se señala a sí mismo con un dedo. ¿Qué? ¿Killua estaba hablándole a él? Su corazón se aceleró y Gon estuvo a punto de explotar de la emoción.
—¡Siempre te he mirado!
—¡Déjame terminar, tonto! —Killua refunfuñó, con un sonrojo aún más escandaloso formándose en sus mejillas—. Iba a decir que, también me gustas.
Y Gon no pudo interrumpir a Killua tras esa declaración, incluso si hubiera querido.
Una vez más, se quedó sin palabras.
—Pensé que yo no te gustaba, entonces intenté llamar tu atención… cuando me corté el cabello, me sentí bien con la forma en que me miraste y… yo soy el idiota, ¿Vale?
Killua se cruzó de brazos, apartando la mirada.
—No eres el idiota, yo soy el idiota.
—Puede que ambos seamos idiotas.
Gon neg con la cabeza, palpó el sitio a su lado y llamó a Killua, quien se acercó a regañadientes.
Gon contuvo una risa, no una exuberante como una carcajada, sino una pequeña. Casi inocente. Su brazo, sin él quererlo, envolvió los hombros de Killua y lo acercó a su costado, hasta que la cabeza del albino estuvo en su hombro. Killua sí se rio, con más ironía que otra cosa.
—Para tu información, creo que tus piercings en los pezones son muy sexys.
—¡Gon! —Killua le clavó un codazo en las costillas, espantado—, ¡No digas esas cosas tan a la ligera!
—¿No es lo que querías escuchar? Es la verdad. La primera que los ví, casi tuve una erección.
Killua se giró a verlo, con los ojos desorbitados y la boca abierta, como si en vez de mirar a su mejor amigo de toda la infancia estuviera viendo un espectro. Gon no pudo contener la risa ni un segundo más.
—¡Tu cara…! —Gon se dobló de la risa.
—¡¿Cómo esperas que reaccione!? ¡Qué carajos!
—No lo sé, pensé que nos estábamos sincerando.
Killua negó repetidas veces con la cabeza, en un solo segundo, como si se le fuera a desarmar y despegar del cuello. A Gon le dolio el estomago de tanto reír.
—¡S-sí, pero no tienes qué decir esas ridiculeces! ¿¡No te da vergüenza!?
—Killua…
Gon secó la humedad de los ojos con el dorso de la mano, al descender el volumen de sus carcajadas.
—M-me vas a matar, joder.
Killua trató de apartarlo con un empujón, uno sin ganas. Gon lo agarró con más firmeza, sin dejar que huya, acercándolo para girar su rostro y mirarlo a los ojos. Con una mano en su nuca, Killua tenía el ceño fruncido y la boca apretada en una línea recta que se forzaba a sí misma a no convertirse en una sonrisa.
—Killua.
Gon esbozó una sonrisa suave, casi somnolienta. Estaba drogado en sus propias hormonas, la serotonina, la dopamina, todo lo que Killua le producía estaba arremolinado en su estómago; contrario al nudo anterior que le arrebataba el aire.
—¿Qué?
Killua pestañeó, lento, abriendo más los ojos para ver a Gon con más atención. No por la oscuridad, por algo más.
—Te amo.
El puchero de Killua se desinfló. Cualquier gesto de vergüenza o de enojo mal accionado se deshizo, tan fácil como vino se fue, revelando iris de un azul oscuro que brillaban en la penumbra de la noche y unos labios que, se entreabrieron, tras suspiro que había estado conteniendo desde hace mucho. Killua se mantuvo quieto, asimilando la información.
—Te amo —Gon repitió, porque Killua necesitaba saberlo; Tuvo que decírselo hace mucho tiempo, pero era mejor tarde que nunca.
Antes de responder con palabras, Killua lo besó.
Lo tomó del rostro con ambas manos y presionó sus bocas, la sensación fue agradable desde el inicio. Todo en Gon se encendió como si él fuera un cerillo, y Killua la chispa. Fue fácil que sus manos acercaran a Killua, que lo tomaran de la cintura y lo atrajeran a él, como si necesitaran tenerlo cerca. Los labios de Killua eran tiernos, suaves, jugosos, le recordaban a un melocotón, tal vez a una manzana. Quiso morderlos, quiso beber de él. Y Killua también, su desesperación se hizo obvia gracias a sus gemidos y su adorable forma de agarrar a Gon del cabello, enterrando sus uñas entre las hebras oscuras. Si a alguno le faltó el aire, no lo dijo.
Aquel piercing en la lengua de Killua, ese que había hecho a Gon soñar despierto y fantasear con cosas absolutamente indebidas, se deslizó sobre su lengua, como si aún se burlara de él. Justo cómo se había imaginado, le hizo cosquillas, pero se sintió tan bien. Tan bien que Gon jadeó en medio del beso, sin poder creer la magnitud de lo que ocurriría. ¡Estaba besando a Killua! ¡En serio!
La adrenalina se disparó en su sangre ante ese pensamiento.
Gon tomó a Killua de las caderas y se lo montó encima, justo sobre su regazo. Killua se desparramó sobre él como si ese fuera de su trono, como si perteneciera allí. Las manos de Gon serpentearon por sus muslos, se subieron por su cintura y su pecho. Lo tocaba con una mezcla de cuidado y desespero, sin poder controlar el temblor de sus manos ni la velocidad con la que sus dedos se escabulleron debajo de su camisa.
—Yo también te amo, te amo muchísimo —Killua jadeó, buscando aire.
—Ah, ¿sí? Yo también te amo, te adoro —dejó besos en su cuello, en el filo de su mandíbula, en su barbilla y en las comisuras de sus labios.
—¡Gon…! Por favor.
—¿Qué?
—¿Estaría bien si…? —Killua se mordió el labio inferior, sin especificar a qué se refería.
Pero Gon lo sintió, una dureza entre ellos, que presionaba contra su abdomen. No es que Gon estuviera en mejor estado. Con el pelo despeinado, sudor brillando en su frente, los labios hinchados y una sonrisa boba ensánchandose en su boca.
Con toda la suavidad que pudo reunir, giró a Killua sobre su espalda, para recostarlo en la cama. Repartiendo más besos en su cuello, Killua se rio.
—Te mostraré lo mucho que te deseo, lo mucho que te amo —Gon besó a Killua hasta el hartazgo, descendiendo por sus clavículas, tomando sus manos y dejando más besos en la curva de sus delicados nudillos; sacándole más y más sonrisas—, y no lo volverás a dudar.
—Más vale así sea.
Killua le guiñó un ojo.
Gon se inclinó sobre sus labios.
