Chapter Text
Por unos segundos, mientras se acercaba el metro por las vías, el llanto del metal era todo lo que Keiji alcanzaba a escuchar. Las voces de la gente conversando a su alrededor se difuminaban hasta no entenderse nada, y el sonido de los focos de luz blanca o la leve música de alguna emisión de radio que se reproducía por las bocinas de la estación quedaban perdidos por completo.
"Al fin a casa" murmuró Keiji en voz baja, para sí mismo, cuando las luces del vagón anunciaron la llegada del metro, luego de una espera que se le hizo eterna.
Su única idea fija era irse a casa. En serio, necesitaba irse de una buena vez. Tal vez comer algo, darse un baño y tirarse de una vez en la cama para poder dormir. Todo lo demás podía esperar; la prioridad ahora era llegar a casa y dormir. Dormir para tratar de olvidar el día de mierda que había tenido.
Durante los segundos que al vagón le tomaba frenar, todo lo que se oía era el metal chirriando y levantando chispas al detenerse de manera abrupta en la estación. La gente se amontonó junto a las puertas, todos listos para pegar la carrera hacia el interior. Igual o más desesperados que Keiji por llegar a casa.
Keiji suspiró con cierto alivio al ver por una de las ventanas de la puerta que la mayoría de los asientos del vagón estaban vacíos. Era su pequeña indulgencia, una mínima cosita positiva después de otro día miserable en el trabajo.
Eran las nueve, casi diez de la noche. La hora pico ya había pasado y, aunque la gente todavía se mostraba por las calles de esa ciudad que se desvelaba mucho y madrugaba aún más, eran pocos los individuos que esperaban el metro para llegar a casa. Estudiantes somnolientos y ojerosos con mochilas inhumanamente pesadas, alguna pareja que volvía a casa después de una cita sencilla por el centro, trabajadores de las fábricas que viajaban totalmente despersonalizados para ahorrar la poca energía que les quedaba, y, claro, oficinistas explotados laboralmente, como Keiji.
El joven entró al vagón en cuanto las puertas se abrieron con su típico sonido, y se apuró a sentarse en el primer sitio libre que vio, uno que estaba justo a un lado de la puerta. Se dejó caer; su cuerpo protestó de inmediato ante la dureza del asiento de plástico, pero al mismo tiempo agradeció el descanso. Ansiaba poder irse a casa; era lo único que pensaba en ese momento. Llegar a casa y olvidarse de su jefe estúpido y sus compañeros ineptos.
El día había sido horrible, pero no era muy diferente a los demás. Llevaba tantos días seguidos teniendo días horribles que ya ni encontraba la diferencia.
El tren avanzó por las vías subterráneas con ese usual ruido de metal chillando, y Keiji se permitió hundirse en sus propios pensamientos, que en su mayoría se resumían en pendientes de la oficina, facturas por pagar e intentar recordar si aún tenía algo de comida en el refrigerador.
Para este punto, el muchacho ya había perdido la cuenta de las veces que lo obligaron a quedarse horas extra en el trabajo. Siempre era algo diferente: un expediente perdido, un informe con carácter de urgente, una orden de algún jefe de más arriba, pero el resultado era el mismo: se quedaba hasta tarde, hasta que la luz del sol se ocultaba, y volvía a casa con el tiempo justo para comer algo y descansar un par de horas.
Era cruel pensar que por las mañanas entraba a la oficina antes de que el sol saliera y no volvía a casa hasta que era de noche. Pero no tenía más opciones en ese momento. Había luchado tanto por un empleo que ahora no planeaba soltarlo por nada del mundo, aunque eso significara no ver el sol por días, como un vampiro. Huir de él.
De todos modos, su molestia no sería tanta si al menos le pagaran esas dos, tres o hasta cuatro horas extras de su vida que le daba de más a la oficina. Así, al menos podría sentir que valían algo, y las facturas de fin de mes no le provocarían un nudo en la garganta al verlas. Porque de nada le servía la "experiencia" que ganaba en la oficina cuando la renta estaba por vencerse.
Y es que el trabajo se lo estaba comiendo vivo, como un bicho que roía desde el interior en busca de dejar seco a Keiji, como un cascarón vacío. Ya no recordaba la última vez que había tenido tiempo para ir a cenar después del trabajo con sus amigos, o que había visitado a sus padres, o la última vez que hizo algo divertido el fin de semana, porque ahora sus días libres se resumían en él solo en su departamento, pudriéndose entre las cobijas de su cama como un ácaro, porque esa era la única forma en que podría recargar energía para volver el lunes a la oficina y seguir con esa rutina que lo estaba matando de a poco pero que a la vez era, irónicamente, su medio de vida.
El vagón paró en la siguiente estación; gente subió y bajó, y Keiji solo dejó salir un suspiro pesado y casi polvoso desde el fondo de sus pulmones mientras se agarraba a su mochila como si fuera una almohada.
Keiji pensó que tal vez ya estaba muerto, solo que él todavía no lo sabía, y era alguna clase de fantasma atrapado en el purgatorio, condenado a repetir esa rutina infernal como castigo por sus pecados en vida. El chico se rió para sí mismo por lo absurdo y dramático de su pensamiento. Era bueno que al menos aún pudiera reírse de algo, aunque fuera a costa de sí mismo.
Otra estación pasó y más gente bajó del vagón, pero muy poca subió esta vez. Las imágenes publicitarias y luces que decoraban la estación se emborronaban conforme el tren iba tomando más velocidad hasta perderse en la boca de un túnel, sumido en la oscuridad.
El sonido blanco constante, la vibración rítmica y la luz artificial: todo eso parecía irse sumando junto con el cansancio de Keiji, haciendo que sus ojos empezaran a pesarle. Tenía que llegar hasta la terminal del metro para poder irse a casa. Calculaba que le tomaría otros veinte minutos si el tren seguía ese mismo ritmo sin contratiempos. No era mucho tiempo, pero estaba realmente cansado. Las horas de sueño robadas de los días anteriores comenzaban a pesarle.
Se frotó los ojos con los nudillos para apartar el cansancio y acomodó su postura en el asiento, pero la pesadez era demasiada. Un bostezo salió de su boca sin permiso.
La batería de su teléfono había muerto varias horas atrás, así que Keiji se dedicó a mirar a los pasajeros a su alrededor para al menos mantenerse ocupado con algo y no caer dormido. Contándolo a él, solo siete personas iban en el vagón: una pareja que charlaba abrazada en los asientos más cercanos al de Keiji, un hombre mayor que dormitaba igual que él en otro sitio más apartado, y un grupo de tres estudiantes en el final del vagón, compartiendo una bolsa de frituras.
No había nada interesante que ver; se trataba de la misma cotidianidad de siempre. Diferentes caras y personas, pero eventos similares. Aburrido y mundano. Repetitivo. Hasta el punto en que te comienza a volver loco. Quizás en verdad este sí era el purgatorio.
El tren se detuvo en la siguiente estación. Nadie subió ni bajó, y Keiji se frotó otra vez los ojos, sintiendo los párpados increíblemente pesados junto con el conocido picor del sueño. En la mente iba repitiéndose la misma frase varias veces: "No te vayas a dormir, no te vayas a dormir, no te vayas a dormir..."
Pero incluso dentro de su cabeza, las fuerzas eran cada vez menores. Los ojos se le cerraron cuando el vagón recién se internaba otra vez en la oscuridad de los túneles. Apoyó la mitad de la mejilla contra su mochila, que era lo más parecido a una almohada que tenía en esos momentos, y no le importó estarse aplastando la cara. En segundos comenzó a dormirse, arrullado por el traqueteo del metro y el sonido de la electricidad.
Poco a poco los sonidos se iban volviendo difusos, su respiración más calma y el sueño más pesado, denso.
Un golpe se escuchó en el vidrio de la ventana detrás de Keiji, algo similar a un manotazo contra el cristal que hizo que el chico pegara un salto en su propio asiento; los lentes casi cayeron de su cara por la brusquedad del movimiento. Se giró con prisa hacia la ventana a sus espaldas, buscando por instinto el origen del ruido. No encontró en el cristal más que la oscuridad de los túneles, moviéndose en cámara rápida frente a sus ojos. El sonido del fondo de pronto cambió; las luces parpadearon de manera audible, dejando el vagón en completa oscuridad por un segundo como máximo antes de volver a la normalidad.
"Qué extraño." pensó para sí mismo. El tren iba en movimiento por las vías subterráneas. Nadie ni nada pudo haber golpeado el vidrio. Raro.
Pero Keiji, quien tenía la cabeza atestada de pendientes y trabajo, decidió no darle importancia. Quizás solo una imaginación suya. O un sueño, como esos donde sientes que caes al vacío y te despiertas agitado porque es demasiado vívido. Tal vez otro pasajero golpeó uno de los vidrios, por el motivo que fuera, y la vibración viajó hacia la ventana de Keiji, si es que eso tenía sentido. O una pobre paloma que se perdió en los túneles y chocó por accidente contra el tren en movimiento.
El chico decidió no darle más vueltas en vista de que había un buen puñado de explicaciones lógicas para cubrir el evento, y al menos el leve sobresalto había funcionado para espantarle el sueño. Se reacomodó en su lugar, espalda apoyada contra el asiento y mochila firme sobre su regazo. Llevaba su laptop y algunos documentos de trabajo en el interior, así que arriesgarse a que alguien le quitara la mochila no era una opción.
Suspiró, contando mentalmente las estaciones que faltaban para llegar a casa, y se puso entonces a mirar de nuevo a los pasajeros que iban con él en el vagón, solo para tener algo que hacer durante el trayecto. Y fue ahí que lo notó.
Keiji se frotó los ojos de nuevo, con más fuerza esta vez, creyendo que tal vez su visión estaba errada o que la somnolencia no se había ido por completo. Le tomó varios segundos, un tiempo importante, asimilar la presencia de un individuo adicional en el vagón.
Keiji vio al sujeto extraño con detenimiento, al mismo tiempo que un olor terroso le invadía la nariz, una mezcla peculiar: flores frescas y podredumbre. No recordaba haber visto a esa persona subir en ninguna de las estaciones anteriores. Ni siquiera recordaba haberlo visto dentro del vagón cuando Keiji recién subió. Sin embargo, ahí estaba, de pie pese a la gran cantidad de asientos vacíos en el tren.
El extraño iba apoyado contra una de las puertas del vagón, la que estaba justo en medio de la fila de asientos donde iban la pareja y el anciano que dormitaba. Una figura ciertamente masculina, de complexión tosca y hombros anchos pero rasgos indistintos. Una gabardina oscura lo cubría casi en su totalidad, dejando solo sus pies y algo de su cabello a la vista. Sus zapatos lucían formales y costosos, pero sucios, manchados de lodo fresco y tierra seca.
Era imposible distinguir facción alguna de la cara del extraño, pero su altura era más que evidente. Era alto, muy, muy alto. No notarlo antes hubiera sido imposible. Su cabeza casi rozaba contra el techo del vagón y el poco cabello visible se adivinaba de un color blanco puro. No el blanco canoso del cabello de los ancianos, opaco y sin vida, sino un blanco inmaculado, profundo, que parecía llamarte a mirar.
El metal de los rieles chirrió y las luces del tren parpadearon de nuevo. Un zumbido se le metió en los oídos a Keiji. Extraño. Algo que no podía descifrar. No sabía si el sonido venía del exterior, de algún pasajero que murmuraba en voz baja, o del interior de su propia cabeza. Una voz. Un ruido. Un animal que jadeaba. Todo demasiado bajo como para ser interpretado.
Movió solamente los ojos para tratar de ver al resto de los pasajeros, intentando localizar el origen de ese extraño ruido que le rasguñaba el cerebro. El hombre mayor parecía repentinamente más despierto, erguido en su asiento y con los brazos cruzados sobre su pecho. La pareja frente a Keiji se abrazaba con más fuerza; el chico ponía su brazo sobre los hombros de la mujer como si tratara de cubrirla por completo, de protegerla. Los estudiantes bulliciosos ahora permanecían infinitamente mudos, sin emitir sonido. Ellos también podían ver al extraño, al sujeto de gabardina negra y altura imposible que se había materializado en el interior del vagón, y todos parecían igual o incluso más desconcertados que Keiji. Asustados.
Keiji trataba de disimular la mirada que le daba al extraño, observando solo de reojo. Algo en su interior le decía que no debía verlo directamente, ni por mucho tiempo. Una señal de alarma que se disparó desde su cabeza y ahora le apretaba el pecho, justo sobre los pulmones. Poco a poco, respirar se iba volviendo más difícil.
El hombre no se movía, pero nadie más en el vagón parecía hacerlo. Permanecían todos estáticos, inertes, aunque no por voluntad propia. Estaban paralizados en los asientos con una expresión en sus rostros que Keiji después adivinaría como una de puro horror.
Un aire gélido se coló de alguna manera en el vagón; la temperatura bajó repentinamente hasta helar la carne. Keiji suspiró, viendo cómo su aliento salía convertido en vaho. No se explicaba el motivo del brusco frío, o por qué ese olor a flores y carne podrida se había vuelto más intenso. Quería abrazarse a sí mismo o por lo menos temblar para generar calor, pero se encontró rígido, incapaz de mover cualquier parte de su cuerpo que no fueran sus ojos.
Por la ventana, las luces del interior del túnel seguían desfilando a toda marcha. ¿Cuánto tiempo llevaban dentro del tren sin que este se detuviera? Parecía que los segundos estaban avanzando de modo distinto. El tren se movía y seguía su ruta por las vías, pero no llegaba a ningún lado. Sin final aparente para la inmensa oscuridad del túnel.
El hombre solo permanecía, inerte como una estatua. Su silueta ancha y cada vez más oscura, rodeada por ese saco negro que parecía tragarse toda la luz a su alrededor, justo como el maldito túnel infinito.
Keiji no entendía lo que estaba pasando dentro del tren, el motivo por el que de repente su corazón latía histérico como si el peligro fuera inminente. Su estómago, su corazón, sus pulmones; cada fibra de su ser, cada entraña parecía gritar por ayuda mientras que su cuerpo era incapaz de moverse y el olor a tierra revuelta en el interior del vagón solo empeoraba con los segundos.
El chico se sentía como un animal presa siendo repentinamente observado por todos los flancos posibles, ojos puestos sobre él en cada dirección y sus nervios tensos ante el aviso de un peligro que podría venir de cualquier lado pero cuyo origen venía de ese hombre ataviado de negro, ese extraño que parecía más sombra que humano.
Keiji se le quedó viendo al sujeto desconocido, con el aire atrapado en los pulmones, imposibilitado de cualquier otra acción. Las piernas le picaban como si estas le estuvieran rogando que saliera corriendo de ahí lo más rápido que fuera posible, pero aunque pudiera moverse no había lugar a donde huir. Estaba atrapado en ese túnel y en esa oscuridad.
Sus ojos se centraron en el extraño y fue como si todo lo demás a su alrededor se desvaneciera. Su vista se nubló en la periferia, volviéndose todo sombras en una visión de túnel concentrada solo en aquel sujeto extraño, aquel que parecía devorar la luz, y el calor, y la esperanza desde donde estuviera parado. Su abrigo negro como un vórtice que consumía todo, incluida la voluntad de Keiji.
El vagón se sacudió de manera violenta provocando un nuevo rugido del metal. Las luces se apagaron y en ese justo momento el cuerpo de Keiji se sintió suelto, rebotando en su asiento a causa del movimiento. Fue como tomar una gran bocanada de aire después de haber pasado mucho tiempo conteniendo la respiración.
Las luces volvieron y el tren siguió su camino por poco tiempo antes de frenar definitivamente en el andén. La voz pregrabada de una mujer habló por los altavoces anunciando el nombre de la estación y las puertas se abrieron en automático. Tanto la pareja como el anciano que iban dentro del vagón salieron corriendo a toda prisa, huyendo como animales recién liberados de una jaula. Dentro del tren solo quedaban esos tres estudiantes apiñados en la esquina más lejana, abrazando sus mochilas con fuerza de la misma forma que Keiji lo hacía. De aquel hombre extraño, no había rastro.
🫀
El aire fresco de la noche golpeó a Keiji en la cara cuando consiguió por fin salir de la terminal del metro. Estaba cansado, con la tela de la camisa de vestir pegada a la espalda por efecto del sudor, y extrañado. Él pensaba que aquella sensación desagradable que se le metió en el cuerpo durante el viaje en metro, cuando ese hombre desconocido se materializó en el vagón solo para desaparecer después, se iría de su sistema en cuanto pisara la calle. No lo hizo, o al menos no del todo. Keiji aún sentía un peso extraño sobre los hombros y algo filoso clavado en la nuca. De manera metafórica, claro está, pero le causaba tanto disconfort como el que sintió durante el recorrido del metro.
No sabía qué había pasado en ese tren ni tenía tampoco una explicación que darle, aunque deseaba hacerlo, en serio, algo lógico que pudiera justificar la serie de eventos extraños recién ocurridos. Pero Keiji iba pensando a la vez que caminaba a su casa, y nada parecía calzar.
De repente su estómago rugió con fuerza, recordándole que llevaba horas sin probar bocado.
Avanzó unos metros más hasta que vio la fachada de la pequeña tiendita donde acostumbraba comprar; las luces todavía encendidas le daban a entender que seguía abierta.
"Buenas noches." lo saludó la familiar voz masculina al entrar a la tienda.
"Buenas noches." contestó educado pero sin mucha energía, yendo directo a los estantes a buscar algo para llenarse el estómago.
Tatsuki era el dueño de la pequeña tienda de abarrotes en la calle donde Keiji vivía. Un hombre serio, más o menos de la misma edad que Keiji, de pocas palabras y expresión que, la mayor parte del tiempo, no decía mucho. A Keiji no le caía mal; no lo consideraba un amigo pero sí alguien amigable, aunque reservado, con una personalidad sencilla que hablaba lo justo, una cara conocida que ya se había vuelto parte de su rutina. Lo único que a Keiji no terminaba de agradarle sobre Tatsuki era esa agudeza de ojo que tenía, esa misma que lo hacía notar cosas que la mayoría de la gente común ignoraba, y esa necesidad casi compulsiva de comentarlas.
Keiji se acercó a la caja con varios paquetes de galletas, refresco, pan y leche que usaría al otro día para el desayuno. El hombre comenzó a cobrarle sin hacer ni siquiera un gesto innecesario, en silencio. Keiji le pagó y esperó por su cambio, queriendo que la transacción fuera breve para irse de una vez. No se le había quitado esa sensación rara de la nuca y la urgencia por meterse debajo de las cobijas de su cama era cada vez mayor.
"¿Pan para el susto?" preguntó el hombre, aparentemente de la nada, y sonó igual de extraño para él como para Keiji.
"¿Disculpa?" respondió Keiji.
"Tienes mala cara, amigo."
Keiji apretó los labios. Si había alguien que sabía sobre lo mal que se veía era él mismo; podía ver su reflejo en un espejo. No necesitaba de terceros que le dijeran lo masacrado que se veía.
"No de esa forma, Keiji. Me refiero a que te noto raro." explicó con calma y paciencia, buscando la manera de expresarse sin causar ofensa. "Asustado."
Asustado. El joven evaluó la palabra, sintiendo el peso de la misma sobre el pecho. No quería usar tal palabra para definir su estado actual; alterado sonaba hasta más correcta, pero sí, decir que estaba asustado tampoco era equívoco.
"No es gran cosa." salió de la boca de Keiji en automático. "Creí... ver algo en el metro. Me puso un poco nervioso."
Tatsuki asintió despacio, con un gesto sereno que expresaba un entendimiento superior. Se giró con prisa aún detrás del mostrador y rebuscó entre los varios víveres que tenía acomodados en el estante a sus espaldas. Le extendió a Keiji su cambio, junto con un huevo.
"Oh, yo no pedí u—"
"No es para comer." lo interrumpió el hombre, aún cortés, pero en la voz cargaba una firmeza que Keiji pocas veces le había escuchado. "Pásatelo por el cuerpo cuando llegues a casa. Y después tíralo a la basura."
Keiji no pudo disimular la mirada de escepticismo que le dio al encargado de la tienda. No solo le desagradaba la idea de tirar comida en buen estado, también le resultaba ridícula la sugerencia de hacerse una "limpia" solo porque un evento poco común en el metro lo dejó algo fuera de sí. Después de todo, en esa ciudad, las cosas raras eran lo normal.
"Ya sé que no eres de los que creen en estas cosas" dijo el hombre, el muchacho, más bien, con un secretismo que Keiji consideraba desproporcionado para su charla. "Pero ya conoces ese dicho: Más vale prevenir que lamentar. ¿No es así?"
Tatsuki le extendió el huevo por el mostrador, acercándolo más a Keiji. Este miró el objeto con extrañeza, y luego de regreso al hombre. Llegó a la conclusión de que era mejor no discutir y solo tomar el huevo. Luego vería si lo comía para el desayuno o qué hacía con él. Dio las gracias con voz mecánica y se retiró del lugar.
"Keiji, una cosa más" lo detuvo Tatsuki cuando estaba por salir. "Ten cuidado de no quedarte dormido en el metro. Cosas raras pasan en ese sitio" Quizás trató de sonreír, pero se quedó solo en eso; Keiji vio sus comisuras bajar hasta quedar como una línea plana. "Mucha gente entra a ese lugar a diario, pero no todos salen."
A Keiji le produjo un escalofrío: su voz seria y su mirada de ojos negros.
"Lo tendré en cuenta." mintió. Lo que menos quería era pensar en ello.
