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Finalmente había llegado el Mundial 2026. Después de tres años y medio siendo los campeones del mundo, el título finalmente se disputaba y los muchachos estaban nerviosos. Ya no estaba Fideo, tenían nuevos compañeros y casi no se habían visto. Por supuesto que mantenían el trato diario por WhatsApp o redes sociales, e incluso algunos habían comenzado a jugar en la misma liga o en los mismos equipos, pero no habían estado así, juntos en una concentración, en mucho tiempo.
La Scaloneta era casi un milagro: un rejunte de alfas, omegas y betas que funcionaban como un reloj minuciosamente construido, con figuras fuertes que se complementaban y atraían la atención del mundo entero. Eran una rareza y ellos lo sabían. Nadie confió jamás en un grupo tan variado, y mucho menos en la enorme cantidad de omegas argentinos involucrados. Pero Scaloni (un alfa de mediana edad con un marcado aroma a pasto mojado) junto a su compañero Aimar (un omega con un sutil aroma a ceibo) y un equipo técnico de primer nivel, habían logrado lo imposible. Eran ganadores indiscutidos. Y allí estaban de nuevo, con la piel erizada y listos para defender la camiseta.
En el vestuario, el ambiente estaba cargado de una mezcla espesa de feromonas, tensión y expectativa.
—¿Qué hora es?
—Las diez menos cuarto.
—Faltan quince minutos, la puta madre.
Lautaro Martínez, el mejor delantero de la liga italiana y un alfa con un fuerte aroma a asado banderita, miró a Rodrigo De Paul con una media sonrisa sobradora mientras recibía el mate. Lautaro hizo un ruidoso sorbo sin sacarle los ojos de encima. Rodri siempre había sido así, un beta extrovertido, llamativo y con un aroma a agua hirviendo que siempre le hacía picar la nariz a los alfas más sensibles. Lautaro finalmente abrió la boca para decir algo.
—¿No lo viste hace cuatro días?
De Paul ni siquiera levantó la vista de su celular; tenía los ojos clavados en el fondo de pantalla de un Labubu tuneado con una camiseta Gucci.
—Sí.
—¿Y entonces?
—Lo extraño.
Paredes, que estaba sentado frente a ellos apoyado contra el banco de madera, soltó una carcajada limpia. Paredes era un alfa imponente, de ojos deslumbrantes e intimidantes acompañados por una sonrisa encantadora. Él olía a fuego y parrilla, un aroma denso y envolvente que fácilmente podría tapar el de cualquier otro alfa a la redonda. Miró a Rodri negando con la cabeza.
—Está loco este tipo. Lo tenés harto a Leo.
—Callate.
Licha sonrió de costado, tomándose su tiempo para sacar las cosas de su bolso. Después de todo, todavía estaban esperando a que llegaran Scaloni y el resto de los compañeros. Licha era una verdadera rareza: un omega dominante con un aroma tan profundo a palo santo que nadie podría identificarlo como tal si no fuese por los papeles oficiales. El plantel no lo había creído al principio, el tipo se le plantaba de frente a cualquier alfa dentro del campo y fuera de él también, no era ningún tibio. Era un ferviente defensor de los derechos omega y de la igualdad entre jerarquías, así que no iba a dejar que ningún alfa lo pasara por encima jamás.
Saco el par de medias para el entrenamiento y miró de reojo al alfa joven que estaba a un costado: Nico Paz. Era demasiado joven, apenas veintiún años y ya cargaba con el peso de integrar el plantel de los actuales campeones del mundo. Licha pudo oler la inexperiencia a kilómetros; el pobre pibe olía a agua de mar y a algo sintético que no alcanzaba a identificar. Apestaba a extranjero, a timidez no procesada. Licha lo miró con simpatía paternal.
—¿Cómo va?
Nico se sobresaltó, no esperando la interrupción, y miró a Licha, quien le regaló una sonrisa amable. El pibe apretó los dientes, intentando contener el nerviosismo torrencial de estar compartiendo concentración con la selección mayor, con sus ídolos de la infancia. Miró a De Paul, que todavía se lamentaba amargamente mientras cebaba unos mates y hablaban sobre fútbol.
—Esto… ¿es siempre así?
Licha miró por encima de su hombro la escena cotidiana de sus compañeros y volvió a fijar la vista en Nico.
—Hoy están tranquilos.
Nico lució visiblemente confundido, parpadeando desorientado. Licha se acercó con paso firme y le palmeó el hombro con afecto.
—Esperá a que llegue Leo.
Nico frunció el ceño, pero no dijo nada. Licha caminó hacia la zona interna mientras observaba las divisiones escritas en los carteles: “Alfas”, “Omegas”, “Betas”. El Carnicero resopló con incredulidad y murmuró para sí mismo una crítica hacia esa división de castas tan antigua y obsoleta. Ya no significan nada.
Nico, por su parte, no dejaba de mirar los alrededores, sintiendo cómo los nervios le subían por las piernas. Se fijó en el colorado frente a él. Omega. Claramente omega, pero… ¿por qué olía a garrapiñada? En los clubes europeos donde él jugaba, los omegas olían a flores suaves o a dulces tenues, nada tan penetrante ni territorial como los omegas argentinos. Estaba teniendo serios problemas para acostumbrarse a la sobrecarga sensorial.
De pronto, la puerta se abrió de par en par y el Dibu entró en el cuarto haciendo lío, dándole un abrazo y un beso a cada uno de sus compañeros. El Dibu era el auténtico estereotipo de alfa: alto, grandote, con un aroma tan espeso a provoleta que era imposible ignorar su presencia. Sonrió de lado, le dio una palmada amistosa a Nico en el hombro que casi lo desmonta y le revolvió el cabello con cariño. En la Selección Argentina no existía la distancia ni el espacio personal; para ellos era natural tocarse, olfatearse, acurrucarse y estar pegados, incluso si en cualquier otra parte del mundo eso hubiese sido considerado inapropiado o invasivo.
El Cuti sonrió al ver entrar al Dibu, haciendo que su propio aroma a fernet con Coca invadiera el ambiente.
—¿Y Leo?
—No llegó todavía.
—La puta madre, pensé que venía con motorcito.
Cuti asintió con la cabeza. Él también lo había pensado. Julián, que le estaba mostrando un video de TikTok a Enzo sobre una jugada espectacular de la semana, saludó al Dibu con una mano en alto. Julián y Enzo tenían sus propios códigos: un omega y un alfa que se complementaban a la perfección en sus aromas reconfortantes a chimichurri fresco y pan casero recién horneado. Ellos ni siquiera se habían dado cuenta de que su capitán todavía no había hecho acto de presencia. Enzo se estiró en el banco de madera.
—No, gato, no lo deja respirar a Leo este tipo. Es obvio que va a querer viajar solo.
Lautaro asintió y soltó una risa cómplice cuando el beta se quejó.
Pero algo lindo se estaba gestando en la entrada del predio. Leo había llegado. Él vivía en Estados Unidos hacía ya bastante tiempo, por lo que el viaje había sido muchísimo más cómodo y corto que cuando le tocaba volar desde la otra punta del mundo. Venía con poco encima: un bolso no muy grande colgado al hombro, una mochila y encajado bajo el brazo el termo y el mate.
El capitán omega de la Selección. Él se había ganado ese título a fuerza de sudor y gloria hacía mucho tiempo. Y aunque los medios de comunicación en su momento habían hablado cantidad de boludeces y lo juzgaban por no haber ganado nada durante años con la albiceleste, criticando que un omega fuera el capitán porque "claramente no le daba el cuero" o porque "se sentía europeo y no rendía en Argentina", ¿cómo iba a sentirse europeo alguien que olía tan profundamente a yerba mate? Pero con la Copa América 2021 y el Mundial 2022 todo ese veneno había terminado para siempre. Argentina era campeona del mundo.
Leo sonrió con calidez al cruzarse a los utileros en el pasillo y les dio un abrazo sentido, de esos que aprietan el pecho. Él extrañaba horrores esto: la cercanía, el calor humano y la emoción única e incomparable que le daba jugar para la Selección. A sus 39 años había dado absolutamente todo de sí mismo para estar a la altura esta vez; no podía fallarle al pueblo que tanto amaba ni a los compañeros que daban la vida por él.
Finalmente cruzó el marco y entró a la habitación con el resto del plantel. Sonrió con esa timidez clásica suya.
—Buen día.
De golpe, todos se callaron y las caras se les iluminaron al instante. Finalmente había llegado el Capi. Leo se acercó a saludarlos con su caminata perezosa, pero De Paul ya se le tiró encima como un resorte. Leo se detuvo en el lugar, levantando las manos.
—Eh, pará…
Leo ni siquiera pudo terminar la frase antes de que De Paul lo atrajera hacia un abrazo aplastante. El beta hundió la nariz en la curva de su hombro, olfateando al capitán sin ningún tipo de vergüenza.
—Te extrañé, boludo.
Messi se rió con ganas.
—Pero si hace nada etábamo’ tomando mate.
—No importa.
—Qué pesado que so’.
Messi se quejó de broma, no de verdad; él jamás rechazaba el cariño genuino de sus compañeros. Le frotó la espalda a Rodri y ni siquiera emitió un murmullo cuando el beta le olfateó el cuello sin vergüenza. El aroma del capitán era especial, dulce, tibio y profundamente reconfortante para la manada. De reojo, Leo vio a Julián esperando parado detrás del beta como quien hace fila en la panadería.
—Juli.
El delantero alzó la cabeza de golpe.
—¿Qué hace’? Vení.
Julián sonrió de oreja a oreja y se acercó para fundirse en un abrazo profundo con su capitán. Leo le dio una bienvenida. Julián era un omega joven, un delantero fabuloso que veía en su capitán al modelo a seguir definitivo; para él, el aroma a yerba de Leo era una manta de seguridad.
De repente, el Dibu se apareció por detrás, inclinándose sobre el cuello de Leo y abriendo la boca para darle una suave mordida en el cuello. Era un gesto de una intimidad tremenda, reservado solo para los miembros más cercanos de la manada, pero así era el Dibu: no conocía de barreras. Él siempre estaba haciendo esas cosas, besándolo, manoseándolo y mimando a los compañeros. Leo se retorció apenas, arqueando un poco la espalda por sentir dientes tan cerca de su glándula omega. El Dibu sonrió de lado.
—No te sueltan más, Leo. Me aburrí.
—Qué personaje so’, Dibu.
El Dibu sonrió con picardía y atrajo a su capitán para un abrazo todavía más fuerte que el de los demás. Él adoraba a Leo. El omega le devolvió el afecto e incluso dejó que el arquero lo levantara en upa sin oponer resistencia.
Otamendi, un alfa imponente con un aroma a guiso de fideos moñitos, se metió entre el amontonamiento, buscando llamar la atención del omega.
—Che, déjenlo en paz, recién llega.
Paredes se puso de pie del banco y se acercó también a la multitud.
—Eh, sí, yo no saludé a Leo todavía.
Nico Paz solo podía observar en silencio desde la esquina, contemplando hipnotizado cómo todos se amontonaban alrededor de Leo, turnándose para darle besos, olfatearlo y abrazarlo con una fuerza desmedida que terminaba levantándolo del suelo. Él jamás había visto este tipo de adoración en su vida. En sus clubes de Europa nunca había presenciado a un equipo amar tanto a su capitán, ni jamás había visto a tantos alfas feroces totalmente rendidos a los pies de un omega, aceptando sus órdenes sin dudar un solo segundo.
De repente, alguien le apretó el hombro por detrás y Nico se dio vuelta sobresaltado. Era Licha. El defensor le sonrió con calidez.
—Dale, acercate. Sos argentino vos también.
Licha caminó hacia Leo y lo atrajo hacia un abrazo protector con una enorme sonrisa. Nico Paz sonrió despacio. Él era argentino. El Cuti le pegó un manotazo cariñoso en la cabeza al pibe y lo arrastró hacia el resto del grupo. Él también amaba a Leo con locura.
El capitán sonrió con dulzura y saludó cariñosamente al más joven, mientras de fondo ya empezaba a discutir con el resto de la Scaloneta cómo iban a organizar este año el torneo de truco.
—Etá bien, pero Dibu no puede hace’ trampa esta ve’.
Todos comenzaron a quejarse a los gritos, a acusarse mutuamente y a discutir las duplas para la noche, pero todos en esa habitación estaban de acuerdo con una sola regla sagrada: nadie toca al Capi omega.
