Actions

Work Header

Bariloche

Summary:

Nueve días en Bariloche son más que suficientes para engancharte con el pibe que te caía mal.

Notes:

hola yo buscaba mantener el anonimato pero tiré este tuit, y aunque lo escribí en joda, cinco minutos después tenía un docs abierto y ahora existe este fic. perdón.

Chapter 1

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

El calor de marzo en Buenos Aires era insoportable, ese del tipo infernal que te hacían transpirar la frente apenas hacías dos cuadras caminando a paso de tortuga. Pero a las siete de la mañana, en medio de la plaza repleta de pibes con banderas, espuma y bombos, a nadie le importaba el clima. Era el Último Primer Día. El famoso UPD que venían manijeando durante todo el año anterior por fin había llegado.

Colegios de toda la zona se habían juntado en una plaza cercana, convertidos en un mar de colores, alcohol rebajado en botellas cortadas y canciones de cancha. En medio de ese quilombo, Valentín trataba de sobrevivir al agobio con un vaso de fernet tibio en la mano y rodeado por los mismos tres amigos de siempre: Enzo, Julián y Leandro. Entre el humo de las bengalas de colores y el griterío que no paraba un segundo, el ambiente era una locura donde nadie sabía muy bien qué hora era ni qué estaba tomando… o desde cuándo.

–Che, si seguimos tomando esto caliente nos vamos a desmayar antes de llegar a la puerta del colegio –se quejó Julián, escupiendo un sorbo mientras se secaba la frente con el antebrazo.

–Es una vez al año –le retrucó Enzo entre risas, saltando y moviendo los brazos al ritmo de un bombo que sonaba a metros de los cuatro.

Desde su lugar, no acotó mucho, prefería guardarse la poca energía que le quedaba mientras intentaba abanicarse con la chomba del colegio que ya le sobraba y le quemaba en la cintura. El aire pesaba, olía a vodka barato, pólvora y transpiración. En un momento de descanso entre saltos, cuando al fin pudo separarse del grupo un segundo para buscar un poco de sombrita y limpiarse la cara, se chocó de frente con un flaco que venía distraído con un bombo, golpeándolo como si fuera un barrabrava.

–¡Uy, perdón, fue sin querer! –soltó el otro, riéndose y frenando en seco.

Valentín levantó la vista. El pibe tenía puesto el buzo de egresados de otro colegio, de color azul francia y rayas blancas en las mangas y capucha, el pelo revuelto por el viento y una sonrisa canchera que parecía no borrarse con nada. 

–Fijate por dónde caminás, casi me arrancás el brazo –le contestó de mala manera, aunque sin bronca real, tampoco iba a pelearse con un desconocido por un simple empujón.

–Pasa que con este calor ya no sé ni dónde estoy parado –se excusó el rubio, guiñándole un ojo con impunidad–. Soy Nico, por las dudas de que me quieras golpear de nuevo.

Sonrió y negó, pensando que quizás había sido muy agresivo con él. Compartieron un par de quejas sobre el calor, le convidó de su trago y, antes de que sus amigos los volvieran a buscar entre las personas, cruzaron los teléfonos.

–Pasame tu Instagram, Colo, después seguimos hablando –le tiró el rubio, extendiéndole el celular con una amabilidad impropia de las siete de la mañana con casi treinta grados a la sombra, sin mencionar el abrigo que llevaba puesto. Capaz estaba muy en pedo.

El colorado lo agregó por simpatía, pensando que iba a ser el típico seguido mutuo fantasma que nunca más en la vida iba a ver ni cruzar. Qué equivocado estaba.

La transición de verano, otoño y después invierno se sintió como un parpadeo, y el calor quedó sepultado bajo la ropa térmica y las camperas que pesaban una tonelada apenas las sacabas del placard. Las calles pasaron de oler a asfalto derretido a congelarse con las mañanas grises donde el viento soplaba directo. Pero si el clima había cambiado por completo, lo único que se mantenía intacto era la constancia de Nicolás.

Lo que al principio parecía un intercambio normal de mensajes por redes sociales se convirtió, sin que Valentín supiera bien en qué momento, en una plaga imposible de erradicar. Empezó como mensajes cada dos o tres días. Un chiste suelto sobre un partido, algo que habían llegado a hablar a medias en el UPD, preguntas sobre los lugares que subía a sus historias. Pero con las semanas, los mensajes constantes se habían instalado de prepo en su teléfono. 

No importaba la hora ni el contenido. Si subía una foto entrenando, ahí estaba él respondiéndole: “Vas a entrenar todos los días?” acompañado de un emoji riéndose. Si subía una captura de una canción que estaba escuchando a las tres de la mañana con el celular al 5%, aparecía la notificación: “Todavía despierto, colito? Después te quejas que te va mal en historia”. Y si se le ocurría subir un reel random a mejores amigos, era inmediato; un like instantáneo, a veces hasta incluía un audio riéndose u opinando del vídeo como si se lo hubiera mandado a él.

Respondía por educación, con un emoji seco o simplemente likeando el mensaje, esperando que el otro se aburriera. Pero parecía alimentarse de monosílabos. Le mandaba tres audios seguidos contándole su día y preguntándole por el suyo, le pasaba links de TikToks absurdos o le reaccionaba fotos viejas de destacadas solo para sacarle conversación.

–¿Quién es este? ¿Trabaja de mandarte mensajes o le pagan por cada historia que ve? –le había preguntado Leandro una tarde, tirado en el sillón de su casa mientras miraba cómo la pantalla del celular se iluminaba por cuarta vez en diez minutos con la foto de un perro de la calle que Nico aseguraba que “tenía la misma cara de enojado que él”.

Valentín había rodado los ojos, bloqueando la pantalla y tirando el teléfono boca abajo contra los almohadones con fastidio.

–No sé, boludo. Te juro que no lo soporto más. Le contesto cortante o le clavo el visto y el chabón me manda diez mensajes más. Es insoportable.

–Para mí que te quiere entrar… No hay otra explicación para que te aguante así –lo pinchó Enzo desde la otra punta de la habitación, riéndose con picardía mientras tomaba mate.

–Dejate de joder, Enzo. No debe tener nada mejor que hacer en su vida. 

Lo peor de todo es que el rubio ni siquiera era pesado de mala manera; era esas personas insistentes y extrañamente alegres que te tiran abajo las defensas porque al flaco parecía importarle poco que lo dejaran en visto. Si Valentín no le respondía durante seis horas, Nicolás volvía a aparecer a la tardecita con un “Eu, estás bien?”. Y esa insistencia era lo que más nervioso ponía al colorado, porque en el fondo, aunque jamás lo iba a admitir en voz alta delante de sus amigos, a veces se sorprendía esperando el ruidito de la notificación del chat

A mediados de julio, con el viaje de egresados a la vuelta de la esquina y la habitación hecha un desastre de ropa térmica, zapatillas sucias y remeras dobladas a las apuradas, el celular volvió a vibrar sobre la pila de ropa limpia que todavía tenía que meter en la valija. 

Soltó un suspiro de fastidio que le movió los mechones rojizos que se le caían sobre la frente. Dejó caer la camiseta de mangas largas que tenía en las manos, esa misma que prometía soportar el frío del Cerro Catedral, y se inclinó en la cama donde había estado vaciando todo el placard. La valija con la etiqueta con su nombre estaba abierta a los pies, con una mitad tragándose camperas infladas y la otra mitad amenazando con explotar.

El teléfono, tirado sobre el quilombo de la cama, volvió a vibrar y alumbrarse para notificar que recibió un mensaje. Ignoró el primero. Siguió doblando el pantalón con bronca, apretando la tela contra sus rodillas como si el jogging tuviera la culpa de su existencia. Pero el celular era insistente; a los dos minutos, una nueva vibración se sumó a la tortura.

–Dios mío, por favor, qué ganas de romper las pelotas –masculló para nadie en particular, pateando una zapatilla que de repente le molestaba mucho en el piso.

nicopaz1o: “Te vas en estos días? Capaz nos cruzamos”

Abajo de eso, una captura de pantalla sin siquiera recortar de la aplicación del clima de Bariloche la semana siguiente, acompañada de un audio de quince segundos que Valentín ni se molestó en escuchar. Sabía perfectamente lo que era: un audio mal grabado porque seguro iba caminando por la calle con el celular pegado en la boca, tirando algún comentario boludo sobre cómo iba a sobrevivir al frío patagónico si apenas estaba aguantando estos últimos días.

Se quedó mirando la pantalla con los ojos entrecerrados, sintiendo que la vena de la sien empezaba a latir al ritmo de la música del vecino que se filtraba por la ventana. ¿De dónde carajo sacaba tanto tiempo libre? ¿No tenía amigos, no estudiaba, no miraba la tele, no dormía la siesta? No tenía sentido, alguien tenía que hacer un estudio científico o algo.

colo.barco: “ni idea”

Listo. Si con eso no le quedaba claro que no quería cruzarlo, ya no sabía qué más hacer. Tiró el celular boca abajo sobre la almohada y volvió a la valija. Había logrado meter tres pares de medias térmicas cuando el teléfono volvió a vibrar.

nicopaz1o: “Salen el domingo o el lunes?”

nicopaz1o: “Nosotros salimos el domingo a la madrugada”

El pelirrojo bufó, tirando las medias a la otra punta de la pieza con bronca.

colo.barco: “no sé, me pasa a buscar lean”

nicopaz1o: “Jaja”

nicopaz1o: “Y cómo vas con las valijas?”

nicopaz1o: “Me ayudó mi mamá porque sino me iba en bolas”

Se mordió el labio inferior, dudando si clavarle el visto o seguir contestándole de mala gana. Al final, la curiosidad pudo más, y tipeó apurado antes de poder arrepentirse.

colo.barco: “subí una foto a mejores de cómo dejé la pieza”

colo.barco: “fijate si tu vieja puede venir a ordenar la mía de paso”

El visto apareció al instante. Dos segundos después, los puntitos que indicaban que estaba escribiendo parpadeaban insistentes. Se detuvo unos segundos que se sintieron una eternidad y, después, apareció un audio. Con mala gana, subió el volumen y lo reprodujo acercándose el parlante al oído.

La voz de Nicolás se coló en la habitación, con tono relajado, medio cantadito: –Uff… ¿vives en un basural? Mi pieza está ordenada al lado de eso. Mandame tu dirección y me dijo a mi mamá, que esa pobre valija va a terminar asfixiada con tanta mugre.

Valentín soltó una carcajada involuntaria, arrepintiéndose al instante. Apagó el celular de un golpe seco, lo metió en el bolsillo del buzo y se obligó a ignorarlo durante las siguientes dos horas hasta que al fin pudo cerrar la valija a los tirones, sentado arriba de la tapa para poder enganchar el cierre que amenazaba con estallar.

Mientras tanto, en la pantalla apagada del teléfono, las notificaciones seguían acumulándose en silencio, ignoradas.

Notes:

para mí la idea era una re oportunidad de un socialmedia au pero no tengo el carisma suficiente para hacer algo así, las admiro mucho a las que lo hacen... PERO BUENO. trabajo humilde, xfavor comenten 🙏🏻