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Ahora
Sería una completa mentira decir que la historia de amor de Armando y Brian siempre fue miel sobre hojuelas.
En todos estos años hubo despedidas en aeropuertos, videollamadas a deshoras, diferencias de horario, mudanzas improvisadas y una cantidad ridícula de kilómetros de por medio. Hubo momentos en los que se preguntaron si estaban siendo ingenuos por creer que un romance entre dos futbolistas profesionales podía sobrevivir a todo aquello.
Pero, contra cualquier pronóstico, aquí están. Más enamorados que nunca.
Y todo gracias a mí.
Porque, seamos sinceros, si yo no hubiera intervenido, quién sabe cuánto tiempo más habrían tardado en darse cuenta de que estaban enamorados.
Así que sí. Creo que merezco un pequeño reconocimiento porque yo construí…
—No mames, Piojo, ¿qué estás haciendo?
La voz de Brian lo arrancó de sus pensamientos antes de que pudiera seguir ensayando.
Roberto levantó la vista apenas lo suficiente para verlo de pie al otro lado de la habitación, todavía con la camisa desabotonada y el nudo de la corbata colgándole alrededor del cuello.
—¿Cómo que, qué? —respondió con total naturalidad, sin dejar de mirar la pantalla de su celular—. Estoy practicando mi discurso de padrino.
Brian cerró los ojos un segundo.
Ese gesto, por sí solo, ya le dijo a Roberto todo lo que necesitaba saber.
—Güey... —empezó Brian con una paciencia que claramente estaba haciendo un esfuerzo por conservar—. Solo te pedí que revisaras si se entendía y que fuera breve. No necesitamos un monólogo sobre cómo nos enamoraste.
—Pero es que sí fue gracias a mí.
Brian soltó una risa.
—No fue gracias a ti.
—¿Ah, no? —Roberto arqueó una ceja—. ¿Quién fue el que te abrió los ojos? ¿Quién te dijo que estabas enamorado de la Hormiga cuando tú todavía jurabas que solo era "un compa bien buena onda"?
Brian abrió la boca para responder. No salió absolutamente nada.
Roberto sonrió con una satisfacción casi infantil.
—Exactamente.
Brian negó con la cabeza, incapaz de discutir con alguien que llevaba todos estos años adjudicándose el éxito de una relación ajena.
—Nada más te voy diciendo una cosa —advirtió mientras por fin empezaba a acomodarse la corbata—. Si en tu discurso dices la palabra "arquitecto"...
—¿Qué tiene?
—...te quito el micrófono.
Roberto soltó una carcajada.
—¡No seas exagerado! Si esa es la mejor parte de todo el discurso.
Brian lo fulminó con la mirada.
—Precisamente por eso me preocupa.
***
Antes
Habían pasado apenas un par de meses desde que Brian y Armando dejaron de esconderse el uno del otro.
No del resto del mundo.
De ellos mismos.
Porque, aunque el resto del equipo llevaba meses bromeando con que parecían un matrimonio, la realidad era que ninguno había imaginado alguna vez enamorarse de otro hombre. No era una posibilidad que hubieran rechazado; sencillamente, jamás se les había ocurrido contemplarla.
Y, sin embargo, ahí estaban.
Brian seguía despertándose algunas mañanas sorprendido de encontrar a Armando dormido a su lado, con el brazo atravesándole la cintura como si aquel hubiera sido siempre su lugar. Armando, por su parte, aún sonreía cada vez que descubría una sudadera olvidada de Brian en su departamento, consciente de que ya ni siquiera recordaba cuándo había empezado a dejarle espacio en el clóset.
Lo difícil nunca fue quererse, sino lo que vino después. Porque nadie les había enseñado cómo se suponía que dos futbolistas profesionales construían una relación.
No existía un manual que explicara cuándo era el momento adecuado para decirle a tu mamá que el muchacho del que le hablabas en las videollamadas semanales ya no era solamente tu compañero de equipo.
Ni cómo responder cuando un periodista preguntaba por qué últimamente aparecían juntos en todas partes.
Ni qué hacer cuando el club los citó a una reunión que ninguno de los dos había solicitado.
***
La oficina permanecía en silencio.
Brian y Armando ocupaban dos sillas frente al escritorio del director deportivo. Ninguno parecía especialmente nervioso, aunque los dos mantenían la espalda demasiado recta para alguien que pretendía aparentar tranquilidad.
El directivo apoyó ambas manos sobre el escritorio antes de hablar.
—Antes que cualquier otra cosa, quiero dejar algo claro. Lo que hagan con su vida privada es asunto suyo.
Los dos intercambiaron una mirada fugaz.
—El club no tiene intención de decirles con quién pueden o no pueden salir. No nos corresponde.
Brian sintió que los hombros se le relajaban apenas unos centímetros.
—Pero sí nos corresponde proteger el proyecto deportivo. Deben entender nuestra posición. Los dos son titulares, los dos representan una inversión importante para el club y los dos forman parte del mismo vestidor. Si esta relación llega a afectar el ambiente del grupo o su rendimiento...
—No va a pasar —respondió Brian antes de que terminara la frase.
El hombre lo observó durante unos segundos.
—Eso espero.
Armando habló por primera vez.
—No estamos improvisando esto.
El director arqueó ligeramente una ceja.
—¿Ah, no?
Armando negó con la cabeza.
—Si llegamos hasta aquí fue precisamente porque nos tomamos el tiempo de estar seguros.
Hubo un silencio breve. Suficiente para que el directivo comprendiera que aquello no era una aventura ni un impulso.
—Entonces les voy a pedir una sola cosa. —Los dos esperaron. —No conviertan su relación en un espectáculo. Vivan su vida, hagan su trabajo y dejen que el fútbol siga hablando por ustedes.
Brian asintió.
Era exactamente lo que ellos también querían. Simplemente porque todavía querían que aquello les perteneciera solo a ellos.
***
Decirle a sus familias resultó ser mucho más difícil.
Brian llevaba dos días escribiendo y borrando el mismo mensaje dirigido a su mamá.
"¿Podemos hablar?"
Lo escribía.
Lo borraba.
Lo volvía a escribir.
Armando terminó arrebatándole el teléfono desde el otro extremo del sofá.
—Mándalo de una vez.
—¿Y si la estoy agarrando ocupada?
—Brian...
—¿Y si se preocupa?
—Se va a preocupar más si sigues viendo el celular como si fuera una bomba.
Brian soltó una risa resignada.
—Qué fácil hablas tú.
—Porque todavía no me toca.
Brian levantó la vista.
—¿No le has dicho?
Armando negó lentamente.
Los dos permanecieron en silencio unos segundos.
Después se echaron a reír, porque era absurdo. Habían sido capaces de enfrentarse a estadios llenos con cincuenta mil personas gritándoles. Y, aun así… les aterraba muchísimo más marcar el número de su mamá.
Brian volvió a tomar el teléfono.
—¿Y si no lo entienden?
Armando levantó un hombro.
—Pues se los explicamos.
—¿Y si piensan que estoy confundido?
—¿Lo estás?
Brian respondió casi sin pensar.
—No.
—Entonces ya tienes la respuesta.
Brian respiró hondo y presionó el botón de llamada.
Su mamá contestó al tercer tono.
—¡Honey! ¿Cómo estás?
Brian tragó saliva.
De pronto el discurso que había ensayando desapareció por completo.
—Hi, Mom...
—¿Todo bien?
—Sí… —Mintió. —Necesito contarte algo.
Ella dejó de hablar inmediatamente.
—Claro.
Brian cerró los ojos.
—Estoy saliendo con alguien… —Hizo una pausa. —Es alguien muy importante para mí.
Brian siguió hablando antes de perder el valor.
—Es.. es Armando.
La voz de su mamá fue suave. Como siempre.
—Honey...
Brian abrió los ojos.
—¿Sí?
—¿De verdad pensaste que no me iba a dar cuenta?
Él parpadeó.
—¿Qué?
—Llevas meses sonriendo cada vez que mencionas su nombre.
Brian soltó una risa incrédula.
—¿Qué?
—Creí que me lo ibas a contar antes.
Brian sintió cómo toda la tensión abandonaba su cuerpo de golpe.
—¿No estás... enojada?
Ella rio bajito.
—Brian, ¿te hace feliz?
Brian volteó hacia Armando.
Seguía sentado en el sofá, intentando fingir que no estaba escuchando absolutamente toda la conversación.
—Sí. Muchísimo.
—¿Y él te quiere?
Brian volvió a verlo.
Armando levantó una ceja, preguntándole en silencio cómo iba todo.
—Sí.
—Eso es todo lo que quiero para ti, mi cielo.
Así de sencillo. Como si lo importante nunca hubiera sido que Armando fuera un hombre. Sino que fuera la persona que hacía sonreír a su hijo.
Brian colgó varios minutos después. Se quedó mirando el teléfono.
—¿Qué pasó? —preguntó Armando.
Brian negó con la cabeza.
—Me dijo que creyó que se lo iba a contar antes.
Armando soltó una carcajada.
—¿En serio?
Brian asintió.
—Y que quiere que te lleve en Thanksgiving.
Brian dejó el teléfono sobre la mesa y suspiró sintiendo el alivio recorriéndole el cuerpo.
***
Armando no eligió un discurso.
El siguiente lunes el entrenamiento terminó más temprano de lo habitual y, antes de regresar a su departamento, mandó un mensaje al grupo familiar.
“¿Van a estar en la casa para comer?”
Su mamá respondió casi al instante.
“Sí. ¿Todo bien?”
Armando tardó unos segundos antes de escribir.
“Sí. Nomás quiero verlos.”
Su casa seguía oliendo igual.
A café recién hecho aunque ya pasara del mediodía, al suavizante que usaba su mamá para las cortinas y al perfume tenue de las gardenias del jardín.
Siempre le sorprendía lo fácil que era volver a sentirse de diecisiete años apenas cruzaba esa puerta.
—Ya llegué.
—¡Hijo!
Su mamá apareció desde la cocina secándose las manos con un trapo, sonriendo como si llevara semanas sin verlo y no apenas cuatro días.
Lo abrazó con esa naturalidad que solo tienen las madres.
—Estás más flaco.
—Mamá...
—Sí estás.
—No estoy flaco.
—Bueno, entonces estás deshidratado. —Armando soltó una risa. —¿Comiste?
—Justamente vine a eso.
—Qué bueno, porque hice lasaña.
—Sabías que iba a venir.
Ella levantó una ceja.
—No. Pero te conozco. Cuando escribes "nomás quería verlos" siempre significa que quieres comida.
Él negó con la cabeza.
—Qué mala fama tengo.
—Muy merecida.
Su papá salió de la sala dejando el periódico sobre el brazo del sillón.
—¿Cómo va todo?
—Bien.
—¿Y Chivas?
—También.
—¿Y la rodilla?
—Bien.
Su padre asintió satisfecho, como si ese pequeño interrogatorio semanal bastara para ponerse al corriente.
La conversación continuó durante toda la comida con la facilidad de siempre.
Hablaron del tráfico, de un primo que acababa de comprometerse, de un restaurante nuevo que su mamá quería probar, de un viaje que quizá harían en diciembre. Y Armando respondió a todo.
Incluso discutió cinco minutos con su papá sobre si las Chivas necesitaban nuevos refuerzos.
Pero, debajo de todo eso, el motivo por el que fue a visitar a sus papás seguía flotando en el aire. Cada vez que pensaba ahora, alguien cambiaba el tema. Y cuando nadie lo hacía, era él quien no encontraba el valor.
Hasta que terminaron de comer.
Su mamá empezó a levantar los platos. Armando se puso de pie por reflejo.
—Yo te ayudo.
—No hace falta.
—Sí hace.
Los dos comenzaron a llevar cosas a la cocina mientras su papá limpiaba la mesa.
El sonido del agua cayendo sobre los platos llenó el silencio.
Armando dejó un plato junto al fregadero.
Respiró.
—Ma, quiero contarte algo ...
Ella levantó la vista.
—¿Sí?
Había algo en su tono que hizo que también su papá apareciera desde el comedor.
—¿Todo bien?
Armando tragó saliva. Ya no podía echarse para atrás.
—Sí… —Negó con la cabeza. —Bueno... sí, pero… —Se pasó una mano por la nuca. —Hay algo que quiero contarles.
Los dos dejaron de moverse. Toda la cocina quedó en silencio.
—¿Se acuerdan Brian?
La pregunta salió antes de lo que había planeado.
Su mamá frunció apenas el ceño.
—¿Brian Gutiérrez...? ¿El muchacho que llegó este torneo?
—Sí.
—Claro.
Su papá también asintió.
—El de Chicago.
Armando respiró despacio.
—Bueno… —Miró un instante el piso. Después volvió a levantar la vista. —Brian y yo... estamos juntos.
El silencio fue inmenso.
Como si los tres necesitaran unos segundos para colocar esa frase en el lugar correcto.
Su mamá fue la primera en hablar.
—¿Juntos... de pareja?
Armando asintió. No pudo decir nada más.
Su mamá simplemente lo observó. Y entonces sonrió.
Una de esas pequeñas que nacen antes en los ojos.
—Con razón.
Armando parpadeó.
—¿...qué?
—Con razón hablabas tanto de él.
Él soltó una risa nerviosa.
—¿Tanto?
—Muchísimo.
Su papá intervino con una tranquilidad casi desconcertante.
—Pensé que eran muy buenos amigos.
—Bueno… —Sonrió. —Supongo que eso sigue siendo cierto.
Armando sintió cómo la tensión empezaba a deshacerse sin que él pudiera evitarlo.
Su mamá se acercó un paso.
—¿Desde cuándo?
—Hace unos meses.
—¿Y eres feliz?
Armando pensó en Brian dormido a su lado, en las carcajadas por cualquier tontería y en la paz absurda que sentía cada vez que lo veía aparecer por el pasillo del vestidor.
—Mucho.
—Mientras seas feliz, nosotros te apoyaremos.
Él sintió un nudo subirle a la garganta.
—¿No...cambia nada?
Su papá negó con la cabeza.
—Sigues siendo nuestro hijo.
Sintió los brazos de su mamá rodearlo.
—Cuando quieras, invítalo a comer.
Armando soltó una risa entrecortada.
Su papá le dio una palmada en el hombro.
—Lo difícil va a ser convencer a tu mamá de que no lo alimente como si llevara una semana sin comer.
—¡Oye!
Armando soltó una carcajada, de esas que llegan cuando el cuerpo por fin entiende que ya no tiene que defenderse de nada.
***
El silbatazo final no sonó.
Explotó.
Durante noventa minutos el tiempo había parecido avanzar con una lentitud insoportable, como si el reloj del Estadio Akron se hubiera detenido deliberadamente para poner a prueba la paciencia de todos los que estaban ahí. Cada saque de banda duraba una eternidad. Cada pelota dividida parecía decidir una temporada completa. Cada despeje encontraba miles de pulmones conteniendo el aire al mismo tiempo.
El rugido de más de cuarenta mil personas cayó sobre la cancha con una fuerza capaz de borrar cualquier otro sonido. Las gradas comenzaron a temblar bajo el peso de la gente saltando, abrazándose, llorando. Desde las bancas salieron corriendo utileros, miembros del cuerpo técnico, suplentes y médicos. Alguien lanzó una botella al aire. Otro desapareció debajo de una montaña de jugadores.
Chivas era campeón.
Brian apenas alcanzó a escuchar el silbatazo antes de sentir un golpe en la espalda.
—¡Brian!
Piojo prácticamente se le aventó encima.
Después llegó Tala.
Después alguien que ni siquiera alcanzó a identificar.
De un momento a otro estaba enterrado debajo de tres compañeros mientras todos gritaban cosas distintas.
—¡Somos campeones, cabrones!
—¡No lo puedo creer!
—¡Vamos!
Brian reía sin poder responder. Intentaba levantarse, pero otro cuerpo caía encima antes de conseguirlo. Sentía las piernas temblando por el esfuerzo acumulado, el pecho ardiendo y el corazón golpeándole con tanta fuerza que casi dolía.
El estadio seguía siendo un caos.
La gente cantaba.
Las banderas ondeaban.
Los celulares iluminaban las tribunas como si fueran miles de estrellas.
Brian dio un par de pasos casi sin rumbo, todavía intentando procesar lo que acababa de pasar.
Armando estaba a unos metros.
Tenía las manos sobre las rodillas mientras recuperaba el aire. La camiseta completamente empapada de sudor. El cabello desordenado. Una sonrisa enorme que parecía imposible de contener.
En cuanto levantó la cabeza, sus miradas se encontraron.
No hizo falta ningún gesto.
Los dos comenzaron a caminar al mismo tiempo. Fueron el uno hacia el otro mientras el resto del estadio seguía celebrando alrededor.
Brian fue el primero en hablar.
—Lo logramos...
Su voz apenas se escuchó entre el ruido.
Se abrazaron. Con la misma fuerza con la que uno se aferra a algo que durante mucho tiempo creyó imposible.
Brian escondió la cara en el cuello de Armando. Todavía podía sentir su respiración acelerada y su corazón latiendo tan rápido como el suyo.
—Somos campeones...
Lo dijo casi en un susurro. Como si necesitara escucharlo en voz alta para terminar de creerlo.
Armando sonrió sin separarse.
—Sí...
Brian se echó un poco hacia atrás para mirarlo. Tenía los ojos brillosos.
Entonces una voz rompió el momento.
—¡Mírenlos!
Piojo apareció corriendo con una bandera rojiblanca sobre los hombros y una sonrisa que amenazaba con partirle la cara en dos.
—¿Ya acabaron su escena romántica?
Brian soltó una carcajada.
Armando escondió la cara un segundo entre las manos.
—Piojo...
—¿Qué?
Piojo levantó las manos con absoluta inocencia.
—Si ustedes ya sabían que el verdadero protagonista de esta historia soy yo.
Y, por encima de las risas, de los fuegos artificiales y de las miles de voces que seguían cantando en la tribuna, los tres terminaron caminando juntos hacia el centro del campo, donde el resto del equipo ya esperaba para levantar el trofeo que, por fin, también era suyo.
***
La noticia llegó un martes cualquiera, después del entrenamiento.
El vestidor estaba lleno del ruido habitual. Era uno de esos días que parecían destinados a desaparecer entre tantos otros, sin dejar nada memorable.
Armando estaba terminando de guardar sus cosas cuando sintió vibrar el celular dentro de la mochila.
Era su representante.
Frunció ligeramente el ceño. No solía llamarlo a esa hora.
—¿Bueno?
Del otro lado no hubo saludos largos.
—¿Estás solo?
La pregunta bastó para que el estómago se le encogiera.
Levantó la vista. Brian seguía riéndose con Roberto al otro lado del vestidor. Varios compañeros pasaban entre ellos sin prestarle atención.
—Espérame.
Salió al pasillo y cerró la puerta detrás de él.
—Ahora sí.
Su representante respiró hondo.
—No quiero que te emociones de más porque todavía falta que los clubes cierren los detalles... pero ya hay una oferta formal.
Armando sintió que el corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que por un momento dejó de escuchar.
—¿Oferta?
—De Europa.
Silencio.
—¿Quién?
—Ajax.
Durante varios segundos no respondió.
Había repetido ese nombre tantas veces desde niño que ahora le parecía extraño escucharlo dirigido hacia él.
Ajax.
El club donde habían jugado tantos futbolistas que admiraba. El que tenía fama de convertir jóvenes promesas en figuras internacionales.
—¿Estás ahí? —preguntó su representante.
—Sí...
Pero apenas pudo pronunciar la palabra. Apoyó una mano contra la pared del pasillo. Necesitaba sentir algo que le recordara que seguía parado en Guadalajara.
—¿Es... es serio?
—Muy serio. Vinieron a verte varias veces este torneo. También revisaron tus partidos con la Selección. Les gusta tu perfil, creen que puedes adaptarte muy bien a su estilo. Ahora depende de que Chivas acepte las condiciones y de que tú quieras ir.
Que él quisiera.
Como si hubiera alguna parte de él que pudiera decir que no.
Había fantaseado muchas veces con llamadas, contratos, entrevistas, fotografías sosteniendo una camiseta nueva. Nunca imaginó que, cuando por fin ocurriera, lo primero que sentiría no sería euforia, sino miedo.
Porque aceptar significaba dejar Guadalajara, dejar Chivas, dejar a su familia. Y dejar a Brian.
Su representante siguió hablando sobre cifras, tiempos y exámenes médicos, pero Armando apenas alcanzaba a entender fragmentos. Respondía de vez en cuando con un "sí" o un "entiendo", mientras su cabeza ya estaba en otro lugar.
Cuando colgó, permaneció inmóvil unos segundos.
Luego volvió a entrar al vestidor. Todo seguía exactamente igual.
Y, sin embargo, él sentía que acababa de cruzar una puerta invisible de la que ya no había regreso.
Brian levantó la cabeza apenas lo vio entrar.
—¿Todo bien?
Armando tardó un segundo en contestar.
Lo observó.
Intentó memorizar aquella escena absurda: Brian sentado en la banca, con el cabello todavía húmedo por la ducha, una sonrisa despreocupada y la playera de entrenamiento a medio poner.
Pensó, con una claridad que casi dolía, que quizá dentro de unos meses esa imagen dejaría de formar parte de su rutina.
—Sí. —Mintió con una facilidad que no esperaba tener. —Todo bien.
Pero mientras se sentaba a su lado y fingía escuchar cualquier conversación sobre la cena del equipo, una sola idea se repetía una y otra vez en su cabeza.
Europa acababa de dejar de ser un sueño.
***
Una semana después, previo a un partido amistoso de pretemporada en Monterrey, Brian lo encontró ya de noche, cuando el resto del equipo había terminado de cenar y el hotel comenzaba a quedarse en silencio.
Armando sentado en la terraza, con una sudadera encima y el celular en la mano, distraído mirando cualquier cosa que, en cuanto escuchó la puerta abrirse, dejó de importar.
—¿Qué haces aquí solo? —preguntó Brian, sentándose a su lado.
Armando le hizo espacio a su lado sin responder de inmediato. Apoyó los codos sobre las piernas, entrelazó las manos y bajó la vista unos segundos.
Brian lo observó de reojo.
Había aprendido a reconocer esos silencios. Sabía cuándo Armando estaba cansado y cuándo estaba acomodando las palabras antes de decir algo importante.
—¿Pasó algo?
Armando soltó el aire lentamente.
—He estado hablando con mi representante.
Brian asintió, esperando.
—Llegó una oferta.
El silencio apenas duró un segundo. Después, Brian sonrió.
—¿Neta?
Armando levantó la vista.
—Sí.
—¿De dónde?
Hubo un instante en el que el nombre volvió a pesarle en la lengua.
—Del Ajax.
Brian abrió los ojos con sorpresa.
—¿Del Ajax... Ajax?
Armando no pudo evitar reír un poco.
—Sí, del Ajax Ajax.
Brian soltó una carcajada y, sin pensarlo, le dio un golpe cariñoso en el hombro.
—¡No mames, Hormiga! —Se levantó de la banca como si él fuera el que acabara de recibir la noticia. —¡Eso está cabrón!
Comenzó a caminar de un lado a otro de la terraza.
—¿Ya es oficial?
—Todavía faltan detalles entre los clubes.
—Pero es una oferta formal.
—Sí.
Brian volvió a acercarse. Tenía esa expresión que Armando conocía tan bien: la de cuando algo realmente lo emocionaba.
—Te van a llevar a Europa… —Lo dijo casi con incredulidad. Como si estuviera viendo hacerse realidad un sueño que también había presenciado desde cerca. —Te lo mereces, en serio.
Armando sintió que un nudo se formaba en su garganta. Porque esa era exactamente la reacción que esperaba de Brian. Y, al mismo tiempo, era la que le resultaba más difícil de soportar.
—No sé si estoy listo.
Brian frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo que no?
—Es... todo. Europa, otro idioma, otro país. Empezar desde cero.
Brian negó con la cabeza.
—¿Te acuerdas cuando llegué a Chivas?
Armando sonrió apenas, ¿cómo olvidarlo?
—Yo también pensaba que no estaba listo. Que era demasiado para mi. Que me iba a equivocar. —Hizo una pausa. —Y luego llegué... y estaban ustedes.
Armando levantó la mirada.
Brian le sonrió con una tranquilidad que siempre conseguía contagiarle.
—Ahora a ti te toca ser ese güey que llega a un lugar nuevo.
—No va a ser tan fácil.
—No.
Brian respondió sin intentar endulzar la realidad.
—Va a dar miedo, habrá días horribles. Pero también va a haber un día en el que vas a entrar al Johan Cruyff Arena y vas a pensar: "No puedo creer que este sea mi trabajo."
Armando soltó una risa baja.
Brian dio un paso más cerca.
—Y ese día quiero que me marques. Aunque aquí sean las tres de la mañana. Quiero ser el primero en saber cómo se siente.
Armando sintió que la presión en el pecho aumentaba.
—¿No te molesta?
Brian lo miró confundido.
—¿Molestarme?
—Que me vaya.
Brian tardó apenas un instante en entender lo que realmente estaba preguntando. Entonces negó con una suavidad que casi dolía.
—¿Cómo podría? —Le tomó una mano entre las suyas. —Llevamos años soñando con esto, Armando. No puedo decir que te amo y al mismo tiempo pedirte que renuncies a lo que siempre has querido.
Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.
—¿Te voy a extrañar? Muchísimo. Todos los días. Pero sería un imbécil si no estuviera feliz por ti.
Armando sintió un ardor detrás de los ojos.
Brian acercó la frente a la suya y cerró la poca distancia que quedaba entre ellos.
—Ve y rómpela en Europa. Prométeme eso.
Armando asintió sin poder hablar.
Por un momento, el miedo dejó de ocupar todo el espacio. Seguía ahí, pero ahora convivía con otra certeza. No importaba cuántos kilómetros hubiera entre Guadalajara y Ámsterdam. Había alguien que iba a celebrar cada paso de su carrera como si fuera propio.
***
Habían pasado apenas unas semanas desde que aterrizó en Ámsterdam y Armando ya había perdido la cuenta de cuántas veces se había sentido completamente fuera de lugar.
El clima que parecía empeñado en demostrarle que el sol existía solo por compromiso. Las bicicletas que aparecían por todos lados y que casi lo atropellaban cada vez que olvidaba mirar antes de cruzar. Los horarios distintos, el supermercado donde tardaba veinte minutos encontrando algo tan simple como leche porque todas las etiquetas estaban en neerlandés, los compañeros que hablaban inglés entre ellos con una naturalidad que él todavía no conseguía imitar.
En la cancha tampoco era sencillo, porque el ritmo era otro y todo ocurría más rápido.
Los entrenamientos parecían no dar espacio para pensar dos veces y, cuando por fin llegaba al departamento que el club le había conseguido, el silencio que lo recibía era insoportable.
Toda su vida había soñado con vivir en Europa, pero nunca se había detenido a imaginar lo mucho que podía extrañarse escuchar a alguien hablar tu mismo idioma, un "¿ya llegaste?" de su mamá o el ruido constante del vestidor de Chivas.
Y, sobre todo, a Brian.
La diferencia de horario terminó convirtiéndose en una ciencia en su relación.
Brian aprendió primero, nunca le preguntaba si podía hablar, simplemente calculaba.
El teléfono vibraba casi siempre en el momento exacto.
"¿Ya sobreviviste al entrenamiento de hoy?"
Otras veces:
"¿Qué cenaste?"
"Mándame foto."
"No me digas que otra vez comiste un sándwich."
Armando respondía con una fotografía mal tomada del plato más simple del mundo.
Cinco minutos después recibía una nota de voz.
—No, Hormiga. Así no se puede vivir. Eso no tiene sabor a nada. Cuando vaya te voy a enseñar a cocinar aunque sea tres cosas.
Armando sonreía solo en la cocina. No porque el chiste fuera especialmente bueno. Sino porque, durante unos segundos, el departamento dejaba de sentirse tan vacío.
Los partidos empezaron poco después y Brian veía todos los que podía. Aunque significara despertarse de madrugada y al día siguiente también tuviera entrenamiento.
Cuando el debut de Armando terminó, encontró tres llamadas perdidas y un mensaje.
"ORGULLOSO DE TI."
En mayúsculas. Como si eso pudiera expresar todo lo que no alcanzaba a decir.
Armando lo llamó inmediatamente.
—¿Lo viste?
—¡Claro que lo vi!
Brian hablaba tan emocionado que parecía haber estado en la tribuna.
—¡La asistencia fue tuya!
—No fue asistencia...
—¡Cállate! Tocaste la pelota antes del gol. Para mí cuenta.
Armando soltó una risa.
Brian continuó describiendo cada jugada con un entusiasmo absurdo, recordándole un pase, una recuperación, un cambio de orientación que ni él mismo había considerado importantes.
Era como escuchar el partido desde los ojos de alguien que solo quería encontrar razones para sentirse orgulloso.
—¿Sabes qué fue lo mejor? —preguntó Brian.
—¿Qué?
—Te veías feliz.
***
Los días malos también llegaron. Mucho antes de lo que Armando hubiera querido.
Tuvo un entrenamiento especialmente difícil, cometió muchísimos errores y ahora un comentario del entrenador llevaba horas repitiéndose en su cabeza.
Esa noche contestó la videollamada sin siquiera encender la luz del departamento.
Brian tardó tres segundos en darse cuenta.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Hormiga...
Armando guardó silencio.
Brian suspiró del otro lado de la pantalla.
—¿Quieres que hablemos o quieres que yo hable y tú nomás escuchas?
—Habla tú.
Brian empezó a contarle cualquier tontería.
Que el Piojo había perdido una apuesta y ahora debía llevar una mochila rosa durante toda la semana o que el CM le había escondido los tenis a todo el mundo.
Historias pequeñas e insignificantes, pero fueron suficientes para transportar a Armando de vuelta a casa durante media hora.
Cuando Brian terminó, el silencio ya no pesaba igual.
—¿Mejor?
Armando asintió.
—Un poco.
Brian sonrió.
—Sabía que sí.
—¿Cómo?
—Hace años tú hacías lo mismo conmigo.
Armando frunció el ceño.
—¿Yo?
—Cuando llegué a Chivas. Nunca intentabas resolverme la vida. Nomás te sentabas conmigo. Y de alguna manera eso hacía que todo fuera menos pesado. —Brian apoyó la barbilla sobre la mano. —Déjame devolverte el favor.
Armando sintió un nudo en la garganta.
La distancia les había quitado la posibilidad de abrazarse después de un día difícil, pero no había cambiado la forma en que seguían cuidándose.
Porque incluso a miles de kilómetros de distancia, Brian seguía encontrando la manera de hacerle sentir que nunca estaba realmente solo.
***
El teléfono vibró mientras Armando terminaba de preparar café.
A esas alturas ya ni siquiera necesitaba mirar la pantalla para saber quién era. Brian casi siempre llamaba a la misma hora.
—¿Qué onda?
Del otro lado hubo unos segundos de silencio.
—¿Estás ocupado?
Armando sonrió.
—¿Qué hiciste?
—¿Por qué asumes que hice algo?
—Porque cuando empiezas así siempre hiciste algo.
Escuchó una risa baja, después un suspiro.
—Hoy me habló mi representante.
Armando dejó la taza sobre la barra de la cocina.
El corazón le dio un vuelco.
Era exactamente la misma frase que él había pronunciado un año antes.
—¿Sí?
—Llegó una oferta.
Ahora fue Armando quien sonrió antes de escuchar el resto. Porque conocía esa voz, esa que tenía un tinte de emoción y miedo.
—¿Quién?
Brian soltó el aire.
—PSV.
Armando tardó apenas un segundo.
Luego empezó a reír. Era una risa llena de alivio y de mucha felicidad.
—¿De qué te ríes?
—Brian… —Se llevó una mano a la frente. —Estarías... ¿a una hora y media de aquí?
—Más o menos.
Los dos comenzaron a fantasear sobre lo mismo sin decirlo en voz alta: trenes, carreteras, días libres, concentraciones…
Brian rompió el silencio.
—Todavía no es seguro.
—Lo sé.
—Falta que se arreglen los clubes.
—Lo sé.
—Y todavía tengo que pasar exámenes médicos.
—También lo sé.
Brian soltó una risa.
—Nomás quería decirte.
Armando apoyó un brazo sobre la barra de la cocina.
Miró por la ventana.
Llovía como casi todos los días, pero desde que había llegado a Países Bajos, el cielo le pareció mucho menos gris.
—Vas a venir.
Brian no respondió.
—¿Si crees?
—Eso parece.
Armando cerró los ojos.
—No sabes cuánto llevo esperando escuchar eso.
Brian permaneció callado unos segundos.
—Oye...
—¿Mmm?
—Tengo una pregunta medio tonta.
Armando sonrió.
—A ver.
—¿Tu departamento tiene dos habitaciones?
Hubo un silencio tan largo que Brian creyó haber perdido la llamada.
—¿Hormiga?
Cuando Armando volvió a hablar, lo hizo riéndose.
—¿Me estás proponiendo ser roomies?
Brian hizo una mueca al otro lado del teléfono.
—Bueno… O sea… Si ya voy a estar allá… —Titubeo. —Y las rentas están carísimas...
Armando ya no escuchó el resto.
Porque una sonrisa enorme acababa de instalarse en su cara.
Un año antes había aprendido a cenar solo, a llegar a un departamento vacío, a hablarle a las paredes algunos días solo para escuchar una voz.
Ahora Brian estaba preguntándole, con todos los rodeos posibles, si quería compartir ese mismo departamento.
—Brian.
—¿Sí?
—Hace un año me prometiste que un día ibas a venir.
—¿Sí?
—Ahora me lo tienes que cumplir.
Brian sonrió.
—Entonces… ¿sí quieres?
Armando dejó escapar una risa.
—Creo que sería buena idea.
—¿Estás seguro?
—Brian...
—¿Qué?
—Llevo un año imaginando cómo sería abrir la puerta y encontrarte aquí.
—Nomás te aviso una cosa.
—¿Cuál?
—No pienso comer esos sándwiches horribles que hacías cuando llegaste.
Armando soltó una carcajada.
—Ya aprendí a cocinar.
—¿Seguro?
—Más o menos.
—Perfecto.
Y mientras los dos se reían, ninguno quiso decir en voz alta lo que ambos estaban pensando.
Era la primera vez que imaginaban un hogar compartido. Como algo que, por fin, empezaba a parecer posible.
***
Brian llevaba tres semanas en Eindhoven.
Tres semanas que, objetivamente, habían salido mejor de lo esperado.
El PSV lo había recibido bien. El entrenador parecía confiar en él. Los compañeros hacían un esfuerzo constante por incluirlo en las conversaciones, aunque la mayoría terminaran mezclando inglés con neerlandés hasta convertir cualquier comida en un rompecabezas lingüístico.
Todo marchaba bien.
Eso era precisamente lo frustrante porque, aun así, seguía sintiéndose fuera de lugar.
Cada mañana descubría una nueva palabra que no entendía. Cada entrenamiento le recordaba que todavía pensaba medio segundo más lento que los demás.
Y luego estaba Armando.
Lo observaba caminar por Ámsterdam con una facilidad que resultaba molesta: saludaba al barista por su nombre, pedía café sin cambiar al inglés, ya no miraba el mapa del celular para encontrar la estación de tren. Ya pertenecía a esa ciudad.
Brian sonreía cada vez que lo veía desenvolverse así. Porque durante un año entero había deseado exactamente eso para él.
Aquella tarde habían quedado de verse después del entrenamiento.
Brian esperaba encontrarlo solo.
En cambio, al salir del estacionamiento del PSV, encontró a Armando apoyado sobre una bicicleta junto a otro chico rubio, alto, con una chamarra del Ajax y una sonrisa tan amplia que parecía conocer a todo el mundo.
Armando levantó la mano apenas lo vio.
—¡Brian!
El rubio giró inmediatamente.
—¡Así que tú eres Brian! —Antes de que pudiera reaccionar, ya lo estaba abrazando. —Soy Ben.
Brian alcanzó a corresponder el abrazo, todavía un poco desconcertado.
—He escuchado mucho sobre ti. —Continuó sin esperar respuesta de Brian.
—Mucho gusto. —A penas logro articular.
Ben comenzó a hablarle con una naturalidad que fue casi incómoda porque él no lo conocía, pero el rubio parecía saberlo todo sobre él. Le preguntó cómo iban los entrenamientos, si ya había probado las croquetas holandesas. Incluso reducía deliberadamente la velocidad al hablar cuando notaba que Brian tardaba un poco más en procesar alguna frase.
Era imposible encontrarle un defecto.
Y quizá por eso resultaba tan fácil sentirse incómodo.
Los tres caminaron hasta una cafetería junto a un canal.
La conversación iba y venía entre inglés, español y, de vez en cuando, alguna palabra en neerlandés que Brian todavía no entendía.
Ben señalaba edificios, contaba historias del Ajax y les recomendaba lugares para visitar.
Armando respondía con una soltura que Brian nunca le había visto durante su primer año en Europa.
En algún momento Ben dijo algo en neerlandés y Armando respondió inmediatamente. Los dos soltaron una carcajada.
Brian sonrió por reflejo.
Al despedirse, Ben le dio una palmada en el hombro.
—La siguiente tú invitas.
Brian rió.
—Deal.
—Cuídalo. —Ben señaló a Armando.
Brian asintió.
—Siempre.
Ben levantó la mano a modo de despedida y se alejó caminando por el canal.
Durante unos minutos siguieron andando en silencio.
—¿Te cayó bien?
—Sí.
Y era verdad. Eso era lo peor. Ben le había caído increíble.
Los días siguientes no mejoraron.
El entrenamiento del PSV fue un desastre.
Al volver al departamento sintió ese cansancio que no venía de las piernas, sino de la cabeza.
Lo único que quería era desconectarse.
Cuando llegó, Armando estaba terminando de cambiarse.
—Oye, Ben quiere que vayamos a cenar. Dice que unos compañeros del Ajax también van.
Brian dejó las llaves sobre la mesa.
—¿Hoy?
—Sí.
—No tengo muchas ganas.
—Está bien. Si prefieres descansar… —Armando alcanzó el respaldo de una silla para tomar su chamarra. —Entonces voy yo y...
—¿Siempre tiene que estar Ben?
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. El departamento quedó completamente en silencio.
Armando dejó de moverse y giró lentamente hacia él.
—¿Qué?
Brian pasó una mano por su cara.
—Nada.
—No. Dijiste algo, ¿qué quisiste decir?
Brian negó con la cabeza.
—Olvídalo.
—Brian. Dímelo.
Él cerró los ojos un instante.
Respiró hondo, pero el nudo que llevaba semanas creciendo ya no cabía dentro del pecho.
—Siento que siempre está contigo.
Armando frunció el ceño.
—Es mi amigo.
—Ya sé.
—Y mi compañero de equipo...
Brian dejó escapar una risa amarga.
—Ese es el problema. No puedo ni siquiera enojarme porque me cae bien.
Armando lo observaba sin entender hacia dónde iba todo aquello.
Brian caminó un par de pasos por la sala. Las palabras comenzaron a salir mucho más rápido.
—Llegué pensando que iba a encontrarte igual que cuando nos despedimos. Que ahora sí íbamos a recuperar todo el tiempo y que por fin íbamos a vivir en el mismo país. Y luego llegué aquí… Te vi hablando neerlandés, teniendo planes, amigos, una rutina…
Se quedó callado unos segundos.
—…siento que llegué un año tarde a tu vida.
Armando dio un paso hacia él.
—¿Sabes por qué Ben es mi amigo? —Brian no respondió. —El primer día que llegué al Ajax… me vio comiendo solo. Y en lugar de dejarme ahí, se sentó conmigo. Me habló en inglés porque se dio cuenta de que estaba perdido. Me enseñó dónde comprar despensa y qué tranvía tomar.
Brian levantó lentamente la cabeza.
—Hizo exactamente lo mismo que yo hice contigo cuando llegaste a Chivas. —Armando dio otro paso. —No ocupó tu lugar.
Brian sintió que toda la tensión que había acumulado durante semanas se convertía de golpe en vergüenza.
—Yo…
—No. Déjame terminar. —Armando tomó sus manos. —¿Crees que me acostumbré a vivir sin ti?
Brian no contestó.
—Aprendí a sobrevivir aquí. No es lo mismo. —Sus dedos apretaron suavemente los de Brian. —Y llevaba un año soñando con que llegaras para poder enseñarte todo esto.
Brian tragó saliva. Una sonrisa pequeña, apenas perceptible, apareció entre tanta culpa.
—La verdad...
—¿Qué?
—Creo que estoy celoso de un holandés que lo único que hizo fue ser buena persona.
Armando soltó una risa entrecortada. Brian terminó riéndose también.
Se llevó una mano a la nuca, avergonzado.
—Qué oso.
—Bastante.
—No me cae mal.
—Ya sé.
—Solo necesito un poquito más de tiempo para alcanzarte.
Armando no respondió con palabras. Simplemente lo abrazó.
***
Nunca había sido capaz de imaginar a Armando vestido con otros colores.
Cuando firmó con el Ajax pasó horas viendo las fotografías de la presentación, tratando de acostumbrarse a verlo con un uniforme que no fuera el rojiblanco de Chivas. Se aprendió el escudo, la tipografía del dorsal, incluso terminó comprándose una sudadera del club.
Pero verlo desde el túnel a punto de comenzar el clásico del PSV vs Ajax… Eso era distinto.
El estadio rugía alrededor de ellos mientras ambos equipos esperaban la orden para salir al campo. Las luces caían sobre el concreto húmedo, las cámaras iban y venían frente a las filas de jugadores y el murmullo de cuarenta mil personas vibraba bajo los pies como un motor imposible de apagar.
Brian acomodó las espinilleras por tercera vez, no porque las necesitara, sino porque sus manos no encontraban otra cosa que hacer.
Cuando levantó la vista, ahí estaba Armando. Dos filas más adelante, usando la chamarra del Ajax cerrada hasta el cuello, las manos detrás de la espalda y esa expresión tranquila que siempre aparecía antes de los partidos importantes.
Era Armando, pero no el Armando que se quedaba dormido viendo series en el sofá o el que dejaba vasos de agua olvidados por toda la casa.
Ese era el delantero del Ajax. El que acababa de convertirse en uno de los futbolistas jóvenes más prometedores de la Eredivisie.
Por un instante, Brian sintió algo parecido al vértigo al sentir su cuerpo lleno de orgullo. Porque la imagen que tenía frente a él era exactamente la que Armando había imaginado durante años, cuando todavía entrenaban en Verde Valle y Europa era una palabra demasiado grande para decirla sin reírse después.
Como si hubiera sentido la mirada, Armando giró apenas la cabeza. Sus ojos se encontraron durante un segundo, pero no se saludaron, solo hizo una inclinación casi imperceptible de la cabeza.
Brian respondió del mismo modo y ambos volvieron a mirar al frente.
El partido empezó con una intensidad que rozaba la violencia. No había tiempo para pensar.
Brian encontró a Armando por primera vez al minuto doce. Recibió un balón entre líneas y giró con intención de acelerar. No alcanzó a dar dos pasos cuando sintió un toque limpio sobre la pelota.
Después el cuerpo de Armando pasando junto al suyo con una naturalidad desesperante.
Brian giró inmediatamente para perseguirlo.
—¡Hormiga! —Gritó uno de los defensores del Ajax.
Armando levantó la cabeza y cambió el juego con un pase de cuarenta metros que cayó exactamente donde debía.
Brian dejó de correr apenas un segundo. Había visto ese pase cientos de veces, pero nunca desde el lado contrario.
Al descanso el marcador seguía empatado a cero.
Brian respiraba con dificultad mientras bebía agua mientras el entrenador hablaba, movía fichas y corregía movimientos y él asentía. Pero, muy en el fondo, seguía pensando exactamente lo mismo.
Qué cabrón juega Armando.
La idea apareció tan espontáneamente que casi le dio risa. Estaba en medio de un partido importante y seguía encontrando razones para enamorarse de su novio.
La segunda parte fue todavía más dura.
Hubo un momento, cerca del minuto setenta, en que ambos llegaron al mismo balón dividido.
Los dos frenaron tarde. Las espinillas chocaron con un golpe seco y ambos terminaron en el pasto.
El estadio entero silbó esperando una pelea.
Brian levantó la vista y Armando ya le estaba ofreciendo la mano.
—¿Todo bien? —preguntó en español.
—Sí.
Brian aceptó el impulso y se puso de pie.
El gol del PSV llegó faltando diez minutos. Brian no fue quien anotó, pero inició la jugada. Recuperó un balón en media cancha, rompió la presión con un cambio de ritmo y filtró un pase al espacio que terminó convirtiéndose en asistencia.
El estadio explotó. Sus compañeros lo rodearon.
Brian gritó el gol con todo el aire que todavía le quedaba en los pulmones.
Y, aun en medio de la celebración, buscó instintivamente una camiseta blanca y roja.
Armando caminaba hacia el círculo central con las manos sobre la cintura. Preparándose para sacar de nuevo.
Cuando el silbatazo final confirmó la victoria del PSV, el estadio volvió a rugir.
Brian apenas tuvo tiempo de abrazar a un par de compañeros antes de girarse.
Armando ya venía caminando hacia él.
—Jugaste muy cabrón.
Armando sonrió con ese cansancio que solo aparece después de dejar absolutamente todo en la cancha.
—Tú también.
Brian negó con la cabeza.
—No. En serio. Hubo un momento en el primer tiempo donde me quitaste el balón y extrañé estar en el mismo equipo que tú. —Hizo una pausa, riéndose para sí mismo. Armando soltó una carcajada.
La tensión desapareció al instante.
Brian observó el escudo del Ajax sobre el pecho de quien amaba.
Por un momento recordó la primera vez que lo vio llegar a Verde Valle, callado, serio, con la mochila colgada al hombro y la mirada siempre baja.
Si alguien le hubiera dicho entonces que años después se encontrarían en un clásico neerlandés, defendiendo colores distintos frente a miles de personas, se habría reído.
***
La lluvia golpeaba con suavidad las ventanas del departamento.
Era una llovizna constante que parecía formar parte del paisaje igual que los canales o las bicicletas apoyadas sobre cualquier barandal.
Brian apagó la cafetera mientras el aroma comenzaba a llenar la cocina.
Ya conocía la rutina de memoria y todavía le parecía increíble que esa fuera su vida.
Durante años había imaginado estar en Europa, pero nunca pensó que su parte favorita sería compartir un hogar con Armando.
Escuchó pasos arrastrándose por el pasillo.
Armando apareció todavía medio dormido, usando una sudadera gris. Tenía el cabello desordenado, los ojos apenas abiertos y la expresión perdida de quien todavía no termina de despertar.
Brian dejó escapar una risa bajita.
—¿Sigues dormido?
Un murmullo ininteligible fue toda la respuesta.
—Ajá.
—Eso pensé.
Con una mano siguió revolviendo el café. Con la otra le acarició distraídamente la espalda.
Después de unos segundos sintió cómo Armando estiraba el brazo para intentar alcanzar un chocolate del recipiente que estaba sobre la barra.
Brian apartó el plato apenas unos centímetros.
—No.
—¿Por?
—Porque primero debes desayunar bien.
—Nomás uno.
—No.
Armando levantó la cabeza para verlo con una expresión de absoluta indignación.
—Eres muy malo conmigo.
—Sí.
—Dame uno.
Brian tomó una chocolate y se lo acercó a la boca.
—Ándale pues.
Armando rodó los ojos, pero terminó aceptando.
—Qué mandón.
—Y tú qué consentido.
—Pues tú me acostumbraste.
Brian soltó una carcajada.
—Eso sí es cierto.
Mientras Armando se sentaba por fin en la barra, Brian terminó de preparar el desayuno.
Sin pensarlo demasiado acomodó el plato frente a él. Le sirvió café. Le puso un poco más de miel al yogurt porque sabía perfectamente que, si no lo hacía, Armando iba a hacerlo de todos modos.
Cuando terminó, apenas se dio cuenta de un detalle.
Lo observó unos segundos mientras Armando leía distraídamente algo en el celular, con el cabello todavía revuelto y la manga de la sudadera cubriéndole media mano.
Había visto esa escena cientos de veces. Y, sin embargo, algo dentro de él hizo clic.
"Quiero hacer esto toda mi vida."
Sintió un calor extraño instalándose despacio en el pecho.
Toda la vida. No solo mientras jugaran en Países Bajos. No solo mientras fueran futbolistas. Quería todas las mañanas, las compras del supermercado, las discusiones sobre quién olvidó sacar la basura, los cumpleaños, las canas, los domingos sin hacer absolutamente nada.
Quería todo. Y quería que fuera con Armando.
Armando seguía completamente concentrado intentando enfriar su café soplándole desde distintos ángulos. Brian sonrió. Con esa ternura silenciosa que solo aparecía cuando lo miraba sin que él se diera cuenta.
—¿Qué? —preguntó Armando al notar que llevaba demasiado tiempo viéndolo.
Brian tardó un instante en reaccionar. Negó con la cabeza, sonriendo para sí mismo.
—Nada.
Dejó el plato sobre la mesa y, en lugar de regresar por su café, dio un pequeño rodeo hasta quedar junto a él.
Armando apenas levantó la vista del teléfono cuando sintió una mano apoyarse con cuidado en su nuca.
—¿Qué…?
No alcanzó a terminar la pregunta.
Brian se inclinó apenas lo suficiente para dejar un beso corto sobre sus labios.
Cuando se separó, Armando seguía mirándolo con esa expresión entre confundida y divertida que aparecía cada vez que Brian hacía algo inesperado.
—¿Y eso?
Brian se encogió de hombros.
—Se me antojó.
Armando soltó una risa bajita, esa que siempre parecía empezar en los ojos antes que en la boca.
—Qué raro eres.
—Sí.
Brian le acomodó distraídamente un mechón de cabello detrás de la oreja antes de volver hacia la cocina para rescatar el pan del tostador.
—Pero me quieres.
—Muchísimo.
Lo dijo con tanta naturalidad que ninguno de los dos sintió la necesidad de seguir hablando.
Brian sonrió de espaldas mientras servía el café.
Ese mismo día esperó a que Armando saliera a entrenar con el Ajax. En cuanto escuchó cerrarse la puerta del departamento, tomó el teléfono para llamar a alguien.
Marcó.
Roberto respondió casi de inmediato.
—¿Qué onda, europeo? ¿Cómo andas?
—Bien… muy bien la verdad.
—Eso chingón, ¿y tu marido?
Brian sonrió. Todavía le daba risa que Roberto jamás hubiera dejado de llamarlo así.
—Fue a entrenar.
—Ah, entonces sí puedes hablar. Porque si está él siempre me ignoras.
—Cállate.
Roberto estaba a punto de contestar cuando Brian respiró hondo.
—Oye...
—Mmm.
—Necesito pedirte un consejo.
—A ver, ¿para qué soy bueno?
Hubo un segundo de silencio.
—Me quiero casar con Armando.
Del otro lado de la llamada se escuchó un ruido extraño. Después una tos violentísima.
—¿Estás bien?
La tos del Piojo no cesaba.
—¡Espérate, cabrón!
Brian frunció el ceño.
—¿Qué?
—¡Me hiciste escupir el café!
Se escuchó algo caer al suelo. Después la voz de Roberto, todavía tosiendo.
—¡¿CÓMO SUELTAS ESO DE LA NADA, IMBÉCIL?!
Brian no pudo evitar empezar a reír.
—Perdón.
—¡NO, NO ES "PERDÓN"! Acabas de decir "me quiero casar con Armando" como si estuvieras hablando del clima.
Brian se encogió de hombros, aunque Roberto no pudiera verlo.
—Pues… Es que sí me quiero casar con él.
Roberto dejó escapar un suspiro largo.
—...¿Es en serio?
Brian miró hacia la cocina. Todavía seguían las dos tazas sobre la barra, las migajas del desayuno y la sudadera de Armando abandonada sobre el respaldo de una silla.
Sonrió.
—Nunca había estado tan seguro de algo.
Del otro lado de la línea ya no hubo bromas. Solo una voz mucho más suave.
—Entonces lo va a hacer muy feliz.
Brian sintió que se le cerraba un poco la garganta.
—Eso espero.
—No. Lo sé. Porque nunca he visto a nadie mirar a otra persona como tú lo miras a él.
Brian bajó la vista.
—Ahora viene el problema.
—¿Cuál?
—No tengo idea de anillos, ni de cómo pedir matrimonio. Ni de nada.
Roberto soltó una risa.
—Ah… Ahora sí estamos hablando. Porque tú eres un romántico de película pero estás bien menso para planear.
Brian resopló.
—Gracias.
—Para servirte. —Hizo una pausa. —Pero no te preocupes, yo te voy a ayudar.
—Y otra cosa…
—¿Qué?
—Si todo sale bien… Quiero que seas nuestro padrino.
El silencio del otro lado fue inmediato.
Brian incluso apartó el teléfono para comprobar que la llamada no se hubiera cortado.
—¿Piojo?
Cuando Roberto respondió, la voz le salió más baja de lo normal.
—...No chingues.
—¿Qué?
—Ahora sí me vas a hacer llorar, cabrón.
Brian soltó una risa.
—¿Entonces sí?
Roberto respiró hondo.
—Ni preguntes, wey. Claro que sí. —Su voz transmitía una emoción genuina. —Pero una cosa te digo.
—¿Qué?
—Si ese tarado llega a decirte que no… Voy hasta Países Bajos a madrearlo personalmente.
Brian rio con ganas.
—No creo que haga falta.
Mientras seguían bromeando sobre trajes, anillos y lo mucho que Roberto iba a presumir que él había "creado esa relación", Brian sintió que la decisión que había tomado esa mañana dejaba de ser un pensamiento privado.
Y, curiosamente, decirlo en voz alta no lo volvió más aterrador.
***
La primera vez que Brian escondió el teléfono, Armando no dijo nada.
La segunda tampoco.
A la tercera decidió convencerse de que estaba exagerando.
Después de todo, una relación también consistía en eso. En entender que no todas las conversaciones tenían que compartirse. Brian seguía teniendo amigos, familia, compañeros. No existía ninguna razón para desconfiar.
Eso se repetía cada vez que el celular vibraba y Brian se levantaba del sillón con un torpe:
—Ahorita vengo.
O desaparecía en el balcón.
O cerraba la puerta del cuarto.
O respondía mensajes con el teléfono inclinado de una forma ridículamente evidente.
Así que dejó de preguntarle.
Al menos durante unos días.
El problema fue que Brian también dejó de estar presente. No físicamente. Porque seguía desayunando con él, seguían viendo series antes de dormir y seguían turnándose para cocinar.
Pero había momentos, muy pequeños en los que simplemente desaparecía.
Una noche estaban doblando la ropa recién salida de la secadora. Brian sostenía una playera del PSV entre las manos y el celular vibró sobre la mesa.
Sonrió apenas leyó el mensaje.
Y, sin darse cuenta, dejó de doblar la ropa.
Se quedó mirando la pantalla, respondió un mensaje y volvió a sonreír.
Armando terminó de acomodar toda la pila antes de levantar la vista.
—¿Todo bien?
Brian dio un respingo, como si acabaran de despertarlo.
—¿Eh?
—Te pregunté si todo bien.
—Sí, todo bien. —Dejó el teléfono boca abajo inmediatamente. Demasiado rápido.
Armando observó el gesto y no dijo nada, pero algo empezó a incomodarle.
Luego, Ben empezó a aparecer demasiado. Alprincipio era normal. Vivían relativamente cerca. Se llevaban bien. Era lógico que pasara a saludarlos.
Pero de pronto… Siempre llegaba cuando Armando no estaba.
Aquella tarde, Armando fue al supermercado solo y cuando regresó, abrió la puerta del departamento con la intención de sorprender a Brian llevándole su café favorito.
Ni siquiera alcanzó a saludar cuando escuchó voces en la sala.
Eran Brian y Ben. Se estaban riendo.
Los encontró inclinados sobre la mesa del comedor. Había papeles esparcidos en ella.
En cuanto lo vieron… Brian cerró el catálogo de golpe y los dos levantaron la cabeza exactamente al mismo tiempo.
Brian sonrió. Una sonrisa completamente falsa.
—¡Amor! Ya llegaste.
Armando dejó el café sobre la barra.
—Sí.
Silencio.
Ben carraspeó.
—Bueno… Creo que ya me voy. —Y caminó hacia la puerta con una velocidad sospechosa. —Nos vemos luego.
Le dio una palmada a Brian.
—Todo va a salir bien. —Se quedó congelado.
Brian abrió muchísimo los ojos.
—Digo… Con… Con lo del… Entrenamiento. —El titubeo en su voz delató algo que Armando aún no descifraba. —Adiós.
La puerta se cerró.
El departamento quedó completamente en silencio.
Armando cruzó los brazos.
Brian sonrió otra vez.
—¿Qué?
—¿Qué fue eso?
—¿Qué cosa?
—Eso.
—Nada.
—Brian.
—Nada.
—¿Y entonces por qué escondieron todo cuando entré?
—No escondimos nada.
—Acabo de verlo.
—No.
Armando dio un paso hacia la mesa.
Brian hizo exactamente lo mismo, bloqueándole el camino.
Armando levantó lentamente una ceja.
—¿Me estás tapando el paso?
Brian bajó la vista. Se hizo a un lado de inmediato.
—No.
Armando abrió el catálogo.
Vacío.
—Es basura.
Armando ya no parecía divertido. Lo observaba con una expresión completamente distinta. Herida.
—¿Qué está pasando?
Brian sintió el estómago hacerse un nudo.
—Nada.
—Deja de decirme que nada. Porque sí está pasando algo.
Brian respiró hondo.
—Solo… Confía en mí.
Armando soltó una risa seca.
—Eso intento desde hace dos semanas. Pero tú no me estás ayudando.
Brian abrió la boca.
Pero no sabía que decir porque cualquier explicación arruinaba la sorpresa. Y cualquier silencio estaba arruinando a Armando.
—¿Es el PSV?
Brian frunció el ceño.
—¿Qué?
—¿Te ofrecieron otro equipo?
Él negó inmediatamente.
—No.
—¿Entonces qué?
—No puedo decirte.
—¿Por qué?
—Porque… Porque no.
Armando lo miró incrédulo.
—¿"Porque no"? ¿Esa es toda tu explicación?
Brian sintió que cada respuesta empeoraba las cosas.
Quería abrazarlo, decirle que todo estaba bien, que en unas semanas iba a entenderlo todo.
Pero todavía no.
Armando negó despacio con la cabeza.
—¿Sabes qué es lo peor? —Brian levantó la vista. —Que ya no sé si estoy exagerando… O si de verdad me estás dejando fuera de una parte de tu vida.
Las palabras golpearon a Brian con una fuerza brutal.
Todo aquello existía porque quería construir una vida con Armando. Y, sin embargo, lo único que estaba consiguiendo era hacerle sentir que se estaba alejando de él.
Cuando quiso alcanzarlo, Armando ya había caminado hasta la habitación.
Y Brian se quedó solo en la sala, con las manos temblando y una certeza que no había previsto cuando empezó a planear la propuesta.
La semana transcurrió con una lentitud insoportable.
No hubo más peleas. No hizo falta.
Las discusiones verdaderamente difíciles eran esas que seguían viviendo entre dos personas incluso después de que dejaban de hablar del tema.
Armando nunca fue de aplicar la ley del hielo. Seguía preguntándole cómo había estado el entrenamiento, seguía dejándole una taza de café cuando se levantaba antes que él y seguía acostándose a su lado todas las noches. Pero había algo distinto. La facilidad con la que antes llenaban cualquier silencio había desaparecido. Las conversaciones terminaban demasiado pronto y las sonrisas parecían quedarse siempre a medio camino. Brian podía sentirlo incluso cuando ninguno de los dos decía una sola palabra. Lo conocía demasiado bien para no darse cuenta de que Armando estaba haciendo un esfuerzo consciente por no darle vueltas al asunto, y precisamente por eso la culpa le pesaba todavía más.
Hubo varias veces en las que estuvo a punto de rendirse.
Una noche incluso tomó la cajita del anillo, la sostuvo entre las manos durante varios minutos y caminó hasta la habitación decidido a decirle toda la verdad. Había abierto la puerta apenas unos centímetros cuando encontró a Armando profundamente dormido, abrazando una almohada como siempre hacía cuando estaba cansado. Se quedó inmóvil, observándolo desde el marco de la puerta, preguntándose cómo era posible que la persona con la que compartía absolutamente todo se hubiera convertido, por culpa de una sorpresa, en alguien a quien tenía que esconderle cosas.
Volvió a cerrar la puerta sin hacer ruido.
Solo una semana más.
Tenía que aguantar solo una semana más.
El viernes por fin llegó.
Brian llevaba despierto desde las cinco de la mañana.
Porque cada vez que cerraba los ojos imaginaba un escenario distinto donde todo salía mal. Se le caía el anillo al canal. Armando descubría el plan antes de tiempo. Él olvidaba por completo lo que quería decir. En alguno de esos escenarios incluso Roberto terminaba llamándolo justo en el peor momento para preguntarle, completamente ajeno al desastre, si ya había pasado "lo bueno".
A las diez de la mañana Ben le escribió un mensaje.
"Todo listo."
Brian leyó esas dos palabras durante varios segundos antes de responder con un simple pulgar arriba. Si seguía escribiendo, estaba seguro de que terminaría confesando que quería cancelar todo.
No porque dudara, porque jamás había estado tan seguro de una decisión. Sino porque nunca había sentido tanto miedo de arruinar algo que era perfecto.
Cuando el entrenamiento del Ajax terminó, Brian ya estaba esperándolo afuera de las instalaciones.
Apoyado contra el coche, con las manos metidas en las bolsas de la chamarra para ocultar que no dejaban de temblarle.
Armando lo reconoció desde lejos.
—¿Qué haces aquí?
Brian sonrió apenas.
—Vine por ti.
—¿Pasó algo?
—Quiero invitarte a cenar.
Armando permaneció observándolo unos segundos.
Hacía días que Brian llevaba esa misma expresión cansada. Esa mezcla de nervios y culpa que parecía acompañarlo a todas partes. La molestia seguía ahí, por supuesto. No había desaparecido de un día para otro. Pero también era imposible ignorar que Brian se veía agotado. Como si estuviera cargando un peso demasiado grande para llevarlo solo.
Suspiró.
—Está bien. Vamos.
Brian sonrió con un alivio tan evidente que casi le rompió el corazón.
Cenaron en un restaurante pequeño junto a uno de los canales.
Era uno de esos lugares donde solían refugiarse cuando querían pasar desapercibidos, con mesas de madera, velas diminutas y ventanas enormes desde las que podía verse el agua reflejando las luces de la ciudad.
La conversación fluyó mejor de lo que ambos esperaban tanto que por momentos, parecía que la semana anterior nunca había existido.
Y precisamente eso hizo que el silencio que llegó después de pagar la cuenta resultara todavía más incómodo.
Caminaron despacio junto al canal. El aire olía a tierra mojada.
Las bicicletas seguían pasando a toda velocidad detrás de ellos mientras las ventanas de las casas comenzaban a iluminarse una por una.
Brian llevaba las manos en los bolsillos. No dejaba de mover el pulgar contra la cajita del anillo. Sentía el corazón tan fuerte que estaba convencido de que Armando podía escucharlo.
Finalmente habló.
—Perdón.
Armando giró apenas la cabeza.
—¿Por qué?
Brian tardó unos segundos en responder.
—Por estas semanas. No quería hacerte sentir así.
Armando mantuvo la vista al frente.
—Lo sé.
—Y me odié todos los días por eso.
La sinceridad con la que lo dijo hizo que Armando sintiera desaparecer el último resto de enojo. Era la voz de Brian cuando hablaba desde el lugar más honesto de sí mismo.
Estaba a punto de responder cuando algo llamó su atención unos metros más adelante.
Un cachorro, pequeño de pelaje color miel. Estaba sentado junto a una banca, moviendo la cola con timidez mientras observaba pasar a la gente. Se veía desorientado.
Frunció el ceño inmediatamente.
—Brian...
Él siguió caminando.
—¿Mmm?
—Hay un perro.
Brian fingió mirar por primera vez.
—Ah… Sí.
Armando ya se había detenido.
—¿Está solo?
—Parece que sí.
Sin pensarlo dos veces se acercó despacio, agachándose frente al cachorro para no asustarlo.
—Hola...
El perrito respondió acercándose con esa torpeza propia de los animales demasiado jóvenes, apoyando las patas delanteras sobre la rodilla de Armando mientras movía la cola con tanta fuerza que parecía perder el equilibrio.
—¿Dónde está tu dueño, eh?
Le acarició detrás de las orejas.
Después tomó con cuidado el collar para buscar una placa con algún número telefónico.
Llevaba una pequeña placa redonda, pero no tenía nombre. La giró distraídamente entre los dedos. Y entonces leyó.
¿Quieres casarte con mi papá?
Durante un segundo entero dejó de entender lo que estaba viendo.
Volvió a leer.
Sintió que el mundo entero se quedaba inmóvil. Se dio la vuelta lentamente.
Brian ya no estaba donde había estado un instante antes.
Ahora estaba arrodillado sobre el adoquín húmedo, con una pequeña caja azul entre las manos y una expresión tan vulnerable que Armando jamás le había visto. Soltó una risa nerviosa que terminó quebrándose antes de convertirse en llanto.
—Llevaba días pensando en hacer un discurso perfecto —admitió, negando con la cabeza—. Quería decir algo increíble, algo que estuviera a la altura de todo lo que hemos vivido... pero mientras más lo ensayaba, más me daba cuenta de que ninguna palabra iba a explicar lo que siento mejor que estos años contigo.
Respiró profundamente. Los nervios le hacían temblar las manos.
—Hace mucho tiempo te pregunté si querías ser mi roomie. Y, sin darme cuenta, esa pregunta terminó convirtiéndose en la mejor decisión que he tomado en toda mi vida. Porque desde entonces descubrí que mi lugar favorito nunca fue Guadalajara, ni Ámsterdam, ni Eindhoven. Mi lugar favorito siempre ha sido cualquier sitio donde estés tú.
Armando ya lloraba sin intentar ocultarlo.
—Lo único que quiero... es seguir despertando contigo. Prepararte café cuando sigas medio dormido. Verte llevarte mis sudaderas como si fueran tuyas. Envejecer contigo. Tener la vida más ordinaria del mundo... siempre y cuando sea a tu lado.
Abrió por fin la caja. El anillo brilló apenas bajo la luz cálida de los faroles.
—¿Quieres casarte conmigo?
Armando se quedó completamente inmóvil.
Miró el anillo.
Miró a Brian.
Miró al cachorro, que seguía moviendo la cola completamente ajeno a que acababa de participar en el momento más importante de la vida de dos personas.
Y entonces empezó a reír entre lágrimas.
Con esa risa desordenada que aparecía únicamente cuando era incapaz de contener todo lo que estaba sintiendo.
Se llevó una mano a la boca. Negó varias veces con la cabeza.
—Eres un idiota...
Brian soltó una carcajada nerviosa.
—Lo sé.
—Una semana entera haciéndome creer que pasaba algo horrible...
—Perdón.
—No vuelvas a hacerme eso nunca.
—Nunca.
Armando caminó hasta quedar frente a Brian, que seguía arrodillado sin apartar los ojos de los suyos.
Sonrió a través de las lágrimas.
—Claro que quiero casarme contigo.
Y antes incluso de que Brian pudiera levantarse para abrazarlo, Armando ya se había lanzado sobre él, derribándolo contra el adoquín húmedo mientras el cachorro, convencido de que aquello era un nuevo juego, comenzaba a saltar alrededor de los dos moviendo la cola con una felicidad imposible de fingir.
El trayecto de regreso transcurrió entre risas interrumpidas por silencios que ninguno de los dos sabía llenar.
Cada vez que uno comenzaba una frase, el otro terminaba riéndose antes de que pudiera acabarla. Armando seguía mirando el anillo como si todavía necesitara convencerse de que era real. De vez en cuando extendía la mano frente a la luz de algún farol y sonreía para sí mismo, incapaz de esconder una felicidad que parecía escapársele por todos lados.
El cachorro viajaba profundamente dormido sobre las piernas de Brian, completamente ajeno a que acababa de convertirse en el miembro más reciente de una familia que ni siquiera existía unas horas antes.
—¿Ya pensaste cómo se va a llamar? —preguntó Brian mientras esperaba que cambiara un semáforo.
Armando acarició con cuidado una de las orejas del perrito.
—Todavía no.
—Pues hay que ponerle antes de que se acostumbre a que le digamos "oye".
El cachorro respondió bostezando sin abrir los ojos.
Los dos volvieron a reír.
Al llegar al edificio, Brian sintió que el estómago volvía a encogerse.
Subieron por el elevador casi en silencio. Armando seguía sosteniendo la transportadora con una mano mientras, con la otra, jugueteaba distraídamente con el anillo.
No había dejado de hacerlo desde que Brian se lo puso. Cada pocos minutos giraba ligeramente la muñeca para volver a mirarlo, como si todavía no terminara de creer que realmente estaba ahí.
Cuando las puertas del elevador se abrieron, caminaron despacio hasta el departamento.
Brian buscó las llaves en el bolsillo. Notó que las manos volvían a temblarle.
Armando lo observó de reojo.
—¿Otra vez nervioso?
Brian soltó una risa.
—Un poquito.
—Ya te dije que sí.
—Sí...Pero todavía falta algo.
Armando sonrió.
—¿Otra sorpresa?
Brian simplemente asintió, introdujo la llave y giró lentamente la cerradura.
El departamento estaba completamente oscuro.
Armando frunció el ceño.
—¿Se fue la luz?
No alcanzó a dar un segundo paso. Las luces se encendieron de golpe.
—¡Sorpresa!
Las voces llenaron el departamento al mismo tiempo.
Armando se quedó inmóvil.
Su cerebro tardó varios segundos en procesar lo que estaba viendo.
La primera persona que distinguió fue la mamá de Brian.
Tenía los ojos completamente rojos. Estaba llorando incluso antes de que ellos entraran.
A su lado estaba el papá de Brian, sonriendo con esa expresión tranquila de quien lleva demasiado tiempo intentando contener la emoción.
Del otro lado de la sala estaban sus propios padres.
Su mamá tenía una mano cubriéndose la boca. Su papá sonreía mientras negaba lentamente con la cabeza, como si hubiera esperado ese momento desde hacía mucho más tiempo del que estaba dispuesto a admitir.
Armando sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Miró a Brian.
Después volvió a mirar a sus papás.
—¿Qué...? —La voz apenas le salió. —¿Ustedes...?
Su mamá fue la primera en acercarse. Lo abrazó tan fuerte que casi consiguió aplastar al cachorro, que asomó apenas la cabeza desde la transportadora completamente confundido por tanto movimiento.
—Mi amor...
No alcanzó a decir nada más. La emoción terminó ganándole. Armando sintió cómo ella temblaba mientras lo abrazaba. Cuando por fin logró separarse un poco, le sostuvo la cara entre las manos.
—Llevábamos semanas guardando el secreto.
Él parpadeó.
—¿Semanas?
Brian soltó una risa nerviosa detrás de ellos.
—Era la razón por la que no podía decirte nada.
La comprensión llegó de golpe.
Las llamadas, las desapariciones, las mentiras espantosas. No habían sido para alejarse. Habían sido para traer hasta aquí a las personas que más querían.
Armando volvió lentamente la cabeza hacia Brian.
Lo encontró observándolo con una mezcla de alivio y vulnerabilidad. Como si todavía necesitara saber que todo aquello había valido la pena.
Lo abrazó otra vez. Esta vez con más fuerza.
—Ahora sí te perdono la semana horrible que me hiciste pasar.
Brian enterró la cara en su cuello.
—Perdón.
—No. Ya pasó.
Su papá carraspeó con suavidad desde el otro lado de la sala.
Había algo profundamente enternecedor en verlo ahí. No era un hombre particularmente expresivo. Sin embargo, esa noche tenía los ojos húmedos.
Caminó hasta quedar frente a Brian y le tendió la mano. Brian la estrechó de inmediato. Pero el señor negó con la cabeza.
—No. Eso ya quedó corto. —Y, para sorpresa de Brian, lo atrajo hacia un abrazo.
Cuando volvió a separarse, le dio una palmada en la espalda.
—Hace mucho tiempo dejé de pensar en ti como el novio de mi hijo.
Brian sintió un nudo subirle hasta la garganta.
—Gracias...
—Eres familia. Y hoy simplemente vinimos a celebrar que ustedes por fin decidieron ponerle nombre a algo que llevaba años siendo.
Brian ya no pudo responder.
Asintió varias veces mientras intentaba contener unas lágrimas que terminaron cayendo de todas formas.
La mamá de Brian se acercó enseguida para abrazar también a Armando.
—¿Te gustó el anillo?
Armando asintió con la cabeza y levantó la mano como un niño orgulloso enseñando un dibujo.
Ella soltó una risa entre lágrimas.
—Sabía que iba a escoger uno bonito.
—¿Tú sabías?
—Claro. Me mandó como veinte fotos. Tenía más miedo de elegir el anillo que de pedirte matrimonio.
Brian se llevó una mano a la cara, completamente avergonzado.
—Mamá...
—¿Qué? Es verdad.
Durante las siguientes horas el departamento se llenó de conversaciones cruzadas, abrazos que llevaban años esperando darse, brindis improvisados con copas distintas porque no había suficientes iguales para todos y fotografías en las que siempre aparecía, inevitablemente, un pequeño cachorro.
Y mientras observaba a sus padres conversando con los de Brian como si se conocieran desde siempre, mientras veía a su prometido reír en la cocina rodeado de las personas que más quería en el mundo, sintió como su cuerpo se relajaba frente al comienzo de algo nuevo.
***
Ahora
Roberto había jurado, por lo menos unas quince veces durante los últimos meses, que jamás volvería a aceptar ser padrino de una boda.
No porque no quisiera a Brian y Armando, al contrario.
Solo que había descubierto que la organización de una boda tenía la extraña capacidad de volver histéricas incluso a las personas más tranquilas del planeta. En algún momento de las últimas semanas había terminado discutiendo con un florista en Guadalajara mientras Brian le mandaba fotografías de centros de mesa desde Eindhoven y Armando insistía en que le daba exactamente igual el color de las servilletas. Mentía. Claro que le importaba. Solo no quería admitir que llevaba días comparando tonos de verde.
Así que cuando por fin ocupó su lugar junto al pequeño altar levantado en medio del jardín, respiró con una tranquilidad que no había sentido desde hacía meses.
Lo único que faltaba era que los dos idiotas dijeran "sí". Eso, al menos, sonaba sencillo.
El resto del mundo pareció desaparecer cuando comenzó la ceremonia.
Brian y Armando habían elegido un jardín discreto, escondido entre árboles altos que aislaban el ruido de la ciudad, como si Guadalajara hubiera decidido guardar silencio únicamente para ellos durante un par de horas. No había cientos de invitados, pantallas gigantes ni arreglos florales imposibles. Solo filas de sillas ocupadas por personas que habían estado presentes, de una u otra forma, en la historia que ambos llevaban años escribiendo. Sus familias, amigos de toda la vida, antiguos compañeros de Chivas, algunos rostros conocidos que habían cruzado el océano desde Países Bajos para acompañarlos y unos cuantos niños que corrían entre las mesas sin entender muy bien por qué todos los adultos lloraban tanto.
Cuando Brian apareció al fondo del jardín, vestido con un traje azul marino, Roberto no pudo evitar sonreír.
Durante un instante volvió a ver al muchacho que había llegado años atrás a Verde Valle que pronunciaba algunos nombres con un acento extraño y saludaba a todo el mundo con una sonrisa enorme sin imaginar que, entre todas esas personas, había una que terminaría cambiándole la vida.
Después apareció Armando y Brian dejó de mirar cualquier otra cosa.
Roberto soltó una risa por lo bajo porque algunas costumbres nunca cambiaban.
La ceremonia transcurrió con una serenidad que resultaba casi absurda después de tantos años de incertidumbre. Los votos fueron sencillos, profundamente honestos, pronunciados con esa naturalidad que solo existe cuando dos personas llevan tanto tiempo amándose que ya no necesitan adornar las palabras para demostrarlo. Hubo lágrimas, por supuesto. Las suficientes para que la mamá de Brian tuviera que compartir pañuelos con medio jardín.
Hubo un aplauso espontáneo cuando el juez los declaró oficialmente esposos.
Y luego vino el beso.
—¡Ya era hora, cabrones!
Las carcajadas estallaron alrededor del jardín.
Brian se separó apenas unos centímetros de Armando únicamente para levantarle el dedo medio a Roberto.
Pero nunca dejó de sonreír.
La tarde continuó entre abrazos, fotografías y conversaciones que se mezclaban unas con otras hasta formar un murmullo constante.
Fue en medio de ese caos cuando Roberto sintió algo golpeándole suavemente la espinilla.
Bajó la mirada.
El cachorro —ya bastante menos cachorro que el día de la propuesta— movía la cola con entusiasmo, llevando todavía un pequeño moño color verde alrededor del cuello.
Roberto se agachó para rascarle la cabeza.
—¿Qué pasó, campeón?
El perro respondió subiéndosele prácticamente encima.
Brian apareció unos segundos después.
—Ahí estás. Te estaba buscando desde hace rato.
—¿Y eso?
Armando llegó por el otro lado sosteniendo dos copas.
—Porque eres su padrino.
Roberto arqueó una ceja.
—No me digan que ya hasta bautizaron al perro.
Los dos intercambiaron una mirada.
Brian carraspeó.
—Bueno… Sí.
Roberto esperó.
—¿Y cómo se llama?
Brian empezó a reír. Armando también.
—...Robby.
Roberto frunció el ceño.
—¿Robby?
—Bueno...
—¿Bueno qué?
Armando terminó confesándolo.
—Al principio era broma.
—Ajá...
—Empezamos diciendo que se iba a llamar Roberto porque, pues... tú habías sido el culpable de todo esto.
—Eso es objetivamente cierto.
—Luego le decíamos "Roberto, deja el zapato", "Roberto, bájate del sillón", "Roberto, ven acá"...
Brian ya no podía contener la risa.
—Y un día nos dimos cuenta de que solo respondía cuando le decíamos Roberto.
—Intentamos cambiarle el nombre.
—Pero no funcionó.
—Así que… —Armando se encogió de hombros. —Ahora oficialmente se llama Robby porque Roberto sonaba muy formal.
Hubo unos segundos de absoluto silencio.
Roberto volvió a mirar al perro. El perro volvió a mover la cola.
—¿Me pusieron un perro en mi honor?
Brian asintió.
—Sin querer.
Roberto soltó una carcajada tan fuerte que hizo voltear a media fiesta.
—No mames… —Volvió a agacharse y tomó la cara del perro entre las manos. —Escúchame bien, Roberto Segundo. Tú eres, por mucho, el miembro más inteligente de esta familia.
Cuando cayó la noche y comenzaron los brindis, Roberto aceptó el micrófono con una seguridad que hizo suspirar a Brian.
—Ya valimos… —murmuró.
Armando soltó una risa.
—¿Tú crees?
—Lo conozco. Va a exhibirnos.
Roberto se aclaró la garganta frente al micrófono.
Miró la hoja que llevaba en la mano, hizo una mueca y terminó doblándola antes de guardársela en el saco.
—La verdad… escribí un discurso bien bonito. Según yo. Hasta tenía introducción, desarrollo y conclusión. Parecía tarea de español. Pero luego me acordé de que estos dos me conocen demasiado y en cuanto vieran que estoy leyendo algo serio iban a empezar a burlarse de mí. Así que… mejor ahí les va como salga.
Algunas risas recorrieron el salón.
Roberto señaló primero a Brian.
—Para los que no lo conocen tanto, él es Brian. Buen futbolista, gran persona… y el hombre más mandilón que he conocido en mi vida.
Brian se llevó una mano a la cara mientras Armando empezaba a reír.
—No, espérate, déjame acabar. Yo lo vi con estos ojos dejar de escoger asiento en el camión porque primero tenía que preguntarle a la Hormiga dónde se iba a sentar. Lo vi empezar a llevar un cargador extra “por si Armando olvidaba el suyo”. Lo vi aprenderse los horarios de las comidas de alguien que perfectamente podía alimentarse solo. Lo vi manejar cuarenta minutos nomás para llevarle una sudadera porque “iba a hacer frío”. Y todavía tenía el descaro de decirme: “No sé por qué me dicen mandilón.”
Las carcajadas estallaron en las mesas.
Brian negó con la cabeza, completamente derrotado.
—Y luego está Armando… —Roberto giró hacia él. —Que todos creen que es el serio. El tranquilo. El que pone orden.
Hizo una pausa.
—Mentira.
Otra ronda de risas.
—Porque este señor fue y sigue siendo uno de mis mejores aliados para molestar a Brian.
El salón volvió a reír.
Roberto respiró despacio.
Esta vez tardó un poco más en volver a hablar.
—Yo llevo muchos años viendo a estos dos. Los vi hacerse amigos, los vi discutir por tonterías, y los vi cuidarse cuando pensaban que nadie los estaba viendo. Pero también fui de los primeros que entendió que ahí estaba pasando algo que ni ellos mismos habían descubierto todavía.
Miró a Brian.
—Todavía me acuerdo cuando jurabas que Armando era “nomás un compa bien buena onda”.
Después miró a Armando.
—Y de ti ni hablamos, porque eras todavía peor. Si Brian entraba al vestidor de malas, tú eras el primero en darte cuenta. Si Brian sonreía, tú también. Y todavía tenían el descaro de creer que estaban engañando a alguien.
Las risas fueron más suaves.
Roberto apoyó una mano sobre el atril.
—Durante mucho tiempo pensé que mi papel en esta historia era molestarlos. Y sí, la neta sí era mi parte favorita. Pero con los años entendí que tuve muchísima suerte. Porque no todo el mundo tiene la oportunidad de ver a dos personas encontrarse de verdad.
El salón quedó completamente en silencio.
—Yo vi cómo Brian encontró un lugar donde descansar. Y vi cómo Armando encontró a alguien que le enseñó que no tenía que cargar con todo él solo. Vi cómo dejaron de pensar únicamente en sus carreras para empezar a pensar en una vida compartida.
Vi cómo aprendieron que amar a alguien también es celebrar cuando esa persona se va a cumplir un sueño, aunque eso signifique extrañarla durante meses. Y creo…
Sonrió apenas.
—Creo que eso es mucho más difícil que enamorarse.
Levantó la vista hacia los dos y ya tenían los ojos brillosos.
Roberto dejó escapar el aire lentamente. Ya no había nada de burla en su expresión.
Solo muchísimo afecto.
—Gracias. Gracias por dejarme estar desde el principio, por dejarme molestarlos todos estos años y por demostrarme que el amor no siempre llega haciendo ruido. A veces llega disfrazado de un compañero de equipo, de un roomie o de un mejor amigo. Y un día, cuando volteas a verlo… descubres que siempre fue esa persona.
Roberto sonrió otra vez.
—Pero bueno, como ya me puse demasiado sentimental y me van a empezar a bullyear en el vestidor… creo que hasta aquí le voy a dejar.
Roberto levantó la copa para animar el brindis.
—Por los Gutiérrez González. Y por Robby… Que claramente heredó mi carisma.
El cachorro ladró justo en ese instante, como si hubiera entendido perfectamente que acababan de brindar por él.
El jardín entero volvió a llenarse de risas.
Y Roberto pensó, mientras veía a Brian rodear los hombros de Armando con absoluta naturalidad, que no había imaginado un final distinto para una historia que, desde el principio, nunca había tratado sobre grandes gestos.
Había tratado sobre dos personas que, sin darse cuenta, aprendieron a convertirse en el hogar del otro.
***
El murmullo de la música siguió llegando desde el salón, amortiguado por las paredes de la hacienda. A esa distancia ya no podían distinguir la letra de la canción; solo el vaivén del bajo, las risas que se mezclaban unas con otras y, de vez en cuando, la voz inconfundible de Roberto intentando convencer a alguien de bailar.
Brian dejó escapar una risa.
—Apuesto cincuenta euros a que está obligando a tu mamá a bailar el Payaso de Rodeo.
Armando negó con la cabeza.
—No apostaría en contra de eso.
Siguieron caminando sin rumbo por el empedrado.
El aire de la noche era fresco. Olía a tierra húmeda y a las flores que rodeaban el jardín. Amaban a su familia, pero necesitaban descansar un momento de tener a personas pidiéndoles una foto, un abrazo, un brindis o una felicitación.
Solo estaban ellos.
Brian metió las manos en los bolsillos del pantalón.
—Ya somos esposos. —Lo dijo casi riéndose. Como si todavía le costara creerlo.
Armando levantó la vista.
—Sí.
—Qué raro suena.
—Un poco.
Brian soltó una carcajada bajita.
—Pensé que iba a sentirse diferente.
—¿Y no?
Brian lo pensó unos segundo y miró el anillo en su mano.
—No.
Armando arqueó una ceja.
—¿Eso es bueno o malo?
Brian sonrió.
—Es bueno. Mucho, porque… —Buscó las palabras. —No siento que haya cambiado nada. Y creo que eso es justamente lo bonito.
Armando entendió antes de que terminara la idea. Porque tampoco para él había empezado todo aquella tarde.
—Seguimos siendo nosotros —murmuró Armando.
Brian asintió.
—Exacto.
Una sonrisa tranquila apareció entre los dos.
Desde el salón comenzaron a escucharse gritos.
—¡NOVIOS!
Brian soltó el aire por la nariz.
—Nos encontraron.
—Todavía no.
—Brian…
—¿Qué?
—Disfruta otros diez segundos de paz.
Brian obedeció. Solo dio un paso hasta quedar frente a él.
Con una delicadeza que ya le salía de memoria, acomodó el cuello de la camisa de Armando, que se había doblado debajo del saco.
Después alisó una arruguita inexistente sobre la solapa.
Armando dejó que lo hiciera sin protestar. Como tantas otras veces.
—Ya.
—¿Qué?
—Nada, nomás…
Brian sonrió.
—Se me olvidó que ya no tengo que cuidar que te veas bien para impresionarte.
Armando soltó una risa.
Brian levantó una mano hasta acariciarle apenas la mejilla con el dorso de los dedos.
Como comprobando que seguía ahí. Que todo aquello era real.
Entonces se inclinó para besarlo.
Era un beso distinto.
Brian sintió la respiración tibia de Armando mezclarse con la suya. El leve roce de su nariz. La forma en que sus dedos se cerraban alrededor de su muñeca.
Cuando se separaron, ninguno hizo ademán de alejarse. Brian apoyó la frente contra la suya.
—Hola, esposo.
Armando cerró los ojos un segundo antes de soltar una risa que se quedó flotando entre los dos.
—Hola, esposo.
—Todavía suena raro.
—Sí.
—Pero me gusta.
—A mí también.
La puerta del jardín volvió a abrirse de golpe.
—¡YA SABÍA YO!
Los dos giraron al mismo tiempo.
Roberto los señalaba con una expresión de absoluta indignación… que apenas podía sostener porque se estaba muriendo de risa.
—¡YA QUIEREN EMPEZAR LA LUNA DE MIEL!
Brian levantó las manos.
—Solo fue un beso.
—¡UNO! ¡Porque yo llegué! Si no, capaz aquí los encontraba intentando procrear.
Armando negó con la cabeza, riéndose.
—¿Ya terminaste?
—No.
Roberto caminó hasta ellos y les dio un golpe cariñoso en el hombro a cada uno.
—Órale. Vámonos porque todavía falta la Víbora de la Mar y no pienso dejar que se lo pierdan.
Brian buscó la mano de Armando casi por costumbre.
Entrelazaron los dedos.
Y, sin necesidad de decir una sola palabra más, regresaron juntos al ruido, a la música y a toda la gente que había ido a celebrar algo que, en el fondo, ellos llevaban celebrando desde mucho antes de aquella noche.
