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Capítulo I.
Inglaterra, Noviembre de 1945.
El otoño había terminado no hace mucho de reclamar el bosque, las hojas secas cubrían el sendero con un manto irregular de ocres, cobres y marrones apagados, mientras una ligera neblina se aferraba al suelo y serpenteaba entre los troncos como un espectro silencioso que se negaba a desaparecer. La lluvia de la noche anterior seguía aferrada a las ramas desnudas. La guerra había concluido hace apenas unos meses atrás y el mundo celebraba el fin de un acontecimiento histórico, pero el bosque permanecía solemne, ajeno a toda alegría humana, sin himnos, banderas, cantos; Solo acompañado por el murmullo del viento y el ajeno golpeteo de los pájaros sobre las ramas secas, con el pequeño ahitamiento de los animales del bosque. El lugar donde los hombres acudían para olvidar, recordar o descubrir algunos recuerdos que nunca aceptarán ser olvidados.
Jasper Whitlock avanzaba sin un rumbo fijo, dejaba que sus botas desgastadas y que habían visto días mejores marcaran un ritmo lento por el sendero embarrado, su figura alta se deslizaba con una elegancia impropia para el lugar, el cuello de su abrigo ocultaba parte de su rostro, que el paso del tiempo nunca conseguiría alterar, quien lo veía desde lejos habría de pensar que apenas superaba los veinte años o menos, aunque aquella realidad era muy distinta; Tenía la edad suficiente para haber visto el inicio y la culminación de dos guerras, contemplado campos cubiertos de cuerpos antes de incluso convertirse en aquello que es ahora, había sobrevivido a dos vidas distintas y sin embargo, sentía que ninguna le pertenecía por completo, la primera termino el día que murió. La segunda, llevaba demasiado tiempo sin encontrar un motivo convincente para continuar.
Las ciudades le resultaban insoportables, más que por los olores irresistibles, por el ruido… el incesante torbellino de emociones que lo golpeaba desde todas las direcciones: Miedo. Ansiedad. Alegría. Ambición. Odio. Dolor. Culpa. Esperanza. Su don nunca se apagaba, bastaba cruzarse con un desconocido un par de segundos para que el peso de su vida se aferrara a su existencia, décadas atrás había creído que terminaría acostumbrándose, porque las emociones humanas no eran tan intensas como las que tenían los que eran como el, apenas eran un roce, exceptuando ciertos eventos. Se equivoco, lo único que aprendió fue a soportarlo sin demostrarlo. Existían días que no le gustaba recordar, pero lo atormentaban en su subconsciente. . La soledad en cambio era mucho más sencilla, los árboles no sentían, el viento apenas era un suave murmullo, lo único que lo atormentaba en estos momentos era él mismo.
Esta rutina llevaba mucho tiempo gobernando su tiempo: Caminar, detenerse, alimentarse, sentirse culpable y volver a empezar, un ciclo sin fin al que estaría atado hasta el fin de sus días, porque alguien como el no merecía nada más, no podía aspirar a cosas como la alegría, la felicidad o la esperanza.Son cosas que él no merece luego de lo que ha hecho. De los sueños que ha robado, las vidas que ha arruinado, el sufrimiento que ha provocado.
Ni siquiera recuerda cuando había llegado a Inglaterra. Los países dejaron de significar algo para él, las distancias también. Cambiaban los idiomas, las fronteras, las banderas, pero el ser humano conservaba la extraordinaria capacidad de destruir cuando amaba, le reconfortaba que algunas cosas nunca cambian. Durante la guerra había evitado acercarse a cualquier frente de combate. No porque le asuste la violencia, él era la violencia. Conocía demasiado bien ese lenguaje. Lo evitaba porque comprendía que despertaba dentro de él. La sangre derramada, el miedo, el caos. Aquellas emociones seguían encontrando rincones en su memoria donde María seguía viva. El simple recuerdo de su nombre basto para endurecer momentáneamente su expresión. María. Durante años creyó tener un propósito. Ella le hablaba al oído, le susurraba cosas dulces, lo hacía sentir necesitado, útil e indispensable, alimentaba su orgullo. Él había obedecido, confío en ella, dio todo por ella, mato por ella, porque era la manera en la demostraba su amor. Pero su lealtad no fue una virtud.
Una hoja cayo lentamente frente a él. La observaba descender hasta el suelo mientras seguía caminando, que extraño. Los humanos siempre hablaban del paso del tiempo, celebraban aniversarios, contaban los años como si cada uno poseyera un valor especial, hace tiempo que había dejado de hacer eso. ¿Qué sentido tenía el medir una eternidad? Las estaciones cambiaban, los árboles perdían sus hojas y volvían a cubrirse de verde, las ciudades crecían, desaparecían y renacían sobre ellas mismas. Y su mente se desvió inevitablemente hacia Peter. Peter había sido un cobarde. Lo sabía y siempre lo había sabido. Había percibido su miedo incluso cuando este intentaba ocultarlo tras sus sonrisas nerviosas, sus bromas, lo sintió crecer con cada campaña, con cada decisión de María y con cada ejecución. Y aun así decidido confiar en él. Porque él también era un cobarde. Una sonrisa apenas perceptible cruzo sus labios, carente de humor, un gesto resignado de alguien que acaba de descubrir otra ironía de su existencia.
—Supongo que nunca aprendí… —murmuró con una voz tan baja que el viento la deshizo al instante. Nadie respondió naturalmente. Hacía años que había dejado de esperar una respuesta.
El sendero comenzó a estrecharse hasta desaparecer bajo una sucesión de raíces que sobresalían del suelo. Jasper abandonó el camino sin siquiera advertirlo, no existía una razón concreta para hacerlo, sus pies simplemente continuaron avanzando hacia el interior del bosque, el aroma húmedo de la tierra dominaba el ambiente. Musgo. Corteza mojada, hongos ocultos bajo las hojas, el extraño orden del bosque le resultaba reconfortante, todo cumplía un propósito, incluso la muerte, solo el existía al margen de ese equilibrio. Entonces ocurrió algo que alteró ese equilibrio. Un aroma.
Jasper se detuvo de inmediato. Su inmovilidad resulta tan absoluta que habría podido confundirse con una estatua tallada entre los árboles. Durante ese instante no hizo nada. Su mente busco clasificar aquello que acabará de percibir, igual que llevaba haciendo casi un siglo. Sangre humana. Animal. Vampiro. Cada olor ocupaba un espacio definido dentro de su memoria. Este, este en cambio no. Inspiro de nuevo. Con más atención. El aire atravesó inútilmente unos pulmones que no necesitaban funcionar, pero el gesto basto para confirmar que no se trataba de una ilusión. Había alguien allí, un ser humano por los latidos del corazón y la respiración. Sin embargo, no había sangre, el descubrimiento le produjo una extraña sensación. No es posible. Todo ser humano desprendía el inconfundible perfume del hierro vivo circulando bajo su piel, incluso a cientos de metros podía distinguir el latido dentro de un pecho, era una llamada constante, insoportable e imposible de ignorar.
Pero no existía el menor rastro. Solo, flores. Un aroma delicado, le recordó a los últimos días de otoño, cuando las flores silvestres resistían obstinadamente las primeras heladas y el aire mezclaba su perfume con el olor de las hojas secas cubriendo el suelo. Había un matiz limpio, al que dejaba la lluvia. Jamás había percibido algo parecido. Su curiosidad despertó con una fuerza que casi había olvidado. No era hambre, ni sed. Era algo infinito mente más raro, necesitaba comprender: ¿Qué eres?
A unos cientos de metros de donde Jasper permanecía inmóvil, una joven avanzaba entre los árboles siguiendo un sendero apenas visible bajo el manto de las hojas caídas. El bosque la recibía con esa quietud tan particular que solo existía cuando el otoño comenzaba a despedirse del mundo. El aire era frío, pero no hostil, podía ver como las respiraciones cálidas de sus pulmones eran visibles. Las ramas desnudas permitían que una luz grisácea, propia de la época, descendiera hasta el suelo en haces dispersos, iluminando aquí y allá pequeños grupos de flores tardías que se resistían a desaparecer. Harry siempre encontró belleza en esa clase de lugares. El viejo volumen que llevaba bajo el brazo permanecía cerrado desde hacía varios minutos, había intentado concentrarse en su lectura, pero las palabras dejaban de tener sentido apenas avanzaba unas cuantas líneas, su mente volvía una y otra vez sobre las mismas preguntas incapaces de abandonarla por mucho que insistiera. La guerra entre los muggles había terminado no hace mucho, pero había rumores, demasiados. Y a ella le gustaba viajar sin tanto problema, y este conflicto había arruinado muchos de sus planes.
—Ojalá esta vez me equivoque… —Su voz desapareció entre los árboles sin recibir respuesta. No la esperaba, hablar consigo misma era una costumbre que había adquirido hace unos años, sobre todo cuando necesitaba poner en orden ideas que parecían querer discutir entre ellas. La soledad realmente la estaba afectada.
Continúo caminando con un ritmo tranquilo, permitiendo que la punta recién pulida de sus botas aparte las hojas secas acumuladas sobre el sendero, su cabello pelirrojo, que con el paso de los años había adquirido un largo más que decente, era una cascada de fuego apagada, balanceándose con suavidad con cada paso, quien la veía a distancia pensaría que era una muchacha tonta, sola en el bosque, a merced de todos los peligros disponibles. Un petirrojo alzo vuelo desde un arbusto cercano. Harry siguió su trayectoria con la mirada apenas un instante antes de volver al sendero. Pero algo cambio, no supo explicarse que era, simplemente dejo de sentirme sola, una sensación difícil de definir, una especie de presión apenas perceptible que le erizo los finos vellos de su nuca antes incluso de que su mente le diera un nombre, su paso se detuvo, y se quedó inmóvil un segundo.
«Hay alguien».
Hace tiempo había aprendido a confiar en ella, esa sensación incomoda le había evitado caer en muchas trampas, ignorarla nunca le había dado buenos resultados. Sin hacer movimientos bruscos dejo que su mano derecha guardaría el libro, con un movimiento de la misma. Y dejo que la magia haga lo suyo, ella era un río que había aprendido a seguir y con el que estaba familiarizada, solo una extensión más de sí misma. Sus ojos verdes recorrieron el bosque, pero nada parecía fuera de lugar, si alguien la observaba, sabía hacerlo muy bien. Pero tenía la certeza de ser observada. Aunque no percibía hostilidad. Debería sentirse amenazada, cualquier desconocido que tuviera estas características debía representar un peligro potencial, pero este, este sentía ¿curiosidad…?
Que cosa más extraña. ¿Qué clase de persona seguía a alguien por un bosque solo para observarla?; A menos que, no fuera una persona. Una criatura mágica, la primera criatura mágica que se toparía en este mundo. Así que este mundo no era tan monótono como creía. Así que, la espero. Esta no tardó mucho en llegar, porque al pestañear, frente a ella había alguien, lo sabía, quiere saber que es.
Y ambos quedan realmente frente a frente, manteniendo la distancia y sin comprender que tienen delante.
El viento volvió a soplar entre los robles con un murmullo grave, levantando una espiral de hojas secas que cruzó lentamente el espacio que separaba a ambos desconocidos, ninguno de los dos hizo el menor movimiento. La distancia seguía siendo considerable; apenas podía distinguirse con claridad los rasgos del otro a través de los troncos dispersos, esto para ojos humanos, pero aquello no disminuía la intensidad del momento. Al contrario, la incertidumbre parecía llenar cada rincón del espacio compartido. Jasper había vivido suficientes guerras para conocer el instante exacto en que alguien estaba a punto de atacar, en este momento no era eso, del otro lado existía cautela si, no violencia. Con un vibrante cabello rojo, largo, una figura menuda y pequeña, junto a un rostro delicado adornado por unos grandes lentes redondos de montura fina ocultado tras sus cristales unos vibrantes ojos verdes, los cuales robaban el aliento.
Harry dejaba que la magia continuara acumulándose silenciosamente en la palma de sus manos, un flujo constante, cálido y obediente. Bastaba un pensamiento para convertir aquello en un hechizo. Sin embargo, su voluntad permaneció inmóvil, había algo profundamente extraño en aquel desconocido. Entrecerró ligeramente los ojos, concentrándose en su energía mágica, buscando identificar la firma mágica, para comprender aquello que la vista no alcanza a explicar, la magia no era lenguaje más que un silencioso, todo ser mágico dejaba una huella. Los magos, las criaturas, los objetos encantados, incluso los lugares donde un poderoso hechizó habían sido lanzados. Pero no había nada. Esto le produjo un desconcierto mayor que el hecho de sentirse observada, se intentó convencer de que debía de haber cometido un error. Lo hizo otra vez, el resultado fue el mismo. Aquel hombre que permanecía de pie entre los árboles, desde el punto de vista de la magia era poco menos que un espacio vacío. Un muggle proyectaba una mayor presencia mágica. Su mente comenzó a recorrer todas las posibilidades conocidas.
¿Un espíritu?, no, esos dejaban impronta distinta. ¿Criatura del bosque?, tampoco. ¿Algún tipo de maldición?, para nada. Entonces, ¿Inferi?, había leído sobre ellos años atrás y los había visto con sus propios ojos, cadáveres animados mediante magia oscura, cuerpos que ya no pertenecen al mundo de los vivos y cuya presencia provoca un rechazo instintivo. Pero no, no podía serlo, los inferí eran en el mejor de los casos espantosos, con un olor asqueroso y unos movimientos antinaturales que provocaban escalofríos. Solo pensar en ellos le provocaba arcadas. Este no, con sus ojos comenzando a acostumbrarse a la penumbra pudo distinguir mejor su silueta. Un hombre alto, delgado, de hombros firmes y fornidos, el cabello rubio caía ligeramente sobre su frente y el abrigo reforzaba una elegancia impropia de alguien perdido a mitad del bosque. Incluso desde esa distancia existía algo innegablemente atractivo.
«Desde luego, los Inferi no son así». El pensamiento le arranca una sonrisa. Lo desconocido no era necesariamente peligroso, a veces solo era… desconocido. Pero la prudencia le decía que no bajara la guardia, la intuición en cambio insistía en una idea distinta. Él estaba tan confundido como ella. La conclusión apareció de forma tan natural que incluso la sorprendió, una sensación extraña. Alzo ligeramente la vista para observarlo con mayor detenimiento, era joven, al menos eso aparentaba, lo verdaderamente difícil esos eran ojos rojos que apenas podía distinguir por la distancia. Que curiosidad. Aquella curiosidad que había llevado durante toda su vida a abrir puertas que otros preferían mantener cerradas.
Del otro lado, Jasper tampoco apartaba la vista de la joven, el aroma seguía llegando hasta el impulsado por las suaves corrientes de aire, no había ese olor tan característico de los humanos. Ninguna invitación a cazar,Aquello desafiaba las experiencias acumuladas durante casi un siglo. Nunca, ni una sola vez, había encontrado a un humano cuyo olor negara de manera tan absoluta las leyes que gobernaban su naturaleza.
«¿Cómo aquello era posible?».
Podía verla, observaba el ascenso y descenso de su pecho al respirar, todo indicaba que esta muchacha estaba completamente viva. Sin embargo, ese pinchazo, esa quemazón insoportable, que nunca podrá compararse al hambre, tan intensa, una presencia silenciosa que nunca desaparecía del todo, tenías que aprender a ignorarla, pero jamás dejará de existir. Frente a ella no ocurriría nada. Este descubrimiento le resultó casi inquietante, no recordaba la última vez que experimentó una calma semejante. Esto le generó interés.
Los dos comprendían que cualquier movimiento precipitado podía destruir aquella frágil tregua nacida del desconcierto. Harry fue la primera en apartar ligeramente la tensión de sus hombros, este hombre no parecía querer emboscarla, solo estaba observándola con la misma intensidad con la que ella lo observaba a él. Estaba cauteloso. Por un instante recordó a Hagrid, quien tuvo la primera impresión de un gigante intimidante. Sin embargo, pocos hombres poseían un corazón tan noble. Y como sabe bastante bien, la apariencia nunca basta. Es una lección que se había ganado una fuerza de experiencias.
—Llevamos varios minutos observándonos —su voz sonó tranquila, lo bastante alta para atravesar la distancia que los separaba sin la necesidad de alzar el tono —. Si hubieras querido hacerme daño, ya lo habrías intentado, así que voy a asumir que tienes tantas preguntas como yo. —Ladeando la cabeza apenas pregunto. — ¿Qué eres?
Le sorprendió que ella le hablara primero. Su don le atento como siempre al terreno, encontró una curiosidad que le era desconcertante. Jasper vio como su mano hacia un movimiento particular, lo descarto como un tic nervioso, aunque la forma en la que protegía aquella mano le decía, no, le gritaba que no era un gesto casual. Algo de lo que está seguro es que no huele como un ser humano.
—Esa era exactamente la pregunta que pensaba hacer. —Su voz arrastraba apenas las vocales, con la cadencia pausada de los hombres del sur de Estados Unidos, no era brusco ni pintoresco, sonaba educada, casi elegante, había una musicalidad discreta en su forma de hablar.
Harry dejo escapar una exhalación lenta por la nariz, incapaz de contener una sonrisa apenas perceptible, había algo tranquilizador al descubrir que el desconocido parecía tan prudente como ella.
—Supongo que es justo —admitió sin apartar la vista del —. Yo hice la primera pregunta, aunque no puedo decir que no lo entienda. —relajo apenas su postura, aun tenía la magia en la punta de sus dedos y decidió no disiparla por completo, Hacía mucho tiempo había aprendido que confiar ciegamente era una estupidez, si este desconocido era la mitad de observador como parecía, seguramente ya se había dado cuenta que estaba lista para defenderse.
Harry lo estudió durante unos segundos más, esperando que, si seguía mirando, la respuesta apareciera sola. No ocurrió. No era magia. Ninguna era humana. Y, aún así, estaba allí, observándola con una tranquilidad que desafiaba cualquier explicación lógica. Frunció apenas el ceño. Debería dar media vuelta y seguir su camino. Era la decisión más inteligente, precisamente por eso sabía que no la tomaría. La curiosidad llevaba años metiéndola en problemas y, a esas alturas, ya había aceptado que nunca aprendería la lección.
Jasper sostuvo su mirada. Ella no bajó la guardia. Tampoco intenté parecer más tranquilo de lo que estaba. Simplemente esperaba. El peso de su cuerpo seguía repartido de forma que pudiera reaccionar en cualquier momento, mientras sus brazos descansaban con una naturalidad demasiado medida para ser casual. Él conocía el miedo. Llevaba casi un siglo viéndolo aparecer antes incluso de que las personas supieran que estaban asustadas. Pero allí no lo encontré. Lo observaba como si todavía estuviera decidiendo qué pensar de él.
Él mantuvo la vista fija en ella durante solo unos segundos más. —Si pudiera responderte con una sola palabra, lo haría, pero, sospecho que eso no te serviría de mucho.
Ladeando la cabeza, rompió el silencio —Sabes que eso no me da muchas respuestas?, estas respondiendo lo que quieres responder —Harry estaba frustrada, y su cuerpo es muy honesto, su pie derecho comenzó un rítmico golpeteo al suelo, mientras sus labios se fruncían —. Las apariencias son una mala guía, y tú te ves como un sueño para falta de palabras.
—Me está llamando guapo señorita?, muchas gracias, usted también es buena para la vista. —Los colores subieron a la cara de la muchacha, casi la hace bajar la mirada por el cumplido —No voy a responder su pregunta todavía, usted tampoco me ha contestado, creo que ambos estamos exactamente en la misma situación.
«Que voz tan agradable de escuchar», su voz era distinta, la manera en la que arrastraba las palabras, esa musicalidad discreta que adornaba una voz grave, con unas palabras que fluían despacio, su manera de hablar le resultaba tan distinta.
—Supongo que hoy no conseguiremos las respuestas que estábamos buscando —dijo finalmente con un tono resignado.
Jasper dejo transcurrir unos segundos antes de asentir apenas la cabeza —Considero que es lo más sensato.
Harry entendió perfectamente el significado de esas palabras, los dos tenían preguntas que ninguno quería responder, porque ambos eran desconocidos que se vieron de causalidad en un bosque en medio de la nada. Ella dio un pequeño paso hacia atrás mientras colocaba sus manos tras su espalda, soltando un suspiro, ella realmente quiere ver que este mundo realmente no es tan monótono, así que un pensamiento atravesó su mente, robándole una sonrisa traviesa.
—Es una conclusión aceptable, hay cosas que no se descubren con preguntas, si no con hechos, yo me llamo Harrier Potter,Harry para los amigos —ella le mantuvo la mirada un instante más mientras le seguía sonriendo —Tu cómo te llamas?
-Jasper.
—¿Sin apellido?
—Sin apellido.
—Llámame Harry, Jasper.
Sin añadir nada más, inclina su cabeza a modo de despedida y reanudo el camino por el sendero, no se apresuró ni volvió la vista atrás. Jasper permaneció inmóvil hasta que la figura de la joven desapareció entre los árboles, solo entonces giro en dirección opuesta, avanzando unos cuantos pasos antes de detenerse por pura inercia. El aroma de flores seguía tenue en el aire, casi ya imperceptible, cerro los ojos un instante antes de comprender algo que no esperaba admitirse a sí mismo. Este viaje había comenzado intentando escapar de todo aquello que le recordaba quien era, y acababa de encontrar a la primera persona en décadas que le había despertado el deseo de dejar de huir. Porque, en el instante que dijo su nombre, una claridad absoluta gobernó su mente.
