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El despertador digital marcó las 6:00 AM.
Afuera, el cielo de Metrópolis sobre el barrio de Suicide Slum era de un gris plomizo, ahogado por el humo de las fábricas cercanas y el eco lejano de las sirenas de la policía. Pero dentro del pequeño apartamento del tercer piso, el ambiente era un universo completamente diferente. El olor a café recién colado y a arepas de queso tostándose en la parrilla inundaba el lugar. De fondo, casi en un susurro para no levantar a los vecinos, sonaba una suave melodía de salsa del Grupo Niche.
Sofía Vargas se miró en el espejo del pasillo mientras terminaba de recoger su larga y abundante melena oscura en una coleta alta. A sus 25 años, Sofía poseía una belleza imponente: una estatura de 1.78 metros, una figura esbelta y atlética esculpida por años de baile, y una piel trigueña clara que contrastaba con sus expresivos ojos color café. A pesar de llevar casi dos década viviendo en los Estados Unidos, su acento colombiano seguía intacto, arrastrando las palabras con esa calidez y ritmo tan característicos de su tierra.
—¡Mateo, mi amor! ¡Arriba, que se nos hace tarde, mi vida! —llamó Sofía con voz cantarina, asomándose al cuarto de su hijo.
Mateo, de diez años, ya estaba sentado en el borde de su cama, estirándose. El niño era el vivo retrato de una mezcla extraordinaria: tenía el cabello castaño y alborotado, pero cuando miraba de frente, sus ojos revelaban un azul verdoso profundo y magnético, increíblemente honesto y maduro para su edad.
—Ya estoy despierto, mamá —respondió Mateo con una sonrisa brillante, poniéndose de pie de un salto—. Hoy me toca ayudar a Don Arturo a abrir la tienda antes de ir al colegio, ¿te acuerdas?
—Claro que me acuerdo, mi príncipe hermoso. Pero primero, a desayunar. No quiero que me andes con el estómago vacío por ahí —dijo Sofía, dándole un sonoro beso en la frente.
Mientras Mateo se sentaba a la mesa, Sofía lo observaba con un orgullo infinito. Su hijo era inteligente, noble y poseía una fuerza física inusual que ella siempre atribuía a "la buena genética y el comer bien". A veces, Mateo levantaba cajas pesadas en el mercado como si no pesaran nada, o corría sin cansarse jamás, pero Sofía simplemente pensaba que era un niño bendecido y muy activo.
Mientras servía el chocolate caliente, la mente de Sofía viajó diez años atrás.
Ella tenía solo quince años cuando conoció a aquel chico en las calles de Metrópolis. Él se hacía llamar Kaleb Eluchans o Kal. Era un joven increíblemente apuesto, de mirada intensa y misteriosa, que vestía una chaqueta de cuero y llevaba un extraño anillo con una piedra roja en el dedo. Kal parecía huir de algo, viviendo la vida al límite en los clubes nocturnos de la gran ciudad. Sofía, fascinada por su magnetismo, se dejó llevar. Pasaron una noche juntos, una noche de pasión desbordante y repetida que quedó grabada a fuego en su memoria. Al día siguiente, Kal desapareció sin dejar rastro.
Poco después, Sofía descubrió que estaba embarazada a los dieciséis años. El pánico la invadió, pero estaba decidida a salir adelante. Planeaba contarle la noticia a sus padres cuando regresaran de su turno nocturno en la fábrica textil del barrio. Sin embargo, el destino tenía preparado un golpe devastador: esa misma noche, una falla eléctrica provocó un incendio masivo y una explosión en la fábrica. Sus padres murieron al instante.
Sola en el mundo, con el corazón destrozado y un bebé en el vientre, Sofía sobrevivió gracias a la solidaridad de sus vecinos de la pensión. Pero las tragedias no terminaron ahí. Pocos meses después del nacimiento de Mateo, un fuerte terremoto sacudió la zona, dejando su viejo edificio en peligro inminente de derrumbe.
—¡Ay, Dios mío, lo que nos tocó pasar, mi hijo! —susurró Sofía para sí misma, recordando los meses viviendo en refugios temporales, limpiando oficinas de madrugada y haciendo cualquier trabajo digno para comprar pañales.
Con un esfuerzo sobrehumano y su inquebrantable alegría caribeña, Sofía logró salir adelante. Encontró un apartamento barato en el mismo sector de Suicide Slum, cerca de las ruinas de su antiguo hogar, y comenzó a dar clases de baile. Hoy en día, su pequeña academia de salsa en el salón de baile del barrio era un faro de luz y ritmo para los jóvenes del barrio, manteniéndolos alejados de las pandillas que azotaban las calles controladas indirectamente por las corporaciones de la ciudad, como LuthorCorp.
—Mamá, ¿en qué piensas? —preguntó Mateo, interrumpiendo sus pensamientos mientras le daba un mordisco a su arepa.
—En nada, mi cielo. Solo en lo afortunada que soy de tenerte —sonrió Sofía, acariciándole la mejilla—. Anda, termina rápido. Hoy tengo una clase especial con los muchachos del centro comunitario a las ocho.
Minutos después, ambos salieron del edificio. El contraste era inmediato. Las calles de Suicide Slum estaban llenas de grafitis, callejones oscuros y rostros cansados de trabajadores que se dirigían al metro. Sin embargo, cuando Sofía pasaba, la gente sonreía.
—¡Buenos días, Doña Sofía! —saludó el panadero.
—¡Hola, Sofi! ¿Hoy hay clase de salsa brava? —gritó una vecina desde un balcón.
—¡Claro que sí, mi gente! ¡A mover el esqueleto para espantar las penas! —respondía ella con su contagiosa energía y su marcado acento colombiano.
Mateo caminaba a su lado, sosteniendo su mano con fuerza. Aunque solo tenía diez años, el niño sentía una profunda necesidad de proteger a su madre. Sabía que la vida en Metrópolis era dura, y que a veces hombres con trajes caros o pandilleros locales intentaban intimidar a los pequeños comerciantes del barrio. Pero Mateo tenía un secreto: a veces, cuando se concentraba mucho, podía escuchar los latidos del corazón de su mamá a metros de distancia, o sentir el peligro antes de que ocurriera. No sabía por qué era diferente, pero prometió usar esa "fuerza" para cuidar de la mujer que lo había dado todo por él.
Mientras caminaban hacia la escuela, Sofía a veces se preguntaba qué habría sido de "Kal". ¿Seguiría vivo? ¿Sabría que en un rincón olvidado de la ciudad, un niño con sus mismos ojos honestos crecía fuerte, sano y lleno de amor?
Por ahora, Clark Kent estaba muy lejos, viviendo su propio y complicado destino bajo el peso de sus secretos. Pero en el corazón de Suicide Slum, la semilla de su pasado crecía con el ritmo de la salsa, la fuerza de la sangre colombiana y la promesa de un futuro brillante.
Continuará...
