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Mikel se despertó con cien tambores de procesión en su cabeza. El ruido de los coches en la calle le taladraba la sien, pero por suerte no entraba nada de luz. ¿Qué hora era? Miró su teléfono móvil y se dio cuenta de por qué se había despertado.
Las ocho de la mañana.
Se le había olvidado quitar la alarma para el entrenamiento. Normal. Llevaba cuarenta y ocho horas sin parar. Llevaba cuarenta y ocho horas celebrando ser campeón del mundo.
***
–¡Campeones joder!
–¡Lo hemos conseguido! –Unai le abrazó mientras él lloraba.
***
Se levantó de la cama. Él sabía que, una vez despierto, no podría volver a dormir, aunque solo hubiese dormido unas cuatro o cinco horas. Subió la persiana con cuidado de no hacer mucho ruido, más por su propio bien que por otra cosa. Al girarse se encontró con un campo de guerra. La maleta estaba tirada en medio de la habitación, la lámpara tumbada y el sofá torcido. Su ropa estaba esparcida por el suelo, la camiseta en una esquina y los pantalones en la otra.
¿Qué cojones había pasado?
No recordaba haber dejado la habitación así antes de la visita real. Él estaba acostumbrado a dejar todo en su sitio. Pero lo que más le extrañó fue ver la cama abierta por completo. Eso no era normal. Él siempre dormía a un lado, una costumbre que tomó de pequeño y no había dejado nunca. Pero entonces, ¿por qué estaba la cama deshecha?
***
–Shhh. Es tarde, nos van a oír. –Se oyó a sí mismo arrastrando las palabras en un susurro. Estaba muy borracho.
Quitó la sábana de la cama con torpeza mientras escuchaba una risa a su espalda. También se escuchaba reír a sí mismo.
***
Se esforzó por intentar recordar algo de lo que pasó la noche anterior, pero lo único que aparecía en su cabeza eran los pinchazos de dolor por todo lo que había bebido. Que si vino, que si cerveza, que si roncola… No se bebió el agua del florero porque no había.
Tenía un repiqueteo constante en la esquina de su cabeza que no le dejaba pensar. Decidió empezar su día como si nada hubiese pasado.
Empezó dándose una ducha rápida con intención de acabar con el pesar de su cuerpo. Se sentía cansado tanto física como mentalmente, pero ya no había tiempo de volver a la cama. Había quedado para desayunar con el equipo una última vez antes de que cada uno se dirigiese a su casa. La aventura del mundial había llegado a su fin, pero ellos querían retrasar la despedida hasta el último momento.
Una vez fuera de la ducha, vestido, despierto y mínimamente fresquito, todo lo fresquito que le dejaba estar el puto calor de Madrid, se puso en marcha para dejar la habitación lo más recogida posible. Su tren no salía hasta tarde, pero quería dejarlo todo listo y así poder disfrutar del desayuno sin pensar en todo lo que tenía que recoger. Hasta encontró una segunda llave de la habitación tirada en el suelo.
Por lo que parecía, había alargado la fiesta hasta el último momento. O eso pensó cuando vio un vaso de plástico asomar por debajo de la cama. Puede que la noche anterior se pasase un poco con el alcohol, pero, coño, era campeón del mundo, y eso no es algo que se celebre todos los días. Se lo merecía. Se lo merecían todos.
***
–¿Vas a soltar el cubata? Lo vamos a acabar tirando.
–Es que está muy rico. Espera que me lo acabo. – El otro chico contestó entre risas antes de que los tragos largos se escucharan en el silencio de las tres de la mañana.
***
Hostia. Se había traído a un tío a la habitación. Un tío con una voz muy dulce que le resultaba familiar y unos brazos anchos, de eso sí se acuerda. También se acuerda de la barba suave que tenía, del pelo corto, de esos abdominales…
Mierda. ¿Le habría visto alguien? ¿Le habrían visto sus compañeros? En el hotel estaban solo ellos hospedados, precisamente para evitar que pillasen a alguno haciendo una tontería.
No se avergonzaba de traerse a alguien a la habitación. No era el primero ni sería el último en hacerlo. Tampoco lo avergonzaba que fuese un hombre. A pesar de que tenía compañeros a los que quizá les sorprendería, sabía que ninguno tendría ningún problema. Había muy buen rollo entre compañeros, y había habido algún romance o algún rollo entre algunos de ellos. Mientras estas cosas no influyesen en el rendimiento en el campo, nadie tenía nada que decir.
Lo que le avergonzaba era haberse dejado llevar tanto como para haber traido a un desconocido al hotel. Le avergonzaba y le sorprendía. Él no era así. Él no se acostaba con gente a la que no conocía.
Intentó salir de esa espiral de pensamientos. Si el hombre se fue antes de que él se despertase, había poca probabilidad de que se hubiese encontrado con alguien. Su tren de pensamientos se interrumpió con el sonido incesante de su teléfono móvil. El grupo de WhatsApp se había despertado.
CAMPEONES 2026
Gavi: CHAVALES SOMOS CAMPEONES DEL MUNDO
Nico: Vaya resaca hermano, creo que he dormido 4 horas
Borja: Yo voy de empalme😎
Grimaldo: Ya ves tete, no tenéis aguante
Cubarsí: Nen pareu de petar el grup que son les 9 del matí collons
Merino: Ahora en cristiano
Rodri: Dejad de llorar todos que tenemos desayuno a las 9:30h. Al que no conteste vamos a ir todos a despertarle.
Cucurella: He puesto la mesa en la puerta, dejadme dormir
Pedri: Ferrán y yo estamos ya abajo :)
Porro: Me cago en el vino de mierda que nos dieron ayer
Ferrán: A mí me gustó
Zubi: Menos mal porque te bebiste 2 botellas
Rodri: Cucu voy a saltar de balcón a balcón si hace falta. Mueve el culo.
Cucurella: Voy bajando
Oyarzabal: Yo también
Lamine ha salido del grupo
Rodri ha añadido a Lamine
Rodri: Niño no me toques los huevos
Lamine: Estoy abajo en 5 minutos
Cubarsí: Tindran cacaolat?
Laporte: Y por qué no?
Porro: Este sigue frito
Borja: Esta juventud no aguanta nada
Una vez abajo, con casi todo el mundo sentado y comiendo, Unai y Yeremi llegaron juntos. Era extraño que llegase tarde. Él sabía que al portero le gustaba dormir, quizá demasiado, o eso decía él, pero siempre llegaba puntual. Era una de las cosas que admiraba de él. Parecía agotado, pero eso no fue lo que le llamó la atención. Fue la camiseta que llevaba. No era suya. Ni ese pantalón. Eran de Yeremi.
Él era observador, quizá demasiado. Y era especialmente observador con Unai. Eran buenos amigos, se conocían desde hace años y tenían una buena relación. Cuando jugaban el uno contra el otro, aunque hubiese frustración o algún pique tonto, y aunque él fuese consciente que la real era el mejor club del país, siempre mantenían un respeto inmenso por el otro.
Pero, ¿por qué llevaba Unai la ropa de Yeremi? ¿Habían pasado la noche juntos?
***
–¡Dame un pico! ¡Dame un pico!
Mikel se había quedado congelado en medio de la azotea del autobús cuando vio a Unai darle un pico a Yeremi. Cucurella a su lado se rio.
–Vaya dos, y todavía no ha empezado la fiesta de verdad.
Él simplemente se rio, pero no podía quitar el ojo de encima a esos dos. ¿Por qué Yeremi le había pedido un pico? ¿Y por qué Unai se lo había dado? ¿Si él se lo pidiese, le daría uno también?
***
Desayunó con sus compañeros, pero no estuvo muy activo en ninguna de las conversaciones. Se había prometido aprovechar hasta el último momento con ellos, se quería esforzar para exprimir al máximo la experiencia con esos chicos, especialmente después de haberlo ganado todo. Sin presiones, sin expectativas, sin incertidumbres.
Pero no podía disfrutar.
Le era imposible centrarse en las bromas de Marc, en la risa contagiosa de Pau, en los piques entre Lamine y Nico, en la sonrisa incesable de Borja. Solo podía fijar sus ojos en Unai, en como reaccionaba a cada oración, en cómo interactuaba con sus compañeros en común, pero, sobre todo, en cómo se comportaba con Yeremi. Se habían sentado juntos. ¿Podían al menos disimular un poco?
Estuvo todo el desayuno fijándose en ellos y odiándose por ello. Después de ese desayuno, cada uno se iría por su cuenta. Todos hablaron de sus planes. Creyó haber escuchado algo sobre Pedri viajando a China, pero no le quedó claro qué iba a hacer allí. Estaba demasiado pendiente del de Vitoria.
En lugar de quedarse hasta tarde, como tenía planeado, fue de los primeros en irse. Se levantó y, después de despedirse de todos sus compañeros individualmente, se dirigió de nuevo hacia su habitación.
Dudó de su suerte cuando vio a Unai acercarse a trote a la puerta del ascensor. Martilleó el botón del segundo piso para ver si así las puertas se cerraban más rápido, pero el más alto paró la puerta con una mano.
–Joder, ¿no me has visto?
–No, perdona. Sigo medio dormido. –le mintió a Unai por primera vez.
En todos estos años, Mikel no había mentido nunca a Unai. No es que fuese un mentiroso con el resto de la gente, él decía las cosas a la cara o omitía sus opiniones para evitar problemas. Pero nunca con Unai.
Hasta hoy.
–Has estado muy callado. ¿Tan mala es la resaca?
–Ayer bebí demasiado. No me acuerdo de la mitad de la noche. –confesó el de Eibar.
Creyó ver la sonrisa característica de Unai desaparecer por un segundo, pero el portero rápidamente lo intentó disimular con una risa suave pero falsa. Eso le molestó, y mucho. A su parte hipócrita le molestaba que le mintiese, aunque él acabase de hacerlo.
–Nadie te puede culpar. Estabas en una onda muy positiva, y todos sabemos muy bien el motivo.
–Hostia macho, esa frase me va a perseguir hasta que me muera. Solo falta que Cucu se la tatúe también.
–Al lado de la cara de De La Fuente. Quedaría bien.
Negó con la cabeza, pero la verdad es que le hacía gracia como esa frase, que le había salido de lo más natural en una entrevista, se había convertido en algo que todos usaban.
–Oye… –Unai empezó a hablar pero llegaron a su planta y Mikel salió rápidamente del ascensor. Él le siguió sin problema, aunque el delantero había cogido carrerilla para encerrarse en su habitación lo antes posible–. Tú, Mikel, espera. ¡Eh! –Le agarró del brazo para pararle.
–¡¿Qué quieres?!
–¿Qué cojones te pasa?
Unai parecía verdaderamente sorprendido por la reacción de Mikel, lo que le cabreó más. ¿No entendía qué le pasaba?
Podría haberle dicho “pregúntale a Yeremi”. Podría haberle dicho “deberías saberlo”. Podría haberle dicho tantas cosas y haber quedado como un celoso de mierda. Pero no le iba a dar esa información. Si en todos estos años de amistad, si en todas estas semanas conviviendo, no se había dado cuenta de que le quería, es que él no buscaba lo mismo.
Y él no iba a rogar.
***
–Quédate. Por favor. Por favor.
***
–No lo sé. No sé qué coño me pasa. –confesó el de Eibar.
Unai le miró confundido. Tiró del brazo que tenía agarrado y lo llevó hasta la puerta de su habitación.
–Abre. –El portero se cruzó de brazos al lado de la puerta.
Mikel le hizo caso pero no sin antes permitirse un segundo de debilidad. Un segundo en el que observó con descaro y con deseo los brazos de Unai en esa camiseta que le iba bastante ajustada.
Se lo quería comer.
“Joder, Mikel, concéntrate.” Se regañó a sí mismo en su cabeza antes de abrir y dejar que el del atheltic pasase primero.
–¿Esto es por lo de anoche? –Unai fue directo al grano cuando la puerta ya estaba cerrada–. No disimulas tan bien cómo crees. Te conozco.
–Sí.
De perdidos al río. Cara a cara, Mikel no podía mentirle. Si Unai quería la verdad, la tendría. Aunque eso supusiese el final de su amistad.
–Me jode que te hayas liado con Yeremi.
–¿Que yo he hecho qué? –El portero preguntó incrédulo.
–Ayer le diste un pico.
–¿Vamos a volver a tener esta conversación, Mikel?
–¿Qué conversación? –No entendía nada.
–¿En serio no te acuerdas de lo que pasó anoche?
–Que ya te he dicho que no, cojones. No me cambies de tema.
–Eres muy tonto.
Mikel notó un tirón en su camiseta y en menos de un segundo los labios de Unai estaban pegados a los suyos. No entendía nada de lo que estaba pasando, pero no iba a desperdiciar la oportunidad.
Llevaba años queriendo besarle. Hacía años que le gustaba, que le quería. No recordaba su vida sin sentir algo por Unai, sin ser amigos, rivales o compañeros. Años en los que él se imaginaba cómo podrían saber sus labios. Años de fantasías que ni se acercaban al tacto suave de sus labios y las cosquillas que hacía la barba contra su piel.
Debió haberlo imaginado tantas veces y de tantas maneras distintas que la sensación le resultaba familiar. Como si ya la hubiese vivido antes.
***
–Le has dado un pico a Yeremi. –Mikel iba muy borracho, pero no podía parar de pensar en lo que había visto hacía unas horas.
–¿Qué? –Unai se acercó a él para escucharle por encima del ruido de la calle.
Ellos iban de camino al hotel, apoyándose el uno en el otro, caminando lentamente para no perder el equilibrio.
–Que le has dado un pico a Yeremi. ¿Te gusta?
El de Vitoria se rio.
–No. No me gusta. Simplemente me lo ha pedido.
–Dame un pico. –Se le escapó. No aguantaba más.
–No.
Unai se puso serio y aceleró el paso. Cruzó el vestíbulo en silencio. Era como si el efecto del alcohol hubiese desaparecido de su cuerpo con esa pregunta. ¿Tanto asco le daba?
–¿Por qué no? –Mikel le siguió hasta la puerta del ascensor –. Unai. Contéstame. ¿Por qué no? –Le iba preguntando en voz baja, arrastrando las palabras por la borrachera que llevaba encima.
Unai se quedó callado y presionó el botón para subir.
–Unai –El de Eibar se coló en el ascensor en el último momento–, dame un pico. Si no fue nada con Yeremi, ¿por qué me lo niegas a mi?
Arrinconó a Unai en una esquina del ascensor. Estaba en un punto en el que disimular el dolor del rechazo era difícil. Sabía que todo lo que no dijese en ese momento iba a quedar sin decir. Era ahora o nunca. No quería irse sin una respuesta.
–Mikel –Esa forma única que tenía Unai de decir su nombre le causó un escalofrío–, deja de pedírmelo, por favor. No te voy a dar un pico.
–Porque te gusta Yeremi.
–¡Porque si te doy un beso querré darte mil más! ¡Joder!
El delantero sonrió de oreja a oreja. A simple vista parecía un borracho más, contento por cualquier cosa. La verdad era que pocas veces en su vida había estado tan feliz. Tenía el pecho cálido por la felicidad que sentía y el corazón lleno de cariño por el chico que tenía delante.
–Eres muy tonto. –Unai sonrió antes de tomar su camiseta en un puño y atraer a Mikel hacia él.
Le besó.
Por fin.
***
–Ahora me acuerdo –El delantero estaba avergonzado –. Entonces… ¿No has pasado la noche con Yeremi?
–No, maitia, no he pasado la noche con Yeremi. La he pasado contigo –Unai vio la cara del de Eibar y añadió rápidamente–. Pero no pasó nada. Simplemente hemos dormido abrazados
***
–Dame otro beso. –Mikel borracho había sido siempre alguien a quién le gustaba el contacto, pero hasta él se sorprendió de lo mucho que su cuerpo necesitaba estar pegado al del portero.
Se estaban devorando. Iban de una esquina a la otra de la habitación, quitándose la ropa y tropezando con todo Eran un enredo de besos, mordidas y caricias, algunas más inocentes que otras.
Cuando Unai se separó, a él se le escapó una queja.
–Maitia, deberíamos parar.
–¿Tú quieres parar? –No pudo evitar reflejar la decepción en su cara.
–No. No quiero parar. Si por mí fuese no me separaría de ti. –Juntó sus frentes y le acarició la mejilla.
Estaba loco. No era normal que algo tan casto como una caricia inocente le despertase un hambre voraz. Se lo quería comer. Enterito.
–Pero vas muy borracho. Y lo último que quiero es que mañana me digas que no querías esto.
Él sabía que no se iba a arrepentir, que si al día siguiente se despertaba con Unai a su lado nada en el mundo le importaría. Pero entendía sus razones. No quería que su primera vez juntos fuese así. Por lo que simplemente asentió y le susurró a centímetros de su cara:
–Entonces solo dame otro beso.
***
–¿Y por qué te has ido?
–Porque, la verdad, no sabía cómo ibas a reaccionar. Me desperté temprano y me fui intentando no despertarte. No quería que tuvieses que echarme.
–Luego el tonto soy yo. Jamás te echaría. Pero entonces… ¿cómo has acabado con esa ropa?
“Esa ropa que te queda tan bien y con la que me dan ganas de encerrarnos aquí para siempre” añadió en su cabeza.
–Una vez fuera me di cuenta de que se me había caído la llave. Por suerte me encontré con Yeremi que estaba bajando a desayunar.
–¿Se lo dijiste?
–No. Le dije que no sabía dónde se me había caído. Me dejó ducharme en su habitación y me dio algo para cambiarme para que no se notase tanto que no había dormido en mi habitación. Creí que nadie se daría cuenta.
–Yo me di cuenta. –Mikel le sonrió aún en sus brazos. No se habían separado más de lo necesario y aún estaban de pie al lado de la puerta.
–Pero porque tú te das cuenta de todo. O de casi todo.
–Dime una cosa de la que no me haya enterado.
–De que te quiero –No dudó en decírselo–. De que te quiero desde hace mucho tiempo.
Mikel volvió a sonreír como hacía unas horas. Siempre le había gustado la voz de Unai, pero cuando decía su nombre o hablaba así de él, se convertía en su sonido favorito. Su pecho se llenó de una alegría que sólo podía comparar con ganar el mundial.
–Yo también te quiero.
No tardaron en volver a unir sus labios, esta vez de forma más pausada, sabiendo que ese momento no tenía porqué acabar de forma repentina. Se lo habían dicho todo y, aunque en unas horas partirían en direcciones opuestas, intentaron aprovechar al máximo su momento de felicidad.
No tenían que pensar en entrenamientos, ni en pases imposibles, ni en paradas legendarias. Durante unas horas, solo tenían que pensar el uno en el otro.
