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“No existe nada más hermoso que la manera en que el mar se rehúsa a dejar de besar la costa, no importa cuántas veces sea enviado de regreso.”
Enzo piensa en la frase que encontró scrolleando en Instagram, mientras mira el precioso paisaje de la costa de Formentera a lo lejos y disfruta de la fresca brisa marina que choca contra su piel gracias a la velocidad del yate en ese pedacito del Mediterráneo que es el mar de Ibiza.
Es tan real, piensa. Indefectiblemente, la frase lo lleva a pensar en él, en ellos. Porque Enzo es como el mar. Nunca dejó de ir hacia su costa, de besarla, hasta que la convenció de que él era su mar.
Desde la primera vez que lo vio, en las inferiores de River, lo supo. Parecía un verdadero príncipe de Disney, con esos enormes ojos marrones y los brillantes rulos que se movían por todos lados cuando él corría como una exhalación durante los entrenamientos y partidos. Fue en parte una suerte que estuviesen en divisiones distintas en esa época, de otro modo, hubiera recibido todos los pelotazos y errado todos los pases por quedarse embobado mirándolo.
“Estás flasheando cualquiera, no podés saberlo aún”, respondió Exe, su amigo desde el barrio, cuando se lo contó. “Él es, yo lo sé, lo siento acá”, insistía Enzo, señalando su corazón. “Es lindo, pero distinto a nosotros, un chetito, sus amigos son re chetos también. No tiene nada que ver con vos, no va a fluir”, argumentaba Exe, aunque sabiendo que era aliento perdido, porque cuando a Enzo se le metía algo en la cabeza, iba con todo a por eso.
Y el problema era que Julián, su príncipe, no sólo se había metido en su cabeza, sino en su corazón.
La verdad, no fue tan difícil como pensó. Es cierto que los amigos del castaño lo miraban de la cabeza a los pies, deteniéndose en sus tatuajes, cada vez que se acercaba; pero Julián siempre lo recibía con amabilidad. Aunque tímido, sus hermosos ojos marrones se encendían y brillaban cada vez que lo veía. Aceptaba risueñamente cualquier excusa del pibito de conurbano para hacerle el habla y pasaban juntos horas enteras, conversando animadamente, incluso dejando de lado a los amigos chetos del castaño (para felicidad del morocho).
Enzo sabía que Julián, de alguna manera, también lo sabía, y que por eso aceptaba sus avances. Siempre correcto e incapaz de un comportamiento impropio, como un verdadero príncipe, pero sosteniendo su mirada un par de segundos más del necesario, curvando sus labios en una sonrisa unos milímetros más alta que para el resto, dejando su mejilla un instante más de lo correcto pegada a la del morocho cuando se saludaban o despedían de beso.
Él sabía que Julián también lo sentía, aunque sería incapaz de mencionarlo por decoro, hasta que sus propios cuerpos madurasen y lo confirmasen.
Los dos sabían que eran destinados.
A lo lejos, escucha su risa y voltea a verlo. Está conversando con un par de amigos que los acompañan en el yate. Amigos de Enzo, pero que Julián adoptó como propios. Siempre fue así. Julián, el príncipe, siempre supo adaptarse a su entorno, conquistándolos por todo lo alto. Luce hermoso y contento conversando con ellos. Enzo es feliz viendo a Julián feliz.
Vuelve a mirar el horizonte y el sol, que inicia su descenso. Las aguas turquesas poco a poco van cambiando de tonalidad, al igual que el cielo. Mientras admira el precioso paisaje marino, recuerda el día que fue promovido a la Reserva, donde ya estaba Julián. Estaba exultante de felicidad. Al fin pasarían más tiempo juntos, jugarían juntos, demostrarían lo buenos que eran juntos. Y fue exactamente así, porque formaron el mejor dúo de delantero y mediocampista que se había visto en años en River, con una química impresionante tanto dentro como fuera de la cancha.
Al fin, gracias a su talento, nadie ponía en duda que, a pesar de los distintos que eran, congeniaban muy bien. El príncipe y el turro, sí, pero los dueños de la cancha. Opuestos complementarios, les decían algunos. Mejores amigos, les decían otros. Culo y calzón, acotaban los más zarpados.
Enzo sabía que eran todo eso y más.
Lo realmente difícil vino luego del primer celo de Julián, tras cumplir su mayoría de edad. Cuando regresó a los entrenamientos, luego de unos días de ausencia hasta superar su nuevo ciclo biológico, lucía aún más lindo que antes, peor aún, su olor había cambiado, y era tan delicioso gracias a sus recién aparecidas feromonas que pronto tuvo muchos, muchísimos más admiradores que antaño.
Enzo la pasó muy mal, porque a él todavía le faltaba un año para su mayoría de edad y su primer celo. Temía que en esos horribles doce meses Julián encontrase a su verdadero destinado, que unas feromonas que no fuesen las suyas lograsen cautivarlo. Odiaba a su inútil e inmaduro cuerpo, que todavía era incapaz de producir feromonas. Todas las noches antes de dormir le pedía a la Diosa que no apareciese nadie, que siguiese reservando a Julián para él, porque nadie lo iba a amar más que él.
El mejor momento de su vida llegó una semana antes de su cumpleaños 18. Parece que, de tanto pedírselo a la Diosa, ella al fin se acordó de él. Aprovechando las vacaciones de enero, se fueron a pasar un fin de semana en la playa, los dos solos, como los buenos amigos que eran. Lo que no esperaban es que el celo de Enzo se adelantaría, presentándose antes de que cumpliese la mayoría de edad.
“¿Todo bien?” pregunta Julián, reclinándose en el barandal del yate, al lado de Enzo, su esposo, mientras admira su hermoso perfil. La piel morena luce aún más oscura por las horas bajo el sol, pero así le gusta mucho más. Su Enzo ha nacido para estar en dos lugares: en la cancha, haciendo magia con la pelota, y en el mar.
“Todo perfecto. ¿Y vos, mi amor?” responde el interpelado, dedicándole una luminosa sonrisa que aumenta la frecuencia cardiaca del castaño, aunque los brillantes ojos azabaches mantienen una expresión meditativa.
“Joya yo. ¿En qué pensás, eh? Tenés carita de PiEnzo” tira el castaño, guiñándole el ojo y recibiendo en respuesta una divertida sacada de lengua.
“Recordaba mi primer celo” responde el morocho, con una sonrisa evocadora. “La tarde en la playa era similar a esta”.
“Diosa, esa tarde y esa noche fueron tremendas”, conviene el castaño, mientras se sumerge en los mismos recuerdos y toma la mano de Enzo con dulzura.
“Lo mejor”, continúa el morocho, “es que al fin comprobamos que éramos destinados”.
“Ya lo sabíamos igual”.
“YO lo sabía. Vos no”.
“Claro que lo sabía. Lo supe desde la primera vez que te vi, armando quilombo al árbitro por un córner” El castaño no puede evitar una risita, que hace que aparezca un puchero indignado en el rostro moreno. Julián, sin dejar de sonreír, deja muchos besitos en el puchero hasta que desaparece.
“Entonces fue peor, porque te hiciste el otro todo el tiempo” insiste el morocho.
“No me hacía el otro. Sólo… no era apropiado. Si alguien sospechaba, nos hubiesen mantenido alejados, por precaución. Y yo quería estar todo el tiempo a tu lado, mi amor, por eso disimulaba, para que nadie sospechase lo hasta las manos que estaba de cierto turrito hermoso”.
El pecho de Enzo se afloja con estas palabras, y es ahora él quien busca los labios de Julián, su príncipe perfecto, que siempre ha hecho todo bien. O casi siempre.
“¿Recordás el quilombo que se armó? Mis papás y los tuyos nos querían matar cuando regresamos enlazados” agrega Julián, y ambos se ríen, aunque en ese momento lo último en que pensaron fue en reírse, porque sus padres les dieron el sermón de sus vidas, acerca de la responsabilidad y los riesgos de enlazarse tan jóvenes. Sólo se tranquilizaron cuando comprendieron que eran destinados, y los futuros consuegros terminaron muy felices, porque para todos era evidente que Julián y Enzo eran el uno para el otro.
Los chicos prometieron solemnemente a sus padres que evitarían un embarazo antes de tiempo y que se dedicarían en cuerpo y alma a sus carreras, y cumplieron. No fue sencillo, porque tuvieron que jugar en clubes distintos, e incluso en países distintos, así es la vida de un futbolista. El lazo evitaba que otros alfas u omegas se les acercasen, y lo reforzaban cada vez que se veían, tanto en las convocatorias de la selección argentina como en sus escapadas para verse cuando se extrañaban mucho (esto es, casi todas las semanas).
Pero el esfuerzo tuvo su recompensa, sobre todo con la Selección, donde lo ganaron todo. Y ahora, aunque quedaron a un pasito de volver a ser campeones mundiales, no todo era malo, pues al fin estaban esperando a su primer bebé. Enzo mira a Julián, más enamorado que nunca, pidiendo a la Diosa que su cachorro tenga los mismos ojos y rulitos de príncipe.
El mediocampista busca en el cuello del delantero su marca, y deja un beso sobre ella, tal como le encanta hacer cada vez que puede, incluso en la cancha. “Te amo, Julián” murmura emocionado. El castaño, enternecido, rodea con sus brazos por la espalda al morocho. “Te amo, Enzo. Los amo a los dos, a vos y a nuestro cachorrito”, responde, mientras coloca sus manos sobre el vientre del morocho, el lugar donde se está gestando una nueva vida.
Enzo nunca olvidará que, al momento de enlazarse, Julián, su alfa, le pidió que también lo marcase, como signo de entrega total e incondicional a su omega. Un príncipe en toda la extensión de la palabra.
El alfa posa sus labios sobre su propia marca en el cuello de Enzo, mucho más nítida, como corresponde a la marca de un alfa, localizada encima del tatuaje de la palabra AMOR. El beso le raspa un poquito la piel, por el bigote y barba que Julián se ha dejado, y que al morocho le encantan porque lo hacen ver más papá (bueno, cualquier versión de Julián le encanta).
“¿Me seguirás amando cuando esté gordo y horrible?” pregunta Enzo, volteando el cuello para ver a su alfa, sabiendo que suena re dramático y exagerado, porque en realidad nada le llena de mayor dicha y orgullo que llevar en su vientre el cachorro de Julián; es más, anhela con toda el alma darle todos los cachorros que él quiera, así sea una docena.
Julián enarca una ceja, mirándolo con expresión divertida; lo gira suavemente para mirarlo de frente, quedando la espalda de Enzo acostada sobre el barandal del yate y los brazos del castaño a sus lados, en un gesto tanto protector como posesivo; y mirándolo directamente a los ojos, responde: “Primero, gorda me la ponés. Segundo, nosotros. Tercero, vos sos lo más hermoso y seductor que han visto mis ojos, Jeremías, y mucho más ahora que en vos está creciendo el fruto de nuestro amor. Estás más lindo que nunca. Además, tu olor de embarazado es mucho más seductor, me enloquece, me muero por estar en nuestra suite y garcharte todo para demostrarte lo al palo que me tenés. Y cuarto, Francia”.
Enzo siente aparecer un chorrito de humedad en su entrada oméguica. No sabe si son las hormonas del embarazo o lo irresistible que luce y suena Julián, pero lo desea y necesita a toda hora. Observa cómo las pupilas del castaño se dilatan, pues sólo Julián es capaz de reconocer hasta su más mínimo cambio, y acaba de percibir la variación de su olor por la excitación. Sin decir nada, empieza a acariciarle la cintura, apretando con delicadeza la piel de la zona en los lugares que más placer generan al morocho. Enzo se relaja. Su alfa lo desea igual que siempre, quizá más. Se lo demuestra con ese toque, porque sólo Julián domina el arte de hacerle el amor sin necesidad de sexo.
“¿Es una promesa lo de la suite?” pregunta Enzo, haciendo puchero, porque nunca tiene suficiente de Julián y ahora esa idea no se le quita de la mente. Julián, asegurándose que nadie los ve, mete subrepticiamente su mano en el fino pantalón del omega, introduciendo sus dedos índice y medio en la mojada entrada y moviéndolos suavemente, haciendo sisear al morocho. Los retira húmedos y brillantes y los lleva a la boca, paladeando con fruición.
“Es un juramento, omega”, le dice, con voz más ronca no sólo por el deseo, sino porque su lobo está respondiendo a su destinado. “Sos tan delicioso, mi amor, tu sabor es más rico que antes” y Enzo queda estático, porque no puede creer que su Julián haya hecho eso, en plena cubierta del yate, con esa expresión de inocencia y sin que se le mueva un solo pelo (esto último no tanto, porque los rulitos castaños se agitaban alegres contra la brisa); pero, al mismo tiempo, siente en su pecho la feroz alegría de su omega por la forma en que su alfa lo desea.
Bajo su rostro de ángel (o de arcángel, considerando el bigote y la barba), Julián esconde un voluptuoso demonio que todas las noches asalta su cuerpo y su alma, haciéndolo olvidarse hasta de su nombre. Y Enzo nunca dejará de agradecer a la Diosa por eso.
Julián observa cómo la sorpresa en el rostro de su omega se trasunta en un delicioso rubor en sus mejillas, visible a pesar de lo tostada de su piel. Sin poder contenerse, con esa mezcla de hambre y ternura que sólo Enzo sabe despertar en él, atrapa los rosados labios de morocho en otro beso, más profundo que los anteriores . Pasan largos segundos, y al terminar el beso, intercambian una mirada cómplice y el morocho se voltea para seguir admirando el paisaje marino, con Julián abrazándolo por la espalda protectoramente.
“Alfa, el bebé tiene un antojo”, musita Enzo unos minutos después, mirándolo con sus ojitos negros y haciendo un nuevo puchero.
Julián sonríe, demasiado feliz ante la perspectiva de complacer a su omega.
“¿Y qué quiere nuestro cachorrito, mi amor?”
“Frutillas con crema. Y mate también” contesta Enzo con una brillante sonrisa. Ambos saben que el segundo pedido no es precisamente para el bebé, pero Julián también quiere complacer a su omega, así tenga que aprender a cebar mates de forma aceptable.
“Sus deseos son órdenes, mi amores”, responde el castaño a su esposo, y corre en busca del nuevo antojo de su omega.
Regresando con el pedido, Julián queda maravillado con la visión que aparece ante sus ojos. Deja todo encima de una mesita y, sin hacer ruido, saca su celular.
Sonríe entre conmovido y satisfecho ante el resultado. Le encanta, y sabe que a Enzo le encantará también.
La foto es excelente, tanto por su enfoque como por su nitidez y los colores logrados. Julián es un excelente fotógrafo, eso lo saben todos. Pero sus mejores fotos siempre son las que toma a a Enzo.
Y esta foto es, sin duda, de las mejores. La figura serena y relajada del morocho mirando al horizonte, perdido al parecer en contemplación del mar y la lejana costa. Su hermoso cuerpo, de perfil, permite vislumbrar la tenue curvatura de su vientre, cubierto por la camisa rosa coral que tanto le gusta.
Más allá de los tenues rayos del sol en ocaso, la figura de Enzo resplandece con luz propia, que es la que Julián logra captar a la perfección: la luz y el brillo de una madre esperando a su bebé.
La sonrisa de Julián se ensancha al caer en la cuenta de que es la primera foto que ha tomado a su familia.

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(Por supuesto, Enzo también aprovechó para sacar muchas fotos a su alfa).

