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Pocito.
Hace apenas unas horas que el sol ha salido y ellos ya están en la terraza tomando unos mates, sentados en unas reposeras con una mesita ratona en el medio. Ambos boludean con sus celulares en silencio, cada uno en su mundo, todavía un poco dormidos. Les gusta el solcito y la paz de la mañana antes de que el equipo despierte y hagan bardo para el desayuno.
Al principio solo era cosa de Licha, pero cuando Cuti lo descubrió, no dudó en acompañarlo. No le costaba nada acoplarse a lo que Lisandro hiciera y a este no le molestaba su compañía, porque a pesar de la actitud brusca y vivaracha que tenía en la cancha, el defensor cordobés sabía apreciar la calma. Y pese a que todos en el plantel creían que la cosa era cábala de ellos, porque el argentino promedio elige creer y santificar todo, la realidad es que era por simple gusto y rutina.
—Son dos viejos chotos —les dijo Molina un par de veces, cuando los veía aparecer un poco más tarde justo cuando ya todos estaban apunto de irse al predio—. Ni en pedo pierdo minutos de sueño solo para tomar sol.
—Ya lo vas a entender pibe, cuando seas más grande —le contestaba Licha con aire de sabiduría y una sonrisa divertida, sin ganas de explicar que no era solo el hecho de tomar sol.
—Pendejo inculto y culo roto —aportaba el Cuti con menos diplomacia, acomodándose los huevos y dándole un chirlo en la nuca al cordobés más chico que ni se gastaba en esquivar, porque sabía que sería peor. El 13 nunca dejaba las cosas a medias y menos los golpes y peleas.
Lisandro deja el mate en el medio de la mesa, sin despegar los ojos del celular. La verdad es que no está haciendo mucho; mira algún que otro tiktok sin demasiada atención, enfocándose más en los comentarios, que suelen ser más divertidos. Se ríe y hace amague de mostrarle uno a su compañero, pero se da cuenta que Cristian está en otra, viajando. Tiene la mirada perdida en la mesa y el celular que se le resbala de la mano. Ni siquiera había agarrado el mate, que sigue esperando.
—Eu, Cristian —silba y Cuti parpadea. Lo mira, mira el mate y lo agarra, echándole un poco de azúcar. Lisandro lo mira con las cejas arqueadas, curioso, tratando de ver con carpa su celular para saber qué es lo que pudo haber desconcentrado tanto al cordobés, pero este ya lo apagó y dejó tirado junto al termo, devuelta perdido en su cabeza mientras se toma lentamente un mate.
—¿Te pasa algo? —pregunta Lisandro antes que el otro se vaya por completo.
—¿Qué, yo?
—No, la hormiga que va con la miguita de pan —apunta vagamente hacia delante y Cuti mira en esa dirección sin siquiera pensarlo. Lisandro se ríe, dejando también su celular en la mesa, apagado y boca abajo.
Cristian le chista enfurruñado por hacerle caso y porque se da cuenta tarde que ni los bichos andan a esa hora.
—Ah, bue. ¿Te levantaste gracioso hoy?
—Y boludo, vos también te regalas —ríe más fuerte, cruzando las piernas y los brazos. Se estira despacio, con fiaca, cuidando de no acalambrarse, que últimamente le pasa seguido—, estamos los dos solos, a quién más le voy a preguntar sino.
—Qué sé yo, estaba en otra. Pensando.
—Ah mirá, esa no me la esperaba.
Cuti se muerde la boca y le tira un manotazo que Lisandro repele con una sonrisa. El morocho ceba otro mate, se lo pasa a Lisandro y aprovecha la distracción para estirarse y darle una palmada fuerte en el muslo que les pica a ambos. El entrerriano aspira el aire entre dientes y hace equilibrio para no tirarse el mate encima.
—Uh, la concha tuya, forro. Me llegaba a quemar...
—Dah, dah. No mariconees y tomate el mate dale, que se enfría.
—Bueno, no me apures, eh—limpia con el dedo la yerba que chorrea por el costado del mate y da una chupada a la bombilla—. Bueno, ¿y entonces? ¿En qué tanto pensabas?
Cuti parpadea y hace un gesto de "ah, me acordé".
—No nada, es que me colgué viendo unos reels tuyos —apunta su celular apagado sobre la mesa—, esos que hacen las minitas para mostrar lo poronga que sos y lo bueno que estás, y nada, me dieron ganas de morderte un cachete.
El remate es tremendo, completamente inesperado, y Lisandro casi se ahoga con el mate apenas lo escucha. Lucha por no escupirlo, pero el agua le quema con tanta saña el interior de la boca que no le queda de otra que tragar con esfuerzo. Cierra los ojos, sofocado, sintiendo por unos segundos eternos como si se le hiciera una pelota de fuego en el pecho. Dios, hasta le duele respirar.
Cuti apenas se mosquea con el sufrimiento ajeno.
—¿Querés agua?
—N-no. Metetela en el orto, pelotudo —tose con los ojos llenos de lágrimas. Las ahuyenta con el dorso de las manos, pensando que en un rato le saldrán ampollas por todos lados. Parpadea, traga saliva y mira a su compañero, que le devuelve la mirada impasible. Carraspea y vuelve a toser. ¿Lo había escuchado bien?
—¿Qué mierda me habías dicho?
—¿Desde el principio? Que vi…
—No- no, el final. De que te dieron ganas…
—Ah si, que te quiero morder un cachete.
La cara de lincha es un poema.
—¿Por qué mierda querés morderme un cachete? —escupe con las cejas arqueadas. Hasta repetirlo le suena estúpido. Un pensamiento pasa fugazmente por su cabeza, tensandolo—. Pará, ¿qué cachete?
—Cómo que qué cachete, el de la cara, pajero. ¿Qué te pensás?
El tono ofendido con el que Cuti lo dice ofende muchísimo más a Lisandro, que se siente injustamente en falta, como si la idea hubiera sido suya.
—¿Vos me querés morder y el pajero soy yo? ¿Por qué mierda se te ocurrió eso?
Cuti se encoge de hombros, escondiendo las manos entre las rodillas, como nene bien portado.
—No sé, el pocito que se te hace ahí —se inclina para adelante y apunta con la cabeza el lado izquierdo de la cara de Licha que se aparta con vergüenza, aunque siguen estando lejos—, me tienta, viste. De tanto que lo vi es como, grr…—hace nervio, como los nenes cuando mastican el aire y Lisandro lo mira incrédulo, todavía sin creer lo que el cordobés le está diciendo.
—En el culo tenes pocitos, yo no tengo nada.
—Sí tenes. En los dos lados se te hacen unas curvas acá cuando te reís—hace el supuesto recorrido en su propia cara, pinchándose un lugar específico en la mejilla izquierda— y acá se te hace un pocito chiquito... Si sabes de lo que te hablo, no te hagas el boludo.
Licha se remueve en su lugar, desviando los ojos a cualquier lado menos a su compañero que sigue estudiándole la cara. Más vale que sabe de lo que el cordobés le habla: entre tantos videos, fotos y espejos es imposible que no lo sepa -aparte de que estamos hablando de su cara- pero le da cosa que él lo analice con tanta atención. Es una mezcla rara de vergüenza y gusto que no sabe cómo manejar.
—Salís con cada cosa vos —es todo lo que le nace decir al final, refregándose la cara con nerviosismo como si pudiera ocultar la evidencia.
Cuti vuelve a encogerse de hombros y se ceba un mate. Por unos minutos se mantienen en silencio, cada uno en la suya, y Lisandro cree que la cosa va a quedar ahí, como un intercambio incómodo que con el tiempo olvidarán.
Pero el entrerriano se da cuenta tarde que a veces peca de iluso y más cuando se trata del otro defensor.
—Bueno… —Cristian deja el equipo de mate a un lado y se pone de pie. Lisandro lo mira alarmado—. ¿Me vas a dejar o no?
—Obvio que no, pelotudo —levanta los brazos y pliega las piernas, tratando de atajar los avances del cordobés que ya está parado delante suyo, haciéndole sombra—. ¿Cómo te voy a dejar que me muerdas la cara? ¿Qué mierda tenés en la cabeza?
—Daale, no seas ortiva. Vos me preguntaste qué me pasaba.
—Pero no pensé que ibas a salir con algo así, yo... ¡Salí, wacho! —Cuti le agarra la cara, clavando los dedos en la mandíbula de Lisandro para que se quede quieto. El más bajo manotea y zapatea pero no consigue quitárselo de encima. De hecho, aprovechando el revuelo, Cristian aplasta las manos de Lisandro entre sus propias piernas y luego se sienta encima a horcajadas, con cierto esfuerzo. Si con tanto zarandeo y peso no rompen la reposera, es de puro milagro.
—Bajate, boludo. Nos van a ver —dice sin aire ni grandes ideas, sobrepasado por el peso extra, la cercanía y el hecho de que sus manos quedaron en una posición incómoda entre medio de los dos bultos. Donde se le de por mover algún dedo, terminaría pellizcado algún huevo.
—Tranqui, no anda nadie —dice Cuti sin perder la sonrisa, cambiando de estrategia; agarra el cuello de Licha y este se queda automáticamente quieto, con las pupilas dilatadas. El cordobés no sabe si es por el sol, la sombra o la situación, pero los ojos del entrerriano tienen un tono más claro del verde habitual y no puede evitar pensar que son muy lindos—. A ver, quedate quieto.
—Cristian, dale. ¿Qué bicho te picó, boludo? Soltame —súplica como último recurso, tragando saliva con dificultad. El agarre no es fuerte, pero su cuello es zona prohibida cuando están fuera del cuarto y Cristian lo sabe bien. Es re tramposo y Lisandro se recrimina por no haberlo anticipado.
—El de la curiosidad, a ver si te lo puedo hacer más grande —dice como si nada, antes de plantarle un sonoro beso en la mejilla izquierda donde se supone que está el maldito causante de esta payasada. Incluso llega a darle un lengüetazo y Lisandro arruga la cara con disgusto, aunque se queda quietito en su lugar. Cristian, muy en la suya y sin importarle la saliva que deja a su paso, le zampa unos cuantos piquitos en el lugar para rematarlo con otro beso sonoro. El morocho claramente lo está haciendo para que se enoje, pero pese a todo Lisandro se relaja, resignado a la situación; sabe por experiencias anteriores que al final saldría perdiendo si se resistía y la verdad es que por mucho que quiera negarlo, le gusta cuando Cristian es así de cargoso con él.
Aunque jamás se lo diría, porque ahí sí que no se lo saca más de encima.
Cuti, que se da cuenta que Licha está más tranquilo, lo mira con esa sonrisa gatera que vuelve locas a las minas y que lo hace safar de las cagadas que se manda. Lisandro lo taladra con la mirada, tratando de aparentar con la cara de orto que él no sería capaz también de perdonarle todo con tal de verlo sonreír.
—¿Ya estás contento? —le pregunta de mala gana, sintiendo la cara húmeda y caliente, y la paciencia pendiendo de un hilo.
—Todavía no te mordí.
—Dale, boludo…—Licha gimotea y hace el amague de zapatear como nene berrinchudo, pero el peso de Cristian no le da espacio para mucho, además que hace un poco de presión en la yugular del más bajo como advertencia.
“Cuidadito que yo sigo a cargo”, parece decir con su sonrisa y el gesto, y el seis vuelve a calentarse en un parpadeo, aunque la bronca le dura poco. No le queda de otra más que ceder con un chasquido de lengua y el orgullo achacado amontonándose en la garganta. En otro momento la pelearía más, pero le atormenta saber que en cualquier momento tendrían que salir cagando al entrenamiento porque ni siquiera sabe la hora que es.
—Bueno, apurate que la estás haciendo re larga, hijo de puta.
—¿Entonces me dejas?
—Y si estás haciendo lo que se te canta la chota, es al pedo que te diga que no —se queja con el ceño fruncido—. Dale que ya tenemos que ir con los chicos a entrenar. Y pobre de vos que me quedé una marca, Cristian. Ya te voy avisando.
Cuti ríe de buena gana acariciando con cuidado el cuello del otro, como disculpa, y casi que Lisandro se derrite con el mimo.
—Bueno, bueno. Igual, te digo que colorado ya estás...
Lisandro vuelve a alborotarse y Cuti recarga todo su peso en él, haciendo que la reposera se tambalee y el entrerriano chille del susto. Aprovechando la distracción, Cristian vuelve al punto que baboseó y atrapa una porción de carne entre los dientes. Lisandro contiene la respiración. El morocho pasa la lengua por la zona, mordisquea y luego succiona lentamente. Suelta la piel con un chasquido antes de agarrarla de nuevo dando pequeños pellizquitos con los dientes. Lisandro se estremece, confundido de si le gusta o no la sensación. Le da cosquillas, pero ya siente la piel sensible por la presión, la baba y el picor de la barba del otro.
Y Cuti ya se estaba embalando un montón.
—Bueno, ya está boludo, baastaa —lloriquea tratando inútilmente de mover los hombros para alejarlo, cuando le estira la piel con los labios. El hijo de puta le iba a terminar dejando un chupón en la cara y Lisandro acabaría rompiéndole el orto a patadas.
Afortunadamente, Cuti le hace caso. Le suelta la cara y también las manos, aunque no el cuello, y le limpia con el pulgar la saliva de la piel. Lisandro hace una mueca, inconscientemente aflorando el bendito pocito que el cordobés no duda en toquetear. Cuando por fin se cansa de jugar con su cara, se endereza y estira el brazo hacia atrás, haciéndolo tronar con el movimiento.
—Agh, che. Qué viejo estoy.
—No parece, si salis con cada pelotudez… ¿Ya estás feliz? ni Polo me babeó tanto de chiquito —masculla con el ceño fruncido, sacando las manos de donde Cristian se las había aprisionado y plegando los dedos varias veces para despertarlos.Toca con cuidado su cara, sintiendola húmeda y caliente—. Te lo juro puto de mierda, llego a tener una marca…
—No tenes nada, maricón. Dejate de quejar —le dice rodando los ojos y poniéndose en pie. Ambos sueltan un quejido, de alivio y protesta, y Cristian desliza la mano que aún tenía en el cuello del más bajo por su pecho. Aprovechando que Lisandro está distraído, le da una fuerte palmada en ambos muslos, haciéndolo brincar.
—¡BRUTO DE M…!
El cordobés le corta la puteada a la mitad metiéndole la lengua en la boca. Lisandro se queja pero no lo aleja. Rodea las muñecas del morocho, que sigue con las manos apoyadas en sus piernas, y le clava los dedos con saña. Cristian por supuesto le devuelve el gesto, sin inmutarse y con la sonrisa cínica asomandose en cada jadeo que sueltan. Pelean por el ritmo del beso, que es desordenado y ruidoso. Las mordidas les arrebatan gruñidos a ambos y al final Lisandro es el que termina rindiéndose, porque Cuti le ha atrapado el labio inferior y se niega a soltarlo.
Es peor que un perro, piensa Licha con el ceño fruncido dándole una palmada fuerte en el pecho para que lo suelte.
—¡Ay! tenés la mano pesada.
—¿Y vos? me re duelen las piernas ahora. Encima me mordiste re fuerte, animal. Tenes los colmillos filosos —le reclama dándole un empujón para alejarlo y por fin ponerse de pie.
—Dah, si te encanta, puto. El más bajo prefiere fingir que no lo oyó y agarra el celular, hace tiempo abandonado en la mesa con el mate ya helado. El alma le cae a los pies cuando ve la hora y las llamadas perdidas de medio mundo. De la desesperación vuelve a meterle un manotazo al cordobés, que se queja con un puchero.
—¡Es tardísimo, boludo! ¡Scaloni nos va a colgar de los huevos! —grita y por primera vez Cristian pierde la expresión canchera. Preso de pánico, junta las cosas del mate y su celular, que por culpa ni siquiera quiere mirar, y se apresura a seguir a Lisandro al cuarto. Afortunadamente siempre tienen las cosas preparadas, por iniciativa del más bajo.
—¡Dios! cómo me cago en tus pelotudeces, boludo. ¿Qué mierda le vamos a decir a Scaloni?—susurra el defensor furioso y preocupado, haciendo una caminata cómica por los pasillos del hotel porque no pueden correr pero están demasiado nerviosos como para caminar normal. El cordobés, que va a la par de él, se muerde los labios. Claramente tiene ganas de reírse de la situación a pesar de que está cagado en las patas y Lisandro lo quiere matar.
—Qué sé yo… ¿la verdad?
—¿Estás en pedo? —le sisea con los dientes apretados, soltando un reverso que el morocho apenas alcanza a esquivar—. Ni se te ocurra.
Cristian se encoge de hombros y apura el paso significativamente, acomodándose el bolso cruzado en el pecho.
—Igual se va a dar cuenta —medio susurra antes de disparar a la salida.
—¿Qué?...
Cuando le llega el agua al tanque, Lisandro tarda solo unos segundos en arder.
—¡¿ME DEJASTE LA CARA MARCADA, HIJO DE RE MIL PUTA?!
Que Dios lo libre, lo guarde y se olvide dónde, porque donde lo agarre, el seis lo iba a hacer re cagar.
