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GOMA DE MASCAR

Summary:

Una canción sonando de fondo, sus nervios a flor de piel y una sola pregunta por parte de Acevedo fueron los que lo llevaron a comenzar a sentir algo en su pequeño corazón.

—¿Un chicle para los nervios?

 

Y sí, todo comenzó con un chicle sabor menta de cuatro pastillas y un compañero de equipo amante de la goma de mascar.

Notes:

Inspirada en la canción de "Goma de mascar" de Paty Cantú.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

🝮︎︎︎︎︎︎︎ Maldito sea el día que te encontré...  


El Piojo Alvarado y Alexis Vega habían logrado meter su bocina en los vestidores con un volumen tan elevado que ni siquiera podía escuchar lo que Armando González le estaba diciendo y leerle los labios no era una buena idea si Brian Gutiérrez estaba demasiado cerca.

—¡Perdona, Hormi, no te escucho nadita! —palpó su dedo índice sobre su oído derecho. —El volumen de la música está demasiado fuerte. —tuvo que gritarle, pero Armando simplemente hizo un gesto desfavorable mandándolo a la jodida.

El delantero de Chivas solo quería desearle suerte antes del partido inaugural.

Raúl continúo con lo suyo tomando su uniforme perfectamente impecable, había luchado demasiado para que su sueño de ser titular en la selección mexicana se cumpliera.  

«Hoy es el día.» El corazón comenzó a bomberle de manera acelerada sin poder creerlo todavía.
Si pudiera regresar en el tiempo, se encontraría con ese niño que amasaba la harina para hornear pan o con el que estaría partiendo cocos y le diría. —¡Lo logramos! 

—¿Dijiste algo? 

La sola voz de Acevedo le provocó un pequeño susto, se había sumido en lo más profundo de sus pensamientos que ni siquiera se dio cuenta cuando habló en voz alta y después de todo, no imaginó que alguien pudiera escucharlo con Paty Cantú de fondo cantando a todo volumen, pero el portero de Santos Laguna lo había hecho en medio de la sola melodía de esa canción tan pegajosa.

—Hablaba conmigo mismo. —admitió con algo de pena. 

—¿Estás nervioso por el partido? 

No era inusual que Carlos de repente se pusiera a platicar con él, ya habían limado las asperezas de una rivalidad provocada por la propia prensa ante su evidente titularidad sobre la de Acevedo.

Pensó en su pregunta un par de segundos, los mismos en los que la canción volvió a retomar su letra. —Solo un poco. —mintió porque evidentemente estaba nervioso, después de todo los comentarios negativos lo estaban persiguiendo. «¿Y sí solo hago el ridículo?» 

—No es un partido de eliminación directa, así que descuida, Tala.

Acevedo tenía esa facilidad de vestirse en menos de lo que canta un gallo en los vestidores y él en cambio a penas había quitado el gancho del perchero para tomar esa camiseta que portaría con mucho orgullo. 

—Raúl. —rapidamente se giro en la dirección en la que había escuchado su nombre, pero otra vez era la misma situación, Santiago Giménez gritando el nombre de Raúl Jiménez, no el suyo.

Ajustó las agujetas de sus tachones, no lo suficientemente apretadas y tampoco lo suficientemente flojas, simplemente lo que considero correcto.

Guardo el uniforme de entrenamiento lo más organizado posible en el cubículo y por último tomo sus guantes.

Todos se veían tan animados y tranquilos, no todos parecían tan nerviosos como él; los más jóvenes se veían más entusiasmados al saborear su primera aparición en el mundial y los veteranos como Memo Ochoa, Raúl Jiménez, Jesús Gallardo y demás, simplemente estaban serenos.

«No defraudes a nadie aquí, debes cuidar esa portería como lo más valioso.»  

Comenzaba a tener miedo. 
A la afición chivahermana ya la conocía, sabía exactamente como iban a reaccionar y ahora que no había distinciones en los colores de los que provenían de la propia LIGA MX, los hinchas de todo México tendrían los ojos puestos en él más que en los 10 jugadores restantes.

Todos hubieran querido que Memo fuera titular; Acevedo traía lo suyo, atajadas impresionantes y una gracia sin igual al lanzarse sobre el esférico para detenerlo.
Este era su momento de brillar y los nervios lo estaban matando al pensar en los porteros de la banca.

—¿Un chicle para los nervios? 

Acevedo estaba a su lado extendiendo en su mano tres chicles de cuatro pastillas de diferentes colores y sabores.

La canción de fondo y el simple gesto sucedieron quizá sin la más mínima intención, pero a él no le gustaban los chicles porque después de que las personas los usarán terminaban pegados en los lugares menos deseados.

Estuvo a punto de declinar tan sutil gesto por parte de Carlos, pero el arquero de Santos estaba sonriendo tan amablemente que quizá rechazarlo sería contraproducente y borraría esa alegría del primer partido, así que aceptó uno. 
Sin escoger, sin siquiera detenerse a pensar en el sabor porque no iba a utilizarlo, solo lo aceptaría y terminaría entre su bolsillo.

—Que bueno que escogiste el de ese sabor porque a mí no me gustan los chicles sabor a canela, pero siento que es algo propio de ti, el rojo de las chivas. 

¿Acevedo hablaba fuerte o la Hormiga hablaba muy bajito? 
Al portero podía escucharlo perfectamente como si la música de Alvarado no estuviera lo suficientemente alta y a su compañero de Chivas no le entendió ni pío.

—Entonces, ¿Cuál es tu favorito? 

—El de hierbabuena.

Y sin importar nada, el propio Carlos se llevó el empaque de acetato a los labios, mordiendo suavemente hasta sacar el contenido de las cuatro pastillas y comenzar a desgastar su sabor.

Sabor que duraría solo tres minutos, otra cosa que odiaba de la goma de mascar.

Carlos se distrajo rápidamente cuando Gilberto Mora se acercó a conversar con él, así que agradeció infinitamente eso y regreso hasta sus pertenencias donde rápidamente escondió ese chicle.
Controlaría sus nervios de otra manera, tal vez haciendo ejercicios de respiración sin que nadie lo viera.

La inaguración dió inicio, por supuesto a lo hora de el Himno Nacional tuvo que soportar a Memo Ochoa y a Carlos Acevedo masticar su chingado chicle, uno haciendo más ruido que el otro mientras trataban de cantar.

—¡Suerte, Rangel! —a Memo le tenía un gran respeto así que sentirse apoyado por el arquero veterano de la selección era todo un orgullo.

—¡Gracias, Memo! —apretó su mano durante un gesto amigable.

Despego el velcro de sus guantes para ponérselos.

—¡Suerte, Tala! —La Hormiga le palmeó su hombro. —Estamos contigo, cabrón.

—Dale Tala, cierrales la boca a los pinches periodistas mamones y sus pendejas comparaciones, tú mereces estar aquí. 

Brian Gutiérrez también le brindó apoyo.

El primer guante estaba puesto.

—¡Hey Tala! —otra vez Acevedo. —Mucha suerte debajo de esos tres palos y espero que te sientas un poco más seguro de ti mismo. Lo harás genial.

Al principio conocer a Acevedo fue todo un reto, lo había visualizado como alguien estirado, después de todo provenían de una familia bien acomodada en la alta sociedad de Torreón, incluso pensó que con eso sería suficiente para que ser titular fuera un problema para sí mismo, pero se equivocó Carlos era todo lo contrario, siempre velaba por los demás, respetaba cualquier decisión incluso si no le favorecía y apoyaba a todos sin distinción.

Quiso sostener el velcro con los dientes para ponerse el guante de la mano derecha. Acevedo no lo dejó, se lo quito rápidamente y lo ayudo a ponérselo.

Dicha acción lo hizo parpadear, no era muy común eso, pero supuso que era por simple compañerismo... ERROR, su propio error.

Ese fue el primer partido y la primera vez que dejó de ver a Acevedo como un digno rival para considerarlo un buen compañero, porque de alguna manera antes tenía miedo de que su apoyo fuera como el de Judas a Jesús, que solo estuviera esperando un momento de debilidad para el poder convertirse en el portero titular como había sucedido en la convocatoria. 

 

 

La hora en que te miré, eh, eh... 


Por supuesto medir a un amigo y a un enemigo requiere observarlo, así que desde aquel partido, en cada entrenamiento le prestaba más atención al guardameta de Santos Laguna.

—¡Acevedo al arco!

Luego de que Memo hubiera hecho un gran trabajo el entrenador de porteros llamó al hombre de cabello largo.

—¡Muchachos, tanda de penales!

Acevedo sonrió de manera carismática.

—¡Déjense venir güeyes! 

Los chicos que estaban entrenando pases rápidamente atendieron la indicación.

—¡Pinche Acevedo, tu no paras ni una!

Alexis Vega hizo el comentario con el que todos se rieron, menos él, porque desde luego reconocía que Carlos Acevedo podía parar... El balón, por supuesto, no el doble sentido con el que Vega había hecho esa connotación.

—A ver si muy gallito, Vega.

Carlos flexiono sus piernas y luego se estiro en la línea detrás de la portería, retando al delantero del Toluca.

—¿Crees que pueda? —Ochoa le preguntó analizando también al hombre de Torreón.

—Supongo.

Su vista no cambio de punto fijo, Alexis Vega le pegó al balón que se fue directamente al ángulo derecho. 
Ese mismo punto que se suponía era clave para derrotar a un portero, pero no a Acevedo.

Su cuerpo se movió con gracia y agilidad, estirando ambas manos directamente al esférico para que se colara hasta la red. 

—Ya viste que te la pare.

Él mismo niega con una sonrisa, Acevedo tenía ese ingenio peligroso de saltar incluso antes de que el esférico fuera puesto en el aire como si ya supiera lo que está por venir desde el movimiento de los pies del cobrador.

Después de Alexis siguieron los demás, uno que otro lograba burlarlo como Raúl Jiménez que parecía disfrutar borrarle la sonrisa no solo a Acevedo sino a todos los porteros con lo que se enfrentaba así fueran simples entrenamientos, pero la mayoría de cobros de penales fueron excelentes atajadas.

—En cualquier momento te quita de los tres palos, Tala.

—Desde luego. 

No dejo que el entrenador se colara a intervenir en la sólida amistad que habían ido creando dentro del CAR, porque desde luego era amistad, ¿Cierto?

—La verdad yo veo muy difícil ser tu reemplazo, siento que hasta Memo entra antes que yo en esta ecuación. No solo la afición lo adora, todo el mundo lo hace.

—¿Qué te impide soñar con ser mi reemplazo? 

—Tala, eres muy bueno. Demasiado bueno en la portería y Memo es Memo, ¿Quién soy yo en medio de ustedes dos?... Simplemente el portero de Santos Laguna.

Era una conversación sencilla pero demasiado personal, mientras los demás estaban jugando videojuegos o chateando en sus teléfonos ellos salieron a tomar un poco de aire libre al anochecer, hablando primero de cosas triviales, de los recientes partidos, de jugadores hasta que llegó la sinceridad del portero de cabello largo.

—Yo creo que eres excelente, simplemente ya llegará tu momento.

El sonido del envoltorio de otra goma de mascar lo hizo detenerse, al parecer cada vez que Acevedo se encontraba nervioso sacaba mágicamente uno de esos molestos chicles.

—¿Quieres? 

Otra vez esa pregunta, pero el primero que le había dado todavía seguía guardado entre sus pertenencias.

Azul, verde, morado... Rojo, siguió tomando el rojo. 

A Carlos no le gustaban, el los guardaba, no había ningún problema con eso.

—¡Gracias! 

—¿No lo vas a destapar? 

—Prefiero, hacerlo después.

Directo a su bolsillo nuevamente.

El día del partido contra Corea había llegado. Otra vez en los vestidores era lo mismo, solo que está vez sonaba una canción diferente y se encontraba más confiado en sí mismo, volvía a ser titular.

Acevedo no le ofreció ninguna goma de mascar, al parecer no traía y Memo le había compartido uno a este mismo.

—Sé que no te gustan. —le dijo el portero de cabello rizado demasiado bajito como para no querer que Acevedo se enterara.

—Desde luego, no te preocupes. 

No le tomo importancia.

—Casi el Orbit no me gusta. —escuchó la queja de Acevedo al destapar con sus dedos el empaque de papel. —Tala, ¿Quieres? 

«Oh no.» De cualquier manera el Albertano se las ingeniaba para convidar un chicle.

Esta vez trató de convencerse de negar. —No lo vas a disfrutar ni yo ni tú.

Mateo que estaba cerca les dio una mirada como si sospechara de ellos.

¿Sospechar qué? 

—No importa. 

Conociendo como era de aferrado Acevedo a su propio club de cuna, no pudo rechazarlo y tomo dos pastillas.

—Creo que debes estar acostumbrado al sabor.

Mateo abrió los ojos. —Siguen hablando de chicles, ¿Verdad?

Simplemente atinó a darle un coscorrón. 

—Por supuesto Mateo, ¿De qué más? 

Y mientras Acevedo discutía con Chávez, él volvió a guardar esas dos pastillas, la menta menos la aguantaba y desde luego concordaba con el pelinegro, el Orbit no era una de sus marcas favoritas.

Cuando regreso a la conversación con Mateo y Acevedo, Brian y Armando también estaban unidos mientras el pobre portero estaba más rojo que la camiseta de Chivas, pero inocentemente ninguno dijo nada.

—¡Que sea un buen partido! 

Siguió esa unión donde todos ponían una de sus manos extendidas al centro y luego una porra a cargo de Edson Álvarez y Johan Vázquez, sus capitanes.

—Tala. 

Mateo se acercó con una sonrisa gigantesca.

—Dime.

—Carlos Acevedo te está coque... —fue interrumpido por la mano de Brian Gutiérrez que le tapó la boca.

—Mateo es un güey, mejor te ahorro su comentario todo pendejo.

—Sí, eso mismo Tala. 

Armando González bajita la mano le pellizco el brazo a Chávez. —Deja que se de cuenta el pendejo.

—No tienen remedio. 

—Rangel, no vayas a dejar que te la metan los coreanos, sería una desonra.

—¡Una desgracia! 

Al parecer El Piojo y Vega seguían siendo tan inseparables como los recuerda.

—Queda en ceros la portería.

—Pero que confianza la tuya, Tala. —Memo se acercó. —Me encanta tu actitud, la portería de México va a quedar en excelentes guantes cuando esté concretado mi retiro.

—No te creas Memo, tengo un chingo de nervios, lo coreanos traen lo suyo, pero... Voy a dar lo mejor de mí.
Todavía mereces estar debajo de esa portería antes de tu retiro.

El guardameta de cabellos rizados le sonrió cálidamente. —Mi consejo es que no pienses demasiado, tienes a 10 cabrones delante dispuestos a todo para ayudarte a mantener tu buena racha, no te preocupes.

Y así tal cual fue. Edson Álvarez, su capitán lo salvó de tener el primer gol en su portería, Son Heung-Min era un futbolista imparable.
A pesar de estar fuera de lugar él debió parar ese disparo sin esperar a que el árbitro lo marcara, pero Álvarez se lució.

—Gracias.

—Somos un equipo, Tala, ponte a las vivas.

Por supuesto, los coreanos siguieron intentando y Acevedo lo veía desde la banca, analizando sus movimientos, la manera atenta de estar vigilando el balón y todo.

Cayó de rodillas, no se quedó con el balón y los Coreanos aprovecharon ese fallo para volver a disparar, reaccionó lo más rápido que pudo, apenas estirándose, sus dedos fueron suficientes para parar ese disparo que lo hizo sudar frío.

«Tranquilizate.» 

Su corazón estaba acelerado por el disparo y por un momento, deseo haber puesto aquella goma de mascar en su boca, así podía quitarse el amargo sabor que se había colado hasta sus papilas gustativas.

El estadio rugió con otra victoria importante, esta vez no se iban a quedar en Fase de Grupos, claro que no, ahora soñaban con llegar mucho más lejos, ¿Y si sí se empezaba a ilucionar? 

—¡Pero qué partido y qué atajadas hiciste, Tala!

Los brazos de Carlos Acevedo lo esperaban abiertos, pero Memo se encontraba más cerca.

—¡Eres increíble mi'jo

Ochoa le revolvió el cabello despeinandolo, luego sin dejar esperar más al chico de gustos góticos corrió a abrazarlo, sintiendo esa extraña calidez que lo reconfortaba siempre después de un partido.

El sonido de una bomba de chicle siendo tronada, lo hizo sonreír más, parecía que Acevedo disfrutaba molestarlo y por alguna extraña razón, él no le comentaba nada acerca de su disgusto por la bubble gum.

—Casi me infarto cuando vi como Son disparaba de manera increíble al arco. Ya veo porque eres nuestro titular.

La gente, la prensa, todos se empeñaban en querer compararlos, en dividirlos y sin embargo toda la euforia del estadio desaparecía cuando estaban así de cerca, abrazos sintiendo demasiadas emociones encontradas.

Su mano se dirigió a acariciar el sedoso cabello de Carlos, «Tan suave.»

—Pero no te infartas más que yo. ¡No digas!, Sentí que por un momento no podía hacer nada.

—Pero lo hiciste.

Sintió la nariz del guerrero rozar apenas su cuello y la piel se le erizó por completo, su largo cabello también comenzaba a picarle por debajo de la barbilla.

Armando se acercó y se paró en seco, prefirió ir a felicitar al otro Raúl mientras desocupaban a su portero rojiblanco. 
Desde luego tenía que echarles una manita a Richard Tex Tex y a Benji Prince... Así los iba a bautizar porque sus referencias de anime, JAMÁS, JAMÁS morirían y menos sabiendo que a Acevedo le encantaban los Súper Campeones.

 

 

 


Entraste a mi vida y ahora no hay salida, me equivoqué, eh, eh...

—Te lo digo, los Checos juegan muy bien, pero tengo ánimos y esperanzas, lo vienes haciendo tan bien que de verdad yo quedó como un payaso. Deberías darme tips, mis entrenadores del Santos dicen que soy el mejor y esas cosas, pero creo que me serviría más el consejo de un amigo.

Los dos estaban descansando, mientras Memo entrenaba en la amplia portería con los demás.

—Mis tips son únicos, Charly. —fue un apodo más natural saliendo de sus labios, menos potente que ese "Carlos Acevedo". —No es como que pueda dartelos así nomás por qué sí, ¿Me entiendes?

Busco su mirada, pero primero se topo con esa gran sonrisa, bonita y para nada fingida.

—¿Vas a cobrarme tus concejos?

—No, simplemente no quiero dartelos porque debes saber que si te los doy puedes comprometernos a ambos. 
Si te doy mis concejos, estaría dándote la arma mortal para que se los des a tus delanteros del Santos, entonces comprometería a mis Chivas, ¿Me explique?

Ante los ojos de Acevedo se explicaba lo suficientemente bien o al menos quería creerlo. Los ojos del guerrero mostraban un encanto descomunal brillando por su atención.

—Solo uno. —pidió mostrando su dedo índice.

—Ponte debajo de una palmera y atrapa los cocos, después con un machete lo partes... Te bebes el agua y te degustas el coco.

—Tiene su lógica. Si atrapo el coco es como atajar un balón, el machete es para medir mi propia fuerza y si logró partirlo quiere decir que puedo hacer hasta un saque largo con las manos, el agua, puede funcionar como la bebida de Space Jam, ¿Cierto?

La risa que salió de sus labios fue lo suficientemente fuerte, no podía creer que alguien mayor como Acevedo pudiera sacarle algo de lógica a su gran concejo del siglo.

—¡Tala! —quizo llamarle la atención por el hecho de que se estuviera burlando de en su cara.

Mas allá El Piojo y Alexis Vega los señalaron. 

—¿Qué pedo con esos güeyes?

Quiñones ladeó la cabeza. —Como que andan muy juntitos, ¿No?

—Esos pendejos se pasan el chicle. —dijo demasiado casual Mateo sin hacer escándalo.

—¿Neta? —se unió Raúl Jiménez a su plática.

—$2000 varos a que el Tala sigue sin darse cuenta como lo ve Acevedo. —dijo Brian.

—Amor, no apuestes a lo estúpido. Creo que ya se dio cuenta. —se metió La Hormiga a impedir que Brian perdiera.

No iban a ponerse a opinar, era lógico que en esta vida hubiese de todo, así que cuando confirmarán lo que ya sabían, se harían los sorprendidos.

 

Acevedo ni siquiera recuerda como llegaron a rodar por el pasto sintético mientras se morían de risa hasta terminar recostados viendo las nubes en el cielo tratando de regular su respiración.

—No era exactamente la idea, simplemente lo dije porque de niño ayudaba a mi abuelo, tenía un puesto de cocos y por otra parte puede que amasar harina para preparar pan te ayude. 
Esos son mis dos grandes secretos.

El portero de Santos se apoyó en su codo para verlo mejor mientras apoyaba su mejilla sobre la palma de su mano, quedando recostado de manera lateral.

—Sabía eso de ti, pero no pensé que fuera tu secreto y la única masa que sé preparar es la masa para los hot cakes. 
Deberías colarte hasta la cocina y hornear pan, me gustaría probarlo aunque la dieta me lo prohíba. 

—Tal vez un día de estos, no es por presumir, pero me quedaba delicioso.

Estaba tan a gusto así como estaban, pero Acevedo tuvo que sacar ese empaque del demonio, el sonido rugoso llegó hasta sus oídos y después el olor a hierbabuena, al menos el olor si era bueno.

—Traje uno de canela para ti. 

«No otra vez.» 

Le gusta la compañía de Acevedo, incluso la cercanía que se iba dando poco a poco dando saltos de la amistad a algo diferente, pero sus chicles no, para nada.

—¡Oh, gracias! —no podía rechazarlo.

—Para que veas que siempre pienso en ti.

No pudo evitarlo su cara ardió inmediatamente por las palabras del guardarmeta.

«Siempre pienso en ti.»

Tampoco lo degusto.

 


En su cajón del buró de la habitación del CAR todos los chicles que Acevedo le había dado estaban guardados junto a su libreta de notas y el cargador de su teléfono.

Todos guardaban una historia detrás.

—Deberías decirle que no te gusta la goma de mascar o directamente tirarlos a la basura, si se entera que ha gastado al menos $5 pesos en darte algo que ni siquiera te gusta se va a retirar lentamente, créeme, soy un experto en romances.

Mateo ya se había dado cuenta de que ambos lo sabían. Había tensión, miradas que duraban más de la cuenta, platicas extendidas donde Memo siendo portero no era invitado a dialogar.

—Te imaginas cosas Mateo.

—Sí, posiblemente, pero veo como lo miras. Deberías fijarte como ve Brian a Armando para que te des cuenta que es la misma manera en la que tú ves a Acevedo.

Por supuesto que lo sabía, más no quería compartirlo, eran sus sentimientos e incluso un día se había quedado toda la noche en vela procesando ese sentimiento, pero no lo aceptaría tan fácilmente. Era algo difícil.

—Toma mi gel en frío y vete de mi cuarto, Mateo. 

Por supuesto el joven solo había ido a su habitación para pedirle un ungüento para un dolor muscular minúsculo, no quería que nadie en el CAR se enterara de sus malestar en el trapecio, de lo contrario iría directamente a parar con el fisioterapeuta y se quedaría en la banca por más tiempo.

 

El día del partido contra Chequia todo seguía a su ritmo, todos jugaban velando por el bien del equipo, pero él tenía todo un manojo de telarañas en la mente.
Mateo tenía razón debía guardar muy bien esas gomas de mascar o deshacerse de ellas y también empezar a preguntarle a Acevedo si lo que él sentía podía ser mutuo.

El balón llegó a sus manos, lo sostuvo más tiempo del debido, el portero de Santos comenzaba a vivir en sus pensamientos, pero aún así pudo controlarse y no verse tan vulnerable ante La República de Chequia.

A 20 minutos de terminar el partido, Guillermo Ochoa entró de cambio y el salió. Era su momento de estar al lado de Acevedo en la banca.

—No chingues Tala, ya deja de salir a medio campo, un día de estos vas a girar a la banca y me verás completamente desmayado.

—Es mi estilo.

—Aventarte casi en cámara lenta para las atajadas, ¿También es tu estilo?

—Yo supongo que lo hago rápido.

Los dos observaron las siguientes jugadas.

—Oye, Carlos yo... Siento que esto va muy de prisa.

No se refería al juego, trataba de hablar sobre ellos.

—¿Yo te...?

—¡Gol, Tala! ¡Goool!

No supo en que momento se había levantado también de la banca a festejar ese tremendo gol de Fidalgo, solo sintió los brazos de Acevedo sobre su cuello y su característico perfume.

Otra victoria más para La Selección Mexicana.

 

 


Yo no quería y acepté eh, 
por un ratito te guarde, eh, eh

Pedirle ayuda a los más jóvenes de su club no estaba en discusión, se burlarían completamente de él, aunque Brian y La Hormiga fueran una pareja y supieran completamente todo sobre ese tipo de relaciones, tampoco quería verse como un chismoso, era mejor que todo se fuera dando poco a poco.

«De verdad te gusta.»

«¿Y si solo lo ves guapo?»

«¿Qué hay de que solamente te vea como un amigo?» 

Ni siquiera sus pensamientos lo detuvieron, se excusó con Javier Aguirre diciéndole que hacer pan lo ayudaría a bajar la presión que sentía y que por favor le diera chance de complacer a los muchachos un día.

El Vasco aceptó, pero era una pequeña mentira, solo quería hornear para alguien y quería que fuera sorpresa, una sorpresa arruinada por esa goma de mascar que se pegaba a sus zapatos, la misma por la que había decidido tomar el delantal y un gorrito de cocina.

—¿De verdad vas a hornear pan? 

Los ingredientes estaban sobre la mesa ya medidos y la harina tamizada.

—Es algo que me tomara horas y mejor baja la voz, no quiero que vengan de desmadrozos los demás a mi cocina, los conozco y harán un reguero de harina. 

—No es como que quisiera que interrumpieran mi clase de convertirme en un mejor portero. —dijo de manera pausada mientras tomaba otro delantal y se separaba demasiado lejos de la mesa para amarrarse el cabello con la propia diadema de licra y tomar una red de cabello para evitar algun imprevisto.

Después de que Acevedo regreso con la manos bien lavadas, se dedicó a decirle como ir incorporando cada ingrediente hasta que se formo una masa suave que desde luego el iba amasando.

—¿Quieres que te ayude? 

Preferiría que no, pero no podía negarse, más bien nunca podía contra ese joven portero que le ponía los nervios de punta con su cercanía.

—Tienes que tener la suficiente fuerza, observa como lo estoy haciendo...

Ese no era el punto, Carlos no había dejado de verlo, pero no directamente a sus manos que luchaban para que la levadura y la harina se unificaran en un enlace que provocará duplicar el tamaño de esa bola de masa en cuanto la dejara reposando.

—Charly, tus ojos en la masa, no en mi cara.

—Es que estás sudando. ¡Espera!

El pelinegro agarro un par de servilletas de papel y le tomo el rostro con una delicadeza que jamás había sentido, sus manos no eran ásperas apesar de entrenar arduamente en el gym y debajo de los tres palos. 

Más de cerca pudo ver sus ojos almendrados, sus largas pestañas, el puente perfecto de su nariz perfilada, el arco de cupido de su labio superior y los pequeños lunares que eran imperceptibles a las cámaras.

—No deberías hacer eso. —su voz salió cohibida, un tanto baja y casi ronca.

—No quiero comer pan con el sudor de tu frente, Tala. 

Parpadeo un par de veces, estaban cerca, demasiado a su parecer, pero lo suficientemente cerca para que su corazón comenzara a ir más rápido.

—No me refiero a limpiarme el sudor, me refiero a... —tragó saliva. —Estás muy cerca, podrían vernos y malinterpretar la situación.

Acevedo le restregó la servilleta de papel de manera fuerte y ya no delicada. —¡Que piensen lo que quieran! —respondió molesto.

Tiró la servilleta en el bote de la basura, volvió a lavar sus manos y sin importarle su magnífica obra de arte, metió sus manos a la masa encontrándose con las suyas.

—Mi turno.

Lo dejó, así sin más, porque Carlos tenía esa habilidad de poner su voluntad a su favor.

—Carlos, así no, no estás haciendo engrudo de Art-Atack, es con paciencia y dejando que el aire entre en la masa.

Se colocó detrás de él tomando sus manos para guiarlas con las suyas de la manera correcta, sin prisas, con calma y disfrutando de esa misma cercanía por la que antes rechisto. 

 


—Son demasiado obvios, pero tan idiotas como para no decir de frente que se gustan.

Brian se cruzó de brazos, porque parecían saberlo y ambos se provocaban el uno al otro, pero no hablaban.

—Es que también corazón, como le vamos a pedir tanto milagro a Tala, si míralo, se chivea con cualquier cosa que diga Acevedo.

Los novios veían a través de una pequeña rendija de la puerta de la cocina, habían ido a buscar una fruta, pero no querían importunar en nada al par de tortolitos.

 

 


—Y ahora la dejamos reposar y la cubrimos.

—Pues no creo que esto me ayude mucho en la portería, pero si tu lo dices.

—Yo sé porque te lo digo, confía un poco en mí. 

Carlos se quitó el delantal. —Por cierto, te buscaba para que me hicieras un favor.

—¿Cuál? 

—Me prestas tu cargador para el teléfono, el mío ya no pasa la corriente. 

—Claro, está en mi habitación en el primer cajón del buró, ve por el mientras yo lavo todo esto.

Gravísimo error que no recordaba, el maldito cargador estaba justamente donde tenía los benditos chicles guardados.

Salió inmediatamente detrás de Acevedo como si pudiera hacer algo al respecto y las palabras de Mateo cayeron sobre él como un balde de agua helada.

«Deténgalo alguien.»

Y por más que pedía, el cielo no le prestaba ni un poquito de atención a sus súplicas, ¿Dónde estaban los terreneitors de su club cuando más lo necesitaba o Mateo?

—¡Carlos... Espérame!

—¿Así de huevos, Tala? —precisamente tiene que salir alguien a detenerlo a él y no a Acevedo. —Al menos disimulen tantito cabrones, digo como sea tú pues eres de Guadalajara, pero vas corriendo detrás de él para el cuarto... Acevedo es de Torreón, respeta tantito.

—Deja de meterte en mi camino, Orbelín.

No le presto la mínima atención a sus palabras e hizo un máximo esfuerzo por alcanzar al portero de Santos Laguna, pero lo único que casi logra es caerse en las escaleras y lesionarse.

Cuando finalmente llegó lo encontró con su cargador en la manos, observando detenidamente uno de esos paquetitos de chicles individuales, su largo cabello le cubría parte de la cara por lo que leer su semblante era casi imposible.

—¿Ya lo encontraste?

Se mordió el labio inferior esperando que el más bajo se girara a mirarlo o se atreviera a decirle algo.

—¿Tampoco te gustan los chicles sabor canela? 

Sus ojos estaban algo tristes y apagados, no era los mismos con lo que lo había visto en la cocina.

—Carlos, la verdad es que.

—¿Ni tampoco los mentolados?

Quería hablarle de su disgusto por cualquier goma de mascar. Sin embargo, sus palabras morían en la punta de su lengua.

—Deberías tirarlos a la basura, es mejor que guardarlos.

Y tomó en su mano cada uno, incluso las pastillas sueltas.

Cada uno era un recuerdo compartido.

—No, no es eso... 

Lo detuvo justamente cuando su mano apuntó al cesto de basura y quizá su agarre en la muñeca del otro portero fue lo suficientemente fuerte para que hiciera una mueca y lo volteara a ver con esos ojitos pizpiretos con un delineado rojo que desde su perspectiva era algo natural en la mirada de Acevedo. 

—Pero si no te gusta el sabor...

Y entonces hizo lo que en un principio no quería hacer. 
Carlos tenía uno entre sus dedos índice y pulgar, así que aprovechando que estaba sujetando su mano, llevó su boca hasta enterrar los dientes en la envoltura y llevar con su lengua el contenido a su boca.

En efecto, al principio sintió un poco de picor, pero no es como que no le gustará el picante; después sintió la dulzura y el sabor más persistente en su boca, la textura no seguía siendo la mejor. 

Sintió ternura al ver las mejillas sonrojadas del amante de las películas de culto y de la música para muertos vivientes.
Él no se quedaba atrás, no midió ni un poquito lo que su pequeñísima acción había provocado.

Acevedo entre su buró y su cuerpo, sonrojado, con el cabello suelto... Eso debería considerarse un puto delito.

—Se ve que lo disfrutas.

—Sí, está bueno.

Pero sus ojos se volvían a clavar en los de Acevedo y no, no estaba hablando de la maldita goma de mascar en su boca.
Se inclino un poco e incluso llegó a sostenerle el mentón, el guerrero cerró sus ojos permitiéndole contemplar sus mejillas adornadas ahora por ese par de abanicos.

« ¿Si lo beso ahora cambiaría algo entre nosotros? »

«¿Y si sí cambia algo?»

El sonido de la batería baja del teléfono de Acevedo fue el causante de que este bajara la cabeza y metiera su manos a su bolsillo, provocando que volviera a tomar distancia.

—Te veo después.

Dejó los chicles sobre el buró y salió inmediatamente, dejándolo con el corazón tamborillando y viendo los chicles restantes.

«Sigue siendo algo desagradable, no dura ni tres minutos el sabor.» se quejó de la goma de mascar.

Salió nuevamente de su habitación esperando que nadie hubiera tocado su masa para el pan.

—Tala a ti nunca te ha gustado la bubble gum. —Brian estaba en la cocina mordiendo una manzana.

—¿Ya son al menos algo más que dos idiotas? 

—No sé de qué hablan par de tontos.

—¿Cuántas veces te pedimos que nos hornearas pan y nos dijiste que no, desgraciado?

Ese fue El Piojo llegando a reventar la cocina con su bocina, porque no tenía a quien más molestar.

—Pues ya se les está haciendo.

—¿Cómo cuánto cuesta el aferrado de Santos Laguna para pedirle a Milito que lo compré?

—¿Por qué?

—Es que ha hecho milagros contigo, realmente comienzo a llamarlo San Carlos y no sé, para que esté cerca de ti, nos haría un favor. 

Brian le siguió la corriente a Alvarado. —Es más fácil que Tala se vaya a Santos Laguna que Carlos se venga a Chivas, además ya con pelear la titularidad en este mundial es suficiente. 

—Nadie va ir a ningún lado.

—Niega eso, pero no niega estar interesado en Acevedo.  

—¡Ya pendejos! 

Y comenzó la burla. —¡Son novios! ¡Son novios! ¡Se pasan el chicle! ¡Se besan sus bocas! 

—No nos hemos besado.

Entonces murió su broma. —Eres tan lento, Tala. Hasta un perezoso te gana.

—¿Y quién la va a poner?

—Piojo, eso no se pregunta. —Armando le dio un pequeño zape.

 


Cuando el pan estuvo recién horneado, todos ya estaban esperando su turno para la degustación, todos menos él portero de Santos.

—Un día los voy a invitar a todos a la tortería de mi familia. —propuso Memo.

—Tala te luciste con esta maravilla. —Gilberto Mora le dio pulgares arriba.

—Pudo haber quedado mejor en un horno de esos del rancho. —Orbelín iba por su segunda pieza.

Acevedo llegó mucho después, casi cuando la cocina estaba vacía.

—¿No me digas que ya no alcancé?

—Guardé unas piezas para ti.

En realidad no, los demás se terminaron el pan tan rápido que solo pudo quitarles dos piezas excusándose de que eran para sí mismo, pero no.

Sin preguntar nada más Acevedo tomo una pieza y partió un pedazo pequeño llevándolo hasta sus labios donde desapareció.

No mentiría si dijera que de las veintitantas opiniones sobre su pan, únicamente le importaba la del joven de cabello largo.

—Está riquísimo.

—Me alegra escuchar eso.

—Cuando tengas tu retiro puedes poner una panadería.

—Desde luego.

Se quedaron platicando nuevamente, como si cualquier otra cosa fuera insignificante.

 

 

 

Yo no soy adorable, 
tú eres insoportable.

El encuentro con Ecuador cambio de horario y para bien o para mal, él simplemente estaba en un estado neutral. 
No tenía nervios a pesar de que Morita se la pasó chingue y chingue que iban a enfrentarse con un morillo del Arsenal y con otros más como Caicedo, pero entre toda la preocupación del más pequeño de la pandilla, él solo tenía la mente colocada en que no había probado ni un miserable segundo los labios de su portero de la banca, Acevedo realmente le estaba haciendo mal, pero un mal que era insoportable.

—Tienes la portería en ceros, solo sigue cuidándola.

Las palabras de Memo eran importantes, pero solo quería saber que pensaba él.

Por un momento una acidez se hizo presente en su boca, su tocayo Raúl Jiménez le pidió una goma de mascar a Acevedo y aunque Raúl ya estuviera casado y con retoños, igual le provocó algo. 

—Es que no traigo, solo me queda uno para Tala. ¡¿Memo traes un chicle de sobra?! 

Entonces observó en la mirada burletona del lobo que simplemente quería verlo arder, lastimosamente no le salió la jugada. 

—Sí, Acevedo.

El de cabellos largos se acercó a ellos. —Jiménez ocupa uno. 

—Ya está, yo se lo doy.

Y con la inocencia del mundo, Acevedo le dio la goma de mascar de canela mientras Memo compartía sus Orbit de menta con Jiménez.

—¡Gracias! 

—De nada, supongo que estás nervioso otra vez.

—Un poco.

—Ten confianza en ti, Tala. Venías de una mala racha, pero mira todo se está arreglando a tu favor.

—¿No te gustaría entrar de cambio? 

—Sí, pero lo vienes haciendo tan bien y Memo también hizo un excelente que ejor me voy haciendo a la idea de que seré el suplente que vino a disfrutar unas vacaciones en su propio país.

—No voy a prometer nada, Charly. —con su corazón yendo como loco agarro una de las manos de Carlos entre las suyas. —Pero deseo de verdad que tengas la oportunidad de estar en mi lugar, aunque eso no depende solamente de mí, depende de diez cabrones más, posiblemente pueda tener una lesión y...

—Ni al caso, ni siquiera de juego lo digas, debes estar bien. 
Además es bueno ver un partido desde la banca.

Sabía que no era así, cualquiera lo odiaría, la misma Hormiga le dijo que era un dolor de huevos estar en ese banquillo.

—Ustedes dos dejen de estar de manita sudada, ya nos toca salir a calentar.

La voz de su capitán los hizo ponerse en alerta y soltarse las manos lo más rápido posible. 

—Te veré desde la banca.

—Gracias por apoyarme. 

—¡Eres el mejor!

Por tontería o por estupidez, se llevó el empaque de la goma de mascar a los dientes, la rompió y sacó el contenido guardando la basura para tirarla después.

Mismo sabor, misma sensación, pero un sentimiento demasiado clavado en su pecho, Acevedo lo hizo sentir como todo un merecedor del cielo y el infierno.

«La goma de mascar sigue siendo insoportable.» 

 

 

El arco nuevamente era suyo, tenía absolutamente todo. Ya tenía ganado el respeto de la afición al callarles la boca con esa portería en ceros, pero Lira se las jugaba al muy vergas y le sacaba unos tremendos sustos cuando le devolvía el balón a Caicedo y después se lo volvía a quitar.

Todo iba bien, de manera excelente. Cada vez que se acercaba la pausa de hidratación, Acevedo tenía preparado su termo y una toalla para secarle el sudor. 

—Creo saber porque usas demasiado gel en el cabello, sigue estando tan intacto como cuando entraste a jugar.

—Si te cortas el cabello te paso tip del gel que utilizó.

—Jamás, sería un sacrilegio cortarlo, ¿Sabes cuánto me cuesta mantener mi cabello lindo y saludable?

—Me recuerdas a cierto galán de María de todos...

—Ni se te ocurra, Tala. ¡Eres insoportable!

Por supuesto era broma.

—Y tu tan adorable.

Carlos aparto la vista, había dado en el blanco indicado.

—Regresa a la portería y deja de molestarme.

Lo hizo con una gran sonrisa, al final Ecuador no estaba en su mejor momento y finalmente observó una tarjeta roja salir de los pantalones cortos del árbitro.

Santiago Giménez y Piero Hincapié habían logrado protagonizar el momento de la noche.


—¿Qué te dijo, cabrón?

—Un caballero, nunca tiene memoria.

La decepción era simple, pero por más que trataron de sacarle la sopa a Santiago, él muy descarado no dijo ni una sola palabra, porque eso solamente quedaba entre Piero, el árbitro y diosito.

 

—Han sido unas excelentes victorias, empiezo a emocionarme un poco con todo esto.

De nuevo ese rondín nocturno en la que los grillos cantaban, en una noche algo helada por la lluvia de la tarde y sin luna.

Este era su grandioso momento, porque desde luego había un amplio panorama por delante que se tambaleaba si los ingleses ganaban el próximo encuentro.

—También quiero emocionarme, pero no por el próximo partido.

Acevedo trono una bomba de chicle de hierbabuena, de esos que tanto le gustaban.

—¿Entonces? 

Desde luego Carlos merecía más que una declaración saliendo de su ronco pecho, quizá una canción de fondo que le gustará, alguna flor, una caja de chicles por lo menos y él no tenía nada, únicamente su estúpido corazón cayéndose por un sentimiento que no le era desconocido, pero que ahora sentía más real que nunca.

—Carlos... 

Era demasiado para un simple jugador que desde niño tuvo que luchar contra todo, en cambio Acevedo era hijo de médicos, un muchacho con una casa con alberca de Batman, capitán de su propio equipo... Un guerrero de élite.

—¿Tala? 

Curioso ese chico amante de los vampiros busco su mirada.

—¿Me has estado coqueteando todo este tiempo con los chicles o solamente soy yo quien está interesado en ti? 

Realmente esperaba una respuesta positiva, Mateo no había sido claro con sus palabras aunque dejó remarcado el asunto de Acevedo y sus chicles; La Hormiga y Brian le hacían la burla junto con Orbelín, al último estaba El Piojo Alvarado dándole ánimos porque según sus dotes de adivinador, Carlos estaba que se caía de jeta por su atención.

Los labios del portero de Santos temblaron antes de dejarlo ver una sonrisa. —No estás equivocado, me gustas, Tala. 
No solo como portero, me gustas así dentro y fuera de la cancha.

Demasiado directo, pero lo agradecía, no quería escuchar todo el credo solo para escuchar su rechazo... No, no lo había rechazado en ningún momento... —¿De verdad te gustó? 

No podía creerlo, ¿Escuchó bien? 

Acevedo se paró de puntitas para llevar sus manos a sus mejillas, lo hizo respingar un poco, estaban tan heladas que lamento no haberlo notado antes, pues hubiera hecho de todo para mantenerlas tibias.

Su contacto visual fue como entrar en un mismo sueño, el más bajito de estatura tenía unos ojos preciosos en un tono café intenso que parecen hipnotizar. 
Por su rostro uno que otro lunar esparcido con la misma naturalidad con la que las estrellas del cielo estaban colocadas en el firmamento.

«¿Por qué es tan bonito?» 

Otra vez sus ojos cayeron a sus labios, esta vez si tenía que ser sí o sí.

Sus manos rodearon la cintura del treintañero atrayéndolo más a su cuerpo como ese día que entró a su habitación por su cargador.

No espero más, finalmente sus labios se encontraron con los suyos, tibios, delgados, completamente perfectos como si estuvieran solamente creados para que él pudiera adueñarse de ellos.

Fue una caricia cálida con sabor a hierbabuena, le valió una reverenda mierda que Acevedo tuviera una goma de mascar en el interior de su boca, deseaba con ansias darle profundidad a ese beso y lo hizo en cuanto Carlos trato de buscar un poco de oxígeno abriendo su boca y paso sus manos de sus mejillas a su cuello.

No había rastro de aquella golosina, lo cual fue de lo más perfecto, podía devorar la boca del mayor a su gusto y complacencia, era justo y necesario luego de que en determinadas ocasiones algo se interpusiera en sus planes.

Tomando en cuenta aquellas películas románticas que conocía, determinaba que a su chico le encantaría un beso extendido, uno que pudiera quizá quedarse grabado para toda la eternidad o al menos en su memoria.

No lo soltó hasta que Carlos apretó entre sus puños su chamarra del cuello pidiendo de tal manera que lo dejara respirar un poco.

—Rangel... —su apellido en sus labios se escuchaba diferente mientras daba el esfuerzo de volver a una respiración normal. —No creo que solamente me gustes.

Lo remató, así como logró rematar aquel gol en ese partido que Santos deseaba empatar.

—¿Entonces? 

—Creo que en este tiempo que hemos pasado juntos la cercanía me pasó factura y, me veo como estúpido tratando de decirte que... Me gustaría que pasáramos toda una eternidad así, juntos.
No sabes las noches que pase en vela pensando en la manera de acercarme sin hacerte sentir incómodo, que me aceptaras así tal cual soy.

—La eternidad es algo que suena interesante, ¿No te vas a casar de mí? ¿Tu afición no querrá matarme cuando sepan que te tengo en mis manos? —le acarició un mechón de cabello que posteriormente enredo en espiral en su dedo índice. —Les parecerá prudente que un extenso mortal como yo haya terminado rendido a los pies de su Santo más fiel, ¿Lo crees? 

Carlos pasó saliva.

Ni siquiera estaba actuando sus palabras, pero reconocía que su tono coqueto causaba estragos en el guerrero. 

—Creo que eso es algo que podríamos averiguar.

Todo iba perfectamente bien, hasta que tomó una de las manos de Acevedo y quiso seguir caminando.

—Exactamente me preguntaba, ¿Dónde habías dejado tu chicle?

Acevedo palideció cubriéndose el rostro. —Lo siento, tuve que escupirlo antes de que me besaras, era mejor eso que tragarmelo o pasártelo. ¿Te molesta? 

En su magnífica y enigmática vida imaginó que un pinche chicle pegado a la suela de sus zapatos lo hubiera hecho tan feliz, no cuando mayormente era la causa principal de que no le agradará para nada la goma de mascar. —No descuida, supongo que tienes razón, es mejor que este pegado en mi zapato que en tu estómago. —hizo un gesto de conejo con la nariz. —Es adorable verte en apuros. 

 

 

Insufrible amor, ¿Cómo me pude enamorar? 


Estaban en octavos de final con la expectativa creciente de pasar a cuartos de final, todo un grandioso sueño que se fue apagando poco a poco ese 5 de julio del 2026 y es que el fútbol así era de impredecible, se ganaba o se perdía.

Odio con todo su ser a Jude Bellingham a pesar de que este solamente estaba velando por el beneficio de su propio país, defendiendo el escudo de los tres leones y las diez rosas tal y como el defendió a la gloriosa águila en partidos pasados.

—Todavía quedan minutos en el marcador, confía un poco más.

Ahí estaba su fortaleza de pie con un termo de bebida hidratante y una toalla para secarle el sudor. 
Ya todos en el equipo sabían sobre su relación, Carlos se los había dado a conocer el día siguiente de esa noche donde se hicieron novios, por supuesto hubo felicitaciones y buenos deseos, así que no era necesario seguir ocultándose, al menos no de ellos.

—¿Y si fallo?

—Estaré aquí para consolarte, Tala.

 

Su error llegó en el segundo tiempo, Gordon había burlado su defensa y el quiso ser un héroe, pero terminó por darle la ventaja a los ingleses, una pésima decisión, un arrebato del balón que fue una jugada de riesgo y un penal marcado.

2-1 y todavía se atrevía a hacer sus tonterías.

Se perfilo en la portería, Harry Kane lo reto con la mirada azulada, él rezó como cientos de mexicanos más lo hicieron... Pero dios estaba con los estúpidos ingleses.

Odio a Harry Kane con su vida por cumplir con su trabajo a la perfección, fue un penal que no pudo parar, un balón que desde luego Acevedo. No..., su querido Carlos hubiera frenado con la elegancia que lo caracteriza. 

Observó la decepción no solo en sus compañeros, también en el público y aunque minutos después México consiguió un penal cobrado por el igualable Raúl Jiménez... Sus oportunidades de empate se iban a la ruina.

Respiro profundamente dejando la portería, había visto a alguien hacerlo y lograr una esperanza de último segundo. Todo el esfuerzo de sus compañeros lo motivaron y aún así en el último momento no pudo hacer nada más que dirigir su vista al esférico que salió disparado y cayó al suelo marcando el final del partido con el silvatazo final.

No era un héroe como Carlos Acevedo en Santos Laguna.

Las lágrimas de la derrota salieron sin pedirle permiso.

—Ánimo, despidamos este mundial con la cabeza en alto.

Las palabras de Raúl Jiménez le partieron el corazón en pedazos, pero justamente como lo prometió, Carlos estaba para sostenerlo y llorar juntos.

—Lo hiciste increíble, no te culpes de nada.

—Yo quería verte jugar, esperaba que obtivieramos ese empate para irnos a los penales y pudieras hacer tu aparición.

—Será para la siguiente copa.

Los pulgares de su novio le limpiaron las lágrimas y ante tal descalificación, él solo pudo esconder posteriormente su cabeza entre su cuello aspirando el olor amaderado de su perfume.

 


El sueño mundialista para México
se había terminado, pero él había encontrado algo más importante,
a Carlos Acevedo.

 

 

 

Por parte de la afición fue una minoría la que hizo reclamos, los demás aplaudieron su brillante actuación en el mundial.

Días después, el torneo de LA LIGA BBVA MX dio inicio y sí, al principio lo más difícil de no continuar en el mundial fue separase de Carlos, se había acostumbrado tanto a su compañía que ahora intentaba buscarlo en un lugar que no lo encontraría (en todo Verde Valle), pero aún seguían en contacto a través de redes sociales, llamadas o videollamadas directas.

Siempre un mensaje de buenos días, omitiendo hablar de sus equipos porque de descubrirlos tendrían una infracción.

Hasta que llegó ese encuentro en Torreón, Santos Laguna vs. Chivas, estadio Corona.

Ambos venían cargando rachas pesadas en sus respectivos clubes, incluso en sus últimos partidos en la Leagues Cup se habían quedado en la banca como sacrificio para que sus equipos ganarán, pero esta vez era diferente, eran rivales.

El resultado de ese partido no importó y terminó yéndose con el portero de los guerreros.

—Te extrañé tanto. 

Acevedo lo invitó a descansar cómodamente en su casa, pero después de cenar, toda esa atmósfera de película romántica paso al espacio de la habitación.

Necesitaban saciar sus ansias por el otro, demostrarse ese amor que creció en los espacios del Centro de Alto Rendimiento en el que se alojó toda la Selección Mexicana.

—¿Estás seguro de esto, mi vida? 

Ni siquiera necesita preguntarlo, las simples acciones de Carlos eran suficientes para darle a entender que era lo que exactamente quería.

—Y todavía preguntas.

La situación claro que era comprometedora, tenía al dueño de esa inmensa casa sobre sus piernas, dando un gran contraste con el hecho de que hace un par de horas lo vio enojado con el árbitro, tan enojado como en la jornada 2 cuando el referí no hizo más que terminar el partido sin más contemplaciones y después de pasar semejante vergüenza con sus shorts.

«Se veía tan guapote, el cabrón.»

Si lo hiciera enojar un día sería completamente su perdición, su cabello se movía en un toque de seducción del que ni siquiera era consciente.

En defecto a ese recuerdo, lo tomó del cabello, así como tantas veces sus estúpidos compañeros le habían jalado el cabello con la única diferencia de que ellos lo hacían por burla y él desde luego lo estaba haciendo con otro propósito. Encenderlo más de lo que se encontraba.

No lo beso, al contrario se fue inmediatamente a ese blanco cuello que atacó hasta con sus dientes, escuchando la respiración agitada y la manera en la que ese gran portero al que tantos admiraron hace unas horas era un desastre entre sus manos.

—Raúl... 

Lo llamó y sus largos dedos sostuvieron su mentón lo demasiado fuerte. 
Observó su determinación empañada por ese deseo incontrolable en su mirada, las pupilas completamente dilatadas. 
Cualquier expresión de ese amante suyo era todo un poema que elude a su propia belleza.

—Mírate Acevedo, un par de besos y estás así de irreconocible. 

El mayor apretó más sus pálidos dedos sobre su barbilla. 

Lo volvió a sujetar del cabello y esta vez lo beso de esa manera apasionada con la que siempre le quita el aliento.
Desde luego saber que un beso suyo puede dejar a un portero más experimentado como a Carlos así de mal, le subía el ego jalisciense que llevaba en la sangre.

Sus manos dejaron en paz ese cabello para adentrarse a ese terreno que le era desconocido, se abrieron paso por debajo de esa playera con el logo de Santos acariciando la delgada cintura, sintiendo su piel erizarse y su cuerpo arquerse ante su aparente sensibilidad instantánea.

En unos minutos, sus ropas quedaron esparcidas por el piso.

Aquella frustración que tenían después del mundial poco a poco se iba apagando con caricias mutuas.

Por un lado quería darle a conocer al guardameta contrario cuánto lo había deseado y por el otro lado quería que sintiera que realmente en cada caricia estaba dejando palpados todos sus sentimientos.

Ante ello teniendo todo ese lienzo en blanco a su merced, trato de ir despacio, de bajar por su cuello hasta su pecho saboreando cada centímetro de su piel expuesta, deteniéndose en sus pectorales, jugando con esas pequeñas montañitas con su lengua y sus dedos hasta dejarlas erectas y con un color increíblemente rojo por sus succiones.

Sus oídos se ganaron escuchar los sonidos más obscenos de su encantador guardameta de cabellos lacios y largos, al igual que una que otra maldición.

Siguió bajando, llegando hasta su abdomen marcado, toda una fascinación que se atrevió a probar hasta llegar a ese elástico característico con la marca global de ropa interior que no dudo en bajar, dándose cuenta del verdadero torbellino que había provocado en Carlos.

Desde arriba la vista aún era mejor, Acevedo apretando en puños sus sábanas, completamente desnudo, dispuesto a dejarlo que hiciera lo que quisiera.

—Eres lindo en todos los aspectos, Charly. —le susurro al oído. —Jamás estuvo en mi bingo del 2026, terminar así con el arquero lagunero, pero es fantástico, ¿No lo crees? 

Él podía seguir haciendo sus bromas con total libertad, pero su novio ya ni siquiera tenía un poco de coherencia para responderle, pequeñas gotas de agua como el mismo rocio de la mañana se quedaban atrapadas entre sus pestañas.

—¡Tala...!

Sonrió encantado. —Como mandes, amor. —comprendió esa mirada de piedad.

Su mano se cerró sobre la hombría palpitante del mayor, aprovechando la lubricación de pequeñas gotitas naturales en la punta y así como las lágrimas salían de esos bellos ojos, así también comenzaba a llorar otra parte de su cuerpo ante la debida atención. 

Antes de que su antiguo rival llegará a la cúspide, decidió bajar el ritmo de su atención, para arrodillarse frente a la cama y colocar esas largas piernas sobre sus hombros decidido a enterrarse a degustar la exquisitez.

—¡Demonios, Rangel...! 

Casi se atraganta cuando Carlos levanto sus caderas buscando un mayor contacto con su boca, pero tuvo que guardar la compostura y en su defensa su mano viajo a a ese par de bolas.

Pero otra vez antes de que pudiera llegar, su boca se alejo. No por nada había hecho su tarea de investigación previa a su encuentro dado a que Acevedo sembró aquella intriga con un solo mensaje que interpretó bastante bien.

Ensalivo sus digitos y se abrió paso en aquella caverna, deleitándose con los gemidos entrecortados de su nombre, su apellido y hasta su apodo. 

—Eres precioso, Carlos.

Con un aviso previo, supo exactamente el momento justo en el que el mayor llegó derramando su esencia.

Es hermoso verlo con su respiración agitada, sus labios entreabiertos, su cuerpo con un montón de espasmos, marcas en tórax y todo provocado por él, un pequeño diablo enamorado de la gloria de un portero un poco más experimentado.

Le da unos minutos para que se reponga de tan atroz clímax al mismo tiempo en que esparce pequeños besitos por sus mejillas y frente.

—Te amo, Tala. —dice Acevedo después de un inmenso suspiró.
Trata de enderezarse, pero ni eso puede. —A penas vamos empezando esto y siento que ya no aguanté. 

Una risa nasal se le sale de lo más profundo. —No digas esas cosas, no es para tanto. 

Acaricia sus piernas tratando de relajarlo porque lo que está por venir, puede ser un caos absoluto.

—Te ves bien guapo así todo lleno de sudor y con el cabello despeinado.

Acevedo busca sus manos y las entrelaza con las suyas. 

—Nunca lo he preguntado, ¿Por qué te guste? 

Todo era hermoso, pero quería saberlo, porque desde luego no lo sabía a pesar de llevar más de un mes de novios.

—No sé, tienes algo que me atrae súbitamente. Eres guapo, alto, sincero, me encanta tu personalidad... Ya lo he dicho, quizás hasta me enamoraste a primera vista, pero estaba tan cegado por otros asuntos que hasta cuando fuimos convocados al mundial me di cuenta. 
Siempre quería estar a tu lado, pero debía disimular tantito, así que también interactuaba con Memo.
Sé que no debería agradecer que alguien más se haya lesionado para que me llevarán al torneo, pero sabes, un día de estos voy a agradecerle a Malagón.

—¿Y para qué le vas a agradecer? 

—No seas celoso.

Para ese momento sus manos se habían soltado y Acevedo se las arregló para acariciar sus biceps, mientras él estaba apoyado en sus codos. 

—Simplemente su mala suerte se convirtió en mi buena suerte y pude acercarme a ti, poco a poco. Amerita que algún día le agradezca.

—¿Qué pasaba si no ibas al mundial?

—Seguiría de tonto solo siguiéndote en redes sociales y nos estaríamos perdiendo de este momento.

Su piel se erizó al instante en que Acevedo acaricio de manera lenta su abdomen hasta sus pectorales con las manos bien abiertas.

—¿Tienes condones? 

Negó. —Házlo así, después de todo las pinches pruebas médicas nos las hacen a cada rato.

—¿Seguro?

—No hay de otra o ¿sí?, aparte no es como que me vayas a embarazar, aunque quisiera no se puede.

—Eres terrible. —su mano acaricia esa fina cintura. —Me encantas, debería agradecer que me dieras un chicle cada vez que me notabas nervioso.

—Con las gracias es suficiente. 

—Dejemos de hablar un poco, me estoy controlando demasiado.

—¿Tienes buena resistencia o de plano eres demasiado bueno en la cama?

—Lo averiguaremos.

Volvió a su trabajo inicial, avivando el fuego, besando cada parte expuesta de esa piel lechosa, siendo más directo en querer dominarlo en la intimidad.

Le abrió las piernas otra vez dejándolo ver por completo esa puerta a la gloria misma donde ahora se adentro con su miembro disfrutando la calidez de esas paredes.

Acevedo gimió más alto que las veces anteriores, otra vez esas lágrimas salían de sus ojos.

—¿Eres extremadamente sensible o debo detenerme?

Lo vio morderse el labio inferior, así que no... No le estaba haciendo daño, Carlos era lo que le sigue de sensible.

—¡Solo muévete! 

En su posición se atrevía a exigirle. 

No lo pensó dos veces, simplemente lo tomo de la cintura comenzando un vaivén desesperado.

—¡Oh, Raúl! 

—¡Oh, Tala!

—¡Carlos!

—¡Rangeeel!

A como fuera, esas cortas uñas se enterraron en su espalda mientras se fundían en el calor de sus pieles. 

Las piernas de Carlos rodearon su cintura mientras el seguía empeñado en chocar su pelvis contra su entrada.

Cuando finalmente se corrió dentro del portero de Santos, sintió la misma gloria.

Pero la noche se extendió más y más, era inevitable que no quisieran seguir rodando en la cama, descubriendo que Acevedo era de los que lloraba haciendo el amor.

 

 


Al día siguiente, la burla por parte de los muchachos de las Chivas fueron demasiadas.

—Oye Tala, ¿Te mordió un vampiro? —pregunto algo divertido Campillo.

Carlos le había dado tremenda mordida en el cuello que le fue imposible ocultarla.

—En efecto mi estimado a Tala lo mordió un chico vampiresco. —dijo Brian sin ningún tipo de piedad.

—Pero, ¿Quién?

—El putísimo de tu portero de Santos lo marcó anoche. —La Hormiga no se guardo nada.

—¿Estás saliendo con Carlos Acevedo y yo no sabía, Tala? 

Ese plan de ir a comer mientras Jordán estaba a cargo de escoger el restaurante por saber moverse en Torreón no fue el mejor plan al que pudo unirse.

—Hormiga, deja de ventilar mis intimidades.

Campillo meditó todo eso. —Y los putos eran los del América y ya veo que somos nosotros.

Prácticamente iban en parejas solamente faltaba el portero de Santos para completarse.

Jordán observó a lo lejos a Acevedo. —Yo a ese lo conozco.

—Yo le dije a dónde íbamos. Es feo que Tala después de pasar toda la noche con él a la hora del desayuno tuvo que regresar con nosotros. —dijo Brian. 

—Carlos Acevedo López. Se puede saber, ¿Por qué soy el último en enterarme de esta situación?, Soy tu amigo, jugamos juntos y...

—Hola, chicos.

Abrió la boca el canterano de Santos. —Te estoy hablando Albert...

—Ni se te ocurra pinche escuincle. — sentenció con su índice. —Tu no me dijiste que tú y Campillo, ya sabes.

Brian sonrió. —No pues vaya situación.

—Te traje unos chicles para después, Tala. Tus favoritos.

Jordán se quedó fuera de sí. —¿Chicles? Mi estimado Tex Tex, Raúl Rangel odia los chicles, dice que es molesto que se le peguen en los zapatos. 
Hace un pinche drama cada vez que eso le pasa.

Acevedo se quedó con la mano estirada escuchando lo que su ex compañero decía. Su mirada decía que algo dentro de él se había quebrado.

«Estúpido y naco Jordán», lo mal dijo una y mil veces más.

—Pues para tu información Carrillo, ahora me encantan. 

Tomo los chicles de la mano de Acevedo y los guardo en su bolsillo. 

—¡Cállate, Jordán! 

Armando le dio un codazo.

Y él solo pudo abrazar al portero de Santos. —No le hagas caso, mi amor.

—Pero si te gustan más los dulces de coco.

Y Jordán seguía y seguía.

—¿Es cierto eso? 

Acevedo le correspondió el abrazo, pero sus ojos buscaron una explicación.

Estaba en aprietos. —Sí, bueno. No podía rechazar los que me dabas, eran especiales y por eso es que ahora estamos juntos.

—Es que no puedo creerlo. —el joven seguía empeñado en negar. —Tala y Acevedo, ¿Qué probabilidad había? 

—No se trata de probabilidades, simplemente están juntitos, son como Richard Tex Tex y Benji Price.

Ante las palabras de Hormigol, Acevedo sonrió, reconocía por qué salía ese ship de un anime de fútbol que veía cuando era niño... Ambos mejores porteros, ambos peleando una titularidad... Tenía sentido hasta ese punto. —Sí somos.

 


Pero después de ese día, Tala recibía por parte del portero de Santos Laguna un beso sabor a hierbabuena, seguido del empaque de un chicle de canela y un rollito de coco, haciéndolo el portero más feliz del mundo cada vez que podían darse una escapadita.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

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Notes:

Me ha encantado escribir este OS independiente de la canción elegida pues yo la utilice de una manera dulce cuando realmente la letra evoca otra historia.

La idea nació simplemente desde que recordé que en las tiendas siempre dejaba el chicle de canela porque nadie los quiere (yo sí) y pues venía tratando de escribir algo del TALAVEDO.
Luego vino a mi la imagen de Acevedo y su chicle, luego recordé que Tala casi no mastica goma de mascar y fui uniendo ideas, más aparte la canción.

 

Solo es Rangel odiando la goma de mascar y enamorándose de Acevedo teniendo que soportar su gusto por tal golosina y al final aceptando eso.

El hecho de que pusiera referencia de super campeones ya es algo que agregué porque a Acevedo le encanta Tex Tex (Ken Wakashimazu) así que dije "Oh, Tala puede ser Benji Price (Genzo Wakabayashi) de Super Campeones" 

 

Sin nada más que agregar, nos vemos en un próximo fic u OS Talavedo, si tienen alguna sugerencia mis DM en X y Tiktok es mismo usuario (@ffbbmm_) aunque en X simplemente no lo usó demasiado y casi no interactuó o de antemano tienen libre la bandeja de comentarios.