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Un Vals Bajo las Estrellas

Summary:

​¡Hola, preciosos/as! ☺️ Les traigo un nuevo relato/one-shot cortito, esta vez de Batman y Green Lantern. ¡Espero que les agrade! 🖤💚

 

Resumen: En la Liga de la Justicia, Batman es implacable con Green Lantern, tratándolo con una exigencia y una distancia que a Hal le rompen el corazón. Sin embargo, detrás de la armadura del protector de Gotham y de la sonrisa ensayada del multimillonario Bruce Wayne, existe un motivo que el piloto desconoce. Una gala benéfica, un balcón apartado y una vieja melodía clásica se convierten en el escenario donde las apariencias civiles finalmente se quiebran, cambiando la dinámica entre ambos para siempre.

Notes:

Idea original, desarrollo de mi autoría; redactado con la ayuda de AI.

Work Text:

Concluida la reunión táctica, una quietud rutinaria se instaló en la sala de conferencias de la Atalaya, donde solo se escuchaba el suave tecleo frente a los monitores principales. Los miembros de la Liga ya se estaban dispersando hacia los transportadores. Hal Jordan permanecía recostado contra una de las columnas metálicas, con los brazos cruzados y el anillo esmeralda emitiendo un pulso tenue, casi imperceptible. Su mirada estaba fija en la figura oscura que revisaba los informes finales. Batman no se movía con prisa; cada gesto era milimétrico, exacto, envuelto en esa armadura que parecía absorber cualquier atisbo de calor humano.

—Buen trabajo coordinando la evacuación en Metrópolis, Superman —dijo de pronto la voz grave del murciélago.

No era un elogio exagerado, pero viniendo de él, era prácticamente una condecoración. Clark sonrió con calma, asintiendo con una mano en el hombro del encapuchado antes de retirarse. Bruce ni siquiera se apartó del contacto; lo aceptó con esa cooperación silenciosa construida a base de una confianza de hierro y un respeto mutuo que no necesitaba palabras.

A unos metros de distancia, a Hal se le formó un nudo amargo en la garganta.

No era rencor hacia Superman; era esa punzada constante, ese vacío que se abría en su pecho cada vez que confirmaba la diferencia. Con Clark, con Diana, incluso con Barry, Bruce mostraba una consideración sobria pero incuestionable. Sabía escuchar sus opiniones, valoraba sus estrategias y los trataba como iguales.

Con él, todo era distinto.

Hal inhaló hondo, tragándose el orgullo magullado, y dio un paso al frente intentando vestir su habitual sonrisa arrogante, la máscara que mejor sabía usar cuando por dentro se estaba cayendo a pedazos.

—Bueno, Spooky, admito que mi sector quedó limpio en tiempo récord. Podrías invitarme un café para celebrar la eficiencia, ¿o tu manual de sombras prohíbe la cafeína compartida?

Batman no levantó la vista de la pantalla. Ni un solo músculo de su mandíbula tensa cedió.

—Limítate a entregar el reporte de daños estructurales en Coast City, Jordan. Tu falta de disciplina casi compromete el perímetro este.

—Fue un desvío táctico para proteger a los civiles, Bruce, lo sabes perfectamente —replicó Hal, dejando caer la sonrisa y dando otro paso, buscando desesperadamente que esos ojos blancos tras la capucha lo miraran de verdad, no como a una molestia logística.

—Lo que sé es que actúas por impulso antes de pensar —sentenció Batman, cerrando los archivos de golpe antes de girarse y caminar hacia la salida sin mirarlo—. No tengo tiempo para tus imprudencias.

El sonido de la capa rozando el suelo metálico resonó en la sala vacía. Hal se quedó inmóvil, con la mano a medio levantar y el anillo parpadeando en verde apagado, sintiendo cómo cada palabra del hombre que amaba en secreto caía como plomo frío sobre un corazón que ya no sabía cuántas grietas más podía soportar.

 

 

El salón principal de la Mansión Wayne resplandecía bajo la luz dorada de enormes lámparas de cristal, envuelto en una suave melodía de cuerdas y el tintineo constante de copas de champán. Entre la multitud de la alta sociedad de Gotham, Hal se sentía completamente fuera de su elemento, ajustándose por enésima vez el cuello del esmoquin a medida que Carol lo había obligado a usar. Su jefa y amiga se había empeñado en arreglarlo de pies a cabeza con la firme misión de que no saliera de esa fiesta sin una cita.

Nadie en la Tierra o en el espacio exterior creería que, tras esa fachada de piloto temerario, coqueto y confiado, Hal Jordan seguía siendo completamente inexperto en el amor y en la intimidad; su corazón jamás le había pertenecido a nadie lo suficiente como para dar ese paso, hasta que ese misterio oscuro andante se cruzó en su camino.

A unos metros, mezclados con discreción entre los invitados, Clark y Diana conversaban amenamente, pero los ojos de Hal no podían apartarse de la figura central de la noche.

Bruce Wayne era un espectáculo fascinante. El hombre que en la Atalaya apenas pronunciaba tres palabras seguidas y cargaba con el peso del mundo en los hombros, allí sonreía con ligereza, encanto y una calidez ensayada que desarmaba a cualquiera. Hal contemplaba hipnotizado ese contraste brutal entre la sombra taciturna del murciélago y el carisma deslumbrante del heredero de Gotham.

De pronto, Bruce giró la cabeza. Su mirada azul, intensa y penetrante, chocó directamente contra la suya a través del salón. A Hal casi se le detiene el pulso; un vuelco violento en el pecho lo dejó sin aire mientras sentía el calor subirle directo a las mejillas.

Para su sorpresa y pánico desbordado, el multimillonario se disculpó con su grupo y caminó con paso elegante y seguro hacia ellos.

—Señorita Ferris, es un honor tener a Ferris Aircraft representada esta noche —saludó Bruce con esa voz aterciopelada de anfitrión perfecto, antes de desviar sus ojos hacia el piloto—. Y veo que viene muy bien acompañada.

—El placer es nuestro, señor Wayne —respondió Carol con una sonrisa perspicaz que Hal reconoció al instante con terror—. Le presento a Hal Jordan, mi mejor piloto y un hombre excepcional en todos los sentidos. Estaba decidida a sacarlo de su cabina para que viera que hay vida fuera de los hangares... y quién sabe, tal vez encontrar a alguien especial esta noche.

Si no la conociera tan bien, Hal habría jurado que Carol estaba actuando como la casamentera más descarada del planeta. El corazón le latía tan fuerte contra las costillas que temió que el mismísimo Batman pudiera escucharlo sobre la música del salón.

—Ya veo —respondió Bruce con lentitud, deslizando las palabras con una calma calculada mientras sostenía su copa.

En ese instante, los ojos del magnate se clavaron en los de Jordan. No era la mirada fría y distante que solía darle tras la máscara en la Atalaya, pero tampoco era el brillo superficial que le dedicaba a la prensa. Era un azul profundo, indescifrable, cargado de un magnetismo oscuro y pesado que Hal no lograba comprender y que amenazaba con derribar todas sus defensas.

La intensidad fue demasiada. Sintiendo que el aire se volvía espeso y que el rubor terminaría por delatarlo frente a Carol, Hal dio un paso atrás.

—Si me disculpan... necesito tomar un poco de aire fresco —dijo con la voz apenas firme.

Carol arqueó una ceja con fingida ligereza, sosteniendo su copa con elegancia para disimular la tensión en sus hombros y evitar llamar la atención de la aguda mirada de Wayne.

—¿Todo en orden, Hal? —preguntó en un tono casual, casi distraído, modulando la voz como si solo comentara el clima de la fiesta, aunque en sus ojos brillaba una genuina chispa de preocupación que solo él sabía descifrar.

Hal apenas asintió para no delatarse. Se despidió con una inclinación cortés hacia su jefa y luego hacia el anfitrión. Frente a Bruce, el gesto le salió con una desgana que tuvo que disfrazar a marchas forzadas; si alguien estuviera puntuando su actuación de indiferencia educada, Hal juraría que merecía ganar un Óscar en ese mismo instante.

Salió a través de las puertas acristaladas hacia uno de los amplios balcones de piedra de la mansión. La brisa helada de la noche de Gotham chocó contra su rostro, aliviando el fuego en sus mejillas, pero el avispero en su cabeza no se calmó. Esa mirada seguía grabada a fuego detrás de sus párpados. La tentación de llamar al anillo, envolverse en luz verde y salir volando lejos de esa fiesta, lejos de Gotham y de ese hombre, era inmensa. Se sentía agobiado, herido y completamente vulnerable.

Apoyó las manos en la barandilla de piedra, suspirando hondo para recuperar el control, cuando una presencia silenciosa borró la distancia a sus espaldas.

—Huyendo tan pronto, señor Jordan... —murmuró una voz grave y ronca, rozándole prácticamente la oreja.

Hal dio un respingo violento, con el corazón saltándole a la garganta. Al girarse sobre sus talones a la defensiva, se topó de lleno con el pecho de Bruce Wayne, quien lo observaba desde las sombras del balcón con una cercanía peligrosa y sin rastro de su sonrisa de millonario distraído.

—¡¿Estás loco, Spooky?! —soltó Hal en un susurro cargado de rabia y sobresalto, llevándose una mano al pecho para intentar calmar su pulso desbocado—. ¡Casi me provocas un infarto!

Antes de que pudiera dar un paso hacia un lado para poner distancia, la mano firme de Bruce se cerró con fuerza sobre su hombro. Con un movimiento fluido y autoritario, el magnate lo empujó suavemente hacia atrás hasta que la espalda de Hal chocó contra la fría barandilla de piedra del balcón.

Bruce dio un paso al frente, acortando cualquier espacio entre ellos hasta que sus cuerpos quedaron rozándose. Hal se quedó completamente atrapado entre el frío mármol a su espalda y la imponente figura de Bruce, sintiendo la solidez del pecho ajeno contra el suyo y el calor abrumador que desprendía.
​Inclinándose apenas unos milímetros, Bruce volvió a hablarle directamente al oído. Su voz, baja y con una vibración oscura que hizo que a Hal se le erizara la piel, vino acompañada de un aliento cálido que rozó la sensible curva de su oreja.

—No estamos en la Atalaya, Hal —murmuró con lentitud, saboreando cada sílaba—. Aquí somos civiles. Cuida lo que dices.

El contacto tan íntimo y la cercanía de esa boca peligrosa enviaron una corriente eléctrica directa al estómago del piloto. Los nervios lo traicionaron por completo, sintiendo que sus piernas amenazaban con fallarle.

—B-Bruce... a-apártate, por favor —tartamudeó Hal, luchando por encontrar el aire y empujando inútilmente el hombro del millonario, odiándose a sí mismo por sonar tan vulnerable y desarmado.

Bruce no retrocedió ni un milímetro. En su lugar, una sombra de media sonrisa, casi imperceptible pero cargada de una extraña satisfacción, curvó sus labios cerca del cuello del piloto.

—Me apartaré —respondió el magnate, con la voz profunda resonando contra la piel de Hal—. Pero con una condición: tienes que concederme una pieza de baile.

Hal sintió que la sangre le subía de golpe a la cabeza en una llamarada abrasadora, tiñéndole el rostro, las orejas y el cuello de un rojo mucho más intenso y brillante que el mismísimo traje de Flash. Completamente pasmado, con los ojos muy abiertos y la mente en blanco, solo fue capaz de soltar un hilo de voz incrédulo:

—¿...Qué?

Bruce dejó escapar una risa suave, baja y genuina que resonó en el pecho de Hal. Era un sonido inédito. El Green Lantern había visto al murciélago curvar apenas la comisura de los labios en un par de ocasiones excepcionales, pero jamás lo había visto reírse de esa manera tan abierta y relajada. A pesar del desconcierto, de los nervios y de la tormenta interior que cargaba, a Hal se le encogió el corazón; le fascinó ver esa faceta tan humana y hermosa en un hombre que siempre parecía hecho de obsidiana.

—Lo que oíste, Jordan. Un baile, aquí afuera —repitió Bruce, mirándolo fijamente con una chispa de diversión que desarmaba cualquier defensa.

Esa frase devolvió a Hal de golpe a la realidad. Los recuerdos de las reuniones en la Atalaya, los desprecios silenciosos, la frialdad con la que desestimaba sus opiniones frente a los demás miembros y ese abismo insalvable que siempre imponía entre ambos regresaron como un balde de agua helada.

La contradicción dolió demasiado, transformando la sorpresa en una mezcla amarga de indignación y orgullo herido.

—No te entiendo, Bruce —soltó Hal, plantándole cara con la mirada encendida mientras intentaba empujar el pecho del magnate para zafarse—. ¿A qué demonios viene todo esto ahora? ¿Tienes doble personalidad o qué te pasa? En la Liga apenas soportas respirar en la misma habitación que yo, me tratas como si fuera un estorbo imprudente y te aseguras de dejarme claro lo poco que te importo.

Hal apretó los dientes, sintiendo cómo la garganta se le cerraba por la rabia y por ese amor silencioso que lo estaba consumiendo por dentro.

—Te amo... —ya lo había dicho— me vuelves completamente loco, pero no voy a dejar que juegues conmigo —continuó en un susurro tembloroso pero firme—. Si crees que soy solo una distracción o una pieza más para lo que sea que esté tramando esa cabeza tuya llena de murciélagos, estás muy equivocado.

Dolido y decidido a no quebrarse allí mismo, Hal consiguió al fin apartarse con brusquedad para cruzar las puertas del balcón y marcharse de una vez por todas.

No llegó a dar ni medio paso.

La mano de Bruce se movió con la velocidad de un relámpago, cerrándose con firmeza sobre la nuca de Hal, enredando los dedos en su cabello castaño y tirando de él hacia adelante mientras su otro brazo rodeaba la cintura del piloto, anulando cualquier intento de volver a escaparse. Antes de que Hal pudiera siquiera formular una protesta, los labios de Bruce atraparon los suyos en un beso urgente, profundo y demoledor.

El mundo exterior se apagó por completo. La música lejana del salón, el frío de Gotham y el eco de sus reclamos se disolvieron en un torbellino ardiente cuando Bruce profundizó el contacto, reclamando su boca con una intensidad que dejó a Hal suspendido en el vacío, temblando entre sus brazos.

«Mi primer beso... y es con él».

Era la única idea capaz de formarse en la mente de Hal, repitiéndose como un mantra atronador mientras el resto de sus pensamientos colapsaban por completo. Su rostro y sus orejas ardían con una intensidad tan descomunal que sentía que el fulgor escarlata de su piel podía distinguirse con claridad desde la estratosfera.

Bruce no le dio tregua ni espacio para asimilarlo. Con una destreza abrumadora, su lengua exploraba el interior de la boca de Hal, reclamaba cada rincón, buscando y jugando con la inexperta y tímida lengua del piloto que apenas acertaba a responder al asalto. Hal quedó suspendido en un limbo, cegado por sensaciones desconocidas y abrumadoras. Bruce besaba con una maestría letal, hambriento pero con un control férreo que devoraba todo a su paso. Si no fuera por el brazo musculoso del magnate sosteniéndolo con fuerza implacable contra su propio cuerpo, las piernas de Hal se habrían doblado bajo su propio peso, haciéndolo caer directo al suelo de mármol.

Cuando la necesidad de aire se volvió inevitable, Bruce se apartó con una lentitud tortuosa. Un fino y brillante hilo de saliva quedó suspendido en el aire, uniendo los labios inferiores de ambos, pero antes de que pudiera romperse, Bruce inclinó ligeramente el rostro y lo interceptó, pasando su lengua caliente para lamer y succionar suavemente el labio enrojecido e hinchado del piloto.

Hal lo observaba desde abajo con la respiración entrecortada y los ojos brillantes, empañados por una capa acuosa de pura conmoción, incredulidad y un deseo que amenazaba con desbordarlo sin piedad.

Poco a poco, la niebla densa que nublaba la mente de Hal comenzó a disiparse, permitiendo que sus pensamientos volvieran a ordenarse entre el caos de sensaciones que aún le quemaban la piel. Apoyó las palmas temblorosas contra el pecho del magnate, buscando un punto de apoyo mientras intentaba regular su respiración agitada.

—¿No... no me odias? —preguntó Hal en un susurro frágil, con la voz quebrada por la incertidumbre acumulada durante meses—. Siempre pensé que para ti solo era una molestia... una carga para el equipo que tenías que soportar.

Bruce relajó la postura y levantó una mano para acariciar con delicadeza la mejilla encendida del piloto. La calidez de sus dedos contrastaba con la fría brisa del balcón. Esos grandes ojos castaños, húmedos y cargados de una vulnerabilidad pura, parecían los de un cachorro herido suplicando por una verdad que le devolviera el aliento. Eran una súplica silenciosa imposible de ignorar o esquivar, incluso para la mente más blindada de Gotham.

—Nunca te he odiado, Hal —respondió Bruce, con un tono grave que abandonó toda aspereza para teñirse de una honestidad sobrecogedora—. Y jamás has sido una carga. Eres uno de los hombres más extraordinarios que he conocido.

El pulgar de Bruce trazó suavemente el pómulo de Hal, sintiendo cómo el temblor del piloto disminuía poco a poco bajo su tacto.

—Soy duro contigo porque vuelas directo al peligro sin medir las consecuencias —continuó Bruce, clavando sus ojos azules en los de Hal con una intensidad feroz—. Te lanzas a morir en cada batalla con una sonrisa arrogante, creyendo que eres invencible. Soy exigente y frío porque no soportaría cometer un error en el campo... y perderte —la mano en la mejilla de Hal se deslizó como si este estuviera hecho del cristal más fino —. No puedo perderte a ti también.

Ante semejante confesión, las lágrimas que empañaban la mirada de Hal finalmente se desbordaron, rodando calientes por sus mejillas.

«Maldita sea», pensó con desesperación mientras intentaba parpadear para detenerlas; se estaba comportando exactamente como una colegiala a la que su crush se le declara por primera vez. Y bueno, técnicamente la situación no estaba muy lejos de ser eso, pero él no era ningún adolescente con las hormonas revueltas. Era un hombre adulto, un piloto de pruebas condecorado, un miembro de la Liga de la Justicia... y aun así, era incapaz de frenar el llanto.

—Lo siento... perdóname, Bruce —murmuró Hal con la voz rota, intentando frotarse la cara con el dorso de la mano y recomponer una postura digna, fingiendo una fortaleza que se le escurría entre los dedos—. No sé qué me pasa, esto es ridículo...

Bruce no lo dejó terminar ni le permitió esconderse tras otra máscara.

Envolviéndolo con firmeza, el magnate lo atrajo hacia su pecho en un abrazo protector y profundamente cálido, un refugio sólido que borró de golpe el frío de la noche. Apoyó una mano en la nuca de Hal, dejando que el piloto hundiera el rostro en su hombro, inhalando la fragancia cara y el calor reconfortante que desprendía su cuerpo.

Ese gesto, tan desprovisto de armaduras y cálculos, terminó de dinamitar las pocas defensas que a Hal le quedaban en pie.

El dique se quebró por completo. Aferrándose con los dedos temblorosos a la tela del esmoquin de Bruce, Hal se rindió al alivio de saberse correspondido y sollozó contra su cuello, desahogando todos los meses de soledad, dudas y silencios amargos en la seguridad de esos brazos que, por fin, lo sostenían como siempre había soñado.

Desde el interior del salón, atravesando las puertas acristaladas hacia el balcón, comenzó a flotar suavemente una melodía nostálgica, romántica y elegante: las notas inconfundibles de Fascination, interpretada por la voz aterciopelada de Nat King Cole.

Bruce se apartó apenas unos centímetros, lo suficiente para mirar a Hal a los ojos, secando con la yema del pulgar el último rastro de una lágrima en la mejilla del piloto. Con una serenidad impecable y una mirada cargada de ternura, extendió una mano hacia él.

—Ahora... ¿me concedería el honor de este baile, señor Jordan? —preguntó en un susurro cómplice.

Hal sintió que el corazón le daba un vuelco de pura felicidad. Olvidándose de cualquier vergüenza, asintió con entusiasmo, dejando escapar una risa tímida y alegre mientras colocaba su mano sobre la de Bruce.

—Será todo un placer, señor Wayne —respondió, brillándole los ojos.

Antes de dar el primer paso, Bruce se inclinó con una elegancia caballerosa y depositó un beso suave y reverente sobre los nudillos de Hal. El gesto tomó al piloto tan desprevenido que un nuevo torrente de rubor encendió sus mejillas, arrancándole un suspiro avergonzado que Bruce recibió con una leve sonrisa de satisfacción. El magnate colocó de nuevo su otra mano en la cintura de Hal, atrayéndolo hacia sí con firmeza, y comenzaron a moverse bajo el cielo nocturno de Gotham.

Hal no tenía ni la más mínima experiencia en bailes de salón —su especialidad eran las maniobras acrobáticas en cazas de combate, no los compases de la alta sociedad—, pero con Bruce aquello no importaba. El multimillonario lo guiaba con una maestría absoluta, marcando el compás cadencioso de vals con una fluidez tan precisa que Hal solo tuvo que dejarse llevar, apoyando una mano en el ancho hombro de Bruce mientras sus cuerpos se sincronizaban al compás de las cuerdas y la voz profunda que llenaba el aire.

—La canción suena bastante antigua... —comentó Hal en voz baja, descansando la barbilla cerca del cuello de Bruce, disfrutando del ritmo pausado—. Aunque tengo que admitir que es preciosa. Tiene algo especial.

Bruce lo apretó un poco más contra su cuerpo, mirando hacia las luces tenues de la ciudad antes de devolver su mirada a los ojos castaños de Hal.

—Lo es —confesó Bruce, con una nota de melancolía serena en su voz grave—. Era una de las favoritas de mis padres. Solían bailarla aquí mismo, en este salón, cuando yo era pequeño.

Las palabras de Bruce cayeron en el ambiente como el secreto más valioso del mundo. Para un hombre que guardaba su pasado bajo siete llaves de acero y trauma, compartir ese recuerdo era la prueba definitiva de lo mucho que Hal significaba para él. El piloto apretó suavemente el hombro de Bruce, fundiéndose aún más en el abrazo mientras continuaban meciéndose bajo la luna, dejando que la música llenara cada rincón de la noche.

—Lo lamento, Bruce... no debí haber sacado el tema —susurró Hal con un matiz de culpa, temiendo haber abierto una herida del pasado que ensombreciera el momento.
​Bruce negó suavemente con la cabeza, sin detener el compás de sus pasos.

—No tienes por qué disculparte, Hal —respondió el magnate, con una mirada tan cálida y despojada de sombras que parecía transformar todo el frío de Gotham en un refugio intocable—. Durante mucho tiempo este recuerdo solo traía dolor, pero estar aquí ahora, bailando esta melodía contigo... se siente como vivir un sueño del que jamás querría despertar.

Las palabras resonaron en el pecho de Hal como una caricia profunda y luminosa, hinchándole el corazón de una dicha tan inmensa que apenas cabía en él. Sin pensarlo dos veces, deslizó ambos brazos alrededor del cuello de Bruce, enredando los dedos en el cabello oscuro de la nuca. Con un movimiento impulsivo y lleno de adoración, se puso de puntillas sobre el suelo de piedra para acortar la distancia y unir sus labios a los de Bruce en un beso dulce, sincero y apasionado.

Bruce no tardó ni un segundo en corresponderle. Con un movimiento fluido, la mano que tenía en la cintura de Hal se enroscó con firmeza hasta rodearla con el brazo mientras la otra se extendía protectora sobre su espalda, pegando sus cuerpos aún más, borrando cualquier rastro de aire entre ambos.

Sin romper el contacto de sus bocas, continuaron meciéndose lentamente al compás del vals clásico. Los pasos se volvieron automáticos, casi ingrávidos, mientras el beso se profundizaba, cargado de un lenguaje que las palabras jamás habrían podido formular. Cada roce de labios, cada exhalación compartida y la armonía pausada del baile se convirtieron en un puente perfecto por el que fluía todo el amor contenido, las batallas conjuntas, los temores enterrados y la promesa silenciosa de que, a partir de esa noche bajo las estrellas, ninguno de los dos volvería a volar en soledad.