Chapter Text
El eco metálico del canal Zeta resonó en el pasillo principal de la Atalaya con la precisión de un reloj atómico. La luz blanquecina se disipó para revelar la silueta alta, imponente y envuelta en sombras de Batman.
A su alrededor, el bullicio habitual del satélite pareció reducirse un par de decibelios. No era un misterio para nadie en la Liga que las visitas del Caballero de la Noche se habían vuelto extraordinariamente breves, casi avistamientos, a lo largo de los últimos doce meses. Batman llegaba, entregaba informes, firmaba protocolos y se evaporaba antes de que cualquiera pudiera ofrecerle una taza de café o iniciar una conversación casual.
Sin embargo, esta noche era ligeramente diferente. O al menos, la atmósfera pesada que lo rodeaba parecía cargada de una tensión extraña.
—Llegas tres minutos antes de lo normal, Batman —comentó Flash deslizándose por el pasillo a una velocidad moderada mientras sostenía una pila de carpetas—. Eso es un nuevo récord, incluso para ti. Pensé que la lluvia sobre Gotham te retrasaría. —
—La lluvia no altera mis sistemas—respondió Batman con su voz grave y modulada, sin frenar el paso directo hacia la mesa de conferencias principal—. ¿Dónde está el informe del sector cuatro? —
—Junto a la pantalla central, amargado —respondió Barry con una sonrisa fácil, aunque sus ojos denotaban una curiosidad genuina que llevaba meses conteniéndose—. Oye... por cierto. Casi es 20, ¿no? —
Batman no respondió. Continuó tecleando comandos en la consola con una rapidez sobrehumana.
—Solo decía... —insistió Barry, apoyándose contra el borde del panel de control—. Ha pasado casi un año desde que... bueno, ya sabes. Desde que tomaste “voluntariamente ” aquella baja temporal. La Liga entera ha respetado tu espacio. Superman cubrió tus turnos nocturnos durante meses, Diana organizó la rotación de patrullas y yo me aseguré de que ningún criminal cruzara a tu territorio. Pero jamás nos dijiste nada más. —
—Gotham se mantuvo bajo control, con solo algunos incidentes. La Liga hizo lo que se esperaba de ella —dijo Batman, seco, congelando la pantalla con un gesto seco de la mano.
—No hablo del trabajo, amigo. Hablo de ti —dijo Barry suavizando el tono—. ¿Es un niño o una niña? ¿Cómo está? ¿Tiene tu carácter o por suerte salió a la otra parte? —
Batman se giró despacio. Su capa se reajustó sobre sus hombros con un crujido pesado. Detrás de las lentes blancas de su capucha, la mirada era de un hielo absoluto.
—La información personal no afecta mi eficiencia de ninguna forma. No hay nada que informar a la Liga. —
—Vamos, Batman —intervino la voz cálida y majestuosa de Diana, quien salía de la sala adyacente sosteniendo un vaso en la mano—. Barry solo está mostrando interés. Todos aquí nos preocupamos por ti. Llevas más de un año actuando como si llevaras el peso del universo sobre los hombros. Apenas te quedas diez minutos tras las reuniones. Firmas los reportes y te marchas como si esta estación estuviera en llamas. —
—Tengo asuntos que atender en mi ciudad —replicó Batman cortante.
—¿Asuntos en tu ciudad o en tu casa? —preguntó Diana con una sonrisa sabia y maternal—. Ninguno de nosotros pretende invadir tu privacidad. Comprendemos perfectamente tu necesidad de proteger a tú familia. Pero debes saber que no eres un extraño para nosotros. Eres nuestro compañero. Nuestro amigo. Si necesitas ayuda, si necesitas suministros, consejos... —
—No necesito ayuda —la interrumpió Batman. Su tono no dejaba espacio para la réplica.
Antes de que Diana pudiera responder, una corriente de aire anunció la llegada de Superman.
El Hombre de Acero descendió lentamente, aterrizando con la ingravidez que lo caracterizaba sobre el piso metálico. Vestía su traje azul con la capa roja ondeando ligeramente tras él. Durante casi un año, Clark había vivido en un estado constante de tortura silenciosa y devoción secreta. Estaba enamorado de Batman —de la mente brillante, la determinación inquebrantable y el alma atormentada que se ocultaba tras la máscara del murciélago— desde mucho antes de la revelación del embarazo de su compañero.
Averiguar que se encontraba llevando una gestación en solitario mientras combatían una célula criminal altamente peligrosa para luego desaparecer durante meses, y luego verlo regresar aún más distante, arisco e inflexible que antes, le rompía el corazón en mil pedazos.
—Buenas noches, Batman —saludó Superman, buscando sus ojos blancos con una mirada cargada de una ternura que intentaba disimular desesperadamente frente a los demás.
—Superman —asintió el murciélago con la cabeza, manteniendo la distancia.
—Revisé la red del sector norte de Gotham esta tarde —dijo Clark, dando un paso cauteloso hacia él—. Los niveles de crimen bajaron un catorce por ciento desde la última reestructuración. Todo está tranquilo. Si necesitas que alguien cubra tus patrullas este fin de semana para que puedas... descansar en casa, no tengo ningún problema. —
—No es necesario y no vuelvas a entrar a Gotham —respondió Batman de inmediato—. Mis horarios están perfectamente estructurados. —
—Solo trataba de ofrecerte un respiro —murmuró Kal-El, bajando levemente la voz para que solo Batman pudiera escucharlo con claridad—. A veces parece que estás huyendo de nosotros… o de mí. —
Batman apretó la mandíbula bajo la capucha. Recordaba perfectamente la amabilidad de Kal, los mensajes de apoyo que el kryptoniano había enviado por los canales encriptados durante los momentos más difíciles de su gestación. Superman había sido un caballero perfecto: nunca presionó para descubrir la identidad del otro padre, nunca intentó usar su visión de rayos X para rastrear su hogar y jamás le hizo preguntas incómodas.
Pero la cercanía de Superman encendía en Bruce un tipo de sentimiento diferente, uno que sin preverlo comenzó a echar raíces dentro de él desde que vio esa cálida sonrisa, uno que no podía evitar encender sus alarmas. Un temor a la vulnerabilidad que no podía permitirse.
—No huyo de nadie, Superman. Simplemente priorizo mi tiempo —dijo Batman en voz alta, asegurándose de que su ritmo cardíaco no pudiera delatarlo—. Si los informes están listos, me retiro. —
—Espera, Spooky —lo llamó Hal, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados—. Al menos danos algo. La última vez que Green Arrow te preguntó si estabas casado o en una relación con el otro progenitor de la criatura, solo dijiste un “no” y te fuiste. ¿Acaso estás criando a ese bebé tú solo? —
—No estoy saliendo con nadie. No estoy casado. Y la educación de mi hijo es únicamente mi responsabilidad exclusiva —declaró Batman tajante—. Que no se repita esta conversación. —
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y caminó a pasos firmes hacia el tubo Zeta. La luz blanca lo envolvió, y en un parpadeo, el vigilante de Gotham se volatilizó, dejando tras de sí un silencio incómodo en la sala.
Hal soltó un silbido bajo.
—Por dios... Si la simpatía fuera energía, ese sujeto apagaría un sol. —
—Ten más respeto, Linterna —lo reprendió Diana con firmeza, aunque sus ojos mostraban preocupación—. Criar a un hijo en su ciudad no debe ser tarea fácil, y menos aún con las cargas que él lleva. —
Superman se quedó mirando el punto vacío donde Batman había estado hace unos minutos. Apretó los puños suavemente a los costados de su cuerpo. ¿Por qué estás tan solo, Batman?, pensó Clark con el corazón oprimido.
El brillo del tubo Zeta se apagó en las profundidades de la cueva. Bruce se retiró la capucha con un movimiento brusco, dejando al descubierto su rostro sudoroso, sus cejas fruncidas y el cabello negro desordenado.
A sus veintidós años, Bruce lucía una mezcla única de madurez prematura y el cansancio propio de un padre primerizo. Se desabrochó el cinturón y lo dejó sobre una mesa de acero.
De pronto, una risita aguda y burbujeante resonó desde la plataforma superior de la cueva.
—¡Baa! ¡Baa-ba! —
Bruce sintió que toda la rigidez de sus hombros se desvanecía en un segundo. La expresión adusta de su rostro se transformó por completo, sustituida por una calidez profunda y genuina que jamás le mostraba al mundo exterior.
Subió las escaleras de piedra a pasos rápidos. En el centro de la zona de descanso de la cueva, sobre una manta acolchada en el suelo, se encontraba el pequeño Richard Thomas Wayne.
A punto de cumplir exactamente un año, Dick era un bebé deslumbrante. Tenía mechones de cabello oscuro que le caían sobre la frente, una piel suave y rosada, y unos ojos desbordantes de una curiosidad insaciable.
Junto a él, de pie con una bandeja de plata sosteniendo un biberón tibio y una toalla pulcra, estaba Alfred.
—Veo que la reunión con sus ilustres colegas ha sido tan estimulante como de costumbre, Señor Bruce —comentó el mayordomo con su inconfundible ironía, observando cómo su amo se arrodillaba en el suelo.
—¡Dick! —exclamó Bruce suavemente, extendiendo los brazos.
El pequeño dio una voltereta torpe sobre la manta, se puso a gatear a una velocidad sorprendente y se abalanzó contra el pecho de su padre. Bruce lo atrapó en el aire, levantándolo en alto mientras el niño soltaba una carcajada sonora que resonó por las bóvedas de piedra de la cueva.
—Mira nada más lo fuerte que eres... —murmuró Bruce, pegando la mejilla contra la cabeza del bebé e inhaló ese olor a talco y champú infantil que se había convertido en su único refugio—. ¿Te portaste bien con Alfred? —
—El joven maestro Richard se ha portado como un verdadero caballero —intervino Alfred, dejando la bandeja sobre la mesa—. Aunque debo informar que ha intentado morder las patas de la silla del escritorio en dos ocasiones. Asumo que la dentición sigue causando estragos. —
Bruce sonrió, sentándose en la manta con el niño sobre su regazo. Dick tomó el pulgar de Bruce con sus dos manitas y empezó a tirar de él, balbuceando palabras en lenguaje bebé.
—Ma-má... no... ¡Pa! ¡Papi! —decía el pequeño.
—Sí, mi amor... soy papá —dijo Bruce suavemente, acariciándole la mejilla con el dedo—. Pasado mañana vas a cumplir un año entero. Un año desde que llegaste a cambiarlo todo. —
Alfred observó la escena en silencio. Había un contraste abismal entre el vigilante sombrío que inspiraba terror en los criminales de Gotham y el muchacho de veintidós que miraba a su hijo como si fuera la única maravilla del universo. Sin embargo, los ojos de Alfred denotaban una ligera preocupación.
—Señor Bruce —empezó el mayordomo, cruzando las manos tras la espalda—. Pasado mañana es un día muy especial. Y creo que debemos discutir los preparativos. —
Bruce levantó la vista, volviendo a ponerse a la defensiva inconcientemente.
—Ya planeamos todo, Alfred. Comprarás los ingredientes para el pastel que te pedí, decoraremos el comedor y pasaremos el día aquí los tres. Sin cámaras, sin prensa, sin llamadas de Wayne Enterprises. —
—Con el debido respeto, Amo Bruce —replicó Alfred con firmeza suave—. Me parece una pena que el primer año de vida del maestro Richard se celebre en el más absoluto de los aislamientos. —
—No es aislamiento, es seguridad —argumentó Bruce, poniéndose de pie con el niño en brazos—. Los paparazzi siempre me están rondando. Si la prensa se llegará a enterar de que tengo un hijo, la vida de Dick se convertirá en un circo mediático. Preguntarán la identidad de la madre, buscarán el certificado de nacimiento, hurgarán aún más en nuestra vida privada... No puedo exponerlo a eso. Aún es muy pequeño. —
—No me refiero a la prensa, Bruce —lo corrigió Alfred, llamándolo por su nombre de pila para dar más peso a sus palabras—. Me refiero a sus amigos. —
Bruce apretó la mandíbula al escuchar la palabra "amigos" salir de los labios del mayordomo. Dio un paso atrás, como si el concepto mismo le causará dolor físico.
—Ellos no son mis amigos, Alfred —declaró Bruce con una frialdad tajante, la misma que utilizaba para ahuyentar a los criminales en los callejones—. Son compañeros de trabajo. Aliados tácticos en una cruzada global. La Liga de la Justicia es una necesidad estratégica, no un club social. No los necesito en la vida de mi hijo, ni necesito que celebren nada conmigo. —
Alfred no pestañeó. Con la paciencia infinita de quien lo había visto crecer desde que era un recién nacido de unas pocas horas, el anciano mantuvo la mirada fija en el joven magnate.
—Si de verdad creyera eso, Señor Bruce, no habría aceptado los suplementos que le envió la Señorita Prince, ni habría dejado que la Liga cubriera sus patrullas durante meses mientras usted ni siquiera podía sostenerse en pie por el agotamiento o habría ignorado los mensajes del Señor Superman —dijo Alfred en un tono suave pero implacable—. Puede repetirse esa mentira todas las noches para mantener sus muros en alto, pero la realidad es que esas personas se preocupan por usted. Y merecen, al menos, la oportunidad de desearle un feliz primer cumpleaños al maestro Richard. —
Bruce bajó la mirada, incapaz de rebatir el argumento de Alfred sin sonar desagradecido. Sintió un ligero tirón en la solapa de su traje.
El pequeño Richard, ajeno por completo a la tensión entre los dos adultos, había metido su manita regordeta por debajo del cuello de la armadura de Batman. Con sus deditos pequeños y cálidos, acariciaba la piel del cuello de su padre, soltando un balbuceo suave y rítmico.
—Papá... —murmuró el bebé, apoyando su mejilla regordeta directamente contra la quijada descubierta de Bruce, buscando su calor.
El impacto emocional fue inmediato. La postura rígida y defensiva de Bruce se desmoronó en un segundo. La coraza del Caballero de la Noche desapareció por completo, dejando únicamente al muchacho que adoraba a su hijo más que a su propia vida.
Bruce cerró los ojos, soltando un largo suspiro que no sabía que estaba conteniendo. Levantó una mano y, con el pulgar, comenzó a acariciar la espalda del pequeño con una delicadeza extrema.
—Míralo, Alfred... —susurró Bruce con la voz rasgada por la emoción, pegando los labios al cabello suave y oscuro del infante—. Es tan pequeño. Tan frágil. Lo miro cuando duerme en su cuna y me aterra pensar que el mundo en el que vivo termine destruyéndolo. Si la Liga lo ve... todo se vuelve real. Deja de ser mi pequeño secreto y se convierte en un objetivo. —
—El maestro Richard jamás será un objetivo con ellos, Amo Bruce —le aseguró Alfred, acercándose un par de pasos para ponerle una mano firme en el hombro—. Estará protegido por los seres más poderosos del planeta. Y, lo más importante, estará todo el tiempo con su padre. —
Bruce caminó despacio hacia la silla ubicada frente a la consola de la computadora. Se sentó con cuidado, acomodando a Dick en su regazo. El niño dejó escapar una risita encantada al ver las luces parpadeantes de las pantallas gigantes reflejadas en los cristales de la cueva.
—¡Luz! —exclamó el pequeño con entusiasmo, señalando los monitores con su puñito cerrado—. ¡Papi, luz! —
—Sí, mi amor, son las luces del mapa —respondió Bruce en un murmullo dulce, una voz que jamás saldría de la máscara en presencia de nadie más—. ¿Te gustan? —
Bruce tomó la mano del bebé y la guio suavemente hacia el teclado. Con paciencia infinita, presionó una tecla para hacer aparecer en la pantalla la imagen de una constelación interactiva en 3D. Las estrellas digitales comenzaron a girar despacio, proyectando destellos azules y dorados sobre el rostro fascinado del niño.
Dick soltó una limpia carcajada, estirando los dos brazos hacia la pantalla intentando atrapar los puntos luminosos en el aire. Se impulsó sobre las piernas de Bruce, tambaleándose un poco antes de caer de trasero sobre el abdomen de su padre, riendo a carcajadas por el impacto.
Bruce no pudo evitar dejar escapar una risa genuina, baja y rasposa, pero cargada de una felicidad pura que rara vez experimentaba. Sostuvo al niño por la cintura, levantándolo un poco en el aire para hacerle cosquillas suaves en el estómago con la nariz.
—¡No, no, no! —chilló Dick entre risas estruendosas, pataleando de alegría mientras intentaba agarrar el cabello de Bruce con sus manitas.
—¿Te da risa? —jugó Bruce, dándole pequeños besos en las mejillas, en la barbilla y en la punta de la nariz hasta que el niño quedó sin aliento de tanto reír—. Eres un pajarito travieso, ¿lo sabías? —
El niño se abrazó con fuerza al cuello de su padre, escondiendo el rostro en el hueco de su hombro y respirando agitadamente con una sonrisa radiante. Bruce lo apretó contra su pecho con una devoción casi religiosa, sintiendo el latido rápido y sano del corazón de su hijo junto al suyo.
Alfred observaba la escena desde un costado con una sonrisa serena.
—Le sientan bien los momentos de alegría, Señor Bruce —comentó el mayordomo suavemente—. Hacía años que no lo escuchaba reír así. —
Bruce mantuvo los ojos fijos en la coronilla de su hijo, acariciándole el cabello con el dedo índice.
—Es el único momento del día en que siento que el mundo no está roto, Alfred. —
Se quedó en silencio unos segundos, escuchando el murmullo del agua que goteaba en las profundidades de la cueva y la respiración cada vez más pausada del pequeño en sus brazos. Finalmente, levantó la vista hacia el anciano.
—Está bien —cedió Bruce con un hilo de voz, suspirando con resignación—. Mañana habrá una reunión de guardia de rutina… hablaré con ellos. Pero bajo mis condiciones. —
—Soy todo oídos, señor Bruce. —
—Si aceptan, solo estaremos una hora en la Atalaya —estipuló Bruce con tono analítico—. Iré con el traje puesto, a Dick le pondré un antifaz. Nada de preguntas sobre la identidad del padre, nada de investigaciones. Y tú te quedarás en la mansión custodiando el perímetro. Si alguien intenta pasarse de listo o comienza a incomodarlo, nos regresamos de inmediato. ¿Queda claro? —
—Perfectamente claro, señor —asintió Alfred con una ligera reverencia—. Me encargaré de preparar el vestuario del pequeño maestro para la ocasión. Un atuendo digno de un joven caballero que visita las estrellas. —
Bruce volvió a mirar al niño en sus brazos, sintiendo cómo Dick pegaba el rostro a su pecho, durmiéndose plácidamente.
—Solo una hora, Alfred —repitió Bruce en voz baja—. Mañana hablaré con la Liga. —
Al día siguiente, exactamente veinticuatro horas antes de la celebración planeada, la Liga de la Justicia se encontraba reunida en la mesa de conferencias principal de la Atalaya terminando de revisar los reportes de seguridad global.
Batman estaba sentado en su habitual asiento junto a Diana y Kal, rígido, con los brazos cruzados sobre el pecho. Había permanecido en un silencio casi absoluto durante toda la sesión, pero cuando Superman estuvo a punto de dar por concluida la reunión, el Caballero de la Noche hablo.
—Atalaya, cancela el protocolo de cierre —ordenó Batman. Su voz modulada resonó en los altavoces, haciendo que todos los presentes —Kal, Diana, Barry, Hal, J'onn y Oliver— se detuvieran en seco y volvieran a sentarse.
—¿Sucede algo, Batman? —preguntó Wonder Woman, notando de inmediato la inusual postura del murciélago.
Batman tomó aire en silencio detrás de la capucha. La reticencia y la incomodidad eran tan palpables que hasta Barry dejó de mover la pierna impulsivamente. Bruce sentía que estaba a punto de cruzar una línea de la que no habría retorno, pero las palabras de Alfred resonaban en su cabeza.
—Mañana... —empezó Batman, haciendo una pausa helada que pareció durar una eternidad—. Mañana es el cumpleaños de mi hijo. —
Superman casi se puso de pie de la impresión, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa. La sala entera quedó en un silencio sepulcral.
—Sé que en el pasado han insistido en conocer su estado o en ofrecer ayuda —continuó Batman con una voz sumamente tensa e incómodo—. He decidido... considerar la posibilidad de traerlo a la Atalaya mañana por la tarde. Solo durante una hora. —
Nadie en la habitación respiró durante tres, cuatro, cinco segundos enteros. La sorpresa colectiva fue tan grande que Oliver Queen casi cae de su asiento.
—¿Hablas en serio, Batman? —preguntó Diana, y una sonrisa enorme, genuina y radiante comenzó a dibujarse en su rostro—. ¿De verdad quieres festejar su primer cumpleaños aquí con nosotros? —
—No es una fiesta —aclaró Batman de inmediato, alzando un dedo en tono de advertencia—. Es una visita breve. Bajo protocolos de seguridad estrictos. Traerá un antifaz para proteger su identidad y no habrá preguntas personales sobre su origen ni sobre su gestación. —
—¡Por todos los cielos, sí! —exclamó Barry con un entusiasmo desbordante, incapaz de contenerse—. ¡Claro que aceptamos! Amigo, es la mejor noticia que has dado en esta mesa. ¡Nosotros nos encargamos de todo! Decoración, pastel, regalos... —
—Nada exagerado, Flash —lo frenó Batman con frialdad—. Un pastel sencillo y la sala de reuniones secundaria. Eso es todo. —
—Será perfecto, Batman —intervino Superman, su rostro reflejaba un alivio y una alegría tan profundas que sus ojos azules brillaban con luz propia—. Nos honra muchísimo que compartas esto con nosotros. Te prometo que respetaremos cada una de tus condiciones. —
Batman sostuvo la mirada de Superman durante un segundo prolongado antes de asentir levemente.
—Estaremos aquí a las cinco. No se retrasen —sentenció el Caballero de la Noche.
Sin dar pie a más celebraciones o preguntas, se puso de pié y caminó hacia el tubo Zeta. La luz blanca del transportador lo envolvió en un destello, desintegrando su figura y enviándolo de regreso a las profundidades de la cueva.
Al pisar nuevamente el suelo de piedra de su guarida, Bruce se retiró la capucha, exhalando un suspiro cargado de resignación y nerviosismo. Alfred aguardaba al pie de la plataforma con una bandeja de té.
—Han aceptado la propuesta, Alfred —informó Bruce, caminando hacia las escaleras—. Mañana llevaré a Dick a la Atalaya. —
—Una decisión magnífica, Señor Bruce —sonrió el anciano con orgullo suave—. Me encargaré de dejar listo el atuendo del maestro Richard para mañana por la tarde. Será una ocasión memorable. —
Bruce subió a la residencia para reunirse con su hijo, sintiendo cómo el corazón le latía con una mezcla inevitable de temor y una extraña, pero reconfortante, expectación.
