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El sonido de la campanilla del ascensor no es algo inusual en las oficinas de Runway, pero la morena que cruza el umbral con el rostro enrojecido y echando chispas de furia lo es. Andy «pacifista» Sachs, es querida, solicitada y aclamada por el personal del edificio. No existe una sola planta donde no se hable con aprecio de esa morena amable y justa; desde el personal de mantenimiento hasta la estricta e inflexible directora ejecutiva.
Sin embargo, en este peculiar atardecer, los pocos becarios que quedan, los empleados e incluso el propio aire se escabullen de su presencia. Maldicen el minuto en que decidieron quedarse hasta tarde; pues ahora, ya no solo habita un dragón en el rascacielos.
—Qué no pase ni un alma —ordena Andy a Amari.
La más que competente asistente intenta decir algo, pero la mirada de Andy, esos ojos oscuros cargados de pura furia líquida, le cierran la mandíbula.
Es un milagro que la puerta de cristal de la oficina de Miranda no estalle en mil pedazos ante la energía con la que la abrió; aun así, el equipo de mantenimiento tendrá un buen desafío al intentar arrancar la cerradura de la pared.
Gélidas esferas azules se elevan, listas para devorar e incinerar al idiota que se atrevió a entrar en sus aposentos sin siquiera avisar. Sin embargo, ni una silaba logra escapar de la pálida garganta cuando Miranda descubre a escasos centímetros del escritorio, a una endemoniada morena.
—Déjennos. Ahora —exige Andy al resto de los presentes, sin apartar la vista de la desconcertada editora.
Emily, Nigel y Serena, que se encontraban inmersos en una reunión con la editora, abren simultáneamente el pico para indagar por la intrusión (Nigel), mandar al demonio (Emily) y preguntar (Serena); pero la voz de Miranda les quita la palabra.
—¿Acaso te has golpeado la cabeza contra el concreto, Andy? —sugiere Miranda, ignorando el rubor que empieza a teñir las mejillas de la castaña ante el apodo—. ¿Quién te crees que eres para...?
—Andrea. No. Andy —rectifica, rechinando le los dientes.
Miranda rueda los ojos, ante la interrupción y aclaración.
—Si buen…
—Sácalos, Miranda, o atente a las consecuencias.
El silencio se extiende por la habitación, volviéndose sofocante y abrasador en cuestión de segundos.
Los infortunados expectantes contemplan morbosamente el desafió de los dos dragones, llevando la tensión, ya creciente, a niveles inimaginables. Los tres centinelas intercambian miradas frenéticas con un solo pensamiento.
«Pendejo el que se quede»
Nigel se pone en pie de un salto, desconectando la tableta. Emily cierra el portátil mientras Serena apila los documentos de la presentación a velocidad acelerada; los tres actúan con esa coordinación y eficiencia que solo quienes llevan más de dos décadas a las órdenes del Diablo de Prada podrían llegar a dominar.
Si bien sus corazones chismosos anhelan ser estatuas para ver ese explosivo episodio, son aun muy jóvenes para morir en el fuego cruzado. Pues, no les cabe la menor duda de que estas dos mujeres van a destrozarse mutuamente o —¡por favor, por el amor de Prada!— a confesar ese amor eterno y así, sanar las heridas del pasado.
Había llegado el momento de afrontar o negar el amor, dolor e historia acumulada a lo largo de veinte largos años.
—Alto.
Al igual que los ratones de Pavarotti, los músculos se paralizan ante la orden.
—And…
Un carraspeo amenazante corta el maldito apodo no deseado.
—Andréa —Miranda se obliga a mantener la postura rígida, ignorando tanto el destello de luz que asoma en esos orbes como el latido frenético de su propio corazón al pronunciar ese nombre por primera vez en años—. No comprendo cuál es tu problema, y antes que te justifiques, debo recordarte que soy tu jefa.
La castaña suelta una carcajada tan cínica y sombría que incluso ella misma se sorprende. Al otro lado del umbral, a más de un espectador se le eriza el vello de la nuca. Jamás habrían imaginado que ese sonido apático pudiera salir de la garganta de Andy «Paciencia de monje» Sachs.
—No le veo la gracia, Andréa —protesta Miranda, con las fosas nasales dilatadas por la ira; si de verdad fuera un dragón, de ellas le saldrían chispas y humo negro.
«Qué arda trolla, corinto y Runway» Andy piensa, limpiándose las lagrimas, ajustándose la coleta.
—Yo tampoco, pero aquí estamos. Aunque permiteme aclarar un par de cosas, oh, gran jefa —Andy se acerca, cortando la distancia—. En primera, tú no eres mi jefa. Mi jefa es Lena Luthor-Danvers, la directora ejecutiva de Elias-Clarke. ¿Tú y yo? Somos colegas. Editora tu, editora yo. Estamos al mismo nivel.
—Andréa, tu...
—Chicos, ¿acaso existe alguna jerarquía antigua entre editores de la que yo no esté al tanto? —los tres abren la boca al tiempo que Andy levanta la mano.
Ni. Una. Palabra.
—En segunda, mi voz tiene el mismo peso que la tuya, te guste o no . Y en tercera —invada el espacio personal de Miranda hasta respirar el mismo aire—… Es patético que intentes reemplazarme con otra mujer que, en otra vida, podría haber sido mi gemela, si hubiera nacido en el sudeste asiático, claro.
Incomodo es un halago para describir la tensión asfixiante.
Nigel, Serena y Emily no saben si quedarse o saltar por la maldita ventana. Entre la tensión y la agresividad hormonal que emana de las editoras, será un milagro que sobrevivan con la cordura intacta.
Miranda suspira, cerrando los ojos.
«Si así lo quieres»
En segundos, la máscara implacable de La Priestly, esa que ha hecho llorar, arrodillarse y destrozar a más de un hombre, se despliega en toda su majestuosa crueldad.
—Oh, dulce, dulce Andréa —Miranda se levanta muy despacio, con un ronroneo en la voz—. ¿Crees que por poseer premios, honores y medallas estás exactamente a mi nivel? Qué... adorable —una pálida mano se alza, silenciando a la morena—. Y así como el azul cerúleo nunca te ha sentado bien, ni en tus habilidades editoriales ni en esas faldas tan espantosas que utilizabas, el verde te sienta aún peor, querida.
La curva de los labios rojizos le recuerda a Andy sus vergonzosos y nada elegantes comienzos. El silencio de Miranda, le recuerda, que sin su benevolencia, Andrea jamás se habría convertido en el cisne que es hoy.
«La puta madre, aquí vamos» Andy funde su corazón.
—Miranda, hablemos de hechos —replica Andy, avanzando hasta que sus botas casi rozan los negros tacones—. Agradezco la carta de recomendación que enviaste hace años, porque para que negarlo, me mostró el camino; pero ni tu dinero ni el prestigioso apellido Priestly podrán jamás arrebatarme el poder de mi voz. Ese poder que tú llamas adorable, ha hecho temblar a políticos, presidentes y a más de un heredero y, sin embargo, decidí deliberadamente no aniquilar el tuyo. Que, por cierto... ¿cómo han aumentado las cifras desde que asumí el control de la escritura editorial? ¿Cómo esta tu reputación? Mejor que bien, ¿verdad?
Miranda se limita a sonreír, mostrando los dientes como un depredador acorralado por un digno adversario.
—Y Priestly, al igual que esos colores no me sientan bien, es justo decir que hacerte la idiota senil tampoco.
Los tres centinelas, junto con los seis empleados afortunados y chismosos que merodean afuera de la acristalada oficina, jadean al unísono, incrédulos y atónitos. Ni siquiera Irv Ravitz, en sus ataques más despiadados, se atrevió a desafiar a Miranda de esa manera, y mucho menos a insultarla en su cara.
Andy ha firmado la sentencia de muerte.
—¿Me has llamado idiota? —la voz gélida de Miranda, acompañada de una ceja alzada, le dan escalofríos hasta Nigel. Solo dos personas han soportado semejante expresión, y comparten el mismo apellido que la Reina de Hielo.
—Si el Prada te queda, querida.
Ahora es Andy quien le dedica a la editora una sonrisa burlona. Si alguien tiene el conocimiento de dónde y cómo tocar los puntos más débiles de la mujer mayor, es ella; pero ama tanto a ese maldito Dragón que solo se atreve a rozar los más leves.
—¡¿Quién diablos te crees, Andréa?! —grita Miranda por primera vez en décadas—. Para entrar en mi oficina, a desafiar mi autoridad y a insultarme en mi propia cara. He sido indulgente contigo a pesar de nuestro pasado. Jamás te eché en cara ni te castigué por tu ingratitud tras lo de París. Y, sin embargo, todavía te atreves a...
—¡Me atrevo! —responde Andy, gritándole—. ¡Porque hace tres noches no tuviste inconveniente en correrte en mi boca como un animal en celo! Pero al día siguiente te encuentras con una copia barata mía y, todavía que me ignoras deliberadamente, tienes el descaro de coquetear con ella en mi puta cara. ¿Cómo te atreves a decirme que me amas y luego tratarme como si fuera un juguete de tus ex maridos?
Las cuencas y las mandíbulas de las tres estatuas no pueden abrirse más.Los orbes desorbitados van de un lado a otro como en un partido de tenis entre la bestia enfurecida y su Ama indomable.
—Andréa, agradecería que te abstuvieras de ser tan vulgar. Esta es una ciudad civilizada, no el pueblucho del que saliste —es incierto si las mejillas rojas de la editora es por la furia o la vergüenza—. Además, eso es una...
—¡No es una mentira! —brama Andy, dando un último paso hasta que sus pechos se tocan—. Igual que no fue mentira tu orgasmo cuando tenía la lengua adentro de tu vagina, ni el amor que has sentido por mí durante veinte años. Al fin y al cabo, lo dejaste más que claro cada vez que buscas mi reflejo en cada hombre con el que te revolcabas o te casabas.
—Carajo —susurra Emily, incapaz de contenerse.
Al instante, las manos de Nigel y Serena le asfixian la respiración. Ahora no es tiempo que se acuerden de ellos; sus corazones chismosos jamás les perdonarían que los dejaran fuera de semejante acontecimiento histórico.
Pero las dos editoras están absortas en sus propias galaxias atormentadas. Ninguna de las dos quiere ceder, y mucho menos dignarse a dar explicaciones o pedir perdón.
Andy ha sido tanto víctima como artífice en esta guerra silenciosa contra Miranda.
Durante años, aquel inquebrantable hilo rojo las había reunido en innumerables eventos. Sin embargo, ambas —obstinadas y testarudas— hicieron un pacto silencioso de no buscarse, temerosas de que, si lo hacían, perderían lo poco que quedaba de sus almas ante es devorador e hirviente amor.
Por décadas, la estrategia funcionó; para cuando Andy por fin se cansó de anhelar a la mujer mayor, ya era demasiado tarde. El amor de su vida estaba a solo unos días de casarse con el cuarto Señor Priestly, un hombre de cabello oscuro y penetrantes ojos marrones.
La periodista quisiera decir que era una coincidencia los rasgos que se asemejan con ella, pero seria una ofensa para su inteligencia y y un acto de hipocresía. Tampoco es casualidad que todas las mujeres y hombres con los que Andy se ha acostado a lo largo de estas décadas compartan orbes azules y el cabello blanco o pelirrojo.
—Tu cuerpo podrá convencerse a satisfacerse con imitaciones baratas mías, como hemos visto todos estos años, ¿pero esto de aquí? —gruñe Andy, mientras posa la palma sobre el corazón acelerado de Miranda. Sintiendo el pezón endurecerse— Ni hombres, ni mujeres y ni siquiera la eternidad misma podrán arrebatármelo jamás. Es mio.
Andy presiona la nuca de Miranda, estrellando sus labios en un beso hambriento de posesividad, furia y añoramiento de un amor que ni el tiempo pudo reducir, mucho menos extinguir. Su lengua domina la de Miranda, invadiendo cada rincón para que no quede ni una duda de su conquista.
Todo lo que es Miranda Priestly pertenece a Andy Sachs.
Miranda rehusándose ser pasiva ante el asalto, muerde los labios de Andy en retribución, gimiendo al saborear la sangre de la única persona que la ha roto y reconstruido a partes iguales. Sus uñas, se empalan en ese cuello, marcándola. Porque esa bestia es suya, y solo suya.
«Mi Andréa»
Andy saboreando el metálico en la lengua de Miranda, tira con posesividad las hebras blancas. Ambas se pierden en el sabor y calor de la otra; tanto que los tres centinelas incómodos y algo excitados, empiezan a inhalar ruidosamente (Serena), aclararse la garganta (Emily) y tosen como perro sin agua (Nigel).
—Dentro de unas horas, que estés en la gala y la lleves a tu habitación —no tiene ninguna duda que Miranda lo hará, pues, a fin de cuentas, esa mujer es su gemela asiática—, y la beses...
Los largos dedos de Andy se deslizan sin pudor por el interior de sus propios pantalones, acariciando su entrada y recogiendo su esencia, sin apartar los vengativos, posesivos e heridos orbes de los de Miranda. Sedosos el índice y medular, acarician aquellos labios entreabiertos, haciéndolos brillar.
—Dile que este sabor peculiar es la esencia de la única mujer que tu corazón ha amado jamás. Estarás condenada como yo lo estoy por ti, y así sera hasta el final de los tiempo Miranda Priestly. Tus manos me buscaran en cada cuerpo que toques, tu lengua anhelará mi esencia y no tendrás tregua alguna. Seré tu fantasma y sombra. Seré esa voz que te perseguirá, pues soy la idiota que se atrevió a amarte.
La Domadora da media vuelta, saliendo de la oficina con la cabeza en alto a pesar del brillo cristalino en sus ojos; ignorando a quienes la observan atónitos y sin aliento.
Miranda, en estado de conmoción y con la boca abierta de par en par, contempla cómo la silueta borrosa del amor de su vida se desvanece por el pasillo. Esta vez, no tendrá a nadie a quien culpar más que a su propia estupidez.
Nigel se retira los gafas, pasando el paño por el sudado cráneo. A su lado, Serena permanece con las mejillas rojas, parpadeando, intentando comprender estos momentos y Emily, viendo la silueta de su amiga, trata de regular su respiración; es un milagro que la pelirroja no se haya desmayado.
Amari entra en la habitación sonrojada hasta las orejas, rehusándose hacer contacto visual con ellos.
—Miranda, el carro espera.
La Editora, aún conmocionada, contempla con esperanza el espacio vacío entre los marcos de la puerta, aguardando a que su mujer neurótica —la única persona capaz de hacerle perder la cabeza, de desmoronarla y de recomponerla como ningún otro ser humano en la tierra lo ha hecho— atreviese por ese lumbral y le grite que la ame. Pero esto no es un fanfic ni una telenovela.
—Más te vale empezar a usar rodilleras a partir de ahora, Miranda —rompe el silencio Nigel.
—¿Disculpa? —azulados fulminan a Nigel, sacando a Miranda de la turbación, desafiándolo a hablar.
—¡Por el amor de Dios! —la británica aun pálida, grita harta—. Llevas veinte años amando a esa mujer, rogando a todas las deidades existentes que te permitan convertirla en tu esposa y en la madre de tus hijas. No te atrevas a insultar tu propia inteligencia ni la nuestra diciendo semejantes estupideces. Además, Miranda Priestly no es una cobarde. ¿O me equivoco?
—Emily —advierte Miranda, aunque, una parte muy en el fondo, está orgullosa. Su prodiga por fin tiene una espina de acero.
—¡No! Me rehusó a quedarme de brazos cruzados mientras tú y Andy desperdician más tiempo, porque sus tercos culos se niegan a admitir que se aman como los psicópatas aman la sangre fresca.
Antes de que Miranda pueda devorar a Emily, Serena se interpone en la línea de fuego para rescatar a su esposa y redirigir la conversación.
—Miranda, ¿Andy no es suficiente para ti?
—Serena... —la editora exclama sorprendida. De Nigel y Emily se lo espera, pero nunca de la reservada ex modelo.
—Hablo en serio. ¿Acaso ella no es suficiente?
—Lo es —susurra Miranda, mientras la armadura de La Priestly se agrieta aún más al bajar la vista hacia el escritorio—. Ella lo es todo, pero yo no soy suficiente...
—¡Cierra la boca! —grita Emily; la caja de pandora se ha abierto— Andy adora el suelo por donde camina tus Pradas. Te ha cuidado desde la distancia, protegiéndote de los buitres, e incluso ha sacrificado favores para evitar que esos imbéciles mancharan tu imagen y reputación. Nunca te abandonó, igual que nunca abandonó a las ge…
—¡Emily! —Nigel niega desesperado la cabeza. No deben cruzar esa línea.
—No, Nigel —dice la brasileña, acercándose a su esposa. Entrelaza sus dedos, alentándola—. Es momento que se entere.
Ahora la batalla se torna entre esos tres centinelas, luchando contra los juramentos y promesas contraídos hace décadas.
—Exijo que me lo digan.
Nigel, derrotado, baja la vista hacia la alfombra; ni a punta de pistola va a empezar hablar primero.
—Andy ha sido la segunda madre de las gemelas desde 2006, cuando sufrieron el accidente en España al cuidado de James con el carrito de golf —revela la británica. Ese peculiar verano terminó con Caroline descalabrada, Cassidy con el brazo izquierdo en cabestrillo, James con la nariz rota —cortesía del derechazo de Andy— y una castaña agotada al cuidar a los pequeños dragones.
—¿Qué? —Miranda desorbita los ojos, posando una mano en el corazón ante inimaginable verdad.
—¿Quién crees que cuidó de Caroline y Cassidy hasta que lograste llegar a España?
Miranda recuerda aquel fin de semana aun con claridad. Había estado aislada en una villa exclusiva en Italia, en una reunión (un retiro de spa) con Donatella y Valentino. Para cuando recibió la noticia, ya había pasado un día entero y, por si fuera poco, una tormenta tropical azotó el país, obligando a cerrar los aeropuertos internacionales. No logró llegar hasta tres días después.
—Nigel —susurra Miranda, mientras su rostro adquiere una palidez translúcida.
El susodicho niega, lleno de remordimiento; Andy y las gemelas los asesinaran. Les habían hecho jurar que la verdad nunca llegaría a oídos de Miranda; ni siquiera James, aterrorizado por Andy, se atrevió a contarle a Miranda lo que realmente había sucedido en el maldito carrito de golf.
Todos concordaron, incluido James después de muy educadamente pedirle (amenazarlo) qué, si no demandaba a Andy, ellos se abstendrían, en buena fe, de contarle al Dragón exactamente cómo todo el incidente había sido culpa suya.
Si este hubiera optado por usar la cabeza en lugar del palito —teniendo en cuenta que el muy idiota había estado ocupado coqueteando con una mujer de muy pocos años de diferencia de sus hijas, se le olvidó de apagar el motor— las gemelas nunca se habrían estrellado contra el muro de contención.
Tras varias discusiones a gritos y un derechazo de Andy, todos pactaron en decirle a Miranda que el carrito de golf había sufrido un fallo mecánico y que Nigel había intervenido para ocuparse de ellas porque, casualmente, estaba de vacaciones en la misma zona.
Pero la verdadera historia era mucho más compleja. Aprovechando el desfile de moda al que Miranda lo había enviado, Nigel se coordinó con Doug (ahora su marido) para tomar algo en el bar del hotel, ya que este también había viajado a la ciudad española para asistir a una convención. Cuando James llamó a Nigel desde la parte trasera de la ambulancia, él, Doug y Andy —quien, por un giro del destino, también se encontraba en España cubriendo una conferencia política— salieron volando al colorido hospital. Emily se enteró porque exigió que las gemelas recibieran la atención de los mejores médicos e instalaciones.
—Andy lo hizo —dice Emily, sin ocultar el peso de la promesa en la voz—. Las apoyó en sus estudios, graduaciones y citas, e incluso las sostuvo entre sus brazos durante horas cuando falleció Patricia. Andy ha sido, y es, una segunda madre para ellas. Ella siempre ha estado ahí.
Miranda se deja caer en la silla; la vista se le nubla. El saber que su alma gemela ha sido una figura materna para Caroline y Cassidy —pero nunca su esposa—, le provoca un deseo desesperado de arrancarse el cabello del arrepentimiento.
—Las Bobbseys nunca me lo dijeron —balbucea, perdiendo la batalla de retener las lagrimas.
—¿Cuando lo iban hacer Miranda? —dice Nigel, agotado. Guardar el secreto le ha costado el poco cabello que le quedaba—. Cada vez que las chicas intentaban hablar de la presencia de Andy en sus vidas, te cerrabas y desplegabas los cañones más eficiente que el Castillo de Chapultepec.
«Si tan solo hubiera buscado a Andrea hace años... si tan solo le hubiera dicho cuánto la amaba. Si tan solo...»
El Dragón, derrotado, solo logra ahogar un sollozo entrecortado.
—Las gemelas han esperado durante décadas, Miranda —explica Serena con compasión, mientras le tiende un pañuelo a la editora. Ella mejor que nadie ha saboreado lo amargo de las lagrimas de arrepentimiento y tiempo perdido. Por diez años vivió callada por ver "feliz" a la británica con su ex marido.
—Yo he amado a Andréa desde el primer día que la vi entrar en esta oficina con aquellas faldas espantosas —exhala la editora. La roca que la ha acompañado desde 2005 se ha desmoronado—. No ha pasado ni una sola mañana sin que piense en ella. Andréa es mi primer y mi último pensamiento y, que Dios me ayude, pero ella será la última señora Priestly.
—¡Por fin, joder! —grita Emily, alzando ambos brazos al aire como si celebrara un gol de la copa del mundo.
Serena aplaude y choca los cinco con Nigel, mientras Amari sonríe ampliamente y asiente con la cabeza. Al otro lado de la mampara, los seis empleados afortunados se abrazan en celebración.
Feliz dragón, feliz vida laboral.
Miranda exhala un suave suspiro mientras su lengua recorre sus labios. La esencia de Andrea le recuerda cómo la hizo correrse con tal intensidad que perdió el conocimiento. Los orgasmos habían sido un tema particular para ella; sin embargo, esa fiera la llevo directamente a las estrellas sin esfuerzo alguno, y en el primer intento.
«Solo su Andréa. La futura señora Priestly.»
Miranda preferiría mil veces posar para una portada con Anna antes que permitir que su esposa y madre de sus hijas, se le escape de nuevo. Los Bobbseys tendrán mucho que explicar y se llevarán la sorpresa de sus vidas cuando la vean besando a su madre el próximo domingo.
«La venganza será dulce,» piensa Miranda, mientras un brillo oscuro y divertido se asoma en su mirada.
La editora se pone de pie, tomando la bolsa y abrigo, tiene un solo objetivo: ir tras su posesiva Domadora y convertirla en su esposa. Pero, antes de que pueda dar un solo paso, se ve bloqueada por la fila de sus leales amigos.
—Muñeca, vas a necesitar algo más que un simple ramo de flores —advierte Nigel—. ¿Un suéter? —Miranda niega con la cabeza ante la sugerencia básica.
—¿Joyas hechas a medida? —propone Emily, sin pizca de convicción; Andy le arrojaría el collar de diamantes a Miranda, si esta intentara comprar su perdón.
—Cariño, Andy no querrá eso —razona Serena—. ¿Un libro antiguo de primera edición?
—No —sentencia Miranda.
Las cuatro fruncen el ceño al unísono, pensando en la naturaleza única de quien es su amiga y amante.
—¿Tu... cuerpo? —susurra Amari dentro del círculo cerrado, mostrándose avergonzada pero segura de sí misma. En el poco tiempo que lleva trabajando junto a Andy, Amari ha comprendido que, para la periodista, no existe mejor prueba de amor que entregarse a la persona amada.
Cuatro pares de ojos se vuelven rápidamente hacia la joven asistente; ya no la miran como una subordinada más, sino una aliada.
—Excelente, Amari. Te ascenderé a primera hora del lunes —dice Miranda. La mujer aludida abre y cierra la boca, atónita y sin saber qué decir. Por suerte para ella, Miranda le tiende un salvavidas.
—Amari, cancela mi agenda para lo que queda de día y también para mañana. Coordínate con la asistente de Andréa para que haga lo mismo. Luego, envía un correo electrónico a los empleados de Runway, nadie trabajará hasta el martes. Se merecen unas pequeñas vacaciones. Aquellos que presenciaron nuestra reunión —señala con un dedo de manicura la pared de cristal— firmarán un acuerdo de confidencialidad que mi equipo legal les enviará en breve. Y en cuanto a ustedes tres...
Los tres veteranos se cuadran, como soldados curtidos ante el general.
—Esta noche asistirán a la gala anual en mi lugar —ordena Miranda, con un tono de voz que adquiere un matiz poco habitual de aprecio—. Muy pronto llegará el día en que decida ceder mi imperio, y no habrá mejores manos, ni más capaces, para recibirlo que las suyas. Nunca antes se lo había dicho en voz alta a ninguno de ustedes, pero valoro profundamente su apoyo constante e inquebrantable a lo largo de estas dos décadas, tanto hacia mí como hacia mi familia. No me fallen.
—Sí, Miranda —afirman al unísono; sus voces resuenan en las paredes como si estuvieran afirmando un juramento de guerra. Nunca, ni en sus sueño más locos, habrían imaginado que llegaría este momento de reconocimiento.
—Bien —la editora se coloca su característicos lentes, restandole importancia—. Ahora, voy por mi domadora.
—Buena suerte, muñeca.
—Rompete una pierna, querida.
—Que Prada te ayude.
Miranda camina decidida a la salida, dispuesta a recuperar su galaxia.
«Donde estarás cariño?¿Cariño?… Si, mía. ¿Estará en su departamento? ¿En esa cafetería a la que tanto le gusta ir? O tal vez esté…» la notificación del teléfono interrumpe el monólogo interno.
«Más les vale que sea de vida o muerte… oh»
Miranda, Andy está en el carro. He fingido que se ha averiado. Es ahora o nunca - Roy.
Miranda esboza una media sonrisa, suspirando aliviada. Roy ya debería haberse jubilado; se lo ha más que ganado, pero ese robusto hombre prefirió esperar hasta que la propia editora dejara el trono.
Gracias mi fiel amigo - escribe Miranda.
La editora entra al elevador, oprimiendo el botón del subterráneo uno; lo único bueno que hizo Irv durante su lamentable gestión fue instalar varios niveles subterráneos como estacionamiento. Le mandará a la cárcel una carta con el dulce favorito del hombre —conejitos de chocolate— en señal de agradecimiento, aunque el muy idiota nunca se enterará que, gracias a su idea, Roy prácticamente secuestró a Andrea a plena luz del día sin que ella siquiera se diera cuenta.
Otra notificación le hace bajar la mirada del lento descendimiento.
Mamá, si lo jodes con Mami nos raparemos la cabeza y nos convertiremos en modelos de Vogue - Cassidy.
Quisiera decir que esta sorprendida pero con lo que se ha enterado en los últimos minutos, es muy seguro que alguno de esos tres bocones les informaron de las nuevas noticias. No los culpa, aunque si les prometieron guardar el secreto, Caroline y Cassidy los mayugaran un poco.
«Oh, bueno», piensa Miranda con satisfacción. Sin que ella lo haga habrá retribución y quien mejor que sus ya no tan pequeño, pero letales dragones.
Recuerda Mamá, Mami también es nuestra. No nos decepciones. Haz que nos sintamos orgullosas de ser Priestly-Sachs - Caroline.
La suave risa de Miranda resuena contra las paredes metálicas. Solo un Priestly posee la audacia de ofrecer una bendición y, al mismo tiempo, lanzar una amenaza.
Lo prometo, Bobbseys, escribe Miranda; y por que es Miranda Priestly, añade: Están castigada. Hablaremos de ello el domingo. Su madre y yo las esperamos.
Sí, mamita.
Ambas mujeres, de veintisiete años, responden al unísono,volviendo a comportarse como niñas de siete años sorprendidas con las manos en la masa. Caroline y Cassidy solo emplean ese término específico e inocente cuando intentan librarse de un verdadero aprieto.
Miranda guarda el teléfono y sale del ascensor. Al otro lado del garaje, Roy cruza la mirada con ella y se aleja, dejando el cofre del coche abierto. El hombre adopta una postura defensiva junto a las columnas, como un guardaespaldas que vigila la escena. Sobre su cadáver interrumpirán la —¡por fin!— reconciliación entre su jefa y el amor de su vida; se muere de ganas de llegar a casa y contarle a Margarita, su esposa, hasta el último detalle de esta jugosa telenovela.
«Una última oportunidad» Miranda respira hondo.
Abre la puerta.
—…¡pérdida de memoria y un mierda! ¿Quién coño se cree que es? —Andy despotrica furiosa para sí misma en el oscuro asiento trasero— Oh, Andy (¡qué asco!)... es mentira. Ja. Ja. Ja. Sus espasmos sobre mis dedos y éxtasis no fueron producto de mi puta imaginación. Esa desgraciada manipuladora..."
—Andréa Priestly.
Andy pega un salto, golpeándose la mollera contra el techo del carro.
—¡Maldita sea, Miranda! —grita espantada— ¿De dónde coño has...? Espera. ¿Me acabas de llamar Priestly?
—Sí, cariño —dice Miranda, cerrando la puerta del coche—. Desde este preciso instante, eres Andréa Priestly-Sachs. No serás, aun mi esposa ante la ley, pero en espíritu lo has sido durante veinte años, al igual que has sido la madre de nuestras hijas.
«Hasta loca de amor» Miranda piensa divertida, porque al escuchar esos incomprensibles ruidos de la boca abierta de Andrea, le parecen tiernos y lindos.
—¡Esos ratas boca flojas! —ruge Andy, al procesar las palabras.
Ardiendole la vista de la furia, se lanza a agarrar la manija de la puerta. No se necesita ser un genio para saber que irá a cortar cabezas.
—¡Me lo prometieron, los cabrones! Verás cómo les daré una pata a Nigel y Emily justo en el cu…
—Te amo Andréa.
La castaña se paraliza, la ira se esfuma al pestañear.
—Si existen las almas gemelas, tú eres la mía —confiesa Miranda, invadiendo su espacio personal—. Te amo más de lo que creí posible. Miriam Princhek jamás recibió ni una pizca de amor incondicional; por ello, Miranda Priestly nunca creyó realmente que algo así pudiera existir para ella, hasta que llegaste tú. Eres caótica, exigente, amable y esos ojos tuyos son mi perdición y mi salvación, pues me dominan de una manera que nunca he permitido a ningún otro ser humano, incluidas nuestras hijas.
La editora se sienta a horcajadas sobre el regazo de Andy, acariciando los pómulos marcados hasta que la furia líquida desaparece por completo de sus orbes, devolviéndolas a su habitual y brillante tono ámbar.
—Gracias, amor mío.
—¿Por qué? —susurra Andy.
—Porque gracias a tu presencia en sus vidas, Caroline y Cassidy crecieron siendo directas, pero excepcionalmente compasivas. Mimadas, pero justas. Traviesas, pero con los pies en la tierra —explica Miranda, con una sonrisa suave y los ojos empañados—. Nunca entendí cómo desarrollaron esos rasgos, cuando ni James ni yo los tenemos. Pero ahora comprendo que se parecen a su mamá. No te imaginas lo agradecida que estoy que nuestras hijas compartan parte de tu personalidad. Mitad tú, mitad yo. El código perfecto.
Andy solloza, abrumada; jamás imaginó este momento. Había pensado que se llevaría este secreto a la tumba, por miedo a que Miranda le arrebatara a las gemelas.
No es que ame a las gemelas solo por ser fruto del amor de su vida; tanto Cassidy como Caroline son brillantes, divertidas y muy cariñosas una vez que logras traspasar sus fortalezas de hielo. Andy nunca pensó que tendría hijos propios, pero aquel par de torbellino caótico, se instalaron en lo más profundo de su alma, y así como ella las adoptó, las gemelas lo hicieron también.
La convirtieron en una mejor persona, una mujer más fuerte y, día tras día, en una madre.
—Las amo porque son mías, Miranda —confiesa Andy entre lágrimas cálidas, aferrándose a la cintura de Miranda—. Daría la vida por ellas sin pensármelo dos veces.
Miranda asiente, tragándose el nudo que tiene en la garganta.
—Son nuestros, Andréa. Eres la pieza vital que faltaba, la que siempre se necesitó para completar el rompecabezas de nuestra familia. Mi mujer imposible.
Miranda se inclina y la besa, sellando sus votos contra los labios de Andy.
«Todo o nada, Priestly.»
—¿Cásate conmigo, Andréa? —Andy jadea contra sus labios—. Te juro por Dios que, no habrá un solo día en que no te diga cuánto te amo. No habrá una sola noche en que no te haga sudar y gemir bajo mi cuerpo. Y no habrá un atardecer en que mi alma no agradezca a los dioses nuestro amor. Por favor, cásate conmigo, cariño.
Miranda ahogó el sollozo de Andrea contra sus labios, sellando el destino.
—Sí —susurró Andy en el cálido y apretado espacio entre sus bocas.
—¿Sí? —preguntó Miranda, entre una serie de besos rápidos y apasionados.
Asiente la morena, sonriendo.
—Seré Andréa Priestly-Sachs, hasta que la muerte nos separe —Incapaz de contenerse, Andy saca la lengua, lamiendo los delicados labios de Miranda, gimiendo al saborear su propia esencia.
El babeen de caderas inicia, perdiéndose entre el deseo, la euforia y el placer. Solo el sonido de los neumáticos y la presencia de Roy cerca de los pilares, con el rostro rojo como un tomate, les impide consumar su unión.
—¿Mi amor?
—Si. ¿Mi cariño?
—¡Claro que si!
Ríen, tratando de besarse, pero sus amplias sonrisas impiden que sus labios se unan por completo. Andy se aparta y baja la ventanilla.
—Llévanos a casa ahora mismo, Roy. Y si logras hacerlo en menos de quince minutos, te conseguiré el autógrafo de Meryl Streep para tu esposa —ordena Andy con una sonrisa pícara.
El hombre, que ya no es ningún jovencito, aparece junto a la puerta trasera a la velocidad del rayo.
—¡Enseguida, señora Priestly!
Los ojos de Andy brillan de orgullo.
Roy entusiasmado cierra el cofre de un golpe y, sin que nadie se lo pida, sube la mampara de privacidad. No quiere ver más de lo que ya ha visto, y necesita llevarlas a casa antes de que cojan como conejos en el asiento trasero.
Misión cumplida. Mirandy End Game Roy escribe al grupo de los centinelas y los mini dragones mientras pisa a fondo el acelerador.
¡Si, carajo! - Cassidy replica.
¡Solo tuvieron que pasar 84 años! - Caroline añade.
Más les vale que la boda sea en invierno. No quiero sudar mucho para las fotos - Emily continua
¡Meu Deus! (Mi Dios) A bailar zamba - Serena textea
Le hablare a Donatella y Valentino. Ha llegado la hora de sacar esos dos diseños exclusivos - Nigel termina triunfante.
Miranda hunde el rostro en la curva del cuello de Andy.
—¿Para siempre, mi Andréa?
—Más allá de la eternidad, mi dragón —promete Andy, estrechándola contra sí.
El elegante automóvil sale del aparcamiento subterráneo, incorporándose a la avenida, hacia la residencia de los Priestly.
El amor es la chispa, pero el afecto, los mimos, la atención y la pasión son lo que lo nutre, lo hace crecer y perdurar a través de los años. Perdieron veinte años, pero un amor como el suyo no termina en una sola vida, porque las almas gemelas trascienden el tiempo, la historia y galaxias enteras.
No permitas que tus inseguridades y prejuicios te alejen de tu destino.
Recuerda: el mañana no está garantizado.
Buena suerte.
