Work Text:
Massage
El cuerpo de Chris esperó hasta que la puerta de la habitación se cerró a su espalda para empezar a pasarle factura.
Dejó caer la bolsa junto al armario y permaneció inmóvil unos segundos, todavía con una mano sobre el picaporte. Le dolían los hombros, la espalda y algunos músculos que no recordaba haber utilizado durante la operación. Inspirar profundamente tiraba de algo bajo sus costillas, aunque estaba casi seguro de que no tenía ninguna rota.
Casi.
Contempló las dos camas individuales que ocupaban la mayor parte de la habitación. Sobre una de ellas habían dejado una tarjeta con el nombre del agente que la compartiría con él: uno de los operativos asignados temporalmente a su equipo. En aquel momento estaba en el centro de mando, terminando el informe preliminar, pero regresaría en un par de horas.
La BSAA había conseguido alojamiento para todos con tan poca antelación que Chris ni siquiera podía quejarse de que los hubieran distribuido de dos en dos.
Podía, pero no serviría de nada.
Se sentó en el borde de su cama y se arrepintió de inmediato. Una punzada ascendió desde la base de la espalda hasta el hombro derecho.
—Joder.
Chris sacó el teléfono del bolsillo. No sin dificultad al notar cómo otros músculos que pensaba que estaban ilesos se quejaron también.
Tenía varios mensajes relacionados con la operación, dos llamadas perdidas de la central y una conversación que no tenía ninguna relación con el trabajo abierta desde la noche anterior.
NUEVA YORK HASTA EL JUEVES.
Eso era todo lo que Leon le había enviado.
Habían empezado a hacerlo después de aquel fin de semana con Claire y Sherry: anunciar ciudades y márgenes de tiempo sin acompañarlos de una invitación. Chicago hasta el martes. Múnich, solo una noche. Washington durante unos días.
Información práctica, como si cualquiera de los dos necesitara saber dónde estaba el otro.
Como si no significara nada que Chris recordara perfectamente que hoy era jueves.
Escribió antes de encontrar una razón para no hacerlo.
Chris: ¿Sigues en Nueva York?
La respuesta llegó cuando todavía tenía el teléfono entre las manos.
Leon: DEPENDE. ¿QUIÉN PREGUNTA?
Chris resopló.
C: He llegado hace una hora.
Los tres puntos aparecieron casi de inmediato.
L: Eso explica el repentino ascenso de la temperatura ;)
Chris estaba escribiendo una respuesta cuando el teléfono comenzó a sonar.
—Kennedy.
—Redfield. —La voz de Leon llegó acompañada por ruido de tráfico—. Tienes peor voz de lo habitual. Sonó más a un bufido burlón que a una declaración.
—Gracias.
—De nada. ¿Dónde estás?
—La BSAA nos ha conseguido alojamiento en ese hotel tan elegante de hace dos años, después de la misión Turkey.
Hubo una breve pausa.
—Estoy a quince minutos.
Aquello produjo una satisfacción pequeña y absurda que Chris decidió atribuir a no tener que pasar la tarde encerrado con hielo sobre el hombro.
—¿Has comido?
—Un café en el aeropuerto.
—Eso no es comer —espetó con una sonrisa.
—Tenía leche… creo…
—Acabas de rebajar aún más mis expectativas.
Chris sonrió y se dejó caer hacia atrás. Lo hizo con demasiado entusiasmo y tuvo que contener el aire cuando su espalda chocó contra el colchón.
Al otro lado de la línea se hizo el silencio.
—¿Qué ha sido eso? — Había más preocupación que humor en la pregunta.
—Nada.
—Pues «nada» suena como si acabaran de romperle todos los huesos del cuerpo.
—Me he tumbado.
—Tienes treinta y seis años, Chris. Tumbarte no debería sonar como si un Tyrant te hubiera lanzado contra un muro.
—No me ha lanzado ningún Tyrant.
—¿Seguro? Yo hago ese mismo ruido cuando uno me estampa. ¿Qué te ha pasado?
Chris observó el techo. También le dolía el cuello.
—La extracción se complicó.
—¿Cuánto?
—Nueve plantas.
—¿Corriendo?
—La mayor parte.
Otra pausa.
—¿Cargando con alguien?
Chris no respondió. Ese maldito lo conocía bien, maldita sea.
—Por supuesto que cargabas con alguien —murmuró Leon—. ¿Podía caminar?
—Después pudo.
Leon soltó una risa breve, más resignada que divertida.
—Eres un completo idiota.
—Un idiota efectivo.
—Por eso trabajo solo. ¿Puedes mover el cuello?
Chris lo giró hacia la izquierda. Molesto, pero posible. Hacia la derecha llegó hasta la mitad antes de que el trapecio protestara.
—Sí.
—¿En ambas direcciones?
—No veo qué relación tiene eso con cenar.
—Ah, ¿me estás invitando a cenar? —Chris pudo oír la sonrisa pícara que acompañaba la pregunta.
Un desliz. No había negado que cenar juntos fuera una posibilidad, pero Leon siempre encontraba la forma de desviarlo y obligarlo a reconducir la conversación a dónde le interesaba. Ciertamente, no sabia qué técnica usaba, pero le funcionaba siempre. Entrenamiento de agente especial suponia.
—Pensaba que podríamos vernos, sí.
Pronunciarlo fue más extraño de lo que debería. Antes nunca había tenido que decirlo. Coincidían después de una misión, compartían una copa, una habitación o una noche. Siempre existía alguna circunstancia previa que los colocaba en el mismo lugar.
Ahora Chris lo había llamado únicamente porque sabía que Leon estaba cerca.
—Podríamos —contestó Leon. No hubo ninguna broma. Su voz sonó más suave durante apenas un instante antes de recuperar el tono habitual—. Pero me recogen a las nueve para llevarme al aeropuerto.
—Tenemos algo más de tres horas. —Chris miró el reloj de la mesilla—. ¿Sigues en el hotel?
—He dejado la habitación esta mañana. Mi equipaje está en recepción.
Chris dirigió la mirada hacia la segunda cama y la tarjeta que descansaba sobre ella.
—La mía es compartida. Me han asignado a uno de los operativos de refuerzo.
—La BSAA sí que sabe apretar el presupuesto. Eres uno de los fundadores y ni siquiera pueden darte una habitación para ti solo. Con buen champú… bien abastecida de condones…
—Volverá dentro de una media hora —lo interrumpió Chris antes de que Leon pudiera llevar la provocación más lejos.
—Entonces supongo que tendremos que comportarnos como dos adultos respetables.
Chris no estaba seguro de cuándo habían descartado exactamente aquella posibilidad.
—Cena, entonces, y nos ponemos al día —insistió, pero no podía negar que estaba algo de bajona—. Podríamos ir cerca de aquí.
—Chris, no vas a poder permanecer sentado durante una hora en un restaurante.
—Puedo sentarme perfectamente, imbécil.
—Acabas de gemir al tumbarte.
—No he gemido.
—Tengo una memoria excelente para esa clase de sonidos.
Chris guardó silencio. La sonrisa de Leon resultaba perfectamente audible a través del teléfono.
—Espera —dijo de pronto—. Esta mañana he pasado junto a un centro de masaje balinés. Está cerca de tu zona.
—No.
—Ni siquiera sabes qué iba a proponer.
—Un masaje.
—Tienen tratamientos descontracturantes. Con aceites, estiramientos y todas esas cosas. Llevo un tiempo queriendo probar uno.
—¿Desde cuándo?
—Desde que has gruñido dentro de mi oído y he descubierto que no puedes girar la cabeza.
Chris intentó incorporarse. Su espalda volvió a protestar y tuvo que hacerlo apoyándose sobre un codo.
—No necesito que me den un masaje.
—Claro que no. Ya me estoy imaginando cómo mañana tu compañero de habitación tendrá que ayudarte a levantarte. Puede que incluso te vea empalmado y termine ayudándote también con eso.
La broma molestó a Chris mucho más de lo que debería.
Llevaba más de un año y medio sin acostarse con nadie que no fuera Leon. Pero claro, él no lo sabía. Y Chris no tenía ningún derecho a sentirse ofendido porque hubiera asumido lo contrario.
—Una hora de masaje —continuó Leon, aparentemente ajeno a sus pensamientos—. Después cenamos y todavía llegaré a tiempo al aeropuerto.
—Leon…
—A menos que te dé miedo. Quizá creas que una masajista de metro y medio puede contigo y va a terminar de destrozarte.
Chris entrecerró los ojos.
—Mándame la dirección.
La carcajada de Leon llegó clara a través de la línea. Ay… las mariposas…
—Qué predecible eres, Capi.
El establecimiento estaba impecablemente limpio y ordenado.
Chris se detuvo unos pasos después de cruzar la entrada. Leon se dirigió a la recepción para decir que habían llegado.
La madera oscura, las paredes claras y la iluminación cálida conseguían amortiguar incluso el ruido del tráfico que acababan de dejar atrás. Junto a la recepción había un pequeño jardín de arena blanca rastrillada. Dos banquetas bajas, colocadas sobre una tarima, permitían a los clientes cambiar sus zapatos por las pantuflas dispuestas en una hilera perfectamente alineada.
Todo parecía diseñado para transmitir serenidad.
Chris empezaba a preguntarse si aquello tendría alguna posibilidad de funcionar con él cuando la voz de Leon lo arrancó de sus pensamientos.
—¿Cómo dice? ¿Una sesión para parejas?
La palabra consiguió que Chris volviera la cabeza demasiado deprisa. Su cuello respondió con una punzada.
—Le pido disculpas, señor —explicó la recepcionista—. Al solicitar dos masajes, la compañera que atendió su reserva asumió que se realizarían juntos, en la misma sala.
La mujer alternó la mirada entre Leon y Chris, quizá tratando de averiguar si el error resultaba tan grave como la expresión de Leon sugería.
En circunstancias normales, Leon ya habría exigido que corrigieran la reserva o le devolvieran el dinero antes de que ella terminara de disculparse. Chris lo había visto enfrentarse a empleados de hotel por mucho menos.
Sin embargo, esta vez se limitó a inclinar ligeramente la cabeza. Una de las comisuras de su boca amenazó con levantarse antes de que consiguiera contenerla.
—¿No pueden dividirnos en dos salas?
La pregunta sonó razonablemente neutra. Incluso desinteresada.
Chris lo conocía demasiado bien para creérselo.
—Lo lamentamos, señor. A estas horas, todas las salas están asignadas y no podemos modificar el tratamiento. Como compensación, podemos ofrecerles una botella de champán de cortesía al finalizar la sesión.
Leon miró a Chris.
Chris hizo ademán de encogerse de hombros y se arrepintió antes de completar el movimiento. El derecho apenas se elevó unos centímetros antes de que una punzada le recorriera la espalda. Disimuló la mueca frunciendo los labios en un pequeño puchero y terminó por asentir.
Ya que estaban allí, parecía una oportunidad tan buena como cualquier otra.
Y necesitaba aquel masaje mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
—Aceptamos —respondió Leon—. Gracias.
La recepcionista sonrió, visiblemente aliviada.
—Perfecto. Pueden dejar aquí su calzado. Una de nuestras compañeras vendrá enseguida para acompañarlos a la sala. Mientras esperan, ahí está el servicio por si necesitan ir antes de su tratamiento.
Chris se sentó en una de las banquetas y comenzó a desatarse las botas con bastante menos dignidad de la que le habría gustado. Leon ocupó el asiento contiguo y escogió un par de pantuflas.
Solo entonces Chris reparó en que ninguno de los dos había corregido a la mujer.
No somos pareja.
La aclaración habría sido sencilla. Incluso pertinente.
Pero la recepcionista ya se había alejado y Leon estaba demasiado ocupado tratando de ocultar su satisfacción con el error de la reserva.
Chris decidió dejarlo pasar y aprovechó para ir al baño.
Entraron en la sala siguiendo a una de las masajistas.
Era una estancia cuadrada, tan limpia y ordenada como el resto del establecimiento. En uno de los rincones había una amplia ducha rectangular, separada de la sala únicamente por un panel de cristal esmerilado. Junto a ella, un aparador bajo sostenía varias hileras de aceites, frascos y toallas blancas perfectamente dobladas.
Las dos camillas estaban dispuestas en forma de ele, cada una junto a una pared perpendicular. Sobre ellas habían dejado una toalla y un pequeño envoltorio de plástico transparente.
—Por favor, desvístanse y pónganse la ropa interior desechable que encontrarán sobre sus respectivas camillas. Pueden guardar la ropa en ese mueble y dejar sus efectos personales en la cesta: relojes, pendientes, collares… —La mujer señaló la puerta—. Después, pónganse cómodos boca abajo. Volveremos dentro de unos minutos para empezar.
Esperaron hasta que sus pasos se perdieron por el pasillo antes de mirarse.
Por fortuna —o por cobardía—, ninguno hizo ningún comentario sobre la sesión para parejas.
Leon se volvió hacia su camilla y comenzó a desabrocharse la camisa. Debería haberse concentrado en su propia ropa, pero no pudo evitar observar de reojo cómo Chris se quitaba la camiseta.
Por Dios.
No importaba cuántas veces lo hubiera visto desnudo. Nunca conseguía acostumbrarse a la visión de Redfield sin camiseta. El ancho pecho cubierto de vello oscuro, los músculos del abdomen, las placas identificativas descansando entre sus pectorales…
Aquello siempre lo ponía malo.
Chris empezaba a desabrocharse los pantalones cuando reparó en el envoltorio que habían dejado sobre su camilla. Lo abrió y extrajo su contenido.
—¿Pero qué cojones…?
Leon se volvió por completo para ver qué le pasaba.
Chris sostenía entre ambas manos un minúsculo triángulo de tejido blanco sujeto por tres tiras elásticas. Lo estiró, tratando de descifrar su estructura. El tejido no tejido de polipropileno era tan fino que parecía más el envoltorio de una prenda que la prenda en sí.
Leon no consiguió reprimir la carcajada que le explotó en la garganta. —Dios mío. ¿Qué es eso?
—La ropa interior desechable, por lo visto.
—¿Dónde se supone que debemos meternos eso? ¿Qué sentido tiene? - Leon veía ridícula la proporción de prenda con el tamaño de Chris.
—Supongo que evita que puedan decir que nos han dejado completamente desnudos. — Chris hizo girar la diminuta prenda entre los dedos. —¿Cuál es la parte de delante?
—Yo apostaría por la que tiene tela.
—Las dos tienen tela.
—Entonces tendrás que elegir sabiamente.
Chris le lanzó una mirada cargada de hostilidad y terminó de quitarse los pantalones. Leon tuvo la sensatez de apartar la vista durante unos segundos.
Solo unos segundos.
Cuando volvió a mirar, Chris estaba intentando introducir una pierna por uno de los huecos. Se detuvo, examinó el resultado y volvió a quitárselo.
—Creo que la parte estrecha va detrás —sugirió Leon.
—No te he pedido ayuda.
—Lo sé. Estoy disfrutando demasiado con ello; no me escondo.
Tras varios intentos y una cantidad sorprendente de concentración, Chris consiguió ponerse la minúscula prenda.
Leon había esperado que resultara gracioso.
En cierto modo, lo era. Aquel tanga de polipropileno parecía diseñado para alguien con la mitad de su tamaño. La tela apenas conseguía cubrirle el pene, y sus testículos tensaban el borde inferior como si en cualquier momento fueran a vencer la resistencia del tejido.
Pero Leon no se estaba riendo.
Chris Redfield estaba prácticamente desnudo delante de él, cubierto únicamente por un ridículo triángulo de tela blanca. Su ancho pecho seguía atravesado por el brillo de las placas identificativas. El vello oscuro descendía desde sus pectorales hasta el ombligo y continuaba en una línea cada vez más densa hasta desaparecer bajo la precaria pieza.
Sí, Leon había visto a Chris completamente desnudo muchas veces. Pero no así.
El diminuto tanga no ocultaba su cuerpo: lo enmarcaba. Llamaba la atención sobre todo aquello que apenas conseguía cubrir.
Chris tiró de uno de los elásticos, tratando de colocarlo correctamente.
—¿Esto va así?
Antes de que Leon pudiera responder, empezó a darse la vuelta para mostrarle la parte trasera.
Era un puto tanga.
La fina tira blanca desaparecía entre sus poderosas y redondas nalgas, expuestas al final de su ancha espalda. Chris giró un poco más, ofreciéndole una visión todavía mejor mientras trataba de examinarse por encima del hombro.
Leon dejó de respirar.
—¿Leon?
—Sí. —Tuvo que aclararse la garganta—. Creo que va así.
Chris terminó de volverse y lo sorprendió mirando. Sus ojos descendieron lentamente hacia la camilla de Leon, donde todavía descansaba su propio envoltorio.
Una sonrisa peligrosa comenzó a formarse en sus labios.
—Tu turno.
Leon contempló el minúsculo tanga que lo esperaba sobre la toalla.
Empezaba a sospechar que aquella actividad no había sido la decisión más inteligente de su vida.
Y las masajistas ni siquiera habían regresado todavía.
Leon conservó la templanza suficiente para terminar de desvestirse y tomar el dichoso trozo de tela entre las manos.
Después de examinarlo durante unos segundos, consiguió distinguir la parte delantera de la trasera y empezó a colocárselo. Necesitó menos intentos que Chris, aunque eso no hizo que el resultado fuera mucho más digno.
Una vez puesto, se volvió hacia su acompañante, levantó una ceja y abrió los brazos para exhibirse.
Esperaba alguna reacción por parte de Chris.
Cuál, exactamente, no lo sabía. Una carcajada, algún comentario indecente o, como mínimo, una mirada que le confirmara que no era el único afectado por lo absurdo de la situación.
Chris lo recorrió de arriba abajo. Una lenta sonrisa apareció en su rostro.
—Mierda. Nos vemos ridículos.
Y, sin más, se volvió y comenzó a subirse a su camilla.
Maldito hijo de puta.
Al parecer, el único afectado era Leon. Y si verlo con aquel tanga ya lo había desconcertado, contemplarlo encaramándose a la camilla, con el culo completamente expuesto mientras se acomodaba boca abajo, consiguió ponerlo todavía peor.
—Hay que joderse… Yo que venía a relajarme —murmuró mientras se subía a su propia camilla.
Las dos masajistas entraron justo en ese momento.
La mujer que los había acompañado a la sala parecía algo mayor que su compañera. Ambas llevaban uniformes oscuros, el cabello recogido y la misma expresión discretamente profesional.
—Buenas tardes, señores. Tenemos anotado que uno de ustedes recibirá el masaje descontracturante.
—¡Aquí! —respondió Chris sin levantar la cabeza, alzando un brazo desde la camilla.
La mujer mayor se aproximó a él.
—Muy bien. Entonces, imagino que el masaje relajante es para usted.
—Así es, señora —respondió Leon.
La excesiva formalidad de su propia voz consiguió que la joven masajista levantara ligeramente una ceja.
—Perfecto. Empecemos.
Ambas desplegaron las toallas y cubrieron la parte inferior de sus cuerpos. Leon agradeció la intervención: al menos, durante la siguiente hora no tendría que mirar directamente el tanga de Chris.
El sonido líquido del aceite al caer sobre unas manos fue seguido por un suave roce. La joven comenzó a extenderlo sobre la espalda de Leon con movimientos largos y firmes, desde la base de la columna hasta los hombros.
No estaba mal.
De hecho, probablemente habría resultado agradable si, desde la otra camilla, no hubiera llegado un gemido grave y prolongado.
Leon abrió los ojos.
La mujer mayor acababa de apoyar ambas manos sobre la parte alta de la espalda de Chris. Presionaba con los pulgares a ambos lados de su columna.
—¿Le duele aquí?
—Sí.
Volvió a presionar.
Chris dejó escapar otro sonido, esta vez contra el hueco de la camilla.
—¿Demasiada presión?
—No. Siga.
Leon cerró los ojos con fuerza.
No significaba nada. Chris estaba dolorido. Él mismo había escuchado cómo apenas podía tumbarse en la cama del hotel. Aquellos ruidos eran una reacción perfectamente normal al tratamiento.
Eso se repitió varias veces en su cabeza.
No ayudó. En absoluto.
La joven trabajó los músculos de sus hombros y descendió lentamente por su espalda.
—Intente relajarse, señor.
—Lo estoy intentando.
—Está contrayendo todo el cuerpo.
—También estoy intentando no hacerlo.
Las manos se detuvieron durante un instante. Leon no necesitó levantar la cabeza para saber que la mujer estaba reprimiendo una sonrisa.
Desde la otra camilla llegó un gruñido.
—Ahí —dijo Chris.
—¿Aquí?
La masajista apoyó el codo junto a su omóplato y utilizó el peso de su cuerpo para aumentar la presión.
—Joder… Sí. Justo ahí.
Leon enterró la frente en la camilla.
Aquello tenía que ser deliberado.
Chris podía decir sí. Podía decir no. Podía indicarle dónde le dolía utilizando cualquier combinación de palabras que no sonara exactamente igual que cuando Leon lo tenía debajo.
Otro gemido atravesó la sala.
No. Definitivamente no podía.
—¿Se encuentra bien? —preguntó su masajista.
—Perfectamente.
La palabra salió algo estrangulada.
La joven desplazó las manos hacia la zona lumbar. Cuando sus dedos se acercaron al borde de la toalla, Leon recordó demasiado tarde que el fino tanga era lo único que separaba su cuerpo del aceite.
Y que debajo empezaba a tener un problema considerable.
Se recolocó sobre la camilla, buscando una postura menos incómoda.
—Necesito que mantenga las caderas quietas —le indicó ella.
—Por supuesto.
Apenas unos segundos después, Chris volvió a gemir.
Leon apretó los dientes y sus caderas se tensaron contra la camilla.
—Lo siento —murmuró.
—No se preocupe.
El tono de la mujer continuaba siendo estrictamente profesional, pero Leon vio de reojo que había dirigido una breve mirada hacia la otra camilla.
Ya lo había entendido. Magnífico.
En el otro extremo de la sala, la masajista dobló una de las piernas de Chris y llevó su talón hacia la parte posterior del muslo. Chris soltó el aire lentamente. Después hizo lo mismo con la otra, presionando con una mano sobre su cadera para mantenerla pegada a la camilla.
—Tiene mucha tensión acumulada —observó la mujer.
—Ha sido una semana complicada.
—Es jueves —intervino Leon.
Chris levantó la cabeza lo suficiente para mirarlo.
—Cállate, Kennedy.
La orden perdió toda autoridad cuando la masajista encontró otro punto doloroso y Chris tuvo que volver a esconder la cara para ahogar un sonido.
La joven apoyó ambas manos sobre la espalda de Leon.
—Su acompañante parece necesitar el tratamiento.
—No tiene usted idea.
Chris levantó una mano y, sin molestarse en mirarlo, le dedicó el dedo corazón.
Leon sonrió contra la camilla.
Durante los siguientes minutos trató de concentrarse en su propio masaje. En el movimiento rítmico de las manos, el olor de los aceites y la música suave que llegaba desde algún rincón de la estancia.
Era imposible con el capullo que tenía al lado.
Cada vez que empezaba a relajarse, la otra mujer encontraba una nueva contractura. Chris respondía con una respiración rota, un gruñido o un gemido que resonaba en la habitación mucho más de lo necesario.
Al principio, Leon continuó sospechando que lo hacía para provocarlo.
Después observó los dedos de Chris aferrarse a los bordes de la camilla mientras la mujer hundía el antebrazo junto a su columna, y comprendió que no había ninguna intención detrás de aquellos sonidos.
Lo cual no mejoró la situación.
La masajista mayor cambió de posición. Apoyó una rodilla sobre la parte posterior de la camilla y después la otra, colocándose a horcajadas sobre las piernas de Chris sin llegar a descargar su peso sobre él. Tomó ambas muñecas y llevó sus brazos hacia atrás, elevándole el pecho mientras estiraba toda la musculatura de los hombros.
Chris soltó un gemido tan profundo que Leon sintió la vibración en su propia camilla.
—¿Así está bien? —preguntó la mujer.
—Más.
Leon abrió los ojos.
—¿Más presión?
—Sí. Puedo aguantarlo.
—Claro que puedes —murmuró Leon.
—¿Ha dicho algo, señor? —preguntó la joven.
—Que estoy muy relajado.
Ella descendió la mirada hacia la forma en que Leon se aferraba a ambos lados de la camilla.
—Ya veo.
La situación no mejoró cuando le indicaron que se diera la vuelta.
Su masajista sostuvo la toalla elevada para proporcionarle algo de intimidad mientras Leon giraba sobre sí mismo. Él la sujetó inmediatamente sobre sus caderas, pero la precaución llegó tarde. Su erección levantaba la tela de una manera bastante difícil de disimular.
Los ojos de la joven descendieron durante una fracción de segundo.
Después regresaron a su rostro sin que su expresión profesional cambiara lo más mínimo.
—¿Está cómodo?
Leon miró hacia la otra camilla.
Chris continuaba boca abajo, con el rostro oculto y completamente ajeno al estado en el que lo había dejado.
—Muchísimo.
La joven empezó a trabajar sus hombros desde la parte delantera. Leon trató de contemplar el techo, aunque desde aquella posición tenía una visión lateral perfecta de la otra camilla.
La masajista había vuelto a subirse sobre ella. Con una rodilla apoyada junto a la cadera de Chris, tiró de uno de sus brazos en dirección contraria para torsionar su torso. La toalla se desplazó unos centímetros, dejando al descubierto la parte superior de una nalga.
Leon apartó la mirada. La devolvió casi de inmediato.
—Respire profundamente —le indicó la joven.
Leon inspiró.
Chris gimió.
Leon dejó escapar el aire de golpe.
—Más despacio —dijo ella.
—Lo intento.
Esta vez, la sonrisa de la mujer resultó perfectamente visible.
Cuando la sesión llegó a su fin, Leon no tenía claro cuánto tiempo había transcurrido. Su cuerpo estaba más relajado, pero su polla seguía dura bajo la toalla y su paciencia había desaparecido por completo.
La mujer mayor retiró las manos de la espalda de Chris.
—Hemos terminado. Incorpórese despacio y beba mucha agua durante el resto del día.
Chris emitió un último sonido de satisfacción y permaneció tendido, completamente laxo.
—Esto ha sido increíble.
Leon giró la cabeza hacia él.
—Me alegro de que al menos uno de los dos haya conseguido relajarse —murmuró Leon. La joven masajista tenía una sonrisa amplia mientras acababa de lavarse las manos en la pica.
—Tenías razón, necesitaba esto.
Leon decidió que estrangularlo delante de las dos mujeres probablemente arruinaría el efecto del tratamiento.
Las masajistas comenzaron a recoger los frascos y las toallas utilizadas. La mayor fue la primera en dirigirse hacia la salida.
La joven se dirigió a ambos, pero miró directamente a Leon: —Pueden utilizar la ducha para retirar los aceites. Disponen de quince minutos antes de que tengamos que preparar la sala para la siguiente sesión.
—Gracias —respondió Chris, todavía sin moverse.
La joven se quedó unos segundos más. Dobló una toalla limpia y la dejó al alcance de Leon. Sus ojos descendieron brevemente hacia su cintura antes de dirigirse a Chris.
Después miró hacia la puerta.
—El pestillo se cierra desde dentro —le indicó en voz baja—. Avisaré en recepción de que necesitarán los quince minutos completos.
Leon alzó los ojos hacia ella.
La mujer mantuvo su expresión impecablemente neutra.
—Que disfruten de la ducha, señores.
Salió de la estancia y cerró la puerta tras ella.
El clic de la cerradura dejó la habitación en silencio.
Leon dirigió la mirada hacia la ducha al escuchar el agua empezar a correr: Chris ya se había metido en la ducha.
El cristal esmerilado mostraba la silueta borrosa de Chris entrando bajo el chorro. Se había quitado el ridículo tanga y permanecía de espaldas, con la cabeza inclinada mientras el vapor comenzaba a llenar el cubículo.
Leon se incorporó y echó el pestillo de la puerta.
Después se deshizo de su propia prenda. Su polla se alzó, dolorosamente dura, contra el aire. Haber terminado así únicamente por escuchar los gemidos de Chris durante una hora debería haberle resultado patético.
En cambio, lo único que sintió fue frustración.
Recogió de entre su ropa un preservativo y el pequeño sobre de lubricante que siempre llevaba encima. No sabía si llegaría a utilizarlos, pero tampoco pensaba desperdiciar aquella oportunidad por falta de previsión.
Volvió a mirar hacia la ducha.
Chris apoyó ambas manos contra la pared de granito negro y dejó caer la cabeza entre los hombros. El agua caliente golpeó la musculatura recién tratada de su espalda.
—Oh, Dios… Sí… —gimió.
Leon apretó el envoltorio entre los dedos.
—A la mierda con esto. —Dejó caer el tanga al suelo y entró en la ducha.
Chris no reaccionó de inmediato. Parecía completamente relajado y ajeno a lo que ocurría a su alrededor, ligeramente encorvado bajo el agua, hasta que una mano se deslizó por su nuca y unas uñas le arañaron suavemente el cuero cabelludo.
—Estarás satisfecho con tu sesión —murmuró Leon.
—¿Por qué no iba a estarlo? —Chris giró un poco la cabeza—. Ha sido increíble. ¿Qué haces aquí? Salgo en dos minutos.
—Ah, no, grandullón. —Leon afianzó la mano alrededor de su nuca, sin hacerle daño, y lo atrajo hacia sí—. ¿Crees que puedes pasar una hora entera gimiendo de esa manera y marcharte como si nada?
Inclinó la cabeza y deslizó la lengua por la unión del cuello y el hombro de Chris antes de besarla. El agua resbalaba entre sus labios y la piel caliente.
—Me has puesto tan cachondo que ahora vas a tener que hacerte cargo.
Leon se apretó contra él, deslizando su erección entre sus nalgas.
Chris dejó escapar una exhalación.
—¿Qué mierdas haces? —protestó, aunque su cuerpo acababa de inclinarse un poco más hacia atrás—. ¿Sabes dónde estamos? Como nos descubran aquí, vamos a montar un buen espectáculo.
—Razón de más para que seas más discreto que con la masajista.
Leon volvió a besar su cuello. Chris tembló, pero no se apartó.
—Aunque va a ser difícil —continuó—. Pienso castigarte por todo lo que me has hecho pasar en esa camilla.
—Leon… —La mano alrededor de su nuca perdió firmeza.
Leon dejó de besarle el hombro.
—Dime que salga. —Chris permaneció inmóvil. El agua continuó cayendo sobre ambos mientras su respiración se volvía más profunda.
—¿Quieres que pare? —insistió Leon. Lo miraba con una intensidad implacable.
Chris volvió la cabeza lo suficiente para mirarlo por encima del hombro.
—Tendremos que darnos prisa.
Leon sonrió.
—Eso me parecía.
Le mostró el preservativo y el pequeño sobre de lubricante atrapados entre sus dedos.
—Solo tenemos quince minutos. No pienso hacerte daño por ir deprisa, así que, si necesitas que pare o vaya más despacio, me lo dices.
La expresión de Chris perdió parte de su desafío.
—Lo haré.
Leon besó la parte posterior de su hombro.
—Buen chico.
Abrió el sobre de lubricante y derramó una cantidad generosa sobre sus dedos. El agua no facilitaba precisamente las cosas; tendría que asegurarse de que no lo arrastrara todo antes de tiempo.
Deslizó una mano entre las nalgas de Chris. El primer dedo entró con mucha menos resistencia de la que esperaba. Leon se detuvo.
Introdujo un segundo, observando cómo Chris se relajaba alrededor de ellos casi de inmediato. Leon frunció el ceño.
—Espera.
—No tenemos mucho tiempo. —Chris apoyó la frente contra la pared.
—Ya estás preparado.— No era una pregunta.
Chris guardó silencio. Leon movió lentamente los dedos dentro de él. Algunos quejidos salían de los labios de Chris…
—¿Cuándo?
—En el hotel —dijo Chris con algo de dificultad.
Los dedos de Leon se detuvieron.
—¿Te preparaste antes de salir del hotel?
—No sabía si tendríamos alguna oportunidad. Llevaba un plug; me lo quité cuando fui al baño.
Leon necesitó unos segundos para asimilarlo.
Chris había protestado por el masaje. Había fingido que solo pretendía cenar con él. Había actuado como si la sesión conjunta y la ducha fueran dos eventos inocentes… Pero había salido de su hotel preparado para que Leon se lo follara si surgía la más mínima oportunidad.
—Maldito salido. —Una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en su cara.
La polla de Leon palpitó contra su espalda. Chris dejó escapar una risa algo tensa.
—Así que llevas toda la tarde esperando esto. —Se restregó aún más en la espalda de Chris.
—No estaba esperando nada. —En este punto, Chris ya estaba exasperado por la falta de progreso.
Leon curvó los dedos y encontró el punto que buscaba. Chris soltó un gemido y sus manos resbalaron ligeramente sobre el granito.
—Claro que no. — Repitió el movimiento. Esta vez, Chris consiguió ahogar el sonido contra su propio brazo.
—Entonces, ¿te importa si te empotro ya?
—Cállate y ponte el condón.
Leon retiró los dedos.
—Qué ansioso estás, Capi.
Se colocó el preservativo y añadió lubricante sobre el látex antes de acercarse nuevamente. Su mano regresó a la nuca de Chris, guiándolo hasta encontrar una inclinación que no forzara su espalda recién tratada. Con la otra, lo sujetó firmemente por la cadera.
—Dime si te duele. En cualquier sitio.
Chris asintió. Leon besó la piel húmeda de su hombro.
Se alineó en la entrada de Chris y comenzó a empujar lentamente. La preparación previa facilitó el movimiento, y Chris se relajó lo suficiente para dejar a Leon hundirse en él por completo.
Ambos gimieron. Chris bajó la cabeza. —Joder…
Leon permaneció quieto, respirando contra sus omóplatos mientras sentía cómo su cuerpo se adaptaba alrededor de él.
Chris empujó las caderas hacia atrás, obligándolo a entrar un poco más.
—Muévete. Nos van a pillar…
Leon obedeció.
La primera embestida fue lenta y deliberada. Después otra, algo más firme. Mantuvo una mano alrededor de la cadera de Chris para sostenerlo y evitar que sus pies resbalaran sobre el suelo mojado.
—Yo… —Chris soltó el aire entrecortadamente—. Necesitaba esto más que el masaje.
—No te preocupes, Capi. —Leon rozó con los labios el borde de su oreja—. Voy a darte exactamente lo que mereces.
Aumentó la fuerza de las embestidas, aunque no la velocidad. Quería que Chris sintiera cada una de ellas y, al mismo tiempo, obligarlo a pedir más.
—Leon, joder… más…
—Ah… no, grandullón, tendrás que pedírmelo bien.
El tono de su voz hizo que Chris se estremeciera. Leon aprovechó para morderle suavemente el lóbulo.
Chris sofocó otro gemido.
—Hazmelo, Lee.
—¿El qué?
—Sabes perfectamente qué.
—Palabras completas, Redfield.
Chris volvió la cabeza, exasperado y excitado a partes iguales.
—Fóllame. —Su voz se quebró cuando Leon se hundió de nuevo en él—. Haz que me corra con tu polla dentro.
—Joder, sí.
Leon bajó todavía más su torso y le alzó ligeramente las caderas. Afianzó los dedos sobre su piel y comenzó a embestirlo con mayor rapidez.
Chris se esforzaba por no hacer demasiado ruido. Eso no evitó que la ducha se llenara de respiraciones entrecortadas, suspiros y maldiciones pronunciadas en voz baja.
—Ahora sí que sabes estar callado —se burló Leon junto a su oído—. Una hora gimiendo para ella y de repente te entra la vergüenza.
—Que te jodan.
—No, grandullón, te estoy follando yo a ti.
Chris dejó escapar una risa que se transformó en un jadeo cuando Leon modificó ligeramente el ángulo. Su cuerpo se contrajo alrededor de él. Leon lo notó de inmediato.
—Estás cerca.
—No… aún no… —A Chris le costaba articular la frase, respirar y aguantar el volumen de sus suspiros.
Otra contracción lo desmintió.
—Vamos, Capi. Dámelo.
La mano que sujetaba su cadera descendió hasta rodearle el pene, lo que hizo que Chris se estremeciera. Comenzó a acariciarlo al ritmo de las embestidas, sin dejar de mantenerlo apoyado contra su cuerpo.
Chris hundió los dedos contra la pared.
—Leon… —Su nombre sonó entre un quejido y un gemido lastimero.
—Quiero oírte.
—Nos van a oír.
—Vamos, córrete rápido, Capi.
La respuesta de Chris se perdió en un gemido. Su cuerpo se tensó y volvió a cerrarse alrededor de Leon.
—Me… me corro. No aguanto…
Leon le dio dos embestidas más, profundas y ascendentes. Chris se quedó sin aire.
El orgasmo lo atravesó con tanta fuerza que sus piernas flaquearon. Se corrió en la mano de Leon, salpicando el granito oscuro antes de que el agua empezara a arrastrarlo hacia el desagüe.
Leon lo sostuvo firmemente contra sí y continuó moviéndose hasta que la tensión estalló también en su propio cuerpo. Se hundió por completo en Chris con la frente apoyada entre sus omóplatos.
Chris suspiraba al notar las pulsaciones de Leon dentro de él.
Durante unos segundos, ninguno de los dos fue capaz de hablar. El único sonido era el del agua golpeando sus cuerpos mientras trataban de recuperar el aliento.
Leon deslizó los brazos alrededor de la cintura de Chris, asegurándose de que volvía a sostenerse por sí mismo
—¿Todo bien?
Chris asintió con la cabeza. —Estoy bien.
Leon depositó un beso sobre su espalda.
Después dirigió la mirada hacia el reloj de la sala, apenas visible a través del cristal empañado.
—Bueno… —murmuró—. Parece que tendremos que darnos prisa en ducharnos de verdad.
Chris dejó caer la frente contra la pared.
—Te odio. —Soltó un suspiro al sentir a Leon deslizarse fuera de él.
—Eso no era lo que decías hace treinta segundos.
Consiguieron vestirse y abandonar la sala con apenas unos minutos de retraso. Chris salió primero, todavía con el cabello húmedo y la piel enrojecida por el agua caliente. Leon lo siguió poco después, bastante más satisfecho de lo que había entrado.
Al llegar a recepción encontraron a las empleadas con las que habían hablado antes. Las dos masajistas también estaban allí, conversando discretamente junto al mostrador.
Leon se dirigió directamente hacia ellas.
—Muchas gracias por el servicio. Mi amigo y yo lo hemos pasado de maravilla.
Dedicó una breve mirada a la joven que lo había atendido. Ella sostuvo sus ojos durante un instante, con una expresión perfectamente profesional que no lograba ocultar del todo la diversión.
—Nos alegra mucho que hayan disfrutado de la experiencia —respondió la recepcionista principal—. Aquí tienen el champán que les prometimos… Oh.
La mujer miró detrás de él.
—¿Y su acompañante?
Leon se volvió.
Chris ya no estaba en recepción. El muy cabrón había atravesado el vestíbulo sin detenerse y lo esperaba en lo alto de las escaleras, junto a la salida. Mantenía la espalda rígida y fingía estar muy interesado en el arreglo floral con bambú de la entrada.
Maldito mojigato de mierda.
Aunque Leon debía reconocer que las orejas completamente rojas y el rubor que le cubría el cuello le quedaban de maravilla.
—Si no les importa, me llevaré la botella —dijo.
—Por supuesto, señor. —La recepcionista introdujo el champán en una bolsa y se la entregó por encima del mostrador, algo confundida, alternando la vista entre los dos hombres.
—Esperamos volver a verlos pronto. —Las mujeres acompañaron la despedida con una ligera inclinación de cabeza.
Leon reparó entonces en que su masajista le dedicaba una mirada discretamente pícara. Le guiñó un ojo, recogió la botella y comenzó a caminar hacia las escaleras.
—Ya lo creo. La próxima vez hablaremos sobre el bono de fidelización.
Oyó varias risas contenidas a su espalda.
Chris abrió la puerta antes de que llegara a su altura.
—¿Tenías que decir eso?
—¿El qué?
—Sabes perfectamente el qué. Vas con segundas…
Leon levantó la bolsa con el champán.
—El que vino con segundas intenciones fuiste tú, pillín.
Chris lo fulminó con la mirada, con la cara en un tono rojo brillante, y salió a la calle.
Leon lo siguió, sonriendo.
