Chapter Text
La hierba se sentía fría bajo sus pies y la luna reflejaba su luz en el bosque lleno de oscuridad.
El miedo a la nada estaba en lo profundo de sus entrañas. Podía sentir como gorgoteaba y se revolvía, clamando por salir.
Caminaba rumbo a quién sabe dónde. No podía pensar, no podía objetar, su cuerpo se movía solo hacia la profundidad.
Sigue avanzando.
El bosque se volvía cada vez más frondoso, más impenetrable a sus ojos, como si estuviera caminando en una habitación completamente negra.
La luna era su única compañera.
Si seguía esforzándose, si seguía dando todo de sí...podría llegar.
Sigue avanzando.
No podía decepcionarlos.
No a alguien más.
Sigue avanzando.
Comenzaba a cansarse, pero su cuerpo se seguía moviendo a pesar de que le quemaran las piernas. Caminaba en un bucle sin fin, buscando algo que no existía, pero no podía parar. La esperanza de encontrarlo lo obligaba a seguir.
Sigue avanzando.
Intentó dar un paso más, pero nunca llegó. Sus pies dejaron de moverse. Estancados, como si les hubieran crecido raíces.
Todo estaba en silencio, solo podía escuchar su agitada respiración. En su trance, el reflejo de otra luz se vio por el rabillo de su ojo.
Un segundo después, el crepitar de una llama se escuchó a sus pies. Volteó a mirarla, con el sabor a terror ya trepando por su garganta.
Era una pequeña flama.
Diminuta, que había nacido sola entre el interminable bosque. Un terrible frío le calaba los huesos, dándole un escalofrío. O tal vez ya lo sentía antes, pero no se había dado cuenta hasta ese momento.
Se puso de cuclillas y acercó su mano con suavidad a la llama. La luz que emanaba era cálida, calmaba el temblar de su cuerpo.
Pero todavía sentía algo. Una sensación en el pecho.
Una advertencia.
Una gran ventisca lo azotó de repente. El aire revolvió su corto cabello negro y lo hizo tiritar. Dentro del viento se escuchaban susurros que no entendía. Volteó a mirar atrás, de donde venía el sonido, pero solo estaban la luna y los árboles para devolverle la mirada.
¿A qué le temía?
Sintió que le quemaba la nuca. El eco del crepitar se escuchaba más fuerte. Cuando devolvió la mirada, ya no existía la pequeña llama. Comenzó a propagarse por todos lados.
Era un incendio.
Retrocedió.
Un paso. Dos pasos. Tres pasos.
Tragó con fuerza el nudo en su garganta, sintiéndola seca. Su mente le gritó una sola cosa.
Corre.
Y eso hizo
La acogedora sensación de antes se había ido, reemplazada por un sofocante calor y el terror de que el fuego lo alcanzara, dejándolo sin aliento. Se levantó tan rápido que casi tropezó. No miró atrás, corrió con todas sus fuerzas; necesitaba escapar.
Inhalaba y exhalaba agitado, desesperado, tratando de atrapar el oxígeno casi inexistente. Sin embargo, cada que miraba hacia atrás, las mismas hojas y los mismos árboles aparecían. Seguía en el mismo punto de partida. Estaba estancado.
Intentaba moverse, gritar, correr, hacer algo con desesperación, pero sus extremidades no respondían. Era como si su cuerpo estuviera inerte; pero su mente viva.
Las llamas comenzaron a alcanzarlo, arañando y arrancando su piel poco a poco. El calor consumía cada centímetro de su ser sin piedad alguna. Lágrimas trataban de caer, pero se evaporaban como agua hirviente.
Una fuerza lo jaló hacia abajo, golpeando con las rodillas en el suelo. Atado. Sus manos, casi calcinadas, arrancaron la hierba quemada en un intento por escapar.
Gruñidos lastimeros brotaban de sus labios.
Era inútil.
Se quedó inerte, dejando que el fuego lo consumiera poco a poco para acabar con su miserable existencia, sintiendo como su piel era devorada y convertida en ceniza. Después de un tiempo, el dolor lo adormeció. La falta de aire y el calor abrumador distorsionaron su cabeza y el crepitar se calló. Dentro del bramar del fuego se escucharon...voces.
Voces que reconocía. Que solo había visto en fragmentos de sus recuerdos...o en sus más horribles pesadillas.
Con una fuerza que desconocía, logró levantarse del suelo.
"Channie" escuchó, muy bajito. "Hermanito, ¡ven a jugar conmigo!". Decía la alegre voz.
Unas risas se escucharon también, congeladas en el tiempo.
La risa de ella. Su propia risa.
Entre las llamas y el humo, una silueta. Una sonrisa sin ojos corriendo lejos de él. Mamá decía que tenían los mismos hoyuelos.
Una suave melodía llenó sus oídos, una que calmaba todos sus miedos.
¿Por qué no se aferró a ellas?
El mismo miedo agonizante que lo paralizó aquella vez, lo estaba poseyendo ahora. De repente volvió a tener quince años.
"¡Hermano!", "¡Prometiste que nunca me dejarías". Gritaba su hermanita, con sus nudillos casi blancos, aferrándose a la tela de su camisa como si su vida dependiera de eso. Porque tal vez sí lo hacía.
Vio cómo otras manos se acercaban, enguantadas. Eran de un látex verdoso que le causaba náuseas.
La estaban alejando de él.
Alzó sus brazos, desesperado para evitarlo, no podía dejarla ir. No otra vez.
Sollozos desesperados arrancaban su garganta. Con todas sus fuerzas, rogó, suplicó a su cuerpo moverse.
Pero nada.
Vio como la arrancaron de sus brazos otra vez, al igual que a su corazón.
Cuando se fue, pudo moverse. Una gran parte del miedo desapareció. Exhaló. Había estado reteniendo la respiración sin darse cuenta.
Sus rodillas cedieron, cayendo rendido al suelo muerto. Sus ojos se abrieron con una fuerza dolorosa, quemando sus pupilas. El fuego seguía ahí arañándolo, extendiéndose hasta el infinito.
Enterró sus dedos entre sus cabellos negros, tratando de arrancárselos. Se encogió en sí mismo, ahogado por sus propias lágrimas y lamentos, mientras se revolcaba en su culpa y miseria.
El golpeteo de sus puños contra el suelo resonó por el bosque en llamas.
—¿Por qué no hice nada? ¿Por qué las dejé?— susurró Chan, lleno de ira y decepción hacia sí mismo.
Terminó por extenderse boca arriba en el suelo, resignándose a su muerte; mirando a un lado. Sus ojos, sin vida; solo reflejaban el color dorado de las llamas que aún rugían a su alrededor.
No sabe cuanto pasó así, quizás minutos, horas o incluso días. No sentía el pasar del tiempo, solo rogaba reducirse a nada, morir. Que todo acabara.
El color dorado estaba fusionando con su mirada, pero luego...otra fuente de luz apareció. Desprendía un aire fresco, calmando el ardor de su carne viva, presa del infierno.
Chan parpadeó un par de veces, aclarando su vista. Era un pequeño orbe de luz blanca. Se acercó con lentitud, flotando frente a sus ojos, para después girar a su alrededor, casi jugueteando.
Luego llegaron otros dos, rodeándolo curiosos. Siguieron llegando más, acariciando sus mejillas y limpiando sus lágrimas, con una suavidad que se asemejaba al amor. Chan no sabía si estaba muriendo, pero la paz que sintió lo llenó.
Si así se sentía el cielo, quería quedarse en su tacto para siempre.
Un suave rocío de primavera cayó sobre él, mientras los orbes de luz se juntaban y formaban una forma.
Una...persona. Un hombre.
Era más alto que él por un par de centímetros.
Tomó a Chan en sus brazos y lo apretó con fuerza, en un abrazo. Chan inhaló profundo; se sentía a salvo. De repente, el espectro cambió. Ahora era otro hombre, solo que más bajito y ancho.
La silueta se separó un poco de Chan, tomándolo de la mano. Se levantó, y con un impulso, logró atraer a Chan. Apretó con fuerza su agarre y lo hizo caminar entre las cenizas del bosque. El rocío hizo que el fuego se extinguiera lentamente, dejando sólo pequeñas llamaradas en el suelo. Caminaron sin rumbo por un rato.
Con cada paso, la entidad continuó transformándose en cuerpos que Chan no distinguía. Hombres y mujeres, ambos lo guiaban por en sendero del bosque hacia quien sabe donde. Pero con todos sentía la misma sensación: paz.
Una suave ventisca acariciaba su rostro, llenando de aire fresco sus pulmones casi negros. Una libélula pasó frente a sus ojos, verdosa y algo grande. Se detuvo a mirarlo por un segundo, había algo en ella que no podía distinguir.
Cuando la entidad tenía la forma de un hombre muy alto y delgado, con cabellos largos, se detuvo. Chan lo miró, preguntándose por qué paró. El hombre mantenía la vista al frente, así que hizo lo mismo.
La luz del día lo cegó, obligándolo a cubrirse los ojos con el brazo. Movió sus pies, la hierba que quemaba sus pies había sido reemplazada por una tersa arena, ligera como polvo.
Cuando se acostumbró a la luz, logró ver algo que jamás imaginó. Algo que solo se encontraba en los libros de fantasía de hace años.
El mar.
El ser regresó a su forma original, llevándolo directo hacia allí; y Chan lo siguió.
Dentro del océano, distinguió a una figura de espaldas. Llevaba una túnica negra que solo se veía hasta la cintura y las olas lo rodeaban como si de una ninfa se tratase. Su pelo, blanco como la espuma de mar, revoloteaba, jugando con el viento.
Chan caminaba en su dirección sin darse cuenta, como un zombie atraído a la carne.
Con el cuerpo ardiente, entró al océano, esperando el desgarro y el ardor en su piel por el agua salada. Sin embargo, se encontró con la calma del mar. Era tierno, como una dulce caricia. Lo arrullaba, invitándolo a quedarse.
El hombre estaba ahí, casi petrificado, dándole la espalda. Al percatarse de su presencia, dio la vuelta.
Jadeó.
Frío. Orbes grisáceos que hicieron temblar su cuerpo. No podía distinguir el resto de su rostro, o no lo recordaba.
Tomándolo de las mejillas, el hombre eclipsó sus ojos, dejando a sus largas pestañas caer como una cascada . Sus dedos se sentían fríos en contraste a su cara calcinada, pero el cariño que le daban curó todo su dolor, dejándolo embriagado.
El tacto del hombre y sus bellos ojos hicieron que perdiera fuerza, hundiéndolo cual canto de sirena a marinero. Aún así, las manos no lo soltaron.
Como una hoja, fue sumergiéndose poco a poco dentro del cálido océano. Parecía parte del todo. Los orbes lo seguían mirando, con tanto amor que se iba a deshacer.
Con suavidad, las manos lo soltaron, dejando su rastro en sus mejillas, pero a su alrededor seguía sintiendo la misma adoración. Ya no distinguía nada, solo la luz que surgía de la superficie y la oscuridad que lo rodeaba.
Con que esto era lo que se sentía.
Libertad.
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Chan se despertó agitado. Puso su mano en el pecho, que subía y bajaba. ¿Qué fue eso?
Levantó con suavidad la cortina que estaba a unos centímetros de él. El cielo estaba anaranjado. Bien.
Si sus cálculos no estaban mal, eran aproximadamente las tres de la tarde.
Llevaba un Daylight de 3 días y una semana en ese escondite y se estaba quedando sin provisiones. Tendría que salir a buscar más.
Suspiró con fuerza. Odiaba salir.
Se levantó con pesadez, tronando sus huesos. No era la primera vez que soñaba con algo así. Desde que escapó hace semanas, cada cierto tiempo soñaba con cosas sin sentido.
Esto no pasaba en Self.
Se miró en el reflejo del vidrio. Su pelo estaba un poco más largo que antes y sus ojeras estaban de un tono morado enfermizo. Pasó sus manos por su cabello, tratando de bajar los pinchos por el sueño. Tomó la bolsa vacía que estaba al lado de lo que llamaba "cama" (que era en realidad un trozo de cartón) y su arma. La había hecho en el tercer día de su escape, con un tubo de desagüe que encontró por ahí y un largo pedazo grueso de vidrio. Subió el pañuelo gris que tenía en su cuello hasta su boca y se acomodó las botas. Fue la ropa más limpia que encontró en esa casa abandonada. Sacó sus lentes de sol y se los colocó.
Hace más de dos semanas y un Daylight, Bangchan se había escapado de la reconocida empresa Self Entertainment. Pese a las famosas propagandas que les obligaban a ver o el rostro de la empresa "Queen of Hearts" diciendo que era un lugar de ensueño, no era muy bonito.
Se asomó por la puerta, verificando si el parámetro estaba libre.
Recuerda caminar por esos pasillos de un blanco cegador, mirando las vitrinas con niños que ni siquiera levantaban la mirada, tratados como objetos para su propio beneficio. Ahí también estaba él.
Todavía se sentía culpable de haber escapado, como si hubiera cometido el peor de los pecados. Pensar en eso revolvía su estómago.
Pero no podían culparlo. No cuando una explosión destruyó su base y le cayó como un regalo del cielo una forma de escapar y quitarse ese maldito collar.
Descalzo, herido y con casi nulo conocimiento sobre el mundo exterior, Chan pudo escapar de las garras de esos enfermos.
Por mamá. Por Naya.
Chan caminó con rapidez, esquivando autos inservibles y trozos de hogares destruídos. Al parecer estaba en una zona antes habitada por los de la capital, pero como nos pudimos dar cuenta, a Self no le gustaba que sus queridos ciudadanos vivan tan lejos de su visión, así que se los llevaron a Central.
Unos susurros sonaron en su cabeza.
—No hables mal de Big 4— reclamó una voz —por ellos sigues existiendo, ¡por ellos Dragonfly te dio la libertad!— le gritó. Se paralizó. Miró fijamente su arma. La acercó con lentitud a su muñeca. "Es tu castigo. Por el futuro, por la libertad, por Drago-"
No.
La idea terminó tan rápido como empezó.
Chan estaba inmóvil, con la respiración entrecortada.
Agitó su cabeza a los lados y la golpeó con la mano con fuerza. No podía dejarse vencer por sus palabras.
Ya no estaba ahí, no tenía qué temer.
Siguió avanzando. Debía llegar al límite para encontrar al menos una comida enlatada.
Como decía, aparentemente la destrucción de la base 067 fue producida por un "grupo terrorista que atentaba con la normalidad y la paz creando caos". Pero Chan no creía nada de eso. A veces, cuando estaba en el cuarto de monitoreo, lograba escuchar hablar a los hombres de blanco. Sus voces eran monótonas como siempre, pero en esas ocasiones tenían un tono inquieto y más alto. Recordaba que hablaban de un grupo rebelde que se estaba haciendo muy conocido en estos últimos años y que eran muy difíciles de atrapar.
Wildbloom.
No sabe mucho a profundidad de ellos, pero lo que sí escuchó a través de las densas paredes de su habitación fue que eran un grupo de rebeldes bastante grande. No se sabe quienes fueron sus creadores, pero dicen que varios de sus miembros tienen dones. Han logrado destruir varias bases importantes para Self y las otras tres empresas, y eran un gran problema en sí.
Big 4 deseaba purificarlos y usarlos como armas. Si bien un lado de él creía con fervor que Wildbloom merecía ese final por no obedecer a Big 4, su parte más racional (gracias a su madre), le decía que eran la única esperanza. Y no lo malinterpreten; su objetivo no era ser necesariamente parte de ellos, pero tenía un estómago que alimentar y si cualquier grupo sobreviviente lo adoptaba, estaría agradecido. Pero, en lo más profundo de su mente, tal vez había un rechazo nacido del terror a enfrentarse con Big 4 cara a cara. Pensarlo le daba escalofríos.
Chan se asomó entre dos autos, casi sin pestañear. Un chirrido mecánico resonó frente a él. Una luz azul.
Buscadores.
Con una velocidad que ni él mismo conocía, se agachó y colocó abrazó su arma en su pecho. Sus manos temblaban, debía de calmarse. Agradecía haber encontrado esos lentes y su pañuelo en esa tienda abandonada, sin eso, estaría muerto.
Escuchaba cómo paseaban entre las ruinas, con sus pasos robóticos resonando por la calle. Chan suspiró. Aunque no quisiera, debía de pasar a través de ellos para llegar a su destino. Miró nuevamente por el extremo del auto, los robots revisaban cada pedazo de tierra que encontraban y estaban a más o menos 2 metros de él. Debía ser rápido.
No era la primera vez en la que se encontraba con buscadores. Sabía como acabarlos.
Escuchaba como se acercaban, por el murmullo de sus circuitos. Tomó aire, con los latidos de su corazón reventando en sus oídos. Se aseguró de que su pañuelo esté bien colocado y que sus lentes estén ajustados.
Sin pensarlo, se subió al capó del carro y pegó un salto. El limpiador más cercano levantó la vista, y sus ojos azules desprendieron una luz del mismo color, escaneándolo.
Todo se movió en cámara lenta.
—Sujeto no identificado— dijo, con voz robótica —activando pro... — Un estruendo lo calló.
Chan cayó directo sobre el robot, presionándolo hacia abajo con los muslos en el cuello. Con un quejido, presionó su lanza con fuerza dentro de la cabeza del buscador, hasta que lo escuchó gritar. Se escuchó un crujido en el cráneo, como los circuitos se rompían y chispas saltaban. Chocaron contra el suelo. El robot movía sus brazos desesperado.
—¡ALERTA¡, ¡ALErtkenfkwm!— el robot ni siquiera pudo terminar su frase, cayó muerto.
—¡Individuo no identificado! Iniciando protocolo de defensa— gritó el segundo. Su mano metálica giró como una hélice zumbando.
Chan arrancó la lanza de la cabeza del primer buscador, viendo como los "sesos" llenos de cables y un líquido negro volaban. Se había manchado las manos, debía de quitarlo a penas esté de vuelta, si no el negro no saldría.
Con agilidad, volteó hacia el segundo robot y se abalanzó sobre él. Chan sabía que mientras evitara que le vieran los ojos o el cuello, solo tenía que preocuparse por salir ileso.
El robot, en un movimiento rápido, acercó las cuchillas giratorias a su rostro, pero Chan logró esquivarla a último momento. Sintiendo el aire del motor despeinarlo, estiró su brazó, tomando la cabeza de la máquina y apoyando todo su peso en ella, haciéndola caer con un secó estruendo al suelo.
Como con la anterior, enterró su lanza hasta que escuchó el mismo crujido y dejó de moverse.
Pese a no haber estado en la capital en sí, dentro de la base les enseñaban que los buscadores servían para rastrear e informar sobre anomalías en la zona. En las semanas que pasó fuera de Central, se había encontrado a unos 4 y solo un par de veces tuvo que luchar contra ellos, pero no eran la gran cosa, al fin y al cabo, su fuerte era buscar, no matar.
Su punto débil era la cabeza, ya que ahí se encontraban sus mentes.
El pecho de Chan subía y bajaba en búsqueda de aire. Se levantó despacio, quitando la lanza de la cabeza del robot con un poco de dificultad.
Bien.
Siguió con su recorrido, caminando en línea recta. Estaba aproximadamente a unos 20 minutos del lugar y por lo que sabía, no habrían más peligros en la zona.
Los buscadores solían pasear por los restos de edificaciones grandes y usualmente salían entre a la tarde noche. No sabía exactamente qué buscaban, pero supone que alertan de posibles amenazas a la Central para que lleven a los limpiadores.
No quería hablar de estos últimos.
Con los pies adoloridos, Chan logró divisar a unos metros la tienda de conveniencia de dónde sacaba sus recursos, o bueno, lo que quedaba de esta.
Se acercó a pasos acelerados, quería irse de ahí lo más rápido que podía, odiaba estar afuera. Saltó sobre un trozo de la construcción que estaba en el suelo y con un suspiro abrió la puerta.
Escuchó el crujir de la puerta al abrirse. Una ola de polvo cayó sobre él de repente, haciendo que le pique la nariz. Un estornudo salió de sus labios, y con él cerró la puerta de golpe.
El lugar estaba tan polvoriento y húmedo como recordaba. La primera vez que llegó aquí fue por accidente, escapando de los limpiadores que estaban por todos lados tratando de atrapar a los que atacaron Central. Recordaba el latido rápido de su corazón y cómo sus pies se movían solos y sus ojos revoloteaban en toda dirección buscando un refugio, hasta que encontró esto.
Se había escondido detrás de uno de los estantes, esperando a que los limpiadores pasen. No recuerda mucho de ese día después, probablemente se quedó dormido luego de estar 3 horas seguidas ahí. Al despertar, ya era un nuevo día y sus tripas comenzaron a sonar. Estaba hambriento.
Muy, hambriento.
Rebuscó entre las cosas y, detrás de una pared falsa en la esquina izquierda, habían bastantes víveres: comida enlatada, 2 botellas de agua y algunas barritas energéticas. Leyó una pequeña etiqueta en la parte posterior del agujero: "Esto es para cualquier sobreviviente que lo necesite, cada cuatro días dejaremos comida aquí por si lo necesita! Por Dragonfly."
Los primeros días no comió nada aunque su estómago gritaba por alimento. Había un revoltijo ahí que le impedía aceptar la ayuda de otro sobreviviente, no después de todo lo que Big 4 hizo por él... Pero no pudo soportarlo más, y al tercer día se devoró dos latas y se bebió toda una botella. Se tragó la bilis que había en su garganta.
El agua que bebía era de Big 4, ¿Cómo pudo hacer eso?
Pero luego de un tiempo, dejó de escuchar esos pensamientos. Era por sobrevivir.
Caminó a través de los estantes viejos, pasando por algunos trozos de artículos viejos en el suelo. Siempre se preguntaba quién habrá sido el dueño.
Llegó a la esquina y quitó el cuadrado de concreto con suavidad, encontrando así la comida.
Su estómago rugió. Su mano se apoyó en él, debía llegar rápido a su escondite, moría de hambre. Con rapidez guardó todo en su bolsa y se la puso en el hombro, debía regresar.
Un ruido se escuchó en la lejanía.
Esperen.
Chan dejó de respirar. Se movió hacia el estante más cercano y se escondió dentro tapándose la boca con una mano y con la otra aferrándose a su bolsa con los nudillos casi blancos.
Trató de calmarse, pero el retumbar de su corazón no le permitía dejar de temblar.
Pisadas afuera, implacables y rápidas. No era uno.
Chan se trató de hacer más pequeño. Jadeando debajo de su pañuelo. ¿Por qué estaba aquí? ¡No deberían estar aquí! ¿Lo encontraron? ¿Vienen por él? ¿A purificarlo?
La sola idea le quitó todo el hambre que sentía.
Limpiadores.
Robots sin ningún tipo de piedad, enviados a destrozar y aniquilar a todo aquel que era considerado un intruso.
Había visto un par de cadáveres colgados a las afueras de Central. "Sé puro de nuevo, obedece al orden. Por Dragonfly" decía en la pared, con la sangre espesa de cada letra escurriendo lento hacia el suelo. Los cadáveres, casi sin piel en el cuerpo, lo miraban con el mismo rostro de terror con el que murieron. Purificados.
No era normal que pasen por allí, y menos a esas horas. Eran casi las 5:30 de la tarde y el sol se estaba poniendo, los limpiadores no salían a menos que...
Una amenaza.
No sabía si era algo bueno o malo, pero si Self lo consideraba una amenaza, significaba que iba en contra del régimen.
Trató de quitar esos pensamientos, debía concentrarse. Inhaló de forma profunda, cerró los ojos y escuchó.
Las pisadas se encontraban más cerca, iban a pasar justo al frente de su tienda. Mierda.
Se mantuvo lo más silencioso posible, mientras escuchaba cada pesada pisada resonar contra el piso.
Los circuitos, cada vez más cerca.
Pasaron. Aguantó la respiración.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho.
Eran más de 10. Se fueron.
Esperó un rato más a que estuvieran al menos a 10 metros de él.
Se asomó con cuidado entre los estantes, aun temblando con el miedo en la nuca, para asegurarse de que no había nadie. Se levantó y caminó sin mirar atrás. No podía siquiera pensar. Debía regresar rápido a su escondite. Nada aquí era seguro.
Abrió la puerta tratando de hacer el menor ruido posible. Saltó sobre el pedazo de marmol aferrándose a su bolsa y siguió hacia adelante.
No quería regresar. No allí.
—"Tienes que volver" —llamaba una voz, en lo más profundo de su mente—. "Ellos solo quieren lo mejor para ti, hacerte puro; digno de amor y libertad"— clamó.
Chan sentía que sus entrañas se movían. Su respiración se aceleró de nuevo y su pecho subía y bajaba en una marcha sin parar.
No ahora.
El aire se le escapaba de los pulmones. Sin darse cuenta, estaba ya de cuclillas en el suelo, tomándose de los cabellos. No había oxígeno, el pañuelo no lo dejaba respirar.
No. No. No.
Tenía que volver. ¿Qué había hecho? ¿Cómo pensaba sobrevivir sin ellos?
No. No podía. Había hecho todo esto por Naya, por su madre. Su libertad.
El choque de sus rodillas resonó por todo el lugar. El viento pasaba a su lado arremolinándolo, como si lo tratara de calmar...no. De proteger de algo.
Una pisada.
Escuchó.
No era uno. Eran diez.
Fue consciente otra vez.
Corrió, mirando, escaneando a cada lado, buscando un escondite. Inhala. Exhala. Inhala. Exhala. Los latidos le rompían los tímpanos y le hería el pecho.
Se escondió detrás de un auto. Esperando.
No se fueron. Se estaban acercando.
Apretó su lanza contra su pecho hasta tener los nudillos blancos, casi fantasmales. No había opción.
Un chirrido metálico estruendó a sus espaldas. Vidrios cayeron sobre él, en su cabello y en sus hombros. Sangre.
Estaba muerto.
El auto salió volando por los aires. La onda expansiva lo arrojó contra el asfalto. Eran peor en persona.
Altos y esbeltos, de un color blanco nauseabundo con un grisáceo abrazando sus extremidades. Ojos rojos que te miraban como si no fueses más que una escoria.
Lo encontraron.
—Individuo sin identificación detectado— dijo la máquina mientras alertaba las otras, que voltearon por inercia. Chan los veía hacia arriba, petrificado.
Muévete.
—Iniciando protocolo de purificación— determinó. Su brazo, blanco y delgado, mutó. Sonidos metálicos y chispas salían de él. Lo levantó con una lentitud casi estudiada, directo a su cabeza. Se estaba cargando.
Muévete.
MUÉVETE.
El calor del láser pasó por su mejilla y chocó seco contra el suelo. Chan cayó del lado contrario .
De algo debieron de servir todas las pruebas que le hicieron.
Con todas sus fuerzas, se levantó a tropezones y corrió hacia el otro lado. Sentía un latido en su mejilla derecha, pero no era momento para dudar. El viento parecía empujarlo, una energía electrizante pasaba por sus venas.
A su espalda, los robots lo seguían como un depredador a su presa, pisándole los talones con armas en mano. Los que estaban más al fondo comenzaron a disparar. Una. Dos. Tres fallos.
Uno de los limpiadores se lanzó sobre él y con un sonido mecánico, cambió su láser por un brazo afilado.
Chan sintió una electricidad en su nuca, volteando al instante. Bloqueó el ataque de la máquina con su lanza a último momento. Terminó un poco rota, pero todavía era funcional.
Chan pateó con todas sus fuerzas el pecho del robot, alejándose un poco, tiempo suficiente para seguir corriendo. Debía tratar de evadirlos.
Había algo, una cosa que sentía en el pecho, que nunca antes había sentido. ¿Será por los sueños? ¿O sus pesadillas?
Desde que salió de Self, algo en él había cambiado. Siempre se preguntó por qué lo habían retenido junto a su familia, si ni siquiera tenía don. ¿Por qué lo separaron de su hermana? ¿Por qué le cortaban el pelo y le monitoreaban el sueño? ¿Por qué lo lastimaban a él o a su hermana hasta que gritara del sufrimiento?
Otro disparo a sus espaldas. Un destello de dolor corrió desde su pantorrilla hasta su espalda. Su pierna cedió. Un grito desgarrador salió de su garganta, cayendo como saco al suelo.
Se acabó.
Se volteó, logrando ver como el robot se lanzaba sobre él sin piedad alguna. Por inercia, tomó su arma y la usó para cubrirse, pero apenas recibió el golpe, se partió en dos.
Con la punta, trató de perforar el cráneo del robot, pero el vidrio solo explotó, dejando trozos clavados en su piel.
Soltó otro grito. Iba a morir.
Los demás robots no tardaron en tirarse sobre él.
Este era su fin, iba a morir.
Pensó en su madre. ¿Qué habrá sido de ella? Recordaba que siempre le decía que debía de seguir su corazón, que nunca debía confiar en lo que diga Big 4, que él encontraría su propia libertad.
Jadeos salían de sus labios y la sangre que escurría de su cuerpo le comenzó a manchar la ropa. ¿Qué pensaría su madre de él?
El robot que estaba encima de él alzó su brazo, dándole un puñetazo en la cara. Del golpe, sus lentes de sol salieron volando.
Sus ojos al descubierto.
Podía sentirlo, la mano del monstruo encima de su boca, apretando con fuerza. Estaba saboreando el miedo en sus ojos.
—Escaneando…— soltó la máquina, mientras las otras lo tomaban de manos y piernas. Una mano metálica tomó uno de sus ojos y forzó sus párpados a abrirse. Una luz roja atravezó su ojo izquierdo. El ardor y era insoportable. Chan trató de gritar, de luchar, pero no podía moverse.
El mismo miedo de su sueño lo invadió. La misma adrenalina, la misma energía que corría por sus venas. Nunca sería libre.
El escáner de la máquina le dio en los ojos, haciéndolo cerrarlos de golpe.
—Sujeto identificado— espetó la máquina, aplastando su mejilla derecha contra el asfalto, para bajarle el pañuelo de los labios.
Chan pateó con todas sus fuerzas, luchó. No podían verlo, no podían. Lágrimas de impotencia caían de sus ojos.
El viento gritaba a su alrededor, reclamando su libertad, tal y como lo hacía él.
A pesar de su resistencia, la máquina le bajó. Por completo el pañuelo, dejando al descubierto su cuello. Ahí, el recuerdo que más odiaba se encontraba tatuado en su piel. Una marca que siempre le recordará que es de su propiedad. Su número en el matadero.
— Experimento 0325, cuarta generación, base C, con orden de captura inmediata— soltó. Los robos, con sus dedos metálicos trataron de levantarlo.
—No. Espera ¡No me toquen!— bramó Chan. Una energía recorrió su espalda, desde su columna hasta la punta de sus pies, por todo su cuerpo. Volvió a los brazos de su madre, donde le tarareaba una canción.
—"Recuerda mi niño, cada que estés en apuros, Dragonfly siempre va a estar contigo, como estuvo para nosotros. Somos el viento que sopla en la calma y en la tormenta. La misma libertad."— le dijo, dándole un dulce beso en la frente.
Con una furia incontrolable que le atravesaba la piel, Chan movió su brazo, en un intento desesperado por escapar. Su cuerpo vibraba al compás del ambiente. Algo en él, algo nuevo.
Sintió una ráfaga de viento chocando su rostro, y todo el peso que estaba encima de él se esfumó de golpe. Un estallido de vidrios y mármol se escuchó a su derecha.
—¿Eh? — soltó Chan. Se levantó, con la adrenalina en su sistema.
Se quedó helado con lo que vio.
Los robots se encontraban tirados sobre una edificación abandonada, echando chispas.
Se quedó petrificado un segundo, para luego mirarse las manos.
¿Él había hecho eso?
Dentro de Self, nunca lo colocaron como un bendecido. Pero estaba en constante vigilancia junto con su hermana, igual o incluso más que ellos.
Hasta que llegó el primer sueño.
Algo mínimo, era una especie de explosión, pero había una señora, de como unos 60 años aproximadamente. Se la llevaban.
Días después, una nueva reclusa apareció. Tenía los mismos cabellos grises y cortos. El mismo rostro de enojo. No recordaba su nombre, pero sólo la logró ver una vez. Decían que era una traidora, y que iban a purificarla.
No había entendido bien qué había pasado, pero los hombres de blanco lo comenzaron a monitorear más, algo de que sus niveles de energía habían subido. Y luego lo separaron de su hermana.
Esa vez también soñó con una libélula enorme, que lo miraba solo a él, como si lo traspasara. Sentía el viento recorriendo su rostro, enrollándose y vibrando a su lado. No entendió nada.
Los robots se comenzaron a levantar, dejando rastros de tuercas y vidrio en el suelo. Estaban mucho más lentos que antes.
La energía recorría todo su cuerpo, se sentía revitalizado. El viento vibraba a su alrededor.
Los ojos de uno de los limpiadores se pusieron de un rojo sangre que lo hizo temblar.
—Niveles de energía más elevados de lo usual, el experimento se ve hostil— resaltó de forma robótica, caminando a paso lento mientras cojeaba, recargando su arma.
Bien, Chan no tenía ni idea de cómo había hecho eso antes, pero tenía que hacerlo de nuevo, porque si lo atrapan, la muerte sería mucho más benevolente. Los robots se lanzaron contra él. Láseres y filosas espadas se alzaban para acabarlo. Chan movió su brazo hacia la derecha, lanzando otra ráfaga de viento que sacó volando a un par. Era mejor que nada.
Esquivaba los tiros con una gracia que no tenía antes, era como si sintiera la vibración del viento y este le advirtiera hacia qué lado ir. Izquierda, derecha, abajo, derecha. Era un baile, un ritmo constante.
El limpiador que lo escaneó se abalanzó sobre él, apuñalándolo en el brazo. Chan soltó un grito de dolor, lanzando otra ráfaga. Pero el robot no se inmutó. Los demás se levantaron y fueron de nuevo hacia él. Genial, de nuevo en el punto de partida. Trató de zafarse, pero una punzada de dolor proveniente de su vientre lo paralizó. Pudo esquivarlo con las justas, pero había logrado perforar su estómago un poco. Comenzó a toser, sangre brotaba de su boca.
—Central te salvará— dijo el robot con el puño en el aire, a punto de dejarlo inconsciente. Chan solo lo miró, con la ira y la impotencia gorgoteando en su estómago. Cerró los ojos, esperando el último impacto, aceptando su destino.
Pero este nunca llegó.
—¡Oigan, ustedes! —gritó una voz fuerte. El robot se detuvo. — ¡¿Qué hacen todos ahí reunidos?!
Chan se quedó congelado.
Otras pisadas se escucharon.
—Hyung, no hagas tanto ruido, podrían seguirnos hasta el auto —espetó el otro. Se oía algo molesto.
El robot se levantó de golpe seguido por los demás.
—Oh, ¡ahí están!— gritó sonriente, haciendo sombra sobre sus ojos con la palma, tratando de distinguirlos. Chan intentó sentarse de forma correcta para poder verlos bien, pero un pinchazo en su abdomen no se lo permitió.
El primer hombre era bastante bajito a comparación del que estaba a su izquierda, pero era mucho más robusto. Su cabello era de un color anaranjado que reflejaba los rayos del sol a punto de esconderse a sus espaldas y sus lentes de sol tenían pequeños lazos rosas en los costados.
El otro chico lo superaba en altura casi por media cabeza. Era mucho más serio y esbelto. Su cabello era de un marrón oscuro casi negro. Tenía la funda de una katana en su cintura y sus lentes tenían unos adornos de patitas de un animal.
—Escaneando…— habló la máquina, levantándose y caminando hacia ellos. Las demás, por inercia, caminaron con él.
— ¿Vas a querer ir contra él o contra mí?— gritó, acomodándose los lentes con la mano.
—Anomalía detectada. Ser sin energía. comenzando el protocolo de purificación —dijo sin mirar al bajito y sin perder ni un segundo, se lanzó hacia el más alto.
—Mh! No es justo, siempre se van contra ti primero! — soltó el peli naranja molesto, cruzándose de brazos. —Creo que hubiera sido mejor para ellos si hubiera sido yo, al menos dejaría uno para investigar. Ve por ellos, Minnie!— soltó al final.
El peli castaño rodó los ojos y suspiró, caminando con una calma terrorífica directo a los limpiadores.
Chan jadeó.
El chico bajó su mano hasta su katana y exhaló. — Lo haré rápido, tenemos que irnos— le respondió al bajito. Su rostro cambió al instante, mostrando una dulzura que contrastaba con todo el ambiente, salida de la nada. —Tú qué opinas, Charlotte?— preguntó. A la par, sacó su katana, como si ésta respondiera a su llamado.
El robot subió su brazo, transformándolo en un arma en cuestión de segundos. Apuntó directo a la cabeza del peli castaño. El chico seguía caminando, balanceándose lado a lado con una gracia arrolladora, casi como pluma.
La energía estaba cargando. El otro se apoyó en su pierna izquierda, con la mano rodeando la empuñadura de su katana.
Un estallido.
Chan saltó del susto, cerrando los ojos. Solo lograba escuchar los choques de metal contra metal y pequeños chirridos robóticos. Luego de un rato, los abrió lento, esperando encontrar un gran charco de sangre en el suelo.
Pero lo que vio lo dejó helado.
La cabeza del limpiador cayó rodando al suelo, en un corte limpio. Sus circuitos rechinaban y sacaban chispas, y un líquido negro espeso salió de él.
Los demás robots fueron hacia él. Uno a uno, trataban de acabarlo, pero caían decapitados al suelo con una gracia digna de admirar. En menos de 2 minutos, todos los limpiadores estaban muertos.
El chico sacudió su katana hacia un lado, quitándole todos los restos de suciedad que quedaban. Susurró un agradecimiento a su arma y la volvió a guardar.
Chan tenía que salir de ahí.
— Muy bien Minnie, es hora de irnos, si no la jefa nos va a matar— dijo el bajito, caminando hacia el otro lado.
Chan se quedó quieto en el suelo, tratando de no moverse ni un centímetro.
—Espera —soltó el alto— hay alguien ahí.
Chan lo sintió moverse hacia su dirección.
—¡Oh! Es verdad, no había notado— admitió el otro.
Escuchó como el alto se detuvo justo al lado de su cabeza. Lo escuchó agacharse.
Chan aguantó la respiración.
Uno.
— Mmh, no había escuchado de algunos de los otros grupos que alguien esté por aquí— dijo.
— Sí… ¿Cómo habrá llegado aquí? La herida en su estómago se ve algo superficial, tal vez siga vivo— soltó el más bajito.
Sintió como una mano se acercaba a su frente.
—Está tibio. Deberí- — no pudo terminar la frase. Chan abrió los ojos y sin pensarlo le quitó el brazo de un palmazo.
El tal “Minnie” se levantó de golpe, poniendo su brazo delante del más bajito, tratando de cubrirlo. Tomó su katana y susurró unas palabras que Chan no escuchó.
—¡Oye! ¡Espera!— gritó el peli naranja
Comenzó a correr.
En un pestañeo, sintió que se le erizaba la nuca. Volteó por reflejos y lo vio.
Sus orbes eran tan oscuros que Chan juraría que estaba muerto. Tenía una mirada que no emanaba ninguna emoción. Tenía la katana lista para atacar. Cuando amenazó con sacarla, Chan reaccionó y le lanzó una ráfaga de viento, que lo cubrió del ataque.
El chico abrió los ojos con asombro, cubriendo su rostro con sus brazos. Chan se volteó y siguió corriendo apretando su estómago, solo escuchó como el cuerpo del peli castaño golpeó el suelo.
—Seungmin!— gritó el más bajito.
Chan solo corría sin detenerse hacia la carretera.
Escuchó el sonido de una moneda cerca de él.
Volteó de nuevo, listo para atacar, pero no le dieron tiempo a reaccionar. Una sombra pasó de largo y sintió como una mano le tocó el hombro. Cuando Chan trató de correr un poco más, su pie nunca tocó el suelo. Sintió como una energía recorría todo su cuerpo. Asustado, miró a su alrededor. Soltó un jadeo de sorpresa.
Estaba lleno de una especie de aura rosada brillante. Miró hacia el suelo moviendo los pies.
Estaba flotando.
La sombra se detuvo al frente de él. Al mirarlo bien, pudo ver al chico bajito del principio, quien tenía una moneda dorada en su mano y bajaba despacio. También estaba lleno de brillo rosa.
—¡Oye! ¡¿Por qué corriste así?! Y qué fue eso que lanzaste al inicio?!— preguntó, bastante exaltado.
—Yo… — trató de responder Chan, pero en un abrir y cerrar de ojos, la katana estaba de nuevo en su cuello, y el peli castaño lo estaba apuntando.
—¿Quién eres y por qué tienes a Freedom?— preguntó, con la misma rudeza inicial.
—¿Freedom? ¿De qué mierda hablas?— preguntó Chan. Estaba cansado de todo esto. —Escuchen, no estoy entendiendo nada de lo que hacen y, ¿por qué estoy flotando?
Ambos chicos lo miraron en silencio por unos segundos. El más bajito le susurró algo al más alto, debió ser algo que no le gustó, ya que terminó suspirando y bajó su arma.
—¡No te preocupes! Fui yo, soy Seo Changbin y tú eres…?— preguntó con una sonrisa.
—¿Por qué quieres saber mi nombre? y ¿podrías bajarme, por favor?— espetó Chan. No confiaba en ellos.
Seungmin frunció el ceño de repente casi gruñendo, dio un paso hacia adelante pero Changbin lo tomó del brazo.
—Oh!, emm, bueno, primero queríamos que respondieras nuestras preguntas para ver si eras alguien que, ya sabes…sigue el régimen de Big 4— Respondió. —¡Y no te preocupes!, te bajaré— dijo sonriente.
Con un chasquido de dedos, Chan sintió como casi 20 kilos más de su peso caían sobre él, haciéndolo azotar el suelo. Era como si cargara un peso invisible en su espalda. Quedó encorvado sentado en el asfalto partido.
—¿Qué… hiciste?— preguntó Chan. El peso casi no lo dejaba hablar.
—Te bajé tal y como lo pediste— respondió con la misma sonrisa Changbin, agachándose a su altura. —Entonces, ¿me dices tu nombre?—
Chan suspiró, ¿Por qué le tenía que pasar estas cosas a él?
— Chan— respondió, seco.
—¡Bien! ¿Ves Minnie?, te dije que iba a decirlo, solo tenías que darle tiempo. Eres muy impaciente— le dijo en tono burlón. Seungmin soltó un gruñido, pateando a Changbin en la pantorrilla.
Él solo se rio.
Chan no estaba entendiendo nada.
Changbin volvió a chasquear los dedos y la ligereza volvió, despegándolo del suelo y haciéndolo flotar. Entre el brillo rosa, pudo ver como la sangre de su vientre flotaba, roja y espesa.
Sintió náuseas. Agradecía que el corte no haya sido tan profundo.
Cuando levantó la vista, notó que los orbes negros de Seungmin le estaba mirando directo al cuello. Chan sintió su cuerpo temblar.
No.
Cubrió la zona por puros reflejos, aturdido por los latidos ensordecedores de su pecho. Seungmin le devolvió la mirada, con una expresión casi indescifrable.
Él lo sabía.
—Tú…fuiste un experimento— le dijo. Changbin, quien estaba bastante alegre, se quedó helado de repente, mirándolo de nuevo, con la misma expresión que Seungmin.
¿Por qué lo miraban así?
Al parecer, vieron el miedo en su rostro, por lo que Changbin cambió de repente.
—¡No, no, no! No te haremos nada, no te preocupes. Nuestra jefa…— miró a Seungmin, dudando un segundo. El peli marrón asintió y Changbin volvió a mirarlo con suavidad.— nuestra jefa también es como tú. De hecho, hay varios que son como tú, creo que a ella le gustaría mucho verte— admitió, rascándose el cuello.
Chan sintió como la tensión en su cuerpo se disolvía. ¿Cuándo había dejado de respirar Seungmin lo miró un rato, parecía estar dudando un poco de algo, por su postura encorvada. Luego de un rato, se enderezó de golpe, y caminó hacia Chan.
—¿Cómo lograste escapar de ahí teniendo a Freedom?— preguntó.
Chan no sabía a qué se refería.
—¿Freedom? Todavía no sé de qué rayos hablan. ¿Qué se supone que es?— cuestionó. Nunca había escuchado ese nombre antes, mucho menos de Self.
Seungmin volteó a mirar a Changbin por ayuda. Sus ojos parecían los de un cachorrito. Changbin se acercó también a Chan, y con un movimiento de manos, comenzó a bajarlo despacio.
—Mira, no solemos hacer esto, pero nos preocupa que estés aquí afuera solo, más con Freedom en tus manos. — explicó con calma, pero la tensión en sus hombros y el temblar de sus dedos lo delataban— si te soy sincero, ni siquiera sé cómo carajos escapaste. Self estaría dispuesto incluso a matar a todo el país por ese don. Tienes suerte de que Minnie haya matado a los limpiadores, si esa información llegaba a sus manos, te volverías un fantasma— terminó. Tenía miedo en sus ojos. Una mirada triste.
Preocupación.
Chan sintió el asfalto en sus pies. Miró sus brazos; el brillo rosa comenzó a esparcirse por el aire, desapareciendo como cenizas en el viento. Miró, hacia el frente, a los dos hombres.
Suspiró.
— ¿A qué quieres llegar?—le preguntó Chan al enano, cruzándose de brazos. Estaba más calmado, pero seguía dudando.
— Bueno…nos preguntábamos si quisieras unirte a nuestro grupo de sobrevivientes. Solo si quieres— propuso con nerviosismo— estamos en contra de todo lo que la estúpida Big 4 quiere hacer con nosotros. ¿Silenciarnos? En serio? Creen que con quitarnos la libertad nos están salvando, pero solo están alimentando sus estúpidos egos de poder— espetó. La calma en su expresión se transformó en rabia pura. Con su cejas fruncidas y un puchero. —por esto estamos aquí, por eso existimos. Buscamos las respuestas, buscamos traer la libertad a nuestro mundo— caminó de nuevo hacia Chan, tomando sus manos entre las suyas. Sintió cómo todo el fervor y la pasión pasaban a través de estas. Estaban tibias.— lo hacemos por los de antes, por los de ahora, y por los que se vienen. Por Dragonfly.
Chan jadeó. Wildbloom.
Ellos fueron los que atacaron su base. Gracias a ellos, pudo escapar.
Darnos libertad a todos. Muy en el fondo, Chan también deseaba eso con todas sus fuerzas.
Muy a pesar de que su mente le está gritando y retumbando que no lo haga, que es un malagradecido, que debería morir por no adorar a Big 4, por no merecer amor. Debía intentarlo.
Por su madre, por su hermana.
Y por él.
Ese lugar le arrebató todo lo que alguna vez amó con toda su alma, no podía permitir que otras personas sufran lo mismo, simplemente no.
—Entonces, ¿Qué dices?— preguntó Seungmin.
Cuando Chan estaba a punto de responder, el sonido de un motor hizo un estruendo por el lugar. Ruedas tronaban sobre el suelo, rompiendo pequeñas piedritas.
Estaba cerca.
Chan se puso a la defensiva de repente.
—¡No, no, no, tranquilo! — gritó Changbin, agitando sus brazos a su dirección, tratando de calmarlo— son nuestros compañeros de equipo, no te preocupes— tomó con más fuerza sus manos y volteó.
El carro se estacionó justo al lado de ellos. Las luces lo cegaron un poco, entrecerrando sus ojos.
—¡Soobin! Ya terminaron de investigar, ¿no?— preguntó Changbin, soltándole las manos y mirando a Soobin.
El pelinegro asintió y sonrió, quitándose los lentes. Al parecer era de pocas palabras.
Del auto salieron unos 5 chicos más. Todos tenían mochilas y armas, además de un cinturón con compartimentos bastante raros. Se veían peligrosos.
Todos lo voltearon a mirar de repente, incluyendo a Soobin, quien cambió su expresión al instante. Luego de unos segundos, volteó a mirar a Changbin.
—No te preocupes, lo encontramos aquí. Estaba siendo atacado por 10 limpiadores, así que lo ayudamos. Además…— dijo, señalando su cuello.
Soobin entrecerró los ojos, tratando de leer. Cuando entendió, los abrió sorprendido, dándole un pulgar arriba a Changbin.
—¿Vienes con nosotros?— preguntó Seungmin, dirigiéndose al vehículo colocándose sus lentes de nuevo.
Chan lo pensó por un segundo. Esta era su única oportunidad, después de todo, tenía el estómago vacío (sabía que era una excusa, pero trató de engañarse). Ignoró todas las voces en su cerebro y se concentró en el ahora. No podía dudar.
—Está bien, iré con ustedes— respondió.
—Buena decisión. Aunque no tenías otra opción, si decías que no, tendríamos que matarte— respondió, sacando de su cinturón una máscara de oxígeno. Deslizó la máscara de caucho negro por su rostro, dejando al descubierto sus ojos. Tirando lento, se ajustó los elásticos detrás de las orejas.
—¿¡Qué!?— gritó Chan. Estaban bromeando, ¿verdad?
—Bueno, sabes nuestras identidades, así que era dejarte vivir y que por algún brote psicótico por el lavado de cerebro que seguro te han hecho le digas a Self quienes somos oooh, morías y protegíamos a nuestra gente— respondió Seungmin.
Bueno, tenía un punto.
—Entonces, ¡te llevaremos a nuestro hogar!— dijo Changbin con emoción. Él también sacó de su cinturón una máscara igual a la de Seungmin, ajustándose detrás de las orejas. Bajó sus lentes de su frente.
Chan volteó. Para su sorpresa, todos que estaban en el auto se pusieron la misma máscara.
Qué.
—¿Qué están haciendo? — preguntó Chan, dando pequeños pasitos hacia atrás.
Soobin comenzó a acercarse hacia los otros dos chicos con su máscara ya puesta, mirándolos.
—Bueno, por órdenes de la jefa, si vienes con nosotros no podemos mostrarte el camino— respondió Changbin— Soobin— llamó.
El chico caminó unos pasos hacia Chan. Levantó su mano con suavidad, tomando la manga de su camisa militar y tirando de ella.
Un humo blanco comenzó a salir de su brazo con rapidez, esparciéndose por todo el lugar. Chan dio un paso atrás, tratando de escapar. Gritó por ayuda, pero el sonido nunca salió de sus labios.
Los dedos de sus manos comenzaron a adormecerse, al igual que sus piernas. Sus párpados le pesaban.
Y cuando menos se lo esperó, su cabeza chocó contra el suelo.
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El aire revolvía los cortos mechones de su cabello, arrullándolo con suavidad. Una suave canción resonaba en sus oídos, entrando a su mente y consumiéndola por completo. Las flores a su alrededor le hacían cosquillas en la nariz, e inhalaba el olor dulce que desprendían. Las caricias del viento apagaron toda su ansiedad y miedos, como una respuesta que nunca se habló, pero se entiende a la perfección.
Estaba a salvo.
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Fue consciente poco a poco de su cuerpo.
Abrió los ojos lentamente mientras se acostumbraba a la luz. Estaba todo borroso a su alrededor. Sentía un dolor punzante en sus piernas y brazos. Trató de hidratar sus labios, pero su garganta estaba seca.
Quiso mover sus brazos, pero cuando lo intentó, sintió que algo los apresaba.
Espera.
Chan se despertó completamente de golpe, con un punzón de miedo en su pecho. Una única luz sobre su cabeza lo recibió, de un color amarillento, que parpadeaba cada cuanto. No podría ver más allá de ella.
Movió sus ojos por todos lados, analizando el entorno con la mayor calma que podía encontrar. Su respiración comenzó a entrecortarse de nuevo. Agitaba sus brazos y piernas con fuerza, tratando de zafarse de los nudos. Sus dos brazos estaban atados a los lados de la silla y sus piernas a las patas.
No había salida.
Ellos tenían razón, ¿Cómo pudo confiar en los rebeldes? Lo único que era un traidor. Un asqueroso traidor que no merecía perdón.
Tenía que morir, tenía que irse ahora, tenía que-
—Despertaste— soltó una voz calmada entre las sombras. Chan subió la mirada, entrecerrando los ojos, buscando el origen.
Era una mujer.
Entre las sombras, se veía la silueta de la mujer apoyada al marco de una puerta con brazos cruzados. La desconocida, al darse cuenta de que la encontraron, comenzó a caminar con una lentitud agonizante hacia Chan.
Era su fin.
Se comenzó a mover más rápido. Debía salir. Debía irse. Tenía que regresar con ellos.
—Wow wow, cálmate — pidió la chica con algo de desesperación, levantando sus manos hacia él. Su rostro al fin tocó la luz.
Tenía facciones bastante afiladas y una mirada que te leía completo. Su piel parecía besada por el sol y llevaba una coleta. Tenía un jersey de cuello tortuga, que le cubría por completo el cuello y un chaleco con estampado de camuflaje. Parecía una militar.
—No te haremos nada, tranquilo— le trató de explicar con suavidad, regresando a su calma inicial.
No podía creerle.
La mujer suspiró. Se acercó al frente de él y se agachó para quedar casi a su altura. Tomó el borde del cuello de su jersey y lo bajó sin titubear.
A Chan se le cortó la respiración.
La misma marca. El recordatorio de que siempre le pertenecería, sin importar qué.
Volvió a sentir el mismo ardor en su carne viva y desgarrada. Cómo el metal se fundía con su piel para formar la carga que llevaría para siempre.
Leyó el número tatuado en su cuello: 0197.
Subió la mirada hasta sus ojos. La mujer sonreía con algo de melancolía, subiendo el cuello de su jersey. Exhaló con fuerza y se levantó, tomando una silla de la oscuridad y colocándola en frente de él.
—Bien, mi nombre es Park Jihyo. Bienvenido a Wildbloom.
Sí, Chan iba a morir.
