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Tres minutos. Esperó tres minutos desde que se fueron. Tres minutos desde que Coco alzó el vuelo y la dejaron atrás. Volaban hacia Andrasta. Hacia Galiah. Hacia su muerte.
Tres minutos, y pudo dejar de contenerlo todo. De aguantar el peso en sus hombros y todo el aire que guardaba en los pulmones. Solo tres minutos, y lloró. Cayó al suelo, sus rodillas hundidas en la nieve, y chilló. Gritó de dolor, de rabia, de impotencia. Lloró hasta desgarrar su garganta y sentir que se vaciaba todo su cuerpo. Sintió que le habían arrebatado a Arianna de su lado como quien arranca una tira de papel. Ras. Destripada de la hoja. Ras. Otra vez. Ras. Y otra más. Hasta que no quedó nada más de sí misma, como tampoco quedaba nada más de Arianna. Porque ya no estaba ahí, porque la habían vaciado, rasgado... Y Celedonia sintió ganas de vomitar. Aguantó el líquido ácido que subía por su garganta, siempre sabía a zumo de naranja y ricino. Se moría. Celedonia sentía que se iba a morir allí mismo. No literalmente, quizá, pero su alma se deshacía en un dolor tan desgarrador que temía que no quedase nada de ella que reparar. Si Arianna se quedaba así, se moriría de dolor y ningún mago de ningún mundo podría mantener sus pedazos. El viento cortaba sus mejillas y congelaba sus dedos, pero ya no le importaba. Volvió a llorar, su voz deshecha y entrecortada, contra el suelo. Y se quedo allí encogida, arrugada, hecha pedazos, porque no podía más. Porque ya no podía seguir.
Así que esperó. A la única persona que aún podía ayudarla, a la única persona que le tendería la mano.
Y esperó. Cinco minutos. Luego diez. También quince...
Cuando pasaron 16 minutos, Celedonia supo que Xanthe no iba a volver. Y su pecho se agrietó de nuevo y vació de ella lo poco que quedaba.
Estaba sola, aislada. Una estúpida chica inútil en una fortaleza vacía y perdida. Sin aliados, sin amigos, sin nadie.
Se tragó el orgullo amargo y caminó hacia el establo. Había sido estúpida, otra vez. Xanthe no iba a ir. No llegaría antes, ni siquiera a tiempo, llegaría después, mucho después. Igual, demasiado tarde. Tal vez, su madre tenía razón. Tal vez, el grupo tenía razón. Pero, si tan estúpida era, ¿por qué se sentía tan mal cuando seguía algo que no era correcto? Si tan estúpida era... ¿Por qué Raeth confiaba en ella? ¿Por qué tuvo que conocerlo? ¿Por qué tuvo que decirle que siguiese su corazón, sin importar lo que otros pensaran?
Era más fácil ser una niña estúpida.
Pero ya no lo era. No podía volver a serlo.
Subió a lomos del caballo espectral. Su cuerpo rezumaba un humo vaporoso y su pelaje era negro y denso, como el terciopelo de su capa. Pasó la pierna por encima y tomó las riendas. Si para su propio nombre había escogido el de Yanna, el de la criatura sería Drystan. Porque no había nada más poderoso que tomar tu mayor miedo y domarlo. "No existen los cuentos de hadas, Cel" solía decir su padre. Y tenía razón. Nadie había ido a por ella. Nadie la iba a salvar. Y, aunque dolía, comprendía que tenía el poder de tomar su propia decisión, de luchar por ella misma. Tiró de las riendas y galopó, rápido, muy rápido, por los senderos de nieve y piedra escarpada que cruzaban la montaña. Inclinó su cuerpo hasta alinearlo con el del corcel y espoleó con el talón. El animal bramó y avanzó acelerado y, cuando el sendero terminó, saltó y trotó sobre el aire. Hasta ellos. Hasta Galiah. Tenía que llegar. No tarde, no a la vez, antes, si fuera posible. Había algo que podía hacer. Tenía que intentarlo. Aunque se cortase con el viento. Aunque no lo fuese a conseguir. No podía rendirse, no esta vez. Daría todo lo que tenía por cambiar un futuro que estaba condenado a fracasar. Debía intentarlo. Por ellos, por Galiah. Porque ni los dioses ni ella misma podían decirle qué hacer. No ahora que creía en sí misma, no después de conocer a Raeth.
Su determinación ardió en su estómago con una fuerza que bullía hasta hacer burbujear su sangre. Porque, entre el eco de las montañas y el silencio del valle, Celedonia se sintió más libre que nunca.
