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Capitano estaba herido. Lo disimulaba profesionalmente, pero estaba cansado y dolorido desde su enfrentamiento con la Arconte Pyro.
Pasaron varios días, la adrenalina de la lucha contra el abismo y las bajas le hicieron poner su propio bienestar último en su lista de prioridades, y aquel descuido le pasaba la cuenta ahora.
Se excusó cordialmente con su grupo y se fue a su tienda, erguido y caminando lento, con calma, como si un humano normal no estuviera retorciéndose con una herida similar.
No importaban las horas, los días, semanas; no parecía aliviarse ni un poco. Es más, cada vez parecía arder con más fuerza.
Capitano no estaba en los mejores términos con La Arconte, pero reconocía que no era una sádica. Tenía claro que el dolor que lo aquejaba era resultado de su propio deterioro corporal.
Amanecer sin padecer ningún dolor a sus más de quinientos años era un privilegio, y no supo apreciarlo a tiempo.
Cuando la cortina se cerró a su espalda, ni un segundo después, se dejó caer contra el pilar del centro, gruñó levemente y se sentó, respirando hondo mientras se desabotonaba el traje.
No había medicina existente capaz de aliviar aquel malestar, y aunque la hubiera, tal vez ese dolor se estaba cobrando de algo.
Tal vez el masoquista era él.
No alcanzó a quitarse el traje. Los ruidos y choques de armas fuera de su tienda le llamaron la atención.
—No tienes permitido estar aquí. —la voz de uno de sus soldados, grave y autoritaria.
—Soy médico, puedo ayudar si me dejas pasar. —Ororon, con toda la confianza del mundo, por alguna razón estaba fuera de su tienda.
Silencio. Capitano podía imaginar como las miradas iban y venían, esperando su autorización.
—Déjenlo pasar. —dijo al fin, volviendo a cerrar su traje.
Sus ojos estaban cerrados, mientras regulaba su respiración, sin levantarse del suelo. Escuchó cómo volvían a bajar sus armas, y los pasos ligeros del chico entrando en su tienda, cerrando de inmediato la cortina.
Volvió a abrir los ojos, para encontrarse con el escrutinio de esos ojos bicolor.
—¿Médico? —se burló, sin modificar su monótono tono de voz.
—Bueno, —Ororon hizo un gesto de desinterés levantando los brazos —pensé que mi compañía te haría sentir mejor.
El descaro casi le hace soltar una sonrisa, pero el dolor ocupaba toda su concentración.
—Algo. —confesó.
Ororon hizo una mueca parecida a una sonrisa, y se acomodó frente a él en el suelo.
—¿Así recibes a tus soldados?
Capitano no dejaba de mirarlo. Desde que lo salvó, sin que se lo pidiera, sin una sola razón para hacerlo, Capitano lo observaba.
Era una persona difícil de descifrar, lo que pensaba y lo que iba a hacer. Y por qué lo hacía.
Para su suerte, también eran bastante transparentes sus intenciones cuando se trataba de él.
—Tú no eres uno de mis soldados. —En su mente, Ororon tenía permitido verlo de esa forma. Le había salvado la vida, lo mínimo que recibiría a cambio era su confianza.
Ororon lo entendía. O, más bien, lo percibía. Antes de conocerlo, de presentarse mutuamente o de pasar los días que llevaban juntos, Ororon sentía a Capitano.
Por lo mismo sabía que no se encontraba bien, e intentaría hacer lo posible por ayudarlo.
—No, no lo soy. —sacó de su bolsillo una bolsita, el aroma no le resultaba conocido, pero confió ciegamente una vez más. —Por hoy soy tu médico.
Capitano lo aceptó. Abrió su traje otra vez, y el chico tomó de la pasta que había en su bolsita con los dedos, y la aplicó suavemente contra su herida.
Sus dedos tibios provocaron un cosquilleo imperceptible en Capitano.
Con el pasar de los años, y el avance de su deterioro, simplemente asumió que no volvería a sentir un montón de cosas que alguna vez lo hicieron humano.
No sentía su propia temperatura, ni apreciaba el sabor de las comidas. Tampoco sentía el placer de beber agua fría cuando hacía calor, y olvidó la última vez que tuvo un sueño reponedor. Cada día estaba más exhausto e insatisfecho que el anterior.
Pero ahora…
El tacto de su mano contra su pecho, trazando círculos, tan lento, provocando calor bajo sus dedos. Era agradable.
Subió su vista. Había estado disociando mirando las manos del chico, pero Ororon estaba mirando fijo su rostro.
Sintió cómo se tenso su cuerpo.
Sabía que no podía ver a través de su máscara, y aún así se sentía expuesto. Seguro por las cosas inapropiadas que su mente se puso a pensar.
—¿Se siente bien? —preguntó, volviendo a tomar distancia.
Capitano se tomó un momento para responder, y para entender a lo que se refería.
—Si. —el alivio del dolor fue casi inmediato. —¿Tiene-
—No revelaré mis trucos. —dijo casi de inmediato, confirmando que había usado de su magia además de medicina natural. Parecía satisfecho consigo mismo. —¿Quieres dormir?
Capitano ya no era capaz de escuchar a sus soldados haciéndole guardia. Era de noche, Ororon había entrado a su tienda y no lo vieron salir. Era el menor de sus problemas y aun así pensó en las miradas poco disimuladas que iban a intercambiarse sus soldados por la mañana.
—¿Y tú? —preguntó. No se sentía bien enviarlo de vuelta a esas horas, pero también tenía sólo sacos de dormir en esa tienda.
Ororon no parecía cansado. De hecho, Capitano recordaba verlo bostezar durante el día y ser más activo por las noches. Sus orejas se movieron, como dándose una sacudida. Capitano se dio cuenta de lo mucho que le estaba costando quitarle la mirada de encima.
—Yo te haré guardia mientras duermes. A eso vine, la verdad. Quería que por una sola vez durmieras bien.
Era adorable.
Claro, al no dormir Ororon por las noches se daba cuenta de todas las veces que él se acomodaba, se quejaba, se levantaba y se volvía a tumbar sin ser capaz de mantener el sueño.
Se levantó para terminar de quitarse el traje y meterse en su saco. No le molestaba para nada la presencia del chico cerca de él. Al contrario, incluso se había acostumbrado a tenerlo rondando, siempre atento a sus ordenes y necesidades.
Parecía despreocupado y flojo a simple vista, pero siempre estaba alerta. Al pendiente de lo que hacía la gente a su alrededor, como si desde su silencio analizara minuciosamente a las personas.
No había mucho que analizar en él, asumía El Capitán. No tenía una personalidad que destacara mucho, como el resto de habitantes de Natlan. Cada uno único en sus formas de ser. No quedaba mucho por descifrar de su persona. A decir verdad, no había mucha persona en general.
La mirada de Ororon estaba, para sorpresa de nadie, aun sobre él.
—Buena noche. —Capitano se despidió, tal vez con demasiada cordialidad para quien acababa de curar su pecho desnudo.
—¿La máscara no se va? —preguntó, y Capitano sonrió debajo de ella.
—¿Habían intenciones ocultas en tu presencia dentro de mi tienda a esta hora? —evadió la pregunta.
Tenía claro que su máscara provocaba curiosidad, pero las personas que frecuentaba le tenían demasiado respeto como para ofenderlo de esa forma. O para asumir el motivo de ella.
—¿No es suficiente mi respuesta para ti? —Ororon había sido honesto, quería curar su herida y cuidar su sueño. —¿Se te ocurre algo más que podríamos hacer? En tu tienda, digo. A esta hora.
Lo más expresivo que tenía su rostro era su mirada, y cuando pronunció esas palabras Capitano tuvo que mirar a otra parte.
A sus quinientos años no fue capaz de sostenerle la mirada al chico, que estaba a más de dos metros de distancia de él. No estaba para ese tipo de bromas, pero tampoco podía decir que le había molestado. En parte fue su culpa por sobre cuestionarlo, y esta era su forma de defenderse.
Sólo eso.
—No, la máscara no se va. —Volvió a evadir su pregunta.
Ororon no respondió, y Capitano dejó de sentir su mirada sobre él.
Pero su mente se negaba a dejarle dormir, repitiéndole sus palabras una y otra vez, proyectando su intensa mirada cada vez que cerraba los ojos.
Irónicamente Ororon le estaba quitando el sueño.
.
La verdad no le costaba para nada caer dormido, ni levantarse en el momento que despertaba. Estaba acostumbrado, entrenado para estar alerta y descansar nada más que lo necesario. Nunca lo verías dormido durante el día o pasadas las siete de la mañana.
Pero hoy se había quedado, apenas cinco minutos, acostado después de despertar.
Ororon dormía a su lado, en un saco de dormir diferente, plácidamente y cubierto hasta las mejillas, acurrucado cerca de él. Su cabello caía sobre su rostro y suspiraba lento.
No le importó tenerlo dormido junto a él. De hecho, al verlo dormir, deseó haber estado despierto cuando se acomodó a su lado.
Se obligó a levantarse. Hizo su cama y le dejó unas galletas sobre su saco doblado.
Cuando salió de su tienda, unos minutos más tarde que de costumbre, hubo uno que otro intercambio de miradas entre sus hombres. Ninguno que le ofendiera lo suficiente como para preguntar, pero podía imaginarse las razones. La razón, más bien, que seguía durmiendo en su tienda.
Para la mayoría de sus hombres era común hacer el intento por tener una vida normal, al menos socialmente, entre jornada y jornada de trabajo.
Los que debían vivir en otra región por años incluso formaban una familia para cuando eran llamados de vuelta a Snezhnaya. Los otros, más jóvenes, se divertían en cada una de las regiones en las que tenían encargos.
Capitano no. Capitano sabía cuales de sus hombres se desaparecían por las noches y se aparecían otra vez por la mañana, fingiendo que estuvieron ahí todo el tiempo. Los veía despedirse incluso entre lágrimas en medio de un festival estacional, jurando una y otra vez volver.
Había visto a muchos cumplir esa promesa. Y muchos otros que no.
Pero Capitano no.
Los más desvelados habían hecho apuestas durante la noche. Treinta mil a que el muchacho pasaba la noche con El Capitán. Cincuenta mil a que El Capitán lo escuchaba decir eso y lo mataba antes de que saliera el sol. Cien mil a que el muchacho era un espía de la arconte pyro.
“El chico fue quien salvó al Capitán de su pelea con Mavuika”.
Doscientos mil a que El Capitán al fin encontró a alguien.
Así fue subiendo el fondo de apuestas, y se iban informando los del turno de la madrugada a medida que se iban despertando. Por eso, entre bromas de colegas que llevan años trabajando y viajando juntos, estaban todos tan al pendiente de verlo por la mañana.
“Va a salir contento de la tienda” dijo el que menos miedo tenía de morir.
Los que no se atrevieron a reírse también dieron su hipótesis.
“Tal vez estamos todos mal, y el chico salió de la tienda de la misma forma que abandonó la arena. Como un brujo”.
Eso les hizo recapacitar. Estaban tan entusiasmados apostando y soltando ideas que nadie pensó en lo más lógico.
Cuando el sol salió, se abrió la tienda y vieron a Capitano, todos se sintieron intimidados. La culpa de haber sido insolentes con alguien a quien le tenían tanto respeto.
El recaudador, que sólo estaba riendo de lejos desde que se levantó, se dio cuenta de la incomodidad entre la tropa, y sintió la responsabilidad de amenizar un poco el ambiente. Después de todo era el que llevaba más tiempo junto a Capitano. Del grupo actual, claro.
—Buen día, Capitán. —le sirvió un café sin preguntar y se lo acercó cuando su jefe tomó asiento entre ellos. —A su orden.
Dicho eso, todo el jugueteo pareció quedar en el pasado, y todos los semblantes ahora estaban atentos a sus instrucciones para el día.
.
El desayuno fue ameno, a pesar de estar siempre ocupados también sabían valorar la calma, y cada instante que pudieran tener antes de la siguiente batalla.
Nunca sabías cuándo sería tu última batalla.
Capitano respetaba el tiempo de los demás, lo más valioso que tenían, algo que le había sido arrebatado hace siglos. Eso hacía que le respetaran también.
Agradeció la comida al levantarse, y cuando volvió a su tienda cerró rápidamente la cortina detrás de él.
Asumió que el chico, por pertenecer a cierta tribu, le sería poco adecuado levantarse temprano. Dicho esto, el escenario con el que se encontró superaba sus expectativas.
Ororon estaba sentado con las piernas cruzadas, el saco de dormir hecho un ovillo a su alrededor, su pelo levantado en la parte de su cabeza que tocaba con la almohada, y sus orejas medio dormidas aun.
De hecho, sus ojos también estaban entrecerrados, y la interrupción que provocó Capitano en la tenue luz de la tienda abriendo la cortina había provocado que los cerrara aún más.
Se estaba comiendo las galletas que le había dejado, también.
Le costó encontrar palabras para describir lo que sintió al verlo. Tal vez no las había.
—Gracias. —dijo el chico cuando logró enfocarlo.
—¿Qué agradeces? —la curiosidad le obligó a preguntar.
El chico levantó una de las galletas.
—Y por no echarme a mi casa.
Capitano sonrió.
—Fue un placer. —admitió.
Ororon al fin se había despejado, seguramente al comer terminó de despertar su cuerpo.
—¿Qué harás ahora?
Había sonado serio. Capitano aún no sabía cómo interpretar al chico correctamente, así que asumió que se refería a su próxima misión. Seguramente escuchó lo que habló con su grupo y sus instrucciones hacia ellos.
—Nuestro siguiente destino es Snezhnaya. —hablaba de sus hombres, claro. No estaba seguro de poder abandonar Natlan. —Sigo ordenes de La Tsaritsa, y este largo viaje no fue más que guiado por sus intereses. Ahora, mis tropas deben volver a casa, e informar nuestros movimientos y resultados frente a ella. Un plan mayor depende de eso.
Fue bastante vago, y a la vez casi completamente cierto. No le dijo de sus intenciones en Natlan, porque sus intenciones personales no tenían nada que ver con los fatui. Y porque decirlas en voz alta desafiaba su sentido común.
Ororon le miraba atento, pero sacudió la cabeza cuando terminó de hablar.
—¿Qué?—sus orejas habían vuelto a la normalidad, y volvió a cubrir una con su capucha. —No, hoy. Preguntaba qué harías ahora… esta tarde.
Capitano se quedó en blanco. Le preguntó casualmente qué haría ese mismo día, sin rangos de por medio; no le estaba pidiendo ordenes ni se las estaba dando, sólo era una pregunta.
A Ororon la situación se le hizo divertida.
—Como no tienes nada que hacer hoy…—era seguro asumir eso con su silencio. —¿Te gustaría cenar conmigo? Puedo cocinarte algo rico.
Su mente al fin conectó con la realidad.
—¿Me estás invitando a tu casa? ¿Y vas a cocinar? —no lo merecía, pero la idea le entusiasmaba. Aunque lo repentino de la invitación y su mentalidad de estratega le hacía buscar otras intenciones. —¿Tan malas estaban las galletas?
Ororon se atoró.
—Si, están duras, pero en el fondo son dulces. Me gustan. —se había acabado el paquete, ya no podía mentir con que no le habían gustado. —Como tu.
Capitano quería creer que seguían hablando de las galletas.
—Agradezco la invitación. —dijo, sólo para ver la expresión de Ororon esperando un “pero”. —Acepto.
—Malo. —se quejó; Capitano se limitó a reír. —De acuerdo, te veo en la noche entonces. ¿Tienes alguna preferencia?
¿Podía pedir algo? Sería triste si dijera que sólo come por acompañar al resto, y que lleva siglos sin comer por gusto. Le ahorraría el drama de la conversación.
—Cualquier cosa está bien.
Simple.
Ororon se levantó, se sacudió las migas y luego el saco, para doblarlo junto con el suyo.
—De acuerdo, compraré las cosas entonces. Tienes prohibido no comerlo luego. —se acercó a él para darle dos toques en el pecho. —Nos vemos.
—Espera. —le tomó del brazo para detenerlo sin ningún esfuerzo.
Sólo luego de escucharlo decir eso Capitano pensó que lo mínimo que podía hacer para compensar esa invitación era darle dinero para que comprara las cosas.
Era lo justo, ¿no?
Buscó entre sus cosas, bajo la mirada atónita de un Ororon que seguía con el brazo levantado.
Capitano se incorporó y le puso sobre la misma mano una bolsita con dinero.
—¿Está bien con eso? —preguntó.
Ororon parecía casi ofendido.
—¿Si está bien con esto? —tomó el peso de la bolsa en su mano. —¿Para qué? ¿Para no trabajar un mes?
—¿Necesitas más? —Capitano genuinamente dejó de manejar el valor del mora hace años. Ni era él quién se encargaba de las compras.
—Es absurdo. Ni siquiera manejo dinero, ¿sabes? —bufó Ororon. —Pero lo acepto. Ya se me ocurrirá algo, además a los fatui les sobra el mora.
Cierto. Lo entendió tan rápido que Capitano no tuvo que descifrar su expresión de recién.
Le gustaba eso de Ororon; era transparente con lo que pensaba y sentía. Al menos con él.
Había comprobado hace poco, cuando conoció a la viajera, que era capaz de engañar y salirse con la suya si así lo deseaba. En contra de su voluntad, a Capitano también le gustaba eso.
—Todo tuyo. —aceptó, y vio al chico marcharse con el dinero.
Estaba tan concentrado en él, y sólo en él, que luego de verlo salir recordó que estaban, aun, en su tienda. Que había pasado la noche con él y su tropa seguía afuera.
No había mucho que hacer ya. Pudo escuchar como alguien le ofrecía café y cómo Ororon aceptó.
Suspiró. Y pensó que las verdaderas miradas de desconcierto las recibiría por la tarde cuando no volviera para cenar con ellos.
Puso su mano sobre su pecho. Ni siquiera se dio cuenta, pero durante la noche se había aliviado el dolor de su herida.
.
Ororon se paseó por su aldea, pasó a ver a su abuela, fingió demencia cuando le preguntaron por los fatui y terminó de hacer sus compras con muy buen humor.
Como esperaba, casi no gastó el dinero que Capitano le dio, y como no acostumbraba a tomar café estaba con mucho ánimo. Tanto que la mayoría de personas que se encontró se lo hacían notar. Que se veía feliz y animado.
No podía revelarles la razón.
Era ridículo ponerse tan feliz por algo así, en especial porque había tratado de ganarse la confianza del Capitán. Pero supo que no sería capaz de seguir su propio juego.
No quería sólo la confianza del Capitán.
Como alguien con su afinidad para leer el alma de las personas, Capitano destacaba de la misma forma que una tinta flúor capturaba tu mirada en una pintura. Para él, no había ser humano más interesante, y siendo una persona orgullosa de vivir en el presente, sabía que tampoco habría alguien que se le comparara. No habría nunca un alma al nivel de la suya.
No podría explicarlo con palabras ni aunque tratase. Y había tratado.
Pero sentía una necesidad por estar cerca de él. Era magnético, adictivo incluso. Su mundo entero se había puesto de cabeza cuando lo conoció.
“Lo conoció”.
Era poco lo que Capitano dejaba conocer. Pero Ororon lo aceptaba, incluso antes de conocerlo ya había decidido aceptarlo. Su rostro, su pasado, su futuro y su presente, del que estaba siendo parte.
Tenía razones para estar feliz, como también las tenía para no compartirlas con su tribu.
No lo entenderían, se dijo. Aunque la verdad era que le gustaba sentir que, lo que sea que estuviera haciendo, lo estaba haciendo a escondidas.
Al fin y al cabo, ya había puesto las manos al fuego por él. Ahora sólo estaba manteniéndose fiel a su postura.
Estaba de su lado desde el primer minuto. ¿Eso hablaba bien del Capitán o mal de él a ojos de su arconte?
Y de su abuela. El Capitán buscaba a su abuela aquella primera vez que se encontraron, y Ororon sabía que no era una amenaza.
El tiempo le daría la razón. Como siempre.
Ahora sólo debía confiar en su instinto.
.
Capitano se escabulló, porque no había otra forma de decirlo, para poder salir del campamento sin ser visto. A pesar de no estar haciendo nada malo. Un aliado le invitó a cenar, y él había aceptado.
Claro, a cenar.
Cenaría y haría lo posible por controlarse.
Eso es más honesto.
Suspiró. Podía ver el humo de las fogatas a su espalda, escuchar a sus hombres reunirse para cenar como cada noche, como también escuchaba el ambiente y la música que se vivía en las aldeas a esas horas.
Capitano adoraba Natlan.
Daría su vida por Natlan, pero no era capaz de quedarse. Dolía ver lo que era Natlan actualmente cuando sabía lo que había sido. Era una región hermosa, llena de tradiciones e historia, pero no era la región a la cual él perteneció. Y aquel recordatorio le dolía cada día.
Su pecho se apretó, y la herida no tuvo nada que ver.
Sabía que no podía quedarse, lo había decidido antes de llegar. Pero Ororon…
Se había apurado al caminar, sin notarlo, y su ritmo cardiaco se había agitado. Tanto que los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos.
Su cuerpo quería escapar de Natlan a pesar de no estar caminando precisamente en dirección a la salida.
La casa del chico estaba frente a él. Capitano se tomó unos segundos para calmarse.
Una cena. Un aliado.
¿Qué estás haciendo?
Presionó su puño con fuerza. Exhaló, aflojó un poco y golpeó la puerta.
Se arrepintió de estar ahí en el momento que la puerta se abrió. Ororon sonrió y le permitió pasar.
—Llegas temprano. —le mostró donde sentarse en la mesa y volvió a lo que estaba haciendo. —¿Quieres beber algo?
—Claro. —se aclaró la garganta mientras tomaba asiento. —Gracias.
Le dejó una copa de vino delante, y la botella en el centro de la mesa.
Dio una mirada rápida a la casa.
Por la ventana se veían los últimos minutos de la puesta de sol, un cielo anaranjado hermoso lleno de nubes con formas dignas de una pintura. La iluminación dentro de la casa era tenue, las lámparas tenían la llama baja y las velas terminaban de cerrar el ambiente.
No sabia qué esperaba.
Todo era de madera, y todo estaba decorado con cuidado. Había mucho de la personalidad del chico en esa casa. Empezando, había dibujos y cuadros, telares, lienzos y tallados. No había un tipo de decoración específica, como si muchas personas hubieran contribuido un poco en cada rincón.
El olor era una mezcla de la cena con las diferentes plantas y flores que tenia secando colgadas cerca de la ventana.
Era la casa de alguien que llevaba toda su vida viviendo ahí, acumulando recuerdos e historia, instalado indefinidamente en ese espacio.
Algo que Capitano no recordaba haber tenido… ni ahora ni hace quinientos años.
El sentido de pertenencia que había en esa casa le presionaba el pecho.
¿Qué hago aquí?
Ororon le dejó un plato y sonrió mientras se servía el suyo y se sentaba frente a él.
Capitano agradeció, y probó la comida. Ororon bufó.
—¿La máscara no se va? —preguntó, mismo tono que la noche anterior.
Capitano sonrió.
—¿Acaso era un plan para quitarme mi máscara? —se dio cuenta que había bajado su guardia por completo, a diferencia del día anterior, hoy sentía que era una situación familiar. Le agradaba. —Está rico.
Los ojos de Ororon brillaron.
Había preparado unas masitas al vapor, rellenas con verduras casi en su mayoría cosechadas por él mismo, acompañadas de una salsa con especias y semillas. Un platillo que preparó con todo su cariño para él. La confirmación de que le había gustado se sentía como una palmadita en la espalda.
—No. —respondió al fin. —Quería quitarte el empacho de tu comida seca.
—Más respeto. —exigió sin mucha autoridad El Capitán, igual de divertido con la conversación.
Siguieron intercambiando comentarios triviales mientras terminaban de comer. Ororon recogió la mesa, limpió y le invitó un té. El sol ya no se veía por la ventana, y Ororon cerró las cortinas.
Se volteó a verlo, y no sabía cómo encararlo. Le dio dolor de estómago ver lo oscuro que estaba el cielo.
Capitano mal entendió este gesto, y la atención en la ventana le hizo darse cuenta de lo tarde que era.
Si no volvía pronto- o, más bien, si no se iba pronto-
—Bueno, —no alcanzó a levantarse, porque Ororon se paró al costado de donde estaba sentado, impidiéndole el paso.
Capitano elevó su mirada, y se acomodó en la silla. No intentó levantarse, pero si quiso quedar de frente a él.
Ororon dio un paso atrás.
—Yo… —no sabía qué decir. No era precisamente bueno con las palabras cuando se trataba de reaccionar rápido.
Capitano no era un idiota. Por más que lo pareciera en ese momento, aparentando no asumir nada, entendía la situación perfectamente.
Y esperando no ofenderlo, tenía que irse.
—Ya es tarde. —dijo. Tarde para él, claro.
Pero no se levantó.
—Quédate. —rogó. Seguía sin moverse, sólo estaba de pie demostrando pánico, sin acercarse ni alejarse.
—Ororon-
—Capitán. —el chico apretó los labios.
Un vacío se instaló en el pecho de Capitano. Difícil de explicar, pero pesaba, era frío e incómodo. Y no dejaba de empeorar.
Le gustaba el chico.
Si era honesto consigo mismo, por una vez, debía confesarse eso. Le gustaba. Y si pudiera quedarse con él en Natlan, lo haría sin dudarlo.
Si pudiera abandonar a los fatui para que Ororon nunca tuviera que ver con esa organización, lo haría.
Lo protegería de todo y todos para que pudiera seguir teniendo esa vida tranquila que llevaba tan bien a solas.
Pero no podía. Y siendo honesto, no tenía mucho que perder aun si pudiera hacerlo.
Pero Ororon.
No podía hacerle eso. Corresponderle, luego irse. Y… que pasara lo que tenía que pasar con él. Con alguien como él, maldito estando vivo sin poder vivir.
—No puedo-
—Por favor quédate. —Ororon dio el paso al frente, y puso su mano en el pecho de Capitano. El vacío desapareció. —Lo sé. En serio, lo entiendo. Quédate esta noche.
Ororon lo veía, no solo con sus ojos. Capitano no sería capaz de explicarlo, pero cuando el chico lo tocaba podía sentir una parte de su alma aceptando ese tacto, como si su alma le estuviera dejando espacio para pasar. Esa compatibilidad, como electricidad estática, y el calor instantáneo al contacto.
Ororon lo entendía como nadie. No hacía falta contexto o palabras, sólo sentir lo que estaba sintiendo.
No le estaba pidiendo quedarse. Le pedía quedarse.
Esa noche, específicamente.
Y Capitano deseaba, en serio, decir que no.
Mantenerse firme, levantarse, quitar esa mano de su pecho y salir de vuelta a su misión, con su grupo, dar ordenes y seguir como si nunca lo hubiera conocido.
Pero Ororon lo entendía.
Se puso de pie, apartó la mano de Ororon tomándolo de la muñeca, pero no lo soltó. Se acercó a la puerta, pero en lugar de abrirla, una brisa gélida recorrió la casa a la velocidad del sonido.
Ororon exhaló vaho, y Capitano posó su mano sobre su cuello. Ororon se derritió al tacto, ladeando su rostro como reflejo, buscando su caricia como un gato.
Capitano supo que esa imagen se le grabaría a fuego en la memoria.
Fue entonces cuando su frío apagó la última vela, dejándolos completamente a oscuras.
Con la otra mano, Capitano se quitó la máscara, la dejó caer al suelo, sujetó a Ororon con ambas manos y lo besó.
Las manos del chico estaban sujetando sus muñecas, como si temiera que sus rodillas cedieran y se doblaran.
—Ven. —susurró cuando se separaron para tomar aire.
Tanteando e intentando no tropezar, Ororon lo guió de la mano hasta su cuarto.
La cortina estaba abierta, y la luz de luna que entraba era lo suficientemente tenue como para que Capitano no se incomodara.
Aun así, Ororon la cerró sin voltear.
Le hubiera agradecido el gesto de no ser porque fue jalado hasta la cama.
Quería asegurarse de que estaba bien, pero sabía que si.
Quería preguntarle si estaba seguro, pero sabía que si.
Sentía lo que él sentía, y no sabía cómo.
Escuchaba sus latidos agitados y su respiración emocionada.
Le quitó la capucha, pasó sus manos por su cabeza sólo para sentir sus orejas. Solo los dioses sabían cuanto autocontrol requería aguantarse de hacer eso todos los días.
Punto sensible. Ororon volvió a reaccionar de la misma manera, buscando más tacto.
Eso hizo que Capitano terminara recostándose de espaldas en la cama, y Ororon se sentó a horcajadas sobre su regazo.
Capitano estaba duro. Siendo honestos, desde el primer beso. Y Ororon lo notó.
Lo sintió, literalmente.
Soltó una risita.
Los nervios aun no lo abandonaban por completo, pero eso le hizo entrar en confianza.
—Permiso. —se excusó, mientras abría su uniforme.
Fue el turno de Capitano de reír, y se incorporó para terminar de quitárselo y arrojarlo al suelo.
—Te necesito. —apuró, jalando al chico de la ropa.
Le ayudó a quitarse lo de arriba, que acabó en el suelo también.
Que le urgiera a quitarse la ropa provocó una reacción en Ororon. Estaba ardiendo, sus mejillas y su cuerpo completo. Capitano quería algo, y estaba dispuesto a dárselo.
No lograba distinguir su rostro. Trató, pero estaba tan oscuro que solo veía una silueta, apenas perceptible.
Le gustaría decir que aquello le desanimaba, pero la verdad lo excitaba aun más.
La forma en que sus manos lo tocaban, como si tratara de abarcar el mayor espacio posible, y cómo apagó las luces hace un rato.
Ororon estaba viviendo el mejor día de su vida.
Terminó de quitarse la ropa solo, y se preparó antes de abrirle el pantalón.
Capitano soltó un gruñido cuando su miembro dejó de estar presionado contra la tela, y Ororon sólo tenía en mente una cosa.
Lo masajeó con ambas manos, sólo porque quiso darse ese lujo.
Quería que Capitano la pasara bien. Quería que, a causa suya, llegara al orgasmo.
Esa era su meta esa noche.
Sabía que iba bien cuando se preparó, levantando la cadera para dejarle espacio, y lo presionó suavemente contra su entrada.
Supo que lo estaba logrando cuando las manos de Capitano sujetaron su cintura con fuerza, la suficiente para que la presión fuera placentera.
—Lo estás haciendo muy bien. —gruñó.
Ororon se sonrojó. Ya era vergonzoso para él, por obvias razones.
Pero admitía que le encantaba escucharlo decir eso.
Pudo forzarlo a bajar de un viaje, obligarlo a ir a su ritmo y penetrarlo sin consideración alguna hasta lastimarlo.
Pero respetó su tiempo.
Ororon se dejó caer cuando estuvo listo. Literalmente.
Un gemido bajo escapó de sus labios, y su cuerpo tembló.
Sintió un escalofrío recorrer su espalda, uno agradable. Un hormigueo placentero que se había esparcido de golpe de la cabeza a los pies.
También el calor se apoderó de él, haciéndolo sudar incluso antes de comenzar a moverse. Y cuando comenzó el vaivén, primero lento, Capitano respiraba con más y más fuerza.
También dejaba escapar gruñidos y sonidos con la garganta, y Ororon se acercaba para besarlo cada que lo escuchaba.
Cuando quiso torturarlo yendo aún más lento, Capitano no se lo aguantó.
Envolvió su cintura con un brazo y como si no pesara nada lo volteó, dejándolo de espaldas contra la cama, y posicionándose sobre él, entre sus piernas.
—Perdón. —Ororon pidió piedad.
La situación le divertía. Quiso hacer una maldad al demorar su orgasmo y Capitano lo puso en su lugar de un solo movimiento.
Ororon ni siquiera se molestaría en fingir que no le había gustado.
Capitano lo embistió, con fuerza, la suficiente para hacerlo ver estrellas.
Su ritmo era rápido, y Ororon sentía que no podría soportar tantas sensaciones y cosquillas.
En ningún momento fue bruto. Nunca dejó de poner atención a que siguiera disfrutando también, y Ororon en ningún momento se soltó se su espalda, del abrazo que lo sujetaba alrededor de sus hombros y de gemirle suavemente en el oído.
Y el clímax llegó cuando sintió, además de todo, el peso completo de su cuerpo sobre el suyo.
Tocó el cielo y bajó de vuelta, sólo para envolverlo en un abrazo con sus brazos y piernas. Ambos estaban empapados, agitados y ninguno quería dejar ir al otro, así que ninguno lo hizo.
Capitano se recostó a un costado, y Ororon recogió la ropa de cama del suelo para poder cubrirse antes de que el sudor se les enfriara.
Cuando la recuperó, cubrió a ambos y tanteó la cama buscando el brazo de Capitano para estirarlo y apoyar su cabeza encima.
Capitano se lo entregó enseguida, movió su fleco hacia atrás con su mano y besó su frente. Luego lo envolvió en un apretado abrazo y siguió acariciando su cabeza, pasando la mano por encima de sus orejas y haciéndolas bajar cada vez. Como si disfrutara de cómo volvían instantáneamente a estar erguidas. Ororon se lo permitió.
Eso estuvo muy bien.
Quería decirlo en voz alta, pero temía arruinar el momento. Quería quedarse así, entre sus brazos unos segundos más. O minutos.
O años.
Capitano volvió a besar su frente.
—No te duermas. —otro beso. Ororon pensó seriamente en fingir estar dormido para recibir unos cuantos más de esos.
Gruñó para indicarle que seguía, a duras penas, despierto.
—Vas a enfermar. —Capitano trató de ser la voz de la razón, pero tampoco ponía mucho empeño en soltarlo.
—Está bien. —soltó.
—No lo está. —Capitano sabía que Ororon también lo tenía claro, pero decidió comportarse de ese modo. Lo aceptaba. —Por favor.
—¿Qué sabes tu sobre enfermar? —balbuceó, provocando una risa ofendida en Capitano. —Sólo 5 minutos más.
Capitano aceptó. Subió la ropa de cama para cubrirle por completo los hombros y con su propio calor no le dejó enfriarse.
Pasados los cinco minutos, Ororon terminó envuelto en el abrigo blanco de Capitano mientras él cambiaba las sábanas.
No estaba siendo el mejor anfitrión del mundo, pero el sueño podía con él.
Y seguramente estaba durmiendo de pie, porque no recordaba mucho más después de eso.
Capitano no podía creerlo cuando abrió los ojos por la mañana.
La habitación del chico estaba iluminada por el sol que se filtraba a través de sus cortinas, y Capitano sólo con mirar por entre medio sabía que era una mañana fresca. Su mirada volvió a la cabellera desordenada que aun reposaba sobre su brazo.
Se había dormido abrazándolo, y haber despertado en la misma posición era un regalo. Se sentía tan cálido, olía tan bien, verlo respirar con calma mientras dormía. Deseaba poder terminar con su maldición y envejecer a su lado, con esa vista todos los días.
Por su mente pasaba una y otra vez la noche anterior, recuerdos y sensaciones que invadían su mente.
El primer beso, sus labios suaves, sus manos nerviosas. Todo lo demás.
Capitano sólo se arrepentía de una cosa, y fue no poder verlo. En su capricho por permanecer anónimo también se privó de poder ver su rostro cuando brincaba encima de él.
Qué vista, y se la había perdido.
No quedaba de otra que repetirlo.
El chico se quejó mientras dormía, y la atención de Capitano volvió al presente.
Con su mano libre le acarició el pelo, y quitó los mechones que cubrían su rostro. Parece que eso terminó de despertarlo, porque sacudió la cama mientras se estiraba y bostezaba, e iba a voltearse, cuando se detuvo de golpe.
—Oh. —ambas manos sujetaron el brazo del Capitán en ese momento. Se veía muy tierno. —Tu máscara, lo olvidé. ¿Quieres que vaya por ella?
¿En serio en un momento como este piensas en eso? Quiso disculparse por no acabar con eso antes.
—Está bien así. —aceptó.
Entonces Ororon volteó.
Capitano siempre sentía que el chico de alguna manera encontraba sus ojos detrás de la máscara cuando lo miraba, porque siempre sentía que había contacto visual cuando hablaba con él.
Tal vez era su costumbre de que los hombres agachaban la cabeza en su presencia.
Ahora comprobó que no. Ororon no podía verlo.
Pero ahora si.
Sus lindos ojos se clavaron en los suyos, y su mirada era mucho más intensa. Directa, parecía estar leyendo sus pupilas sólo con verlo.
A Capitano ya no le importaba. Sabía que no le importaba tampoco, y no podía negárselo. Luego de la noche anterior Capitano no se sentía capaz de negarle nada.
—Eres guapo. —soltó, poniendo sus manos en sus mejillas y acariciando hasta llegar a su pelo y poder recogerlo en un intento de coleta con sus manos. —Muy guapo.
¿Ese era su análisis?
—¿Y qué más? —quiso saber.
No sabia qué esperaba, pero hubiera disfrutado de un análisis más profundo. Amaba escucharlo explicar cosas con esa particular forma que tenía al hablar.
—¿Qué más quieres? Sólo quieres escucharme decir lo bien que te ves a tu edad.
No había filtro alguno; a Capitano le encantaba.
Cualquier persona normal se horrorizaría de verlo sin su máscara, sentirían lastima por las marcas que la maldición poco a poco expandía por su cuerpo. Pero Natlan era una región donde todas las personas llevaban tatuajes tribales, muy parecidos a lo que él llevaba en su cuerpo.
Y Ororon era diferente al resto, de por si.
—Respeta mi edad, niño.
Ororon sonrió. Capitano casi pudo ver la malicia en sus ojos.
—No me llamaste niño anoche.
Capitano le cubrió la cara con la mano e hizo ademán de empujarlo de la cama.
—¡No, perdón! ¡Perdón! —se sujetó por su vida y cuando Capitano cedió se volvió a pegar a su pecho. —Caliéntame, hace frio fuera de la cama.
Obedeció más rápido de lo que le gustaría asumir.
Una vez más tenía a Ororon entre sus brazos.
—Estaba esperando preguntarte… —le agregó un suspenso innecesario. —¿Puedo quedarme tu abrigo?
¿El abrigo blanco? Quería quedarse con su uniforme. Capitano se sentía tan feliz que sería imposible no decir que si.
—Tuyo. —aceptó.
Esa despedida iba a doler más que todas.
Ororon no respondió, sólo suspiró despacito. Ese suspiro que Capitano ya conocía.
—No te duermas. —susurró, y lo sacudió juguetonamente.
Ororon gruñó.
Pero no podía dejarlo volver a dormirse. Una cosa era desaparecerse una noche, pero desaparecer una noche y un día…
Si pudiera hacer que un momento durara para siempre, hubiera sido ese.
Si tuviera el control sobre su vida, hubiera amado poder cenar con él cada noche, dormir juntos en la misma cama, quedarse abrazados por la mañana.
—No quiero irme. —confesó. Literalmente.
Ororon lo abrazó más fuerte.
—No lo hiciste.
Claro, cuando le pidió quedarse, se quedó. Lo único que le importaba a Ororon era eso. No pudo creer que por preocuparse del futuro estaba dejando pasar ese momento.
Estaba vivo luego de quinientos años. Sostenía entre sus brazos a la persona más importante para él, y no tenía por qué levantarse enseguida.
Capitano no podía quedarse, pero esa noche si.
Y Ororon no le pedía más que eso.
