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El hospital olía a desinfectante y café frío. En los pasillos se oían múltiples conversaciones; pequeñas historias ocurriendo al mismo tiempo.
Penélope, una doctora muy respetada en el hospital, siempre era profesional y sumamente concentrada con sus pacientes. Todos sus colegas la admiraban. Era casi un ícono en el mundo médico, una de las mejores ginecólogas del país, según indicaban varias revistas especializadas.
Llevaba toda la mañana atendiendo consultas: desde revisiones de embarazo hasta consultas rutinarias. Eran poco más de las dos treinta de la tarde. Regresaba de una comida con otros doctores del hospital, entre ellos una de sus mejores amigas, Genevieve, la doctora en jefe del área pediátrica.
La oficina de Penélope era acogedora, muy suya. No olía como un típico consultorio; olía a vainilla y canela. La luz era un poco más tenue. El escritorio estaba justo frente a la puerta, con dos sillas delante. A la derecha se encontraban los instrumentos de revisión; a la izquierda, unos pequeños sillones con una mesita de centro y una televisión. En las paredes colgaban cuadros de vientres maternos, modelos del aparato reproductor femenino y otras imágenes médicas.
Se puso nuevamente la bata y tomó asiento. Comenzó a revisar la computadora en busca de su siguiente cita. La encontró enseguida.
Francesca Bridgerton.
Veintisiete años. Doce semanas de gestación.
Primer embarazo. Sin antecedentes médicos relevantes. Signos vitales normales. Desarrollo acorde a la edad gestacional.
Todo indicaba un embarazo saludable.
Todo bajo control.
Su cita era para realizar la ecografía correspondiente al primer trimestre. Nada fuera de lo habitual.
En ese momento, llamaron a la puerta.
—Adelante.
Cuando la puerta se abrió, Penélope reconoció de inmediato a la paciente: una mujer joven, muy hermosa, de ojos cafés con cabello largo y castaño. Una de sus manos reposaba sobre su vientre, aún apenas perceptible. En su expresión había tranquilidad, una sonrisa serena, aunque también una ligera ansiedad contenida, propia de quien atraviesa algo completamente nuevo.
Sus movimientos eran delicados, casi cuidadosos, como si cada paso estuviera cargado de significado.
—Doctora —saludó con educación.
Penélope respondió con la misma calidez que ofrecía a todas sus pacientes.
Detrás de ella entró un hombre alto, impecablemente vestido, con una expresión que mezclaba preocupación y cortesía.
No podía ser su pareja; el parecido entre ambos era evidente, especialmente en el cabello. Hermano, quizá primo, pensó.
Sus ojos azules recorrieron la habitación antes de posarse en ella.
Y por un segundo —uno peligrosamente largo— el tiempo pareció detenerse.
Él se quedó inmóvil en el umbral, como si algo lo hubiera tomado por sorpresa.
Y Penélope supo, con una certeza inexplicable, que no era la única que había sentido el cambio en el aire.
Se puso de pie de inmediato, ligeramente atontada, sin dejar de mirarlo. Él tampoco apartaba la vista.
Francesca y el hombre avanzaron y cerraron la puerta tras de sí.
—Mucho gusto, doctora...
Penélope devolvió la atención a su paciente y, un poco nerviosa, respondió:
—Pe... Penélope... Featherington. Penélope Featherington.
Francesca sonrió divertida.
—Doctora Featherington, yo soy Francesca y este es mi hermano.
Colin parpadeó, como si regresara de algún pensamiento lejano.
—¿Yo? Sí... claro. Es decir... —aclaró la garganta, recompuso la postura y dio un paso al frente—. Colin. Un placer, doctora.
Extendió la mano con una seguridad que no coincidía del todo con la ligera confusión en sus ojos.
Penélope observó el gesto un segundo más de lo habitual antes de aceptarlo.
Sus dedos se rozaron apenas al estrecharse.
Fue un contacto breve. Correcto. Profesional.
Y aun así, Colin olvidó por completo la frase que pensaba decir a continuación.
Se quedó mirándola.
No demasiado. No lo suficiente como para ser descortés.
Pero sí lo suficiente como para que Francesca carraspeara suavemente.
Penélope retiró la mano medio segundo tarde.
—Doctora —repitió él, como si necesitara asegurarse de que aquella palabra realmente le pertenecía—. Es un placer.
—El placer es mío —respondió finalmente, con una compostura que solo ella sabía que estaba ligeramente resquebrajada.
—Tomen asiento —indicó Penélope, recuperando el tono profesional—. Estaba revisando su expediente. Vienen para la ecografía del primer trimestre, ¿correcto?
—Sí, doctora. Mi primera ecografía —respondió Francesca.
—Por favor, puede llamarme Penélope.
—Claro... Penélope —dijo Francesca con una sonrisa amable.
Unos momentos después, Penélope soltó el mouse y le dedicó a su paciente una expresión tranquilizadora.
—Bien, comenzaremos con la ecografía. Es completamente rutinaria.
Se puso de pie y encendió el equipo junto a la camilla de revisión. El monitor se iluminó suavemente.
—Puede recostarse, por favor.
Francesca caminó hacia la camilla.
Colin permaneció de pie a su lado, atento, con los brazos cruzados, como si estuviera preparado para intervenir ante cualquier mínima señal de alarma.
Penélope se concentró en la pantalla. Movió el transductor con precisión, observando las imágenes en escala de grises formarse frente a ella.
—Aquí está —dijo finalmente, señalando el pequeño perfil apenas distinguible.
Giró el monitor hacia Francesca.
El sonido del latido llenó la habitación. Rítmico. Firme.
Francesca dejó escapar un suspiro emocionado.
Y fue entonces cuando Penélope sintió que alguien la observaba.
No era la paciente.
Era él.
Colin no apartó la mirada.
Y supo, con una claridad inquietante, que volvería a ese consultorio aunque no tuviera ningún motivo médico para hacerlo.
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