Chapter Text

Stanley ni siquiera sabría por dónde comenzar…
—Estoy enamorado de ti, Stanley.
—¿Eh?
Lo único que podía decir era que todo eso fue… inesperado, por decir lo menos.
Demasiado inesperado.
Y se sentía tanto como el karma en su máxima expresión que hasta le daban ganas de reír.
Las palabras que le fueron dirigidas apenas si alcanzaron a asentarse en su cabeza, cuyos pensamientos se detuvieron tan de golpe que por un instante se sintió extraviado con el entorno, con su propio cuerpo, casi como un sueño surrealista, plagiado de fantasía ridícula.
Y, en algún punto de su embotada cabeza, deseó que fuera así.
La ceniza de su cigarrillo le cayó en los dedos y el ardor no tardó en llegar. Rogó porque ese escozor lo despertara de aquel sueño irreal, pero, por supuesto, no lo hizo.
Seguía en ese mismo sitio, un pasillo exterior que conectaba la zona del laboratorio con un vivero y que, a su vez, llevaba a la zona de construcción.
Había una cacofonía increíble de sonidos diversos en esa área que por lo regular le perforaban los tímpanos y por ello odiaba pasar por ahí, sin embargo, en esa ocasión, ninguno de esos sonidos llegaba a él, como si tuviera los oídos adormecidos y apenas si fuera capaz de escuchar la respiración forzada del chico que tenía delante, aguardando por una respuesta que no estaba del todo seguro de tener.
Es decir, ¿había siquiera una respuesta correcta?
Optó por sacudirse la ceniza, ahora fría, que tiznaba sus dedos, tratando de enfocarse en esto para escapar un segundo del asunto complicado en el que se vio envuelto de buenas a primeras, no obstante, para su desgracia, todavía era capaz de sentir la mirada insistente del otro.
Un par de grandes y dorados ojos, relucientes cual oro líquido, tan peculiares en sí mismos que era imposible no notarlos, se enfocaron en su rostro en busca de alguna reacción, como si no existiera nada más a su alrededor, observándolo con una voluntad y esperanza tal que aplastaban a Stanley como pocas veces ocurría.
Nanami Ryusui estaba ahí, ante él, luciendo tan confiado como de costumbre, pero Stanley lo notaba, temblaba muy por debajo de un nivel obvio a una vista poco entrenada, algo que no aplicaba en él, un francotirador que pasó por el más riguroso de los entrenamientos con tal de perfeccionar su percepción visual.
Así que, una vez más, ahí estaban ambos, compartiendo un silencio incomodo que los envolvía cual pesadas cadenas alrededor de ellos, en medio de un pasadizo que por lo regular era muy transitado pero que, justo en ese preciso momento, estaba solitario, porque de algún modo la gente había decidido enfrascarse en sus trabajos o tomar rutas alternas o a saber qué mierda estaría pasando, pero no había ni un alma que pudiera romper con esa situación y por lo menos dejar de lado lo ocurrido como un enorme elefante en la habitación que pudieran ignorar por ese instante, y por supuesto que el militar tuvo que maldecir por eso.
Pero volviendo al punto.
Agradeciendo la calma inamovible que se había visto obligado a practicar como militar, Stanley recordó que todavía debía dejar ir la última bocanada de humo, así que, valiéndose de esto como otra excusa para librarse un rato más de responder, lo expulsó, despacio, entretenido con las volutas que el humo hacía al ser soplado por el viento.
Y mientras contemplaba los giros de la diminuta nube gris, una imagen parpadeó en su memoria, haciendo que frunciera el ceño en un gesto de malestar.
Humo y cenizas.
Fuego y caos.
Destrucción, guerra… Sangre.
Demasiada sangre.
Stanley debía ser honesto. No se encontraba bien.
No lo había estado desde que despertó tras su segunda petrificación.
Ni siquiera lo estuvo durante el escaso tiempo en que se mantuvo consciente en su estado de piedra.
Siendo justos, en esa segunda ocasión, él prefirió dormir, huir de sus pensamientos, sumido en un sueño profundo, sin proyecciones nocturnas inconscientes que lo perturbaran.
Extrañaba eso.
Pero ahora, todo lo que hacía al dormir era soñar una y otra y otra vez con lo mismo.
Quizá ese era su castigo.
Quizá la situación actual era parte de ese karma, tal y como creía.
Stanley Snyder fue despertado justo cuando la misión espacial comenzaba. Sólo tuvo tiempo de una preparación de emergencia previa y entrenamiento básico antes de lanzarse junto a Senku y Kohaku al espacio, así que no tuvo gran oportunidad de visualizar todo a su alrededor ni de asimilar al montón de personas que los rodeaban.
No fue sino hasta después de la ceremonia de condecoración que lo hizo, que volvió a ser consciente de dónde estaba y de quiénes lo rodeaban.
El grupo de jóvenes científicos lo miraban todavía con recelo y precaución, pero sin temor, confiando en que todo estaba bien ahora que la sociedad comenzaba a erigirse poco a poco. Ahora que las leyes volvían a tener peso.
Y conforme esto se daba, conforme él era reintegrado a este mundo en construcción, comenzó a convivir más con todos ellos, a formar parte de las locuras que aguardaban cada mañana al despertar, a ser incluido en cada entrenamiento del equipo de fuerza con el que comenzó a relacionarse y formar vínculos de camaradería, sobre todo ahora que tenía casi la misma edad que la mayoría de ellos, dado el tiempo que estuvo en pausa.
Y cada día que se veía inmiscuido en todas las actividades del Reino Científico del que, de algún modo, ahora formaba parte, sus acciones pasadas… Sí, tal y como lo imaginaba, todavía tenía un lado humano.
Stanley debía admitir que se sentía aliviado con esa revelación, no obstante, también había un ligero fastidio. Sería sin duda más sencillo lidiar con todo ese asunto si le diera igual. Pero no era el caso.
Y ahora, cuando más luchaba consigo mismo, con su consciencia, con sus pesadillas, con su intento de redención, llegaba ese chico y soltaba una bomba con la que jamás pensó tener que lidiar.
Y Stanley sólo no podía con eso.
Lo que, es más, se daba cuenta recién ahora de su incapacidad de mirar a los ojos a absolutamente nadie. Xeno era la única excepción, pero claro, ambos compartían el mismo pecado, así que se sentía con el derecho pleno de darle la cara a alguien que eventualmente compartiría su condena en el infierno.
Se daba cuenta también de que la sensación de ser asfixiado por cadenas era sólo suya y que ese chico delante de él no compartía dicho castigo, lo que volvía aún más difícil levantar la barbilla y encararlo.
Pero claro que ese tipo igual lo intentaría.
—¿Stanley?
Por mera inercia respondió al llamado y fue ahí que comenzó su tortura personal.
Ryusui yacía ante él, exudando un aire de confianza imponente, digno de ser uno de los principales lideres del Reino Científico.
La verdad era que, al principio, Stanley sólo podía pensar en él como un niño más. Un chiquillo que iba por la vida correteando e inmiscuyéndose en cada sitio al que fuera capaz. Sonriente, lleno de vida, rebosante de una vitalidad envidiable para cualquiera, pero que él estaba más dispuesto a compartir, ansioso de que todos, al igual que él, disfrutaran del momento. Una codicia imparable que no veía exclusivamente por sí mismo, si no por todo aquel que estuviera frente a sus ojos. Era un caso único y Stanley conocía este lado de primera mano cuando, en pro del bien mayor, le cedió aquel puesto que tanto ansiaba por el bienestar de sus compañeros, de un mundo entero.
Stanley era más que consciente de este brillo cegador que Ryusui emanaba, atrayendo miradas, como si todos fueran meros girasoles a la búsqueda de ese imparable sol, ansiando un poco de su luz que él, como se dijo, estaba más que encantado de compartir.
Incluso Stanley se sentía así a veces.
Pero…
Stanley lo sabía mejor que nadie.
Él no merecía esa luz.
Y esto le fue recordado con crueldad cuando, al encontrarse con el par de orbes de oro, relucientes y llenos de vida, de repente los vio apagarse, dejando detrás el mero suspiro de los grandes que alguna vez fueron.
La sangre salía a borbotones de una herida en el pecho que él ocasionó.
Y aquella sonrisa, ansiosa por una respuesta de su parte, se transformaba de nuevo en aquella mueca adolorida, en aquella máscara solemne cual rey que contemplaba en primera fila la caída de su imperio, abrazando su destino que bien sabía era inevitable. Un destino que Stanley marcó con su propia mano, sin titubear, arrebatándole la vida a ese soberano que le mantuvo la mirada en todo momento, retándolo hasta el último segundo. Lo peor del caso, es que lo retaba sin odio, sino con admiración, a pesar del dolor que le había provocado.
Y Stanley recordaba aquella noche tan vívidamente, que sintió nauseas repentinas. Una arcada destructiva le subió por el esófago y batalló con todo lo que tuvo para no sucumbir ante ésta.
Él no podía con ello.
Había soportado tantas cosas, visto tantas muertes y provocado otras tantas. Pero ahora, por primera vez en su vida, no podía enfrentar una de ellas.
Por primera vez, no podía conciliar el sueño a causa de sus acciones.
Y, por supuesto, no podía fingir que nada de eso pasó, así que, tomando una gran bocanada de aire, esquivó la mirada inquisitiva del más joven y soltó, de manera contundente, su respuesta:
—No estoy interesado.
Fue ingenuo al pensar que con eso acabaría todo.
Lo que obtuvo en cambio, fue una risa estruendosa, de esas que le recordaban un poco al poderoso oleaje del mar.
—¡Sabía que dirías eso! Pero no prometo rendirme.
Y claro que debió suponer que eso era lo que Ryusui iba a decir. ¡Era Ryusui! ¡Por supuesto que no iba a tirar la toalla tan fácil!
Stanley maldijo al chico por lo bajo.
Bien, si así es como iba a ser, entonces no le quedaba opción.
Esperó, de verdad, no tener que recurrir a eso de nuevo, pero había situaciones desesperadas, justo como esa.
—Ryusui… —llamó y el otro atendió sin perder un gramo de su energía. De repente Stanley tuvo sus dudas una vez más.
¿Tenía siquiera derecho de llamarlo por su nombre?
¿Tenía derecho de ser el causante de que esa sonrisa se borrara?
¿De verdad tenía derecho a lastimarlo aún más?
Pero, sobre todo, ¿tenía derecho siquiera a ser el objeto de ese afecto que le era profesado?
La respuesta a todo era un rotundo y contundente: no.
No tenía derecho a nada sobre ese chico.
Mucho menos a ese afecto.
Era consciente de ello y estaba bien con eso.
De cualquier forma, no es como que el sentimiento en sí fuera mutuo…
No, no lo era.
—Yo ya estoy enamorado de Xeno, así que-…
—¡Oh, claro! Debí suponerlo —se rio de nuevo el más joven, logrando exaltar a Stanley por el repentino arranque y el chasquido estruendoso que le paró el corazón por un segundo. Se estaba haciendo viejo para esto—. La verdad era que ya lo sospechaba, pero como no lo mencionaste de inmediato creí que… No, olvídalo, no importa.
Un titubeo. ¿Alguna vez había visto al poderoso Nanami Ryusui titubear, acaso?
No, no lo había hecho.
Lo que quería decir que sus palabras cumplieron su propósito. Eso era bueno.
Stanley había rechazado a muchas personas de esa forma, escudándose en los sentimientos que alguna vez llegó a albergar por su amigo de la infancia, incluso después de que éste lo rechazara con cortesía diciendo que no lo veía de esa forma. La verdad es que dicho enamoramiento había sido superado por el militar años atrás, así que ahora no sentía nada más que un afecto fraternal por el científico, pero, como se dijo, escudarse detrás de esto siempre había resultado bien.
Con eso, se convencía Stanley, Ryusui dejaría de insistir. El tipo, además, tenía fama de playboy, por lo que había escuchado de esa reportera rubia, así que quizá dicho enamoramiento no era más que un capricho momentáneo suyo. Seguramente ahora se disculparía, se daría la media vuelta con esa sonrisa confiada suya, a sabiendas de que podría conseguir otra conquista por ahí y…
—Y-yo… Lo siento, no quería incomodarte.
Otro titubeo.
Espera, ¿qué estaba pasando?
Batallando para aferrarse al presente y no recordar aquellas pesadillas lúcidas, Stanley dio un vistazo al más joven y, en cuanto sus ojos se encontraron con los ajenos una vez más, la respiración se le quedó atascada en la garganta, similar a intentar tragar una piedra.
La primera lágrima cayó y de ahí otra y otra y otra más.
Mierda.
Mierda.
¡Mierda!
¡Eso nunca había sucedido antes!
Es decir, Stanley no era idiota, sabía que en más de una ocasión fue el causante de las lágrimas de alguna que otra mujer, pero por lo regular todas ellas se iban antes de que él las viera, así que ninguna había llorado delante de él, ¡nunca! Y no esperó que la primera persona en mostrar su debilidad enfrente suyo fuera precisamente ese chico, Nanami Ryusui. ¿Cómo es que las cosas habían acabado así?
Congelado en su sitio, enfrentando por primera vez las lágrimas de una herida interna que él había causado, Stanley fue incapaz de reaccionar de ninguna forma, tan sólo se quedó ahí pasmado, sin tener idea de qué hacer o decir salvo mirar estupefacto al orgulloso e imperioso joven quien, al darse cuenta del estado del otro, rápidamente se limpió los ojos con un movimiento casi furioso de su mano a la vez que dejaba una suave risa escapar de sus labios temblorosos.
—Me disculpo por mi reacción. Como dije, no era mi intención incomodarte, pero parece que estoy haciendo justo lo contrario, ¿eh? —dijo, sonriente a pesar de todo, pero Stanley lo sabía a la perfección, aquella diminuta, tímida y triste sonrisa, no era ni de lejos igual de reluciente que la que poseía normalmente, una muestra del evidente esfuerzo que estaba haciendo por fingir estar tan bien como decía—. Lo lamento, en serio. Sólo olvida lo que dije.
Y con esas últimas palabras dichas con prisa, tropezándose entre ellas, Ryusui se marchó, sus pasos rígidos y mecánicos rebotaron en las paredes del sitio, alejándose con torpeza de ahí, como si se contuviera apenas de salir corriendo.
Stanley se quedó un rato más en su sitio, asimilando lo ocurrido.
Siempre que rechazaba a alguien, se marchaban de inmediato, al borde de las lágrimas, era verdad, pero con la dignidad por delante. Creyó que sería el mismo caso con Ryusui, en especial con él, un vanidoso heredero de una compañía naval líder en el país del sol naciente, antes de la petrificación, y el actual magnate fundador de la mayor compañía de importación de productos de primera necesidad en el mundo post-petrificación. Era de esperar que, con semejante título, el Nanami se retirase con la cara en alto en lugar de dar esa muestra de debilidad, sobre todo ante alguien como Stanley, alguien que debía ser odiado por Ryusui, no amado.
No se suponía que Ryusui mostrara esa faceta tan vulnerable.
No frente a él.
No frente a nadie.
Mucho menos frente a alguien que no fuera Stanley.
Con ese pensamiento que lo asaltó de la nada, como el impacto de un rayo que hizo cosquillear su cuerpo en resolución, el militar inició la marcha detrás del capitán. Primero pasos cortos, lentos, para después convertirse en una carrera con la que pretendía acortar pronto el tramo que los separaba.
Y mientras apresuraba sus pasos, no se dio cuenta de que, en un rincón de su ser, temía que, si no se apresuraba ahora a cortar esa distancia, ésta se volvería imposible de cruzar después.
Por su parte, Ryusui, ignorante de todo a su alrededor, continuó alejándose del sitio.
No pensaba en nada, no quería hacerlo, mucho menos quería recordar el suceso reciente, pues temía que, si lo rememoraba todo, si profundizaba en los hechos, se acabaría rompiendo ahí mismo de nuevo, pero esta vez sin posibilidad de controlarse. Así que debía darse prisa y encontrar un sitio donde nadie lo viera. Quizá internarse en el bosque y quedarse por ahí escondido entre matorrales en lo que lograba calmarse.
Por supuesto, sabía que había sido un idiota impulsivo en ir hacia el militar y decirle, sin rodeos, lo que sentía. La verdad, no tenía planeado confesarlo en ese momento. De hecho, nunca fue su intención que aquellas palabras salieran de su boca por lo que le restara de vida.
Cuando se dio cuenta de lo mucho que ese sujeto le atraía, se prometió no ponerlo en palabras, pues era obvio que sería inútil, además, de un modo u otro, logró convencerse, durante mucho tiempo, de que esa atracción no era nada más que su deseo ferviente hacia las habilidades de ese hombre y dejó que el sentimiento se asentara en su interior sin prestarle atención. Ahora se daba cuenta de que ese fue su error, pues al no analizarlo como debía, lo dejó cultivarse sin notarlo hasta que, el día en que lo vio despierto de nuevo, este sentimiento explotó sin compasión y ocultarlo a partir de ahí se volvió imposible.
Ryusui, en esta ocasión, había ido al laboratorio para hablar con Senku sobre un tema acerca de la nueva mercancía y cómo podían agilizar la fabricación de dichos productos. La plática salió bien al final y, justo cuando se retiraba, lo vio ahí, en ese pasillo, por lo regular concurrido, fumando con una expresión de cansancio, pero a la vez de fascinación por todo lo que se estaba trabajando en ese sitio específicamente diseñado para las invenciones tanto de Senku como de Xeno y del resto del equipo científico.
Ryusui no tuvo intenciones de entablar una charla con él, de hecho, se planteó regresar sobre sus pasos y buscar una ruta alterna para evitarlo, pero entonces Stanley alzó la mirada y lo vio a través de los cristales que cubrían el pasillo de conexión entre áreas y fue imposible para Ryusui ignorarlo, sobre todo cuando el militar levantó la mano en un gesto vago de saludo y se volteó hacia él, esperando que se acercara, así que Ryusui lo hizo.
Gran error.
E incluso cuando estuvo cerca de él, cuando conversaron un poco sobre los avances y demás, Ryusui no quiso decirlo, no pretendía hacerlo.
Sin embargo, cuando uno se siente tan abrumado por un sentimiento, la mayoría de las veces es imposible contenerlo por mucho tiempo.
Así que lo soltó, de la nada. No hubo nada previo a ello que indicara que lo iba a decir; Stanley hablaba acerca de la misión y de lo idiota que fue Ryusui por haberlos seguido y él sólo lo dijo, casi como si lo hubiera vomitado, porque no había otra manera de describirlo a pesar de lo vulgar que pudiera sonar.
Al final, las cosas acabaron mal para Ryusui.
¡Era obvio que iba a acabar así!
Todos ahí sabían que Xeno y Stanley tenían una relación bastante peculiar. Incluso para un par de amigos de la infancia. La manera en la que el militar sobreprotegía al científico era exagerada, desde antes lo era y el nivel no había bajado ni un poco a pesar de que todos ahora formaban parte del mismo reino, pues Stanley jamás estaba demasiado lejos de Xeno y el científico se movía con total naturalidad alrededor del militar, como si tuviera la certeza absoluta de que Stanley siempre estaba detrás de él.
Y Ryusui conocía esa dinámica mejor que nadie, porque la observaba desde la distancia cada que sus ojos ansiosos buscaban al científico, porque él también sabía que, allá donde Xeno estuviera, Stanley estaría a un par de pasos.
Ryusui sabía esto y, aun así, fue tan idiota como para ir y enamorarse del militar.
Por supuesto, también era consciente de que dicho sentimiento no debía existir en primer lugar, pero ¿cuándo el corazón ha sido racional al respecto?
—Senku se reirá de mí si me ve así —dijo para sí, riéndose de su propia estupidez.
El joven bajó más la cabeza y aceleró sus pasos, desesperado por huir, por esconderse en cualquier sitio donde nadie lo viera.
Y tan desesperado estaba por esto, tanta era su urgencia por escapar, que descuidó el rumbo de sus pasos y, antes de poder hacer nada para evitarlo, acabó chocando con alguien que cruzaba por el mismo camino que él había tomado.
—Perdón, ¿estás bien? —se disculpó la otra persona, sujetando sus brazos cuando el impacto fue tal que casi lo hace caer.
—Ah, sí, perdón. No vi por dónde iba… —respondió, sin levantar la mirada todavía.
Lo que menos quería era toparse con alguien más justo cuando estaba en ese estado, pero tal parecía que ese día nada iba a salir según sus planes.
—¿Estás seguro de que estás bien?
La voz era gentil, un tono clásico de hermano mayor preocupado…, aunque Ryusui no estaba muy familiarizado con esa analogía, pero podía comprender teóricamente a qué se refería.
El par de manos, grandes y fuertes, lo apretaron con una gentileza y suavidad que contrastaba con ellas, pero que, de un modo u otro, reconfortó a Ryusui, animándolo a ver de quién se trataba.
Sería mentira decir que no se sorprendió al descubrir la identidad de su interlocutor.
Shishio Tsukasa estaba ahí, ante él, escudriñándolo con una mezcla de preocupación y curiosidad que le hizo preguntarse qué clase de expresión tendría en su propio rostro para ser merecedor de tal gesto. No hizo falta que el otro le respondiera, pues cuando sintió que una nueva lágrima traicionera bajaba por su mejilla, comprendió por fin lo que Tsukasa estaba viendo.
Y de entre todas las personas, tenía que ser precisamente Tsukasa quien lo viera así. Como si no tuviera ya bastante con lo que lidiar.
—Lo siento. No me hagas caso… —intentó zafarse y continuar con su camino, mas el agarre sobre sus hombros se apretó apenas lo suficiente para impedirle marcharse.
—Ryusui… —dijo, y el aludido sintió un escalofrío. Nunca lo había llamado por su nombre… En realidad, estaba más que seguro de que no habían cruzado una sola palabra desde que se conocían. El tipo era en exceso reservado cuando se trataba de él y no es que no conociera la razón, pero, irónicamente, fue por eso mismo, cuando lo llamó con tanto cuidado, como si temiera que el sonido de su voz lo fuera a romper, que Ryusui supo que no podría contenerse más, no delante de ese chico—, ¿qué pasó?
—N-no es nada… Yo sólo… Yo…
Y mierda, de entre todas las personas, ¿por qué él? Habría preferido a François o tal vez a Ukyo o Chrome. Incluso hubiera preferido a Gen o Senku, aun si eso significara tener que soportar sus mofas después, un precio que no le hubiera importado pagar, pues sabía que al menos se hubieran ocupado primero por hacerlo sentir mejor a su muy extraño modo. Pero en vez de eso, Tsukasa, alguien que odiaba a las personas como Ryusui. ¿Qué iba a hacer él?
¿Burlarse?
¿Chantajearlo con algo?
No tenía idea de qué tipo de persona era porque nunca había tratado con el tipo, así que era de esperar que se sintiera ansioso.
Y Ryusui en serio esperaba cualquier cosa.
De todo…
Menos eso.
—¿Te sientes mal? —preguntó Tsukasa, inclinándose para ver su rostro lloroso y desde esa posición le tomó la temperatura—. No tienes fiebre. ¿Alguien te ha lastimado, entonces?
Esa pregunta fue la que derramó el vaso.
La respuesta simple sería: sí.
Pero si le preguntaba por el causante, diría que fue él mismo y, volviendo a ser consciente de eso, Ryusui no pudo más.
Al diablo si decidía burlarse de él más tarde pues, al menos de momento, Tsukasa en serio parecía confiable. Parecía querer protegerlo incluso si era por mera cortesía y Ryusui no dudó en aprovecharse de esto por esa vez.
Fue así como, sujetando las solapas de la ropa ajena, dejó que su frente se apoyara en el otro y permitió que las lágrimas continuaran con su camino, esta vez sin hacer el mínimo intento por detenerlas. No hubo llanto, sólo suspiros entrecortados que hacían temblar sus hombros.
Y Tsukasa se paralizó por un segundo, perdido en cuanto a qué hacer, porque esa reacción, en definitiva, no se la esperaba, mucho menos viniendo de alguien tan escandaloso y lleno de vitalidad como lo era Ryusui.
Al final, siguiendo un mero instinto protector y fraternal que tenía arraigado en su ser, rodeó los hombros del chico con cuidado y permitió que una de sus manos brindara gentiles caricias al cabello rubio; no se sorprendió demasiado cuando descubrió lo suave que éste era, pero dejó que ese tipo de observaciones murieran silenciosas en su cabeza, no era el momento. Estaba ante una vista peculiar, la caída de un sol brillante que se ocultaba tras las nubes para que nadie lo viera tan frágil y delicado como en ese instante y Tsukasa, siendo la persona que menos esperó verlo así, sintió que debía cuidarlo y cubrirlo de cualquiera que intentara volver a hacerle daño.
Y mientras el castaño convencía al Nanami de ir a otro sitio, ambos fueron ignorantes de la tercera presencia en el sitio, escondida detrás de un árbol cercano desde donde contemplaba todo.
Cuando el par de jóvenes se fueron, Stanley emergió de entre las sombras, con un nuevo cigarrillo en la mano del cual tomó una bocanada más profunda de lo normal a la vez que su mirada se mantenía fija en el sendero por el cual Tsukasa y Ryusui desaparecieron, juntos, lejos de la vista de curiosos.
Le tomó un par de segundos darse la media vuelta e irse y fingir que no había visto nada.
Pero, a pesar de lo mucho que intentó desvanecer esa imagen de su cabeza, a pesar de lo mucho que se repetía que no le importaba, de todas formas un pensamiento repentino cruzó por su mente:
«Sí, él es, en definitiva, mucho mejor para ti», se convenció, dejando caer el cigarro, el cual aplastó con más fuerza de la necesaria para apagarlo antes de continuar con su camino.
Después de eso, fue complicado para el resto del reino no notar que algo raro había pasado.
Es decir, si uno daba un simple vistazo por encima, era fácil pasarlo por alto, pero dado que todos ellos eran buenos observadores, al menos en su mayoría, detectar las fisuras en aquella máscara de normalidad no era nada difícil.
Ryusui, el siempre ruidoso y excéntrico capitán del Perseo, iba por ahí como si nada, actuando tan normal como era su costumbre, excepto cuando cierto militar se encontraba en la misma habitación o rondando cerca del sitio donde el capitán se encontrase, porque entonces, con una sonrisa más bien forzada, Ryusui se excusaría y se retiraría antes de encontrarse con Stanley quien, a su vez, mantenía distancia del más joven, no de forma evidente, pero sí dejaba en claro lo mucho que cuidaba no encontrarse con el Nanami por accidente.
Y cuando por algún motivo ambos debían permanecer en la misma habitación, siempre procuraban pararse en lados opuestos, lo más alejado posible del otro.
—… dado que se trata apenas del primer prototipo, me gustaría que alguno de los dos lo probara primero, aunque si pueden hacerlo ambos, sería mejor, de esa manera tendríamos más detalles y diferentes opiniones sobre lo que se podría mejorar —explicó Senku, concentrado en los planos que tenía sobre la mesa y en el cual señalaba los distintos mecanismos del nuevo modelo de auto en el que se encontraba trabajando junto a Xeno y Ryusui—. Si esto sale bien, pronto podremos comenzar con la producción en masa, así como iniciaríamos con la reconstrucción de vías férreas y el tren, aunque, dados los materiales con los que contamos y el alcance científico que tenemos a la mano, empezaríamos con el primero que se fabricó en la historia.
—Hablas de la locomotora de vapor, ¿cierto? ¡Me gusta! Quiero probar ese también —exclamó Ryusui, chasqueando sus dedos con expectación adelantada.
—¿Y quién más sino? —se rio Senku, siempre encantado con la actitud positiva y entusiasta del rubio, que era actualmente su más grande inversor y apoyo en cuanto a producción se trataba—. Aunque, dado que la maquinaria es más complicada, en la prueba de la locomotora, ustedes dos tendrán que ir juntos —dijo, señalando a Stanley, que se encontraba en el otro extremo de la mesa, con los ojos clavados en los planos.
—O-oh, claro. No hay problema —asintió Ryusui, sin mirar tampoco al militar y con un obvio bajón en su estado de ánimo, cosa que, por supuesto, Senku notó.
—¿Qué fue eso? Creí que estarías más emocionado por manejar un vehículo así junto a Stanley.
—¡Lo estoy! —se apresuró en decir, dando un vistazo rápido al aludido—. Sólo pensaba en otra cosa.
—Ya… —respondió el científico sin estar convencido y justo cuando Ryusui se sintió como un ratón atrapado, alguien más se asomó al laboratorio.
—Lo siento por interrumpir —se excusó Tsukasa—. ¿Ryusui está aquí?
—Oh, ¿qué pasa, ‘Kasa? —se apresuró Ryusui con alegría renovada, olvidándose por completo de que estaba en plena reunión.
—¿En serio piensas llamarme así de ahora en adelante? —alegó el más alto, de repente avergonzado cuando escuchó la risa apenas contenida del Ishigami.
—¿Qué tiene? Es lindo, ¿no? Puedes llamarme «Ryu», para estar a la par —replicó sonriente, una sonrisa que dejaría en ridículo al sol—. Pero dejando eso de lado, ¿necesitabas algo?
—Ah, sí. Kaseki dice que necesita tu opinión respecto al mantenimiento del Perseo y mencionó algo de la recomposición de uno de los mástiles.
—¿Mmh? ¿Es que se hará una nueva modificación?
—Es un diseño aparte para ahorrar en combustible —respondió Senku desde atrás—. El modelo original del Perseo era mejor para los escasos recursos que todavía tenemos, ¿no crees?
—Bueno, ciertamente me gustaba más mi velero como era antes de las modificaciones... ¡Muy bien! Vamos —clamó con triunfo y se fue de ahí, siguiendo contento a Tsukasa con quien no tardó en iniciar una conversación y justo cuando ellos iban saliendo, Xeno y Sai iban entrando, cruzándose así en la puerta.
—Veo que el joven Ryusui y el joven Tsukasa son muy buenos amigos ahora —comentó Xeno al ingresar al laboratorio.
—Es una vista extraña, dado lo que he escuchado —agregó Sai, de repente angustiado por su hermano, que se perdía de su vista, caminando alegremente al lado del castaño.
—Y que lo digas. A todos nos ha tomado desprevenidos —continuó Senku, enrollando los planos para el vehículo prototipo—. ¿Dónde están Chrome y Suika?
—Se entretuvieron conversando con Kinro y Ginro en el comedor, pero no tardarán en venir —respondió Sai, tomando asiento frente a su propio escritorio.
—¿El joven Ryusui aceptó la oferta de probar el vehículo? —preguntó Xeno, parándose por mera costumbre al lado de Stanley y fue gracias a esto que se percató de un detalle curioso en su amigo, mas no lo mencionó de inmediato.
—Siendo Ryusui, creo que ni falta hace preguntar —contestó Sai con un suspiro de rendición que hizo reír a los dos científicos.
—Él aceptó —confirmó Senku, sin embargo, tras dar una rápida mirada a Stanley, cosa que Xeno captó, añadió—: Aunque, respecto a la locomotora…
—No me digas que no quiso —saltó el mayor de los Nanami, aturdido por lo que esa pausa podría implicar.
—No dijo que «no», pero sí lo dudó.
—En efecto, no es un comportamiento común en el joven Ryusui —asintió Xeno quien, observando de reojo a su amigo, el cual parecía ansioso por salir de ahí, entrecerró los ojos con sospecha—. Y ahora que lo pienso, ¿no están ustedes dos actuando un poco raro?
Stanley primero se tensó, una exaltación leve en los hombros que sólo Xeno notaría tras largos años de amistad, pero de inmediato el militar se recompuso y, con esa expresión en blanco característica suya, respondió:
—Estoy seguro de que ese no es tu campo —y con un tono un poco tajante, pasó a retirarse del laboratorio, dejando detrás una sensación de desasosiego, no tanto por su respuesta, si no por el modo en que lo dijo, sobre todo porque la persona a la que se dirigió era Xeno, sin embargo, este no dejó de sonreír, es más, su sonrisa se ensanchó con claro interés por lo que sea que el militar estuviera ocultando.
—¿Oh? Pero qué misterio tan encantador tenemos entre manos, ¿no lo creen? —señaló con una alegría que por algún motivo rondaba lo sádico, cosa que hizo estremecer a sus dos acompañantes.
—Estoy seguro de que eres el único que piensa así —refutó Senku, volviendo a su trabajo—. Como sea, deja eso y ponte a lo tuyo, quiero terminar con esta parte del circuito antes de que te vayas a una nueva reunión con el consejo de científicos.
—Sigo pensando que estás más capacitado para este trabajo que yo —repuso Xeno, cuya felicidad se esfumó en cuanto pensó en la posibilidad de encontrarse de nuevo con ese montón de ineptos que no comprendían la complejidad de sus ambiciones.
—El mentalista insiste en que no tengo tacto para negociaciones.
Y mientras Xeno y Senku se enfrascaban en una conversación de la que pronto perdió el hilo, sobre todo cuando Suika y Chrome llegaron y se unieron a ésta, Sai todavía tuvo que volver y recodar la imagen de su hermano alejándose junto a Tsukasa a la vez que pensaba sobre el modo repentino e inesperado en el que esa amistad había surgido, dado lo que había escuchado acerca del castaño.
No es que su hermano fuera del tipo que se quedaba de brazos cruzados cuando se trataba de conseguir algo que quería y, por lo que tenía entendido, Tsukasa entraba en esa categoría, sin embargo, dado lo distante del castaño, Sai pensó que Ryusui se acabaría resignando, puesto que tampoco era el tipo de persona que obligaba a alguien a hacer algo que no quisiera, pero, para asombro del reino, consiguió lo que todos pensaron que sería imposible de lograr: Tsukasa parecía cómodo con él y le permitía su cercanía sin trabas ni peros.
Era un evento digno de admirar y por supuesto que la curiosidad no tardó en aflorar en todos ellos y Sai no era la excepción a esto. No obstante, cuando se acercó el otro día a Ryusui para preguntarle al respecto, éste se limitó a decir que Tsukasa le había brindado su apoyo para un tema un tanto delicado para él y con eso se marchó, sin entrar en detalles, cosa rara, dado lo parlanchín que era su hermano, aún más con él.
Por supuesto, al igual que Xeno y el resto del grupo, había notado también ciertas tensiones entre el menor y Stanley, pero por más que presionaba no obtenía respuestas.
Quizá Ryusui no quería hacer el lío más grande.
O quizá todavía no confiaba lo suficiente en él.
…
Sai decidió enfrascarse en su parte del trabajo cuando una punzada dolorosa atravesó su pecho.
No es que pudiera culpar a Ryusui de ese recelo, pero… bueno, dolía aun así.
Sin embargo, dejando eso de lado, ahora que Xeno había decidido sacar el tema a flote y mostrar un peculiar interés en este asunto, Sai se convenció de que tenía que mantenerse alerta a cualquier movimiento que el científico o el militar planearan a partir de ese día, sobre todo el científico, tan poco ortodoxo en cuanto a sus métodos se refería, puesto que si algo captaba su atención, Sai no lo dudaba, sería capaz de todo con tal de saciar su curiosidad.
La primera prueba del prototipo de automóvil inició un par de días después.
Se suponía que Ryusui sería el primero en probarlo, dado que antaño era un conductor de la Fórmula 1, según lo que Stanley tenía entendido. Una cuestión sorprendente, si debía comentar algo al respecto, aún más por lo joven que era el chico. Pero volviendo al punto, Ryusui probaría el vehículo primero y, cuando terminara de dar un par de vueltas a la pista construida específicamente para los prototipos de ese estilo, Stanley llegaría para tomar su turno; así que, tras contar el tiempo, llegó al lugar citado un par de horas después, pensando que el rubio ya no estaría por ahí. No obstante, apenas ingresó al lugar, se encontró con el grupo científico, que discutía los resultados observados en esa primera prueba y fue sorprendido por el vehículo todavía sobre la pista, dando vueltas veloces a ésta.
¿Ryusui seguía ahí?
—Agh, ese idiota. Le dije que no fuera tan rápido —refunfuñó Senku, mirando un medidor de velocidad que tenía a la mano.
—Al menos así podremos comprobar la calidad de los frenos, amortiguadores y demás —añadió Xeno, que miraba entretenido el vehículo, derrapando en las curvas cerradas con una precisión sin igual—. Ahora puedo ver por qué su puntería era casi tan buena como la de Stanley. Su mano debe ser bastante firme si es capaz de hacer maniobras como esa.
—¿Qué tienen que ver los autos con la puntería? —preguntó Suika, apartando un momento su atención del auto que continuaba recorriendo la pista.
—Los conductores de la Fórmula uno, tienen buenos reflejos y firmeza en la mano, así que esa falta de temblor en sus extremidades hace que sus disparos sean más certeros que los de una persona que en su vida ha tomado un arma, pero todavía le falta bastante practica —explicó el Ishigami con una sonrisa socarrona.
—Aunque jamás tuvo interés en ese tipo de deportes, pero no dudo que hubiera aprendido rápido si lo hubiera intentado —agregó de último Sai, mientras que Chrome y Suika decidieron que no entendían nada de lo que hablaban esos tres y se limitaron a observar emocionados el funcionamiento del auto.
Nadie había notado todavía la presencia de Stanley, quien se quedó oculto en las sombras del sitio, aguardando de incógnito a que el Nanami menor se fuera.
—¿Cuánto tiempo más va a estar así? —preguntó Chrome, ya mareado por seguir el recorrido del circuito.
—Creo que se emocionó al tener de regreso la oportunidad de manejar en una pista semi profesional —respondió Sai, que también comenzaba a marearse.
—Nah, el tipo quiere lucirse con su copiloto —resopló Senku, rascando su oreja con el meñique en un supuesto gesto de desinterés, aunque era obvio que la idea le divertía.
—Me pregunto sí él estará bien —se rio Xeno también.
—Si no puede con algo como esto, no puede llamarse nuestro soldado más fuerte del Reino Científico —alegó Senku, justo cuando el auto por fin se detenía frente a ellos con un frenado limpio y de calidad profesional.
Al acercarse para obtener las respuestas pertinentes y el informe detallado de su primer piloto, lo primero que recibieron al abrirse las puertas fue una risa poderosa, llena de júbilo y éxtasis.
—¡Maravilloso! ¡Quiero el primer modelo oficial en cuanto lo tengan listo! —exclamó Ryusui, chasqueando los dedos.
—Demasiado pronto para hacer pedidos —bromeó Senku—. Pero puedes quedarte con el prototipo, por ahora.
—¡Mejor aún! Me encargaré de ponerlo en la zona de honor del museo que tengo planeado.
—Ya. ¿No tienes otra cosa de la que preocuparte ahora?
—¿Mmh? ¡Oh, cierto! —y corriendo a la puerta del copiloto, la abrió por su cuenta al notar que no había movimiento dentro del auto—. ¿Estás bien, ‘Kasa?
Dentro, en efecto, estaba Tsukasa, la cara superficialmente compuesta, aunque con varios tonos de piel por debajo de su color natural. Senku se rio por lo bajo al verlo.
—Me alegra no haber ido al espacio con ustedes, no sé si habría aguantado la prueba de movimiento —confesó el castaño sin atreverse a salir todavía.
—¡Ja, ja! Es cosa de acostumbrarse. A mí igual me tomó bastante tiempo la primera vez —lo calmó Ryusui, ofreciéndole su mano para ayudarlo, cosa que Tsukasa aceptó—. Pero es posible que me haya excedido, lo siento por eso. ¿Quieres ir a descansar?
—Está bien, fue bastante divertido —respondió primero, con una sonrisa de lo más gentil, un gesto que, hasta donde todos sabían, estaba reservado exclusivamente para su hermana, así que a más de uno se le cortó el aliento al ver que dicho gesto iba dirigido al rubio, el cual no se inmutó por ello, como si ya estuviera acostumbrado—. Pero no me molestaría sentarme un rato en un sitio que no se mueva tanto.
—¡Bien! Nos vamos entonces —anunció—. Me encargaré de mandarles el informe con François más tarde.
—No tonteen mucho rato, todavía hay trabajo que hacer —recordó Senku, mas no hizo intento por detener al par de chicos que se tambaleaban con pasos torpes debido al mareo de Tsukasa y al hecho de que el chico le doblaba la altura al rubio, que se esforzaba por sostenerlo.
—Creo que nunca me acostumbraré a verlos de esa forma —admitió Chrome y Suika, a su lado, asintió.
Y mientras los jóvenes seguían con la mirada al par de impensables amigos, Xeno, por su parte, volteó hacia una zona de techado, atraído por el aroma del tabaco.
Stanley seguía en la misma área donde se había refugiado, fumando lo que parecía ser el cuarto cigarrillo, si es que las colillas sobre el suelo terroso decían algo. Xeno no dudó a la hora de acercarse, importándole poco el hecho de que su amigo, por algún motivo, exudaba un aura asesina.
—¿Qué pasa, Stanley? Es muy poco elegante de tu parte fumar de esa forma tan descontrolada, ¿sabes? Estoy seguro de que no le has dado más que dos caladas a cada cigarro.
—Estoy bien —refutó el militar, irritado y sin voltear a mirarlo.
—Estás encendiendo el cigarrillo al revés —señaló, cruzándose de brazos a la vez que mantenía una mirada analítica sobre el otro quien, frunciendo el ceño, observó mejor sus acciones y, conteniendo un suspiro, optó por dejar de intentarlo.
—Acabemos con esto de una vez —farfulló, dirigiéndose al auto.
—Espera, Stanley, no quiero que atrofies nuestro querido prototipo por ir distraído —Xeno se adelantó e intentó detenerlo, cosa que consiguió, aunque era obvio que el militar apenas mantuvo la calma.
—No estoy distraído —rebatió en el acto. Xeno le dirigió una mirada de escepticismo, absteniéndose apenas de comentar el hecho ya mencionado de que lo encontró tratando de encender un cigarrillo al revés. Captando su mirada, Stanley tuvo que reclamar—. Eso no significó nada.
—Seguro que no. ¿Por qué no mejor vas y te encargas de otras tareas? Puedes acceder al vehículo una vez que estés más calmado.
—¡Pero…!
—Stanley, lo digo en serio —dijo de último, cortando con cualquier posible reclamo que fuera a caer sobre él y sólo porque se trataba precisamente de ese científico, fue que Stanley agachó la mirada con fastidio y, sin mencionar nada más, se marchó del sitio con pisadas fuertes.
Para cuando se perdió de la vista, en dirección al área de tiro, el resto del equipo científico se acercó, extrañados por el intercambio de hacía unos momentos.
—¿Qué le pasa? —inquirió Chrome, a lo que Xeno dejó salir el aire que había estado conteniendo.
—Yo también me lo pregunto —y con eso, dio un vistazo al camino que Ryusui y Tsukasa habían seguido.
Xeno Houston Wingfield podía ser el tipo de persona que se enfrascaba en un trabajo o proyecto al punto de olvidarse por completo de su entorno, sin embargo, no por eso era alguien despistado con los asuntos de quienes le rodeaban, pues era, después de todo, un hombre adulto ya, que había visto y vivido algunas cosas, así que contaba con algo de experiencia y, por supuesto, no es como que el estudio del complejo comportamiento humano no entrara en su rango de interés, así que, por supuesto, era fácil para él asumir e incluso afirmar que lo que sea que estuviera pasando entre su amigo y Nanami Ryusui, iba más allá de un simple conflicto de intereses o similar.
Claro, tampoco iba a negar que, tal y como Stanley dijo, no es que fuera un experto en esa área y casi lamentaba el hecho de que Asagiri Gen estuviera en ese instante en un viaje de negocios en una ciudad vecina, lo que si bien no dificultaba la comunicación con él, ciertamente tampoco era un asunto que necesitara de la intervención inmediata del mentalista, sobre todo porque ni siquiera había necesidad de formalidades, es decir, se trataba de un asunto que implicaba a su amigo de la infancia, ¿quién necesitaba tener tacto, entonces?
Pero un par de consejos no le vendrían mal...
Siendo así…
—Muy bien, ya que Stanley está incapacitado por el momento para manejar un vehículo experimental que requiere de toda su concentración, recojamos aquí y vayamos al laboratorio. Hay algo que me gustaría discutir con usted, doctor Senku, sobre el sistema de enfriamiento de la máquina del tiempo, antes de irme a mi siguiente reunión.
Y mientras todos hacían el camino de regreso al laboratorio, Sai se quedó un segundo más, dando, del mismo modo, un vistazo al camino que su hermano había seguido.
A diferencia de lo que Ryusui podría creer, Sai sí que se daba una idea de lo que había sucedido ahí, pero más valía estar seguros.
Y, por si fuera poco, cierto científico también se percató de que el mayor de los Nanami intuía más de lo que aparentaba.
Stanley insistía en que estaba bien y era irritante que justamente Xeno no le creyera ya que, si era él quien guardaba sospechas respecto a su comportamiento, quería decir, entonces, que Stanley, en efecto, no estaba bien y eso era todavía más frustrante.
Así pues, la hora del descanso había terminado hacía ya un rato, pero él no hizo caso de esto y pasó del área de tiro a la zona de entrenamiento físico, donde se encontró con Kohaku pateando un costal de boxeo que se había implementado hace poco. La chica parecía fascinada, aunque un poco aburrida a la vez, de poder entrenar con algo que no se quejaba cada dos por tres.
Apenas verlo llegar, sugirió entrenar juntos, cosa que, por lo regular, no le hubiera importado, pero Stanley debía ser honesto consigo mismo; si bien no dudaba que la chica pudiera darle una paliza en el ámbito de la lucha cuerpo a cuerpo, tampoco quería actuar de manera precipitada y arrojarse a un enfrentamiento, aun si era sólo un entrenamiento, y sacar todas sus frustraciones en éste; por lo que, en vez de eso, le pidió que lo ayudara a sujetar el costal para que no se balanceara demasiado, cosa a la que ella accedió.
—… por eso sigo pensando que Ginro es más efectivo que esta cosa —concluyó Kohaku tras una larga explicación acerca de la importancia del entrenamiento con otras personas, así como también por qué debía tomarse en cuenta que la pareja del entrenamiento pudiera fungir o como un obstáculo o como un mero ejemplo de lo que sucedería si lograbas asestar un golpe en ciertas áreas. Quedó claro que incluso ella contaba con sus propios conejillos de indias para sus peculiares experimentos.
Y, a pesar de lo bizarro, quizá, que fue semejante explicación, que casi sonaba lógica debido a la convicción con la que la chica lo decía, Stanley le prestó atención, no tanto por interés -aunque era entretenido verla hablar con tanta concentración mientras colgaba del costal como una especie de koala-, sino porque necesitaba, en verdad, despejar su mente embotada con tantos pensamientos ruidosos que era incapaz de encontrarle sentido a ninguno, haciendo que su humor se fuera en picada, tal y como venía haciendo desde… ¿Desde cuándo, exactamente?
Se detuvo un segundo para tomar aire a la vez que analizaba la pregunta a profundidad.
¿Desde cuándo y por qué es que se sentía tan amargado por el simple hecho de existir?
No recordaba haberse sentido de ese modo en su vida, al menos no desde que Xeno lo rechazó años atrás y estaba más que seguro, por lo que podía recordar, que ni en esa época se sintió tan enfermo como en la actualidad.
Era extraño, más porque una parte profunda de él sabía la razón, pero su lado que permanecía consciente de su alrededor se había encargado de ahogar a esa voz antes de que siquiera lograra emitir palabra lo que, por supuesto, lo cegaba a la verdad y lo dejaba en ascuas.
—¿Estás seguro de que ya te encuentras mejor? No creo que pase nada si te saltas el entrenamiento por un día.
—Te preocupas demasiado, Ryusui.
—«Ryu», te he dicho que me llames «Ryu».
—No sé si pueda acostumbrarme a eso…
Bueno, tan cegado no estaba, había que ser sinceros, pero incluso así se las arregló para evadir la realidad una vez más, con un trago de amarga bilis y la dolorosa presión de su mandíbula apretada.
—¡Oh! ¡Tsukasa, entrena conmigo! —pidió Kohaku, soltando el costal para correr hacia donde el par de jóvenes se acercaba.
—¿Ya estás aquí? Con razón Hyoga dijo que no te vio en la sala del almuerzo —respondió el castaño.
—Yo tampoco de te vi ahí cuando fui a darme una vuelta. ¿Dónde estabas? —rebatió en el acto con los brazos cruzados, dando un vistazo expectante al acompañante de Tsukasa.
—¡Estaba conmigo! —exclamó el Nanami como si eso hubiera sido una especie de logro—. Pero se nos fue el tiempo, así que almorzamos juntos en mi oficina.
—Eso fue porque te emocionaste hablando de tu nueva colección de modelos a escala —resopló Tsukasa con ternura, casi como si le hablara a un niño pequeño y entusiasta.
—Ustedes dos sí que han dado de qué hablar desde hace unos días. ¿Qué fue lo que pasó entre ustedes? —inquirió Kohaku, ladeando la cabeza con una expresión similar a la de un gato curioso.
—Mmh… No sé muy bien cómo explicar eso —dudó Tsukasa, apartando el rostro en lo que cualquiera podría confundir con un gesto tímido que hizo reír a Ryusui a su lado.
—Sólo digamos que ‘Kasa me consoló un poco cuando lo necesitaba —explicó y la sonrisa en su rostro era tan deslumbrante que Kohaku sintió que debía mirar con cuidado si no quería quedarse ciega, sin embargo, ni este hecho le impidió bromear un poco.
—Eso suena sospechoso, sobre todo porque ustedes dos se acaban de ruborizar.
—¿Eh? ¿En serio? —se exaltó Ryusui, tocándose la cara al igual que Tsukasa, ambos de repente en pánico por el hecho.
Y fue ahí que, interrumpiendo con la atmosfera amena que se había instalado entre los tres, un fuerte estrépito los sobresaltó e hizo que se olvidaran de la situación para buscar la fuente del violento sonido.
Esperaban encontrar alguna humareda que indicara una explosión proveniente del laboratorio o la zona de construcción, como era común en ocasiones, pero no, la situación parecía estar en calma. En cambio, lo que encontraron fue a Stanley, quien estaba ahí, de espaldas a ellos, con los hombros subiendo y bajando con agitación y cada musculo de su cuerpo rígido al punto de doler y, más allá del militar, se encontraba un costal de boxeo, tirado a un par de metros y con un gran boquete en el centro.
Mentirían si dijeran que eso no los tomó por sorpresa, pero nadie se preguntó qué fue lo que pasó, sólo asumieron que Stanley había usado fuerza de más, una situación que era común en los entrenamientos del equipo.
Sin embargo, para cuando Stanley se dio la vuelta por fin, descubriendo que Tsukasa cubría a Ryusui con su cuerpo en un gesto protector y natural, fue que sospecharon que quizá, tan sólo quizá, eso no fue un accidente.
Y Stanley, durante un par de segundos, se perdió a sí mismo.
Caminó en ese mismo estado en dirección a los demás, ¿dispuesto a qué? Nadie lo sabía, ni siquiera él entendía qué pretendía lograr y, al final, no lo entendería nunca puesto que, apenas estar cerca de ellos, Ryusui dio un paso al frente, movido por un impulso que no comprendió, pero que, guiado por su instinto, lo hizo y, si bien Tsukasa no le permitió alejarse por completo de su guardia, bastó para que Stanley se detuviera, parpadeando consternado con su reacción, pero no sólo por eso.
De nuevo esa imagen en medio de cenizas y fuego.
De nuevo esa mirada del soberano que se resigna a su destino, pero manteniéndose firme en retar a su enemigo hasta el último aliento.
De nuevo Ryusui cayendo en medio de profundas heridas ocasionadas por su mano.
Stanley apartó el rostro en cuanto la presión de los ojos dorados se volvió insoportable y se retiró de ahí, sin emitir sonido alguno, sin explicación, si nada, sólo una vuelta silenciosa y pasos mudos que se alejaron por el sendero.
En cuanto se encontraron solos, los tres respiraron de nuevo.
Claro, el tipo no iba armado, pero eso no quitaba que todavía hubiera un par de recuerdos para nada agradables rondando por ahí y que los paralizaba sin quererlo.
—Y hablando de rarezas, él es quien más extraño ha estado —comentó Kohaku, sin apartar los ojos de la espalda que se alejaba con grandes zancadas.
Ni Tsukasa ni Ryusui respondieron, mucho menos este último.
Era un poco precipitado intuir razones, pero, si miraban en retrospectiva, ese era el único evento hasta la fecha que había ocurrido entre ellos y el cual podían considerar como la razón por la cual el militar estuviera tan tenso.
Ryusui torció el gesto, acomplejado. Era obvio que era su culpa.
Si tan sólo no hubiera dicho eso…
Pronto, una gentil caricia cayó sobre su cabeza, disipando sus pensamientos pesimistas en cuanto se encontró con la mirada consoladora de Tsukasa y fue imposible no sonreírle como agradecimiento.
Si no hubiera sido por ese chico, probablemente Ryusui no sería ni siquiera capaz de cruzarse en el camino con Stanley. De verdad que le debía mucho. Tenía que encontrar el modo de compensarlo por ello.
Y mientras pensaba en esto, dos personas más aparecieron de un segundo camino aledaño a la zona de entrenamiento.
—Ciertamente, mi querido amigo ha estado muy distraído —asintió Xeno, acercándose a ellos, pero con la vista clavada en el sendero por el cual Stanley desapareció—. ¿Usted no tiene alguna idea de qué pudo haber ocurrido, joven Ryusui?
El aludido se exaltó apenas de forma visible y dudó a la hora de responder.
Como era obvio, él sabía lo que había ocurrido y, si bien no quería darse tanta importancia en el estado de ánimo actual del militar, tampoco es que pudiera pensar en otro motivo por el cual el soldado estuviera tan extraño.
No obstante, antes de siquiera llegar a responder algo, Tsukasa intervino.
—Quizá esté estresado por el próximo viaje. Después de todo, el itinerario que debemos cumplir incluye el viaje a tres países distintos. Es agotador pensar en ello, sobre todo porque apenas volvimos de una reunión.
Ryusui no iba a mentir que se sentía como un completo inútil escondiéndose detrás del castaño, pero debía ser honesto, no estaba listo para enfrentarse a nada que tuviera que ver con Stanley todavía, no de manera tan directa, al menos. Para desgracia suya, era evidente que tendría que superar esta cuestión muy pronto pues, Ryusui recién lo notaba, Sai estaba detrás de Xeno, lanzándole una mirada que indicaba que no podría escapar de lo que sea que el mayor quisiera hablar.
De hecho, ni siquiera tuvo la oportunidad de intentarlo.
—Ryusui, necesito hablar contigo —dijo, contundente y directo, además de que lo sostuvo del brazo antes de que el menor pudiera reaccionar y se lo llevó a rastras a otro sitio, dejando detrás a Tsukasa, perdido con la repentina intrusión del mayor de los Nanami.
—Ah, Ryusui-…
—Joven Tsukasa —interrumpió Xeno, bloqueando su intento por ir detrás del rubio—, la verdad es que a mí también me gustaría hablar con usted, si es que puede.
Y si, ninguno pudo escapar después de eso.

