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Después de la eliminación de Inglaterra y Noruega, y un final escandaloso en la final del Mundial, muchos jugadores se fueron de vacaciones antes de volver a sus respectivas ligas.
Entre esos "muchos jugadores" estaba la pareja del momento: Jude Bellingham y Erling Haaland. Según montones de rumores, se hablaba de una posible relación entre el omega y el alfa. El primero en hablar del tema fue Jude en una rueda de prensa que fue publicada en todas las redes sociales habidas y por haber. Respondió con una sonrisa tranquila:
“—Solo somos dos buenos amigos... Que nos veamos de vez en cuando es algo normal. Que un alfa y un omega sean amigos debería normalizarse y no verse con malos ojos y con otras intenciones.”
A los días, Erling le dio like desde su cuenta de Instagram.
Muchas de estas teorías surgieron porque ambos, desde el Borussia Dortmund, mostraron una cercanía inexplicable, incluso antes de que se supiera que Jude era omega.
¿Un omega y un alfa teniendo una amistad desde que eran adolescentes? Incluso corría el chiste de que Haaland le había dado su primer sorbo de alcohol, de la misma lata
Lo que nadie sabía era que, en ese preciso momento, mientras las redes sociales ardían con capturas de pantalla y teorías conspirativas, Jude estaba tirado en el sofá de la suite privada de Erling en California, con los pies descalzos apoyados sobre el regazo del noruego y el móvil en la mano, leyendo en voz alta algunos de los comentarios más descabellados.
—"Jude Bellingham lleva la marca del colmillo de Haaland en el cuello, lo vi en una foto pixelada de 2021”—leyó con tono burlón, alzando una ceja— Qué obsesión tiene la gente con tus dientes, de verdad.
Erling ni siquiera levantó la vista de su partida de ajedrez online. Solo emitió un sonido grave, algo entre una risa y un gruñido, mientras movía una torre en la pantalla.
—¿Y qué piensas hacer cuando se den cuenta de que estamos en el mismo hotel? —preguntó el alfa, con esa calma que tanto desesperaba y fascinaba a Jude al mismo tiempo.
El omega se encogió de hombros, aunque una sonrisa astuta se dibujó en sus labios.
—Decirles que somos dos buenos amigos que comparten habitación, cama y ducha por pura eficiencia.
Erling soltó el móvil sobre el sofá y, por fin, giró la cabeza hacia él. Sus ojos claros recorrieron el rostro de Jude con una intensidad que desmentía por completo la indiferencia que fingía segundos antes.
—Eficiencia —repitió, saboreando las palabras.
—Exacto. Tú me ayudas con las cremalleras difíciles, yo te presto mi champú con olor a vainilla... Amistad en estado puro.
El alfa se inclinó hacia él, invadiendo su espacio personal con esa lentitud que siempre ponía a Jude entre la tentación de cerrar la distancia y el instinto de echarse hacia atrás por puro orgullo.
—Tu champú con olor a vainilla me persigue hasta en los partidos, Bellingham. El otro día Ødegaard me preguntó si había cambiado de colonia.
Jude soltó una carcajada genuina y fijó su mirada en el celular, volviendo a leer las cosas que publicaban los fans. Algunas eran críticas absurdas, otras opiniones, y luego fotos que se había estado haciendo con sus seguidores cada vez que salía.
Deslizó el dedo por la pantalla, deteniéndose en una imagen de hacía tres días. Ahí estaban él y un grupo de aficionados a las afueras del hotel, sonriendo bajo el sol californiano. Pero lo que los fans no sabían era que Erling estaba a menos de diez metros, oculto tras las gafas de sol y una gorra calada hasta las cejas, esperándolo con una paciencia que solo un alfa podía permitirse.
—Mira esto —dijo Jude, girando la pantalla hacia él— hay una chica que me pidió que le firmara una foto tuya. Tuya.
Erling arqueó una ceja.
—¿Y qué hiciste?
—Firmarle con mi nombre, obviamente. —Jude volvió a su posición original, con una mueca de satisfacción— Le dije que era mi foto favorita de ti.
—¿Y cuál crees que es mi foto favorita de ti?
Jude levantó la mirada del móvil y se encontró con esos ojos azules que ya no fingían desinterés.
—No seas tonto... —murmuró Jude, desviando la mirada hacia el móvil como si la pantalla apagada tuviera algo interesante que ofrecerle.
—No estoy siendo tonto. —La voz de Erling sonó más cerca de lo que esperaba— La foto que te tomé en...
Jude sintió calor subir por su nuca. Maldito alfa y su maldita memoria fotográfica.
—Esa foto es horrible. — interrumpió Jude.
—Es hermosa —El pulgar de Erling seguía trazando círculos sobre su tobillo. — Es mi favorita.
El omega no respondió. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo. Después de tantos años, Erling seguía teniendo la capacidad de dejarlo sin palabras con frases que soltaba como quien comenta el clima. Así que hizo lo que mejor se le daba: cambiar de tema.
—Mañana quiero ir a la playa. La privada esa que me dijiste.
Erling ladeó la cabeza.
—¿Tú y yo solos?
—No, con Ødegaard y tu abuela. Claro que tú y yo solos, genio.
—Pensé que no querías que nos relacionaran...
—Y no quiero. Por eso vamos a una playa privada. —Jude se incorporó, apoyando las manos en el regazo del noruego para quedar frente a frente— Un día. Solo un día
Erling lo observó en silencio durante unos segundos. Luego, con esa expresión que tanto odiaba y adoraba, asintió.
—Trato hecho. Pero me debes un helado.
—Te debo el helado si tú me compras unas gafas de sol nuevas. Las mías son un imán de fans.
—Eso es porque les firmas las fotos.
—Qué quieres que haga, ¿ignorarlos? Tengo reputación que mantener.
—De buen chico.
—Exacta... —Jude se detuvo, entrecerrando los ojos— Espera. ¿Me estás llamando falso?
—Te estoy llamando mi buen chico.
Jude sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal, directo hasta el lugar donde el parche supresor ocultaba su aroma. Erling lo miraba con una media sonrisa, plenamente consciente de lo que acababa de decir y del efecto que causaba.
—Eres insoportable —sentenció Jude, apartándose y dejándose caer contra los cojines del sofá.
—Y mañana me debes un helado. No lo olvides.
La playa privada era exactamente lo que necesitaban.
Una cala pequeña, escondida entre acantilados de roca dorada, accesible solo por un sendero estrecho que serpenteaba entre arbustos silvestres. El conserje del hotel les había asegurado que era prácticamente imposible que alguien los molestara allí.
Jude llegó primero, descalzo, con las chanclas colgando de los dedos y una toalla al hombro. Las gafas de sol nuevas y un sombrero absurdo —cortesía de cierto noruego— se deslizaban un poco sobre su nariz cada vez que inclinaba la cabeza. Olía a protector solar y sus feromonas Caramelo que tanto parecía gustarle a Erling.
El alfa apareció a los pocos minutos, cargando una nevera portátil y una sombrilla bajo el brazo como si no pesaran nada. Iba sin camiseta, con el bañador negro contrastando contra su piel palida, y Jude tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no quedársele mirando.
—Llegas tarde —dijo en su lugar, dejando caer la toalla sobre la arena.
—Llego exactamente cuando quiero. —Erling clavó la sombrilla con un solo movimiento y se giró hacia él— Te recuerdo que el helado lo tienes que pagar tú.
—El helado lo pago yo si tú pones la música.
—Trato hecho.
Erling sacó un altavoz portátil de la nevera y lo conectó al móvil. Unos segundos después, una canción de los Arctic Monkeys empezó a flotar en el aire, apenas un murmullo contra el rumor de las olas.
—¿En serio? ¿Arctic Monkeys? —Jude alzó una ceja, divertido.
—Es buena música.
—Es música de hace quince años.
—La buena música no caduca.
Jude resopló una risa y se dejó caer sobre la tumbona, estirando las piernas con un suspiro de satisfacción, el sol le besaba la piel en todos los sitios donde el protector solar no había llegado, y el mar se extendía frente a ellos como una promesa azul.
—Esto es vida —murmuró, cerrando los ojos.
—Mmh...
Oyó a Erling acomodarse en la tumbona de al lado, sintió su sombra proyectarse sobre él por un instante antes de que el alfa se echara hacia atrás con un suspiro pesado. El altavoz seguía escupiendo Arctic Monkeys, las olas rompían contra la orilla, y Jude estaba a punto de quedarse dormido cuando la voz de Erling volvió a sonar:
—Los helados.
—¿Qué pasa con los helados?
—Que me los debes. Y se están derritiendo.
Jude abrió un ojo, perezoso.
—Pues sácalos de la nevera tú, que para eso la has traído.
Erling refunfuñó algo en noruego que Jude no entendió —y probablemente no quería entender— pero se inclinó hacia la nevera portátil y rebuscó entre el hielo hasta sacar dos helados. Vainilla para Jude, chocolate para él. El gesto era tan automático después de tantos años que el omega ni siquiera tuvo que pedirlo.
—Toma.
Jude aceptó el helado sin abrir los ojos del todo, dándole un lametón distraído mientras el sol seguía acariciándole la piel. El sabor dulce le explotó en la lengua, frío y cremoso, y se permitió un pequeño gemido de satisfacción.
—Está bueno.
Erling no respondió.
Jude, extrañado por el silencio, entreabrió los ojos. El alfa no estaba comiendo su helado. Lo tenía en la mano, olvidado, goteando chocolate sobre sus dedos sin que pareciera importarle. Su atención estaba en otra parte. En Jude, para ser exactos. En su boca.
El omega se quedó quieto, con el helado a medio camino de sus labios.
—¿Qué?
—Nada.
—Erling...
—Que no es nada. — Respondió el rubio.
Pero sus ojos claros seguían ahí, fijos, oscurecidos por algo que Jude conocía demasiado bien. Siguió la dirección de su mirada y notó el reguero frío que le resbalaba por la comisura de los labios. Vainilla derretida. Se la había escurrido sin darse cuenta.
—Ah. —Jude se pasó la lengua por la comisura, lento, recogiendo el helado— ¿Mejor?
La mandíbula de Erling se tensó. Un músculo saltó en su cuello, justo debajo de la oreja, y el aroma a pino se volvió más denso, más intenso, envolviendo a Jude como una manta pesada.
—Deberías hacerlo otra vez.
—¿El qué? ¿Esto? —Jude volvió a lamerse, esta vez más despacio, mirándolo directamente a los ojos.
El helado de chocolate de Erling terminó estrellado contra la arena. El alfa se inclinó hacia él, apoyando una mano en el reposabrazos de la tumbona, acercándose hasta que Jude pudo ver las motas doradas que salpicaban sus iris.
—Sabes perfectamente lo que quiero —dijo Erling, con esa voz grave que le salía del pecho y que siempre, siempre lograba que a Jude se le erizara el vello de la nuca.
El omega lamió el helado una vez más, manteniendo el contacto visual.
—Ilumíname.
El gruñido que escapó de la garganta de Erling fue casi inaudible, pero Jude lo sintió vibrar en el aire entre ellos.
—Quiero que me la chupes. Aquí. Ahora. —La mano del alfa se deslizó desde el reposabrazos hasta el muslo desnudo de Jude, apretando apenas.
Jude sintió una oleada de calor recorrerle el vientre, directa hacia donde los dedos de Erling se clavaban en su piel. Su aroma a caramelo se intensificó, mezclándose con el pino del alfa en una combinación que ya no necesitaba palabras.
—¿Y mi helado? —preguntó, con una media sonrisa.
—Que joda tu helado.
—Qué grosero, Haaland. Con lo bueno que está...
No pudo terminar. Erling le quitó el helado de la mano, lo dejó a un lado —con más cuidado del que había tenido con el suyo, eso era cierto— y lo agarró de la nuca, con los dedos enredados en los rizos húmedos, tirando apenas lo suficiente para que Jude levantara la barbilla y lo mirara.
—¿Sí o no?
La pregunta flotó entre ellos, ronca y contenida. Porque Erling podía ser un alfa imponente y todo lo que quisiera, pero nunca daba nada por sentado. Nunca con él.
Jude deslizó una mano por el pecho del noruego, notando el escalofrío que provocaba a su paso, y se inclinó hacia delante hasta rozarle los labios con los suyos.
—Sí.
Se dejó caer de la tumbona con una fluidez ensayada, las rodillas hundiéndose en la arena caliente. Erling se quedó sentado, con las piernas abiertas y los ojos fijos en él, la respiración agitada mientras Jude le bajaba el bañador con una tranquilidad que rayaba en la crueldad.
El sonido de las olas amortiguaba todo lo demás. Las gaviotas seguían chillando a lo lejos, el altavoz seguía con canciones viejas, pero Jude sólo tenía oídos para el jadeo entrecortado que escapó de los labios de Erling cuando por fin lo tocó.
—Te gusta tenerme así, ¿verdad? —murmuró contra su piel.
—Más de lo que imaginas.
El calor de la arena se colaba entre sus dedos, pero Jude apenas lo notaba. Toda su atención estaba puesta en la respiración entrecortada de Erling, en el pulso que latía contra su lengua, en el peso abrumador que le llenaba la boca.
No importaba cuántas veces lo hiciera —y eran muchas, porque Erling tenía un apetito insaciable y Jude una debilidad por la forma en que el alfa pronunciaba su nombre cuando estaba a punto de deshacerse— nunca terminaba de acostumbrarse del todo. Siempre había ese primer momento de adaptación, ese instante en que su mandíbula protestaba y sus ojos se humedecían mientras luchaba por relajar la garganta.
—Despacio —murmuró Erling, aunque su mano en la nuca de Jude contradecía sus palabras, empujándolo suavemente hacia abajo— Así. Respira.
Jude emitió un sonido ahogado, mitad queja, mitad gemido, que vibró alrededor de la polla que lo invadía. Le resultaba casi imposible respirar cuando lo tenía tan adentro, cuando cada centímetro grueso y caliente le ocupaba la boca, le rozaba el paladar sensible y le llegaba casi hasta la garganta, provocándole náuseas dulces que solo conseguían excitándolo más.
Era grande, más de lo que cualquier persona razonable consideraría manejable. Venas gruesas y salientes recorrían los costados, palpitantes, y Jude las sentía latir contra su lengua cada vez que Erling se movía, empujando un poco más profundo.
Lo peor o lo mejor, según cómo se mirara era la base.
El nudo.
Incluso sin estar completamente inflamado, el nudo alfa de Erling era imponente. Una protuberancia en la base que prometía cosas que Jude conocía de sobra, cosas que le hacían temblar las piernas solo de pensarlas. No lo estaba ahora, aún no, pero Jude podía sentirlo latiendo contra sus labios cada vez que bajaba lo suficiente, y el aroma que desprendía ese aroma almizclado, denso, embriagador lo envolvía como una niebla espesa.
Sus propias feromonas a caramelo se dispararon en respuesta, dulces y cálidas, mezclándose con el pino y de Erling hasta crear algo nuevo..
—Mírate —dijo Erling, y su voz sonó más ronca, más rota, más alfa, más bestia— Tan bien. Siempre tan jodidamente bien tragándome la polla.
Los dedos en su cabeza se tensaron, guiándolo. Jude dejó que lo hiciera, permitiendo que el noruego marcara el ritmo. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Su lengua trazó una vena prominente, lamiéndola con lentitud obscena desde la base hasta la punta hinchada, y fue recompensado con un gruñido gutural que le vibró en el pecho y le hizo empaparse aún más.
Aquí solo existía esto: el alfa y el omega, el pulso acelerado, las feromonas entremezclándose en el aire salado.
—Más —pidió Erling, aunque sonó más a una súplica que a una orden— Un poco más.
Jude obedeció. Relajó la garganta, respiró por la nariz como había aprendido a hacer con los años, y bajó hasta que sus labios rozaron el nudo. El gemido que soltó Erling fue casi doloroso y su mano se cerró con más fuerza sobre los rizos oscuros de Jude, empujándolo contra la base.
—Ahí. Ahí mismo. Joder, Jude...
Las piernas de Jude temblaron. Le pasaba siempre que estaba cerca del nudo, siempre que el aroma del alfa lo golpeaba con toda su intensidad y su omega interior se retorcía de satisfacción, de necesidad, de hambre. Sus dedos se clavaron en los muslos duros de Erling, buscando un ancla, y un hilo espeso de saliva se deslizó por su barbilla cuando volvió a subir, dejando la polla brillante y babosa.
Estaba empapado. Podía sentirlo en la humedad incómoda de su bañador, en cómo apretaba los muslos sin darse cuenta cada vez que Erling emitía uno de esos sonidos graves. Sus feromonas se habían desbocado por completo, inundando el pequeño espacio entre las tumbonas con un olor a caramelo quemado que lo delataba sin remedio.
—Lo huelo —dijo Erling, y había una nota de satisfacción en su voz— Te gusta esto tanto como a mí.
Jude no podía responder con palabras, así que respondió con hechos. Con la lengua trazando círculos, con los labios apretando, con la garganta recibiendo hasta donde le era posible. Los dedos del alfa se enredaron aún más en su pelo, y el ritmo se volvió más errático, más urgente, más necesitado.
El nudo empezaba a hincharse. Jude lo notó contra su labio inferior, caliente, palpitante, y su estómago se contrajo en una mezcla de anticipación y deseo puro.
—Jude... —Su nombre sonó como un aviso, como una oración— Voy a...
El omega se apartó justo a tiempo, sustituyendo la boca por la mano con un movimiento rápido. Erling se derramó sobre sus dedos y sobre la arena con un gemido ahogado, el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr noventa minutos de prórroga.
Jude se quedó de rodillas, jadeando, con el sabor del alfa todavía impregnado en su paladar y los labios hinchados. Sus piernas temblaban. De hecho, todo su cuerpo temblaba, y tuvo que apoyar las manos en los muslos de Erling para no desplomarse.
—¿Estás bien? —preguntó Erling, recuperando el aliento. Su mano, ahora suave, acariciaba la mejilla de Jude con ternura con lo que acababan de hacer.
—Sí. —La voz le salió ronca— Solo... dame un segundo. Se me ha dormido la mandíbula.
—Te he dicho que no hace falta que llegues tan hondo.
—Y tú no querías que parara. Así que cállate.
Erling soltó una risa baja y lo ayudó a incorporarse, atrayéndolo hacia sí hasta que Jude quedó sentado a horcajadas sobre su regazo,con la cabeza apoyada en su hombro y los ojos cerrados. El aroma del alfa lo envolvía, cálido, protector, pesado de sexo y satisfacción
Pero Jude no estaba satisfecho.
Su propio miembro seguía erecto, dolorosamente duro, presionando contra el bañador húmedo. Podía sentir el roce de la tela mojada contra su piel, el calor que irradiaba, la humedad que no tenía nada que ver con el agua del mar. Estaba empapado, necesitado, y su omega interior ronroneaba con una idea que cruzó su mente como un relámpago.
Se movió con agilidad. Sin decir una palabra, agarró una de las toallas que habían traído y se la colocó sobre la cadera, cubriéndose apenas. Sus ojos oscuros, todavía brillantes por las lágrimas del esfuerzo anterior, se clavaron en los de Erling con una determinación que no dejaba lugar a preguntas.
—¿Qué haces? —preguntó el alfa, aunque sus manos ya se habían posado instintivamente sobre las caderas de Jude, como si supieran lo que se avecinaba.
—Tomar lo que es mío.
Jude se deshizo del bañador con un solo movimiento, dejándolo caer sobre la arena. La toalla seguía cubriéndole la cadera, un velo fino que ocultaba su erección y sus caderas pero no el aroma que desprendía. Caramelo denso, almizclado, cargado de una necesidad que lo envolvía todo.
Erling abrió la boca para decir algo, probablemente una de sus frases tranquilas y exasperantes, pero las palabras murieron en su garganta cuando Jude se elevó sobre sus rodillas y se posicionó justo encima de él.
—No hace falta que me prepares —dijo el omega, con una voz que apenas reconocía como propia— Ya estoy listo.
Y era verdad. Su entrada palpitaba, lubricada de forma natural, preparada para recibirlo. Podía sentir el calor de la polla de Erling, que ya empezaba a endurecerse de nuevo, rozando su ano húmedo . El nudo seguía semi-inflamado inflamado, algo Jude ansiaba con cada fibra de su ser.
—Jude... —La voz de Erling sonó ronca, hambrienta.
Pero Jude no esperó. Bajó las caderas con un movimiento lento y deliberado, sintiendo cómo la punta gruesa y caliente lo abría, estirándolo centímetro a centímetro. Un gemido largo y roto escapó de sus labios, mezclándose con el gruñidogutural del alfa cuando la cabeza atravesó el anillo de músculo. La toalla resbaló un poco sobre su cadera, pero él la mantuvo en su sitio. Quería sentir la fricción de la tela contra su erección, quería ese pequeño obstáculo entre su mano y su miembro. Quería alargarlo.
—Dios… —siseó, echando la cabeza hacia atrás cuando por fin lo tuvo todo dentro, hasta el límite donde el nudo empezaba a presionar contra su entrada hinchada y sensible— Erling... joder, estás tan... profundo.
—Aquí estoy. —Las manos del alfa subieron desde sus caderas hasta su torso, los pulgares encontrando sus pezones sin vacilar, pellizcándolos con fuerza— Aquí estoy, Jude. Tómalo todo.
—Dios... —siseó, echando la cabeza hacia atrás cuando por fin lo tuvo todo dentro, hasta el límite donde el nudo empezaba a presionar contra su entrada— Erling...
—Aquí estoy. —Las manos del alfa subieron desde sus caderas hasta su torso, los pulgares encontrando sus pezones sin vacilar— Aquí estoy, Jude.
El primer roce fue delicioso. Jude arqueó la espalda, empalándose más, sintiendo cómo la polla gruesa le rozaba ese punto exacto en su interior que le hacía ver estrellas, y Erling aprovechó el movimiento para incorporarse apenas y atrapar uno de sus pezones entre los labios. Su lengua, cálida y áspera, trazó círculos húmedos y obscenos sobre el botón oscuro mientras sus dedos se ocupaban del otro, pellizcándolo, retorciéndolo con la presión justa para hacerlo gemir y apretarse alrededor de él.
—Así... —sollozó Jude, empezando a moverse— Así, así, así...
El ritmo era suyo. Arriba y abajo, marcando una cadencia lenta y profunda que arrancaba gemidos de ambos. Sus muslos temblaban con el esfuerzo, sus dedos se clavaban en los hombros de Erling, y cada vez que bajaba, el nudo presionaba contra su entrada como una amenaza dulce y pesada, rozando el borde hinchado sin llegar a entrar del todo.
Erling cambiaba de pezón, alternando entre lamer uno y masajear el otro, su boca dejando un rastro húmedo y brillante sobre la piel salada de Jude. Los dientes rozaban de vez en cuando, arañando apenas, lo suficiente para que el omega sintiera un escalofrío recorrerle la columna y apretara las paredes internas alrededor de la polla que lo invadía, succionándolo más adentro.
—Te sientes... —Erling soltó el pezón con un sonido húmedo— Increíble. Siempre tan estrecho.
—Y tú... enorme. —Jude rio, una risa rota que se convirtió en gemido cuando el alfa empujó las caderas hacia arriba, encontrándolo a medio camino y clavándose más profundo— ¡Ah! Joder…
—¿Duele?
—No. —Negó con la cabeza— No pares. No pares nunca.
La toalla resbaló un poco, dejando al descubierto los glúteos del omega y la erección de este mismo. Rozaba el abdomen de Erling cada vez que bajaba, dejando un rastro húmedo sobre la piel del alfa. El olor a caramelo y pino lo impregnaba todo.
Erling volvió a inclinarse hacia sus pezones. Esta vez succionó, con fuerza, marcando la piel sensible alrededor de la areola mientras sus manos agarraban las nalgas de Jude, ayudándolo a mantener el ritmo, empujando hacia arriba cada vez que el omega bajaba.
—Más rápido —pidió Jude, y su voz sonó tan desesperada que él mismo se sorprendió— Quiero... necesito...
—Lo que quieras. —La boca de Erling seguía trabajando, la lengua describiendo espirales que hacían temblar a Jude de pies a cabeza—Todo lo que quieras, omega.
Jude dejó de moverse.
Sus muslos temblaban, el ritmo se quebraba, y por un segundo solo se quedó empalado, respirando a bocanadas, sintiendo cómo la polla de Erling latía dentro de él, gruesa, caliente, casi al límite. El nudo rozaba su entrada hinchada con cada respiración, una presión constante que le robaba el aire.
Entonces el alfa tomó la iniciativa.
Las manos grandes de Erling se clavaron en sus nalgas, separándolas con fuerza, y lo hundió hacia abajo al mismo tiempo que empujaba las caderas hacia arriba. Un embestida profunda, seca, que hizo que Jude abriera la boca en un gemido ahogado. La toalla resbaló, pero el omega la agarró con una mano temblorosa, apretándola contra su cadera, negándose a dejarla caer del todo. Quería ese roce, esa fricción, ese pequeño control que aún le quedaba.
—Ah... joder... —gimió, la voz rota— Erling...
El alfa no respondió con palabras. Solo gruñó, bajo y animal, y volvió a embestirlo. Más fuerte. Más profundo. Las nalgas de Jude rebotaban contra sus muslos con cada embestida, el sonido húmedo y obsceno de la piel contra la piel mezclándose con el ruido de las olas. El nudo golpeaba una y otra vez el borde de su entrada, estirándolo, prometiendo, empujando un poco más cada vez.
Jude gemía como loco. No podía callarse. Cada embestida le arrancaba un sonido roto, alto, desesperado. Su polla, atrapada entre sus cuerpos y la toalla, rozaba el abdomen duro de Erling, dejando un rastro brillante de pre-semen. Estaba tan cerca. Tan jodidamente cerca.
Erling inclinó la cabeza y lo besó.
No fue un beso suave. Fue un beso baboso, abierto, sucio. Lenguas fuera, chupándose, saliva mezclándose, dientes rozando labios hinchados. Jude sollozó dentro de la boca del alfa cuando una embestida especialmente profunda hizo que el nudo empezara a entrar de verdad, estirándolo sin piedad.
—Voy a... —jadeó Jude contra su boca, los ojos vidriosos— Erling, me voy a...
No terminó la frase.
El orgasmo lo golpeó con violencia. Su cuerpo se arqueó, las paredes internas se apretaron alrededor de la polla de Erling en espasmos fuertes y rítmicos, y se corrió entre ellos, chorros calientes manchando la toalla y el abdomen del alfa. El gemido que soltó fue largo, desgarrado, casi un grito.
Y en ese mismo instante, Erling empujó una última vez.
El nudo se hinchó por completo dentro de él, grueso, Jude gritó de nuevo, el placer tan intenso que le nubló la vista, sintiendo cómo el alfa se derramaba en su interior a borbotones calientes, llenándolo, reclamándolo, anudándolo.
Erling lo sostuvo fuerte, las manos aún clavadas en sus nalgas, el pecho subiendo y bajando con fuerza mientras el nudo latía dentro de Jude, uniendo sus cuerpos sin posibilidad de separarse.
Jude se derrumbó sobre el pecho de Erling, la respiración aún errática, el corazón golpeándole las costillas como si quisiera salirse. El nudo seguía latiendo dentro de él, llenándolo, y cada pulsación le arrancaba un pequeño temblor, un eco del orgasmo que todavía le recorría las terminaciones nerviosas.
Erling le sostuvo la nuca con una mano, los dedos enredados en sus rizos húmedos, y acercó sus labios a los de Jude. El beso fue diferente a los de antes. Lento. Profundo. Lleno de algo que no se atrevían a nombrar en voz alta.
—Ha sido el mejor sexo de mi vida —murmuró Erling contra su boca, sin apartarse, sin dejar de acariciarle el cuero cabelludo con una ternura que contrastaba con todo lo que acababan de hacer.
Jude soltó una risa cansada, ronca.
—Eso dices siempre.
—Y siempre es verdad.
El omega le devolvió el beso, uno breve pero dulce, robándole el labio inferior entre los suyos antes de separarse con un suspiro.
—Deberíamos lavarnos —dijo, señalando el mar con un gesto vago de la cabeza— Estamos asquerosos.
—Estamos perfectos.
—Erling, tengo arena hasta en sitios donde no debería haber arena.
—Eso ha sonado muy sugerente.
—Eres un idiota. —Jude se incorporó un poco, sintiendo cómo el nudo empezaba por fin a desinflarse, permitiéndole moverse— En serio. Vamos al agua. Necesito quitarme esto de encima.
—¿Esto? —Erling arqueó una ceja, divertido, y apretó apenas sus caderas.
—Lo otro. El sudor, la arena, el... ya sabes.
—Mi semen.
—Eres asqueroso, Haaland.
—Y tú me quieres igual.
Jude puso los ojos en blanco pero no lo negó. Se levantó con un gemido, sintiendo el vacío cuando el nudo terminó de deslizarse fuera de él, y le tendió una mano a Erling. El alfa la aceptó sin dudar, entrelazando sus dedos con los suyos mientras caminaban hacia la orilla, Jude aun con la toalla puesta, no podía arriesgarse
El agua estaba fría, como siempre, pero Jude ya ni se inmutó. Se metió hasta la cintura, dejando que las olas le lamiera la piel, arrastrando consigo el sudor, la arena y los restos de lo que habían hecho. Erling lo seguía de cerca, y cuando el agua les llegó al pecho, lo rodeó con los brazos por detrás, apoyando la barbilla sobre su hombro.
—Esto es bonito —dijo el alfa, en un tono que pocas veces usaba.
—¿El mar?
—Tú.
Jude apoyó las manos sobre las de Erling, entrelazándolas sobre su vientre. Cerró los ojos y se dejó mecer por las olas y por el calor del cuerpo del noruego a su espalda. Así se quedaron, flotando juntos, sin hablar, sin necesitarlo.
No sabían que, a lo lejos, oculto entre las rocas del acantilado, un teleobjetivo captaba justo ese momento.
[@CelebrityNews] > Hace 10 minutos.
📸 EXCLUSIVA MUNDIAL — Jude Bellingham y Erling Haaland pillados en una isla privada en California. La pareja se mostraba muy cariñosa en el agua, abrazados y besándose al atardecer. ¿Se confirman los rumores?
Imagen adjunta: Una foto pixelada de dos figuras masculinas en el mar. Una más alta, de espaldas anchas y piel pálida, abrazando por detrás a otra Las cabezas juntas, los cuerpos juntos
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Comentarios destacados:
> @BellinghamEra: DIOS MÍO ES REAL. LLEVO AÑOS DICIÉNDOLO. AÑOS. 🥹🥹🥹
> @HaalandZone:"Solo somos dos buenos amigos" Y UNA MIERDA JUDE, Y UNA MIERDA. MIRA ESA FOTO.
> @Xelria: Así que eran ciertos los rumores! De seguro Jude utilizo sus feromonas para desconcentrar a Haaland en el partido de Inglaterra-Noruega.
> @omggetajob_1: como omega, ver a Jude así me emociona. Se le ve tranquilo, protegido. Eso es un alfa que lo cuida 🖤
> @zen_alpha: Confirmado: Haaland no duerme solo en California. Y me alegro por él, se lo merece.
> @realmadridcf_fan: Bellingham vuelve a Madrid en tres días. Disfruta lo que puedas, Erling.
> @mancity_fan: La distancia Madrid-Manchester va a ser el verdadero villano de esta historia.
La publicación seguía sumando likes a un ritmo rapido mientras, en la playa privada, Jude y Erling seguían en el agua, ajenos por completo al caos que acababa de desatarse.
—Tengo hambre —dijo Jude de repente, rompiendo el silencio.
—Siempre tienes hambre.
—Acabo de hacer mucho ejercicio. Tengo derecho.
Erling resopló una risa y le dio un beso en la sien.
—Pues vámonos. Que todavía me debes un helado.
—¿Otro? ¡Si ya te he pagado!
—Eso ha sido el pago de los intereses. La deuda principal sigue pendiente.
Jude se giró en sus brazos, salpicándolo a propósito.
—Eres un animal. Un animal noruego.
—Y tú mi omega favorito.
—Más te vale que sea el único.
—El único —confirmó Erling, y lo dijo con tal convicción que Jude sintió que el corazón se le derretía un poco.
Salieron del agua cogidos de la mano, sin saber que sus nombres ya eran tendencia mundial. Sin saber que la foto ya tenía más de medio millón de likes.
Sin saber que, en unas horas, sus teléfonos iban a explotar.
Pero eso era un problema para después.
