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Corazones Invencibles

Summary:

Ladrillo a ladrillo Daeron había construido ese muro que ahora lo separaba de Valarr. Él mismo había sentado las bases de su desgracia y había hecho un trabajo excelente en arruinar su matrimonio y su familia y cualquier posibilidad de felicidad que tuviera a futuro.

Notes:

Nunca me había dado cuenta de lo difícil que es escribir un omegaverse hasta que se me ocurrió escribir uno. Espero haberlo hecho bien~.

Chapter Text

El día que Valarr y él se habían casado, había sido uno de los días más felices de su vida.

La boda se había llevado acabo en la casa de verano de la familia, en los jardines de Summerhall, con las coloridas flores de primavera llenando de vida aquel mágico momento con todo su esplendor. Las mariposas volando entre las salvias habían mantenido entretenidos a los niños que revoloteaban tras de ellas entre dulces e infantiles risas mientras los adultos se congregaban alrededor de la pequeña capilla donde la ceremonia tomaría lugar en unos minutos más.

A pesar del deseo de sus padres de hacer un gran evento digno de la boda de sus primogénitos, ambos habían decidido hacer algo más sencillo: su familia inmediata, un par de primos y tíos por parte de los Dayne y los Dondarrion y amigos cercanos. En realidad, lo menos importante había sido quién los acompañaba ese día, pues en lo único que habían estado pensando era en casarse.

Daeron no había tenido que planear nada, ni estresarse siquiera un poco por el banquete o la ceremonia, pues entre su padre y Valarr se habían encargado de todos los detalles. La capilla estaba decorada con tantas flores blancas como había sido posible meter ahí, tantas que Daeron no había sido capaz de reconocer la mayoría de ellas, incluso si Daella le había explicado durante la selección el romántico significado que tenían cada una.

Había pasado los meses antes de la boda y los minutos antes de su comienzo en una especie de sueño, desapegado de la realidad y concentrado solamente en absorber todo el cariño y los mimos que Valarr le daba; asegurándole que no tenía que preocuparse por nada, ya que él se haría cargo de todo y haría del momento algo inolvidable y mágico para los dos.

Y así fue. Al final, Daeron sólo había tenido que presentarse ese día, caminar hacía el altar y admirar la hermosa sonrisa en el rostro de su prometido como si nada más en el mundo importara.

Recordaba justamente eso con más claridad que cualquier otra cosa de ese día: la sonrisa de Valarr, esa que siempre lo había acompañado desde que eran niños y que dejaba entrever en ella la misma felicidad que él sentía. Recordaba haber sostenido con fuerza el brazo de su padre mientras lo guiaba hacia su futuro esposo, como si sus piernas por sí mismas no tuvieran la suficiente fuerza para mantenerlo en pie y necesitara ese punto de apoyo para no derretirse sobre sus propios pies.

Mareado, por un momento, ante la expectativa de lo que le esperaba al final del pasillo: la felicidad que estaba ahora tan cerca de su alcance y que en algún momento de su vida creyó que jamás iba a llegar. Todos sus sueños infantiles materializándose frente al altar en la forma del hombre que amaba más que nada en el mundo y que lo amaba por igual.

Todo había sido tal como Valarr le había dicho que sería: perfecto. El cielo nunca antes había estado tan azul como ese día, el césped jamás había sido nunca tan verde, la risa de los niños nunca había sonado tan dulce y era la primera vez que el aire acariciando su piel había estado tan cargado de vida, como si el mundo se hubiera creado entero en ese mismo momento, como si antes de tomar la mano de Valarr en matrimonio no hubiera existido nada y ahora existiera todo.

Cerraba los ojos y Daeron podía recordar todo eso.

Era curioso lo rápido que las cosas habían cambiado.

Daeron estaba de pie frente a la ventana mientras escuchaba los pasos de Valarr caminar de un lado al otro por las habitaciones del apartamento. No se había movido de ahí en varios minutos, convenciéndose a sí mismo de que si ignoraba la situación lo suficiente, si se quedaba lo suficientemente quieto y lo más callado posible, entonces el momento lo pasaría de largo y nada ocurriría.

Así que seguía mirando por la ventana y pensaba en lo inconcebible que era que el cielo fuera igual de azul y despejado ese día como lo había sido el día de su boda, que el mundo no se hubiera detenido, que ni una sola nube se hubiera apiadado de él y decidiera entristecer un poco el día e hiciera caer un aguacero para estar más acorde a la ocasión.

Esa mañana, Valarr y él se habían divorciado.

Ni siquiera podía decir que no entendía porqué o cómo es que habían llegado a ese punto, porque lo sabía y lo entendía a la perfección. Daeron no era tan sínico como para no admitir su culpa en todo lo que estaba pasando, incluso si lo único que quería era hundirse en la lastima que sentía por sí mismo.

Ladrillo a ladrillo Daeron había construido ese muro que ahora lo separaba de Valarr. Él mismo había sentado las bases de su desgracia y había hecho un trabajo excelente en arruinar su matrimonio y su familia y cualquier posibilidad de felicidad que tuviera a futuro.

Por eso era extraño mirar hacia atrás y pensar en su boda, pensar en un momento en el tiempo donde sintió que el mundo estaba en la palma de sus manos, donde dio todo el amor y la felicidad por hecho, donde creyó, estúpidamente, que los sueños también se cumplían para personas como él, donde pensó que sería para siempre.

Ni siquiera había podido ponerse a llorar aún.

Era como si su cuerpo aún no hubiera procesado lo que su mente ya sabía y que por más que quisiera dejar las lágrimas caer de sus ojos estos simplemente se negaran a dejar caer siquiera una gota. Se sentía aturdido aún, adormecido. Tal vez porque sentía que todo estaba pasando demasiado rápido, incluso si todo venía de hace tiempo.

Comúnmente, cuando se encontraba en una situación así, era Valarr el que le daba sentido a las cosas que no entendía, el que tomaba su mano, se sentaba junto a él y le explicaba, lo acompañaba a través de cada cambio y cada pequeño tropiezo hasta que todo volvía a su lugar.

Claramente, no podía depender de él ahora.

Junto al ruido que hacía Valarr al caminar de un lado al otro, probablemente empacando más y más cosas, Daeron podía escuchar el sonido de su propio padre preparando café en la cocina. Maekar había sido su abogado en el proceso de divorcio y había luchado con uñas y dientes para lograr llegar a acuerdos lo más favorables posible para su hijo en esta ocasión.

No había sido facil, pero había conseguido todo lo que pudo dadas las circunstancias de Daeron. Maekar era un abogado despiadado, muy reconocido en el medio, y aunque los divorcios no eran su especialidad, él había dado toda la guerra posible durante la audiencia, incapaz de permitir que su hijo se encontrara en una situación vulnerable frente a Valarr y su igual de reconocido equipo de abogados.

No era dinero lo que les preocupaba a ninguno de los involucrados, así que no habían peleado mucho por quién se quedaba con los bienes y otras cosas materiales. La prioridad había sido sólo una y, lamentablemente, no había sido algo en lo que ni siquiera Maekar le había podido ayudar a ganar.

Con eso en mente, recordando muy a su pesar la situación en la que se encontraba incluso si todo en él quisiera ignorarla, Daeron le dio la espalda a la ventana y caminó al centro de la habitación hasta la cuna donde dormía plácidamente Vaella. Se puso en cuclillas para estar más a la altura del pequeño cuerpecito de su hija y miró fijamente a través de los barrotes del cunero el movimiento de su pecho al respirar, arriba y abajo, constantemente, perdida en el mundo de los sueños sin ninguna preocupación por el mundo real.

Era tan pequeña, apenas tenía cinco meses. Desde que nació había sido muy tranquila, lloraba poco y dormía a todas horas. Era tan despreocupada como sólo podía serlo alguien a esa edad, una persona tan adorada por todos los que la rodeaban que no había ni una sola cosa que pudiera molestarla.

Tenía el cabello tan rubio como él y unos ojos igual de violetas como los suyos y ese día Daeron acababa de perder hasta el más mínimo derecho que tenía sobre ella.

Ni siquiera quería parpadear porque sentía que era un momento de ella que se estaría perdiendo. Un segundo en el que no vería su cara, en que no la escucharía respirar, en que no podría memorizar su aroma y grabar a su hija en su mente y en su piel.

Estiró la mano para tocar la mano más pequeña de Vaella con la suya y sentir su calor. Tenía unas manos tan pequeñas, todo ella era tan pequeña y no tendría la oportunidad de verla crecer. Ahora ella dormía y cuando despertara, Daeron no estaría ahí para ella. No para cargarla, no para cuidarla, no para amarla como ella se merecía.

Todo su instinto le gritaba que tomara a su hija en brazos y saliera corriendo de ahí, que saltara con ella por la ventana si era necesario, que huyera y no mirara atrás, rumbo a algún lugar muy lejano donde nadie, ni siquiera Valarr, pudiera encontrarlos.

Pero no podía hacerlo.

Su padre le había asegurado, durante el viaje de regreso en el coche, que esto sería sólo temporal. Valarr había ganado la patria potestad y la custodia completa de la niña y el juez había prohibido el derecho a visitas para Daeron actualmente, así que no podría ver a su hija, pero no sería por mucho tiempo.

—Es sólo hasta que te recuperes —le aseguró su padre, mirándolo de reojo mientras manejaban de regreso a casa. Vaella dormida en el portabebés en la parte trasera del auto, Daeron mirando abstraídamente a la calle, sin querer encontrarse con su mirada. —Una vez que estés mejor, apelaremos y pediremos una custodia compartida. No tienes que preocuparte por nada.

¿Cómo no iba a preocuparse? Habían llegado a un punto en que él era considerado un riesgo para sí mismo y para su propia hija. Un cachorro tan pequeño no era capaz de defenderse sin su madre, era su obligación como omega el cuidar de ella, amarla, protegerla.

Y había hecho un trabajo tan malo que la única solución había sido quitársela.

—Perdóname —le susurró a la bebé, bajito para no despertarla. Le ardían los ojos por las lágrimas que finalmente se arremolinaban y amenazaban con resbalarse sobre sus mejillas. —Perdóname mi amor, perdón por no saber ser una buena mamá.

Vaella seguía ajena al mundo, soñando felizmente mientras Daeron se quebraba junto a ella, llorando en silencio mientras disfrutaba de sus últimos momentos con su hija, antes de que Valarr terminara de recoger sus cosas y se la llevara.

Como sintiendo el estrés y la inquietud emanando de su madre, la niña comenzó a removerse en su cunita, dejando escapar pequeño quejiditos y Daeron se apresuró a tomarla entre sus brazos para arrullarla un poco y que volviera a calmarse.

No había pesado casi nada cuando nació, siempre muy pequeñita, y no había gran diferencia cinco meses después. Su peso, aún así, era un bálsamo entre los brazos de Daeron, quién la acurrucó contra su pecho y acarició su propia mejilla contra la cabecita de la bebé para restregar su aroma contra ella.

Vaella aún tenía el aroma a leche característico de los cachorros y el rubio lo aspiró profundamente como si se tratara de una droga. Quería que su hija llevara su aroma con ella y él mismo grabarse el dulce olor de su niña, ese que siempre lo había relajado y que debajo de la leche era dulce y vibrante y todo suyo.

—Te amo demasiado —murmuró contra su cabello dorado. —No lo olvides ¿Está bien? Sólo será por un par de meses y volveré por ti. No tendrás ni tiempo de extrañarme.

Permaneció de pie con su hija en brazos, la mejilla apoyada contra su cabeza y los ojos cerrados un largo rato. Tal vez fueron un par de minutos, o fueron horas, sólo él y su hija y sus lágrimas y ese dolor que poco a poco le crecía en el pecho mientras la realidad de lo que estaba pasando poco a poco cobraba más vida alrededor de él y sólo se separó de ella cuando otro olor y otra presencia hicieron aparición desde la puerta abierta.

Incluso con los ojos cerrados, tras años y años del familiar peso de esa mirada sobre su piel, Daeron podía sentir la mirada de Valarr sobre él. El alfa no dijo ni una palabra, no se movió, sólo lo dejó tener ese momento con su hija antes de que inevitablemente todo terminara.

—He terminado de empacar —dijo al fin, tras lo que parecieron sólo pocos minutos. —Me llevaré el día de hoy algunas cosas y la mudanza vendrá en estos días por el resto. Aunque creo que ya no queda casi nada que llevar. Ya compré muebles nuevos para el cuarto de Vaella, así que puedes tirar o vender estos si así lo deseas.

—No tiraré nada —contestó Daeron, sin encararlo. —El cuarto de la niña se quedará tal cual.

—Como gustes.

Valarr por fin se acercó a donde se encontraban y sus ojos se encontraron con los de Daeron. Su ahora ex esposo lucía igual de calmado e imperturbable como siempre, con esa expresión en su rostro que siempre ponía ante desconocidos o frente a gente de negocios, completamente impersonal, como nunca lo había sido frente a Daeron y había empezado a serlo estas últimas semanas.

En sus ojos no había rastro de la adoración que una vez hubo, del entendimiento, del amor. Si alguna vez hubo una versión de Valarr Targaryen que lo amaba, no era esta. Este ya no era el hombre que lo había amado desde los 17 años, del alfa que lo había reclamado como suyo lleno de orgullo. Esto era lo que quedaba después de todo eso, después de la decepción, del cansancio, de rendirse por completo con una persona que no había sido para nada como lo había esperado.

—Ya es hora de que nos vayamos —avisó, no había forma de amortiguar el golpe de ninguna manera. Hizo ademán de tomar a la niña de los brazos de Daeron, pero el omega inmediatamente dio un paso hacia atrás y atrajo a la niña aún más contra su pecho, mostrando sus pequeños colmillos en una actitud defensiva. Valarr suspiró agotado; había sido un largo día para ambos. —Puedes tomarte un minuto más para despedirte de ella.

El aroma del omega se agrió de manera inmediata ante sus palabras, llenando el cuarto con sus feromonas rebosantes de estrés y miseria. Se alejó aún más de la figura de Valarr mientras negaba con la cabeza repetidamente, las lágrimas en sus ojos nuevamente haciendo aparición.

—No, no, no, aún no puedes llevártela —repitió con voz entrecortada. —Aún no puedes, no puedes hacerlo…

—Daeron, por favor —pidió el alfa con voz controlada, apretando la mandíbula ante el fuerte aroma de omega estresado que sin duda, aún ahora, estaba haciendo estragos en él. —No creo que sea buena idea retrasarlo más. Dame a la niña, tenemos que irnos.

—No quiero —contestó Daeron, su voz aumentó de volumen, rompiendo en sollozos. —¡No te la puedes llevar! ¡Es mi hija! ¡No quiero!

Tendrían que matarlo; eso es lo que iban a tener que hacer si querían llevarse a su hija de su lado. No iba a permitirlo, no importaba lo que ningún juez dijera, Vaella era suya, él la había traído a este mundo y sólo muerto se la llevarían. 

El alto volumen de su voz junto al cóctel de feromonas invadiendo la habitación fueron suficientes para perturbar el sueño de la pequeña Vaella que se removió contra el pecho de su madre y dejó escapar un pequeño quejido que rápidamente se convirtió en un llanto igual o más fuerte que el de Daeron.

Valarr trató de dialogar con Daeron lo mejor que pudo, pero no había manera, ahora tenía a un omega y un cachorro llorando desconsoladamente frente a él y no sabía que hacer. Trató de dejar salir sus propias feromonas para ver si podía tranquilizarlos, pero no había ningún éxito. No podía llevarse a Vaella de esa manera, tratar de quitársela por la fuerza a Daeron en el estado en el que se encontraba podía provocar que accidentalmente lastimara a la niña en el proceso.

Habría sido más fácil si hubiera podido tocar a Daeron, tranquilizar al omega con un toque, una caricia contra la glándula de su cuello como solía hacer en el pasado, pero ya no estaba en posición de hacer algo así.

Afortunadamente para él, el llanto de ambos fue suficiente para alertar a Maekar quien se apresuró desde la cocina para venir al lado de su hijo y su nieta. El omega mayor pasó a un lado de Valarr, ignorándolo por completo, y tomó en brazos a Daeron, tratando de tranquilizarlo.

—Tranquilízate Daeron, todo está bien —le repitió, pasando sus brazos alrededor de sus hombros y liberando sus propias feromonas de omega para calmar el llanto de su hijo. —Todo estará bien, sólo será por poco tiempo —trató de razonar con él. —Vaella estará bien, Valarr cuidará bien de ella y pronto la podrás ver otra vez ¿Está bien?

—¡Es mi bebé! —sollozaba Daeron, mirando suplicante a su padre. La angustia y la desesperación que sentía le estaban desangrando por dentro, sentía una opresión en el pecho que no lo dejaba respirar. —¡No se la puede llevar! ¡Dile que no se la puede llevar, papá! Por favor, ella debe estar conmigo, por favor.

A Maekar se le rompía el corazón de ver a su hijo así, tan destrozado, sabiendo que estaba separando a un omega de su cachorro y que estaba contribuyendo a romperle el corazón a su hijo. Pero no podía hacer nada, incluso si quisiera, no sólo era lo que el juez había ordenado sino que era lo mejor en ese momento para Vaella.

Tardaron un rato más, pero entre Maekar y Valarr al fin fueron capaces de aflojar el agarre de Daeron sobre la niña y Daeron tuvo que ver con dolor e impotencia cómo se llevaban a su hija.

—¡NO! ¡VALARR NO! —gritaba Daeron, siguiendo los pasos de Valarr quien ya se dirigía hacia la puerta de entrada con la bebé en brazos sin darle siquiera otra mirada. Lo único que impedía que Daeron se abalanzara sobre el alfa para arrebatarle a su hija eran los brazos de Maekar quien lo sostenía. —¡ES MI HIJA! ¡NO TE LA LLEVES, VALARR! ¡NO ME LA QUITES!

Con una fuerza salida del fondo más desesperado de su ser, Daeron logró zafarse del agarre de su padre y corrió hacía su ex esposo, golpeándolo repetidamente en la espalda y tratando de quitarle a la niña de los brazos. Valarr, trataba de alejarlo y proteger a la bebé, cuidando de no dejarla caer por accidente en medio del jaloneo.

El llanto de Vaella no hacía sino aumentar y hacer la situación aún más dolorosa para todos los presentes. Daeron se sentía morir al escuchar a su hija llorar sin poder consolarla, su omega interior arañando su pecho salvajemente en su desesperación de querer ir con su hija y calmar su dolor.

Maekar logró alejarlo nuevamente de su sobrino y contenerlo entre sus brazos con mayor firmeza, haciendo que por más que se sacudiera y pataleara, Daeron fuera incapaz de escapar.

—¡VALARR, POR FAVOR! —suplicó el rubio una vez más a quien seguía siendo su alfa, ahogado en llanto, sus lágrimas y sollozos haciendo que toda la escena pareciera borrosa a su alrededor. Sentía que le estaban arrancando el corazón de adentro, como si el mundo se estuviera haciendo demasiado chico, el aire demasiado escaso. Quería a su hija, él sólo quería a su hija. —¡No me quites a mi hija! ¡Te lo suplico! ¡Por favor! ¡Valarr! ¡Devuélveme a mi bebé! ¡VALARR!

Pero Valarr ni siquiera miró hacia atrás una vez más, ignorando los dolosos lamentos del omega, salió con la niña y su maleta por la puerta sin dar marcha atrás.

Maekar contuvo a Daeron todo ese tiempo, impidiendo que fuera hacia la puerta y saliera detrás de ellos, susurrando palabras tranquilizadoras contra la sien de su hijo y sosteniendo en sus brazos el cuerpo roto de alguien que ya se consideraba a sí mismo muerto en vida.

Sabía que no había nada que pudiera decir que calmara el corazón de su muchacho, que nada excepto el darle a su bebé lo haría recuperar la paz, pues no había nada en este mundo más cruel que separar a un omega de su cachorro, sin importar las razones por las que se hiciera.

—Lo siento, hijo. Todo está bien, todo estará bien —repitió una y otra vez a los oídos sordos de su hijo, quien no entendía cómo cualquier cosa podría volver a estar bien algún día.

Adentro, Daeron seguía gritando y suplicando por su hija, sintiendo como si una tormenta arrasara con todo lo que una vez había sido su vida, su hogar, su familia, su felicidad.

Afuera, el cielo seguía completamente azul y despejado. El mundo, ese que había comenzado a crear el día que se había casado con Valarr, había dejado de existir.