Chapter Text
El retumbar de los automóviles, el galope de los caballos y el cantar de los pájaros inundaban las calles parisinas.
La mañana transcurría con normalidad para todos. Bueno... para casi todos.
Un elegante carruaje avanzaba con tranquilidad entre las calles, transportando a una distinguida señora mayor junto a los cuatro más grandes tesoros de su vida.
Un pequeño gatito trepó con agilidad por el lomo de la yegua que tiraba del carruaje, entreteniéndose al juguetear con el sombrero que esta llevaba puesto.
— Hermione, mi preciosa pequeñita —dijo la mujer con dulzura mientras acariciaba a una delicada gatita—. Vas a ser tan hermosa y elegante como tu papi.
La gatita ronroneó complacida y frotó con cariño su mejilla contra la de la anciana.
— ¿No lo crees, Severus? —continuó, acariciando con su mano libre al gato de largo y sedoso pelaje negro que se acercó para restregarse contra ella.
Por su parte, el último de los cuatro gatos que viajaban en el carruaje trepó con soltura por el traje del cochero.
— Cuidado, Ron —advirtió la mujer entre una pequeña risa—. No te vayas a caer... y no incomodes demasiado a Mulciber.
El pequeño, haciendo caso omiso de la advertencia, comenzó a jugar con la corbata del hombre, provocando que este riera antes de tomarlo con delicadeza y volver a dejarlo en el asiento.
— Alto, mi querida Poppy —ordenó el cochero mientras tiraba suavemente de las riendas—. Detente, linda.
La yegua obedeció de inmediato.
Mulciber descendió de su asiento y, con la cortesía de siempre, ayudó a la señora a bajar del carruaje.
— Gracias, Mulciber.
En ese momento, la yegua relinchó suavemente, haciendo que la anciana se detuviera antes de entrar a la casa.
— Perdona, preciosa —se disculpó con una sonrisa, acercándose para ofrecerle un trozo de fruta—. Casi me olvido de ti.
— Permítame ayudarla con esa caja, Madame Lily —ofreció el hombre, acercándose una vez más—. Debe de ser pesada para usted.
La mujer negó con suavidad, sin detener su paso.
— No, nada de eso, Mulciber. No me mimes tanto.
Mientras tanto, los tres gatitos comenzaron a corretear entre las patas de Poppy, maullando entre risas y pequeños saltitos.
Severus, con la serenidad que siempre lo caracterizaba, caminó hasta ellos y se sentó frente a los pequeños.
— Neville, ven acá —lo llamó con voz suave—. ¿No estás olvidando algo, pequeño?
El gatito ladeó la cabeza con confusión. Pasaron apenas unos segundos antes de que sus ojitos se iluminaran al recordar.
Giró hacia la yegua y le dedicó una enorme sonrisa.
— Gracias, Poppy, por llevarnos sobre tu lomo.
— Fue un gusto, jovencito —respondió la yegua con una sonrisa amable.
Neville volvió junto a Severus, se sentó muy derecho e irguió el pecho con orgullo.
— ¿Lo hice bien, papi?
Severus sonrió con discreción y asintió.
— Lo hiciste muy bien, como el caballerito que eres.
— Ven, Verus —llamó la señora desde la entrada de la casa—. Niños, entren rápido.
Los cuatro gatos obedecieron de inmediato y comenzaron a dirigirse hacia la puerta.
El mayordomo permanecía en la entrada cuando Madame Lily regresó sobre sus pasos para acercarse nuevamente a él.
— Mulciber, hoy espero la visita de mi abogado, Peter Pettigrew. Espero que lo recuerdes...
El hombre sonrió, aunque el ligero cansancio en su expresión era imposible de ocultar.
— Sin duda, Madame —respondió con un suspiro resignado—. ¿Quién podría olvidarse de un hombre tan... extravagante?
(...)
La tranquilidad de la avenida se vio interrumpida por el inconfundible sonido del motor de un automóvil.
Sentado frente al volante, un anciano manipulaba con total tranquilidad la palanca del freno mientras giraba la llave de encendido. Cuando el vehículo terminó de detenerse, sonrió satisfecho y comenzó a quitarse los guantes al compás de la melodía que tarareaba.
Sujetando con firmeza su bastón, descendió del automóvil. Apenas sus pies tocaron el suelo, una de sus piernas decidió traicionarlo, obligándolo a apoyarse con rapidez en el bastón.
— Oh, Dios... —rió con ganas mientras recuperaba el equilibrio—. Ya no soy tan ágil como cuando tenía ochenta años.
Con paso tambaleante, aunque sorprendentemente animado, se dirigió hacia la entrada de la mansión. Apenas llegó, la puerta fue abierta por el mayordomo.
— Bienvenido, señor —saludó Mulciber con una respetuosa inclinación de cabeza—. Madame lo está esperando.
Mientras el mayordomo le retiraba la bufanda, Peter asintió con una sonrisa.
— Lo sé, lo sé.
Después le entregó el sombrero y el bastón por unos segundos para acomodarse el saco.
Mientras el sirviente guardaba sus pertenencias, el anciano comenzó a avanzar hacia las escaleras tan rápido como sus piernas se lo permitían.
— Mulciber, a que no me ganas en subir las escaleras.
El mayordomo caminó tras él hasta detenerse al pie de los escalones.
— ¿No sería más cómodo utilizar el ascensor, señor?
Peter levantó el bastón en señal de protesta.
— No pienso meterme en esa jaula. No soy un pájaro al que deban encerrar. Y todavía no soy tan viejo como para usar un ascensor.
Apenas terminó de presumir, dio un paso en falso y comenzó a perder el equilibrio.
Mulciber reaccionó enseguida y lo sostuvo antes de que pudiera caer.
— ¿Me permite darle una mano, señor?
— Si tú me das la derecha, yo te daré la izquierda.
El mayordomo dejó escapar una pequeña risa.
— Ese chiste suyo siempre consigue hacerme reír, abogado. No pierde la gracia, ni siquiera después de treinta años.
En ese preciso instante, el bastón terminó enredándose entre los pies de ambos, provocando un torpe vaivén mientras intentaban recuperar el equilibrio sin demasiado éxito.
Y mientras aquel curioso espectáculo tenía lugar en la escalera, en una habitación del segundo piso, Madame Lily acomodaba con delicadeza a los tres pequeños gatitos sobre el tocador.
— Sabía que les quedarían a la perfección —dijo con una sonrisa llena de orgullo—. Después de todo, fueron confeccionados por el mismo artesano que hizo el collar de mi querido Severus.
Los tres gatitos permanecieron sentados muy derechos, observando con enorme cariño a la mujer.
Ahora cada uno llevaba un pequeño collar de terciopelo confeccionado especialmente para ellos.
Hermione lucía uno color vino rosado, elegante y delicado, con una pequeña placa de oro grabada con una flor de lis.
Neville llevaba uno verde bosque, cuya diminuta placa mostraba una hoja cuidadosamente tallada.
Y Ron, incapaz de quedarse quieto ni un instante, presumía un collar rojo escarlata adornado con una pequeña estrella grabada en su placa dorada.
Todos eran ligeros, cómodos y hechos a medida para no incomodar a unos cachorros tan inquietos.
— Si hubiera sabido que terminarían formando parte de esta familia, los habría mandado a hacer mucho antes —se regañó Lily mientras se contemplaba en el espejo—. Aunque, siendo sincera, creo que fuiste tú quien decidió acogerlos mucho antes que yo, ¿no es así, mi adorado Severus? Ahora ya tienen collares tan bonitos como el tuyo.
El gato de largo pelaje negro se acercó con elegancia y empujó suavemente un frasco de perfume con la nariz.
La mujer rio con ternura.
— Sí, sí... ya entendí la indirecta.
Tomó el frasco y se aplicó un poco en el cuello.
— Siempre debemos vernos presentables, ¿no es así?
Severus respondió con un suave ronroneo y cerró los ojos cuando la mujer comenzó a acariciarle la cabeza con el mismo cariño de siempre.
Justo en ese momento llamaron a la puerta con delicadeza. Un segundo después, Mulciber la abrió. El mayordomo parecía haber sobrevivido a una auténtica batalla: llevaba el cabello ligeramente despeinado y parte de la ropa fuera de su sitio.
— Ha llegado... —anunció, tomando aire entre palabra y palabra—. Monsieur... Peter... Pettigrew.
El anciano cruzó el umbral con paso pausado y una enorme sonrisa en el rostro.
— ¡Adelante, mi querido amigo Peter! —lo recibió Lily entre risas al ver a los gatitos juguetear alrededor de los pies del recién llegado.
— ¡Oh, Lily, mi preciosa amiga Lily! —saludó Peter mientras se acercaba apoyándose en su bastón.
— Me alegra tanto verte tan bien, Peter.
La mujer extendió una mano para saludarlo.
Sin embargo, debido a su avanzada edad y a la poca vista que ya le quedaba, Peter tomó con toda naturalidad la esponjosa cola de Severus, que descansaba plácidamente sobre los brazos de Lily, y la besó con la solemnidad propia de un caballero.
— Vaya... —comentó maravillado—. Aún tienes las manos más delicadas de todo París.
Severus ocultó una divertida sonrisa felina detrás de una de sus patas, mientras Lily no pudo evitar negar con la cabeza entre risas.
— No cambiarás nunca, Peter. Sigues siendo igual de distraído.
Desde el tocadiscos, Neville caminaba con curiosidad sobre el disco de vinilo, hasta que una de sus patitas hizo girar el plato y la música comenzó a llenar nuevamente la habitación.
Peter levantó la cabeza de inmediato.
— Lily... esa melodía... ¿no pertenece a tu ópera?
La mujer asintió mientras acariciaba con cariño la larga melena negra de Severus.
— Así es, querido. Siempre será mi favorita.
Peter sonrió con nostalgia.
— La noche de tu gran debut... —murmuró con emoción—. Fue entonces cuando te conocí. Quién diría que aquella joven soprano y aquel abogado inexperto terminarían siendo amigos durante tantos años.
Lily sonrió con dulzura.
— Claro que lo recuerdo, Peter.
La melodía continuó sonando mientras ambos se perdían por unos instantes en aquellos recuerdos de juventud.
Hasta que Neville resbaló sobre el disco.
La música comenzó a ralentizarse poco a poco, deformándose hasta detenerse por completo.
Lily soltó una risita al ver al pequeño intentando desenredar su cola del tocadiscos.
— Tan oportuno como siempre, Neville.
El gatito levantó la cabeza con orgullo, completamente convencido de haber hecho un gran trabajo.
— Oh, Peter... —comenzó la mujer mientras tomaba asiento en el sofá con Severus aún acomodado sobre su regazo—. Supongo que ya solo somos un par de viejos aferrándonos a los recuerdos de nuestros años de gloria.
Peter asintió sin dejar de tararear la melodía.
— Bueno, mi querido amigo... te pedí que vinieras porque deseo atender un asunto legal muy importante.
El anciano dejó de tararear al instante.
Abrió los ojos con entusiasmo, tomó su maletín y prácticamente se dejó caer frente al escritorio.
— ¡Eso suena magnífico! —exclamó mientras sacaba unos documentos—. ¿A quién quieres que demande? Dime su nombre y no dejaré ni una sola moneda en su bolsillo.
Lily dejó escapar una carcajada.
— En serio, Peter. No quiero demandar a nadie. Solo deseo redactar mi testamento.
Peter acomodó sus lentes sobre la nariz, tomó una pluma estilográfica y varias hojas.
— Un testamento... Bien. ¿Quiénes serán los beneficiarios?
— Sabes muy bien que ya no me queda ningún familiar con vida —respondió Lily, sin percatarse de que uno de los viejos tubos acústicos de la mansión transmitía cada una de sus palabras hasta la habitación del mayordomo—. No quiero que a mis gatitos les falte absolutamente nada cuando yo ya no esté.
Peter asintió mientras tomaba algunas notas.
Lily acarició distraídamente el largo pelaje de Severus antes de continuar.
— Tú conoces a Verus mejor que nadie, Peter. Sabes que no es un gato común. Muy pocos nacen con el don de poder gestar aun siendo machos, y precisamente por eso he procurado protegerlo toda su vida. Si algún día decide formar su propia familia, quiero tener la tranquilidad de que tanto él como sus pequeños estarán seguros y no les faltará nada.
Peter sonrió con comprensión.
— Siempre has dicho que ese muchacho es un milagro.
— Y lo seguiré diciendo hasta el último de mis días —respondió Lily con ternura—. Nadie podrá cuidar mejor de ellos que mi fiel sirviente, Mulciber.
Peter levantó la vista de sus papeles.
— ¿Quieres decir que toda tu fortuna pasará a manos de Mulciber? ¿Tus acciones, tus bonos, esta mansión y todas tus propiedades?
Al otro lado de la pared, Mulciber dejó la plancha a un lado y acercó el oído al tubo acústico. Sus ojos comenzaron a brillar y una enorme sonrisa apareció en su rostro.
Estaba a punto de celebrar cuando la voz de Lily volvió a escucharse.
— No, Peter. A mis mininos.
— ¿A tus gatos?
— Los gatos... —murmuró Mulciber entre dientes, con el entusiasmo desapareciendo de su rostro.
— Deseo que ellos sean los primeros herederos —prosiguió Lily—. Cuando el último de ellos parta, entonces toda mi fortuna pasará a manos de Mulciber.
El mayordomo no quiso escuchar una sola palabra más.
Con gesto brusco cerró la pequeña tapa del tubo parlante y fue a sentarse sobre el baúl que descansaba junto a la pared. Sentía el cuerpo pesado y una creciente molestia instalándose en su pecho.
— ¿Cómo es posible que yo vaya después de esos gatos? —masculló con amargura—. Suelen vivir doce o quince años... Para entonces estaré demasiado viejo cuando el último de ellos muera.
De pronto, una idea comenzó a abrirse paso en su mente.
Lentamente, una sonrisa torcida apareció en su rostro.
— Entonces... deberán morir ahora.
Terminó de acomodarse el pantalón y se observó fijamente en el espejo.
— Ya encontraré la forma de deshacerme de esos engendros.
Una risa baja escapó de su garganta.
— Hay miles de razones para hacerlo... pero solo una que realmente importa.
Sus ojos brillaron con codicia.
— Millones de dólares.
Se acomodó el cuello de la camisa y sonrió para sí mismo.
— Esos gatos... deben desaparecer hoy.
